Filosofía kantástrofe: del giro esquizotolemaico a cómo despertar de un sueño lúcido


(Filósofo lumpen-boludo-rosarino intenta entender a Meillassoux)

 

Después de tanto barro en la Selva Negra y tras tanta jerigonza arcaica, Heidegger sólo construyó una choza de campesino para refugiarse del viento solar de la materia ancestral. Hay que despojarlo de sus senderos de montaña que no van a ninguna parte y mostrar que su Dasein no era la morada del Ser sino apenas el biombo de un burgués asustado por la geología, y a la par, arrebatarle a Wittgenstein el silbato de juez de línea con el que pretendía cobrar fuera de juego a todo pensamiento que osara mirar más allá de las paredes de la gramática, haciéndolo callar no con la reverencia de su Tractatus –esa pose del místico de salón que calla solemnemente sobre lo que no se puede hablar–, sino quitándole el sonajero de los juegos de lenguaje, parque de diversiones para adultos donde la realidad se reduce a un reglamento de canasta para damas de sociedad. Acto continuo, se procederá a desarmar el circo de Derrida, ese prestidigitador del margen que transformó la filosofía en un trabajo de imprenta, y dejarlo a solas deconstruyendo la biografía tipográfica de su propio prepucio en una nota al pie al margen de una nota al pie, aterrado ante la sola idea de que exista una piedra en el universo sobre la cual no se pueda escribir un comentario de texto. A esta comparsa de strongmen lisiados hay que sumar, con similar saña retórica, otros vicios de la misma calaña: el pánico higiénico de Kant, el alfeñique prusiano que inventó la cuarentena ontológica para el pensamiento (su vicio fue la agorafobia: aterrado por el polvo y la suciedad del en-sí, prefirió encerrarse en una habitación estéril con las ventanas selladas por doce categorías puras, convenciéndose de que el paisaje exterior no es más que una alucinación provocada por el marco de la ventana); el imperialismo administrativo de Foucault, cuyo vicio fue la paranoia burocrática (al convertir toda la realidad en un entramado de relaciones de poder-saber y biopolítica, clausuró el cosmos para transformarlo en una oficina de correos o en un pabellón psiquiátrico: para la devoción foucaultiana, una galaxia en formación o un fósil del cámbrico no son más que construcciones discursivas emitidas por algún comité de vigilancia del siglo XVIII); el cinismo hermenéutico de Gadamer, vicio de la digestión infinita (su postulado de la fusión de horizontes convierte al universo en una eterna sobremesa de café cultural donde nada puede existir si no es masticado, digerido y asimilado por la tradición interpretativa de la tribu). Todos ellos nos vendieron la cobardía de la jaula bajo el nombre de prudencia crítica. Fueron absolutistas de la frontera, guardianes de aduana que cobraron peaje a la razón mientras nos hacían creer que más allá del puesto de control sólo había abismo e ingenuidad. Si desabsolutizaron al Dios del cielo fue únicamente para coronar en su lugar al Ego Trascendental, al Texto o a la Gramática, erigiendo un Absoluto doméstico, chiquito, de bolsillo, adaptado a la escala de sus cátedras universitarias. Absoluto por absoluto, que se queden con sus jaulas de cristal forradas de jerga. Preferible la intemperie desalmada del Hipercaos que la comodidad sofocante de un salón de té posmoderno donde lo Real sólo tiene permiso para entrar si viene acreditado por una cita bibliográfica.

