(Un paseo postrero por el ombligo del susodicho)
Sutura y suspensión o de Hegel y Hitler al fin del fin
La filosofía, pronunció nuestro agasajado en los ocasos de la anterior centuria, no está acabada: estuvo “suspendida” quizá desde Hegel. Declararse culpable de los mayores crímenes de la humanidad cometidos durante el siglo XX constituyó una rebuscada maniobra propia de la vanitas de una filosofía que creía, con Hegel, que la razón filosófica es cardinal en la historia. Con esa excusa, creyó Badiou, se decretó a sí misma cosa saldada. Como dice la tesis de un economista argentino, Hitler ganó la guerra; pero en realidad, corregiríamos, la guerra contra la filosofía. Por su culpa (hasta de esto sería culpable) los filósofos se sintieron responsables de todo atropello sobre la humanitas, mientras el resto de los sabihondos y mandamases siguió con ostinato medrando en la inocencia –científicos, militares, políticos, sociólogos, historiadores, psicólogos, y siguen las firmas. Y mientras los posfilósofos acusaron al Führer de haber instalado lo impensable en el pensamiento, Badiou retrucó que ningún exterminio de los judíos fue competencia del pensamiento filosófico. Pero si bien este hombre quejose de tal autoinhibición orgullosa concretada por la filosofía del siglo finado, convengamos que él se encargó de despacharla, en todas y cada una de sus variantes célebres, como una recua de versiones desastrosas. Todas cayeron en ese mal –error o vaya a saber qué– bautizado como “sutura”. Sus rivales, los de Badiou, entendieron que estaba finiquitada; él, en cambio, las tachó de desastrosas. Estos señores, entonces, no eran post-filósofos sino, más bien, filósofos de la calamidad. Tal es, era, el panorama finisecular a ojos vista de nuestro autor, el estado de la filosofía anteayer mismo, previo a la venidera instalación del nuevo calendario badiuísta.
Cómo corromper menores sin devenir Foucault
Dos décadas más tarde, con fecha
en el año 2009, el veredicto del Segundo Manifiesto es contundente pero en sentido contrario: señala que la
filosofía ahora está por todos lados, dueña de una “sobreexistencia” vacía y
prostituta y encaramada en una moral falsificada, en una moralina en favor de
la superioridad de Occidente. La pediste y así volvió, vestida de flores como
en los mejores tiempos de Bion Boristenita, pero envuelta en un aura de
sabiduría (en la forma de un coach que, además, explica todo) y
canturreando que hay que ser bueno y demócrata. Frente a tal reluciente estado
de emergencia, la renovada tarea que se asigna Badiou es la de “desmoralizarla”
bajo el firme propósito de una vez más, cual en aquellos abriles del ñaupa y
del calvo y ñato sátiro de los andurriales de Alopece, volver a corromper a los
púberes. Acusado en esta vuelta de reckless, de incauto, temerario o
tolondro (o, en criollo, de tarambana), Badiou se defiende de un modelo de
agravio que, decirlo hay, estuvo en boca de los filósofos griegos por mil años,
famosos por hacer patria de la moderación y la prudencia, y lo hace porque el
platonismo remozado sin empachos se reconoce como una insensatez racionalista,
un desatino a fuer de razón, razón por la cual sostiene que del platonismo
vetusto debe quedar ese potencial de père-version que alguna
vez encarnó el desubicado de Sócrates, su guía espiritual. Modernizado y todo, no
obstante debe retener esa inspiración dizque revolucionaria que sacaba de sus
casillas a los Aristófanes y demás conservas. Este otro regreso falluto y
masivo de la filosofía de mentirita ostenta hogaño, en efecto, los ademanes de
un Aristófanes sin chiste y que le ha hurtado al sileno el embalaje de
sabiduría; por ende, ahora el “gesto platónico”, como en fechas de la regencia de
Arcesilao, ha menester resocratizarse. Vencida la temporada de los pichones
franceses de Heidegger, de la deconstrucción y ocho cuartos, saldado el pathos
del fin, predomina un nuevo enemigo engalanado de un cientificismo cognitivista
que se yuxtapone a la ideología de la democracia y los derechos del hombre.
Helo aquí a Glucksmann, ese sujeto reactivo de la “nueva filosofía” fake
que propone la resistencia al Mal porque querer el Bien lleva al desastre, y a
quien Badiou esta vez no le dedicará un réquiem si espicha. De cara al siglo
XXI, en su segundo empellón, reverdece el replatonismo como el grande proyecto de
contagiar el añoso síntoma entre los petimetres cerebrales ávidos de heroicidad
algebraica, no sin una inyección de malditismo a lo Rimbaud. Lautréamont y el
lechuzón de Sócrates son composibles cuando de pervertir petits maîtres va la cosa. ¿Será que esta asebeia cool, la hipótesis
comunista, garantiza algún peligro real dentro o fuera del claustro académico?
Inancilaridad y sistematicismo no antisistemático
La filosofía, a su gusto, el de
Badiou, todavía es posible aun con el Ser, la Verdad y el Sujeto al hombro: esa
es su buena nueva; pero no debe dedicarse a parir verdades sino a captarlas de
afuera, y debe dejar de estar “suturada” y volver a ser sistemática, porque
“pertenece a su esencia” serlo (aunque no, dice, como “una figura enciclopédica
ordenada a un significante supremo”, ambición que nunca mantuvo, según él,
salvo acaso en Aristóteles y Hegel). Badiou denunció que “hoy el axioma
antisistemático es sistemático” –oh paradoja– y estableció que para que una
filosofía sea sistemática stricto sensu, y no por la inversa, tiene que
estar “desuturada” y no “entregar el pensamiento” a alguna de sus condiciones. Esta
sutura, estimamos, no es más que la ancilaridad filosófica, ese mal que
arrancaría según consenso con la teología cristiana. El positivismo, pues, fue philosophia
ancilla scientiae, y el marxismo además la hizo ancilla rerum
politicarum. Nietzsche, platonista invertido –aunque para Badiou, mero
antiplatonista–, la convirtió en sierva de la poesía (ancilla poeticae), y lo mismo hizo
Heidegger, salvo que no adhirió al Artista-Rey sino al Dios de la poesía, se
lee, que parece ser el de “Sólo un Dios puede aún salvarnos”. La sutura poética
de la filosofía empezó matando a Dios y a paso seguido reclamó que volviera a salvarnos;
pero en vistas a ser consecuente con el crimen teológico de Nietzsche, Badiou
apeló inesperadamente a las matemáticas, las auténticas deicidas que traen un
infinito sin Él, sin Uno y sin trascendencia. Las “condiciones” de la filosofía
a la Badiou, que garantizan la desuturación, son un reciclado ingenioso de aquellos
campos sobre sobre los cuales Platón empalmó su inmarcesible monumento: las
matemáticas, la política, el amor y el arte. Pero si la matemática se convierte
en ontología (otrora asociada a la filosofía primera) y no apenas en una
condición más del montón, ¿no se está ante una philosophia ancilla
mathematicae? ¿Y no cae el filósofo a la Badiou en una “avidez de
novedades” más sofisticada, en una Neugier de catadura épica bajo el
formato de una avidez de acontecimientos? Veremos. O no.
