(Maurizio Ferraris, Manifiesto del nuevo realismo, Biblioteca Nueva, Madrid, 2013)
¿Es verdad que Occidente está
abandonando la posmodernidad, como dice Ferraris? ¿Y cómo no se dio cuenta
Alberto Fernández?
Dicho señor, Ferraris
digo, nos revela que el meollo de la posmodernidad no estaba en el Dios murió sino en no hay hechos sino interpretaciones, un eslogan que los
profesores-estrella convirtieron en moneda de emancipación y los populistas trocaron
en esta pesadilla que vivimos. A los segundos les tocó realizar maliciosamente el
sueño salvífico de aquella buena gente que para Ferraris abrigaba no obstante “un
sincero deseo emancipador, no un proyecto de dominio o de mistificación”
(¿hipótesis discutible?). Con eso de la imaginación al poder, lema que esta
gente avaló desde sus cátedras, el poder incrementó su imaginación. Ferraris
denuncia los tres yeites posmodernos básicos: ironización, desublimación
y desobjetivación. El primero dice
que tomar las teorías en serio es dogmatismo y que es mejor ser un teórico
irónico que un fanático, o sea que alguien que se considera en posesión de la
verdad. Es el imperio de las comillas y el parasitismo. En el ocaso de los 60 y
por mor de dicha ironización, Deleuze propuso duchampizar a Hegel (dibujarle
una barba) y Foucault llamó a hacer del pensamiento una mascarada. Y cuando hoy
unas filósofas con barba despachan a Platón como antifeminista, siguen este
tren duchampista. La filosofía parasitaria realiza su propia autopsia
(certifica su muerte) y se convierte en conversación o género de escritura
(Rorty y Derrida aludidos). La tesis de la desublimación es la de que el deseo
es emancipatorio y la razón y el intelecto formas de dominación, y su desenlace
histórico es que la revolución deseante devino restauración deseante y el deseo
se confirmó como elemento de control social. Finalmente la desobjetivación, o
sea la afirmación de que la objetividad, la verdad y la realidad son un mal y
la ignorancia algo bueno. La izquierda, nueva dueña de Nietzsche y Heidegger,
le incauta a la derecha el recurso al mito, Benedicto XVI se sirve de
Feyerabend para demostrar que Galileo no tenía razón, mientras la
administración Bush hace uso de la tesis desobjetivista de los viejos profesores
parisinos, con la venia del “escéptico útil” de Baudrillard. La única
liberación posible para el posmoderno es declarar a lo real como fábula, y con
esto la posmodernidad se realiza como realitysmo,
una variante del solipsismo: El show de
Truman como mundo. Enemigos pero colaboracionistas de hecho del populismo
mediático, los posmodernos creen, como Wagner, que sólo la lanza cierra la
herida que abrió o, como Hölderlin, que donde está el peligro crece lo que
salva: creen en el pensamiento mágico. Su movimiento se convirtió en un antirrealismo mágico (una doctrina que
atribuye al espíritu un dominio incontrastado sobre el curso del mundo). No
sólo fomentaron de buena fe la realityzación de la realidad, o el rialismo o
realismo a la Rial, sino que se exculpan con un descaro infantil sobrenatural,
creyendo que con soplar deseo sobre las cosas, las cosas se harán deseablemente
distintas. Contra este estado de cosas el s. XXI se hace realista: anuncia el
final del giro lingüístico, el retorno a la percepción (la estética como
filosofía de la percepción y no de la ilusión) y el giro ontológico
(relanzamiento de la ontología como ciencia del ser). La filosofía, a partir
del 1º de enero de 2001 (pues hay valor retroactivo), tiene que volver a
ocuparse de los objetos y no de las condiciones de posibilidad del conocimiento
de los objetos (lo que supone declararse en pro o en contra de la ciencia).
