Justiniano clausura la Escuela de la Sospecha


(Inimportancia, chusmeo, cualquierismo excepcional, pavada, contenidismo residuario, solipsismo laburante, crítica a mano, trilemática del realismo, randomización desokalizada y bicirceamiento inminencial)

 

No tenemos ninguna importancia ni la tendremos, y que no tengamos ninguna importancia ni la vayamos a tener, no tiene ninguna importancia. La primera parte de dicho enunciado se acerca al hecho y a la predicción científica; la segunda concierne a la sabiduría –resignación y práctica del ascetismo. Para Vd., lector de mierda, esto tampoco ha de tener mayor importancia. A casi nadie en el mundo (incluyendo a dizque mis amigos) le importa mi carencia de importancia presente y venidera –la una verificable y la otra altamente probable– y, ni siquiera, le importa un choto que yo no le dé importancia a semejantes carencias, lo que no constituye, además, para dicha amplísima porción del mundo, ningún hecho constatable y sonará, a oídos de muchos, como una baladronada propia de un santón resentido o un cualquiera infatuado de moralismo ascético. Con la primera de las proposiciones que formulamos, que formulé, queda Vd. alertado de la insignificancia social que conlleva un acto como el de ponerse a leer esto que escribí, ora lo que antes escribí y escribiré a continuación. Constituye un ejercicio de misericordia, compasión, solidaridad o responsabilidad social advertirlo acerca del contexto histórico en el que se encuentra momentáneamente leyéndome. Leyendo, en realidad, un texto, porque yo carezco de tatuajes –con o sin consignas– y en ese sentido no soy legible. Este mismo texto, este párrafo, da sólidos indicios provechosos para elaborar una hipótesis vigorosa sobre las causas de aquellas primeras importancias en falta. Los biógrafos que jamás tendré, en base a una serie de testimonios que jamás recabarán, podrían llegar a elaborar hipótesis verosímiles sobre la vericidad o falsedad de la última de las importancias que hemos, he, referido. ¿Dígame si no amerito el Príncipe de Asturias por este fragmento que ahora mismo y acá concluyo?

     Dicho esto, nuestro propósito es chusmear, y en el mientras tanto divertirnos un rato como venganza ante semejante menú indigesto. Es un método. Hay que ponerse al día en materia de tendencias, pero también puede pasar que esta gente esté diciendo algo que se nos pasó por alto durante medio siglo de vida porfiada, algo que, por ejemplo, podría demostrar fehacientemente que llevamos cinco décadas desacertados de cabo a rabo. Concedámosle esa oportunidad al objeto de estudio. Queremos ir siempre al grano, empresa de enorme dificultad cuando hay que tragarse 30 volúmenes de 500 folios, algunos en idiomas en los que navegamos a tientas; pero pasa que siempre nos distraemos en menudencias, incisos y pelotudeces, que son las entidades que le dan sazón a una vida que a esta altura poca fe pone en dar con un nuevo fundamento que sobresalte, prefiriendo perseverar en la acogedora estancia en Babia. Los ajustes de cuentas generacionales de la mafia universitaria son cosa de ellos. La realidad suele filtrarse por las arterias menos esperadas: cañerías, esfínteres, viendo cómo los eruditos a sueldo hacen la vista gorda. Hay ocho mil millones de filósofos, a cual más boludo. Los titulados, cum laude incluso, pueden estar más equivocados que los otros, por exceso de equipaje. Hay gente que da conferencias y se va gateando (primero hay que aprender a caminar, salvo que seas Stephen Hawking). Estas son mis obviedades; Ferraris regentea otras. A veces se necesita un combo de mala literatura y peor filosofía para vivir mejor, otrosí para mejor leer –ora un texto o la realidad, si hay diferencia. Dejo este mensaje a la humanidad y vuelvo a mis labores de orden diario: prepararme para la muerte lavando los platos (Plato and the plates).

     Hace medio siglo que buscamos la verdad en los ratos libres. Mucho no encontré. Quizá porque la verdad está en el trabajo, no sé. Me acusan de random, pero quizá la random sea ella. Dentro de la filosofía, me hallo fuera de contexto; fuera de ella, ídem. Un cualquierista filosófico no encaja ni entre cualquieras ni entre filósofos. Como cualquier otra, esta autobiografía es prestada. Aun en la eventualidad de que la verdad no esté en la pavada (tesis que merece escrutinio), en la pavada se está bien, y hasta es momentáneamente emancipatoria y soteriológica. He encontrado esta manera de no escribir escribiendo, de pensar no pensando, de entretener al lector decepcionándolo, porque abandonarme a mitad de camino del primer párrafo debajo del subtítulo puede ser un deleite (la deserción es uno de los grandes goces no escolares). Matar al amigo imaginario es un principio de salud y el chiste ha de ser obligatoriamente malo y remanido, e incluso obligatorio. Hagan literatura y filosofía ustedes, gatos, que no tienen mejor cosa que hacer.

