(Del problème
de Hume a la novela rosa conspiranoica)
Hume funado y las élites contentas
El “principio de irrazón” (principe d’irraison) fija que no existe
ninguna razón de ser o causa necesaria para el ente: la ausencia de razón no es
un límite impuesto por un pensamiento en busca de razón última sino la
propiedad última de todo ente. La necesidad absoluta no importa un ente
absoluto necesario, y con esto se puede ser especulativo-no-metafísico. Lo
absoluto no es el correlato sino su facticidad, el hecho del hay mundo: lo
único que no es fáctico es la facticidad. Meillassoux no desentona con esta
época de inmanentistas irredimibles: como no existe ente necesario, la suya es
una ontología inmanente (cumple con las normas APA) y no ontoteología
reaccionaria. El resultado, como figura por ahí, es un realismo
ontognoseológico: uno porque el ente existe con independencia y puede ser
conocido (directa o realmente) y dos porque el conocimiento es universal,
necesario y verdadero.
El orden físico en vigencia es un simple hecho huérfano de fundamento
(el mero caos de los físicos es un caos módico subordinado a las leyes de la
naturaleza). En la página 91 de la traducción de Caja Negra, Meillassoux dejó
al borde del colapso “árboles, astros, leyes físicas y leyes lógicas”, quedando
las últimas también sujetas a la contingencia, presas trémulas del principio de
irrazón (nada tiene razón de ser). Si el Principio de Razón Suficiente cae,
nada de lo que se considera estable tiene un seguro de vida ontológico. Hasta
ese punto del texto, para que uno sienta el vértigo de la irrazón, las leyes
lógicas quedan temblequeando en la cuerda floja, porque aún no llegó a la
postulación de que la no-contradicción es infranqueable por el Hipercaos. Pero
poco después recoge el cable: rescata a la lógica del colapso y la reubica, ya
no como una ley impuesta por la mente humana (a lo Kant), sino como la única
condición ontológica absoluta que hace posible el imperio de la contingencia. El
Hipercaos podría destruir al mismo devenir y hacer que advenga lo fijo,
inmutable y muerto; pero nunca va a poder producir un ente necesario: todo
puede tener lugar menos eso y la contradicción lógica. Meillassoux dice estar
ejecutando, de este modo, una inversión del platonismo no antiplatónica: el
devenir deja de estar del lado del fenómeno y lo inteligible del lado de lo
inmutable.
En fin, que hay que dejar de creer en la necesidad de las leyes físicas,
muchachos. Sé que es duro, pero hay que hacerlo. Y tan duro es que hasta el
mismo rey David del escepticismo empirista creía en ellas, según parece (yo no
me había percatado o ya no me acordaba –¡es que fue hace tantos años!). Las
leyes de la naturaleza no tienen fundamento, che: lo único necesario es su
contingencia. Todas las salidas al “problema de Hume” –y eso sí que fue un
problema, y no los de pareja (salvo la de sujeto-objeto)– redundaban en la
verdad de la necesidad causal, incluida la del mismito David (al fin y al cabo,
humeana, demasiado humana). Note el que lea que el problema de Hume es un
problema que Popper creyó tratar, cuando en realidad sólo trataba del “problema
de Popper”. Como todo neurótico, nomás hablaba de los suyos, y así se hizo
especialista en sus propios problemas. El principal (o el segundo, después del
de las nonopen societies) era el de
la validez venidera de las teorías científicas sobre la naturaleza, y no la
estabilidad futura de la misma naturaleza o el de saber qué es lo que garantiza
que mañana martes la física misma siga siendo posible. Este otro sí es el de
Hume, el de la causalidad, el de cómo demostrar que de mismas causas seguirán
mismos efectos a futuro, o mismos resultados a idénticas condiciones iniciales.
El principio de causalidad es un principio de uniformidad de la naturaleza que
el falsacionismo nunca puso en tela de juicio, preocupado en su propio asunto,
el de los gremialistas de la filosofía de la ciencia. La primera solución
clásica al problema real de Hume es la metafísica (Leibniz y co.) y dice que la
eternidad del universo o sus leyes está garantizada por la del que las creó, un
ente necesario: se demuestra de forma positiva que la existencia de Dios es
incondicionalmente necesaria (que procede de su sola esencia, y no de una
condición exterior) y después se infiere directamente que nuestro mundo debe
ser y seguir siendo como es (una demostración directa e incondicional de la
necesidad causal). La segunda es la humeana misma y afirma que ni la
experiencia ni la no-contradicción permiten demostrar la necesidad de la
conexión causal (no hay nada contradictorio en concebir que de las mismas
causas saldrán efectos diferentes), que el principio de razón es inaccesible al
pensamiento, por lo que la necesidad de las leyes es una creencia en forma de
hábito o costumbre (se deja de preguntar por qué las leyes son necesarias y se
da una respuesta a la pregunta por de dónde viene la creencia en esa necesidad:
un desplazamiento de la pregunta por la naturaleza de las cosas a otra sobre
nuestra relación con ellas). La tercera es la kantiana y reza que si la
conexión causal dejara de regir el mundo en el futuro, no serían posible la
objetividad ni la conciencia: la no-causalidad no podría manifestarse porque
todo perdería consistencia y nada podría ser representado (una demostración
indirecta, condicional o por al absurdo) –el mismo gag humeano de las bolas de billar está viciado de absurdo porque
la mesa y la habitación en las que actúan las bolas se mantienen dentro del
orden estable. El punto es que ni el metafísico, ni el escéptico ni el
trascendentalista dudan de que exista una necesidad causal, apenas ponen en
cuestión si corresponde otorgársela a la razón: sólo disputaron quién la
administraba (Dios, la costumbre o la estructura trascendental). Aunque
inaccesible, el mismo Hume reconoce que existe una necesidad última de los
procesos físicos –caso contrario, no sería escéptico. Siéndolo, no le cree más
a la metafísica en bloque, pero sigue abrazado como a un rencor a la necesidad
que ella extrapoló a las cosas. Este escoto, bien que negacionista de su
demostrabilidad, era un creyente piadoso en el principio de razón. Escéptico,
como a posteriori toda la caterva
correlacionista analítica o continental, es un padre filósofo de todo ocultismo
y de la mar de supersticiosos. Siendo que las tres soluciones históricas
admiten la verdad de la necesidad causal y que Meillassoux la rechaza, hay que
explicar cómo ocurre la estabilidad de las leyes físicas contingentes: de cómo
verificar que las leyes físicas se mantengan en el futuro a cómo es que hay un
mundo estable montando en leyes contingentes. La respuesta es que la
estabilidad de las leyes no presupone su necesidad, como creyeron todos estos
náufragos del error de la inferencia necesitarista, razonamiento probabilístico
que supone una totalidad numérica, una totalidad de mundos posibles
concebibles. Para aplicar el cálculo de probabilidades a la estabilidad de las leyes
de la naturaleza, hay que presuponer que el conjunto de los posibles universos
o leyes es un conjunto finito o un conjunto infinito totalizable (como las
caras de un dado, por muchas que sean). Sólo se puede hablar de alta o baja
probabilidad si existe un espacio muestral cerrado donde calcular probabilidades.