Tres falacias, dice
Ferraris, animaron a la posmodernidad. Una, la
falacia del ser-saber: la confusión entre ontología y epistemología, entre
lo que hay y lo que sabemos a propósito de lo que hay; la que sigue, la falacia del cerciorar-aceptar o el conocimiento
como resignación: investigar la realidad implica aceptar el estado de cosas
existente, el irrealismo y el corazón son emancipadores; la tercera, la falacia del saber-poder o el
conocimiento como manipulación: toda forma de saber es un instrumento de
sometimiento. Pero hete aquí que lo real está desnudo como lo estaba el rey del
cuento de Andersen (tomado del Conde
Lucanor), aquel emperador que se paseaba con un traje que, según le
hicieron creer unos vivos, era invisible únicamente por los estúpidos. El nuevo
realismo descubre lo que el niño que a los cuatro vientos reveló ingenuamente
la chapuza que embaucó a la realeza y ahora a la realidad.
La exploración de las condiciones de
posibilidad de la experiencia científica habría acabado en la fabricación de
los objetos por nuestra mente: los conceptos son constituyentes de la
experiencia, y por lo tanto, de la realidad. El constructivismo es un retoño
del “las intuiciones sin concepto son ciegas” de Kant: sostiene que se necesita
de un concepto hasta para patinar sobre el hielo. Ferraris llama a la confusión
entre ser y saber “falacia trascendental”, hija de la revolución tolemaica de
don Manolito: nunca nos relacionamos con cosas en sí sino con fenómenos. Por
ella deja de haber diferencia entre el hecho de que haya un objeto tal y el
hecho de conocerlo, y entre el conocerlo y el construirlo. Kantiana al extremo,
la posmodernidad da por abrogado incluso al noúmeno y hace equivaler lo que hay
con lo que sabemos. Vía seminarios, cursos y best sellers, los profesores, sin embargo, lograron desacreditar el
saber, ese mismo que por otra parte convirtieron en inflacionario. Ferraris
revela que el posmodernismo es una conjura de los profesores, en segunda
instancia capitalizada por “los populistas”, encargados de expandir esta
preceptiva al conjunto de la comunidad y, por ende, al universo. Si el
escepticismo antiguo dudaba del mundo denunciando la vanidad de los saberes
profesorales (el Adversus mathematicos
de Sexto merece ser traducido como un Contra
los profesores), el constructivismo posmo exalta el rol de los catedráticos
en la construcción de la realidad: “su
texto fundamental es Las palabras y las cosas de Foucault, donde se lee que el hombre está construido por las
ciencias humanas, y que podría desaparecer con ellas. Si el escéptico pretende
no asombrarse de nada, el construccionista tiene como fin la maravilla, siendo
su acción fundamental el descarte de lo obvio, o sea, la formulación de fashionable
nonsenses, de afirmaciones sorprendentes
que demuestran el peso de los esquemas conceptuales, de la cultura, es decir,
en fin, de los profesores en la construcción de la experiencia”. La
exageración siguiente es el chiste perplejo de Bruno Latour: que Ramsés II no
podría haber muerto de tuberculosis porque tal enfermedad nació en 1882, cuando
fueron descubiertos los bacilos que la producen, con lo que Esculapio y no
Pandora pasaría a ser el gran responsable de los males que padecemos. Pero,
malas noticias: que el fuego queme, el agua moje y haya una pantufla sobre la
alfombra no depende de nuestros esquemas conceptuales: son caracteres
ontológicos y no epistemológicos. El mundo permanece tal como es al margen de
lo que yo sepa o ignore: el carácter fundamental de lo real es la inenmendabilidad, “el hecho de que lo que está frente a nosotros no puede ser corregido o
transformado a través del mero recurso a esquemas conceptuales, al contrario de
lo que ocurre en la hipótesis del construccionismo”. El mundo es autónomo y
trascendente respecto del pensamiento.