     En solteros contra casados, por ejemplo, salí figura del partido en repetidas ocasiones (más que nada por la creciente deserción en el plantel adversario, a quienes cada año les cuesta más juntar los once), pero otra cosa es querer competir en jueguitos con Messi o en velocismo verbal-mental con Ernesto Castro. Empero ni Messi articula más de tres palabras juntas sin cometer anacolutos (y su vocabulario no supera las mil), ni el hijo de Gárgamel ha de ser capaz de tirar un centro a la olla, y además ni tiene razón en todo y anda cambiando de certezas y poses como yo de calzoncillos. Si logro hacerte perder el tiempo, algo estoy logrando. Si logro tu desprecio y tu traslado a zonas foráneas a mi texto (o sea que te las piques en un santiamén), lo mismo algo estoy logrando. ¡Soy un éxito!… Pero Castro es “creador de contenidos” (lo leí por ahí); yo soy creador de containers, incluido el container de todos los containers, ese relleno sanitario absoluto o vertedero incondicional que acumula más basura que el fondo de los cinco océanos. Soy un creador de todo lo que se tira al tacho, un creador contenido, los cinco continentes de la basura, pero mi alquimia es capaz de reciclar incluso los residuos no-reciclables. Niego el dualismo municipal entre Contenedores Verdes y Contenedores Naranjas, sistema binario de mierda. No está prohibido arrojar malezas, escombros ni restos de poda a mis creaciones. Libre sin límites sea el arte, dijo Macedonio: soy multiplicista recepcional de todo tipo de excrementos. Bienvenidos. No me obliguen a llenarme yo mismo.

     Una vez establecido que frente a la bulimia mediática de la teoría streaming, contrarresto con el relleno sanitario, el reciclaje de lo no-reciclable, el desacato a la recolección diferenciada de residuos y la apología del deshecho, convengamos que no llegando ni a lo ordinario según la norma, mis textos y yo alcanzamos el carácter de obra de arte como excepción a la misma (la norma), por defecto y por la alquimia de la transustanciación de necesidad a virtud. Después de todo, si el arte fuera lo extraordinario según ella, y no su excepción, no sería sino un estrellato de la ordinariez, una normalidad empelucada y con plumas. Además, la Norma es una chusma del barrio que barre la vereda charlándola a Doña Rosa. Volvamos al tema.

     Si es por giro realista, propongo retroceder de 1810 para atrás. Estábamos mejor con Rey, no con los milicos ni el Plan Cóndor con sufragistas. Pero bueno, realistas somos todos (hasta los no-peronistas). Yo voto por un Nominalismo Absoluto, porque se refuta por sí mismo (lo demuestra Ernesto Castro). Dado ese paso, me hago Realista en la práctica. De entrecasa. Con mi Realismo Solipsista, justamente, pude adaptarme al Capitalismo. Es, curiosamente, mimético, y de una soberbia darviniana. El solipsismo de un laburante es pragmatismo puro, con Willy James o sin él (Peirce es duro de roer, por eso no lo nombro). El Solipsismo de Dios es metafísico, y bastante más llevadero: no tiene que salir a traer el pan al hogar y aunque los ateos lo nieguen no le afecta. A mí me niegan y vuelvo sin un cobre; y si es en los ratos libres, contraigo Paranoia. Aunque crear el Universo no es moco de pavo, la omnipotencia se ejerce incluso bajo la ley del menor esfuerzo. Si yo pudiera cada mes hacer del páguese la luz un enunciado performativo que devenga profecía autocumplida y no intereses, avanzaría al casillero del solipsismo teológico. Como no es así, me mantengo en el realístico-ordinario.

