(Materialismo especulativo para principiantes-mendigos)
Para nosotros, los
filósofos cínicos (filósofos, antifilósofos, o nofilósofos, lo mismo da), un
chiste malo y una estupidez tienen mayor peso argumental y densidad ontológica
que una megateoría nerd despampanante. Faltaba la crítica al RE de parte del
cinismo, que de ningún modo se puede realizar desde los salones de té de las
academias ni con las metodologías propias de los castrados que fungen allí de
abonados y feligreses. Nosotros contamos, desde hace dos milenios y medio casi,
con una filosofía que es a la vez el núcleo duro insoportable de toda filosofía
original (la archifilosofía desnudada de todo su vestuario especulativo), la
caricatura a trazo grueso de la filosofía y, en tercera instancia, lo más
antípoda y combativo a y frente a la filosofía que se te ocurra. Con este palo
en manos vamos hacia ellos contra tus gustos y sin la menor expectativa de
respaldo eclesiástico ni aplauso popular.
La salida del anonimato produce tics como
los de Žižek. Conviene quedarse
incógnito tanto en la manzana como en el planeta. Al borde de ser tapa de un
suplemento cultural, me avivé y me pegué la vuelta en micro al pago, mas con el
ocote sano. Los boludos debemos pasar desapercibidos hasta en casa, donde
carezco de toda notoriedad y vivo del otro lado de una pantalla al universo. Cada like
que te dan es una nueva deuda contraída. Nuestra ética, la del anti-influencer, exige evitarse a ese
vulgo, el público, y en caso de no poder ser puesta en vigencia, operar
denodadamente en pro de incitar todo tipo de decepciones en el impertinente y
potencial lector. Bregamos por un populismo ininteligible. Ningún sueño
realizable merece la pena de dormir por él.
Después de los ni-ni de Derrida, sobre los que ya hemos transitado en
este nuevo curso extraordinario, llega el triplete ninista del mismo
Meillassoux. Nos referimos a la trilogía de lo ni probable-ni improbable-ni imposible. La hipercaoticidad sobre la
que hacemos pie segundo a segundo es de esta naturaleza no natural y predispone
al humano materialista-especulativo asimismo al asombro como a la expectativa.
La aparición del Cuarto Mundo de Justicia, asegura su promotor, no habría de
ser ni más ni menos asombrosa que la de los tres ya constatados en el paso de
la materia inerte a la vida y de ahí al pensamiento. Por principio doctrinario,
no obstante, el cínico no puede albergar ningún tipo de Esperanza (Ἐλπίς):
tiene que arreglárselas con lo que toca ahora. Si va más allá, lo hace a propia
cuenta y riesgo, fuera del horario de protección sinopea y a discreción de
cliente idiótico. El sistema-Meillassoux, como el de Diego Torres, flota en
cambio sobre un inmenso piélago de Esperanza. El asombro filosófico ante una
existencia sin porqué y ante una condición humana huérfana de Dios no lleva al
suicidio, revela Meillassoux como insumiso a todo nihilismo y como exculpándose
de haber desembalado una caja de Pandora sin precedentes. Mañana Vd. mismo podría
despertar a las 7:30 h de su sueño ordinario-dogmático-ingenuo como de su sueño
lúcido-trascendental-fenomenológico-lingüístico a una
vigilia-realista-materialista-especulativa cuyo firmamento esté constituido por
una miríada de nocturnos Ernestos Sabato con ceño fruncido refulgente o cuya
materia bariónica fue sustituida por un plasma pastelero de gluones libres o de
nada o su señora esposa haya mutado en un activista trans bicéfalo y con
tentáculos de medusa o calamar gigante. Y aun así, mi amigo, no debe perder la
Esperanza, pues un Cuarto Mundo de Justicia, si bien no es probable, tampoco
improbable o imposible, incluso “aquí abajo, abajo” en el desalineado Sur
Global en vías de más subdesarrollo, alias Tercer Mundo (de la Injusticia). La
filosofía no está, y este es el punto, para adormecer el dolor con promesas de
tómbola transfinita sino para soportar la intemperie del presente sin prótesis
metafísicas o algún Ersatz no-naif.
Que arrojemos nuestra ave de corral desplumada a la ENS, al margen de probar que no carecemos de cultura (avicultura,
en particular), no significa en lo más mínimo que nos burlemos de esta noble
empresa gestionada por apoderados del matema mucho más inteligentes e
instruidos que nos. Si así fuera, no hubiéramos perdido cuatro meses
consagrados en exclusiva a la ingesta intensiva de pajas y piensos
teorético-especulativos. Aplaudimos todo rumiar y queremos ver si encaja con
este universo desprotegido luego de la rescisión del contrato con He-Man.
Meillassoux nos resulta asombroso y venerable, pero lo tomamos con soda, con
soda de óxido nitroso (gas hilarante) y por vía inhalatoria. La burla de todos
contra todos no es mejor que el bellum
omnia contra omnes; pero no teniendo las armas necesarias, nos queda dar
sólo la primera de estas batallas culturales: todo el mundo está para el
cachetazo. El que no, es porque lo blinda una red mafiosa transnacional de cuyo
nombre no quiero acordarme.
El sistema de Meillassoux es el axioma de Dostoievski patas para arriba:
agarra el si Dios no existe, todo está
permitido, pero invierte el signo axiológico para fundar su propia teodicea
secularizada: si Dios no existe,
cualquier cosa es posible (incluso la Justicia y la Resurrección). «La justicia queda garantizada como
eternamente posible por la inexistencia absoluta de Dios, por el último
sinsentido del supercaos (by the ultimate Non-sense of super-chaos). Porque si Dios no existe, todo se vuelve
frágil, incluso la muerte. Si Dios no existe, las cosas se vuelven capaces de
cualquier cosa: ya sea del absurdo o de alcanzar su estado más elevado. Todo es
irreversible, pero nada es definitivo.[1]»
Al giro de 180° a la fórmula dostoievskiana ya lo habría practicado Lacan,
llevándose en la correntada a Nietzsche: si
Dios (que es inconsciente) ha muerto, nada está permitido; pero el
giro de la verdadera fórmula del (ni) ateísmo
meillassouxiano convierte el puchereo tembloroso ante la inminencia de la
anarquía moral / abismo en una capitalización de la esperanza ilustrada y
cristiana. Como nada es definitivo, ni siquiera la muerte de las víctimas de la
historia es un hecho consumado; el Supercaos podría, en un ataque de amnesia
estocástica, resucitarlas mañana a la mañana. Lo que en Dostoievski era una
tragedia existencial –asumir la responsabilidad atroz del hombre libre en un
cosmos desierto–, en Meillassoux se convierte en una póliza de seguro
ontológica. El si Dios no existe dostoievskiano
obligaba al hombre a hacerse cargo de la sangre acumulada en la tierra, el si Dios no existe meillassouxiano le
permite al filósofo cruzarse de brazos a esperar que el Hipercaos, en su
infinito escupir de dados, produzca la justicia que los bípedos implumes no
supieron (o no quisieron) construir. Ante el horror de que las víctimas de la
historia queden olvidadas para siempre en la fosa común del tiempo, en lugar de
sostener la mirada frente a la herida abierta del sinsentido (el mandato
existencialista), Meillassoux hace que el Hipercaos funcione como un Mesías estocástico.