Triplicación del olvido, autonomización y juicio a la historia
En su ópera Condiciones, Badiou convocó a olvidar el olvido del
olvido del Ser, a olvidar la historia de la filosofía porque paralizó a la
filosofía. La parálisis diagnosticada oscila entre la historiografía y la
desubicación: el malestar de la filosofía obedeció a que ella no era más que su
propia historia y a la vez ignoraba si tenía un lugar propio. En medio de la
deconstrucción de su pasado y la espera vacía del porvenir, dijo, menester era
que algo ocurriese (así entendió el desesperado “sólo un Dios podría salvarnos”
del Heidegger del reportaje). Pero Badiou se apunta como ateo y no reclama una
deidad, aunque promueve la abolición de la finitud, el regreso de la verdad y
el reintegro de lo eterno: un platonismo modernizado, laicizado, pero
platonismo al fin. Trae de vuelta a la categoría de verdad pero como vacía,
operante y sin presencia (un vacío lógico, no ontológico), y de contrabando asimismo
a la eternidad (que “extirpa las verdades de los desechos del sentido y las
separa de la ley del mundo”). El filósofo se va a dedicar, de acá en más, a
capturar verdades ajenas, externas. Un saqueador veritativo. A los efectos de
que esta reconquista acaezca, “para entrar en una legitimación autónoma del
discurso”, la filosofía deberá romper con el historicismo: juzgar su historia y
no ser juzgada por ella porque es “una luz de eternidad” y no un candil
callejero al mediodía; deberá asumir axiomas de pensamiento y sacar sus
consecuencias.
Replatonización como tetracondicionalización de la filosofía
Las condiciones, “tipos de procedimiento de verdad o procedimientos
genéricos” conforman un quadrivium, son cuatro: ciencia o matema, arte o
poesía, política emancipatoria y amor. Sobre ellas, puede leerse en tiempo
presente, la filosofía combina el estilo argumentativo (ficción de saber) y el
persuasivo (ficción de arte): imita al matema y al poema y es un amor sin
objeto y una estrategia política sin apuesta de poder (ya que parte de una política
“inventada” que tiene que ser, por una suerte de forzamiento histórico,
igualitaria y antiestatal: “un comunismo de singularidades”). Sólo hay, de este
modo, verdad científica, artística, política o amorosa, y la filosofía “debe
disponer el lugar de estas verdades”, “proponer un espacio conceptual unificado”.
El desastre del pensamiento, que vendría a ser la legitimación de
prescripciones criminales, sucede cuando presentándose como arte (Nietzsche),
ciencia (Husserl), pasión (Pascal y Kierkegaard) o política (el mismo Platón),
en vez de ser una captación de verdades, es “una situación de verdad” y
gestiona “un acceso extático al lugar de la Verdad”. Cuando la filosofía
imagina que produce la verdad, dice Badiou, deviene en “una prescripción angustiante,
un mandato oscuro y tiránico”. Notemos así, dicho esto, que si en los términos
de Groys es el antifilósofo quien se erige en la orden, porque es la orden aquello
que lo define como tal, para Badiou la orden es filosófica y es el resultado de
la postulación de una verdad filosófica que instala el reino (filosófico) del
terrorismo, ese que en alianza con lo sagrado y el éxtasis, dispara el desastre
del pensamiento, la sustancializacion de la Verdad. El antifilósofo groysiano y
el filósofo-desastre se hacen uno. De todos modos, hay que hacerlo constar, Badiou
no ordena que el filósofo no-desastroso no deba ordenar, ya que la filosofía habrá
de hacer uso, aunque no exclusivo, del discurso del amo: lo que no debe hacer
es lanzar mandatos tiránicos, oscuros y angustiantes (Groys, de paso sea dicho,
siendo que promueve una vuelta a Husserl, pecaría de suturador científico en
versión neofenomenológica).
La sutura positivista o
cientificista, se dijo entonces, es la que domina en la filosofía académica
anglosajona y procede del siguiente modo: legitima el orden
liberal-parlamentario y considera que la política no compete al pensamiento,
forcluye la condición poética e ignora la amorosa a cambio de la
sentimentalidad y el sexo propios del modo de vida norteamericano, y finalmente
deja el campo libre a una religiosidad difusa. La sutura marxista fue política
y está explicitada en la tesis 11 sobre Feuerbach de Marx (Badiou mismo se
incrimina como un ex suturador de este tipo), aunque el marxismo la empalmó con
la sutura científica cuando Stalin identificó la filosofía con el materialismo
dialéctico, que aplicó las llamadas leyes de la dialéctica equívocamente a la
Naturaleza y la Historia (a lo que le siguió Althusser, encargado de erradicar la
primacía de la primera sutura sobre la segunda). Enroladas en la gesta
terapéutica de curarse de la enfermedad platónica –la metafísica– estuvieron,
pues, todas las corrientes dominantes del siglo: Heidegger, Carnap, el
materialismo dialéctico y el marxismo estaliniano. Por eso, enunciar el fin del
fin de la filosofía, sentenció Badiou, comportó reabrir la causa Platón. El
divino ateniense regresaba a las puertas de la nueva centuria; pero lo hacía no
sin ser sometido a un considerable refreshing facial o lavado de trucha.