     ¿Fueron absolutizadores torpes-inconscientes o fueron fallutos, entonces? Fueron las dos cosas, según el piso de la jerarquía en el que te ubiques: fallutos en la cima, torpes-inconscientes en la tropa. Hay un reparto muy preciso de responsabilidades entre la jefatura del culto y la feligresía de aduana: la cúpula, fallutos de una fe de contrabando; la tropa, torpes e inconscientes de salón. Los capitanes del barco (los Heidegger, los Derrida, los Foucault y la corte de epígonos con poder de cátedra) fueron fallutos de pura raza. No podían ignorar la estafa lógica que estaban cometiendo. Sabían perfectamente que, al declarar con pose libertaria e irreverente la “muerte de los Grandes Relatos” y el “fin de la Metafísica”, no estaban abriendo las ventanas hacia la intemperie sino privatizando el negocio del Absoluto. Su estafa consistió en vender la clausura correlacional como una forma superior de lucidez crítica. Hacían como si hubieran matado al Tirano (Dios/Sustancia/En-Sí), pero en el mismo movimiento se autocoronaron Regentes Trascendentales de la Jaula. Decían «ya no hay Absoluto», mientras por lo bajo firmaban los decretos de su propio Absoluto de Bolsillo (el Texto, el Dasein, la Biopolítica). Pretender que la finitud es infranqueable mientras se cobra sueldo del Estado por custodiar sus fronteras es la definición misma de la hipocresía intelectual. Abajo, en los pasillos universitarios y los seminarios de posgrado, en cambio, el fenómeno operó por absolutismo inconsciente y torpeza por inercia. Aquí nos encontramos con el correlacionista alfeñique de a pie, esa masa de loros académicos que repite el catecismo sin haber sospechado jamás la petición de principio que lo sostiene. Este ejército de repetidores opera exactamente como el patafísico inconsciente de Jarry: practican una ciencia de soluciones imaginarias creyendo que hacen sociología, crítica literaria o filosofía profunda. Son torpes por fe ciega: están genuinamente convencidos de que hablar de un mundo anterior a la mente es una “ingenuidad precrítica”. Creen de buena fe que citar la différance o el juego de lenguaje los vuelve emancipados y libres, cuando sólo están ajustándose los barrotes de su propia jaula trascendental. Su absolutismo es inofensivo en intenciones, pero calamitoso en resultados: transformaron la filosofía en una fobia a la realidad, un pánico al polen ontológico que los hace estornudar cada vez que se menciona una piedra que no se puede deconstruir. En suma (especulativa y no teológica): los padres fundadores de la clausura fueron fallutos que vendieron la prisión como si fuera la liberación; sus discípulos, los torpes-inconscientes que compraron el pasaje al encierro y ahora se dedican a vigilar que nadie intente saltar el muro.

     La Jaula Transparente (cage transparente) es la metáfora espacial que ilustra el encierro del sujeto dentro de la correlación pensamiento-ser. Para el filósofo correlacionista (de Kant en adelante), el ser humano habita una celda cuyas paredes no son de concreto ni de hierro, sino de vidrio invisible: las formas a priori de la sensibilidad (espacio y tiempo), las categorías del entendimiento o los esquemas del lenguaje y la cultura. Es una jaula porque el sujeto jamás puede salir de ella para tocar el mundo tal como es en sí mismo (el en-sí); es transparente porque la celda no distorsiona la vista ni nos impide ver el cosmos de la física, las estrellas o los átomos: da la ilusión de ver la realidad desnuda, pero en rigor sólo nos permite ver la superficie del vidrio desde dentro. El “afuera claustral” (dehors claustral) es la consecuencia directa y absurda de la jaula transparente: antes de Kant, el Afuera era el Gran Afuera, la realidad pura, salvaje e independiente del hombre; sin embargo, el correlacionismo realiza una pirueta semántica: nos concede un Afuera (los fenómenos, la naturaleza, lo empírico), pero es un Afuera de claustro, un espacio exterior doméstico que sólo existe en la medida en que hay un sujeto adentro experimentándolo; un Afuera recortado, higienizado y confinado a los límites de nuestra propia capacidad de representación. Es el paisaje que se ve por la ventana de la celda: parece exterior, pero nomás existe como vista para el prisionero que está adentro. Charly lo describe bien:

Estamos juntos en la prisión, /no hay forma de salir. /El mundo un patio de prisión. / ¿A dónde querés ir?

     El correlacionismo nos engañó convenciéndonos de que estábamos explorando el Gran Afuera, cuando en realidad estábamos paseando por el patio de recreo de nuestra propia jaula transparente, conformándonos con un afuera claustral del que la filosofía moderna se volvió guardiana y celadora. La megaempresa del realismo especulativo es romper el vidrio de esa jaula para recuperar el Gran Afuera: ese mundo ancestral, contingente y matemáticamente cuantificable que no necesita de la mente humana para existir ni para sostenerse.