El edificio de esta filosofía más que una física del Absoluto o un avance sobre
el correlacionismo, parece la traducción matemática del pavor victoriano a la
finitud radical: ante el abismo de la muerte definitiva y del Mal histórico, el
francés prefirió inventarle al ateísmo un loto transfinito donde el pozo
acumulado es la Resurrección de los muertos.
Que nada es definitivo, según lo que venimos diciendo, está claro y ok. Pero acá tenemos que todo es
irreversible. Y si es así, entonces, ¿cómo el Híper o Supercaos podría
cambiarlo todo absolutamente? La respuesta se hallaría en su teoría del tiempo
e irrupción de los Mundos: irreversible significa que el Hipercaos no rebobina
la cinta (el pasado ocurrió fácticamente y no se borra, la muerte de una
persona o una extinción biológica acontecieron de forma irreversible dentro de la
serie temporal); no definitivo significa que el estado actual derivado de ese
pasado no está sellado para siempre. El Hipercaos no necesita deshacer la
muerte en el pasado (rebobinar), sino hacer surgir ex nihilo un nuevo estado (el Cuarto Mundo) donde los muertos sean
restituidos o resucitados en el presente/futuro. Según su lógica, la muerte fue
real e inquebrantable en la historia, pero el estado de estar muerto no es una
ley necesaria e insuperable para la eternidad. Y acá es donde se destruye la
coherencia de Meillassoux: si el Hipercaos es la absoluta ausencia de toda ley
necesaria (salvo el principio de no-contradicción y la propia facticidad),
también tendría que poder abolir la irreversibilidad misma. Si es todopoderoso
y no está atado a ninguna razón suficiente, ¿por qué habría de estar atado a la
flecha del tiempo? Decir que el paso del tiempo o la irreversibilidad de los
acontecimientos pasados es una ley fija equivale a reintroducir una Necesidad
metafísica de contrabando. Si de verdad el Hipercaos puede barrer la materia,
disolver las leyes de la física y hacer surgir universos de la nada, la
irreversibilidad es apenas otra ley fáctica más que el Hipercaos podría pulverizar
en cualquier momento. Al decretar que todo es irreversible, Meillassoux le pone
un chaleco de fuerza al Hipercaos para preservar la gravedad histórica de los
actos pasados (necesita el peso del sufrimiento real para fundar su exigencia
moral de justicia); pero al mismo tiempo, al decretar que nada es definitivo,
le quita el chaleco para permitir el milagro de la restitución. Es la enésima
prueba de que su Absoluto no es una estructura helada y neutra del cosmos, sino
un vestuario de utilería al que le va cambiando las reglas según la escena
dramática que le toca actuar.
Para terminar con el misterio es menester creer en los milagros. 2500
años de filosofía para acabar en esto. Los milagros ontoateológicos de
Meillassoux combinan la creatio ex nihilo
y la generación espontánea, quitando a Dios de la primera y a la materia
inorgánica de la segunda: ni Jehová sopló el Big Bang o decretó la
singularidad, ni la vida surge de la materia inerte –independientemente de que
los ratones no irrumpan de la ropa sucia ni las larvas de la carne pútrida.
Pero Meillassoux se detiene en los saltos ontológicos absolutos, no en los
asaltos ontológicos absolutos. El salto decora la casa con un mueble a estrenar
despampanante; el asalto vacía la casa llevándose todo el mobiliario y los
bienes (titulares de dominio, nudos propietarios, inquilinos u okupas all inclusive). No entendemos bien por
qué hasta ahora el Hipercaos se ha mantenido bajo una tesitura estrechamente
progresista, brindándonos tres tipos de novedades rotundas que parecen ser
agregativas, más adicionales que rupturistas: primero te doy la materia,
después la vida, luego el pensamiento. Este es un Hipercaos muy lógico y
procesual (tanto que parece sintonizar con el principio antrópico finalista), y
de ahí que pueda esperarse con los brazos abiertos la promesa tétrica (cuarta)
de justicia. El Hipercaos habilita la todoposibilidad (que diría Macedonio), y
sin embargo, en el universo que conocemos, y de acuerdo al autor, apenas
ocurrieron tres notables emergencias de la nada que hasta parecen guardar una
coherencia y una directriz racional de aspecto teleológico (de ahí que él
imagine esa cuarta que continuaría la tendencia). Estas tres irrupciones,
además, no abolieron las condiciones previas del universo, sino que sumaron un
elemento nuevo (vida a la materia inerte y pensamiento a la vida); pero es
evidente que bajo el esquema-Meillassoux podríamos tener irrupciones capaces de
transformar el universo de cabo a rabo en cualquier momento. Se detecta, de
este modo, una tensión entre la potencia ontológica que Meillassoux le atribuye
al Hipercaos y el sesgo narrativo, lineal y por poco edificante con el que
describe la historia de nuestro universo: un Hipercaos progresista y aditivo.
Es acumulativo y aditivo porque la vida no
destruye las leyes físicas de la materia (las presupone y agrega el sentir) y el
pensamiento no desintegra la biología (agrega el transfinito); es direccional y
antropocéntrico porque la serie va de lo inerte al hombre pensante, y del
hombre pensante al advenimiento del Dios justo. Es una escalera teológica o
teleológica invertida: no hay un Dios inicial que guíe el proceso, pero el
Hipercaos sorprendentemente produce un avance por peldaños que coincide, al
milímetro, con las aspiraciones de la Ilustración y la filosofía occidental. Si
el Hipercaos es todoposibilidad sin razón suficiente, no hay ningún motivo
ontológico para que las irrupciones sean adicionales en lugar de destructivas o
aberrantes. Bajo la estricta premisa del Hipercaos, en lugar de emerger la vida
sobre la materia, se podría haber abolido la gravedad de un segundo a otro,
disolviendo toda la materia en un destello de nada; podría haber emergido un
“Mundo de la Tortura Perpetua”, un universo de geometría no euclidiana donde la
conciencia sólo experimenta dolor incoherente sin soporte biológico; podría
ocurrir que el pensamiento desaparezca mañana a las cuatro de la tarde y el
universo se convierta en un líquido rosa indescifrable o en cualquier otra
entidad para la que carecemos de vocabulario enciclopédico. El hecho de que
Meillassoux interprete las tres emergencias previas como “los tres Mundos” y
proyecte con optimismo un “Cuarto Mundo de Justicia” demuestra que está
haciendo un uso selectivo de la contingencia radical; elige únicamente aquellas
emergencias que le sirven para construir una narrativa de emancipación moral.