No matarás al sofista
El sofista, “hermano enemigo y
gemelo implacable”, es el que dice estar a la altura de su tiempo, y la
sofística es “lo que se parece a la filosofía”. Su oposición fundamental no es
entre verdad y error sino entre palabra y silencio, entre lo que se puede decir
y lo que no. El sofista moderno declara que no hay verdad, o que es inútil e
incierta; reemplaza la idea de verdad por la de regla, palo para Lyotard (quien
dijo que la filosofía es un discurso en busca de sus propias reglas), pero que
habla de Wittgenstein, “nuestro Gorgias”. El balance sofístico posmoderno,
excusado en los desastres del siglo XX, es el del fin de la filosofía y la
inactualidad de la Verdad; el balance contrasofístico, por la inversa, dice que
la filosofía es posible y necesaria, pero tal como fue instituida por Platón. Tan
campantes podríamos cantar, de tal suerte, que Badiou se presenta como el
primer filósofo no-desastroso, no impostor, ya que él no quiere curar de Platón,
aunque sí curarlo, porque quiere purgarlo de sus excesos, de “la impostura
filosófica” y del “terror dogmático”, vale decir, del desastre filosófico de
origen, cuya responsabilidad compete al de Atenas. Así prescribe que la
filosofía no debe abandonarse nunca al extremismo antisofístico, el que desea
terminar con el sofista de una vez por todas y el que determina que este “doble
perverso” no debería existir: debe llevar para siempre, al contrario, el
acompañamiento y el sarcasmo del sofista. No hay que matarlo, hay que
mantenerlo como adversario. ¡Gracias! No matarás (al sofista), ergo, es el mandamiento
del nuevo platonismo: abolir la orden del libro X de las Leyes, la de
prohibirlo a cualquier precio. Nomás debe ser combatido. Claro que Badiou no
sólo no extermina al Doppelgänger, sino que es íntimo
de la señora Cassin: escribe cartas y publica tomos y colecciones con ella, con
lo que todo queda entre amigos universitarios, al final (y yo cagándome a
trompadas y amenazando de muerte al disidente…). Cuando uno lee los libros de
homenajes de Badiou, sospecha que la filosofía francesa no es más que una mafia
inofensiva: se matan entre ellos, pero cariñosamente y entre palmadas. Mientras
los demás salimos a parar la olla, estos se arrojan flores y gallos hoy por ti
y mañana por mí (sean los gallos esputos o aves diogénicas de corral). En
efecto, acusa a la doña de instalar una falsa alternativa cerrada: la que reza
que o bien el ser es una donación anterior al decir y la verdad regula el
discurso desde afuera, o bien el ser es creación del decir y la verdad es
inútil. Lo cierto es que Badiou se excluye del dilema y dice que la filosofía
(la suya y la de Platón, al menos) ubica al ser en un punto ni anterior al
decir ni creado por el decir, lo que quiere decir que el ser es decible en
matema, en fórmula, no en discurso, y que la verdad no es una norma exterior
sino una producción inmanente. La filosofía, así las cosas, es una diagonal a
la posición dogmática (la primera) y a la colocación sofística (la segunda). Además,
“no hay un solo lugar de la Verdad (revelado por la filosofía), pero hay verdades”,
tal es la respuesta apaciguadora al gemelo malévolo, a aquel que es de provecho
por ser quien recuerda que la categoría de Verdad es vacía, más allá de que lo
haga con el nefando propósito de negar las verdades. El ser es esencialmente múltiple, determina Badiou,
y eso es “lo
que un filósofo moderno retiene de la gran sofística”. ¿Pero no es esto, a última hora,
un empate técnico entre el viajero de Leontino y el Divino ateniense? ¿O
acaso una doble derrota que convierte a Platón en mero campeón moral? En el
segundo de sus manifiestos el mismo Badiou lo declara: “Soy un platónico
sofisticado, y no un platónico vulgar”.
Un platonismo sofístico aunque a la fuerza
Para que el platonismo deje de ser
una vulgaridad, hay que sofisticarlo. ¿Pero cuál es el alcance de tal
retorcimiento? Notemos que el lacanizado Platón de Badiou postularía que del
Bien como nominación última del ser no hay idea sino poema o matema, aunque
nunca retórica de la opiniones. Cassin, diagnostica, quiere en cambio salvarle
las papas a Heidegger corriendo a Parménides del centro de gravedad de los
presocráticos y colocando allí a Gorgias, con lo cual Platón pasaría a ser el
malo pero no por inducir al olvido del ser sino al del no-ser (una maniobra
tendiente a la democratización y despoetización del rector de Friburgo a
efectos de elevar por detrás a Arendt, dice). Acá el combate de Badiou contra
el refractario, vemos, cobra la forma de la ligereza o se funde en el gesto
adolescente: la sofística es aburrida o (dicho a la Deleuze) no-interesante, tal
es la conclusión que puede leerse en su artículo en La aventura de la
filosofía francesa. Me aburre, no me gusta. Y punto. No tiene onda. Lo cierto es que Platón, se lee, “reservaba los
derechos de lo Uno” y “pensaba poder
arruinar la variabilidad lenguajera y retórica de la sofística a partir de las
aporías de una ontología de lo múltiple”; pero hete aquí, dice Badiou como con
resignación, que “nuestro siglo” es el de la impugnación de lo Uno y Dios está
realmente muerto, tal como todas las categorías que dependían de él en el orden
del pensamiento del ser, por lo cual “estamos forzados a proponer una doctrina de la
verdad compatible con la irreductible multiplicidad del ser-en-tanto-que-ser”.