     Un solipsismo extrovertido nos tiene trágicamente encerrados afuera. Nos da permiso para salir a pasear, hacer ciencia, medir galaxias, categorizar especies y filosofar sobre el lenguaje. Un pensamiento que se cree cosmopolita e ilustrado porque explora el mundo, pero que en el fondo es incapaz de salir de su propio reflejo en la ventana. El encerrado afuera es la condición del turista eterno. Nos dejan recorrer el parque temático del universo, pero a través del vidrio de la camioneta. Vemos el paisaje, pero el aire que respiramos sigue siendo el oxígeno reciclado del vehículo humano. Al convertir la cosa-en-sí en un tabú porno-ontológico, el correlacionismo no liberó al pensamiento: lo condenó a una masturbación especular frente al vidrio de la jaula transparente. Para evitar esa objetofilia prohibida, el correlacionismo inventó un sustituto seguro: el objeto-para-nosotros, el amor al muñeco que nosotros mismos esculpimos. Es el sujeto relacionándose con el contorno de su propia huella dactilar estampada sobre las cosas y significa sostener que el Big Bang o la formación de la Tierra ocurrieron retroactivamente cuando los científicos del siglo XX inventaron la datación por radiocarbono. Es el momento en que la jaula transparente deja de parecer un templo de rigor crítico y revela lo que siempre fue: una pretensión disparatada de encerrar el tiempo cosmológico dentro del patio trasero de la mente humana. El filósofo correlacionista actúa como un tinterillo de tribunal: no se atreve a negarle en la cara al paleontólogo o al astrofísico que la Tierra se formó hace 4.560 millones de años, de modo que firma el acta pero le añade la letra chica al final: «...para la comunidad científica actual». Con esa modesta gota de tinta china, la filosofía transforma una afirmación ontológica sobre la materia en una mera norma intersubjetiva sobre el consenso de un grupo de primates que habitan el siglo XXI. El ser ya no precede al hombre; se dona como si fuera anterior, convirtiendo al pasado profundo del universo en un efecto de tramoya o en una ilusión óptica retroactiva. Si el correlacionista fuera verdaderamente honesto con su teoría, debería tener la valentía de militar su locura. Si de verdad la ciencia no toca el en-sí y la acreción de la Tierra es sólo un constructo o un juego de lenguaje de la tribu de los físicos, entonces la Profesora de Letras debería animarse a firmar que la datación isométrica del uranio-plomo tiene el mismo estatuto ontológico que un cuento de Samanta Schweblin o de Mariana Enríquez –y de inferior calidad estética, encima. Ahí se revela la hipocresía de la jaula: el correlacionismo sólo puede sobrevivir en la comodidad de la endogamia universitaria, donde todos se aplauden el codicilo. Apenas la solicitada saliera a la calle y cruzara la vereda de la Facultad de Humanidades y Artes, el Gran Afuera –con su gravedad implacable, su física sin modales y su ciberacoso masivo– se encargaría de recordarle a la comunidad académica que el mundo no necesita de su aprobación hermenéutica para seguir girando a mil kilómetros y medio por hora sobre su eje y a 107.280 en torno a febo.

     El descendiente de Kant va a las reuniones de consorcio de la ciencia, sonríe, saluda cordialmente al astrofísico y por detrás le mete la cláusula del para-nosotros; pero la materia ancestral despoja de modales diplomáticos al kantiano y lo revela como lo que es: un freak intelectual, girando en falso con su pseudocopernicanismo o poniéndose presocrático ante una ecuación que ya resolvió la edad de la Tierra sin pedirle permiso a la hermenéutica. ¿Entonces qué es todo esto sino un revanchismo trasnochado? La revolución kantiana del pensamiento es “la revancha de Tolomeo”, una revolución conservadora (más bien, reaccionaria), la contrarrevolución tolemaica.

     El copernicanismo científico le sirvió a la filosofía para caer en la cuenta de su dogmatismo y como venganza ella lo envolvió en un tolemaísmo filosófico con pretensiones de hacer de su sentido profundo-originario, una inversión de la inversión que Meillassoux bautiza como “la esquicia de la filosofía moderna” y evalúa como una rotunda “catástrofe”. La filosofía renunció a “la esencia especulativa” de dicha revolución tergiversando su descentramiento en correlacionismo, y al inhabilitar a la metafísica se llevó puesta a la especulación y empaquetó a la ciencia en un recentramiento solipsista. A cada paso que daba el científico descentralizando el saber, el filósofo poskantiano lo daba agravando la catástrofe kantiana. Meillassoux nos moja la oreja: dice que solamente los filósofos fueron incapaces de reconocer la revolución copernicana, y esto porque siguieron durmiendo la mona mientras los científicos lanzaban hasta la ionósfera macacos, monos ardilla, chimpancés y más tarde sapiens no-filósofos para ganar la carrera espacial que corrían otros grandes simios ni científicos ni filósofos –aunque sí darwinianos. “Si el problema de Hume despertó a Kant de su sueño dogmático –apunta el reseñado–, queda esperar que el problema de la ancestralidad nos despierte de nuestro sueño correlacional y nos comprometa a reconciliar pensamiento y absoluto.” El despertar del sueño dogmático fue un sueño dentro de un sueño: el falso despertar correlacionista, del que hay que despertar realmente, realísticamente, con la resolución del problema de la ancestralidad como visado de residencia en la vigilia. Estar realmente despierto –parecerá, en efecto, extraño, sofístico-extravagante– es estarlo especulativamente.

