Meillassoux o el Hipercaos con vocación de beneficencia

(Materialismo especulativo para principiantes-mendigos)

 

Para nosotros, los filósofos cínicos (filósofos, antifilósofos, o nofilósofos, lo mismo da), un chiste malo y una estupidez tienen mayor peso argumental y densidad ontológica que una megateoría nerd despampanante. Faltaba la crítica al RE de parte del cinismo, que de ningún modo se puede realizar desde los salones de té de las academias ni con las metodologías propias de los castrados que fungen allí de abonados y feligreses. Nosotros contamos, desde hace dos milenios y medio casi, con una filosofía que es a la vez el núcleo duro insoportable de toda filosofía original (la archifilosofía desnudada de todo su vestuario especulativo), la caricatura a trazo grueso de la filosofía y, en tercera instancia, lo más antípoda y combativo a y frente a la filosofía que se te ocurra. Con este palo en manos vamos hacia ellos contra tus gustos y sin la menor expectativa de respaldo eclesiástico ni aplauso popular.

     La salida del anonimato produce tics como los de Žižek. Conviene quedarse incógnito tanto en la manzana como en el planeta. Al borde de ser tapa de un suplemento cultural, me avivé y me pegué la vuelta en micro al pago, mas con el ocote sano. Los boludos debemos pasar desapercibidos hasta en casa, donde carezco de toda notoriedad y vivo del otro lado de una pantalla al universo. Cada like que te dan es una nueva deuda contraída. Nuestra ética, la del anti-influencer, exige evitarse a ese vulgo, el público, y en caso de no poder ser puesta en vigencia, operar denodadamente en pro de incitar todo tipo de decepciones en el impertinente y potencial lector. Bregamos por un populismo ininteligible. Ningún sueño realizable merece la pena de dormir por él.

     Después de los ni-ni de Derrida, sobre los que ya hemos transitado en este nuevo curso extraordinario, llega el triplete ninista del mismo Meillassoux. Nos referimos a la trilogía de lo ni probable-ni improbable-ni imposible. La hipercaoticidad sobre la que hacemos pie segundo a segundo es de esta naturaleza no natural y predispone al humano materialista-especulativo asimismo al asombro como a la expectativa. La aparición del Cuarto Mundo de Justicia, asegura su promotor, no habría de ser ni más ni menos asombrosa que la de los tres ya constatados en el paso de la materia inerte a la vida y de ahí al pensamiento. Por principio doctrinario, no obstante, el cínico no puede albergar ningún tipo de Esperanza (Ἐλπίς): tiene que arreglárselas con lo que toca ahora. Si va más allá, lo hace a propia cuenta y riesgo, fuera del horario de protección sinopea y a discreción de cliente idiótico. El sistema-Meillassoux, como el de Diego Torres, flota en cambio sobre un inmenso piélago de Esperanza. El asombro filosófico ante una existencia sin porqué y ante una condición humana huérfana de Dios no lleva al suicidio, revela Meillassoux como insumiso a todo nihilismo y como exculpándose de haber desembalado una caja de Pandora sin precedentes. Mañana Vd. mismo podría despertar a las 7:30 h de su sueño ordinario-dogmático-ingenuo como de su sueño lúcido-trascendental-fenomenológico-lingüístico a una vigilia-realista-materialista-especulativa cuyo firmamento esté constituido por una miríada de nocturnos Ernestos Sabato con ceño fruncido refulgente o cuya materia bariónica fue sustituida por un plasma pastelero de gluones libres o de nada o su señora esposa haya mutado en un activista trans bicéfalo y con tentáculos de medusa o calamar gigante. Y aun así, mi amigo, no debe perder la Esperanza, pues un Cuarto Mundo de Justicia, si bien no es probable, tampoco improbable o imposible, incluso “aquí abajo, abajo” en el desalineado Sur Global en vías de más subdesarrollo, alias Tercer Mundo (de la Injusticia). La filosofía no está, y este es el punto, para adormecer el dolor con promesas de tómbola transfinita sino para soportar la intemperie del presente sin prótesis metafísicas o algún Ersatz no-naif. Que arrojemos nuestra ave de corral desplumada a la ENS, al margen de probar que no carecemos de cultura (avicultura, en particular), no significa en lo más mínimo que nos burlemos de esta noble empresa gestionada por apoderados del matema mucho más inteligentes e instruidos que nos. Si así fuera, no hubiéramos perdido cuatro meses consagrados en exclusiva a la ingesta intensiva de pajas y piensos teorético-especulativos. Aplaudimos todo rumiar y queremos ver si encaja con este universo desprotegido luego de la rescisión del contrato con He-Man. Meillassoux nos resulta asombroso y venerable, pero lo tomamos con soda, con soda de óxido nitroso (gas hilarante) y por vía inhalatoria. La burla de todos contra todos no es mejor que el bellum omnia contra omnes; pero no teniendo las armas necesarias, nos queda dar sólo la primera de estas batallas culturales: todo el mundo está para el cachetazo. El que no, es porque lo blinda una red mafiosa transnacional de cuyo nombre no quiero acordarme.

     El sistema de Meillassoux es el axioma de Dostoievski patas para arriba: agarra el si Dios no existe, todo está permitido, pero invierte el signo axiológico para fundar su propia teodicea secularizada: si Dios no existe, cualquier cosa es posible (incluso la Justicia y la Resurrección). «La justicia queda garantizada como eternamente posible por la inexistencia absoluta de Dios, por el último sinsentido del supercaos (by the ultimate Non-sense of super-chaos). Porque si Dios no existe, todo se vuelve frágil, incluso la muerte. Si Dios no existe, las cosas se vuelven capaces de cualquier cosa: ya sea del absurdo o de alcanzar su estado más elevado. Todo es irreversible, pero nada es definitivo.[1]» Al giro de 180° a la fórmula dostoievskiana ya lo habría practicado Lacan, llevándose en la correntada a Nietzsche: si Dios (que es inconsciente) ha muerto, nada está permitido; pero el giro de la verdadera fórmula del (ni) ateísmo meillassouxiano convierte el puchereo tembloroso ante la inminencia de la anarquía moral / abismo en una capitalización de la esperanza ilustrada y cristiana. Como nada es definitivo, ni siquiera la muerte de las víctimas de la historia es un hecho consumado; el Supercaos podría, en un ataque de amnesia estocástica, resucitarlas mañana a la mañana. Lo que en Dostoievski era una tragedia existencial –asumir la responsabilidad atroz del hombre libre en un cosmos desierto–, en Meillassoux se convierte en una póliza de seguro ontológica. El si Dios no existe dostoievskiano obligaba al hombre a hacerse cargo de la sangre acumulada en la tierra, el si Dios no existe meillassouxiano le permite al filósofo cruzarse de brazos a esperar que el Hipercaos, en su infinito escupir de dados, produzca la justicia que los bípedos implumes no supieron (o no quisieron) construir. Ante el horror de que las víctimas de la historia queden olvidadas para siempre en la fosa común del tiempo, en lugar de sostener la mirada frente a la herida abierta del sinsentido (el mandato existencialista), Meillassoux hace que el Hipercaos funcione como un Mesías estocástico. El edificio de esta filosofía más que una física del Absoluto o un avance sobre el correlacionismo, parece la traducción matemática del pavor victoriano a la finitud radical: ante el abismo de la muerte definitiva y del Mal histórico, el francés prefirió inventarle al ateísmo un loto transfinito donde el pozo acumulado es la Resurrección de los muertos.