Para destruir la objeción probabilística sin recurrir a la necesidad física,
Meillassoux recurre a la teoría de conjuntos de Georg Cantor, aquel que demostró
matemáticamente que existen infinitos de distintos tamaños (los cardinales
transfinitos) y que el conjunto de todos los conjuntos no existe. El universo
de las posibilidades matemáticas es una apertura incalculable que no se puede
encerrar en una totalidad o cantidad fija. La condición de estabilidad del caos
es de naturaleza matemática: lo cuantificable no hace un Todo y esa
intotalización se llama transfinito. La contingencia absoluta va más allá del
azar clásico o probabilístico: no se trata de que las leyes naturales tiren los
dados entre opciones prefijadas, sino de que las propias reglas del juego
físico pueden alterarse radicalmente de un modo que ni siquiera se deja apresar
por la noción estadística de frecuencia o probabilidad. Como el conjunto de los
posibles estados del mundo o de las posibles leyes no es totalizable (es
transfinito), el cálculo de probabilidades no se aplica al Hipercaos, que es
concebido como una ausencia de ley superior, forma de tiempo liberada de toda
metafísica y ontología. El Todo se hace imposible y lo contradictorio imposible
e impensable: nada le es imposible al Hipercaos, salvo lo impensable. El hecho
de que las leyes físicas se mantengan estables no demuestra que sean
necesarias, ni tampoco que sea improbable que cambien: simplemente significa
que la estabilidad física es un hecho contingentemente duradero en un océano de
posibilidades transfinitas irreductibles al cálculo probabilístico. Estabilidad
sin Necesidad y transcalculabilidad del Hipercaos. La conclusión del capítulo 4
logra conciliar el Hipercaos con la práctica de la ciencia empírica: las leyes
de la física son contingentes, pero no por eso son instables o caóticas a cada
instante. La estabilidad del mundo es real, pero es una estabilidad factual
(sin fundamento necesario), no metafísica. El físico puede seguir haciendo
ciencia e identificando leyes, pero sabiendo que esas leyes no son verdades
eternas e inmutables de la Naturaleza, sino constancias fácticas sostenidas en
la nada.
En conclusión, amigo, si Vd. se encuentra preocupado porque en cualquier
momento, de un día para el otro, puede caer sobre su techo o sobre cualquier
comarca del planeta un asteroide que, eludiendo todos los radares de los
astrónomos, borre del mapa a la Humanidad toda, nerviosismo que suma al
provocado por la inminencia de la Guerra Nuclear, de una nueva y peor pandemia,
casual o digitada, o del exterminio programado por parte de las élites con el
fin de reducir a la ex clase obrera universal al tamaño más manipulable de un
rebaño de dos mil millones de esclavos voluntarios (sin contar inquietudes de
menor calado como la expectativa de un terremoto-HAARP, la fumigación masiva
con chemtrails o el hecho de que el
agua que sale de su canilla esté hoy administrada por los hacedores de un apartheid hídrico, etcétera), entonces
Vd. es, antes que otra cosa, un vulgar optimista, puesto que ignora por
completo que este pasable y firme universo en el que sobrevive mal que mal y
que los físicos le cuentan casi como una novela rosa, puede mutar en el más impróvido
santiamén y sin preaviso alguno en lo que ni podría imaginarse. Añada este
pavor ontológico al lado de los meramente astronómicos, geopolíticos y
conspirativistas; gentileza de un servidor, Quentin Meillassoux.
Es patente que ante la escala del Hipercaos, toda la preclara paranoia
contemporánea se revela como un mero optimismo ingenuo, como si estuviéramos
ante un Genio Maligno regulado por el Cándido de Voltaire: la versión sombría
del panglosianismo. La abstracción técnica de la factualidad se transforma en
una verdadera experiencia de horror ontológico, y el conspiranoico que todos
deberíamos llevar dentro pasa a ser un cándido creyente en el Principio de
Razón Suficiente. Tanto el astrónomo que calcula la órbita del asteroide, como
el epidemiólogo, el estratega militar o el teórico de la conspiración más
extremo, comparten sin saberlo la misma fe dogmática: todos asumen que hay un
orden, un plan o una ley subyacente. El conspiranoico, que prefiere un tirano
con un plan antes que el vacío, cree que el mundo es malévolo; pero al menos
cree que está gobernado por leyes de causa y efecto (alguien aprieta el botón, otro
fumiga, un tercero diseña el virus). Hay un porqué, aunque sea perverso. Incluso
la extinción por un asteroide sigue las consoladoras y predecibles leyes de la
mecánica celeste de Newton y Einstein. El Hipercaos destruye ese consuelo de
fondo. Lo que Meillassoux introduce no es la amenaza de que alguien o algo nos
destruya mediante las leyes de la física, sino la posibilidad de que las leyes
de la física mismas dejen de funcionar sin razón alguna: que de pronto la
gravedad se invierta, que la materia orgánica pierda su cohesión atómica, o que
el espacio tridimensional colapse en un instante, no porque una fuerza física
lo provoque sino porque no había ninguna razón para que la física siguiera
siendo así. En comparación con la contingencia radical del tiempo desatado, un
apocalipsis nuclear o una elite global reduciendo la población son, en efecto,
novelas rosas: relatos entrañables donde las causas siguen produciendo efectos
y donde el cosmos sigue siendo infantilmente predecible. No hay Genio Maligno ni agenda oculta; nomás hay un
tiempo desatado que no le debe nada a nadie y que puede hacer colapsar las
constantes universales sin avisar y sin resentimiento. Ante el vacío absoluto
de la irrazón, creer en el Apocalipsis o en el Nuevo Orden Mundial es,
efectivamente, una forma conmovedora e ingenua de consuelo.
Podemos decir, asimismo, que Meillassoux brinda en bandeja de plata a
los amos del mundo la coartada perfecta, una excusa inédita y jamás considerada
con la que podrían llegar a exculparse de las atrocidades de superhombres que
están siempre prestos a cometer: de aquí en más podemos contemplar las más
rebuscadas e impensables calamidades y endosárselas sin culpa al Hipercaos. No
des ideas, Quentin.
Si los pensadores del siglo XX criticaron la metafísica tradicional por
servir de ideología de dominación, la ontología de Meillassoux corre el riesgo
de ofrecer la coartada perfecta para el siglo XXI: la coartada del Absoluto
Contingente. Hasta ahora, la impunidad del poder necesitaba sofismas elaborados
–“daños colaterales”, “crisis inevitables del mercado”, “fuerza mayor” o “inevitabilidad
histórica”–; pero el Hipercaos les regala una figura de una elegancia
exculpatoria imbatible: la Factualidad sin causa. Si el Principio de Razón ha
sido ejecutado y las leyes (físicas, sociales o económicas) no tienen un
fundamento necesario, ¿cómo imputarle a un comité ejecutivo, a un Estado o a un
algoritmo financiero la responsabilidad de una catástrofe? La respuesta del Amo
especulativo será impecable: “Nosotros no fuimos; fue una fluctuación no-causal
del Hipercaos”. Ante una hambruna inducida, un colapso sistémico o la
volatilización de los ahorros de tres generaciones, la retórica ya no necesita
pedir perdón ni inventar complots porque el desastre puede ser una propiedad
ontológica; le bastará con encogerse de hombros e invocar a Meillassoux: la
estabilidad de las leyes era un hecho precario; hoy el dado simplemente cayó
del otro lado en el espacio transfinito de Cantor. Otra que la Mano Invisible:
si el Antiguo Régimen y la Ilustración usaron a Dios o a la Razón para justificar
el orden existente, el tecnocapitalismo tardío encuentra en la contingencia
absoluta la herramienta perfecta para justificar la arbitrariedad de la
devastación. El poder ya no exige que creamos que este es el mejor de los
mundos posibles (Pangloss/Leibniz), sino que aceptemos que este mundo puede
colapsar en cualquier momento sin porqué (Meillassoux). Así, el realismo
especulativo –que nació con la ambición filosófica de devolverte el acceso a la
realidad en-sí frente a la cristalina mazmorra correlacionista– termina
convertido en el manual de excusas de la élite global: la doctrina oficial
donde las atrocidades más fríamente planificadas se archivan en el expediente
de lo inevitablemente fáctico.
¿No comenzaremos, de acá en más, a rezarle al Hipercaos y no a Dios? Yo
le rezaría pidiéndole que no se le antoje convertir a este mundo en un mundo
aún peor que el podido. El Hipercaos es un creador ex nihilo tan omnipotente, de toda suerte, que podría no sólo
decretar el fin del mundo tal y como lo conocemos sino –lo que para Jameson
sería inaceptable– el fin del mismo Capitalismo (… algo de bueno tenía que
tener).