     Hasta los mismos argentinos mandamos un mono de Misiones al espacio en fechas en que nuestros intelectuales más prominentes comenzaban a amagar discutir el existencialismo fenomenológico de Sartre con lo poco que llegaba del estructuralismo y su post (1969), osando comentar a la sazón que al mundo no lo construye la conciencia pero sí el lenguaje. Siendo aquel mono Juan, además de nuestro primer astronauta, un mono caí, cayó por énfasis –aunque con vida– apenas rozar el límite del espacio exterior (82 km de altitud), lo que para un Iru Landucci no es suficiente prueba local de que la teoría del domo no sea cierta (o sea la de que no estamos encerrados en nuestra mente sino en un invernadero infranqueable). Pero el correlacionista ni siquiera es conspiracionista; al contrario, cuando las papas queman realmente, se olvida de que es egresado de la Escuela de la Sospecha y ayuda al comisario a marcar a los que sostenemos, con Marcelo Gullo y cualquier otro con dos dígitos de frente y uno más de CI, que la conspiración es el núcleo duro de la política, una perogrullada tan evidentemente cierta como que la política es una continuación de la guerra por otros medios (Foucault, 1976). O por otros miedos, como ser las pandemias.

     Lo que empezó como sueño lúcido (el lucid dream de ser conscientes de que soñamos dogmáticamente un sueño ordinario o ingenuo) desenlazó en un false awakening correlacionista. ¿Puede la filosofía dejar de ser una mera lucidez onírica? ¿Ha cesado de una vez el bucle de falsos despertares? ¿Es el galileísmo archifosílico el despertador final que despabilará al sonámbulo crítico o simplemente un acelerador del segundero del Reloj del Juicio Final? Despertar dentro del sueño y poder seguir soñando es de lo más lindo que hay, sea porque te permite ser un mero y distante espectador de la película que te consagra como actor protagónico, o bien porque te permite asumir el rol de director y tomar el control del relato. ¿Es preferible despertar o tomar el control del sueño?

     El absolutismo epistemológico contrabandeado por el correlacionismo, traducido al idioma filosófico de los argentinos, descansa en un absoluto de nopodermiento y pensamiento poco: absolutiza la imposibilidad de acceso al absoluto; sin embargo, al ser el absolutismo del soñador lúcido, dota al dormilón de sueños compartidos de un poder social imperioso.

     En psicología y neurociencia, un sueño lúcido no es estar despierto: es la experiencia de estar dormido sabiendo que se está soñando, lo que le otorga al soñador la ilusión de un control omnipotente dentro de la escenografía de su propia mente. Al analizar el falso despertar kantiano bajo esta luz, el circuito queda al desnudo en tres movimientos:

1. El correlacionista como el soñador lúcido de la filosofía. Cuando Kant declara haber sido despertado de su “sueño dogmático” por Hume, lo que inauguró no fue la vigilia, sino el sueño lúcido de la razón modernista: el dogmático (el que sueña sin saberlo) cree que está viendo la realidad exterior (en-sí), cuando en verdad está proyectando los fantasmas y catecismos de su propia mente. El correlacionista (el soñador lúcido) es el tipo que dentro del sueño dice con orgullo: «Sé que esto es una representación; sé que todo lo que veo –el espacio, el tiempo, las categorías, el lenguaje– son estructuras de mi aparato cognitivo». Ese es el falso despertar. El correlacionista celebra su propia “lucidez” porque ya no cae en la ingenuidad de tomar lo soñado por real, pero sigue profundamente dormido.

2. El control omnipotente y el confort del invernadero. El peligro del sueño lúcido es que resulta adictivo. Quien sabe que está soñando adquiere una comodidad perversa: puede manipular las reglas del juego porque sabe que nada de lo que ocurre ahí afuera tiene una independencia traumática. Así operó la filosofía del siglo XX. Al convertir la realidad en constructo del lenguaje, juego de discurso o matriz correlacional, el intelectual de academia pasó a comportarse como el dueño de la escenografía. Nada puede irrumpir desde afuera a desmentirlo, porque el Afuera fue declarado impensable. Es el confort absoluto del invernadero epistemológico: el soñador lúcido filosofa con la impunidad del que sabe que, si las cosas se ponen feas o si aparece un archifósil, basta con recordar que “el mundo es una donación de sentido para-nosotros” para neutralizar el golpe.