     Que nada es definitivo, según lo que venimos diciendo, está claro y ok. Pero acá tenemos que todo es irreversible. Y si es así, entonces, ¿cómo el Híper o Supercaos podría cambiarlo todo absolutamente? La respuesta se hallaría en su teoría del tiempo e irrupción de los Mundos: irreversible significa que el Hipercaos no rebobina la cinta (el pasado ocurrió fácticamente y no se borra, la muerte de una persona o una extinción biológica acontecieron de forma irreversible dentro de la serie temporal); no definitivo significa que el estado actual derivado de ese pasado no está sellado para siempre. El Hipercaos no necesita deshacer la muerte en el pasado (rebobinar), sino hacer surgir ex nihilo un nuevo estado (el Cuarto Mundo) donde los muertos sean restituidos o resucitados en el presente/futuro. Según su lógica, la muerte fue real e inquebrantable en la historia, pero el estado de estar muerto no es una ley necesaria e insuperable para la eternidad. Y acá es donde se destruye la coherencia de Meillassoux: si el Hipercaos es la absoluta ausencia de toda ley necesaria (salvo el principio de no-contradicción y la propia facticidad), también tendría que poder abolir la irreversibilidad misma. Si es todopoderoso y no está atado a ninguna razón suficiente, ¿por qué habría de estar atado a la flecha del tiempo? Decir que el paso del tiempo o la irreversibilidad de los acontecimientos pasados es una ley fija equivale a reintroducir una Necesidad metafísica de contrabando. Si de verdad el Hipercaos puede barrer la materia, disolver las leyes de la física y hacer surgir universos de la nada, la irreversibilidad es apenas otra ley fáctica más que el Hipercaos podría pulverizar en cualquier momento. Al decretar que todo es irreversible, Meillassoux le pone un chaleco de fuerza al Hipercaos para preservar la gravedad histórica de los actos pasados (necesita el peso del sufrimiento real para fundar su exigencia moral de justicia); pero al mismo tiempo, al decretar que nada es definitivo, le quita el chaleco para permitir el milagro de la restitución. Es la enésima prueba de que su Absoluto no es una estructura helada y neutra del cosmos, sino un vestuario de utilería al que le va cambiando las reglas según la escena dramática que le toca actuar.

     Para terminar con el misterio es menester creer en los milagros. 2500 años de filosofía para acabar en esto. Los milagros ontoateológicos de Meillassoux combinan la creatio ex nihilo y la generación espontánea, quitando a Dios de la primera y a la materia inorgánica de la segunda: ni Jehová sopló el Big Bang o decretó la singularidad, ni la vida surge de la materia inerte –independientemente de que los ratones no irrumpan de la ropa sucia ni las larvas de la carne pútrida. Pero Meillassoux se detiene en los saltos ontológicos absolutos, no en los asaltos ontológicos absolutos. El salto decora la casa con un mueble a estrenar despampanante; el asalto vacía la casa llevándose todo el mobiliario y los bienes (titulares de dominio, nudos propietarios, inquilinos u okupas all inclusive). No entendemos bien por qué hasta ahora el Hipercaos se ha mantenido bajo una tesitura estrechamente progresista, brindándonos tres tipos de novedades rotundas que parecen ser agregativas, más adicionales que rupturistas: primero te doy la materia, después la vida, luego el pensamiento. Este es un Hipercaos muy lógico y procesual (tanto que parece sintonizar con el principio antrópico finalista), y de ahí que pueda esperarse con los brazos abiertos la promesa tétrica (cuarta) de justicia. El Hipercaos habilita la todoposibilidad (que diría Macedonio), y sin embargo, en el universo que conocemos, y de acuerdo al autor, apenas ocurrieron tres notables emergencias de la nada que hasta parecen guardar una coherencia y una directriz racional de aspecto teleológico (de ahí que él imagine esa cuarta que continuaría la tendencia). Estas tres irrupciones, además, no abolieron las condiciones previas del universo, sino que sumaron un elemento nuevo (vida a la materia inerte y pensamiento a la vida); pero es evidente que bajo el esquema-Meillassoux podríamos tener irrupciones capaces de transformar el universo de cabo a rabo en cualquier momento. Se detecta, de este modo, una tensión entre la potencia ontológica que Meillassoux le atribuye al Hipercaos y el sesgo narrativo, lineal y por poco edificante con el que describe la historia de nuestro universo: un Hipercaos progresista y aditivo. Es acumulativo y aditivo porque la vida no destruye las leyes físicas de la materia (las presupone y agrega el sentir) y el pensamiento no desintegra la biología (agrega el transfinito); es direccional y antropocéntrico porque la serie va de lo inerte al hombre pensante, y del hombre pensante al advenimiento del Dios justo. Es una escalera teológica o teleológica invertida: no hay un Dios inicial que guíe el proceso, pero el Hipercaos sorprendentemente produce un avance por peldaños que coincide, al milímetro, con las aspiraciones de la Ilustración y la filosofía occidental. Si el Hipercaos es todoposibilidad sin razón suficiente, no hay ningún motivo ontológico para que las irrupciones sean adicionales en lugar de destructivas o aberrantes. Bajo la estricta premisa del Hipercaos, en lugar de emerger la vida sobre la materia, se podría haber abolido la gravedad de un segundo a otro, disolviendo toda la materia en un destello de nada; podría haber emergido un “Mundo de la Tortura Perpetua”, un universo de geometría no euclidiana donde la conciencia sólo experimenta dolor incoherente sin soporte biológico; podría ocurrir que el pensamiento desaparezca mañana a las cuatro de la tarde y el universo se convierta en un líquido rosa indescifrable o en cualquier otra entidad para la que carecemos de vocabulario enciclopédico. El hecho de que Meillassoux interprete las tres emergencias previas como “los tres Mundos” y proyecte con optimismo un “Cuarto Mundo de Justicia” demuestra que está haciendo un uso selectivo de la contingencia radical; elige únicamente aquellas emergencias que le sirven para construir una narrativa de emancipación moral. Si el Hipercaos es de verdad imprevisible, amoral y ciego, la probabilidad ontológica de que la cuarta irrupción sea un Mundo de la Justicia es equivalente a la probabilidad de que sea un Mundo del Infierno Absoluto o la nada atómica total. Postular que la cuarta irrupción va a continuar la “tendencia” de las tres anteriores parecería un brinco inductivo y teleológico infundado, caer en la misma trampa que Hume criticó en la causalidad, pero trasladada al Hipercaos. Meillassoux necesita que este sea salvaje para destruir la necesidad de Dios, pero que sea civilizado, procesual y progresista para mantener viva la esperanza de la salvación. Su Hipercaos es un Monstruo de mil cabezas que, milagrosamente, sólo muerde para el lado de la Revolución Francesa y la ética de los Derechos Humanos.

