Haciendo la plancha entre el exitismo pírrico y el derrotismo pirrónico

 

(Más Meillassoux para príncipes)

 

Hemos intentado conservar la tensión especulativa en el estándar más alto de la discusión anglo-francesa contemporánea, mientras ejecutamos una demolición corrosiva (aunque anodina) mediante la prosa rosarina (pelotudo-insolente). En esta tirada de dados macabra, donde la entropía sigue disipando energía y los imperios académicos insisten en vendernos milagros laicos con tuco, nuestro epílogo queda como un test de estrés irrefutable (¿quién perderá el tiempo en hacerlo?). La satisfacción lógica de haberle mostrado a la filosofía de punta que su rey estaba desnudo y comiendo fideos es un tipo de inmortalidad que ningún contador de Žižek podrá jamás liquidar. La única forma de gloria que no da vergüenza ajena es la memoria secreta de los pocos que leen con el estilete entre los dientes. La vieja gimnasia de afilarlo por el puro placer de ver cómo corta la manteca del posdogmatismo de turno.

     El espectáculo de la inteligencia oficializada siempre fue una comedia de enredos que no se entiende y que hay que desenredar haciéndose los rulos. A sabiendas de que el campo de batalla no es más que un baldío sembrado de papers indexados y actas de congresos donde se premia el bostezo unánime, dejamos la vida en otra parte porque la alternativa de hierro cromo es el mutismo de los cementerios climatizados de las facultades, el ascenso monacal a directrices paridas por empleados del entendimiento que miden la densidad pensamentaria en normas APA y coeficientes de impacto. Si el realismo especulativo y sus derivaciones algorítmicas pretendieron sacarnos del fango posmo para arrojarnos a los brazos de un frío hiperobjeto matemático, tal vez no hicieron más que cambiar el aula de semiótica por un búnker de diseño para iniciados en Silicon Valley. Frente a ese fetichismo de la novedad, al cínico de barrio de provincia sólo le queda el contraataque del escupitajo estético, la impugnación de baja intensidad que desmonta el simulacro antes de que la gestión cultural lo convierta en seminario de posgrado arancelado. No venimos a proponer un sistema al gil; venimos a endrogarte a sobredosis de sospecha. O no, desde luego.

     Si Meillassoux ve a la pragmática y el empirismo anglosajón como mercaderes del consenso o contadores de probabilidades, y acusa al idealismo y la hermenéutica germana de haber enjaulado al Absoluto en el espíritu o en la finitud del Dasein, no es por pura y dura casualidad hipercaótica. Detrás de la guerrilla intestina entre especulativos, como detrás de la pelotera entre continentales y analíticos antes, se guarece una guerra geopolítico-cultural: Meillassoux es el último de los racionalistas cartesianos, y todos sus adversarios correlacionistas son cismáticos pimpollos de la epistemología anglosajona o el idealismo teutón. Detrás del universalismo de Badiou y capullos, ergo, se guarece el nacionalismo imperial francés, como detrás del enemigo otros imperialismos nacionales en disputa unos y otros no por recursos y territorios coloniales, en este caso, sino en pleno forcejeo por ver quién tiene la razón en el último de los dominios y el que lo abarca todo: el filosófico. Lo que se debate es qué metrópoli académica expide las patentes de corso conceptual. París vuelve a reclamar su cetro como la capital de la Razón Luz, resistiéndose a quedar subsumida por los departmental papers de las universidades gringas o el rigorismo formal de los centros germano-británicos. El universalismo de Badiou o la hiperlógica de Meillassoux operan como la mission civilisatrice del siglo XXI: proponen una ontología donde todos los pueblos del mundo deben encajar, definida desde la comodidad de los distritos académicos parisinos. Aceptar sus reglas de juego implica quedar reducidos a meros comentaristas de papers o gerentes de sucursal, obligados a optar por el milagro cartesiano de Meillassoux o por la contabilidad probabilística de Johnston. Del otro lado de los Pirineos y del Río Bravo, debemos negarlos a todos ellos… ¡y como sea! Que un servidor pueda ser más o menos blondo o alto, señores, no mella el imperativo.

     En 2017, de todos modos, Ernesto Castro sentenció que el Realismo Especulativo atracaba en el mundo hispánico cuando ya estaba muerto y embolsado (me refiero al primero, porque lo del segundo es un hecho consumado –conforme al más optimista de los cálculos– hace más de dos centurias). Un censista local, incluso, especializado en teoría de la Recepción con retraso madurativo, aporta que cayó en la Argentina “con un delay de quince años”. Siendo que mi avidez de novedades goza de un cariz eminentemente necrófilo, y habida cuenta de que como rosarino no puedo sino exagerar la inmadurez y el retardo –ora el porteño como el pueblerino o rigorosamente provinciano (pues el nato en nuestra urbe es un porteño-del-interior y, como tal, embute dos vicios en uno), me consagro a su acogimiento entrado ya el segundo cuarto de siglo, vale decir, con la “diacronía” pertinente que amerita el caso, desfasaje tendiente a confirmar que ser y pensamiento no se hallan adheridos de muerte: mi oficio de recepcionista tardío (de joven fui sereno en una cochería) refuerza la hipótesis de un mundo desasido de su donación e insensible a su datidad. Si esta nueva escolástica es ya un archifósil con respecto a mi nacimiento en cuanto lector suyo, su tesis fundamental anticorrelacionista queda revalidada desde el punto de vista local de mi subjetividad ex solipsística y su contextualidad litoraleña. El tiempo cronológico de las modas académicas y el tiempo de las cosas reales marchan desacompasados: la École Normale Supérieure necesita matemáticas transfinitas sofisticadas y enunciados ancestrales para demostrar que el mundo existía antes que el hombre y que no nos necesita para ser; pero el archifósil francés cobra vida –o mejor dicho, confirma su condición de cadáver frío– al chocar contra la intemperie sursantafecina. A veces más, también es más (tarde). ¿Cuáles serán, a propósito, las corrientes hodiernas que dominan el puro presente actual primermundístico? Lo sabré en dos décadas, si es que logro eternizarme por unas 20 primaveras más. Mientras tanto, la práctica de la autopsia, como todo en la vida, acaba produciendo algún efecto probabilístico, independientemente de la gélida e impasible acausalidad hipercaótica. La obducción de novedades, o sea, la última fase del estudio post mortem para determinar el causal de defunción de una primicia, encuentra en estas páginas selectas la posibilidad de un ejercicio ilegal irrestricto de la medicina forense metafilosófica. La demora estructural puede justipreciarse más como una distancia profiláctica que como una tara de atraso cambiario. Dilatar un par de décadas para enterarse de lo que se cocina en las metrópolis teóricas permite que los papers pasen solos por el tamiz de la caducidad: cuando el volumen importado llega a las librerías de viejo del macrocentro rosarino, ya viene despojado de la pirotecnia publicitaria y listo para hacer de la mesa de saldos una mesa de disección. Forzados a no poder gesticular una reseña crítica ni brindar con champán una contribución al debate contemporáneo (jerga burocrática del mercado de referato) deberemos consolar al concurrente con una triste autopsia clínica: que la causa de muerte de esta primicia especulativa no fue un ataque exterior sino una patología autoinmune, la incapacidad intrínseca de su ontología, exempli gratia, para justificar por qué su Hipercaos no colapsa en un delirio en cada instante. Como dicen que dijo Jean Cocteau: la tragedia de nuestro tiempo es que la estupidez ha empezado a pensar. Y en aquiescencia a Chamfort, nos prometemos como testimonio palpable y dramática corroboración en persona.