3. Del sueño lúcido a la vigilia especulativa (el auténtico despertar). ¿Qué significa entonces despertar de verdad? En la vida real, el paso del sueño lúcido a la vigilia no se produce por una sofisticación del sueño, sino por un choque exógeno: el sonido estridente del despertador, un pelotazo en la cara o la inenmendabilidad de la física de la que hablaba Ferraris. Para Meillassoux, la vigilia consiste en la irrupción de lo que no pide permiso a nuestra conciencia para existir: el enunciado científico ancestral, la fecha del carbono-14, la estrella extinta antes de cualquier ojo humano. El verdadero despertar es traumático: exige reconocer que el universo no fue hecho a nuestra medida, que las leyes de la física son contingentemente independientes de nuestra salud mental, y que la razón no es la dueña de la película, sino un accidente simiesco rozando los 82 km de altitud. Estar especulativamente despierto es, en definitiva, abdicar de la comodidad del sueño lúcido correlacionista y aceptar la intemperie del Gran Afuera: esa realidad donde el soñador ya no manda y donde las cosas acontecen sin necesidad de que nadie las esté pensando ni nombrando. Esa tríada pega en el plexo solar del proyecto meillassouxeano y revela la verdadera trampa afectiva del correlacionismo: la adicción al sueño lúcido. El correlacionismo fascinó al siglo XX porque ofreció el confort supremo: la impunidad del soñador lúcido que, al saber que no puede tocar la cosa en sí, se premia a sí mismo autodeclarándose el director, guionista y actor protagónico de la película. Tomar el control del relato dentro del sueño (llámese “construcción social del sentido”, “juego de lenguaje” o “hermenéutica del deseo”) es inmensamente más placentero y vanidoso que despertar a la intemperie de un universo indiferente que existió miles de millones de años antes de que apareciera el primer primate con lenguaje. Frente a la encrucijada de si es preferible despertar o tomar el control del sueño, la filosofía contemporánea eligió masivamente lo segundo. El deconstruccionista, el hermeneuta y el sociólogo del discurso se enamoraron de la escenografía porque, dentro del sueño lúcido, ellos son los reyes de la tramoya. El archifósil de Meillassoux no viene a proponer un sueño más entretenido ni un guion más sofisticado: viene a tirar un balde de agua helada en la cara del soñador. El enunciado galileico sobre lo prehumano es la alarma que no se puede apagar con un botón de postergación hermenéutico. O se acepta la vigilia de un Gran Afuera insensible a nuestros caprichos discursivos, o se admite que la filosofía del último siglo no fue más que un lucrativo taller de lucidez onírica para sonámbulos graduados.

  Analicemos ahora la “catástrofe kantiana” (la llamaremos kantástrofe). Catástrofe, etimológicamente, un giro en contra, una vuelta hacia abajo; pero también un golpe teatral (καταστροφή) dado a la ciencia, un coup de théâtre como repentino desenlace antropocentrista o golpismo antropológico propinado al astro rey y desde todo punto de vista des-astroso. Un re-conocimiento como anagnórisis al revés. He aquí el desastre epistemológico de la modernidad.

      La revolución copernicana original fue literalmente astronómica: le quitó la Tierra (y por ende al hombre) el privilegio del centro y la arrojó a la intemperie del espacio interestelar. El giro en contra: Kant vendió su revolución copernicana como un hito de humildad, pero ejecutó una vuelta hacia abajo, un giro a contramano del cosmos. En lugar de descentrar al sujeto, volvió a atar las estrellas al aparato cognitivo humano. Al despojar a los astros de su realidad en-sí y subordinarlos a las formas a priori de la sensibilidad, perpetró un gesto verdadera y etimológicamente desastroso: los astros ya no existen fuera de nosotros; nosotros somos el marco en el que a los astros se les permite brillar. En la tragedia clásica, la catástrofe es el golpe teatral final que desenreda la trama, la vuelta de tuerca que cambia la suerte de los personajes. En el escenario de la filosofía, Kant dio un golpe de Estado epistemológico a la ciencia: Galilei, Newton y Copérnico venían construyendo una física donde las matemáticas describían la realidad del universo independiente del ojo humano. Kant aparece con un coup de théâtre para declarar que esas matemáticas no describen el mundo exterior, sino la estructura interna de la cabeza del físico. Golpismo antropológico: fue un derrocamiento del Gran Afuera para instaurar la dictadura del sujeto trascendental. La realidad fue expropiada y puesta bajo la tutela de la mente humana. La anagnórisis es el momento dramático del reconocimiento: cuando el héroe trágico descubre la verdad sobre sí mismo y sobre el mundo (como Edipo descubriendo quién es su verdadero padre). El kantismo ejecuta una anagnórisis al revés: en lugar de que el pensamiento reconozca con estupor la inmensidad de un universo prehumano e indiferente, el sujeto kantiano se mira al espejo y exclama que todo esto que veía afuera no era más que “mi propio reflejo”, el reconocimiento solipsista del propio rostro en los cristales de la jaula.