El platonismo de lo múltiple, conclusión, es a la fuerza: no queda otra. No
mientras Dios persevere en omitir su resurrección. No hay que aceptar la
derrota, pero al menos hay que pelear por el empate. La cosa puede quedar en
tablas, y ese 1 a 1 sobre el final con el team de Gorgias (“tras duros
avatares”) se llamará “platonismo sofisticado”. Traerá, pues, un múltiple
sustraído a la autoridad de la lengua, un múltiple indiscernible, una
multiplicidad genérica sonsacada del campo matemático (teoría de conjuntos). Así,
las matemáticas constituirán “históricamente” el único pensamiento posible del
ser-en-tanto-que-ser (son la ontología efectiva) y a la filosofía le tocará el
rol acaso módico de determinar lo-que-no-es-ser-en-tanto-que-ser, o sea, el
acontecimiento. Es de esta manera que puede sostenerse que “la filosofía es hoy
día el pensamiento de lo genérico como tal”, lo que llamamos el campeonato
moral obtenido por Platón, aunque como capitán del once (1 y 1) dirigido por
Descartes, ya que merced a este pase de manos puede reafirmarse el triplete de
la filosofía moderna (ser, sujeto y verdad). Como no cuesta entender que el
sintagma “platonismo sofisticado” comporta un eufemismo, diremos que la
filosofía de Badiou –para él, “la filosofía” sin más–, amén de un platonismo
cartesiano (o cartesianizado) es un platonismo sofístico. O de otro modo: un
platonismo moderno-posmoderno (donde “posmoderno” podría también querer decir
presocrático). No se mata a un hermano; como mucho, se lo pelea por la
herencia. Aunque no se lo ame como a uno mismo, el sofista es el prójimo y se
nos parece. Badiou no propone, como Nietzsche, amar al lejano, sino aproximarse
al sofista para trompearse en familia. Con todo, el precio que se paga por un
platonismo sometido a un proceso de modernización-sofisticación es el de
entregar la ontología (¡el bienquisto Ser!), confinándola a las matemáticas y
sin devolución. Desde ahora, el desvelo aristotélico por el
ser-en-tanto-que-ser es asunto de la Facultad de Ciencias Exactas (¿triunfo de Arquitas
o Eudoxo sobre el empate Platón-Gorgias?). Comentada bajo la inspiración estilística de
la alegre esclava tracia o la del sirio Menipo, la situación es esta. …¿No es
algo extraña?
Corolario sobre Lacan, Wittgenstein y Nietzsche (más Heidegger)
Merced a un recepcionista mejicano
podemos leer que los adversarios o rivales de la filosofía (porque acá decir
“de Badiou” parece que es redundante), los cinco formatos para la negación de
la categoría filosófica de verdad, son el sofista, el antifilósofo, el poeta,
el hermeneuta y el mundano. Los tres primeros son dobles seductores y los
restantes adversarios francos. De los insalvables, el hermeneuta es el
sacerdote que hace homogéneas filosofía y religión, verdad y sentido, fuerza a
la filosofía como sabiduría, define lo finito por lo infinito y privilegia la
trascendencia; en tanto que el mundano es el que vive montado, de manera
explícita o no, sobre el enunciado “no hay más que cuerpos y lenguajes” o “no
hay más que individuos y sociedades”, un campeón del ser-para-la-muerte
contrario a la ética lacaniana de no ceder ante el propio deseo. A este se
pliega el periodista, quien perpetúa la existencia de lo dado, aprecia o juzga
las circunstancias, en vez de hacerlas pensables o composibles, y ejerce así
las funciones del análisis, la previsión y la crítica como un formador de
opinión que se nutre de los fabulosos juicios de la gente. Como la crítica es
siempre captada por el régimen del discurso histérico y su móvil es clamar por
el amo nuevo, deberíamos sopesar que el Sócrates a la Groys no fue más que un reportero;
pero para Badiou el que encarna a este figurín es el inefable Glucksmann, bajo
el antifaz mediático de “nuevo filósofo”.
No sé si a toda esta runfla propone
pasarla a degüello; pero lo cierto es que al sofista se le perdonará la
existencia para darle combate en los simposios de abstemios. Este, entre los
tres géneros de absueltos por la filosofía (léase por Badiou), es el que
privilegia la retórica y la contingencia sobre la deducción y la prueba de
verdad: un nominalista que en su forma moderna sostiene la oposición
fundamental entre lo que puede ser dicho y lo que no, o bien el reglista de la
autoridad lenguajera de la Ley. Como de él se aprende la lección de que la
categoría de verdad es vacía, advertimos que no sólo es un testador
involuntario –como el antifilósofo– sino el sosia del otro lado del espejo.
Entre los antagonistas indultados por el platonismo descriminalizado le sigue
el poeta, aunque no el que imita la Idea o sustituye el pensamiento por el
lenguaje o se hace guardián del ser, sino su nueva versión que no imita ideas
sino que las produce. Este poeta que le alivia la carga al filósofo de
interrumpirlo con el matema no debe ser juzgado sino desvalijado como
condición. Y por último queda el antifilósofo, inspirador de nuestro Curso,
aquel mentado exhibicionista de su singularidad existencial que, indiferente
ante la verdad, destituye a la filosofía, la declara obsoleta y anacrónica y
sustituye el acto filosófico pensante por uno no pensable, mientras clama por
un más allá místico del lenguaje y del mundo, hace regresar en lo real lo que
la filosofía forcluye en lo simbólico (lo femenino, la mujer), y al que lo
único que le incumbe es el cambio subjetivo que puede producir una idea. Como
este partenaire despierta al filósofo del sueño dogmático, de su
proclividad religiosa, dándole las llaves para laicizar la verdad, se lo salva
una vez que se cobró su herencia (o se lo saqueó) y se aprendió a perderlo de
vista[1].
Pero veamos cómo quedan las cosas frente al trío de oro que nos convoca, uno
por uno.
El “acontecimiento en el
matema” debido a Paul Cohen, el que reza “que es posible producir exactamente
un concepto de lo indiscernible y establecer, bajo ciertas condiciones, la
existencia de multiplicidades que correspondan a este concepto” (las
multiplicidades genéricas), demuestra que es falso que de lo que no se puede
hablar haya que callarlo. Al contrario, dice Badiou, hay que nombrarlo, hay que
discernirlo como indiscernible, porque
bajo los
efectos de la condición matemática no se está obligado a escoger entre lo nombrable
y lo impensable. El concepto, se lee, puede legislar demostrativamente sobre la
existencia de lo indiscernible. He aquí la caída del Wittgenstein del Tractatus,
aquel antifilósofo al que se halla vinculada “la gran sofística actual”, ya que
“la verdad siempre es, como resultado de un procedimiento infinito, un múltiple
indiscernible.”