Crítica de la Razón Tarifaria (scholium).— La grieta entre la omnipotencia teológica y la impotencia del sujeto bajo el capitalismo tardío es palmaria: en Génesis 1:3 cunden las condiciones austinianas de felicidad (felicity conditions) –autoridad, contexto institucional adecuado y eficacia procedimental como para que el enunciado ejecute la acción en el mismo acto de nombrarla–: no hay discrepancia entre la emisión ilocutiva y la transformación ontológica y el decir produce el ser instantáneamente sin intermediación material ni financiera. Si yo fuera Jehová, el solo hecho de formular el enunciado alteraría la realidad material de tal forma que la factura quedaría saldada provocando una acreditación mágica o una condonación de la EPE. Mientras él crea el mundo ex nihilo, yo persigo mantener la continuidad del mundo creado abonando el canon de sus servicios básicos; pero el solipsismo pragmático de entrecasa es un cinismo que descubre trágicamente que el lenguaje no paga las facturas: por más que intento utilizar la misma estructura imperativa, mi enunciado de sujeto rosarino secular de mierda choca de frente con la falta de poder adquisitivo o institucional. Como emisor sin autoridad absoluta (ni relativa) me tengo que consolar describiendo un estado de cosas existente o haciendo el intento. En la distinción jurídica, lingüística y teológica entre el Fiat lux y el Solve mercedem energiae electricae reside el salto del creacionismo absoluto al contrato de arrendamiento de servicios, porque el primero es una orden impersonal-ontológica: Dios no habla con nadie o le habla al vacío o al caos amorfo, no hay un interlocutor ni una relación bilateral y el fiat no exige cumplimiento sino que se autoejecuta. Él dice Hágase la luz y la EPE me dice Solve lucem (¡pagá la luz!), pero acá lo que falla es mi Solvatur lux (mi que ¡La luz sea pagada!). Hay un tránsito de la creación a la exacción y de ahí al ilusionismo lingüístico fallido: el Creador decreta la existencia del fotón y descansa al séptimo día; el laburante prende el velador y el primer día del mes recibe un aviso de suspensión que lo devuelve bruscamente de la metafísica al mostrador del Rapipago. Esta es mi crítica al Iluminismo: el bípedo implume no es un pequeño Dios secularizado dueño de la iluminación de la Razón; es el sujeto pasivo de una factura con vencimiento perentorio.

     La pesada artillería especulativa no hace mella en la pura inmanencia impresentable. Meillassoux derogó el Principio de Razón Suficiente; para mí es suficiente como principio no tener razón. Somos filosofías diferentes. Es que me hablan de Idealismo Alemán y me vuelve la náusea de Roquentin con la que salía de la facu en los 90. Entraba mareado por el viaje en el 200 (cinetosis) y salía doblemente atontado por la zozobra del Referente en el autismo epistemológico o el aislamiento del Yo respecto del Absoluto. Pero no está mal entusiasmarse por el cotilleo entre los objetos, quizá sea más digno que enloquecer por el sempiterno chismorroteo del mono desnudo o bien trajeado.

     Darío Z convirtió al posmodernismo en filosofía de Estado –y lo peor del caso, de Estado bajo comando peronista. Tragedia que ocurrió a la par de que Dolina (hoy doctor) dejara de apolillar a Unamuno y se pusiera a estrenar a Barthes con idéntica dilación y redoblado arcaísmo (demoras de medio siglo). Ahora toca a dúo esta mala junta. Sólo un Stronati podría salvarnos.

     La posmodernidad, hay que hacerlo constar, era más divertida que esta vuelta del plomizo realismo. Ya la estoy extrañando. Si la gente se la tomó en serio y los maestros ciruela (o siruela) la usaron de entre para el levante de claustro o para vivir del “trabajo intelectual”, o sea del oxímoron, no es mi problema. El problema del cómico es el chiste. El problema no está en Duchamp, que fue uno de los mejores humoristas del siglo (y el más exitoso); no tuvo la culpa de que confundieran chasco con axioma. ¿Quiere decir eso Ferraris?

     Los maestros pasan, pero la sospecha queda. Y queda aún cuando ya pasaron sus alumnos, el panteón posmoderno. Hay sospechas que hacen síndrome, pero la sospecha también es un realismo, incluso de Perogrullo. Lucha de clases, voluntad de poder e inconsciente fueron debidamente sospechados a su turno, demostrándose con esto que el sustrato o sustancia, o siquiera el dato en bruto, era la sospecha misma. El nuevo realismo es sospechoso-sospechante. Y yo… ni te cuento (aunque más bien ya estoy confirmado sin presunción de inocencia que ponga manto de suspenso alguno a mi vinculación al hecho ilícito que fuere). Si me apurás, la filosofía desde Platón o Tales siempre fue la Internacional de la Sospecha (si es que no lo es la Humanidad misma).