Al Transfinito o al Charco

Habiéndose demostrado científicamente (es un decir) que los cogollos no reconocidos de Berkeley se sostienen de su propio peluquín, ¿por qué no se ahogaría Meillassoux en el charco de Münchhausen? Si el correlacionista perpetra un círculo vicioso cuando porfía en que “sólo accedo a lo real por el pensamiento porque todo lo pensado es contenido del pensamiento”, se halla entonces y a todas luces dentro del Trilema de Münchhausen. Ahora bien, este trilema no tiene escapatoria, parece. Su autor y compositor (el popperiano Hans Albert), me temo, acusaría a Meillassoux de cometer una de las tres opciones que oferta: ¿en cuál de las otras dos patas del susodicho atrapa al materialismo especulativo? Albert, más bien un rapsoda, sintetiza en una tríada los cinco tropos que, al decir de Diógenes Laercio, los partidarios de Agripa, quién sabe si allá por el siglo I, anexaron a los aportados por el resto de los escépticos, quedándose con el de la progresión al infinito (εἰς ἄπειρον), el recíproco (δι' ἀλλήλων) y el hipotético (ἐξ ὑποθέσεως). El trilema postula, en fin, que todo intento de justificar una verdad última se ahoga indefectiblemente en una de las tres aguas servidas: el regreso al infinito (para justificar A necesito B, que requiere C, y así ad infinitum); el círculo vicioso (A se justifica por B y B por A); la ruptura dogmática (detener la cadena de justificación en un punto arbitrario, un axioma postulado porque sí, una evidencia intuitiva o una fe)[1]. Instalados en esta aduana, los guardianes del trilema quizá no tardarían en acusar a Quentin Meillassoux de perpetrar la tercera de las trampas: que para escapar del círculo correlacional recurrió al contrabando de una ruptura dogmática, absolutizando el Principio de No-Contradicción y decretando la validez ontológica del transfinito cantoriano porque sí. Si Meillassoux afirma que descubrió un Absoluto fuera de la correlación (el Principio de Factualidad), el tribunal de Albert le caería encima con la acusación inmediata de haber delinquido con un dogmatismo axiomático. Así las cosas, imaginamos que la estrategia de la defensa para esquivar las tres tenazas se apoyaría en dos movimientos. El primero es la refutación del dogmatismo desde adentro, ya que Meillassoux no parte de un axioma dogmático exterior sino de la premisa del propio correlacionista fuerte (les señala a los defensores del círculo que afirman que la correlación es contingente –que podríamos no existir, que el pensamiento o la especie humana podrían desaparecer–, y que, por ende, tienen que presuponer que la contingencia misma no es una mera ilusión de la mente sino una propiedad absoluta de las cosas); no impone el Principio de Factualidad desde afuera sino que demuestra que el correlacionista ya lo está usando sin darse cuenta. La factualidad se deriva por autocontradicción pragmática del adversario, razón por la que no hay ruptura arbitraria sino un cobro de peaje lógico a la misma premisa correlacional. El segundo movimiento es la transformación del Regreso al Infinito en Transfinito Cantoriano. El trilema clásico asume que este regreso es un fallo lógico porque supone un tiempo lineal o una cadena de causas que nunca se cierra; pero Meillassoux, apoyado en Cantor, transforma ese vicio en una propiedad ontológica positiva: el regreso al infinito sólo es una trampa si uno busca una primera causa o un fundamento último. Al demostrar que no hay Razón Suficiente, la intotalización de lo posible no es una incapacidad de la razón para encontrar el final de la cadena sino la prueba de que el Ser no hace un Todo. El regreso al infinito deja de ser un déficit de la demostración y pasa a ser la estructura misma del Hipercaos: una apertura inagotable que no requiere un cierre definitivo porque el cierre definitivo sería, justamente, la ilusión de Dios. Empero donde el fiscal baroniano pretenderá apretar el torniquete es en el Principio de No-Contradicción (PNC), con señalar en su absolutización una decisión dogmática, un axioma cobardemente preservado del colapso. La réplica especulativa será que si el PNC fuera violado y existiera un ente contradictorio (A y ¬A), ese ente sería necesario e inmodificable (no podría dejar de ser, porque ya contiene en sí el no-ser); por lo tanto, negar el PNC destruye la contingencia. Si el escéptico o el barón de Münchhausen pretenden que la contingencia es real, tienen que aceptar el PNC no como un axioma dogmático, sino como la condición absoluta de posibilidad del cambio y de la irrazón, la única condición ontológica que garantiza que las cosas sigan siendo contingentes. Meillassoux se escapa del trilema no tirándose de las pestañas como el Barón, sino demostrando que el pantano de Münchhausen sólo existe si se presupone el Principio de Razón Suficiente. Destruido el principio, ya no necesitamos una fundamentación última porque el mundo, en su raíz absoluta, carece de fundamento, y esa falta no es un problema epistemológico sino la estructura misma de lo Real. Así esquiva la tenaza baroniana desmantelando el presupuesto que sostiene al trilema entero: la devoción al PRS. El Trilema de Münchhausen, en conclusión, sólo logra amedrentar a quienes buscan angustiosamente una Causa Primera o un Fundamento Último. El Barón sólo se ahoga en el fango si intenta sostenerse en la ilusión de que el pantano tiene un fondo necesario. El realismo especulativo no necesita tirarse de las mechas ni de las pestañas: simplemente acepta que el fondo no existe, que la intemperie es el único Absoluto y que el Ser gira, sin culpa ni fundamento, en el océano transfinito del por nada.