Si bien el Nietzsche trágico es un hombre
de la verdad, el que le habla a “los espíritus libres” y el genealógico es el
que se encargó de erradicar la referencia a la verdad en tanto que síntoma mayor
de la enfermedad-Platón. Bajo su influjo, el pasado siglo se encomendó a sanar
de ella para sanar del platonismo, odio al matema mediante. El diagnóstico de
Badiou es el inverso: amor al matema, en todo caso, y sanación del
antiplatonismo.
En “El estatuto del poema después de
Heidegger”, Badiou refiere que las tres relaciones de la filosofía con el poema
han sido la exclusión, la clasificación y la envidia: la primera es Platón, la
segunda es Aristóteles (la estética) y la tercera es la que hizo ancla en
Parménides. En la edad clásica (Descartes, Leibniz) dominó la condición
matemática, a partir de Rousseau y Hegel, la histórico-política, y a partir de
Nietzsche y Heidegger, la del poema y el arte. Desde Nietzsche todos los
filósofos fueron poetas frustrados y envidiosos del poeta, y Heidegger culminó
ese esfuerzo antimarxista y antipositivista por entregar la filosofía al poema,
rindiendo un culto filosófico por los poetas equivalente al fetichismo francés
de la literatura capitaneado por Blanchot, Derrida, Deleuze y tales. Esta es la
sutura aún no del todo agotada, porque las otras ya quedaron en estado óseo,
dice Badiou. La singularidad de Grecia, agrega, fue la de interrumpir el poema
con el matema, y la advertencia de Platón –su famoso cartelito en la puerta de
su escuela– quiere decir que la condición de la filosofía es el matema (la
cuestión platónica fue cómo hacer composibles ontológicamente política y
matemáticas). La poesía para él era la dimensión secreta y esotérica de la
sofística; los poetas, sus cómplices inocentes. Platón descubrió allí un contubernio,
aunque con un responsable señero, razón por la cual propuso aniquilar a unos y
a los otros expulsarlos. Desde de Nietzsche, la torta se dio vuelta y la filosofía
se entregó a la poesía; pero la edad de los poetas, sentencia Badiou, ya
concluyó (Celan lo enunció). La poesía, ella misma, pide desde hace un tiempito
ser liberada de la carga de la sutura y espera, de paso, que la filosofía sea
liberada de la aplastante autoridad del poema, porque ahora la poesía liquida
al sujeto como soporte de la experiencia y destituye la categoría de objeto
(toda verdad pasa a carecer de objeto), y así, en diagonal a la oposición
sujeto-objeto, abre un acceso no cognoscitivo al ser, con distinguir, además, entre
saber y verdad y conocimiento y pensamiento. Badiou se apoya en Rimbaud,
Mallarmé, Lautréamont o Pessoa para demostrar que la poesía, sabiendo que no
existe el objeto matemático, fue consciente de compartir el pensamiento con las
matemáticas. Este estado de situación en el seno condicional del poema da por
abrogada la sutura que promovió Heidegger a la sombra de Nietzsche, la que puso
al pensamiento bajo condición de los poetas. Para Heidegger, el reino
planetario de la Técnica ponía un punto final a la filosofía: su diagnóstico
indicaba que la ciencia moderna era la objetivación del mundo y el sujeto una
voluntad aniquiladora, que en la edad moderna el hombre se hizo Sujeto y el
Mundo se hizo Objeto y sólo algunos poetas pudieron pronunciar el ser, caso
Hölderlin, Rilke o Trakl, los pastores de la pregunta por el ser en el reino de
la técnica y bajo el imperio del olvido del ser desatado allá lejos y hace
tiempo por Platón el día en que ligó ser y verdad con la Idea. La técnica, retruca
Badiou, no es la esencia de nuestro tiempo ni el vínculo de su reino con el
nihilismo es útil para el pensamiento: en realidad, el reinado del capital
frena la técnica y la hace mediocre y tímida. Tampoco hay comunidad de esencia,
añade, entre ella y la ciencia, que en tanto que tal es profundamente inútil
salvo para afirmar de forma incondicionada el pensamiento. Niega, además, que
la época presente sea nihilista (ya que “abre a la genericidad de lo
verdadero”) y dice que el nihilismo anti-“nihilista” está constituido con los
residuos del imperio de lo Uno, que no es más que “un significante
tapa-agujeros” que se regodea en declarar que ser y verdad son imposibles, y lo
redefine como la “ruptura de la figura tradicional del vínculo”, figura cuya
sacralidad fue disuelta por el capital, tal como Marx lo puso en evidencia. En
definitiva, acusa a Heidegger de nostalgia reaccionaria por un socialismo
feudal.
En el orden político, para Badiou, el
acontecimiento es el Mayo del 68 y sus secuelas (acontecimientos oscuros aún
sin nombrar, dice); en el del matema lleva los nombres de Cantor y Paul Cohen;
en el del poema, el de Celan o, entre otros corifeos, los de Pessoa y Mandelstam;
en el del amor, el de Lacan, hacedor en este ítem, acaso, de la teoría más
profunda desde los remotos tiempos de Platón, y tanto así que Badiou asegura
que “el psicoanálisis es la única tentativa moderna real de hacer del amor un
concepto” y se pregunta si no es un quinto “procedimiento” (en el espacio
amatorio se añadiría una cuarta servidumbre de la filosofía –más allá de los
amos científicos, políticos y poéticos–, la que habría maquinado Levinas al
convertirla en “lacaya del amor”). Una filosofía, dicta Badiou en su jerigonza,
“tiene que ser hoy composible con Lacan”, el antifilósofo que es la condición
del renacimiento de la filosofía en dicho rubro gracias a que fue “captado por
el síntoma Platón”. En él se inspira su propia teoría, la que apunta que “el
amor es la producción, fiel al acontecimiento-encuentro, de una verdad sobre el
Dos” (lo que adviene post-acontecimiento), y de la que se deriva el mandato
ético que asegura que “el supremo deber del hombre es el de producir,
conjuntamente, el Dos y el pensamiento del Dos, el ejercicio del Dos”. Además,
se lee, el mérito de Lacan fue mantener y refundir la categoría del sujeto (y
del objeto) cuando la filosofía abdicaba, esa categoría moderna vista por
Heidegger y los posmos como el último avatar de la metafísica. Lacan revirtió
“la operación desubjetivante de la edad de los poetas” y propició una vuelta a
Descartes, y la tarea, dicta Badiou, “es retomar el hilo de la razón moderna y
dar un paso más en la filiación de la meditación cartesiana”. Todo sujeto,
sentencia Badiou, es artístico, científico, político o amoroso, sólo existe en
el orden propio de uno de los cuatro tipos de genericidad y fuera de estos
registros no hay más que existencia o individualidad, pero no sujeto, que no es
más que “un fragmento acabado de una verdad post-acontecimiento sin objeto” y “un
momento acabado del procedimiento genérico”.