     El Hipercaos tiene la potencia de barrer la materia de cuajo, abolir la masa, la gravedad o la extensión espacial de un plumazo y reemplazar el universo por una entidad absolutamente incalculable e innombrable para la que no tenemos ni aparato perceptual ni léxico; y es evidente que puede hacer surgir cosas dentro de un orden ya dado, tanto como hacer desaparecer de raíz dicho orden. Sin embargo, por ahora prefiere seguir sumando de a uno. Su autor le otorga al Hipercaos la omnipotencia del rayo para liquidar la necesidad kantiana, pero le exige la modestia del ábaco para no arruinarle la escalera hacia el Cuarto Mundo, la navaja de afeitar transformada en tijerita de manicura. Si la facticidad es radical, el Hipercaos no es un jardinero que cuida el invernadero para ir agregándole plantitas; es un abismo ciego e indomable donde la destrucción integral del orden físico actual tiene exactamente el mismo estatus de posibilidad que su conservación o su embellecimiento. Si el Hipercaos es tan radicalmente libre que puede hacer surgir de nada un nuevo régimen ontológico ajeno a las leyes conocidas de la física o de la biología, ¿por qué ese surgimiento ex nihilo respeta la plataforma de lanzamiento del pasado? El autor del Hipercaos lo frena ante el muro de la facticidad consumada, y al blindar el pasado bajo la categoría de lo fácticamente irreversible, reintroduce de manera furtiva una especie de seriedad o gravidez del mismo que parece contradecir la vertiginosa gratuidad de un anarquismo preternatural que, en teoría, no debería deberle nada ni siquiera a la cronología. Si el Hipercaos es absoluto, la irreversibilidad del tiempo también debería ser una ley fáctica y, por lo tanto, mutable. Sin embargo, actúa como un diseñador de interiores que trae un mueble nuevo (la vida, el espíritu) sin romper la estructura de la casa (las leyes físicas previas siguen operando). Pero no tendría por qué ser educado. Un verdadero asalto ontológico implicaría que las leyes de la física colapsen matemáticamente mañana, que el pasado se modifique, o que la realidad misma se vacíe del contenido que hogaño luce. El de Meillassoux es un Hipercaos bueno porque respeta lo anterior; un caos real sería destructor y expropiador. Que sólo haya producido tres emergencias, y que estas lleven una dirección de complejidad ascendente, huele a principio antrópico y a finalidad encubierta: Meillassoux critica la metafísica tradicional, pero termina construyendo una teleología donde la anarquía cósmica parece preparar el terreno para el pensamiento y, eventualmente, para la resolución de su dilema ético. Al hacer esto, transforma una fuerza potencialmente aterradora y destructora de mundos en un motor procesual, predecible y de buen trato, que en lugar de asaltar la realidad y prenderle fuego, se limita a añadirle amables pisos superiores de existencia. Si el esquema de Meillassoux se llevara a sus últimas consecuencias, la amenaza de una irrupción que transforme el universo de cabo a rabo –el asalto total– debería ser una paranoia constante, y no una promesa de justicia bienintencionada. ¿No estamos entonces ante uno de los ejercicios de ilusionismo más aparatosos de la academia francesa de posguerra? Meillassoux pasa de la premisa impecable contra el correlacionismo a este delirio prospectivo, utiliza el rigor matemático de Cantor para fabricarse un somnífero laico: declara que todo es contingentemente inestable para dinamitar al Dios de la teología tradicional, pero ipso facto doma ese caos absoluto para que no resulte demasiado amenazante. Mi instinto perronista y de Pirrón me incita a no comprarle el buzón al prospecto de la justicia meillassouxiana, una teoría del Dios-por-venir que suena a pasatiempo de un académico que jamás tuvo que preocuparse por el precio de las verduras ni por la humedad en los tirantes del techo, una teodicea laica embotellada en galimatías transfinito para que el intelectual de izquierda de la Rive Gauche pueda declararse ateo, materialista y racionalista sin tener que bancarse el peso aplastante del abismo. Prefieren inventarse una rifa transfinita de la salvación antes que aceptar lo que el cínico sabe desde siempre: que el cosmos no te debe un peso ni absolutamente nada.