Si el Hipercaos es de verdad imprevisible, amoral y ciego, la probabilidad
ontológica de que la cuarta irrupción sea un Mundo de la Justicia es
equivalente a la probabilidad de que sea un Mundo del Infierno Absoluto o la
nada atómica total. Postular que la cuarta irrupción va a continuar la
“tendencia” de las tres anteriores parecería un brinco inductivo y teleológico
infundado, caer en la misma trampa que Hume criticó en la causalidad, pero
trasladada al Hipercaos. Meillassoux necesita que este sea salvaje para
destruir la necesidad de Dios, pero que sea civilizado, procesual y progresista
para mantener viva la esperanza de la salvación. Su Hipercaos es un Monstruo de
mil cabezas que, milagrosamente, sólo muerde para el lado de la Revolución
Francesa y la ética de los Derechos Humanos.
El
Hipercaos tiene la potencia de barrer la materia de cuajo, abolir la masa, la
gravedad o la extensión espacial de un plumazo y reemplazar el universo por una
entidad absolutamente incalculable e innombrable para la que no tenemos ni
aparato perceptual ni léxico; y es evidente que puede hacer surgir cosas dentro
de un orden ya dado, tanto como hacer desaparecer de raíz dicho orden. Sin
embargo, por ahora prefiere seguir sumando de a uno. Su autor le otorga al
Hipercaos la omnipotencia del rayo para liquidar la necesidad kantiana, pero le
exige la modestia del ábaco para no arruinarle la escalera hacia el Cuarto
Mundo, la navaja de afeitar transformada en tijerita de manicura. Si la
facticidad es radical, el Hipercaos no es un jardinero que cuida el invernadero
para ir agregándole plantitas; es un abismo ciego e indomable donde la
destrucción integral del orden físico actual tiene exactamente el mismo estatus de
posibilidad que su conservación o su embellecimiento. Si el Hipercaos es tan
radicalmente libre que puede hacer surgir de nada un nuevo régimen ontológico
ajeno a las leyes conocidas de la física o de la biología, ¿por qué ese
surgimiento ex nihilo respeta la
plataforma de lanzamiento del pasado? El autor del Hipercaos lo frena ante el
muro de la facticidad consumada, y al blindar el pasado bajo la categoría de lo
fácticamente irreversible, reintroduce de manera furtiva una especie de
seriedad o gravidez del mismo que parece contradecir la vertiginosa gratuidad
de un anarquismo preternatural que, en teoría, no debería deberle nada ni
siquiera a la cronología. Si el Hipercaos es absoluto, la irreversibilidad del
tiempo también debería ser una ley fáctica y, por lo tanto, mutable. Sin
embargo, actúa como un diseñador de interiores que trae un mueble nuevo (la
vida, el espíritu) sin romper la estructura de la casa (las leyes físicas
previas siguen operando). Pero no tendría por qué ser educado. Un verdadero
asalto ontológico implicaría que las leyes de la física colapsen
matemáticamente mañana, que el pasado se modifique, o que la realidad misma se
vacíe del contenido que hogaño luce. El de Meillassoux es un Hipercaos bueno
porque respeta lo anterior; un caos real sería destructor y expropiador. Que sólo
haya producido tres emergencias, y que estas lleven una dirección de
complejidad ascendente, huele a principio antrópico y a finalidad encubierta: Meillassoux
critica la metafísica tradicional, pero termina construyendo una teleología
donde la anarquía cósmica parece preparar el terreno para el pensamiento y,
eventualmente, para la resolución de su dilema ético. Al hacer esto, transforma
una fuerza potencialmente aterradora y destructora de mundos en un motor
procesual, predecible y de buen trato, que en lugar de asaltar la realidad y prenderle
fuego, se limita a añadirle amables pisos superiores de existencia. Si el
esquema de Meillassoux se llevara a sus últimas consecuencias, la amenaza de
una irrupción que transforme el universo de cabo a rabo –el asalto total–
debería ser una paranoia constante, y no una promesa de justicia
bienintencionada. ¿No estamos entonces ante uno de los ejercicios de
ilusionismo más aparatosos de la academia francesa de posguerra? Meillassoux
pasa de la premisa impecable contra el correlacionismo a este delirio
prospectivo, utiliza el rigor matemático de Cantor para fabricarse un somnífero
laico: declara que todo es contingentemente inestable para dinamitar al Dios de
la teología tradicional, pero ipso facto
doma ese caos absoluto para que no resulte demasiado amenazante. Mi instinto
perronista y de Pirrón me incita a no comprarle el buzón al prospecto de la
justicia meillassouxiana, una teoría del Dios-por-venir que suena a pasatiempo
de un académico que jamás tuvo que preocuparse por el precio de las verduras ni
por la humedad en los tirantes del techo, una teodicea laica embotellada en galimatías
transfinito para que el intelectual de izquierda de la Rive Gauche pueda declararse ateo, materialista y racionalista sin
tener que bancarse el peso aplastante del abismo. Prefieren inventarse una rifa
transfinita de la salvación antes que aceptar lo que el cínico sabe desde
siempre: que el cosmos no te debe un peso ni absolutamente nada.