El profesor posmo,
que podría ser un personaje de Sandrini o un borgeano a sueldo y de luces
menores, no partía del asombro, a la antigua, sino que aspiraba a infundirlo en
su alumnado expandido: su mercadería de lujo eran estos fashionable nonsenses, o sea, las “imposturas intelectuales” de
Sokal y pareja –o como me traduce el Google, disparates de moda. Tomando prestados del gueto literario los
refinados modales de Fabián Casas, nos preguntamos si los posmodernos nos
cagaron. La respuesta consensuada de los nuevos realistas o realistas
especulativos nos lleva bastante más atrás: fue Kant el cagador. Pero incluso,
para Ferraris, hay que remontar la trastada a tiempos más remotos, a los
desvelos de Descartes por deshacerse de los engaños de los sentidos. Fue
entonces cuando el pacman epistemológico nos comió la realidad y la hizo
indistinguible del sueño. De los escépticos hasta la Fenomenología del Espíritu se lleva a cabo una confusión de
epistemología y ontología merced a la cual se impugna la experiencia sensible.
Si los posmodernos dicen que nada existe fuera del texto, el lenguaje o el
saber es porque no consideran la diferencia entre experiencia y ciencia. Hoy se
necesita una confianza preteórica que ponga remedio al síndrome de la sospecha,
diagnostica u ordena Ferraris, porque la experiencia es lo universal para la
humanidad, mientras que la ciencia es simplemente universalizable. El
estribillo del siglo fue la superioridad de la pregunta sobre la respuesta y la
misión empresarial del filósofo declarar la inexistencia del mundo verdadero.
Así, la tácita división del trabajo académico propuesta por los posmodernos era
la de que los científicos hagan el trabajo verdadero y los filósofos sigan con
sus interpretaciones parasitarias. Ante semejante “devaluación de cualquier
valor cognoscitivo autónomo de la filosofía”, su labor parasitaria toma dos
rumbos: o el de deconstruir a la ciencia o el de pretender erigir una meta o
súper o paraciencia, lo que en ambos casos supondría que la señera fuente del
saber está en la ciencia. Nótese que el posmoderno, pareciendo a primera vista
el cuco de los físicos, en el fondo resultaba más bien un cómplice impotente
que les concedía sin chistar la regencia del conocimiento, a condición, acaso,
de reservarse el privilegio de contar con la exclusiva autoridad para
entrecomillarlo (don que a los físicos, desde luego, les parece una apropiación
ilícita pero inofensiva y pintoresca).
A diferencia de la
tribu de Meillassoux y los británicos, Ferraris viene de la academia hermenéutica
y pantextual, de ahí que ponga la mira en el padre de la gramatología.
Derridiano ochentero de estricta observancia, como pone Ernesto Castro,
despertó de ese sueño dogmático camino a Damasco ante una conferencia
napolitana de Gadamer, a vuelta de década. Así hoy declara voy a viva voz que
es necesaria una filosofía reconstructiva, porque toda deconstrucción
finalizada en sí misma es pura irresponsabilidad, cosa que Jackie parece que no captó. Si la justicia es indeconstruible,
corrige al viejo, es porque tiene que ver con la inenmendable ontología, con el
hecho de que hay un mundo real con leyes que son indiferentes a nuestras
voliciones y reflexiones, razón por la cual hay ciencia y justicia. No es
posible imaginar un comportamiento moral en un mundo sin hechos ni objetos: no
hay moral con un pensamiento sin mundo exterior. La tesis de que todo está
construido socialmente sirve para dejar todo como estaba, una deconstrucción
verdadera debe saber discriminar entre lo que sí lo está y lo que no. De los
tres tipos de objetos existentes, naturales, ideales y sociales, sólo los
sociales son dependientes de los sujetos, y la tesis kantiana que dice que las
intuiciones sin concepto son ciegas debe aplicar nomás a esta última clase de
objetos. Kant debe consolarse con ser sociólogo, con la acotación de su imperio
a las inmediaciones de la facultad de Humanidades. El objeto social es un Acto
Inscrito –así con mayúsculas–, fijación de relaciones que acceden a la
dimensión de la objetividad a través del registro. La documentalidad, de este
modo, es un textualismo débil (o débil constructivismo), vale decir, que asume