Meillassoux, en fin, hace pie en la ontologización del teorema de Cantor
(como su putativo padre Badiou cuando arenga que la matemática es la ciencia
del ser en tanto que ser). Cantor permite hacer a lo posible intotalizable,
hacer impensable el Todo cuantificable de lo pensable, llevar a la
destotalización del ser en tanto que ser. De todos modos, el autor se da en
este tramo un baño frío de prudencia y apenas asegura que a partir de Cantor,
por lo pronto, no se puede afirmar que lo concebible sea por necesidad
totalizable; sencillamente, Meillassoux no puede negar a priori que sea también pensable que lo pensable sea una totalidad,
ya que la teoría de conjuntos es una axiomática entre otras, aunque una que al
menos demuestra una incertidumbre relevante en cuanto al ser-Todo de lo
posible. El simple hecho de suponer la verdad de tal axiomática, escribe, permite
descalificar la inferencia necesitarista, “y con ella toda razón de creer
todavía en la existencia de una necesidad de las leyes físicas que se sobreañada
misteriosamente al hecho de la estabilidad de esas mismas leyes”. Si la
totalidad de lo posible no puede ser decidida a priori, la razón aleatoria (el razonamiento probabilístico) debe
restringirse a los objetos de la experiencia y no extenderse a las leyes mismas
del Universo. El cálculo de probabilidades ha de aplicar a fenómenos dados en
el mundo y no necesariamente a nuestro mundo en su conjunto. Lo posible
concebible como un Todo es hipótesis y no certeza; pero tampoco se puede
establecer positivamente que lo posible sea intotalizable. “Aquel que totalice lo posible –escribe
el autor– legitimará la implicación
frecuencial, y de ahí la fuente de la creencia en una necesidad real de la que
nadie, nunca, comprenderá la razón: sostendrá que las leyes físicas son
necesarias y que nadie puede saber por qué son esas leyes y no otras las que
existen de modo necesario. Podemos aplicar entonces la navaja de Ockham a la
necesidad real: puesto que esta se convierte en una "entidad" inútil
para explicar el mundo, podemos prescindir de ella sin otro perjuicio que la
abolición de un misterio.”
A problemática metafísica, solucionabilidad especulativa. Hay una manera
no ondera de codear fuera a Kant. La posmetafísica siglo XX, en sus dos
variantes –la continental o de tierra firme y la anglo o (por ende)
talasocrática– descansa en el no problem.
De ahí a decir que “la Onda es más importante que el Conocimiento” –tesis de
punta del neoimpensamiento-mucho de CABA, aporte vernáculo genuino al campo
metafilosófico–, el paso es menor. Meillassoux nos revela a los espectadores de
la filosofía que la creencia posmetafísica en la insolubilidad de las preguntas
metafísicas –esos “falsos problemas” ingenuo-dogmáticos– resulta de la creencia
ciega en el principio de razón. El que cree que tales preguntas no tienen
solución, imprime, sigue creyendo que especular equivale a descubrir la razón
última del ser-así, a descubrir una causa, una razón necesaria. Sólo el
abandono del principio de razón permite dar sentido a los problemas metafísicos.
La respuesta especulativa a la pregunta metafísica de por qué las cosas son así
y no de otra manera es “por nada” (pour
rien). Deja de haber misterio no porque no haya problema sino porque no hay
razón. Semejante respuesta al problema de Hume o al de por qué hay algo y no
nada comporta una avanzada sobre el encogerse de hombros actualmente dominante,
dice. Nótese que este doble cachetazo a los vástagos del Circulo de Viena y al
dandismo de cátedra de los posmos, a la vez que los deja bastante en ridículo,
rescata, al margen del enunciado ancestral, la dignidad de los ancestros
metafísicos, una gerusía póstuma que si bien ya no da réplicas válidas, sigue
aportando cuestionarios a resolver y no tonteras de viejo gagá. La Metafísica
ya no paga con certezas, pero sobrevive entre sus signos de pregunta. El
filósofo siglo XXI ya no se consolará con prometer problemitas nuevos, deberá
denunciar las falsas falsificaciones y volver a dar voz inquisitiva a los
difuntos sin voto. No se trata de cancelar la edad de los por qué de un
castañazo; lo que debe hacer el buen adulto ilustrado a la francesa es brindar
al niño filósofo una respuesta alternativa a la del abuelito dogmático y a la
de la tía correlacionista, esa solterona progre que le dice que la angustia
trascendentalista se sofoca con la onda.
Puede que el cantorismo vandalizado ontológicamente sea un gigante con
pies de barro, o pies de página a Platón, pero al menos pisa no dejando sólo
frecuenciales marcas de agua hechas con la plantilla ortopédica y suficiente de
la razón necesitarista. Tiene la virtud irreductible de interrumpir la continuidad del suelo y desbaratar la ilusión de
que el espacio muestral del Ser ya ha sido medido y encorsetado por la Razón
Suficiente. El especulador realista se sube a cococho de los gigantes de la
pregunta metafísica sin miedo a caer en el lodo del dogma. Peor es querer
salvarse del hundimiento en el charco jalándose de la propia melena, como el
barón Münchhausen correlacionista.
Hasta el 31 de diciembre del 2000, la Academia era un Club de
Solipsistas. Y ser un solipsista clubman,
un Walter B. Jehová con carga docente de 40 horas semanales, no es ni chicha ni
limonada. Si la vida es sueño, ¿por qué seguir sintiéndose de esas cadenas
cargado, una cátedra, una revista Gente
indexada? ¿No era un estado más lisonjero quedarse en casa, donde ser ya no es
ser-percibido ni tiene permitido el ingreso el COVID-19? Pero no; percibir por
percibir, percibamos también un salario, reza el profe intersolipsista. El
filósofo profesional hasta ayer contemporáneo, dicho solipsista que para
hacerse de la portación del carnet académico de “serio” socializa los límites
de su mundo interior, en fin, ese espécimen de aula que ahora lleva como orejas
de burro el apodo de correlacionista, cree en el fondo que los científicos no
son menos superficiales que los no-científicos-no-filósofos (el mero ganado
humano que los metafísicos llamaran antaño vulgo o autómatas del otro lado de
la ventana). La peregrina idea de un electromagnetismo, una gravedad o dos
fuerzas nucleares que escapen a la sola
scriptura o al hombrecito del sombrero gris bautizado como Sujeto
Cognoscente le resulta una frivolidad. La ciencia es vulgaridad, dijo
Heidegger, y nos conquistó. El materialismo especulativo a la Meillassoux no
deja un estado de cosas muy lisonjero que digamos, nobleza obliga reconocerlo. Tiene
su onda, porque nos da de aguinaldo “un absoluto no tradicional” (no causa
última, no entidad necesaria), y toda novedad se agradece –máxime en un mundo
que es de gracia, magüer bochornoso. El principio de factualidad se nos hubo
presentado como un primer principio demostrado anhipotéticamente (no deducido
de otro enunciado), o sea, con toda la fuerza racional que demandaban Platón y
Aristóteles, porque se probó de forma indirecta con demostrar que aquel que lo
impugne sólo podrá hacerlo refutándose a sí mismo, presuponiéndolo como
verdadero. Como consuelo queda que en este otro caso no hemos salido del
terreno de la hipótesis, ya que el problemilla de Hume se resuelve
hipotéticamente. Solución especulativo-conjetural. Puede que el todo todavía
todee, como aún nadea la nada nacional-solipsista.
The Meillassouxian Pastafarianism
Hume se quedó cortito; retrocedió sobre
sus pasos: el monstruo que creó, lo asustó. La tarea del materialista
especulativo, se dice por ahí, es radicalizarlo. Ok. ¿No se le fue la mano al tipo? Veamos.