Lo que verdaderamente importa en el sistema de Meillassoux, a fin de
cuentas, no es la revelación de Perogrullo sobre la literalidad de los
enunciados científicos; es la existencia del Hipercaos, la supresión del PRS y
la discriminación entre virtualidad y potencialidad. Y el punto crucial es que
hace depender el valor de las eventualidades virtuales de la más pura
subjetividad, con lo cual uno se podría preguntar si no hemos trasvasado un
solipsismo de viejo cáliz gnoseológico a uno de copa nueva ontoaxiológica
(además de haber pasado de un solapado escepticismo fideísta a una nueva
religiosidad demostrada o teología futurista ametafísica). El intento de Meillassoux por escapar del correlacionismo
corre el riesgo de un efecto búmeran. La propuesta de una soteriología, una
doctrina de la salvación de la especie (o dicho en francés jacobino, de la
salud pública), que asume con requisito la creación remota de la misma deidad
que nos ha de emancipar, es tan ciclópea como desconcertante. Por lo pronto, le
viene rindiendo a la propia subjetivad de Quentin Meillassoux, dado que
confiesa que le permite sobrellevar el sufrimiento (acaso culposo) por las
macabras circunstancias naturales e históricas sobre las que hace pie la
existencia del mísero bípedo implume de uñas chatas, ente extraordinario por
sus capacidades exclusivas para pensar el absoluto y la verdad eterna tanto
como por sus equiparables y asimismo exclusivas capacidades de practicar,
producir y multiplicar el Mal (como queda revelado por Kacem, su hermanito
parricida). Mehdi desmontó la pedantería de la metafísica europea devolviendo
al ser humano a su estatus de animal perverso: no el receptáculo sagrado de las
verdades eternas de Cantor, sino el único ente capacitado para burocratizar el
sufrimiento. Se comprende el trasfondo existencial-autobiográfico del proyecto
meillassouxiano, pero el lector ahora tiene que hacerse cargo de haberse descubierto
en su cara la estructura helada y objetiva de un Absoluto abrumador cuyo
consuelo de futuridad transfinita consuela poco y nada. La escasez de chances
de que el MEV (castellanización del FSM)
se apropie del planeta La Tierra (más allá de que sea un error de concepto) o
de que el infierno musical de El Bosco se materialice después del auge del regaetton, no me resultan menos
perturbadoras que las sobradas evidencias de lo que hoy mismo está pasando en
Gaza, la Patagonia o la Casa Rosada (por dar apenas tres ejemplos entre cien
igual y fatídicamente nauseabundos); pero la equivalente escasez de
oportunidades del Mundo de Justicia me deja atónito en sentido inverso. El meollo es que la finitud no se supera por puro
rigor geométrico, sino para aplacar el remordimiento de pertenecer a esta
especie de gallitos alopécicos que repasan el transfinito mientras acumulan
cadáveres. La crítica de Kacem desnudó que el ser humano no es sólo el canal de
transmisión donde la verdad matemática se manifiesta, sino la única entidad
capaz de erigir la perversión y el sufrimiento en sistema. Pretender que el
Hipercaos va a compensar éticamente las atrocidades del homo sapiens sapiens parece la mayor de las ilusiones matemático-piadosas,
aunque de ilusiones se vive y con matemáticas se paga al verdulero (como probó
el Sócrates jenofónteo).
Algunos creen que lo más que se puede esperar de la vida es verle la
cara a Dios en un orgasmo de 5 s, los 15 min de fama que pronosticó Warhol o el
fructificad y multiplicaos que aterraba a Schopenhauer, Beckett o Cioran; pero
lo más glorioso del universo hasta ahora existente es, para Quentin, el haber
alcanzado el concepto matemático-especulativo de verdad eterna e infinita. El
pensamiento puede adquirir lo absoluto en tanto contingencia considerada como
necesaria y el único salto más allá que queda esperar es el reino de la
justicia rigurosamente igualitaria entre individuos pensantes. El paso del
Hipercaos como metabomba termonuclear de transfinitos megatones a su
funcionalidad analgésica es aún más pasmoso. Como dijeron varias veces sobre
mis propios libros (por no atreverse a mandarme a la mierda): “no sé qué decir,
no sé qué pensar” Lo debo meditar, lo debo digerir, debo intentar, desde hoy
hasta el cumplimiento de la Agenda 2030, entender de qué va todo esto
verdaderamente. Me siento perdido como turco en cancha de bochas o cínico en la
neblina (tufos), como Adán en el día de la Madre Mitocondrial. Debo
reflexionar, pues mientras el horror fáctico transcurre in real time sobre el bulto del músculo y la chicha, la justicia
transfinita suena apenas a un dividendo diferido ex nihilo que no consuela ni al más bonachón del alumnado de
Pangloss. No quiero concluir que la cataplasma psicológica para el
remordimiento de Meillassoux desnuda el trasfondo del materialismo
especulativo, o que tras la fachada de rigor frío y helado sólo había un
intelectual prusiano/parisino buscando un sedante para tolerar el peso del mal
histórico; pero como asestó Diógenes: ex
nihilo nihil fitness. Para consuelos que no consuelan, seguimos prefiriendo
el ascetismo del esfuerzo físico al atletismo matemático de la Nada empaquetada
en la Sorbona.
No es que quiera pensar mal de un pibe que a lo mejor es un buenazo.
Pero todo este montaje me suena a broma macabra de la burguesía más
recalcitrantemente zurda y ociosa. Después de las revelaciones escabrosas sobre
Badiou que hizo Kacem, ya no se puede creer en nadie (antes tampoco).
La
ciencia convertida en escribanía del Hipercaos
Sabemos que el cristianismo introdujo
la novedad en Europa y con ello puso la semillita de la Modernidad. Hoy vivimos
bajo el régimen de la moda y ya no de la mononovedad cristiana. Ya en el campo
meramente ontológico, Meillassoux, con la inexistencia divina, seculariza las
fuerzas de la novedad, como escribe Harman. Es el Baudelaire cosmogónico. De
acá en más, el mismo universo puede comportarse como un dandi impredecible o
como una pasarela en permanente renovación de coloridos diseños.
Colapsada la probabilidad por Cantor, todas las leyes pueden cambiar o
no hacerlo jamás. Después de
Meillassoux (hay que escribir un brulote de 500 planas con ese título), un
científico que crea en la estabilidad irremediable de las leyes de la natura es
un burro empiroirracionalista. Si los científicos estudian leyes que pueden
cambiar de un cimbronazo por decreto del Hipercaos, será que los hemos
convertido en jurisconsultos, en legistas, expertos en derecho positivo que
interpretan un reglamento vigente. Habría que quitarles el delantal blanco Arciel®
y mandarles toga negra de alpaca. Notablemente, el paso de la literariedad
posmo a la literalidad ancestral-diacronista desenlaza en la transición del
operario tecnócrata en letrado-burócrata: su trabajo ya no es experimentar,
sino archivar las ordenanzas del caos y actualizar el código civil de la física
molecular según el humor del universo, con lo que se lo baja del pedestal del
descubridor empírico y se lo encierra en la oficina de un ministerio a redactar
actas sobre el último capricho de la realidad. La ciencia contemporánea explica
el origen de la vida a través de la abiogénesis, un proceso donde la materia
inorgánica, mediante reacciones químicas complejas, transiciona gradualmente
hacia sistemas autorreplicantes y vivos; pero Meillassoux considera que
intentar deducir la vida a partir de la materia física es un error conceptual.