     Lo que verdaderamente importa en el sistema de Meillassoux, a fin de cuentas, no es la revelación de Perogrullo sobre la literalidad de los enunciados científicos; es la existencia del Hipercaos, la supresión del PRS y la discriminación entre virtualidad y potencialidad. Y el punto crucial es que hace depender el valor de las eventualidades virtuales de la más pura subjetividad, con lo cual uno se podría preguntar si no hemos trasvasado un solipsismo de viejo cáliz gnoseológico a uno de copa nueva ontoaxiológica (además de haber pasado de un solapado escepticismo fideísta a una nueva religiosidad demostrada o teología futurista ametafísica). El intento de Meillassoux por escapar del correlacionismo corre el riesgo de un efecto búmeran. La propuesta de una soteriología, una doctrina de la salvación de la especie (o dicho en francés jacobino, de la salud pública), que asume con requisito la creación remota de la misma deidad que nos ha de emancipar, es tan ciclópea como desconcertante. Por lo pronto, le viene rindiendo a la propia subjetivad de Quentin Meillassoux, dado que confiesa que le permite sobrellevar el sufrimiento (acaso culposo) por las macabras circunstancias naturales e históricas sobre las que hace pie la existencia del mísero bípedo implume de uñas chatas, ente extraordinario por sus capacidades exclusivas para pensar el absoluto y la verdad eterna tanto como por sus equiparables y asimismo exclusivas capacidades de practicar, producir y multiplicar el Mal (como queda revelado por Kacem, su hermanito parricida). Mehdi desmontó la pedantería de la metafísica europea devolviendo al ser humano a su estatus de animal perverso: no el receptáculo sagrado de las verdades eternas de Cantor, sino el único ente capacitado para burocratizar el sufrimiento. Se comprende el trasfondo existencial-autobiográfico del proyecto meillassouxiano, pero el lector ahora tiene que hacerse cargo de haberse descubierto en su cara la estructura helada y objetiva de un Absoluto abrumador cuyo consuelo de futuridad transfinita consuela poco y nada. La escasez de chances de que el MEV (castellanización del FSM) se apropie del planeta La Tierra (más allá de que sea un error de concepto) o de que el infierno musical de El Bosco se materialice después del auge del regaetton, no me resultan menos perturbadoras que las sobradas evidencias de lo que hoy mismo está pasando en Gaza, la Patagonia o la Casa Rosada (por dar apenas tres ejemplos entre cien igual y fatídicamente nauseabundos); pero la equivalente escasez de oportunidades del Mundo de Justicia me deja atónito en sentido inverso. El meollo es que la finitud no se supera por puro rigor geométrico, sino para aplacar el remordimiento de pertenecer a esta especie de gallitos alopécicos que repasan el transfinito mientras acumulan cadáveres. La crítica de Kacem desnudó que el ser humano no es sólo el canal de transmisión donde la verdad matemática se manifiesta, sino la única entidad capaz de erigir la perversión y el sufrimiento en sistema. Pretender que el Hipercaos va a compensar éticamente las atrocidades del homo sapiens sapiens parece la mayor de las ilusiones matemático-piadosas, aunque de ilusiones se vive y con matemáticas se paga al verdulero (como probó el Sócrates jenofónteo).

     Algunos creen que lo más que se puede esperar de la vida es verle la cara a Dios en un orgasmo de 5 s, los 15 min de fama que pronosticó Warhol o el fructificad y multiplicaos que aterraba a Schopenhauer, Beckett o Cioran; pero lo más glorioso del universo hasta ahora existente es, para Quentin, el haber alcanzado el concepto matemático-especulativo de verdad eterna e infinita. El pensamiento puede adquirir lo absoluto en tanto contingencia considerada como necesaria y el único salto más allá que queda esperar es el reino de la justicia rigurosamente igualitaria entre individuos pensantes. El paso del Hipercaos como metabomba termonuclear de transfinitos megatones a su funcionalidad analgésica es aún más pasmoso. Como dijeron varias veces sobre mis propios libros (por no atreverse a mandarme a la mierda): “no sé qué decir, no sé qué pensar” Lo debo meditar, lo debo digerir, debo intentar, desde hoy hasta el cumplimiento de la Agenda 2030, entender de qué va todo esto verdaderamente. Me siento perdido como turco en cancha de bochas o cínico en la neblina (tufos), como Adán en el día de la Madre Mitocondrial. Debo reflexionar, pues mientras el horror fáctico transcurre in real time sobre el bulto del músculo y la chicha, la justicia transfinita suena apenas a un dividendo diferido ex nihilo que no consuela ni al más bonachón del alumnado de Pangloss. No quiero concluir que la cataplasma psicológica para el remordimiento de Meillassoux desnuda el trasfondo del materialismo especulativo, o que tras la fachada de rigor frío y helado sólo había un intelectual prusiano/parisino buscando un sedante para tolerar el peso del mal histórico; pero como asestó Diógenes: ex nihilo nihil fitness. Para consuelos que no consuelan, seguimos prefiriendo el ascetismo del esfuerzo físico al atletismo matemático de la Nada empaquetada en la Sorbona.

     No es que quiera pensar mal de un pibe que a lo mejor es un buenazo. Pero todo este montaje me suena a broma macabra de la burguesía más recalcitrantemente zurda y ociosa. Después de las revelaciones escabrosas sobre Badiou que hizo Kacem, ya no se puede creer en nadie (antes tampoco).

La ciencia convertida en escribanía del Hipercaos

Sabemos que el cristianismo introdujo la novedad en Europa y con ello puso la semillita de la Modernidad. Hoy vivimos bajo el régimen de la moda y ya no de la mononovedad cristiana. Ya en el campo meramente ontológico, Meillassoux, con la inexistencia divina, seculariza las fuerzas de la novedad, como escribe Harman. Es el Baudelaire cosmogónico. De acá en más, el mismo universo puede comportarse como un dandi impredecible o como una pasarela en permanente renovación de coloridos diseños.

     Colapsada la probabilidad por Cantor, todas las leyes pueden cambiar o no hacerlo jamás. Después de Meillassoux (hay que escribir un brulote de 500 planas con ese título), un científico que crea en la estabilidad irremediable de las leyes de la natura es un burro empiroirracionalista. Si los científicos estudian leyes que pueden cambiar de un cimbronazo por decreto del Hipercaos, será que los hemos convertido en jurisconsultos, en legistas, expertos en derecho positivo que interpretan un reglamento vigente. Habría que quitarles el delantal blanco Arciel® y mandarles toga negra de alpaca. Notablemente, el paso de la literariedad posmo a la literalidad ancestral-diacronista desenlaza en la transición del operario tecnócrata en letrado-burócrata: su trabajo ya no es experimentar, sino archivar las ordenanzas del caos y actualizar el código civil de la física molecular según el humor del universo, con lo que se lo baja del pedestal del descubridor empírico y se lo encierra en la oficina de un ministerio a redactar actas sobre el último capricho de la realidad. La ciencia contemporánea explica el origen de la vida a través de la abiogénesis, un proceso donde la materia inorgánica, mediante reacciones químicas complejas, transiciona gradualmente hacia sistemas autorreplicantes y vivos; pero Meillassoux considera que intentar deducir la vida a partir de la materia física es un error conceptual. Para él, las propiedades de la vida son cualitativamente tan distintas de la materia inerte que no pueden explicarse nomás como una acumulación o sofisticación de partículas físicas. Cuando la vida aparece, no lo hace porque la materia estuviera destinada a organizarse así, ni porque hubiera una potencia oculta en los átomos: aparece como un evento absoluto, una discontinuidad en el ser, es una creación desde la nada de regularidades y propiedades completamente nuevas que no estaban latentes en la materia inanimada. Cuando la ciencia busca un puente causal e ininterrumpido entre lo inerte y lo vivo (abiogénesis), no sólo se entretiene perdiendo el tiempo, sino que sigue ciega en su escepticismo-fideísta-probabilistico. La aparición de la vida y el pensamiento no comportan misterio alguno: son un milagro sin autor probado con rigurosidad lógica. Se soluciona de tal modo un enigma o, más bien, se prohíbe un misticismo racional-necesitarista de inclinación escéptico-fideísta. Un nuevo Parménides converso, judeoacristianado, cancela el ex nihilo nihil fit y garantiza ahora la creatio ex nihilo y la existencia virtual del milagro lógico-anónimo. Hasta acá, el judío y el heleno se solidarizan otra vez como cuando parieron al cristiano, pero modernizándose hasta tal punto que se posposmodernizan. Lo que hay es un discontinuismo antihilozoísta que reza que no hay creatio ex materia, no hay abiogénesis, y así cancela el dilema entre el huevo y la gallina (proteínas y ácidos nucleicos): Meillassoux les dice a los científicos que no es menester tomarse (en serio) la Sopa Primordial (o que les falta tomar mucha sopa realista-especulativa).