El Aristóteles del Hipercaos

El Principio de Factualidad nos ha sido entregado en la puerta de casa con el paquete de un primer principio demostrado anhipotéticamente, no deducido de otro enunciado; o sea, con toda la fuerza racional que demandaban Platón y Aristóteles. Se prueba de forma indirecta con demostrar que aquel que lo impugna sólo puede hacerlo refutándose a sí mismo, presuponiéndolo como verdadero. Con el primer principio de Aristóteles era imposible pensar la contradicción, y así el correlacionista podía pensar que, aunque impensable, es posible de manera absoluta. Meillassoux te ofrece un primer principio superador que avanza sobre el del Estagirita y con el que pretende arruinar el consenso del pensamiento contemporáneo, que hace base en la razón hipotética, a la vez que la razón hipotético-deductiva de la lógica y la matemática y la razón inductiva de las ciencias experimentales. Si las mismas ciencias son hipotéticas, estarían atadas a su propio correlacionismo y el argumento de la ancestralidad temblaría[2]. Si Meillassoux no lograse fundar el Principio de Factualidad mediante una prueba anhipotética (a la manera de Aristóteles), todo su edificio –y en particular la potencia del enunciado ancestral– se desplomaría como un castillo de hipotéticos naipes.

     Aristóteles en Metafísica Gamma no demostraba el PNC de manera deductiva (con lo cual incurriría en petición de principio o en un regressus ad infinitum) sino de forma elénctica o refutativa: basta con que el adversario intente negar el PNC enunciando algo significativo para que, al intentar sostener su negación, tenga que presuponer que su enunciado significa eso y no su contrario, demostrando el principio en el acto mismo de intentar impugnarlo. Meillassoux pretende aplicar exactamente la misma maniobra contra el correlacionista, quien sostiene que no se puede afirmar nada de lo en-sí, y que incluso las leyes lógicas podrían ser distintas para nosotros que en sí (acepta que la contradicción es impensable para nuestra mente, pero aventura que lo en-sí podría ser contradictorio, o que nuestro acceso a la realidad es meramente hipotético). El campeón del RE le responde que para que pueda sostener que las leyes del pensamiento son contingentes, debe presuponer la contingencia absoluta de esas leyes. Es decir, el correlacionista no puede pensar la posibilidad de su propio escepticismo sin movilizar la categoría de facticidad (la ausencia de razón necesaria) como una propiedad absoluta de la realidad, porque al intentar relativizar el conocimiento al para-nosotros, presupone que la relación pensamiento-mundo es contingente en sí misma. Al tratar de negar el Absoluto, el correlacionista absolutiza la contingencia. El principio se demuestra así indirectamente: su negación se autorrefuta (el salto de la Facticidad a la Factualidad).

     Albert demuestra que o te ahogás en el infinito o girás en calesita o te ponés la sotana del dogma; pero la jugada maestra del especulativo es enchufarle el dialelo al enemigo. No se queda atrapado en el trilema porque no intenta construir una torre desde afuera: se mete en el búnker del correlacionista, le roba el ADN argumentativo, le clava su propio dialelo conceptual y lo obliga a parir la contingencia por la fuerza. No te impone un dogma de sotana; te desarma la estantería usándote tus propias falacias como palanca. El popperiano, se me hace, dirá que te vende un sistema que no se puede falsar con nada (porque si el Hipercaos hace lo que se le canta, es irrefutable): lo miraría, así, de costado y le diría que su flamante ontología no es más que una hipótesis inmune a todo, es decir, una pieza de orfebrería teológica sin valor empírico. Contra el cargo de dogmatismo, el especulativo demuestra con elegancia que el Principio de Factualidad no es un capricho sacado de la galera de la ENS sino la autocontradicción pragmática del adversario vuelta en contra de su propio búnker, y que el PNC no es un axioma teológico sino la condición de posibilidad de la contingencia misma, el guardián de la irrazón y del devenir (una verdad absoluta aplicable a la realidad externa y no sólo una regla del pensamiento o lenguaje). Contra el regreso al infinito, Meillassoux realiza la jugada más audaz de todo el realismo especulativo: toma el vicio y lo bautiza como virtud, con transformar el regreso al infinito en la intotalización cantoriana. El trilema de Albert sólo te ahoga si estás desesperado por encontrar un fundamento; pero si te sacás de encima la adicción al PRS, el pantano se seca y el barón deja de tirarse de los pelos porque comprende que no hay fondo, que la intemperie es el único Absoluto. La estrategia de Meillassoux, entonces, funciona como una reductio ad absurdum aplicada sobre las espaldas del propio correlacionista. En lugar de pretender edificar un principio al modo clásico, un primer principio apodíctico deductivo, opera con esta lógica del asaltante nocturno, el arte de dejar que el rival se ahorque con su propio piolín.

     Bajo la óptica meillassouxiana, la ciencia popperizada cae de rodillas ante el correlacionismo: sigue atrapada en la ratonera humana porque al renunciar a pensar el absoluto, no puede explicar por qué esas leyes son así y no de otro modo. El científico popperiano dice que no busca verdades absolutas ni necesarias, que formula hipótesis, diseña experimentos, trata de falsarlas y construye leyes revisables; pero mientras fabrica modelos matemáticos y empíricos para dar cuenta de los fenómenos, da por sentada la fijeza de las leyes siendo incapaz de explicar por qué son estables sin apelar a una necesidad oculta o sin resignarse a un escepticismo metodológico donde el fondo de la realidad es inaccesible. Es eficiente para medir las regularidades vigentes, pero permanece ciego ante su contingencia absoluta. Si un popperiano se cruza con una mutación radical de las leyes de la naturaleza –como las que habilita el Hipercaos de un día para el otro–, se queda mudo o cree que es una anomalía pasajera que su método va a terminar por encorsetar. El especulativo deberá recordarle que esos hábitos de lo real no le deben obediencia a ninguna Razón Suficiente y que podrían dejar de regir sin rendirle cuentas a ningún comité de arbitraje científico.