     La noción de esquicia es la categoría clínica y ontológica precisa con la que Meillassoux diagnostica la fractura patológica en el corazón de la filosofía moderna. Si el proyecto moderno nació bajo la promesa de una emancipación racional, la esquicia es la prueba de su trauma constitutivo: la ruptura violenta entre lo que la ciencia demuestra y lo que la filosofía se permite pensar. La doble vida del filósofo moderno es el síntoma esquizoide. La esquicia consiste en la coexistencia psíquica y teórica de dos certezas mutuamente excluyentes que el filósofo poskantiano sostiene al mismo tiempo sin despeinarse: como ciudadano y espectador de la ciencia sabe perfectamente que la Tierra tiene 4.500 millones de años, que el universo no se enteró de la aparición del ser humano y que un asteroide puede extinguir a la especie sin que el cosmos sufra el menor drama hermenéutico; como técnico de la cátedra el mismo filósofo entra al aula y afirma que el tiempo, el espacio y la realidad en-sí son donaciones de sentido, construcciones del lenguaje o correlatos del aparato cognitivo. Esta escisión de la personalidad teórica es la esquicia: la filosofía moderna vive en una disociación permanente donde el discurso crítico dice exactamente lo contrario de lo que la ciencia empírica demuestra a diario. La ciencia ejecuta un descentramiento radical (Copérnico, Galileo, Darwin): arroja al hombre a la periferia, le dice «no sos el centro sino un accidente biológico tardío sobre un grano de polvo en un universo que no te necesita». La filosofía reacciona con una maniobra reactiva y vende como revolución copernicana a un Sujeto Trascendental que es el centro constitucional de todo lo pensable. La esquicia moderna es esa tensión no resuelta entre el desquicio copernicano de la ciencia y el reacondicionamiento tolemaico de la filosofía, que se volvió esquizofrénica porque intentó meter el universo infinito de Galileo dentro del ropero de las formas a priori de la sensibilidad. La esquicia es, en última instancia, el Muro de Berlín epistemológico levantado por el correlacionismo: de un lado del muro, el mundo para-nosotros (lo único de lo que el filósofo se autoriza a hablar: el fenómeno, el discurso, la vivencia, la representación); del otro lado, el Gran Afuera / en-sí (declarado inaccesible, impensable o reservado a la fe). Al consagrar esa hendidura como insuperable, la filosofía no sólo se amputó la capacidad de pensar el archifósil; quedó desquiciada respecto de la realidad. La esquicia no es una mera divergencia de criterios, sino el brote psicótico de la filosofía moderna: el estado de disociación permanente del catedrático que, tras desayunar leyendo los descubrimientos sobre la materia oscura o la datación del carbono-14, camina hasta la facultad para enseñarle a sus alumnos que el cosmos es un mero efecto de superficie del lenguaje. Sanar la esquicia no requiere más terapia hermenéutica ni más parches correlacionales: exige la cirugía mayor del Realismo Especulativo, que vuelve a coser el pensamiento al Gran Afuera sin pedirle permiso al sujeto ni dispensas a la fe.

     El diagnóstico deja de ser una mera falla epistemológica para revelarse como una psicosis estructural del sujeto del conocimiento. El inefable Lacan podría ofrecer la topología exacta para entender qué hizo la filosofía moderna con el golpe copernicano y el surgimiento de la ciencia galileana.

1. La intrusión de lo Real y el trauma copernicano. Para Lacan, la ciencia moderna (Galileo, Newton, la formalización matemática) es la irrupción brutal de lo Real: aquello que no tiene sentido, no pide interpretación, no habla el lenguaje humano y no está hecho a la medida del sujeto. El cosmos antiguo y medieval (Aristóteles, Ptolomeo) era un cosmos Imaginario/Simbólico: un mundo armónico, lleno de sentido, ordenado jerárquicamente, donde el hombre tenía un lugar asignado por el gran Otro (Dios o la Naturaleza). La ciencia moderna destruye ese cosmos y lo reemplaza por el universo infinito y mudo de la letra matemática. La ciencia toca lo Real al manipular una matemática que funciona sin requerir que un sujeto la viva o la interprete.