     El mundo sufrió tres órdenes de advenimientos cualitativamente sin precedentes. Ni la aparición de los vertebrados, ni la de la agricultura ni la de las estrellas son realmente cambios impresionantes: son apenas “advenimientos intramundanos”. Lo que hay que hacer es adecuar la subjetividad a la espera del cuarto. El cuarto no es el cuarto propio (el solipsismo versión escritores): es la creación de la nada del Mundo de la Justicia. Sonará a la peronización del mundo que propone Guillermo Moreno, pero está en otra escala: nada que ver. La mundialización del justicialismo tampoco es nada probable –aunque posible–, pero es, antes bien, un tercer mundo que se agrega al catolicismo eurocéntrico cambiando el eje de Roma al AMBA y de la Santa Sede a la Unidad Básica de Lomas de Zamora. Lo de Meillassoux es otra cosa y la silla papal de Rivadavia está en la ENS. Si el Mundo de Justicia te resulta asombroso –te dice Quentin–, deberían resultarte ídem el de la Materia, el de la Vida y el del Pensamiento, tres a los que el científico tipo se los toma con una seriedad de cagatintas con tubo de ensayo por borratintas y matraz de Erlenmeyer por tintero. El mundo venidero no es menos improbable que los tres acontecidos.

     «Una entidad capaz de un conocimiento absoluto e inmanente de un cosmos completamente comprensible se merece la inmortalidad.» ¡Eso es lo que se llama un aforismo y no las mojigangas de Lichtenberg o las paronomasias sin gracia de un Gracián! Meillassoux define al ser humano no como un gallina pelado sin alitas y de uñas planas sino como todo ser racional capaz de comprender la verdad absoluta de la contingencia, o sea que define al ser humano bajo la especie de su narratario ausente, lector ideal o implícito o del discípulo perfecto à venir. Algo así… Lo asombroso (o griego) del mundo es que más haya surgido de menos (el humano de la materia) y, siguiendo esa lógica, es de esperar con esperanza (judía) que continúe y se haga Justicia. Si Dios existiera, de más se iría a menos, y siguiendo esta lógica podría colegirse que los humanos son menos que los vivos no pensantes, que son menos que la inercia matérica, que es menos que Dios, apoteosis de la misantropía que goza hogaño de cierta considerable prensa y que podría explicar la conducta de los arcontes que nos someten con diaria persistencia por puro autodesprecio proyectado.

     A Meillassoux parece que le gustan los humanos por ser capaces de dar con la verdad matemática de las cosas, más que por cualquier otra cosa. Una filantropía de amor platónico, una filosofía propiamente dicha, donde la empatía corporativa especista no cuenta como tal (eso es cosa de animales alógicos) sino la logoeidomatemofilia judeocristianizado-destotalizada. La justicia dignifica a los hombres porque el pensamiento dignifica a la justicia. El sistema-Meillassoux es un formato renovado de supremacismo antropológico, siempre y cuando se entienda (¡eso sí!) que la superioridad depende del pensamiento y del conocimiento de lo eterno (no de lo eterno en tanto que tal, que «es neutralidad del devenir, contingencia ciega, estúpida y anónima de cada cosa»). Una suerte de platonismo desanticuado, secularizado y post o transmoderno. En un recalcitrante mundo de diseño en el cual el normie nacional llama a su tonto y chillón perro salchicha “mi hijito” (como la médica descerebrada que tengo en el piso de abajo), podemos ver en Meillassoux el otro extremo casi tan patético: una noofilia por la cual, merced a esa idea de los tres Mundos cualitativamente heterogéneos, se separa al humano del resto de los vivos sufrientes con un radicalismo impasible no indigno de Cartesio, para quien el alarido de un caniche al ser pateado en el orto de revés equivalía por completo al rechinamiento que emite un motor al descomponerse (pues ni tu heladera cachuza ni tu mascota alienada sufren en modo alguno tus arrebatos de centrodelantero frustrado y sorete). A la superioridad humana, dice Meillassoux, no la otorgan ni el Bien ni Dios ni la Evolución: la da el Conocimiento («conocimiento mortal de la contingencia eterna: teórico y absoluto de las verdades lógicas y ontológicas, y atento y preocupado de nuestra mortalidad»). He aquí la transición de una privatización de los afectos en la que se compensa la incapacidad de vincularse con el prójimo proyectando neurosis sobre un bruto domesticado, a un intelectualismo glacial que prefiere un universo de fórmulas puras antes que admitir que compartimos con el perro salchicha la vulnerabilidad del semoviente chacinado o embutido animado que sufre. Ni empatía biológica ni comunidad de sentientes: el ser humano vuelve a ser el rey de la creación, no por mandato divino, sino por ser el único decodificador de la contingencia absoluta (una filantropía abstracta que ama al humano en tanto computador de la verdad matemática, más que en su carne, finitud o dolor). Meillassoux corre el riesgo de que su ontología del Hipercaos termine siendo un traje de diseño a la medida del intelectual que quiere seguir sintiéndose superior al resto de la biósfera, convencido de que su capacidad de formular el sinsentido lo vuelve, de algún modo, sagrado. Por más duelo que aduzca el militante de la Causa Humana, la frigidez del nerd te deja algo helado; semejante ímpeto insulso por la racionalidad hace que uno adivine al dudoso Cuarto Mundo como un aburridísimo seminario a escala planetaria.