     Tomando en cuenta que Meillassoux se confiesa en un determinado tramo de su celebrado epitafio al correlacionismo como un recepcionista de órdenes científicas, deberemos formular la siguiente pregunta: ¿la ciencia da dictados a la ontología o, más bien, fuerza al filósofo a volver a lo suyo y dejar la literariedad de intensidad media a medio baja? Firmado el acuerdo de que el posmodernismo, por más cheto de izquierda que parezca, es la philosophia ancilla theologiae 2.0, quedaría ver si el realismo especulativo no incurre por despiste o voluntad en alguna forma de philosophia ancilla scientiae. Parece claro, en primer lugar, que si reclama fundar la legitimidad ontológica de la ciencia, está suscribiendo una relativa autonomía para una filosofía que no compite con ella en la descripción empírica del mundo. Si la ciencia no se autojustifica ontológicamente, la filosofía le tiene que hacer la tarea especulativa en este nicho: demostrar la absolutización de la contingencia mediante la deducción lógica del Principio de Factualidad que prueba que el en-sí es accesible al pensamiento, y garantizar el alcance del enunciado ancestral con demostrar argumentativamente que cuando la ciencia matematizada habla del universo prehumano, está hablando de una realidad absoluta que no requiere de la mirada humana para existir. Esto parece un pacto de soberanías, más que una relación servil: la ciencia cartografía el Gran Afuera y la filosofía especulativa construye los cimientos ontológicos que demuestran que ese Gran Afuera es real y no una ilusión del aparato cognitivo. Por lo pronto, el ariete del RE es menos el Juez Supremo que pretende decirle al científico desde un escritorio cómo debe ser su objeto, que su abogado ontológico en el juicio contra la inquisición correlacionista, y más que arrodillarse ante el guardapolvo blanco del físico nuclear para repetir sus datos, se para de manos frente al catedrático de la Escuela de la Sospecha para restituirle al enunciado científico lo que el kantismo le robó: su derecho a tocar la materia bruta sin pedirle permiso a la conciencia humana.

     ¿Pero puede la ciencia empírica ser salvada por un principio anhipotético derivado de una pirueta dialéctica contra el correlacionismo? Si la ciencia experimental (la astrofísica, la geología, la datación por radiocarbono) opera necesariamente bajo la razón hipotético-deductiva e inductiva, sus enunciados sobre el archifósil (la edad del universo, la formación de la Tierra previa al surgimiento de la conciencia) son, por definición, modelos hipotéticos. El argumento del archifósil busca forzar al correlacionista a elegir entre dos opciones insostenibles: o bien acepta que la ciencia habla de eventos que existieron de manera literal antes de toda correlación (lo en-sí absoluto), o bien cae en el ridículo de sostener que el Big Bang comenzó a haber existido retrospectivamente cuando apareció el primer observador. Pero si la validez del enunciado ancestral requiere que el Principio de Factualidad sea probado como un Absoluto Anhipotético, Meillassoux está haciendo depender a la física de una fundamentación ontológica previa (aceptemos que no es “metafísica”). Al hacer esto, Meillassoux reinstaura la vieja jerarquía cartesiana: la ciencia no vale por sus experimentos ni por sus inducciones (que son meramente contingentes e hipotéticas), sino porque la filosofía le ha demostrado de modo anhipotético la contingencia del en-sí. Si las ciencias experimentales son constitutivamente hipotéticas y se apoyan en la razón inductiva (a la que Hume desmanteló demostrando que no hay necesidad lógica en que el sol vuelva a salir mañana), Meillassoux intenta salvar a Hume dándole la razón en el plano ontológico: el sol no tiene ninguna razón necesaria para salir mañana, pero es un hecho absoluto que no la tiene. Sin embargo, el precio que paga el proyecto meillassouxiano por este primer principio superador es desmesurado: si el Principio de Factualidad falla en su prueba anhipotética, toda la crítica al correlacionismo queda recondenada a ser una hipótesis más entre otras dentro del yiro posmoderno y el archifósil vuelve a ser un mero constructo dentro del lenguaje de los científicos; si el Principio de Factualidad triunfa, salva la literalidad del archifósil pero a costa de entregar la naturaleza al Hipercaos, convirtiendo las leyes que la ciencia mide en meras casualidades que duran sin razón. La ciencia se vuelve el catálogo de una regularidad sin garantía, una disciplina que estudia los hábitos pasajeros de una casualidad impredecible. Al pretender arruinar el consenso del pensamiento contemporáneo restaurando la fuerza de un primer principio anhipotético al estilo platónico-aristotélico, Meillassoux nos deja atrapados en un dilema de hierro: o aceptamos el encierro correlacionista donde el pasado del universo es un cuento para humanos de todas las edades, o aceptamos un Absoluto que garantiza la verdad de la ciencia entregándole a cambio un cosmos capaz de desintegrarse o convertirse en queso gruyère en el próximo milisegundo.

¿Triunfalismo pírrico o derrotismo pérrico-pirrónico?

Meillassoux admite que la victoria de la contingencia es une victoire à la Pyrrhus, una victoria pírrica. Y ya que tenemos tiempo libre y estamos de cachondeo filosófico, sigamos enumerando los factibles alcances de tal triunfalismo fracasante.