Para él, las propiedades de la vida son cualitativamente tan distintas de la
materia inerte que no pueden explicarse nomás como una acumulación o
sofisticación de partículas físicas. Cuando la vida aparece, no lo hace porque
la materia estuviera destinada a organizarse así, ni porque hubiera una
potencia oculta en los átomos: aparece como un evento absoluto, una discontinuidad
en el ser, es una creación desde la nada de regularidades y propiedades
completamente nuevas que no estaban latentes en la materia inanimada. Cuando la
ciencia busca un puente causal e ininterrumpido entre lo inerte y lo vivo
(abiogénesis), no sólo se entretiene perdiendo el tiempo, sino que sigue ciega
en su escepticismo-fideísta-probabilistico. La aparición de la vida y el
pensamiento no comportan misterio alguno: son un milagro sin autor probado con
rigurosidad lógica. Se soluciona de tal modo un enigma o, más bien, se prohíbe
un misticismo racional-necesitarista de inclinación escéptico-fideísta. Un
nuevo Parménides converso, judeoacristianado, cancela el ex nihilo nihil fit y garantiza ahora la creatio ex nihilo y la existencia virtual del milagro
lógico-anónimo. Hasta acá, el judío y el heleno se solidarizan otra vez como
cuando parieron al cristiano, pero modernizándose hasta tal punto que se
posposmodernizan. Lo que hay es un discontinuismo antihilozoísta que reza que
no hay creatio ex materia, no hay
abiogénesis, y así cancela el dilema entre el huevo y la gallina (proteínas y
ácidos nucleicos): Meillassoux les dice a los científicos que no es menester
tomarse (en serio) la Sopa Primordial (o que les falta tomar mucha sopa
realista-especulativa).
El mundo sufrió tres órdenes de advenimientos cualitativamente sin
precedentes. Ni la aparición de los vertebrados, ni la de la agricultura ni la
de las estrellas son realmente cambios impresionantes: son apenas “advenimientos
intramundanos”. Lo que hay que hacer es adecuar la subjetividad a la espera del
cuarto. El cuarto no es el cuarto propio (el solipsismo versión escritores): es
la creación de la nada del Mundo de la Justicia. Sonará a la peronización del
mundo que propone Guillermo Moreno, pero está en otra escala: nada que ver. La
mundialización del justicialismo tampoco es nada probable –aunque posible–,
pero es, antes bien, un tercer mundo que se agrega al catolicismo eurocéntrico
cambiando el eje de Roma al AMBA y de la Santa Sede a la Unidad Básica de Lomas
de Zamora. Lo de Meillassoux es otra cosa y la silla papal de Rivadavia está en
la ENS. Si el Mundo de Justicia te
resulta asombroso –te dice Quentin–, deberían resultarte ídem el de la Materia,
el de la Vida y el del Pensamiento, tres a los que el científico tipo se los
toma con una seriedad de cagatintas con tubo de ensayo por borratintas y matraz
de Erlenmeyer por tintero. El mundo venidero no es menos improbable que los
tres acontecidos.
«Una entidad capaz de un conocimiento
absoluto e inmanente de un cosmos completamente comprensible se merece la
inmortalidad.» ¡Eso es lo que se llama un aforismo y no las mojigangas de
Lichtenberg o las paronomasias sin gracia de un Gracián! Meillassoux define al
ser humano no como un gallina pelado sin alitas y de uñas planas sino como todo
ser racional capaz de comprender la verdad absoluta de la contingencia, o sea
que define al ser humano bajo la especie de su narratario ausente, lector ideal
o implícito o del discípulo perfecto à
venir. Algo así… Lo asombroso (o griego) del mundo es que más haya surgido
de menos (el humano de la materia) y, siguiendo esa lógica, es de esperar con
esperanza (judía) que continúe y se haga Justicia. Si Dios existiera, de más se
iría a menos, y siguiendo esta lógica podría colegirse que los humanos son
menos que los vivos no pensantes, que son menos que la inercia matérica, que es
menos que Dios, apoteosis de la misantropía que goza hogaño de cierta
considerable prensa y que podría explicar la conducta de los arcontes que nos
someten con diaria persistencia por puro autodesprecio proyectado.
A Meillassoux parece que le gustan los humanos por ser capaces de dar
con la verdad matemática de las cosas, más que por cualquier otra cosa. Una
filantropía de amor platónico, una filosofía propiamente dicha, donde la
empatía corporativa especista no cuenta como tal (eso es cosa de animales
alógicos) sino la logoeidomatemofilia judeocristianizado-destotalizada. La
justicia dignifica a los hombres porque el pensamiento dignifica a la justicia.
El sistema-Meillassoux es un formato renovado de supremacismo antropológico,
siempre y cuando se entienda (¡eso sí!) que la superioridad depende del
pensamiento y del conocimiento de lo eterno (no de lo eterno en tanto que tal,
que «es neutralidad del devenir, contingencia ciega, estúpida y anónima de cada
cosa»). Una suerte de platonismo desanticuado, secularizado y post o
transmoderno. En un recalcitrante mundo de diseño en el cual el normie nacional llama a su tonto y
chillón perro salchicha “mi hijito” (como la médica descerebrada que tengo en
el piso de abajo), podemos ver en Meillassoux el otro extremo casi tan
patético: una noofilia por la cual, merced a esa idea de los tres Mundos
cualitativamente heterogéneos, se separa al humano del resto de los vivos
sufrientes con un radicalismo impasible no indigno de Cartesio, para quien el
alarido de un caniche al ser pateado en el orto de revés equivalía por completo
al rechinamiento que emite un motor al descomponerse (pues ni tu heladera cachuza
ni tu mascota alienada sufren en modo
alguno tus arrebatos de centrodelantero frustrado y sorete). A la superioridad
humana, dice Meillassoux, no la otorgan ni el Bien ni Dios ni la Evolución: la
da el Conocimiento («conocimiento mortal de la contingencia eterna: teórico y
absoluto de las verdades lógicas y ontológicas, y atento y preocupado de
nuestra mortalidad»). He aquí la transición de una privatización de los afectos
en la que se compensa la incapacidad de vincularse con el prójimo proyectando
neurosis sobre un bruto domesticado, a un intelectualismo glacial que prefiere
un universo de fórmulas puras antes que admitir que compartimos con el perro salchicha
la vulnerabilidad del semoviente chacinado o embutido animado que sufre. Ni empatía
biológica ni comunidad de sentientes: el ser humano vuelve a ser el rey de la
creación, no por mandato divino, sino por ser el único decodificador de la
contingencia absoluta (una filantropía abstracta que ama al humano en tanto
computador de la verdad matemática, más que en su carne, finitud o dolor). Meillassoux
corre el riesgo de que su ontología del Hipercaos termine siendo un traje de
diseño a la medida del intelectual que quiere seguir sintiéndose superior al
resto de la biósfera, convencido de que su capacidad de formular el sinsentido
lo vuelve, de algún modo, sagrado. Por más duelo que aduzca el militante de la
Causa Humana, la frigidez del nerd te
deja algo helado; semejante ímpeto insulso por la racionalidad hace que uno
adivine al dudoso Cuarto Mundo como un aburridísimo seminario a escala
planetaria.