     Entre el mundo feliz de Huxley y el justiciero de Meillassoux todavía no me decido, si bien uno está en vías de desarrollo y el otro apenas promete una absurda guardia e inabarcable vigilancia. Dicho Cuarto Mundo, dizque única novedad radical concebible después de lo humano, parece que ya existe, no obstante, como esperanza o deseo de todo ser humano en cuanto racional. Y mientras tanto, en el salón de la Injusticia y ante el compás de espera de este Dios Triple Ni, el que se acerca por la banda a paso acelerado es el Homo Deus ego-algorítmico-biotecnológico de prometeico diseño israelí (Harari, y no el militante de Grazón y Grevolución amigo de Sartelli, precisamente). El humanismo prometeico, bien dice el francés, es el rebajamiento del ser humano a la igualación con Dios, ese criminal omnipotente sin existencia. El “humanismo factual” se opone a tamaña idolatría del poder. La esperanza, dice, no es fe porque la fe remite a lo que existe o va a existir. La esperanza no tiene garantía ni de Garbarino. Medio Scioli: sin fe y con esperanza.

     Este es el momento en que debo asentar una aclaración. No me río de la Voluntad de Justicia. No me llamo Federico Nietzsche ni me acuesto del lado del perverso polimorfo adulto o psicópata criminológico. Que mezcle códigos ni me hace por necesidad bisexual practicante ni sádico de observancia sino menipeo del montón. Perrohiena dibujado por Carlitos Garaycochea…Yo me resisto a creer lo que creen mis amiguitos que todavía lucran con el COÑISEX: que el cínico sea yo. ¿Y si el cínico no fuese quien viste y calza, que soy un boludo garantido con seguro con reintegro en 30 días hábiles, sino toda esta runfla clandestinamente risueña de mercaderes a sueldo de la especulación realista? ¿Y si el camelo te lo están metiendo ellos y no el inútil de un servidor? ¿Es esta eventualidad tampoco ni improbable ni probable ni imposible? Les dejo la inquietud.

     Meillassoux no dice que el mundo sea el mejor o el peor de los posibles sino que puede ser ambos. El Hipercaos, ciertamente, también podría crear al Primer Solipsista Auténtico (y no a la baratija “metódica” ya creada con Descartes en las Provincias Unidas del Norte). Podría disolver instantáneamente todo el universo físico que rodea a un sujeto, dejando a una sola mente flotar sin contexto concreto porque el tejido de la realidad se ha desfondado a su alrededor. Esta mente solitaria se convertiría en el único testigo de un flujo de fenómenos totalmente caóticos y sin estructura que brotan del Hipercaos, o bien, quedaría atrapada en la perfecta vacuidad de ser la única creatura hipercaótica. Mientras que la filosofía tradicional ve el solipsismo como un callejón sin salida del pensamiento o un error de la razón, el Hipercaos lo convierte en un lance posible, ya que tiene el poder absoluto de abolir al Otro y al Mundo y dejar a una conciencia como solitaria monarca y súbdita de la Contingencia. Descartes encerrado en su habitación de los Países Bajos dudaba de la existencia del mundo exterior como un ejercicio mental; pero sabía que si estiraba la mano, la estufa seguía allí y quemaba. El Hipercaos no necesita convencerte de que el mundo no existe; puede, simplemente, hacer que deje de existir, convirtiendo al solipsismo en evento físico con literalidad de archifósil. El solipsista factual sabría, con una certeza terrorífica que Renato nunca tuvo, que en el segundo siguiente el Hipercaos podría aniquilarlo a él también, o crear un trillón de soles a su alrededor, o devolverlo a una pieza en el país de los tulipanes sin que mediara explicación alguna. Meillassoux convirtió al solipsismo de un mero tropiezo de la teoría del conocimiento en una amenaza latente de la textura de la realidad.

     A esta altura debemos empezar a suponer que hemos entendido todo mal. Debemos de habernos ido por el lado de los tomates cherry. Recapacitemos. Es que no se puede uno quedar impertérrito cuando te cambian el mundo de cuajo de un día para el otro. Eso ya me pasó cuando empecé a estudiar Filosofía con el manual de García Morente hace 40 años: a cada capítulo el Mundo se me desfondaba y refundaba de nuevo a velocidad de un lector promedio atragantado por el θαυμάζω esquizoide y al borde vertiginoso del desmayo. Luego vino en lenta forma progresiva un amesetamiento posmoderno que, a falta de otras certezas de peso, me permitió al menos salir a trabajar y acostarme con una gama no despreciable de partenaires golondrina. Si ahora me patean el bastidor de nuevo, tengo que reaccionar de alguna forma, y esta vez no será con la Náusea, sino a base de Chistes como ahorro de gasto psícoepistémico. Como nuestra obra puede ser cotizada como un work in retrogression (ni in progress –no soy progre– ni “desobra” propiamente), no hay problema en que vayamos para atrás (lo hacen todos los clubes de AFA), para los costados o a boxes si no divisamos panorama con la vista al frente. Tiene que haber pasado que no entendimos nada. Habrá que resetear, barajar y dar de nuevo.

     Meillassoux, de toda suerte, tuvo la amabilidad geopolítica de inscribir a toda la Humanidad en el Tercer Mundo, un paso adelante luego de que Chevalier y Napoleón III nos bautizaran como “América Latina”, cosa que sólo aplica en rigor al área metropolitana de Rosario, donde casi todo el mundo es parcial o totalmente italiano (incluso un suscriptor), salvo del Segundo Anillo Perimetral hasta los bordes (donde la pureza del mestizaje austroborbónico sobrevive en deplorables condiciones morales y financieras).

Abierto por melancolía

La estructura misma de la filosofía especulativa está contaminada por aquello que pretende excluir: el deseo humano de que el universo tenga una respuesta para nosotros. El Hipercaos liquida al Dios garante, pero, llegado el momento de administrar el duelo, se le pide que abra una sucursal de la Providencia. Ya no hay Creador; hay contingencia absoluta con servicio de posventa. Meillassoux ofrece una terapia racionalista para el duelo imposible, dice Peter Gratton. De duelo en duelo, la posmetafísica francesa saltó de la “democracia por venir” del inefable Derrida al “Dios por venir” del asombroso germen del Establecimiento Badiou. Pidamos lo ni-imposible-ni-posible. Ser-para-la-resurrección, ser-para-la-inmortalidad. La alta burguesía académica trasnacional fluye de crecepelo en crecepelo, son así. Y encima cobran. Las gambetas de quirúrgica precisión y pases al milímetro que hace este Messi del racionalismo francófono para que haya un Dios posible dentro de la racionalidad y fuera de la fe, son no menos admirables que las piruetas geométricas y proezas cerebromotrices sobre el rectángulo de juego que realiza cada semana mi ínclito y (formalmente) católico conciudadano, ex vecino de Zona Sur y ex camarada del baby de Central Córdoba. Yo, un mero y barrial 5 mixto de garra y marca, panorama, buen control con zurda, no despreciable freestyle y eficacia en el área rival en ambas disciplinas, los miro por TV con análogo embebecimiento.