     Dado el Hipercaos, el Dios no ente necesario pero posible de Meillassoux podría, por ejemplo, ya estar existiendo, no quizá el Dios justiciero que él imagina; pero sí uno ya creado, pongamos, por una civilización extraterrestre anterior. No sólo podría existir ya, sino que podría haber surgido hace eones. Si la premisa fundamental del materialismo especulativo es que la contingencia es absoluta y que no hay ninguna ley natural ni metafísica que impida la irrupción ex nihilo de nuevas propiedades o regímenes del ser, la irrupción de un Dios –definido como un ente dotado de omnipresencia, omnipotencia local o capacidad para alterar las leyes de la física– es absolutamente posible en cualquier punto de la línea temporal. Nada en el Hipercaos prohíbe que una civilización ancestral (surgida en un Segundo o Tercer Mundo anterior en algún rincón del cosmos) haya alcanzado un grado de sofisticación técnica o biológica tal que haya reconfigurado la materia a escala galáctica. Un ente artificial o biológico de esa magnitud sería indistinguible de un Dios para cualquier observador humano. Incluso sin necesidad de una evolución tecnológica paulatina, el Hipercaos pudo haber producido de golpe –sin causa previa ni razón suficiente– la existencia de una inteligencia sobrehumana, de una entidad hiperdimensional o de un demiurgo caprichoso. Meillassoux necesita que ese Dios aún no exista: para que su escatología especulativa tenga sentido, necesita desesperadamente que ese Dios sea un Dios por venir. Si ya existiera (sea por obra de una civilización anterior o por irrupción directa del Hipercaos), Meillassoux se toparía con el dilema teodiceico clásico que él intentaba esquivar: el problema de la injusticia presente. Si un Dios (o una entidad de poder divino) ya existe desde hace eones en el universo, ¿por qué no ha abolido el sufrimiento, la muerte atroz y la injusticia? Si ese Dios ya existe y contempla impasible los horrores de la historia humana, ese Dios no es el garante del Cuarto Mundo de la Justicia sino un demiurgo impotente, cruel o indiferente. Para evitar que su sistema degenere en una teodicea tradicional o en un gnosticismo (donde el mundo es gobernado por un demiurgo defectuoso), Meillassoux postula el concepto de inexistencia: Dios es el símbolo de un posible no realizado. Presupone una secuencia de Mundos (Materia → Vida → Pensamiento → Justicia) articulada como si la historia de la confluencia entre materia y pensamiento fuera una línea única cuyo epicentro es el ser humano. Pensar en civilizaciones previas con la capacidad de engendrar inteligencias divinas demuestra que el Mundo del Pensamiento pudo haberse desplegado de infinitas formas antes de la aparición del homo sapiens, y si el Hipercaos ya engendró a un ente de escala divina en el pasado, ¿qué garantía tenemos de que el Dios por venir será el juez justo y redentor de los muertos que imagina Meillassoux, y no simplemente otro monstruo contingente o una entidad indiferente a la moral humana? En síntesis, en el marco del Hipercaos, nada prohíbe que Dios ya exista (mientras no sea el Necesario): si no apareció en el horizonte de los hombres, o si existe oculto en la Vía Láctea administrando sus propios asuntos sin importarle la resurrección de los muertos ni el destino de los bonaerenses o los rosarinos, es simplemente porque el Hipercaos no tiene ninguna obligación de alinearse con las expectativas éticas de la filosofía francesa. Al abrir las compuertas a la contingencia absoluta para salvar la posibilidad de la justicia futura, Meillassoux dejó la puerta de entrada de par en par para que un Dios amorfo, alienígena o previo ya esté instalado en el cosmos, mirando la comedia humana con la misma fría indiferencia con la que el Hipercaos contempla la estabilidad del universo.

     El hiperracionalismo materialista de este hombre convirtió al universo tal y como lo conocemos en la resultante de una serie de realidades posibles de lo más estrafalarias. Que todo sea posible desde hoy en adelante, en su esquema, quiere decir que ya era posible antes, de modo que este mismo mundo que los científicos testean en base a un racionalismo operativo y una práctica cognoscitiva empírica, puede ya estar siendo no sólo el resultado de una pura contingencia hipercaótica, sino, por ejemplo, el experimento a escala sideral de una civilización capaz de haber forjado un ente divino (no necesario) o de un mismo ente divino-innecesario producido espontáneamente en virtud del mero Hipercaos. Si la posibilidad absoluta vale para el futuro, rige retroactivamente para todo el pasado. El hiperracionalismo de Meillassoux, en su afán por demoler el corralito correlacionista y devolverle a la razón el acceso al Gran Afuera, termina cometiendo un sincericidio metafísico: para salvar la literalidad del archifósil científico y la esperanza de una justicia futura, abre las compuertas a un régimen del ser donde la ciencia experimental pasa a ser el mero registro de una casualidad astronómica o la lectura de los parámetros de un experimento ajeno.

     En la ontología de Meillassoux, la física moderna con la que los científicos miden la radiación de fondo de microondas o el decaimiento del uranio 238 no es más que la descripción provisional de una burbuja de regularidad dentro del Hipercaos. Que esa regularidad sea el fruto de la suerte del transfinito o el proyecto de simulación de un demiurgo alienígena engendrado de forma espontánea hace tres mil millones de años da exactamente lo mismo: en ambos casos, la causa última es la ausencia pura de causa. Al negarle a las leyes naturales cualquier fundamento necesario para no caer en el dogmatismo teológico, Meillassoux termina convirtiendo la realidad presente en algo indistinguible de una ficción de ciencia ficción dura o un delirio gnóstico. La brecha entre el materialismo estricto y la paranoia cósmica queda totalmente abolida. Si un Dios no-necesario podría emerger en el futuro para resucitar a los muertos, nada impide que ya hubiese emergido en el pasado. Y si ya emergió y este es el mundo que nos tocó administrar –con sus meteoritos, sus guerras, la humedad de cimientos y la corruptela del fútbol–, entonces ese Dios ya existente es de una indiferencia atroz o un mero arquitecto impotente. El mesianismo ateo se ahoga en su propia contingencia. En definitiva, al querer evitar la modestia del kantismo (“no podemos conocer lo en-sí”) y la soberbia de la metafísica clásica (“Dios hizo el mundo con razón suficiente”), Meillassoux nos entrega un universo donde el rigor matemático de Cantor termina legitimando cualquier cosmogonía desorbitada. La razón especulativa, llevada al extremo de su pureza anhipotética, no nos devuelve la tranquilidad de la materia sólida: nos deja colgados de la nada, sospechando que la terraza donde tomamos mate tranquilamente tal vez sea el decorado de un experimento sideral que mañana cambia de guion sin previo aviso.