2. La esquicia como renegación (Verwerfung / Verneinung) ¿Qué hace Kant ante esta erupción traumática de lo Real? Ejecuta la esquicia trascendental. En términos lacanianos, el correlacionismo opera como un mecanismo de renegación o forclusión de lo Real: sabe que lo Real existe (el en-sí, la afección de la sensibilidad); pero lo repudia/forcluye al decretar que lo Real es inaccesible, impensable y que sólo podemos habitar la jaula de la representación (lo Simbólico estructurado por las categorías trascendentales). El correlacionista fuerte es el neurótico que se construye un síntoma perfecto: inventa la “correlación” para no tener que vérselas con el goce opaco y mudo de la materia prehumana. Convierte al universo en un pantano de lo Simbólico (“todo es discurso, todo es construcción, todo es lenguaje”), anulando de un plumazo la dimensión de lo Real.

3. El correlacionismo como refugio en el Fantasma (Fantasme). El fantasma lacaniano es la pantalla que el sujeto interpone entre él y lo Real para evitar el trauma de la castración o la falta en el gran Otro. El falso despertar kantiano es la instalación del fantasma correlacional como sistema filosófico: el filósofo prefiere la ilusión de que el mundo es un “para-nosotros” (el fantasma de que el universo está coordinado con nuestra mente) antes que asumir la castración ontológica: que la especie humana es un accidente contingente, irrelevante e ignorado por las leyes de la física. El archifósil de Meillassoux funciona como el objeto a que desbarata el fantasma: una piltrafa de materia datada en 4.560 millones de años que no entra en la trama simbólica y que le demuestra al sujeto que el gran Otro no existe (o que al gran Otro le importamos un bledo).

4. La escisión del sujeto: el filósofo dividido topológicamente. La esquicia de la filosofía moderna dibuja la grieta del sujeto dividido lacaniano: Sujeto de la Ciencia (accede a lo Real por la letra), Sujeto del Correlacionismo (encerrado en el sentido simbólico). El filósofo moderno es un sujeto neurótico escindido: en su goce de saber (como hombre de la ciencia), sabe que las matemáticas tocan lo Real de la materia y que el universo no nos necesita; en su síntoma académico (como correlacionista), forcluye ese saber, se refugia en la hermenéutica y reduce la verdad a una mera economía de la creencia (fideísmo). En clave lacaniana, la esquicia de la filosofía moderna no es un error de cálculo: es la cobardía neurótica de una disciplina que prefirió la alucinación del fantasma trascendental antes que soportar la mirada muda de lo Real. Meillassoux, en esta lectura, vendría a operar no como un metafísico, sino como el analista que le desmonta el fantasma al paciente correlacionista para confrontarlo, de una vez por todas, con la intemperie de lo Real.