que las inscripciones son decisivas en la construcción de la realidad social,
mas no de la general. Un derridaísmo debilitado: nada (social) existe fuera del
texto. El nuevo realismo ferrarisiano se presenta, en este orden, como un
“realismo minimalista o modesto” que reconoce a la ontología como límite y dice
que lo real no es ficción sino fricción, aquello que sentía la paloma de Kant,
esa inocente que se imaginaba volar mejor en el vacío. Además, la idea de que
la posmodernidad, en virtud de la irrealidad de los objetos sociales, es una
realidad líquida es rotundamente falsa: las promesas y las apuestas, el dinero
o los pasaportes suelen ser realidades más sólidas que las mesas y las sillas,
habida cuenta de cómo afectan en la felicidad o infelicidad de la vida de cada
quien (una deuda puede arruinarte la vida, un pasaporte impedirte cruzar una
frontera, un matrimonio puede encerrarte más que cuatro paredes y una hipoteca
ser mucho más eficaz sobre tu cuerpo que una silla: la realidad social no es
menos real porque sea socialmente construida). El verdadero rostro de la
posmodernidad líquida no es un mundo fluctuante y evanescente sino la
movilización total, la materialización del trabajador militarizado de Jünger,
pero no por el acero y las fábricas sino por el silicio y los celulares que
parecen poner el mundo en tus manos cuando te ponen en las manos del mundo. No
es una época de fluidez sino de palabras como piedras que confirman la
pesadilla del verba manent: se vive
menos entre la licuefacción de los signos que entre inscripciones materialmente
coercitivas. A las inscripciones digitales (servidores, redes, WhatsApp,
correos) no se las lleva el viento: quedan grabadas con una solidez aterradora.
El celular no es un fluido, es un grillete ontológico-social inscripto... En
fin, don Manolete, que la intuición sin concepto sólo es ciega cuando se trata
de un contrato, un billete o un visado.
El posmodernismo,
tara surgida del izquierdizar por vía de Nietzsche y Heidegger, nunca abandonó
el look de héroe humanitario; planteó
que su papel salvífico y esclarecedor, por ende, ilustrado, era un contrapoder
basado en la duda sistemática sobre el saber. Su pecado, para Ferraris, fue
deconstruir sin reconstruir. Vemos qué entiende este filósofo por posmoderno,
el nuevo chivo expiatorio de todos los ex posmodernos: una suerte de fan
dogmático de Nietzsche, un quía para el cual el saber es instrumento de dominio
y manifestación de la voluntad de poder, el enemigo acérrimo de la Ilustración,
o sea, de la tesis saber = emancipación. Se trata, en realidad, de un ser
oscuro, anónimo, un ciudadano promedio, un profe de terciario de provincia, una
mezcla del viejo oficinista a lo Mariani con un roquerito cheto o dandi de
bolsillo, porque, si vamos al caso, las megaestrellas que alimentaron a dicho
monstruo corporativo e infame, todas ellas son parcialmente salvadas por el
autor, dado que ellas mismas solían borrar con el codo lo que con mano
escribían. Como recuerda Ferraris, en los 80 tanto Foucault como Lyotard y
Derrida (“tres filósofos que han sido sistemáticamente asociados con la
posmodernidad”, dice como mirando para otro lado) salieron a reclamar algún
tipo de retorno a la Ilustración. Después de la euforia nietzscheana y
filosofistas de los 60, el moribundo Foucault restableció a Sócrates (junto a
los cínicos) en el papel de mártir parresiástico, o sea a aquel que nos dijo
que una vida no sometida a examen no vale de nada y que uno tiene que estar
listo para morir por la verdad. Podrá conjeturarse que el realismo a la
italiana de Ferraris es heredero de estos cabecillas posmodernos que jamás se
atrevieron a decir su nombre (ya que Lyotard fue sólo un “bautista” y los otros
dos rechazaron la etiqueta), claro que a condición de deponer la fascinación
verbal de aula, restablecer prudencialmente el peso de la obviedad, el imperio
evidencial de las mesas y la confianza cotidiana en la buena fe de las cosas. El
realismo, declara, es el primer paso de la emancipación y la crítica, siendo la
crítica la discriminación del juicio entre lo que es real y lo que no (Kant) y
la transformación de lo que no es justo (Marx). Crítica, Ilustración pero
también Ontología –las tres asimismo con mayúsculas– son sus pilares.