Repasemos que sin contar con el Hipercaos,
hijo del misticismo lógico-matemático, ya teníamos unos cuantos motivos
astrofísicos, geológicos y geopolíticos de preocupar: el colapso del vacío
cuántico mediante un brote de nucleación de burbuja de falso vacío propagado a
la velocidad de la luz, capaz de hacer que las partículas elementales, las
fuerzas fundamentales y la estructura misma de la materia tal como la conocemos
dejen de existir al ser alcanzadas por el frente de onda; la irrupción de un
brote de rayos gamma procedente de la hipernova de una estrella masiva cercana,
capaz de esterilizar la atmósfera y achicharrar la capa de ozono en
milisegundos; las tormentas solares extremas de escala Evento Carrington,
llamadas a freír de manera instantánea la red eléctrica global y los servidores
donde habita la metafísica contemporánea; las perturbaciones orbitales de la
Nube de Oort por el paso de una estrella errante, que precipitarían una lluvia
incesante de cometas sobre el sistema solar interior; la inversión del campo
magnético terrestre acoplada a una supererupción volcánica de nivel VEI-8, con
su subsiguiente invierno volcánico de décadas; la evaporación termodinámica del
universo por muerte térmica (Big Freeze)
o la ruptura del espacio-tiempo en el Big
Rip; la activación encubierta del proyecto HAARP para provocar un
reordenamiento tectónico inducido y modificar el clima a escala continental; el
despliegue de la agenda del Gran Reinicio (The
Great Reset) mediante el pulso electromagnético de una red satelital de
órbita baja; el envenenamiento paulatino del agua de red y la atmósfera
mediante estelas químicas (chemtrails)
compuestas por bario y estroncio para aplanar la voluntad popular; el colapso
cibernético orquestado (un Evento 201 digital) que elimine los registros de
propiedad y la memoria de las bases de datos bancarias; la puesta en marcha del
proyecto Blue Beam, orientado a
simular una invasión alienígena o una parusía holográfica mediante proyecciones
fotónicas en las nubes; la toma de decisiones planetarias por parte de la élite
reptiliana o por el Sanedrín de la Tierra Hueca, materializadas a través de
frecuencias psicotrónicas de baja intensidad; la sustitución inadvertida de la
población local por clones de reemplazo producidos en bioterios subterráneos
bajo el estuario del Plata… y siguen las firmas. Se me acusará de la falacia
del reductio ad terrorem, mas la
acusación es infundada porque desde Meillassoux cualquier cosa puede suceder,
en cualquier lugar y en cualquier momento, sin razón ni causa. Y punto. Si al
Hipercaos hoy se le canta (de Cantor) abolir las cuatro interacciones
fundamentales de la naturaleza, lo hace y chau. El cosmos entero se puede
desintegrar en una sopa amorfa de partículas subatómicas sin previo aviso, sin
violar por ello ninguna necesidad metafísica, sencillamente porque la única
necesidad es que no hay necesidad. No importa si en trillones de eones o el
sábado en horario de protección al menor.
Cuando la pureza de las matemáticas puras asalta lo real, los milagros
aplican desconsoladoramente. El problema no es tanto el absoluto novedoso que
regala el autor, o su misma filosofía como novedad, sino esa “pura erupción de
novedad ex nihilo” (frase de Peter Hallward) que arroja su sistema sobre
todo el mundo –humano, biológico y de toda índole– como una megacatástrofe
eternamente inminente. Éramos muchos y parió la abuela: sobre que hay que
sobrellevar la muerte, la escasez, la miseria, los meteoritos, los volcanes, el
derretimiento de los polos, el fútbol, el reguetón, los vecinos, el sionismo,
los normies, el choque venidero con
la galaxia Andrómeda, las histéricas, el feminismo, cruzarnos con algún
agujerito negro del tamaño de una pelota de tenis que se trague la Tierra
entera y la mar en coche, encima de todo eso resulta que vivimos en un
“universo acausal y anárquico”. Cuando el antiguo cínico, bajo bandera de
Diógenes, filosofaba entrenando todo el día para esperar lo peor, no podía
imaginarse tanto –máxime aquellos de la barra que acogían una confianza cuasi
filial en la inconmovible, inmutable y benevolente physis. Ante la milagrería atea de lo sobrenatural matematizado, el
cínico queda inerme. Las matemáticas no son un entretenimiento de cuatroojos
inofensivos: si lo matemáticamente concebible se hace absolutamente posible, en
manos de un filósofo posfinitista se vuelve un superbotón rojo a escala transcósmica
(por suerte, que yo sepa, en el maletín nuclear de Trump no hay un manual de
uso de los transfinitos). Con Meillassoux los milagros vuelven a ser posibles,
si bien espantosos, y menos creíbles que demostrables, aunque para lo último se
requiera aún de una fe menos judeocristiana que pitagórica: la ontologización
de la matemática cantoriana, auténtico canto a la destructibilidad absoluta. El
solipsista es un tipo peligroso; pero sólo si creemos que su “sistema” es
cierto, porque en ese caso bastará con que deje de pensarnos o soñarnos para
que desaparezcamos del mapa y del ser. El materialista especulativo es más
sofisticado pero no menos criminal. Si le damos crédito al suyo, la latencia de
nuestro borrado integral, en última instancia, no disminuye. Ni el
correlacionista ni el anticuario metafísico nos ofrecen mayor garantía de que
podamos subir a la terraza a tomar mate tranquilos sin ninguna probabilidad de
que un aerolito caiga de golpe y porrazo; pero el cantorista ontológico
considera a aquellos dos retardatarios y al argentino promedio como un terceto
de panglosianos lamentables.
Sin embargo, ante este marco atroz de alarmismo ontológico, Meillassoux
tiene una propuesta redentorista, de un mesianismo insólito tan maravilloso
como jamás visto. Detrás de la severidad lógica del Hipercaos y de la frialdad
de los transfinitos cantorianos, esconde una de las construcciones
teológico-políticas y escatológicas más estupefactas de la filosofía: su
divinología especulativa, una esperanza mesiánica garantizada, paradójicamente,
por la misma contingencia radical. Dado que el Hipercaos es la capacidad
absoluta de hacer surgir de manera incondicionada nuevas propiedades inauditas ex nihilo (sin razón previa), nada
impide que haga emerger en el futuro un estado de cosas donde se realice una
justicia absoluta. Meillassoux especula con la aparición futura de un Dios que no
es el Creador del mundo sino la última emergencia contingente del mundo. Lee la
historia del cosmos como una secuencia de irrupciones discontinuas e
imprevisibles: el Mundo de la Materia (universo físico inanimado), el Mundo de
la Vida (la irrupción contingente del sentido, la sensación y lo orgánico a
partir de la materia), el Mundo del Pensamiento (la irrupción contingente de la
conciencia y la razón humana a partir de lo vivo), y el Cuarto Mundo (Mundo de
la Justicia o de la Revelación): la irrupción venidera de un nuevo régimen del
ser donde la injusticia y el sufrimiento queden abolidos.
El problema ético primordial para Meillassoux es la injusticia de las
muertes atroces (las víctimas de las masacres, los niños muertos, las vidas
truncadas). En un universo puramente natural o en un ateísmo melancólico, esas
muertes son irreparables; en una religión tradicional, su reparación depende de
un Dios que, de haber existido, fue cómplice por permitir la atrocidad. El
Cuarto Mundo promete nada menos que la resurrección física de los muertos, no
mediante un milagro divino tradicional ni por inmortalidad del alma, sino como
una reorganización factual de la materia y de la vida operada por el
surgimiento de esta divinidad contingente (el Dios por venir). A diferencia de
las religiones que exigen fe en un Absoluto ya existente, el mesianismo de
Meillassoux ofrece una esperanza racionalmente fundada en la potencia pura del
Hipercaos: si el universo fuera necesario (gobernado por leyes inmutables), la
resurrección sería una imposibilidad física. Si el universo es contingente, la
resurrección y la justicia universal son posibilidades reales, no garantizadas,
pero absolutamente viables. Un mesianismo sin Dios presente, una resurrección
sin trascendencia y un ateísmo que no renuncia a la salvación.