     Macedonio había planteado que es posible vivir sin Dios y sin ser Dios. Muerto Dios y desplomado el solipsismo (ese relevo imaginario), quedaría nomás el vivir sin Dios, y esa misma es la condición humana que Meillassoux deplora y espera cancelar. Pero no es muy conmovedor que luego de conminarnos a la espera perenne de un Dios insólito pero no imposible, se bautice impávida o estalinianamente al nuevo adventista o militante-siervo velador como “sujeto vectorial”. Suena a película distópico-pitagórica (un maravilloso género cinematográfico à venir mientras tanto), resultando un sacramento demasiado frío, poco estimulante y nada inspirador. Da para engarzar un chiste mordaz tras otro y no quisiera seguir haciéndole la corte al sentido común vigente en este reino tardocorrelacionista en decadencia donde vegetaremos por un largo tiempo aún. Me río para salvarme (un momento), pero no me felicito por ser tan vivo. Sin embargo…

     Las creaciones made in Hipercaos son cualidades inéditas que la ciencia matematizada sólo puede abordar vía cuantificación. De la razón aleatoria a la irrazón súbita hay un salto sin paracaídas cuyo riesgo el científico cabeza no está dispuesto a asumir. El anarcocreacionista filosófico comparte con el creacionista de fe estandarizado la tesis de que la vida no se sigue por causalidad ni razón necesaria y suficiente de la materia inorgánica. Meillassoux es indiferente a las pruebas de los experimentos de Miller-Urey (que parecen haber recreado con cierto éxito las condiciones originarias de formación de vida en la Tierra) o, en todo caso, estima que la aparición acausal de la vida acaecida una vez, transforma de manera retroactiva a la materia de tal modo que, de ahí en más, la abiogénesis se vuelva posible y comprensible en términos correspondientes a la ciencia experimental. El brote espontáneo de cualidades sin porqué, inmediatamente produciría un ensamblaje con el estado de cosas precedente que da permiso de excursión a la razón causalista y probabilística del científico tipo para que intente explicar y reproducir con algún éxito el milagro transfinito. El advenimiento de la vida instala de manera contingente una nueva ley factual, pero lo que no hay es una ley del advenimiento de las leyes. Siendo así, el archifósil usufructuado como freno de mano a la ilusión solipsista escéptica parece convertirse ahora en un tembladeral: ¿cuál es la literalidad de los enunciados ancestrales cuando un brote de la nada repentino y desfundado instala de buenas a primeras sus propias reglas físicas? Esta es la inquietud que registra Peter Gratton: que la misma tesis del Hipercaos hace peligrar cualquier afirmación sobre la ancestralidad, merced a la cual se desbancó al correlacionismo. Si el Hipercaos es real y las leyes físicas pueden retoñar de la nada de manera imprevista, ¿cómo confiar en la literalidad de la ciencia ancestral? Se rompe el precinto que aseguraba la fijeza del dato científico: nada garantiza que las leyes que medimos hoy a través de los fósiles hayan sido las mismas en el pasado, o que el pasado mismo no sea un exabrupto que reescribió las reglas de manera retroactiva[2]. ¿Es esto un paso adelante con respecto al codicilo filosófico típico o uno al costado o giro a la banquina?

     Mucho antes de que la Agenda 2030 proponga las “ciudades de 15 minutos”, sir Bertrand Russell, el ídolo de Borges, insinuó, de puro experimentador mental, que la Tierra surgió hace 5 minutos, o por lo menos, que no hay manera cabal de refutar semejante tesis porque ninguna imposibilidad lógica lo veta. ¿Ofrece el sistema-Meillassoux algún tipo de reaseguro ante este rasero de hipótesis?

     Aunque Harman esgrime que solamente los párvulos, los fanáticos y los enfermos mentales pueden esperar que sucedan las diversísimas y divertidísimas o asaz espeluznantes virtualidades que habilita este sistema de pensamiento, considera destilando complacencia que «Meillassoux adquirió el derecho de hablar como un niño o un loco sin perder la compostura». Son, efectivamente, prerrogativas que se obtienen en la ENS, institución de reverencial prestigio que otorga a toda impunidad esta clase de brevets. Nosotros nos inscribimos en la otra escuela, la de los inadmisibles, a donde van a hacer sus palotes los nenes, los exaltados y los que sufren trastornos mentales, porque si se trata de esperar, de este Mundo podemos esperar cualquier cosa, y de los restantes que baraje el Transfinito, tanto más. Si no fuera que, por prescripción cínica, no esperamos nada, lo esperaríamos todo. Con idéntica receta, la del Dr. de Sinope, si algo no guardamos en el zurrón es compostura, amarroque que les dejamos a los profes. O lo tomamos de’nserio de’nserio o todo esto no es más que un juguetito intelectual para entretener a una casta de tragas aburridos.

     Un día, el siglo terminó siendo deleuziano. Esa profecía era cierta. Pero un día el siglo terminó y el que sigue parece que aspira a ser mellassouxiano, al menos de las puertas de la Academia para adentro. De acuerdo a Piglia, más bien tenía que ser macedoniano, y en dicho empeño estamos, incluso contra todos lo que pretenciosamente creen que se lo puede ser como residente de un campus o como columnista de La Nación o Página/12. En las propias filas siempre yace el más pertinaz enemigo, y no escatimaremos esfuerzos en la purga interna, afilando los largos cuchillos a plena nocturnidad (pues hasta en las mejores familias se inician Procesos de Moscú ex nihilo). Harman imagina un escenario ubicado en 2050 (opuesto por donde se lo mire al diagnóstico de caducidad consumada librado por Castro) donde un Meillassoux con edad de PAMI reinaría sobre toda la intelligentzia universal, un mundo donde la mersa y la crema de la república de las letras se alinean en la militancia de la expectativa ontológica por una justicia fantasmagórica que depende de las leyes del régimen anarcobandidista de la contingencia absoluta, glorificando al puritanismo terrenal de alta densidad teórica. Allí el Meillassoux para Principiantes (y no el Corán, como estima Houellebecq) sería de lectura obligatoria en todos los colegios, contando incluso con su versión silabario, orientado a la enseñanza inicial de la lectoescritura a la par que al adoctrinamiento temprano en Materialismo Especulativo, repartido por la Fundación Quentin y con oraciones para deletrear como Meillassoux me ama o Badiou es un hado bueno. ¿Es este un escenario virtual o apenas un contexto de rango ordinariamente posibilista? ¿Y cómo te sabe ese planeta en el que el grueso de los intelectuales, oficiando de vanguardia esclarecida y aunados en el ardor a la masa toda, estaría en conjunto haciendo fuerza por el gran domingo de Resurrección de los Muertos, votos de castidad ético-factual mediante? ¿Elegiremos la Agenda 2030 antes que la 2050? La vuelvo a dejar picando. Yo no sé. Diógenes no tenía agenda ni tablillas. Garabateó su República en el dorso de un rollo que guardaba la de Platón, infiltrándose en los archivos públicos del Metroón (cuartito trasero de su tinaja). Nunca planificó la historia universal ni aspiró a reinar sobre el clero seglar del 2050; saboteaba el registro usando el soporte del amo para inscribir la disolución de sus leyes.