El posmoderno,
nietzscheano de izquierda (usualmente con plus de heideggerismo), parece
siempre un tipo aquejado por una doble moral, es un inmoralista
hipermoralizador, un antiilustrado superilustrado. A diferencia del populista
tipificado por Ferraris, jamás renunció a la moralina ilustrada (condición para
seguir trabajando en cualquier facultad). En tal sentido, este segundas líneas
no desentonó ante sus guías e inspiradores famosos, comparte el mismo sonsonete
que dice que quien se postule a poseedor de una verdad es un
dogmático-violento, una cantinela, además, a todas luces paradójica. Hay verdad
sin violencia y violencia sin verdad, consuela Ferraris mientras critica
también la tesis que dice que la solidaridad es superior a la objetividad, un
supremacismo moral buenista (a esto lo agrega uno para hinchar) que, de acuerdo
al autor, no contempla la evidencia de que las mafias están urdidas por lazos
solidarios o de que el primado de la solidaridad del pueblo frente a la
objetividad de los hechos fue asimismo un principio-guía nazi. El solidarismo
invierte el adagio aristotélico, aunque no se convierte, como pone Ferraris, en
un amigo de la verdad pero más de Platón
(que podría ser más o menos la tesis de Carl Schmitt), habida cuenta de que se
han cortado los lazos tanto con la verdad y sobre todo (lo que sí es más
cierto) con el doble ancho de Atenas.
La equivalencia
ser-saber-poder conjuga construccionismo (la realidad es construida por el
saber) con nihilismo (el saber es construido por el poder). La aplicación “mecánica
y monótona” de la tesis saber-poder es denunciada por Ferraris como un dogma
anticientífico y supersticioso. Al filósofo que denuncia que toda verdad es
poder no le queda otra que agarrarse de la magia para denunciar, dada la
obviedad de que su denuncia sería una forma de poder, el lloriqueo astuto de un
poderoso lastimero. La falacia saber-poder conduce a la más violenta voluntad
de poder, arguye el autor, y agrega que la verdad y la realidad fueron siempre,
más bien, la tutela de los débiles contra la prepotencia de los fuertes. Aunque
Nietzsche dignifique (a los profesores), Perón vence. Desde el romanticismo, la
modernidad se infestó de filomitología y fobia por la ilustración, y la
posmodernidad es esa guerrilla entre romanticismo e ilustración, ese
contrasentido y ese trauma irresuelto. La paradoja que dejó Nietzsche es que el
hombre teorético debe ser fulminado en nombre de la verdad, por amor de una
verdad que se niega a sí misma y por eso derrapa en el mito. El logos que
criticó al mito y el saber que desenmascaró la fe, con el mismo propósito
emancipatorio tuvieron que cargar consigo mismos, y advirtiendo que lo que
produce emancipación produce subordinación y dominio, dieron el salto mortal
hacia una emancipación radical articulada en el no-saber, la vuelta al mito y
la fábula. Por amor a la verdad y la realidad, se renuncia a la verdad y la
realidad. Así vista, la posmodernidad es la consumación a cabalidad no sólo de
la Ilustración sino de la filosofía, incluido en ella el impulso más genuino de
la última, la renuncia. El ascetismo da esta vuelta de 360 º luego de dos milenios
y medio.
Ferraris dice que el nuevo realismo no
es ni un positivismo ni un realismo metafísico restaurado (no dice que la mente
sea un reflejo fiel del mundo), y rubrica que debe superar al realismo negativo
con uno positivo “capaz de ver en lo real el origen del pensamiento y de la
posibilidad”. El “descarte de lo obvio”, como no podía ser de otra manera,
arranca con Descartes –¿o no está todo en los nombres? La negatividad
cartesiana (delatada por Schelling) consiste en lo siguiente: Descartes pone en
duda todo el ser en nombre del saber, transforma una función epistemológica
como el pensamiento en una función ontológica que garantiza la existencia de X;
niega el mundo reduciéndolo a pensamiento, hace depender al ser del pensamiento
luego de anular la certeza de los sentidos y después la del pensamiento mismo.