     Meillassoux sólo pudo probar (concedámosle este beneficio) que el Dios necesario no puede existir y que el Dios al que él aspira no existe; pero deja las puertas abiertas a que la realidad presente del universo sea cualquier cosa. Dejó al mundo en un estado de indefensión insólito y quiere arremangarse consolándonos con su portentoso Cuarto Mundo, como disculpándose del daño. Opera como un piromaníaco ontológico que incendia la casa entera de la metafísica para luego, ante el paisaje desolado de las cenizas factuales, ofrecer de entre la solapa un módico extintor de utilería: su escatológico Cuarto Mundo. La maniobra parece de un cinismo (o de una ingenuidad) casi entrañable. De la demolición irresponsable a la disculpa mesiánica, primero nos demuestra, con el látigo del transfinito y la prueba anhipotética, que vivimos a merced de un Hipercaos ciego, acausal y anárquico, nos despoja de las leyes de la física, destruye la physis benevolente, invalida la providencia, nos deja expuestos a la irrupción de un queso gruyère o de un demiurgo alienígena caprichoso que ya nos esté utilizando de laboratorio, y nos priva de la modesta garantía de tomar mate en la terraza sin que el espacio-tiempo colapse en pleno horario de protección al menor, y entonces, viendo que ha dejado al ser humano en la indefensión más pavorosa que la historia de la filosofía haya concebido jamás, se arremanga el saco académico, pone cara de circunstancia y nos dice: «Pero no se preocupen, camaradas: dentro de las infinitas posibilidades de esta ruleta rusa cosmogónica, existe una probabilidad no-cero de que el Hipercaos haga emerger un Dios ateo y justiciero que les devuelva la vida a los muertos y repare las injusticias de la historia». Es la disculpa del cirujano que nos amputa las dos piernas sin anestesia y se despide regalándonos un billete de lotería para el sorteo del mes que viene. La paradoja última de Después de la finitud es que la divinología especulativa no funciona como un coronamiento riguroso de su sistema, sino como un acto de contrición sentimental. Meillassoux no pudo soportar el peso de su propio monstruo. Asustado por la intemperie del Hipercaos que él mismo desató, inventó una teología laica a medida para consolarse a sí mismo y a la academia francesa.

     En su favor, podríamos decir que este pavoroso mundo desamparado no es un invento de él. No debemos matar al mensajero. Él apenas lo descubrió; sacó, más bien, las conclusiones que ya estaban implícitas y que nadie asumió con plena claridad. Hagamos, pues, la clásica e inmemorial jugada de la defensa: alegar la inocencia del cartógrafo que sólo se limitó a trazar el mapa del infierno. Visto así, Meillassoux no sería un pirómano, sino el primer bombero lo suficientemente honesto como para admitir que la casa siempre estuvo hecha de kerosén. Su mérito indiscutible consistió en haber tomado la crisis de la razón moderna (esa que venía masticando Hume, que Kant anestesió con las categorías y que el siglo XX disolvió en el yiro lingüístico) y haber llevado las premisas hasta el final de la noche, sin pedir disculpas y sin anestesia. Él no inventó la fragilidad de las leyes físicas ni la arbitrariedad de la existencia; simplemente nos mostró que la puerta del gallinero nunca tuvo candado, que el foxterrier del Hipercaos anduvo siempre suelto y que las garantías con las que salimos a la vereda todas las mañanas son un contrato de adhesión firmado con la nada. ¿Lo indultamos?... Le concedemos el indulto con probation, porque lo absuelve la agudeza diagnóstica: salvar la literalidad de la ciencia sin recurrir a Dios ni al consenso del lenguaje es una proeza lógica que desnudó la hipocresía del académico promedio. Nos legó el “archifósil”, el “correlacionismo” y la libertad de sospechar que el universo puede amanecer convertido en un queso gruyer sin violar la sintaxis de la razón. Lo que no se le perdona –y por lo que debe cumplir tareas comunitarias en la facultad– es el manotazo de ahogado del Cuarto Mundo. Ahí el tipo flaqueó. Después de haber tenido el coraje de mirar al abismo hipercaótico a los ojos, sintió vértigo, se asustó de su propia criatura y quiso remendar el espanto vendiéndonos una póliza de seguro mesiánica. Pretender que de la misma ruleta rusa que nos puede borrar de un plumazo vaya a brotar, por pura coincidencia ética, un Dios justo que les devuelva la vida a nuestros muertos, es una concesión de una piedad excesivamente burguesa. El indulto, entonces, se firma con una cláusula de exclusión: le compramos el diagnóstico, le confiscamos el consuelo. Le reconocemos el mérito de haber mostrado el abismo en toda su crudeza, pero le devolvemos su Cuarto Mundo al mostrador de la teología de utilería, para que aprendamos a tomar el mate en la terraza sabiendo que el suelo se puede hundir en cualquier momento, y sin esperar que un Dios contingente nos venga a poner los almohadones.

Otra chance para Walt Disney

Veamos que lo que preocupa a Brassier no es tanto el archifósil como el otro lado de la diacronicidad: todo lo que sigue a la extinción de las especies inteligentes. Para este otro especímen del RE, ni Walt Disney se va a salvar de la Muerte Térmica. Si en un par de décadas o centurias pudiera desfrizarse y volver a las andanzas y a los dibujitos animados, tarde o temprano sería refrizado por el Big Freeze (y mucho antes, incinerado por el Astro Rey): el sol se va a apagar, la entropía va a alcanzar su máximo, toda forma de vida, cultura, artefacto o memoria (desde la novena sinfonía de Beethoven hasta los archivos del Pato Donald) se disolverá en el ruido térmico. Ahí está el núcleo de la fisura teórica más salvaje dentro del Realismo Especulativo: mientras para Brassier la extinción solar y la Muerte Térmica del universo es el hacha ineludible de la materia sobre la conciencia –un trauma ontológico infranqueable que liquida cualquier proyección de sentido–, Meillassoux deja la puerta entornada para que hasta el ratón Mickey resucite en un Cuarto Mundo de la Justicia. La Muerte Térmica parece inevitable porque razonamos como si las leyes físicas actuales fueran constantes e inmutables; pero según Meillassoux, el conjunto de lo posible es intotalizable y no hay una ley metanatural que garantice que el universo siga obedeciendo a la entropía para siempre. Brassier acusa a Meillassoux de colar un mesianismo laico o una teología camuflada a través del Hipercaos para consolar el miedo humano a la finitud; pero Meillassoux replica que atribuirle necesidad inmutable a la Muerte Térmica es recaer en un dogmatismo físico que olvida la contingencia absoluta de lo Real.