En la edición en inglés del seminario sobre
la antifilosofía de Lacan, el introductor Kenneth Reinhard sentencia que
el sujeto que Badiou recibe de Lacan no es el fundamento de la conciencia sino
una evanescencia, una perturbación del orden simbólico representada por la
petrificación de un significante en relación con otros significantes en danza,
una brecha o vacío o cosa de la nada (aunque como sujeto-desecho descartado por
la ciencia, que debe reinstalarse en la lógica femenina de la destotalización, estimamos
que más bien es una eva-nesciencia, cruza de necedad masculina y vanidad
mujeril).
Si lo de Lacan era una sofística platonizada (concedámosle este empate a
Cassin), la devolución de Badiou es un platonismo sofisticado. Sofisticado, por
no vulgar ni aburrido; pero sofístico no por falso sino por moderno, lacaniano,
ateo, multiplicista y la mar en coche.
Consolaciones intempestivas finales
El filósofo a la Badiou adopta la
posición de un defensor del interés-desinteresado, es un libertador que nos
libra del Mal (traición, simulacro, desastre). Los antis, reza, sirven para que
el clasicismo del filósofo (¿el clasismo?) no se convierta en academicismo.
Propone acoger su herencia y perderlos de vista. Badiou usa la palabra sustraer
cada dos párrafos en toda su obra. “El psicoanálisis demuestra” (como lo
pondría Freud) que lo suyo es sustraer y no heredar. El psicoanálisis
automático y a quemarropa (el de piensa mal y acertarás y el de dime
de qué presumes y te diré de qué careces) también demuestra que tanta
insistencia en combatir al sofista habla de que este hombre teme ser uno de
ellos y no se reconoce como tal. Lleva la carga y no la siente.
El acontecimiento es lo que salva al fiel
de vivir como una víctima-depredador. No encuentro mejor refutación de Badiou
que este fragmento de la canción de la novela (telenovela) El Infiel, de
Arnaldo André, novela que antes de ser visitado en mi celda por la filosofía
(yo estaba en la primaria) inspiró mi aciago curriculum de Don Juan: “A
la hora de amar, estoy y me entrego sin medida. Doy el alma, doy la vida: eso
es el Amor para mí. Pero mi Libertad, no: no la cambiaré. Debo seguir siendo
siempre Infiel”. Este curioso hallazgo hispano, el donjuanismo –no sólo
amoroso: artístico, político y científico–, es el enemigo del badiuísmo y hace
bandera de la discontinuidad, cuando no del simulacro. ¿Y quién no es un poco
Dante y un poco Tenorio?
No importa. Igual lo queremos a
Badiou. Queremos a todo el mundo, como los tontos. Da que pensar. Ya es
bastante.
El platonismo de lo múltiple –que, al fin
y al cabo y como su nombre lo indica, le concede una no menospreciable victoria
parcial al sempiterno sofista– es un platonismo de lo novedoso y un platonismo
novedoso. En su época, el platonismo de Platón también fue novedoso, aunque su
dueño no habría aceptado que fuera de lo novedoso. A la final, la filosofía es
una de las variantes de la moda, eso habrá querido decir Cioran cuando puso de “se
refuta igual una idea que una salsa”. Un modisto de la cabeza es el filósofo.
Va y viene la filosofía como cualquier otra primicia pedorra. No se puede decir
que la Modernidad tenga exclusividad sobre el novum. Los griegos, por
más cíclicos que fueran, no estaban exentos; pero en aquellos años las modas
duraban por temporadas más luengas. Eran de aburrirse muy despacio. Ponele.
Esta crítica es tan obvia y pelotuda como sincera. Aunque la sinceridad no se
puede escribir ni medir. ¿Vana ironía del no-incauto?
¿Será platonista el siglo XXI? Para eso,
en principio, debería llegar a ser, a ser sin más –lo que es algo dudoso. Con
estos sentimientos al hombro, me paso a la archifilosofía, le doy algo de
crédito a Hadot (no se puede salir de los gabachos, ¡la puta madre!) y adopto
la pose de humildad que dice que la filosofía sólo es un intento poco
conducente por aprender a vivir, o hacerlo un poco menos peor. Y que el resto
decora.
Según Badiou, la filosofía debe
hacer esto y aquello: debe obedecer a Badiou. El camino, la verdad, la vida.
Está bien. Badiou manda. No hay por qué hacerle caso. El matema no puede
recibir mejor nombre que galimatías, un incomprensible embrollo francés
(gali) con aspecto de saber (matías).
Para decirlo con el repertorio de un “sofista
menor” de la tía Italia, lo de Badiou, ese absolutismo de las verdades montado
al azar, al acontecimiento, es un universalismo debole. ¿La creación de
verdades eternas sin la ayudita de Dios, sin otro sostén que el contingente
estado de situación de las “condiciones”, es un bolazo altamente sofístico o
nada que ver? ¿Debemos, podemos, plegarnos a esta nueva fe en el mundo
desmundanizado o queda, sin otra cosa, seguir riendo como idiotas impíos? ¿No
es la “hipótesis comunista” una cantinela de idiotas útiles de buen pasar, vida
aliviada y ociosa y no menor prestigio curricular, ora nenitos de papá o mersa
de arribistas doctorizados? Si no es, parece.