Entre el
mundo feliz de Huxley y el justiciero de Meillassoux todavía no me decido, si
bien uno está en vías de desarrollo y el otro apenas promete una absurda
guardia e inabarcable vigilancia. Dicho Cuarto Mundo, dizque única novedad
radical concebible después de lo humano, parece que ya existe, no obstante,
como esperanza o deseo de todo ser humano en cuanto racional. Y mientras tanto,
en el salón de la Injusticia y ante el compás de espera de este Dios Triple Ni,
el que se acerca por la banda a paso acelerado es el Homo Deus ego-algorítmico-biotecnológico de prometeico diseño
israelí (Harari, y no el militante de Grazón y Grevolución amigo de Sartelli,
precisamente). El humanismo prometeico, bien dice el francés, es el
rebajamiento del ser humano a la igualación con Dios, ese criminal omnipotente
sin existencia. El “humanismo factual” se opone a tamaña idolatría del poder.
La esperanza, dice, no es fe porque la fe remite a lo que existe o va a
existir. La esperanza no tiene garantía ni de Garbarino. Medio Scioli: sin fe y
con esperanza.
Este es el momento en que debo asentar una aclaración. No me río de la
Voluntad de Justicia. No me llamo Federico Nietzsche ni me acuesto del lado del
perverso polimorfo adulto o psicópata criminológico. Que mezcle códigos ni me
hace por necesidad bisexual practicante ni sádico de observancia sino menipeo
del montón. Perrohiena dibujado por Carlitos Garaycochea…Yo me resisto a creer
lo que creen mis amiguitos que todavía lucran con el COÑISEX: que el cínico sea
yo. ¿Y si el cínico no fuese quien viste y calza, que soy un boludo garantido
con seguro con reintegro en 30 días hábiles, sino toda esta runfla
clandestinamente risueña de mercaderes a sueldo de la especulación realista? ¿Y
si el camelo te lo están metiendo ellos y no el inútil de un servidor? ¿Es esta
eventualidad tampoco ni improbable ni probable ni imposible? Les dejo la
inquietud.
Meillassoux no dice que el mundo sea el mejor o el peor de los posibles
sino que puede ser ambos. El Hipercaos, ciertamente, también podría crear al
Primer Solipsista Auténtico (y no a la baratija “metódica” ya creada con
Descartes en las Provincias Unidas del Norte). Podría disolver instantáneamente todo el universo físico que rodea a
un sujeto, dejando a una sola mente flotar sin contexto concreto porque el
tejido de la realidad se ha desfondado a su alrededor. Esta mente solitaria se convertiría en el único
testigo de un flujo de fenómenos totalmente caóticos y sin estructura que
brotan del Hipercaos, o bien, quedaría atrapada en la perfecta vacuidad de ser
la única creatura hipercaótica. Mientras que la filosofía tradicional ve el
solipsismo como un callejón sin salida del pensamiento o un error de la razón,
el Hipercaos lo convierte en un lance posible, ya que tiene el poder absoluto
de abolir al Otro y al Mundo y dejar a una conciencia como solitaria monarca y
súbdita de la Contingencia. Descartes encerrado en su habitación de los Países
Bajos dudaba de la existencia del mundo exterior como un ejercicio mental; pero
sabía que si estiraba la mano, la estufa seguía allí y quemaba. El Hipercaos no
necesita convencerte de que el mundo no existe; puede, simplemente, hacer que
deje de existir, convirtiendo al solipsismo en evento físico con literalidad de
archifósil. El solipsista factual sabría, con una certeza terrorífica que Renato
nunca tuvo, que en el segundo siguiente el Hipercaos podría aniquilarlo a él
también, o crear un trillón de soles a su alrededor, o devolverlo a una pieza
en el país de los tulipanes sin que mediara explicación alguna. Meillassoux
convirtió al solipsismo de un mero tropiezo de la teoría del conocimiento en
una amenaza latente de la textura de la realidad.
A esta altura debemos empezar a suponer que hemos entendido todo mal.
Debemos de habernos ido por el lado de los tomates cherry. Recapacitemos. Es que no se puede uno quedar impertérrito
cuando te cambian el mundo de cuajo de un día para el otro. Eso ya me pasó
cuando empecé a estudiar Filosofía con el manual de García Morente hace 40
años: a cada capítulo el Mundo se me desfondaba y refundaba de nuevo a
velocidad de un lector promedio atragantado por el θαυμάζω esquizoide y al borde vertiginoso del desmayo.
Luego vino en lenta forma progresiva un amesetamiento posmoderno que, a falta
de otras certezas de peso, me permitió al menos salir a trabajar y acostarme
con una gama no despreciable de partenaires
golondrina. Si ahora me patean el bastidor de nuevo, tengo que reaccionar de
alguna forma, y esta vez no será con la Náusea, sino a base de Chistes como
ahorro de gasto psícoepistémico. Como nuestra obra puede ser cotizada como un work in retrogression (ni in progress –no soy progre– ni “desobra”
propiamente), no hay problema en que vayamos para atrás (lo hacen todos los
clubes de AFA), para los costados o a boxes si no divisamos panorama con la
vista al frente. Tiene que haber pasado que no entendimos nada. Habrá que
resetear, barajar y dar de nuevo.
Meillassoux, de toda suerte, tuvo la amabilidad geopolítica de inscribir
a toda la Humanidad en el Tercer Mundo, un paso adelante luego de que Chevalier
y Napoleón III nos bautizaran como “América Latina”, cosa que sólo aplica en
rigor al área metropolitana de Rosario, donde casi todo el mundo es parcial o
totalmente italiano (incluso un suscriptor), salvo del Segundo Anillo
Perimetral hasta los bordes (donde la pureza del mestizaje austroborbónico
sobrevive en deplorables condiciones morales y financieras).
Abierto
por melancolía
La estructura misma de la filosofía
especulativa está contaminada por aquello que pretende excluir: el deseo humano
de que el universo tenga una respuesta para nosotros. El Hipercaos liquida al
Dios garante, pero, llegado el momento de administrar el duelo, se le pide que
abra una sucursal de la Providencia. Ya no hay Creador; hay contingencia
absoluta con servicio de posventa. Meillassoux ofrece una terapia racionalista
para el duelo imposible, dice Peter Gratton. De duelo en duelo, la
posmetafísica francesa saltó de la “democracia por venir” del inefable Derrida
al “Dios por venir” del asombroso germen del Establecimiento Badiou. Pidamos lo
ni-imposible-ni-posible. Ser-para-la-resurrección, ser-para-la-inmortalidad. La
alta burguesía académica trasnacional fluye de crecepelo en crecepelo, son así.