     Las discusiones entre Harman y Meillassoux sobre el angelical sexo de las cosas no dejarán de entretenernos mientras Bizancio siga cayendo un poco todos los días. Caiga quien caiga, están para eso. Tal vez contribuyan para que un día volvamos a descubrir América. Nunca se sabe.

     Hay que elegir entre fútbol-champagne de la academia francesa y el inarchivable quinismo criollo como contra-agenda. Desde luego, la no-espera no tiene por qué ser desesperación, como cree Meillassoux. Si la esperanza del Dios a venir es ilusión freudiana –como estima Johnston–, la desesperanza es el alivio estimulante de una desilusión. La dialéctica marxista de la historia prometía una redención, el comunismo, que era, además de inexorable (al menos en la más acérrima versión determinista), a corto, mediano o relativo largo plazo inminente. El cristianismo promete otro mundo de bienaventuranza que, si uno logra sortear el Infierno o una morosa estadía en el Purgatorio, ocurrirá sí o sí. La promesa del milenarismo melliassouxiano es más parecida a la de los políticos electoralistas en vísperas de renovar los votos: sabemos que el cumplimiento de todo lo que prometen tiende asintóticamente a 0, que diría Johnston, y esta es la razón suficiente por la que preferimos pagar los $500 de multa y abstenernos de hacer acto de presencia cómplice en los tenderetes circenses de los comicios. Pero aplicando el argumento ad populum (en este caso, al pueblo filosófico reglamentario nos referimos), admitiremos que si en todas las facultades impera el consenso que asegura que Meillassoux merece ser coronado, glosado sin cesar, alabado como el que más y goza de sensatez, a la vez que el asentimiento implícito que atestigua que uno es un pobre mamerto, será entonces que hay que darle la razón y punto. A chillar a la calle. Nos colgaremos en el pescuezo la chapita identificatoria de sujeto vectorial y menearemos la cola para el nuevo amo, consolándonos con morder al último cura de parroquia y al penúltimo sofista televisivo.

     ¿Qué podemos esperar? La respuesta a esta estandarizada muletilla kantiana es cualquier cosa, salvo que A no sea A y que Dios llegue con visado metafísico. Sin embargo, codeadas fuera la inmortalidad del alma fideísta y la existencia necesaria de su Dios, debemos esperar la paz perpetua y palingenésica de una sola de las transfinitas iniciativas que propone el monstruo lógico que la física cree adormecer con formulismos algebraicos y protocolos observacionales en calidad de exorcismo. Con el caos de Deleuze, por lo menos, uno tenía con qué protegerse montando un precario campamento: ese poquito de orden que facilitan el concepto y el fatigado plano de inmanencia, ventajosos para contrapesar el delirio y la chifladura de hacerle parir al universo «caballos alados y dragones de fuego». Ante el hipermercado del caos persa de Meillassoux no hay de dónde agarrarse, y esa manija absurda del orbe cuaternario no es ni un consuelo de tontos sino una evasiva más del aparato universitario francés y su latoso y falluto merchandising de la emancipación. ¡No paran de emanciparnos de las mil maneras desde los tiempos de Napoleón! ¡Ya no sabemos qué hacer con tantos recursos soberanistas de importación importante! ¿No sería preferible otro Restaurador de las Leyes que nos deje vivir en paz nuestra inalienable voluntad de alienación? Igual, gracias.

     El Hipercaos domesticado por la lógica no deja de ser un lobo suelto perdido en las inmensidades de los transfinitos, y el fraile mendicante de la teodicea laica, mientras nos ata como a corderos materialistas del Dieu à venir, se imagina como su san Francisco de Asís, cuando no es más que un Protágoras excéntrico que se pasea con sotana por el Barrio Latino como un Viñole de Saint-Germain-des-Prés. Pero la hora de esperar todo lo que no prohíba el PNC ha llegado. Un surrealismo-lógico-expectacionista se impone. Si a Vd. no le interesa la Justicia, porque tiene otras prioridades, espere sentado a un semidiós de pastasciutta, un superhombre bólido-volandero y con bigote morsa, un universo en el que Excursionistas gane la Intercontinental cada año bisiesto o un criadero de gallinas de los huevos de oro autorreplicables. El universo que le vendió Carl Sagan por Canal 13 nunca leyó a Hume ni traducido por Hyspamérica, por más tenacidad de Borges y Martínez de Hoz puesta en reimportarlo, y menos hasta sus últimas consecuencias anarcontológicas. ¡Recapacite transfinitamente! ¡Despierte de una buena vez de la modorra dogmática, que no hay Razón Suficiente para seguir en cama! Sintonice de una vez por todas con la Virtualidad que le quepa en sayo y vibre al compás del Parménides mágico-cantorizado.



[1] G. Harman, Quentin Meillassoux: Philosophy in the Making.

[2] «Resulta imposible adentrarse en las aporías que surgen al intentar pensar el pasado desde esta perspectiva del hipercaos, ya que cualquier afirmación que hagamos sobre el pasado podría no ser más que una retroyección basada en las nuevas leyes creadas dentro de un determinado mundo. Parecería dejar cualquier relato del pasado relativizado respecto al presente: en este momento, dadas las leyes actuales, es posible determinar mediante datación por carbono la antigüedad de estos organismos y establecer la edad del universo en una cifra determinada.» Peter Gratton, Speculative Realism: Problems and Prospect, Bloomsbury Academic, USA, 2014.

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