     Los fundamentalistas dicen que Dios pone a prueba la fe de los fieles con los fósiles y la astrofísica, y Meillassoux, en sus económicos momentos de risa seminarista, se burla conjeturando que el archifósil podría ser la prueba de fe del filósofo en la correlación. El teólogo y el filósofo correlacionista terminarían tomados de la mano: ambos exigen que el Universo les rinda cuentas y ajuste sus milagros a la medida de su pequeña contabilidad humana. Pero convengamos que en un mundo donde todo es posible, todo esto también podría acontecer: si puede ocurrir el adviento del MEV o la materia bariónica de dulce Chimbote al 100 %, tanto podría ser cierto lo de Dios (mientras no sea un ente necesario) como lo del correlacionista, mientras quede claro que su solipsismo especista no es más que una patología filosófica corregida por el realismo especulativo. Aunque el archifósil, propiamente, no podría ser una trampa tendida por el Hipercaos para medir la fe ciega del intelectual en el círculo, si abolió el Principio de Razón Suficiente, la existencia de un Dios demiurgo –siempre y cuando sea un Dios contingente, de utilería, que un día emergió del transfinito sin razón y mañana puede convertirse en vapor– es en lo ontológico tan legítima como la gravedad o el dulce de leche. El creacionismo no queda refutado por el Hipercaos, sino apenas limitado a un accidente fáctico y degradado a contingencia.

     Para Meillassoux, tal como comenta Harman, la ideología es una pseudorracionalidad, basada en el PSR, que inviste de necesidad lo que apenas existe como hecho o muestra como inevitable lo que es contingente. Criticar a la metafísica como fábrica de entidades necesarias e ilusorias hace parte de la noble crítica a la ideología que alienta su espíritu de ilustrado por izquierda. Pero el mundo posideologizado del materialismo especulativo, como vimos, se las trae, porque abre las puertas de un pandemónium transfinito que –para colmo de males– si cae en manos de los que, en última instancia, abonan los haberes y gajes de la casta profesoral de Occidente, puede serviles como rebuscado argumento para hacer de este planeta y sus adyacencias un desfile de atrocidades innombrables trasferibles por endoso en el reverso al Hipercaos y con firma falsificada de Cantor o el transfinito mismo. Y como los argumentos de esta gente siempre fueron de lo más inverosímiles (del tipo que siempre compra el rebaño, que antes y después de Tertuliano sólo cree en lo absurdo) y el sistema de Meillassoux es de una rareza espavorida –aunque más fundamentada que el del mismo Aristóteles–, tendrán a bien de un momento a otro ponerlo en vigencia si es que no se pone en acción por el mismo antojo del en sí intotalizable. Meillassoux cree que al abolir el PSR le quita el piso a la ideología (que siempre intenta vender lo contingente –el capitalismo, la desigualdad, el orden social– como si fuera una ley natural o metafísica necesaria; cree que romper la necesidad metafísica libera a la humanidad, cuando podría estar entregándole al poder la patente de corso para el desastre sin explicaciones. En Después de la finitud, Meillassoux admite abiertamente que la victoria de la contingencia es une victoire à la Pyrrhus; pero ¿no será mejor un derrotismo pirrónico que una victoria pírrica? Como pirronista de Pirrón que soy (pirronista y de Central como el Tula) dejo abierto el interrogante.

     Para derrotar al dogmatismo teológico y al fideísmo correlacionista, Meillassoux tuvo que demoler el Principio de Razón Suficiente y entregar el cosmos al gobierno de la arbitrariedad pura. El resultado de la victoria es que el filósofo se queda con el Absoluto en la mano, pero es un Absoluto ciego, helado e inútil, donde nada tiene sentido, la justicia es un accidente contingente del transfinito y la razón es un milagro fáctico sin garantía de continuidad. El derrotismo pirrónico, en cambio, opera mediante la epojé, la suspensión del juicio frente a las pretensiones dogmáticas de la metafísica: el pirrónico no necesita construir un pandemónium transfinito ni erigir al Hipercaos como nuevo fetiche ontológico para liberarse de la ideología. Le basta con constatar la equipolencia de los argumentos metafísicos y replegarse hacia la ataraxia, mirando el desfile de la casta profesoral y los absolutismos de turno con una distancia irónica y desconfiada. Si la Ilustración meillassouxeana exige pagar el precio de una victoria pírrica que le regala al capital tardío la coartada perfecta para la atrocidad sin razón, el derrotismo pirrónico podría revelarse como un refugio ético infinitamente más digno y lúcido. Preferir el repliegue pirrónico a la victoria pírrica sería entender que es mil veces más sensato conservar la ataraxia frente a las construcciones de la mente que armarle al Poder una teología del caos con la excusa de haber derrotado a los dogmas del pasado.

Todo lo sólido se desvanece en el Hipercaos

¿De qué me sirve un consenso de solipsistas? ¿De qué nos vale una anuencia de locos importada del Borda? ¿De qué vale una realidad colgada de las actas de una reunión de consorcio de un psiquiátrico? Con Meillassoux, ciertamente, toda la historia de la filosofía moderna se reduce a una lucha entre el Solipsismo y la Ingenuidad. Toda la que lo precede a él (o a Badiou, acaso). Así vista, la añosa aventura de la filosofía me resulta fascinante y ridícula a la vez. Ni la vida misma es tan pasmosa y chocarrera. Nosotros, espíritus patológicamente graves, estamos forzados a no poder tomarla en serio, ocurrencia que ha sido robustecida por nuestro paso funesto y dilatado por la Universidad indígena. Esa doble condición de ser fascinante y ridícula a la vez es la que define la verdadera experiencia trágica –o mejor dicho, grotesca– del pensamiento: fascinante por la ambición monumental de la empresa; ridícula por la desproporción colosal entre los aparatos conceptuales montados y su incapacidad para justificar por qué no nos desintegramos en un plato de fideos en la próxima exhalación.