Y encima cobran. Las gambetas de quirúrgica precisión y pases al milímetro que
hace este Messi del racionalismo francófono para que haya un Dios posible
dentro de la racionalidad y fuera de la fe, son no menos admirables que las
piruetas geométricas y proezas cerebromotrices sobre el rectángulo de juego que
realiza cada semana mi ínclito y (formalmente) católico conciudadano, ex vecino
de Zona Sur y ex camarada del baby de Central Córdoba. Yo, un mero y barrial 5
mixto de garra y marca, panorama, buen control con zurda, no despreciable freestyle y eficacia en el área rival en
ambas disciplinas, los miro por TV con análogo embebecimiento.
Macedonio había planteado que es posible vivir sin Dios y sin ser Dios.
Muerto Dios y desplomado el solipsismo (ese relevo imaginario), quedaría nomás
el vivir sin Dios, y esa misma es la condición humana que Meillassoux deplora y
espera cancelar. Pero no es muy conmovedor que luego de conminarnos a la espera
perenne de un Dios insólito pero no imposible, se bautice impávida o
estalinianamente al nuevo adventista o militante-siervo velador como “sujeto
vectorial”. Suena a película distópico-pitagórica (un maravilloso género
cinematográfico à venir mientras
tanto), resultando un sacramento demasiado frío, poco estimulante y nada
inspirador. Da para engarzar un chiste mordaz tras otro y no quisiera seguir
haciéndole la corte al sentido común vigente en este reino tardocorrelacionista
en decadencia donde vegetaremos por un largo tiempo aún. Me río para salvarme
(un momento), pero no me felicito por ser tan vivo. Sin embargo…
Las creaciones made in Hipercaos son cualidades inéditas que la ciencia
matematizada sólo puede abordar vía cuantificación. De la razón aleatoria a la
irrazón súbita hay un salto sin paracaídas cuyo riesgo el científico cabeza no
está dispuesto a asumir. El anarcocreacionista filosófico comparte con el
creacionista de fe estandarizado la tesis de que la vida no se sigue por
causalidad ni razón necesaria y suficiente de la materia inorgánica.
Meillassoux es indiferente a las pruebas de los experimentos de Miller-Urey
(que parecen haber recreado con cierto éxito las condiciones originarias de
formación de vida en la Tierra) o, en todo caso, estima que la aparición
acausal de la vida acaecida una vez, transforma de manera retroactiva a la
materia de tal modo que, de ahí en más, la abiogénesis se vuelva posible y
comprensible en términos correspondientes a la ciencia experimental. El brote
espontáneo de cualidades sin porqué, inmediatamente produciría un ensamblaje
con el estado de cosas precedente que da permiso de excursión a la razón
causalista y probabilística del científico tipo para que intente explicar y
reproducir con algún éxito el milagro transfinito. El advenimiento de la vida
instala de manera contingente una nueva ley factual, pero lo que no hay es una
ley del advenimiento de las leyes. Siendo así, el archifósil usufructuado como
freno de mano a la ilusión solipsista escéptica parece convertirse ahora en un
tembladeral: ¿cuál es la literalidad de los enunciados ancestrales cuando un
brote de la nada repentino y desfundado instala de buenas a primeras sus
propias reglas físicas? Esta es la inquietud que registra Peter Gratton: que la
misma tesis del Hipercaos hace peligrar cualquier afirmación sobre la
ancestralidad, merced a la cual se desbancó al correlacionismo. Si el Hipercaos
es real y las leyes físicas pueden retoñar de la nada de manera imprevista,
¿cómo confiar en la literalidad de la ciencia ancestral? Se rompe el precinto
que aseguraba la fijeza del dato científico: nada garantiza que las leyes que
medimos hoy a través de los fósiles hayan sido las mismas en el pasado, o que
el pasado mismo no sea un exabrupto que reescribió las reglas de manera
retroactiva[2]. ¿Es
esto un paso adelante con respecto al codicilo filosófico típico o uno al
costado o giro a la banquina?
Mucho antes de que la Agenda 2030 proponga las “ciudades de 15 minutos”,
sir Bertrand Russell, el ídolo de Borges, insinuó, de puro experimentador
mental, que la Tierra surgió hace 5 minutos, o por lo menos, que no hay manera
cabal de refutar semejante tesis porque ninguna imposibilidad lógica lo veta.
¿Ofrece el sistema-Meillassoux algún tipo de reaseguro ante este rasero de
hipótesis?
Aunque Harman esgrime que solamente los párvulos, los fanáticos y los
enfermos mentales pueden esperar que sucedan las diversísimas y divertidísimas
o asaz espeluznantes virtualidades que habilita este sistema de pensamiento, considera
destilando complacencia que «Meillassoux adquirió el derecho de hablar como un
niño o un loco sin perder la compostura». Son, efectivamente, prerrogativas que
se obtienen en la ENS, institución de
reverencial prestigio que otorga a toda impunidad esta clase de brevets. Nosotros nos inscribimos en la
otra escuela, la de los inadmisibles, a donde van a hacer sus palotes los
nenes, los exaltados y los que sufren trastornos mentales, porque si se trata
de esperar, de este Mundo podemos esperar cualquier cosa, y de los restantes
que baraje el Transfinito, tanto más. Si no fuera que, por prescripción cínica,
no esperamos nada, lo esperaríamos todo. Con idéntica receta, la del Dr. de
Sinope, si algo no guardamos en el zurrón es compostura, amarroque que les
dejamos a los profes. O lo tomamos de’nserio de’nserio o todo esto no es más
que un juguetito intelectual para entretener a una casta de tragas aburridos.
Un día, el siglo terminó siendo deleuziano. Esa profecía era cierta.
Pero un día el siglo terminó y el que sigue parece que aspira a ser
mellassouxiano, al menos de las puertas de la Academia para adentro. De acuerdo
a Piglia, más bien tenía que ser macedoniano, y en dicho empeño estamos,
incluso contra todos lo que pretenciosamente creen que se lo puede ser como
residente de un campus o como columnista de La
Nación o Página/12. En las
propias filas siempre yace el más pertinaz enemigo, y no escatimaremos
esfuerzos en la purga interna, afilando los largos cuchillos a plena
nocturnidad (pues hasta en las mejores familias se inician Procesos de Moscú ex nihilo). Harman imagina un escenario
ubicado en 2050 (opuesto por donde se lo mire al diagnóstico de caducidad
consumada librado por Castro) donde un Meillassoux con edad de PAMI reinaría
sobre toda la intelligentzia
universal, un mundo donde la mersa y la crema de la república de las letras se
alinean en la militancia de la expectativa ontológica por una justicia
fantasmagórica que depende de las leyes del régimen anarcobandidista de la
contingencia absoluta, glorificando al puritanismo terrenal de alta densidad
teórica. Allí el Meillassoux para
Principiantes (y no el Corán, como estima Houellebecq) sería de lectura
obligatoria en todos los colegios, contando incluso con su versión silabario,
orientado a la enseñanza inicial de la lectoescritura a la par que al
adoctrinamiento temprano en Materialismo Especulativo, repartido por la
Fundación Quentin y con oraciones para deletrear como Meillassoux me ama o Badiou
es un hado bueno. ¿Es este un escenario virtual o apenas un contexto de
rango ordinariamente posibilista? ¿Y cómo te sabe ese planeta en el que el grueso
de los intelectuales, oficiando de vanguardia esclarecida y aunados en el ardor
a la masa toda, estaría en conjunto haciendo fuerza por el gran domingo de
Resurrección de los Muertos, votos de castidad ético-factual mediante?