Badiou y Charly García
pueden ser hogaño los defensores más interesantes del Idealismo (si amor es un
pensamiento, y también las matemáticas, ¿por qué no el rocanrol vernáculo?). Curiosamente, el say no more de fin de siglo se continuó en el nuevo de una campaña contra “los que
pretenden detener el poder del idealismo”. Así lo enunció Carlitos. En el Segundo manifiesto, en este mismo sentido, se
nos dice que hay que actuar para borrar la diferencia entre vida e Idea, porque
vivir y vivir por una Idea –se lee en Lógica de los mundos– son la misma
cosa (“Ya no rompo equipos, ahora hay idealismo, lo cual en el día de hoy es
muy extravagante”, sentencia García Moreno Lange). Para Badiou, el mundo arenga
con la consigna vive sin Idea; esa es su ley (el estribillo del “fin de
las ideologías” enmascaraba el milenario mensaje antiplatónico que alguna vez y
por un santiamén amigó al socratísimo Antístenes con la élite clientelar de
Gorgias, Protágoras y compañía). En este orden, hoy deberíamos contrastarlo con
la penúltima antifilosofía antiplatónica que ha brotado, ahora de YouTube, la
del ex buenista (de Gustavo, no de la Idea de Bien) Jesús (González) Maestro,
quien define al filósofo como un sofista excéntrico y batalla desde el saber
del Siglo de Oro contra las taras del Idealismo que fructifica contra “la
Literatura” allende los Pirineos. Réprobo escindido de la tenaz secta de Bueno,
Maestro hace del despecho autoinducido bandera contra la filosofía, englobada
como timo, autoengaño e ideología. Con la tozudez de los gallegos laicos y con
el Lazarillo bajo el sobaco, defiende el mundanismo ideoclasta del
desengaño. Lo vamos a dejar para otra ocasión, porque también somos búhos y es
muy temprano todavía.
La famosa frase de Chesterton reza que
cuando se deja de creer en Dios se empieza a creer en cualquier cosa.
Siguiéndole la corriente, uno diría que cuando caen los grandes relatos lo que
sigue es una proliferación indiscriminada y continua de relatos. Todo es relato
y son inacabables, saturan. En realidad, distinguir un relato de un
acontecimiento es tan difícil como discriminar un hecho de una interpretación.
¿Cómo se hace? ¿Al azar, por decisión? El acontecimiento, persevera Badiou,
además de indiscernible, genérico e innombrable, es indecidible: es exaiphnes
(ἐξαίφνης), el de repente o lo
súbito en Platón, el encuentro lacaniano. A propósito, me viene a la cabeza una
ver más que Germán García contaba que “encuentro” era una palabra que estaba
siempre en boca de las histéricas.
Debo confesar que quien me hizo darle un
changüí a Platón no fue Badiou sino el mentado Gustavo Bueno. Ocurrió el día en
que lo escuché en YouTube decir algo así como que Platón era un hombre
desesperado por encontrarle una vuelta al desastre de su mundo –su patria, su
sociedad– que se desmoronaba. Así lo recuerdo. No dijo nada que no supiéramos
todos, pero lo dijo de una manera (no de esta en argentino) que me hizo un
clic. Porque quien no esté en ese estado hoy, en el mundo pospandémico, no es
un filósofo ni un carajo: es un cómplice o un tarado total. La sensación de
Caverna o de Mátrix volvió a mí como cuando por primera vez me encontré a
Platón leyendo el manual de García Morente de mi papá. Volver a los 17. Esta
Paranoia Primordial es el estado originario del filósofo. Lo demás es
condimento.
No hace falta casarse con Platón ni con el
badiuísmo. Mi síntoma platónico hasta ahí llega. Los proletarios, los pobres
tipos, tenemos a Diógenes por émulo autenticado de Sócrates. Un émulo que
resiste mejor la crítica –la injuria– nischeana, la lacaniana y la sofística de
todos los tiempos. También queremos a los sofistas, y a todos los socráticos
no-platónicos y antiplatónicos, a Pirrón (¡qué grande SOS!), a Epicuro, a
Aristipo, al Zenón de la Estoa, e incluso al Estagirita y desde luego al combo
de los presos cráticos. Y por supuesto a Lucianito, aquel semita grecorromano.
Pero el Divino puede dejar de ser mala palabra. Porque la Caverna está
vivita y coleando, loco.
¿Y no se definiría a un sofista, en este
orden, por aquel que sigue la corriente de su tiempo? ¿No es su canto la
rapsodia de los que decoran al tiempo?
De ser así, y si Badiou se pone de moda y
asciende a obligatorio, seguirlo te hará sofista.
En la Universidad se aprende a odiar a la
filosofía y con buenas razones. Pero la mayoría de esos haters siguen
allí y lucran con lo que odian y en su nombre (se licenciaron, y doctoraron
–incluso–, para matarla). Algunos también aborrecen a la misma Universidad
mientras le siguen sacando el jugo. No sé si la filosofía está muerta, pero la
Universidad es un discurso muerto y vale por lo que es. Allí uno aprende a
hacerse sofista, y cuando se va o lo echan, como a mí, sigue el tren pero como sofista
gratis. Se dedica a la filosofía aparente y a la de las apariencias, porque
entiende que son las que no engañan. Pero el sofista, además de sacarte la
plata, tenía una teoría de la verdad. Esos tipos tenían tratados al respecto,
además de enseñarte a hacer negocios y a perder el miedo escénico ante la
cámara. Después de todo, Sócrates no cobraba, pero lo bancaban los ricos, y
Platón vivía de rentas, por así decirlo. Por eso acá me cago en toda esta
pelotera por el fundamento o su vaciado. Uno deja de ser sofista cuando se
siente en la Caverna y punto. Mi vuelta al platonismo es más simple que la de
Badiou y no da tantas vueltas. Badiou es un sofista porque vive de su discurso
(salvo que viva de rentas o de un bolichito, no sé). El filósofo no trabaja, no
labura: Sócrates dejó de picar piedras cuando arrancó de lleno con su carrera,
y Platón estaba forrado. Antístenes, Aristipo, Euclides el Megárico, la
tuvieron que yugar de sofistas socráticos. Todos al final, salvo el cínico, o
casi todos, terminaron bajo el ala del Tirano de Siracusa. Cualquier cosa con
tal de no caer en la democracia, el emporio de los sofistas no-socráticos. Hubo
algún que otro filósofo de laburo, como el estoico Cleantes o Menedemo el
Eretrio, trabajadores part time que fueron vistos como bichos raros,
como casos de excepción. Y la tercera alternativa, bien conocida, es la de los
pichones de Diógenes, los más pobres de los filósofos, el proletariado del
saber que ni trabajaba ni cobraba un subsidio del Estado: el filósofo
mendicante y homeless. Resistir la vida a los pies del Partenón en el
siglo IV antes de Cristo vaya y pase. Deberíamos probar ahora a Diógenes en la
peatonal Córdoba de Rosario, a ver si se la banca. Si se la banca con el Logos
al hombro. Ni la locura poético-etílica de Cachilo resistiría hoy la confabulación
de la miseria general con los ladridos de los perros salchicha, las chicharras
de las alarmas de los tutús y edificios, el chirrido sempiterno de las
amoladoras, el reguetón perpetuo y el tumulto sin solución de motores y
pantallas. Olvidate.