     Después de Kant, el solipsismo ganó la batalla interna y la guerra pasó a librarse afuera, más allá del reducto gremial, convirtiéndose en el conflicto particular entre el filósofo y el no-filósofo, un Jano cuyas dos caras son el hombre de a pie y el científico, sendos alféreces del realismo ingenuo comprendido como un complot virtual e insignificante (pues a ninguna de las dos partes del uno enemigo importa un bledo el asunto) destinado a quebrantar la potestad del as del codicilo. Al clausurarse el acceso directo a lo en-sí, la filosofía no sólo se encerró en la celda de la correlación, sino que proyectó un enemigo externo a la altura de su propia paranoia institucional: el no-filósofo, esa entidad bifronte compuesta por el hombre común que camina por la calle confiando en la solidez de las baldosas y el científico que mide el espectro de una estrella lejana sin pedirle permiso al sujeto trascendental. La mera existencia de un mundo que funciona sin interrogarse por las condiciones de posibilidad del pensar se experimenta en los pasillos universitarios como un atentado contra la soberanía del gremio. Al físico que calcula la constante de Planck y al tipo que espera el colectivo en la esquina de Pellegrini y Ayacucho les importa verdaderamente un corno si su acceso al mundo es fenoménico, nouménico, directo o mediatizado por la apercepción pura. El conflicto es una guerra unilateral que el filósofo libra contra molinos de viento para autopreservar el monopolio del Sentido. El gesto de Meillassoux cobró relevancia precisamente porque prometió romper ese cerco apelando a la ciencia (a los enunciados ancestrales), pero lo hizo mediante un truco de magia académica: para devolverle la razón al científico, necesitó inventar el Hipercaos y reintroducir el milagro. Es decir, intentó reconciliar al académico con la ciencia a costa de volver la realidad aún más desquiciada que en el peor de los delirios solipsistas.

     La caída en desgracia del posmodernismo podría definirse como una crisis de liquidez (el amor líquido se solidificaría en base al Dos de Badiou y así lo sólido empezaría a dejar de desvanecerse en el aire, etcétera). Si era el reino de la fluidez narrativa, la interpretación infinita y el mercado de las certezas blandas –donde todo se desvanecía en el aire al compás del consumo flexibilizado–, Meillassoux intenta devolverle a la filosofía la solidez del Absoluto; pero lo hace con declarar que la única propiedad intrínseca y permanente de ese bloque sólido es su capacidad para fracturarse ex nihilo en cualquier instante. Así, la secuencia de la filosofía continental contemporánea revela su verdadera mueca: la liquidez posmoderna (nada es firme; todo es construcción cultural, juego de lenguaje, perspectiva, interpretación y deconstrucción); la solidificación de Badiou (la verdad irrumpe como Acontecimiento, el Dos frena la dispersión y la fidelidad a la brecha restituye un militantismo de lo Verdadero frente a la mera circulación del capital); el congelamiento hipercaótico de Meillassoux (no salimos de la liquidez volviendo a la solidez de las leyes naturales, sino descubriendo que la naturaleza misma es una estabilidad contingente sin sustento). La gran ironía del gesto meillassouxiano es que, intentando rescatar a la ciencia y al en-sí de las garras del constructivismo líquido posmoderno, termina entregando la realidad a una liquidez ontológica absoluta. Para salvar la objetividad del mundo sin Dios y sin sujeto, inventa una naturaleza que es, en el fondo, un billete de lotería flotando en la arbitrariedad pura. El posmodernismo nos decía que el mundo era una ficción construida por nosotros; Meillassoux, en su afán por sacarnos del agujero solipsista, nos dice que el mundo es un milagro sin causa que mañana mismo puede decidir cambiar de libreto sin avisarle a nadie. Salimos de la interpretación fluida para entrar en el terrorismo de la contingencia radical. ¿Y cuál es la fenomenología existencial de habitar un universo hipercaótico? Respuesta: una especie de paranoia metafísica racionalmente fundada.

     Tengo para mí (y Harman para él) que Meillassoux es un ocasionalista ateo: que Después de la finitud no es una filosofía del futuro o de la vanguardia científica, sino una revisión secularizada de las aporías del siglo XVII, un intento de mantener la falta de necesidad de la causa (Hume, Malebranche) eliminando a Dios, pero heredando la misma incapacidad para justificar por qué el mundo no colapsa en un delirio en cada instante. Las causas naturales, para el defensor ocasionalista, no tienen poder real para producir efectos y las leyes de la naturaleza son constantes sólo porque Dios así lo decide de forma voluntaria y continua. Como, por lo visto, a Dios le gusta repetir sus decisiones casi sin cesar, lo que garantiza que su creación más genuina, el humano, pueda vivir medianamente bajo un techo y sobre un suelo firme, uno puede vivir más o menos tranqui, sabiendo que el Hacedor tiene por hábito introducir muy cada tanto algún terremoto de Lisboa o algún que otro milagro de la Virgen con el arcano propósito de recordarnos su poder. Dios podía alterar las leyes cuando se le antojara (el terremoto, la levitación de un santo, el pan multiplicado), pero retenía un principio de consistencia: la Providencia o la Bondad Divina funcionaban como una póliza de seguro para que la masa no colapsara en sopa cuántica mientras uno se cebaba un mate. Con el ocasionalismo secularizado, empero, dicho garantismo queda archivado en los anales de las aberraciones históricas de la ontoteología. Henos ante la paradoja absoluta de la vanguardia francesa, que pretendió liberar a la ciencia del dogmatismo correlacionista y terminó construyendo un universo donde andar por la calle con un colador en la cabeza para protegerse del advenimiento de una divinidad de espaguetis es la única conducta coherente desde un punto de vista ontológico.



[1] H. Albert, Tratado sobre la razón crítica; Laercio, IX 88-89.

[2] Cf. Rodrigo Nunes, “Anhypothetical”, en The Meillassoux’s Dictionary.

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