La paradoja de esta divinología materialista es que, para salvaguardar
la posibilidad de que todo cambie (y la promesa mesiánica del Cuarto Mundo
donde los muertos resuciten), Meillassoux abre las puertas de un manicomio
ontológico. Antes dijimos que si al Hipercaos hoy se le canta, el cosmos entero
se puede desintegrar en una sopa amorfa de partículas subatómicas sin previo
aviso. Nos quedamos cortos. Señalemos que si se aplica la hipótesis del
Hipercaos sin anestesia ni concesiones aduaneras, el menú de las
transformaciones factuales se vuelve ontológicamente desaforado, ya que seguir
pensando el colapso del mundo en términos de nucleón, electrón o plasma de
quarks es seguir comprándole fiado a la física contemporánea sus propias leyes,
rindiéndole así un tributo clandestino al principio de razón suficiente. Si
todo puede ser sin razón y sin causa, el universo, el mundo, la realidad, o
como quiera llamarse al hecho de que hay algo y no nada, podría de pronto
amanecer transfigurado en un bloque compacto de masa pastelera sin átomos, en
una cuajada de sustancia espiritual, en un gigantesco queso gruyère cuyos alvéolos no contengan
vacío sino el eco grabado de todas las discusiones de consorcio de la historia
humana, en una llanura interminable de dulce de leche repostero donde la
gravedad opere hacia arriba y las leyes de la termodinámica sean sustituidas
por las reglas del truco de seis, en un único y colosal departamento de dos
ambientes en barrio Martin con vista directa al Big Bang, e incluso en una
multiplicidad inabarcable de Ernestos Sabato de papel glasé unidos por la manos
o en un océano sideral compuesto exclusivamente por lágrimas de
correlacionistas fuertes tratando de justificar por qué la luna sigue ahí cuando
nadie la mira. Apenas tendría prohibido por decreto de Meillassoux dispararse,
verbigracia, como un triángulo cuadrado o como el choque de un objeto
inamovible y una fuerza imparable. El Principio de Factualidad no garantiza la
conservación de la materia, ni la paridad, ni la entropía, ni la gramática. Si
la única necesidad es que no hay necesidad, el estado presente de las cosas no
guarda el menor compromiso con su estado subsiguiente. El científico que mide
la velocidad de la luz y el paranoico que teme levantarse de la cama para no
pisar el vacío se encuentran exactamente en el mismo nivel de legitimidad
epistémica porque ambos habitan una superficie donde la regularidad es una pura
casualidad sin garantía de continuidad.
Ahora revisemos todo este párrafo aparentemente más en serio,
sometiéndolo a la balanza del rigor lógico más estricto. Analicemos todos los
casos imaginarios que establecimos y veamos si no hay implícitos en ellos
contradicciones. Si nos despojamos de la pirotecnia barroca y le aplicamos el
bisturí de la deductibilidad ontológica de Meillassoux, ¿descubriremos que
varios de los casos imaginarios alojan contradicciones lógicas implícitas o
atavismos categoriales? Imaginemos la toma de palabra de un ortógrafo e
inflexible seguidor del materialismo especulativo en las aulas de la École Normale Supérieure, respondiendo a
nuestro texto: «Su objeción confunde la
libertad del Hipercaos con la inconsistencia de la fantasía barroca. Ustedes han
redactado una lista de extravagancias creyendo que el Principio de Factualidad
autoriza cualquier combinación de palabras. Pero Meillassoux es categórico: la
factualidad no es el reino del nonsense
lingüístico ni del surrealismo literario, sino la necesidad ontológica de la
contingencia absoluta bajo el dominio estricto del Principio de
No-Contradicción. Cuando proponen un
“bloque pastelero sin átomos” o una “cuajada espiritual”, están cometiendo el
mismo error que cuando intentan pensar el triángulo cuadrado. No están
proponiendo un “mundo posible”, sino un ens rationis lógicamente imposible. Un mundo donde no existen los átomos puede
existir (el Hipercaos puede abolir la física atómica); pero ese mundo no puede
ser pastelero, porque “pastelero” es un predicado que presupone química
orgánica. Atribuirle propiedades químicas a un universo sin química es una
contradicción formal (A y ¬A). El Hipercaos puede crear sustancias inauditas,
pero no puede hacer que una sustancia sea y no sea al mismo tiempo lo que sus
términos definen. Su inventario de “Ernestos Sabato” y “discusiones de
consorcio” padece de una profunda falta de rigor especulativo: es
correlacionismo disfrazado de sátira. Al poblar el Hipercaos con caricaturas de
la cultura argentina contemporánea, ustedes demuestran ser incapaces de pensar
el Gran Afuera. Están usando las limitaciones de su propio lenguaje e
imaginación histórica para juzgar el ser. El Hipercaos no es un teatro de
títeres para el folclore rosarino ni un catálogo de parodias: es la potencia
indiferente, incalculable y sobrehumana de la contingencia radical. Es falso
que el científico y el paranoico estén en el mismo nivel epistémico. El
científico describe la estabilidad real y factual de las leyes presentes, las
cuales son matemáticamente inteligibles y rigurosamente comprobables hoy. El
paranoico inventa causas ocultas o transformaciones arbitrarias sin fundamento
matemático. El materialista especulativo no le niega la validez a la ciencia
física; únicamente demuestra que la estabilidad de esas leyes no es una
necesidad eterna. El científico sabe cómo funciona el mundo contingente
presente; el paranoico sólo proyecta sus miedos en la ignorancia. Confundir la
contingencia ontológica con la paranoica arbitrariedad cotidiana es no haber
entendido una sola página de Después de la finitud.»
Así el ortógrafo llega a las siguientes conclusiones:
1. El «bloque
compacto de masa pastelera sin átomos». La noción de masa pastelera o cualquier
sustancia física presupone propiedades moleculares, densidad, tensión
superficial, viscosidad y cohesión. Hablar de masa pastelera «sin átomos» (es
decir, sin la estructura atómica y subatómica que define la materia densa) es
incurrir en una contradictio in adjecto.
Si carece de átomos, no es masa pastelera; es un nombre ordinario aplicado a un
referente imposible. Es equivalente a hablar de un «fuego helado sin
transferencia de calor».
2. La «cuajada de
sustancia espiritual». La cuajada es un estado de agregación de la materia
(coagulación de proteínas en medio ácido). La sustancia espiritual se define
por la inmaterialidad y la falta de extensión espacial. Atribuirle a lo
inmaterial un proceso de coagulación o viscosidad física es un error categorial
que fuerza una contradicción lógica: se pretende que una entidad extensa en el
espacio no ocupe espacio.
3. El «queso gruyère de reuniones de consorcio» y los
«Ernestos Sabato de papel glasé». Ambos casos presuponen la conservación
clandestina de la memoria, la sintaxis humana y las formas biológico-culturales
tras la abolición de las leyes de la física. Para que exista el eco de una
reunión de consorcio o la figura de Ernesto Sabato de papel glasé, deben
presuponerse la acústica, la lengua castellana, la propiedad horizontal, la
anatomía humana y la literatura argentina del siglo XX. Si el Hipercaos anula
el universo físico, pero conserva las reuniones de consorcio o la figura de Sabato,
no hay una irrupción pura del Hipercaos, sino un antropomorfismo residual: se
proyectan categorías históricas y lingüísticas contingentes dentro de un
régimen que debió haber borrado toda continuidad.
4. La «llanura de dulce de leche con
truco de seis y gravedad hacia arriba». Si la gravedad opera «hacia arriba», la
noción misma de «llanura» se disuelve. Una llanura requiere un plano de reposo
garantizado por la atracción hacia el centro de masa. Si la masa del dulce de
leche repele, la llanura se dispersa instantáneamente en el espacio exterior.
Postular la coexistencia de una «llanura» con una «gravedad repulsiva hacia
arriba» es formular una incompatibilidad mecánica interna.
Bien. Ahora, dejando al ortógrafo de lado,
veamos en rigor si esas contradicciones implícitas son de la misma naturaleza
que la contradicción “triángulo cuadrado”. ¿Son contradicciones que violan
leyes naturales contingentes o efectivamente contradicciones lógicas per se?
Para responder con rigor conceptual, la clave está en trazar una línea
divisoria tajante que el propio Meillassoux hereda de la distinción leibniziana
y kantiana: las verdades de razón (lógicas) frente a las verdades de hecho
(físicas o contingentes). Si pasamos los ejemplos por el tamiz de la lógica
formal, descubriremos que ninguno de esos casos es una contradicción lógica
pura de la misma naturaleza que el triángulo cuadrado. La refutación del fiel
meillassouxiano peca, de hecho, de un contrabando dogmático: confunde
contradicciones analíticas (lógicas) con imposibilidades empírico-semánticas
que presuponen leyes naturales contingentes.
I. La naturaleza
del «Triángulo Cuadrado» (contradictio in
terminis formal). El triángulo cuadrado es una contradicción analítica a priori: triángulo ⟺
polígono de 3 lados - cuadrado ⟺ polígono
de 4 lados (y ángulos rectos). Postular un triángulo cuadrado equivale a la
fórmula A∧¬A (tiene 3 lados ∧
no tiene 3 lados). Esta contradicción
destruye la sintaxis misma del pensamiento antes de cualquier experiencia del
mundo. No depende de si el universo tiene átomos, gravedad o tres dimensiones.