Entonces, en fin, otra manera de definir
al sofista (y nada ajena a Platón): el que vive de su discurso. Denuncie la
Caverna o no. Lo siento, badiuístas, pero acá el ídolo cae en el redil.
Si recaemos, gracias a Dios, y hablando de caer, en el
ensayismo y la autobiografía, consta que en nuestro caso no son rentables. No
somos sofistas, salvo que exista el sofista gratis (gratuito, para la RAE). Ya
definimos antaño nuestro “periodismo” como periodismo en el desierto, populismo
sin público y exclusivismo de excluidos (del banquete)[2].
Finalmente, dice Badiou (en El balcón del presente) que no hay más que
dos estilos: el filosófico y el anti. Cuestión de estilo, pues. El antifilósofo
es un filósofo en guerra contra la filosofía –generalmente encarnada en algún
que otro filósofo cabeza de turco–; es un filósofo que se hace escritor para
desenmascarar a la filosofía y en el interín sacrifica, de paso cañazo, a la
literatura (segundo costado, no tratado por Badiou, pero que quizá molesta a
los literatos full time, a los mistificadores de la literatura y
puristas de las letras, esos que no aceptan entre sus filas a los vendidos del
filosofema).
¿Se debe hacer del Perro de Badiou?
¿Pisarle los tapices, ofrecerle aceitunas, pedirle vino tinto, tirarle un gallo
en el aula?
Contra el heroísmo épico, Badiou proyecta
el heroísmo matemático, porque dice no sacrifica la vida sino que “la crea
punto por punto”. Punto por punto se crea una vida recta pero sin dimensiones.
Para héroe, mejor un Alcides que un Pitágoras –no el cumbiero sino Heracles.
Ante la cerodimensionalidad pineal, mejor el musculito viñoleano de la “vía
cínica”, más allá de que el filósofo de las Pampas, trasplantado del
Mediterráneo, nunca deje de ser un tanto más friolento que la estatua nudista y
patova de Rodin, como bien advirtió un Macedonio no estagirita sino Fernández.
Coraje por coraje, preferir uno in corpore y con estado atlético, como
el del monedero falso de Sinope.
Sócrates garpó su corruptela
al precio de la muerte, bien porque quería estirar la pata por cansancio de la
vida (hipótesis-Nietzsche), o bien porque la verdadera vida afinca acullá de la
vida (hipótesis-Platón). A todo esto, el heroísmo matemático de la filosofía de
Badiou es cualquier cosa menos una preparación para la muerte (más parece una
despreparación para la vida, la no académica), punto en el que, más allá de
Spinoza, se avecina a Epicuro (y Diógenes). La muerte es “el significante
último de la sumisión” y se ha de vivir sin finitud, dice, como Inmortal, así que qué
más da la eventual cicuta. Si el antifilósofo derrapa hacia la parca o la
afonía, el filósofo se hace Inmortal y parlotea lo indiscernible. Bajo tal
esquema, leemos, la existencia es una categoría no del ser sino del aparecer (ser-ahí)
y un concepto lógico e intensivo, y la muerte también es una categoría del
aparecer (una afección) y no del ser, una del devenir del aparecer y un
concepto lógico no ontológico (no es la inexistencia sino que adviene). Nos
podemos quedar tranquilitos porque “lo que sucede con la muerte es un cambio en
exterioridad de la función de aparecer de un múltiple dado”. Listo, solucionado
el trago amargo. Angustia out. Psicoticémonos con éxito o cicuticémonos
sin trauma.
A este Badiou lo conocí tarde. Sabía el
nombre y de alguno de sus talismanes. Y cuando un día, un amigo cordobés me
dijo que era “neoplatónico”, lo miré como se mira a un ET. Había conocido
neotomistas, pero pensaba que estas cosas no existían desde los tiempos de la
toga. Creí que me hablaba de Plotino, pero era un converso de Badiou. Fue así
que me puse a explorar, un poco para hinchar los huevos y quizá también para
ver si se podría vivir con arreglo a esa filosofía, como dice el traductor de
Nietzsche. Yo era un treintañero rosarino rezagado que creía que todavía la
última eran Deleuze y el antiplatonismo en todas sus variantes. Me dije: ¡estoy
desactualizado y me deschava un cordobés adolescente! Así nació, algunos años
después, este Curso bochornoso, con menos flema y puntillismo que el mismo de
Gombrowicz y con menos público que las clases de Schopenhauer los días que al
lado dictaba curso Hegel. Curso por correo (por email) porque lo dictaba un
impresentable. El resultado es esta genialidad notablemente chabacana, con
éxito apenas entre una minoría de filipinos. Nos dirigimos otrora a los hombres
perdidos hasta que descubrimos que no eran más que casos perdidos. Ahora este
silencio se direcciona hacia todos y ninguno como una charla de cuñados, de sobremesa, entre
un solipsista y un algoritmo, entre una desinteligencia natural y una IA.
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