     Kant despertó de un sueño: el dogmático, que equivale al sueño ordinario en el cual el soñante no sabe que está soñando. ¿Qué dice Meillassoux? Que el mentado despertó de ese sueño, pero que no despertó. Sabe que hay un mundo afuera, el noúmeno, como el soñante lúcido también sabe que lo hay, al saber que está soñando. Tal vez lo único que sepa el soñante lúcido es que hay un mundo afuera, y Kant no sabe mucho más que eso. El punto es que Kant no dio con la realidad: su despertar es sólo la conciencia de que soñaba y sigue soñando. Meillassoux, y con él el realismo o materialismo especulativo, asegura haber accedido a la realidad en sí, o sea: a la vigilia. Él ya no es un soñador lúcido, sino un despierto como Heráclito. Eso nos dice el realismo especulativo, en definitiva: que Kant dejó un sueño y entró en otro y no en la vigilia (realismo especulativo), sino que sufrió un falso despertar, un ingreso a otro sueño: el sueño trascendental o correlacionalista. Saber que hay un afuera no es estar afuera: Kant lo sabe y no está; el realista especulativo lo sabe y está. Meillassoux se presenta, de tal guisa, como el primero que se levantó de la cama. Lo que el archifósil demuestra es que Kant seguía apolillando: durmiendo el sueño de la razón suficiente sin darse cuenta de que no hay razón y de que el absoluto es la contingencia. El aserto del soñador lúcido es “estoy soñando y sé que estoy soñando”; el del soñador del falso despertar es “estoy despierto”, cuando en realidad sigue soñando otro sueño. Para Meillassoux, el despertar kantiano es un falso despertar (despertó de un sueño, el dogmático-metafísico, e ingresó al trascendental-correlacionista; una lucidez retrospectiva y no soberana). La lucidez de Kant es onírica en tanto parcial: descubrió que el anterior era un sueño, lo que para el realista especulativo comporta un progreso, de todos modos (un progreso filosófico ante la metafísica, aunque una catástrofe en relación con la ciencia moderna o matematizada). Kant creyó despertar, pero siguió dormido: despertó de un sueño ingresando en el acto a otro: un despertar onírico o falso, la metacognición en la que el sujeto se cree despierto porque identificó el sueño anterior, pero sólo ingresó al diseño de las condiciones trascendentales de la celda. Este otro sueño no es el metafísico-ordinario sino el trascendental como científico condicionado por el codicilo. Al imponer el sujeto, el soñante, las condiciones, este nuevo sueño funciona como sueño lúcido. Quizá todavía Kant sea un soñador lúcido pasivo, espectador consciente de su propio sueño, que proyecta la arquitectura del enclaustramiento, y quizá sea el correlacionista fuerte aquel que da el paso al sueño lúcido con control. Kant alcanza la metacognición, pero no la omnipotencia. El saber que hay un afuera, un en-sí, una vigilia, le impide lo segundo; pero cuando el en-sí desaparece, como en el idealismo absoluto y en el correlacionismo fuerte, estaríamos ingresando a la heredad del sueño controlado. Como la omnipotencia, o al menos la agencia, se limita al sueño, nos encontramos con estos intersolipsistas (el metafísico-subjetivista y el correlacionista fuerte) que son absolutamente impotentes ante la realidad (el en-sí que creen no existente) porque sólo limitan su gran potencia al construccionismo onírico, algo que deberíamos entender como pura prepotencia.

     Meillassoux te dice que la ciencia describe una realidad que anula el esquema kantiano y el de todo idealismo y correlacionismo, fuerte o débil. Su acceso a la “vigilia”, el de Meillassoux, es el haber dado con la ontología adecuada que justifica los enunciados de la ciencia como literales. ¿Qué sería haber despertado? Sería haber descubierto que el absoluto no es la correlación, que la contingencia es necesaria, que el principio de razón es nulo y que el principio de no-contradición es absoluto. Estar despierto no es abrir los ojos y ver el mundo fenoménico con más claridad; más bien es reconocer la capacidad de la ciencia matematizada para formular enunciados literales sobre lo en-sí. El despertar de Meillassoux es la demostración de que la ciencia no te habla de un sueño compartido para nosotros (el correlato) sino del universo tal como era antes de la aparición de cualquier soñante y tal como podría ser tras su extinción. La matemática es la sintaxis de la vigilia porque es el único lenguaje capaz de pensar lo que existe absolutamente al margen de la experiencia humana. Mientras el correlacionista débil está atrapado en un sueño lúcido pasivo y el correlacionista fuerte juega a la omnipotencia en un sueño controlado, Meillassoux ofrece no un sueño más cómodo sino el frío de la intemperie. Despertar no significa acceder a una realidad acogedora y ordenada por el sentido, sino descubrir que la realidad en sí es el Hipercaos: un tiempo en el cual las leyes de la física son fácticas y la estabilidad del mundo es sólo una racha de suerte del transfinito.

     De esta manera, hemos arribado a un conjunto abultado de equivalencias: correlacionismo = sueño; correlacionismo = prisión; correlacionismo = neurosis; correlacionismo = fantasma; correlacionismo = burocracia. El correlacionista es el intelectual que transforma un límite en privilegio: la jaula convertida en morada; el sueño convertido en lucidez; la frontera convertida en cargo; la impotencia convertida en saber; la finitud convertida en autoridad. El trascendentalismo corresponde al filósofo que después de descubrir que está soñando, en lugar de despertarse, se pone a hacer una teoría de la arquitectura onírica: una metaconciencia del sueño producida por un cerebro dormido. Esto genera una paradoja aparente: el cerebro puede producir una representación en la que el sujeto se representa a sí mismo como estando dentro de una representación. El sujeto no necesita abandonar la representación para adquirir conciencia de que representa. Puede representar su propia representacionalidad. La metaconciencia trascendental menos que una salida al mundo es un bucle reflexivo producido por el mismo estado de confinamiento; la metacognición no es un salvoconducto fuera de la matriz, es un subproducto de la matriz misma: el sistema no necesita salir de sus propias paredes para dibujar un mapa de sus paredes. Es el espejo reflejando al espejo: la conciencia de la jaula que decora los barrotes trasparentes.

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