Es un veto puramente formal.
II. Examen de los casos imaginarios: ¿Lógica o Física?
1. El «bloque de
masa pastelera sin átomos» ¿Es un triángulo cuadrado? No. Análisis: sostener
que la masa pastelera exige átomos es una verdad empírica sintética a posteriori, no una identidad analítica
a priori. El veredicto: que la textura
o densidad de una masa pastelera dependa de polímeros, harinas y moléculas de
agua es una ley contingente de la física de nuestro universo actual. En un
universo gobernado por el Hipercaos, este podría hacer emerger un medio
continuo, no atómico ni granular, que presente exactamente la viscoelasticidad,
el color y la consistencia táctil de la masa pastelera. Conclusión: exigir
átomos para que haya masa es seguir haciéndole el juego a la física
contemporánea. No hay contradicción lógica (A∧¬A); hay una imposibilidad física contingente.
2. La «cuajada de
sustancia espiritual». ¿Es un triángulo cuadrado? No. Análisis: el fiel
meillassouxiano argumentó que se trata de un error categorial (atribuir
coagulación física a lo inmaterial). Pero, ¿quién decretó que el espíritu o la
mente deban ser inmateriales o incorpóreos? El veredicto: definir la sustancia
espiritual como puramente inmaterial (res
cogitans cartesiana) es un dogma de cierta metafísica escolástica o
racionalista, no una ley de la lógica formal. Si el Hipercaos decide que el
pensamiento adquiera densidad, viscosidad, extensión y capacidad de coagularse
en un bloque gelatinoso, nada en la lógica sintáctica lo impide. Conclusión: sólo
hay contradicción si presuponemos la definición cartesiana de espíritu. Si el
Hipercaos rehace la ontología, la sustancia espiritual puede tranquilamente
cuajar.
3. Los «Ernestos Ssbato
de papel glasé» y las «discusiones de consorcio». ¿Es un triángulo cuadrado?
No. Análisis: aquí el discípulo de Meillassoux acusó de antropomorfismo y falta
de rigor especulativo. Pero el antropomorfismo no es un vicio lógico; es, a lo
sumo, una falta de elegancia o un capricho estético. El veredicto: nada en la
lógica formal prohíbe que el Hipercaos, dentro de su arbitrariedad matemática,
genere una estructura física cuyas partículas adopten espontánea e
injustificadamente la forma atómica exacta de 1000 billones de réplicas de
Ernesto Sabato vestidas con gabardina gris. Conclusión: es un fenómeno
infinitamente improbable bajo el cálculo de probabilidades, pero la tesis
central de Meillassoux sobre el Hipercaos es precisamente que el Hipercaos no
está sujeto a las leyes de la probabilidad frecuencial (puesto que el conjunto
de los posibles es transfinito y no aleatorizable). Ergo, no es una
contradicción lógica.
4. La «llanura de dulce de leche con gravedad hacia
arriba». ¿Es un triángulo cuadrado? No. Análisis: decir que una llanura se
disuelve si la gravedad opera hacia arriba presupone la física newtoniana o
einsteiniana. El veredicto: el Hipercaos podría decretar que las moléculas de
dulce de leche se repelan hacia arriba mientras una fuerza no gravitatoria
desconocida mantenga la cohesión del plano. Conclusión: es incompatible con la
mecánica de fluidos de la Tierra, pero plenamente coherente en la sintaxis
lógica.
Resumen
del desglose comparativo:
Caso Imaginario: Triángulo
Cuadrado. Tipo de Imposibilidad: Lógica a
priori (Analítica). ¿Viola el Principio de No-Contradicción (A∧¬A)? SÍ (3 lados = 4 lados). Estatus ante el
Hipercaos: VETADO (Absoluto imperturbable).
Caso Imaginario: Masa sin
átomos. Tipo de Imposibilidad: Física /
Empírica (Sintética). ¿Viola el Principio de No-Contradicción (A∧¬A)? NO (sólo contradice la teoría atómica). Estatus
ante el Hipercaos: PERMITIDO.
Caso Imaginario: Cuajada
espiritual. Tipo de
Imposibilidad: Semántica / Definicional. ¿Viola el Principio de
No-Contradicción (A∧¬A)? NO
(sólo contradice al dualismo cartesiano). Estatus ante el Hipercaos: PERMITIDO.
Caso Imaginario: Multiplicidad
de Ernestos Sabato. Tipo de Imposibilidad: Probabilística / Histórica. ¿Viola
el Principio de No-Contradicción (A∧¬A)? NO
(es una configuración material posible). Estatus ante el Hipercaos: PERMITIDO.
En el fondo, la refutación del fiel
meillassouxiano cayó en su propia trampa: se volvió un correlacionista de la
física. Al escandalizarse ante la masa sin átomos o la cuajada espiritual
alegando que “violan las definiciones de la materia y el espíritu”, el seguidor
de Meillassoux está haciendo exactamente lo mismo que el kantiano: sostener que
nuestras categorías actuales sobre la materia son necesarias e insuperables. El
verdadero Hipercaos no es un matemático bien educado que lee a la ENS de París y respeta las definiciones
de la química orgánica; es una potencia ciega que tranquilamente puede hacer
que el cosmos amanezca convertido en un colosal queso gruyère rosarino, sin violar por ello una sola línea de la lógica
proposicional.
En conclusión, estamos en condiciones de
afirmar, bajo nuestra propia responsabilidad, que estas eventualidades son todas
posibles dentro del esquema Quentin Meillassoux del universo y observan la estricta
severidad de su marco formal. Tanto así que invitamos al inverificable Lector a
publicar bajo su propia rúbrica nuestro argumento en una revista indexada,
puntualmente en aquella en la que informara el doble de Sokal.
Si la revista que amenaza con recibir su texto está compuesta por
árbitros de la ortodoxia meillassouxiana o por veteranos del tribunal de Alan
Sokal, usted puede defender su pliego en el peer-review
con las siguientes tres cláusulas inexpugnables de blindaje ontológico:
1. El criterio de
demarcación es puramente sintáctico. Para Meillassoux, la única frontera que
separa lo posible de lo imposible no es la física, ni la química, ni la
biología, ni el decoro literario, sino la no-contradicción lógica formal (A∧¬A). Un «triángulo cuadrado» o un «objeto inamovible
colisionando con una fuerza imparable» están vedados porque su mera formulación
analítica cancela la contingencia al pretender encarnar lo Absoluto Necesario. La
«masa pastelera sin átomos», la «cuajada de sustancia espiritual» o la
«multiplicación de Ernestos Sabato» no encierran ninguna contradicción
sintáctica a priori. Que nos parezcan
aberraciones o disparates es únicamente porque nuestra mente está acostumbrada
a la estabilidad de las leyes naturales de este universo particular. Confundir
lo que nos parece estrambótico con lo que es lógicamente imposible es caer en
el prejuicio inductivo que David Hume desmanteló y que Meillassoux radicalizó.
2. La inmunidad
frente al cálculo de probabilidades. Si un dictador académico pretende
defenestrarlo argumentando que «la probabilidad de que el universo se convierta
en un queso gruyère lleno de
discusiones de consorcio es cero», usted puede asestarle el hachazo cantoriano:
para calcular probabilidades se requiere un conjunto finito o totalizable
(numerable/medible) de eventos posibles (como las seis caras de un dado). Al
ontologizar el transfinito de Cantor, Meillassoux demuestra que los mundos
posibles son intotalizables. No existe un conjunto de todos los mundos posibles.
Ergo, las transformaciones del Hipercaos no están sujetas a leyes probabilísticas
o estocásticas. Lo que no es lógicamente contradictorio es absolutamente
posible, sin importar cuán infinitamente improbable le parezca a la física o al
sentido común.