El mundo birlado a la experiencia inmediata es restituido por el saber, que es
fruto de un pensamiento que parece surgir de la nada, ya que la res cogitans no tiene ni medio que ver
con la extensa. Un tiempito más
tarde, el papel que en Descartes asumía Dios, garante del conocimiento, en la Crítica de la Razón Pura pasó a manos de
la física. Pero el cogito ergo sum es
un falso movimiento del pensamiento y toda la filosofía moderna, basada en él,
se hizo filosofía negativa: tanto “las intuiciones sin concepto son ciegas”
como “lo racional es real” significan que la certeza está en lo que sabemos y
pensamos y no en lo que hay, en la epistemología y no en la ontología. La
certeza filosófica se obtiene por una construcción del pensamiento que toma
como modelos a las matemáticas y la geometría, a lo hecho por la mente humana,
mientras que para Schelling la verdad y los objetos son ciertos en tanto que
son dados: no son fabricados por la conciencia sino que se imponen a ella. Negativo
equivale a construccionismo y el panconstruccionismo es falso porque hay hechos
que nos preceden. El realismo positivo se planta ante aquel esquema y dice que
el mundo es lo que resiste, lo que dice que no, que no está compuesto por fenómenos
sino por cosas en sí, que el ser precede al pensamiento y que este emerge de la
naturaleza. La epistemología sale de la ontología y no al revés. De no ser así,
sería inexplicable la eficacia de la matemática en la explicación de la
realidad.
Pensar que estamos rodeados de
fenómenos y no de cosas en sí es “una de las más extrañas ilusiones de la
filosofía negativa”. Cuando la mente logra reconciliarse con el mundo del que
proviene, sentencia el autor, entonces tenemos la verdad. La tarea del nuevo realismo
es reconstruir la deconstrucción y tal reconstrucción debe recuperar “tres
elementos extraños tanto a la filosofía analítica como a la continental del
siglo pasado: la filosofía especulativa, la filosofía sistemática y la
filosofía positiva”. Aunque el palo parece quebrado en el agua y el sol girar
sobre nosotros, las cosas en general no nos engañan, o lo hacen mucho más
esporádicamente que la gente, dice Ferraris; y sin embargo, desde hace dos
siglos se padece estrabismo divergente, agrega: con el ojo de la conciencia
común nos convencemos de estar rodeados de cosas que son exactamente como son
(mesas, sillas, computadoras); pero cuando tenemos que explicar nuestra experiencia
al médico o en clase (en caso de ser profesores), somos idealistas o constructivistas.
En el desayuno, el profesor es un realista ingenuo: no duda de la existencia
del café, ni de la dureza de la taza, ni de que la silla está debajo de su
cuerpo; pero en el aula o en el congreso, se calza los lentes trascendentales:
sostiene que la mesa no existe en sí misma, o que es sólo un constructo
lingüístico, o que en realidad no es más que una teoría sobre partículas. Incluso
cuando alguien dice que está hecha de átomos –adiciona nuestro autor–, juega el
juego del idealista trascendental.
En definitiva, el fin de los grandes
relatos tocó a su fin, los microrrelatos quedaron demodé. Aunque las mayorías
prefieran el populismo posmoderno y el minoreo etario/otario, hay que volver a
la mayoría de edad en la forma de un “volver a pensar en grande”, abandonar el
monterrosismo del pensamiento, porque cuando despertamos con resaca del
posmodernismo ahijado de Kant, el dinosaurio todavía estaba ahí y ya lo había
estado antes de que aparecieran en la Tierra Adán, Manolito y el antropocentrismo,
como prueba el “archifósil” de Meillassoux.
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