¿Elegiremos la Agenda 2030 antes que la 2050? La vuelvo a dejar picando. Yo no
sé. Diógenes no tenía agenda ni tablillas. Garabateó su República en el dorso de un rollo que guardaba la de Platón,
infiltrándose en los archivos públicos del Metroón (cuartito trasero de su
tinaja). Nunca planificó la historia universal ni aspiró a reinar sobre el
clero seglar del 2050; saboteaba el registro usando el soporte del amo para
inscribir la disolución de sus leyes.
Las discusiones entre Harman y Meillassoux sobre el angelical sexo de
las cosas no dejarán de entretenernos mientras Bizancio siga cayendo un poco
todos los días. Caiga quien caiga, están para eso. Tal vez contribuyan para que
un día volvamos a descubrir América. Nunca se sabe.
Hay que elegir entre fútbol-champagne
de la academia francesa y el inarchivable quinismo criollo como contra-agenda. Desde
luego, la no-espera no tiene por qué ser desesperación, como cree Meillassoux.
Si la esperanza del Dios a venir es ilusión freudiana –como estima Johnston–,
la desesperanza es el alivio estimulante de una desilusión. La dialéctica
marxista de la historia prometía una redención, el comunismo, que era, además
de inexorable (al menos en la más acérrima versión determinista), a corto,
mediano o relativo largo plazo inminente. El cristianismo promete otro mundo de
bienaventuranza que, si uno logra sortear el Infierno o una morosa estadía en
el Purgatorio, ocurrirá sí o sí. La promesa del milenarismo melliassouxiano es
más parecida a la de los políticos electoralistas en vísperas de renovar los
votos: sabemos que el cumplimiento de todo lo que prometen tiende
asintóticamente a 0, que diría Johnston, y esta es la razón suficiente por la
que preferimos pagar los $500 de multa y abstenernos de hacer acto de presencia
cómplice en los tenderetes circenses de los comicios. Pero aplicando el
argumento ad populum (en este caso,
al pueblo filosófico reglamentario nos referimos), admitiremos que si en todas
las facultades impera el consenso que asegura que Meillassoux merece ser
coronado, glosado sin cesar, alabado como el que más y goza de sensatez, a la
vez que el asentimiento implícito que atestigua que uno es un pobre mamerto,
será entonces que hay que darle la razón y punto. A chillar a la calle. Nos
colgaremos en el pescuezo la chapita identificatoria de sujeto vectorial y menearemos la cola para el nuevo amo,
consolándonos con morder al último cura de parroquia y al penúltimo sofista
televisivo.
¿Qué podemos esperar? La respuesta a esta estandarizada muletilla
kantiana es cualquier cosa, salvo que A no sea A y que Dios llegue con visado
metafísico. Sin embargo, codeadas fuera la inmortalidad del alma fideísta y la
existencia necesaria de su Dios, debemos esperar la paz perpetua y
palingenésica de una sola de las transfinitas iniciativas que propone el
monstruo lógico que la física cree adormecer con formulismos algebraicos y
protocolos observacionales en calidad de exorcismo. Con el caos de Deleuze, por
lo menos, uno tenía con qué protegerse montando un precario campamento: ese poquito
de orden que facilitan el concepto y el fatigado plano de inmanencia,
ventajosos para contrapesar el delirio y la chifladura de hacerle parir al
universo «caballos alados y dragones de fuego». Ante el hipermercado del caos
persa de Meillassoux no hay de dónde agarrarse, y esa manija absurda del orbe
cuaternario no es ni un consuelo de tontos sino una evasiva más del aparato
universitario francés y su latoso y falluto merchandising
de la emancipación. ¡No paran de emanciparnos de las mil maneras desde los
tiempos de Napoleón! ¡Ya no sabemos qué hacer con tantos recursos soberanistas
de importación importante! ¿No sería preferible otro Restaurador de las Leyes
que nos deje vivir en paz nuestra inalienable voluntad de alienación? Igual,
gracias.
El Hipercaos domesticado por la lógica no deja de ser un lobo suelto
perdido en las inmensidades de los transfinitos, y el fraile mendicante de la
teodicea laica, mientras nos ata como a corderos materialistas del Dieu à venir, se imagina como su san
Francisco de Asís, cuando no es más que un Protágoras excéntrico que se pasea
con sotana por el Barrio Latino como un Viñole de Saint-Germain-des-Prés. Pero la hora de esperar todo lo que no
prohíba el PNC ha llegado. Un surrealismo-lógico-expectacionista se impone. Si
a Vd. no le interesa la Justicia, porque tiene otras prioridades, espere
sentado a un semidiós de pastasciutta,
un superhombre bólido-volandero y con bigote morsa, un universo en el que
Excursionistas gane la Intercontinental cada año bisiesto o un criadero de
gallinas de los huevos de oro autorreplicables. El universo que le vendió Carl
Sagan por Canal 13 nunca leyó a Hume ni traducido por Hyspamérica, por más
tenacidad de Borges y Martínez de Hoz puesta en reimportarlo, y menos hasta sus
últimas consecuencias anarcontológicas. ¡Recapacite transfinitamente!
¡Despierte de una buena vez de la modorra dogmática, que no hay Razón
Suficiente para seguir en cama! Sintonice de una vez por todas con la
Virtualidad que le quepa en sayo y vibre al compás del Parménides
mágico-cantorizado.
[1] G. Harman, Quentin Meillassoux: Philosophy in the Making.
[2] «Resulta imposible adentrarse en las aporías
que surgen al intentar pensar el pasado desde esta perspectiva del hipercaos,
ya que cualquier afirmación que hagamos sobre el pasado podría no
ser más que una retroyección basada en las nuevas leyes creadas dentro de un
determinado mundo. Parecería dejar cualquier relato del pasado
relativizado respecto al presente: en este momento, dadas las leyes actuales,
es posible determinar mediante datación por carbono la antigüedad de estos
organismos y establecer la edad del universo en una cifra determinada.» Peter Gratton, Speculative
Realism: Problems and Prospect, Bloomsbury Academic, USA, 2014.
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