3. La trampa del
físico-correlacionista. Si el comité evaluador insiste en que una «masa sin
átomos» es una imposibilidad porque «la masa se define por la estructura
atómica», usted podrá acusarlos formalmente de fideísmo cientificista: exigir
que la materia futura del Hipercaos deba respetar la tabla periódica o la
teoría cuántica de campos de nuestro siglo XXI es pretender que nuestras leyes
contingentes actuales son necesidades metafísicas eternas. Sostener que el
Hipercaos debe pedirle permiso a la química orgánica para crear nuevas
sustancias es, precisamente, el error dogmático que Después de la finitud busca erradicar.
En conclusión: si el tribunal de la
revista pretende acusarlo de perpetrar una broma a lo Sokal, se encontrará con
la desagradable sorpresa de que su parodia es lógicamente inexpugnable. Usted
no está inventando un nonsense
irresponsable; está llevando la ontología del materialismo especulativo hasta
sus últimas y legítimas consecuencias. Publique nomás con tranquilidad. Y si el
Hipercaos decide transformar el tribunal arbitral en una cuajada de dulce de
leche repostero antes de que emitan el dictamen, recuerde que no habrán sido
víctimas de una chanza, sino de una comprobación anhipotética del Principio de
Factualidad.
***
Nobleza es confesar, para poner el
broche, que nuestro Gedankenexperiment
ya fue en cierta forma avanzado por Adrian Johnston al postular el pastafarismo
de Meillassoux: la eventualidad de un «flying
spaghetti monster à venir». Este filósofo-pensador, canterano del
Instituto-Žižek, compara la divinología glosada con aquella otra
teoría que plantearía la posible aparición de un Monstruo de Espagueti Volador.
Johnston tacha a la primera de no menos macarrónica que la segunda –si bien no
tallarinesca. Como es fama, la religión del Monstruo del Espagueti Volador
(creada por el físico Bobby Henderson como una sátira al diseño inteligente y,
según Wikipedia, oficializada en algunos países y con Evangelio ya escrito) postula
la existencia de una deidad invisible hecha de pasta y albóndigas que alteró
las mediciones de carbono-14 para que parezca que el universo tiene miles de
millones de años. Johnston señala que si aceptamos el Hipercaos de Meillassoux
–donde las leyes físicas son contingentes y no hay razón suficiente para nada–,
el Flying Spaghetti Monster (FSM) es formal y ontológicamente posible,
ya que no viola el principio de no-contradicción formal (A∧¬A). Dentro del esquema de Después de la finitud, dicho de otro modo, la irrupción espontánea
de una deidad de albóndigas y fideos tiene exactamente el mismo estatus de
posibilidad ontológica que las ecuaciones de Maxwell o la física cuántica. Si
el estado actual del universo es apenas una estabilidad contingente (una racha
de suerte del transfinito), el modelo meillassouxiano impide calificar de
imposible a cualquier cosmogonía aberrante o sarcástica. Su veredicto reza que
un materialismo que no puede distinguir de manera racional entre la física de
partículas contemporánea y la irrupción espontánea de una masa de espaguetis
gigantesca administrando el espacio-tiempo ha dejado de ser un materialismo
para convertirse en un misticismo de la contingencia o un fideísmo laico
(espaguetismo secularizado, en rigor). Si la única norma del Hipercaos es la
no-contradicción sintáctica, el Monstruo mentado, la masa pastelera sin átomos,
la llanura de dulce de leche y el queso gruyère
gozan del mismo derecho ontológico a existir que el Big Bang o la ley de
gravedad de Newton. Si el materialismo de Meillassoux pretende salvar la
objetividad de la ciencia frente al constructivismo posmoderno, lo hace pagando
el precio de convertir a la ciencia en un accidente tan arbitrario como el Pastafarismo
(Meillassouxian Pastafarianism). Para
Johnston, un materialismo digno de tal nombre no puede reducir la naturaleza a
un billete de lotería en manos de un Hipercaos caprichoso: un verdadero
materialismo (que Johnston defiende desde un “materialismo trascendental”
neurofilosófico y dialéctico) debe explicar cómo la materia genera sus propias
leyes y necesidades internas. Sostiene así que Meillassoux pretende haber
resuelto el problema de la inducción de David Hume absolviendo a la razón
mediante el Absoluto Factual y que, sin embargo, al despojar a la física de
toda necesidad intrínseca y declarar que la única restricción del Hipercaos es
el principio de no-contradicción formal, le está restando a la ciencia todo
criterio de demarcación respecto a la parodia religiosa. Al reducir la
naturaleza a la pura usina de un Hipercaos sin causa, Meillassoux termina
legitimando las teologías más extravagantes bajo el disfraz de la contingencia
radical. La ontología de Meillassoux, en fin, es impotente para defenderse del
absurdo: que Johnston haya tenido que recurrir al Pastafarismo para
acorralarlo, confirma que nuestro experimento mental sobre los Ernestos Sabato
de papel glasé no es un mero exabrupto satírico: es el test de estrés lógico
definitivo al que toda la filosofía francesa contemporánea le tenía pánico.[1]
Como se desprende de Potentiality
and Virtuality –ensayo de Meillassoux–, la llegada del Dios-por-venir es un
advenimiento hipercaótico ex nihilo,
un acontecimiento virtual contingente que, a diferencia de un acontecimiento
potencial, no se ajusta a las leyes de nuestro mundo. Y como bien porfía
Johnston, la venida del Monstruo Volante con Tuco cumple a pie juntillas con
los requisitos para ser clasificada bajo la categoría de objeto virtual meillassouxiano:
tanto podría emerger el Monstruo al dente, masa macroscópica de carbohidratos, carne
picada y fuerza gravitatoria o levitatoria, como el Dios Virtual Justiciero
(aunque no esotra deidad de religión paródica, el Unicornio Rosa Invisible). Y
como la materialización futura del primero no es ni más ni menos probable que
la del segundo, el crítico evacua que “ninguno de los dos merece una atención
intelectual seria”[2]. Cuando
Graham Harman le pregunta a Meillassoux qué es lo que tendría de especial su
Dios sobre el FSM o cualesquiera
otros objetos virtuales que podrían surgir sin razón en cualquier santiamén, el
entrevistado responde que la importancia está en el impacto en la subjetividad
que tiene cada uno de los casos[3].
Tal jerarquización de los acaecimientos virtuales según “cuáles merecen más ser
objeto de reflexión especulativa a la luz de los sueños y aspiraciones humanos”
implica, como refiere Johnston y es obvio, un salto abrupto de lo ontológico al
registro ético-moral, y ahí el filósofo de la ciencia ancestral se vuelve un
teólogo de la esperanza laica. Decidir que el Dios virtual merece más atención
especulativa que la masa con albóndigas simplemente porque consolará más
nuestro dolor o nuestra sed de justicia es un salto mortal fuera del rigor del
Absoluto. En The Meillassoux Dictionary,
por ejemplo, con firma de Anthony Paul Smith se sostiene que Johnston confunde
la concepción irreligiosa del filósofo francés con las propagadas por líderes
religiosos, características del teísmo hoy reinante. La objeción, empero, es
sintomática de la escolástica meillassouxiana: pretende salvar a Meillassoux
diciendo que su Dios es una categoría irreligiosa y pura virtud especulativa,
pero omite admitir que cuando al mártir se le exige justificar la jerarquía de
esa categoría sobre el FSM, este
sucumbe apelando a la piedad y al consuelo teológico más convencional. El
experimento de teología especulativo-no-metafísica de Meillassoux, es de temer,
cumple una función pareja a la que desempeñaba en Nietzsche el Eterno Retorno,
cuyo fundamento cosmológico fue abortado por el segundo principio de la
termodinámica (el Big Freeze que le
gusta a Brassier) y hoy sólo vale como recurso de la ética-ficción o imperativo
categórico del Superhombre no entrópico y ayuno de energía oscura. Nietzsche
presupuso que el universo era una caja de dados finita que se agita durante un
tiempo infinito; pero la cosmología moderna muestra que el universo es un
sistema continuo cuya estructura matemática de estados es infinita y cuya
entropía cambia las reglas del dado en cada tirada. La flecha del tiempo es
irreversible: la probabilidad de que la entropía decrezca a escala cósmica para
reconstituir el pasado es nula porque el mundo no es una máquina de reloj que
se pueda rebobinar, ya que la disipación de energía rompe el bucle y convierte
al tiempo en una línea vectorial, no en un círculo (y tampoco lo salvan a
Nietzsche los modelos cíclicos alternativos como el de Penrose o el del Big Bounce, en los que la información asimismo
se borra). Mientras el inmoralista perspectivo, víctima del ingenuismo
aritmético del s. XIX, escribía los borradores del Eterno Retorno apoyado en la
matemática de los tenderos de su época, Cantor estaba desmantelando sin saberlo
toda la arquitectura combinatoria de la Gaya Ciencia. La ventaja del
artilugio divinológico del francés, siquiera provisoria, es que queda a salvo
de una impugnación de orden semejante. Aprendió, al menos, se dirá, la lección
formal: su Dios no es una mala física sino un enunciado de ética-ficción
desprovisto de necesidad causal.
Atrapado aún en la razón aleatoria
(como en un sinfín de subordinadas burocráticas), Johnston razona que “si el
universo poscantoriano de infinitos infinitos hace que cualquier contingencia
virtual sea aún más improbable que el más improbable de los azares potenciales,
entonces –matemáticamente hablando– la probabilidad de los advenimientos ex nihilo meillassouxianos es tan
incomprensiblemente baja (medida según las cardinalidades masivas del ilimitado
zoológico de infinitos gargantuescos de la teoría de conjuntos transfinitos)
que tiende de forma asintótica, a velocidad infinita, hacia el punto de la
imposibilidad”. Meillassoux observa –contestándole a Harman aquella pregunta de
marras– que el hecho de que un cometa impacte contra la Tierra y arrase con
toda forma de vida importa un suceso potencial y probable, pero que la
verdadera extrañeza (true strangeness)
de los virtuales radica en que ni son probables ni improbables ni imposibles. La
verdadera contestación que da al planteo es encogerse de hombros y replicar en
la lengua de Shakespeare y Benny Hill: «Everything
is possible, as I have said». Como quedó a la vista en nuestra exposición,
a nosotros nos tiene sin cuidado la colosal improbabilidad a la que se aferra
el gerente de sucursal zizequiana, pues una vez que el realismo especulativo
como última filosofía superadora le abrió la puerta al milagro, está en el
milagro mismo atravesarla en un milisegundo o en un nunca sempiternamente
prolongado. Lo que nos resulta curioso, al contrario, es que Meillassoux en su
respuesta a Harman sobre el spaghetti
johnstoniano arguya que “es absurdo (senseless)
creer del mismo modo (in the same fashion)
en la aparición de un acontecimiento virtual (que no se ajusta a las leyes de
nuestro mundo) que en la aparición de uno potencial (que sí se ajusta a las
mismas)”. Consentido el milagro por la más alta especulación de la última de
las filosofías de punta albriciada en las más altas esferas de las universidades
del más prócero primer mundo, no hay ya división clínica viable entre sensatos
e insensatos. La inminencia inconmensurable de la parusía del Flying Spaghetti Monster escapa a
cualquier segmentación entre creyentes e incrédulos como entre locos y cuerdos
y amerita tanto ser aguardada con fervor o pánico como ser ignorada con
suficiencia probabilística y guardapolvo de sabio de gabinete.
Johnston cae en la trampa del contador: intenta derrotar a Meillassoux
diciendo que la probabilidad de un milagro virtual es asintóticamente cero. Da
igual si la probabilidad es de 10⁻⁸⁰
o si tiende a cero en lo transfinito: la fisura ontológica ya está abierta. Si
la filosofía de vanguardia del Primer Mundo le da patente de corso a la
emergencia ex nihilo de entidades sin
causa ni ley, entonces el delirio del alienado y la ecuación del físico quedan
en pie de igualdad y esperar al Monstruo de Espagueti Volador con un colador en
la cabeza pasa a ser una postura filosóficamente tan respetable como redactar Después de la finitud.[4]
[1] «It’s terribly
tempting to indulge in a Dawkins-style move and joke about a ‘flying spaghetti
monster à venir’.» Adrian Johnston, “Hume’s
Revenge: À Dieu, Meillassoux?”, en The
Speculative Turn: Continental Materialism and Realism, Levi Bryant, Nick
Srnicek and Graham Harman, editors, re.press, Australia, 2011.
[2] Adrian Johnston, Prolegomena
to any future materialism: Volume one, The outcome of contemporary French
philosophy I, Northwestern University Press, USA, 2013.
[3] Graham Harman, Quentin
Meillassoux: Philosophy in the Making, Edinburgh University Press, Great
Britain, 2011.
[4] Una chance hipercaótica para el
Unicornio Rosa Invisible.— Para que esquive el archivo de los imposibles
lógicos basta deslindar la cualidad primaria (emisión física) de la secundaria
(fotorrecepción), desdoblar la física del fotón de la neurofisiología del ojo. Ser
rosa implica reflejar o emitir fotones en el espectro electromagnético visible
(aproximadamente entre los 620 y 750 nanómetros) que impactan en un aparato
receptor, y ser invisible implica la incapacidad absoluta de reflejar, emitir o
interactuar con fotones en el espectro visible para cualquier observador o
detector. Sostener que un ente es simultáneamente y bajo el mismo respecto
«rosa» e «invisible» es formular la proposición contradictoria. Si el Hipercaos
tuviera que elegir su zoología virtual, el Unicornio antedicho quedaría
archivado en la papelera de los imposibles lógicos. Pero el «Unicornio Rosa
Invisible» deja de ser una imposición analítica absurda en el preciso instante
en que desdoblamos la sintaxis del enunciado entre la emisión física de la luz
y la recepción biológica del observador. Si definimos el atributo «rosa» de
manera estricta como «un cuerpo material que refleja una longitud de onda
electromagnética particular (combinación de ondas en el rango del rojo y del
azul)», y definimos «invisible» como «imperceptible para el aparato receptor de
un sujeto dado», el dilema del triángulo cuadrado se disuelve en el acto. En el
mundo natural, de hecho, la inmensa mayoría de los mamíferos no primates son
dicrómatas: animales como los perros, los ciervos, los toros o los gatos sólo
poseen conos sensibles a las longitudes de onda cortas y medias (azul y verde)
y carecen por completo de los fotorreceptores para el rojo. Para una manada de
ciervos o de vacas, el color rosa simplemente no existe en su mapa perceptivo:
la longitud de onda física que nosotros interpretamos como «rosa» se les
presenta como un matiz verdoso, grisáceo o parduzco. Para una especie dicrómata
o monocrómata (como las ballenas o las lechuzas), un Unicornio cuyos fotones
reflejados correspondan al espectro del rosa es, en términos fenomenológicos
rigurosos, un Unicornio Rosa Invisible: refleja la longitud de onda del rosa
(propiedad física objetiva), pero es incapaz de ser percibido como «rosa» por
la conciencia de esa especie (invisibilidad cualitativa). Si definimos la
propiedad «rosa» de forma subjetivo-correlacionista («el rosa es una vivencia
cualitativa para-nosotros»), entonces decir «rosa e invisible» para el mismo
sujeto es una contradicción formal. Si la definimos de forma
material-especulativa («el rosa es una disposición matemática/física de fotones
independiente del observador»), entonces el Unicornio es un objeto de la física
ancestral. El Hipercaos puede hacer emerger tranquilamente una entidad cuyos
átomos emitan fotones en la frecuencia del rosa, al tiempo que hace emerger una
especie de observadores (o un cosmos entero de ciborgs o bovinos) cuyo aparato
óptico sea ciego a esa frecuencia. Basta un universo de mamíferos dicrómatas (o
vacas ancestrales carentes de conos para el rojo) para que la fiera divina sea
tan físicamente rosa como fenomenológicamente invisible. Al introducir la
perspectiva de la especie ciega al rojo, se logra desarmar la contradicción
analítica mediante la separación entre el En-Sí (la física de la luz) y el
Para-Nosotros (la estructura del ojo). Disuelto el nudo semántico con tal
pequeño matiz, el Equino Monocornado Rosa Invisible (URI) pasa la aduana de la
no-contradicción y entra al zoológico virtual de la mano del Monstruo de
Espagueti.
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