     Quisieron clausurar la Escuela de la Sospecha. Vamos a ver con la de la Boludez, una universidad o universalidad que no tiene techo.

     ¿Qué une y qué separa a un Ferraris de un Meillassoux? La compatibilidad se agota en un parejo gesto insurreccional ante el correlacionismo. La cura contra semejante mal para Ferraris es la evidencia inenmendable de la percepción cotidiana y para Meillassoux la absolutización especulativa (o lógico-matemática) de la contingencia: uno demuestra la independencia de la realidad por la “inenmendabilidad” y el otro por la “ancestralidad”. Son, para el segundo, los datos ancestrales los que prueban que hay un mundo que no es correlato de ninguna mente. No se precisa de un porrazo para dar con lo real sino de un test de ancestralidad, de modo que un hisopado bucal o un gargajo remitido por correo en un kit a un laboratorio extranjero es asaz más propicio a los efectos de postular lo absoluto por última vez[1]. Para dicho oferente, existe en sí lo que de la cosa es matematizable, lo que existe fuera de la correlación son las propiedades cuantificables y matematizables. La prueba ontológica ferrarisiana, en cambio, parte de las cualidades secundarias, que son relativas al sujeto; pero para el otro, la realidad última no es la Mesa sino el Hipercaos, que es capaz de imponer y abolir las leyes físicas de un zarpazo. Para el tano, toda piedra es piedra de tropiezo (una tentación, pero para desviarse de la fe posmodernista). Las ferraris chocan: para él, el fósil es ante todo una entidad mésica: su importancia primordial radica en que es posible estrellarse con él, la misma con la que cuenta la mesa (se trata de un realismo más inherente al técnico de excavación o al baqueano contratado por dos pesos que al paleontólogo mismo). La importancia del fósil para el francés no es su fuerza de choque: pone en shock a los kantianos incurables no golpearse con el fémur de un velocirráptor sino el mismo “enunciado ancestral”, que no produce contusiones ni bubones en los huesos del fenomenólogo sino en su mentalidad trascendentalmente fosilizada. Uno puede ser chocado por un balazo; pero el disparo del Big Bang es ontológicamente de mucho mayor calado. Frente a la ontología golpista (un golpe a la Posmodernidad, ante todo), la matematicista: el único lenguaje con derecho a dar testimonio de la cosa en sí es el que se nutrió del ábaco. Mientras Ferraris reconstruye, para defendernos del nihilismo hermenéutico, un mundo sólido poblado de cosas en sí tangibles e instituciones documentadas, Meillassoux dinamita la garantía del orden cósmico mediante la lógica matemática, ofreciéndole a Vd. una realidad matemática absoluta pero suspendida sobre el abismo de la contingencia pura. Un realista sensible-cotidiano contra uno lógico-matemático-cosmológico. A Ferraris lo valida la contusión; a Meillassoux, la datación por carbono 14 o el mapa de radiación de fondo de microondas: el fósil no importa por su peso ni por su textura, sino como índice de un tiempo anterior a la correlación sujeto-objeto. Claro que para salvar la objetividad de ese pasado ancestral, Meillassoux entrega la física a la ruleta rusa: nos redime del posmodernismo arrojándonos al abismo de una matemática sin suelo. Mientras las escuelas de humanidades se desgastaron en discutir si el mundo es una construcción del lenguaje o una red de tropos, el realismo especulativo y el nuevo realismo llegaron a disputar el botín con dos armas opuestas, entablando la guerra entre el práctico que mide el terreno a pasos y el cosmólogo que calcula el colapso del universo sobre una pizarra.

     Ferraris podrá argumentar, acaso (un suponer), que las cosas se resisten entre ellas, y sin embargo, para llegar a su “en sí” necesita que se le resistan a alguien, a alguien que va a desaparecer en 50 años o en un millón, desapareciendo con él su prueba ontológica. Su prueba ontológica, la ferrarisiana, es relacionista. Ergo, correlacionismo.

     Para un Marcos Gabriel, los pensamientos, alucinaciones y ficciones son tan reales como la mesa y el bidé[2] italianos, con la salvedad de que lo son en “campos de sentido” distintos. Ficción y fricción se emparejan ontológicamente con dicho parcelamiento agrario. La filosofía de Ferraris es sólida, pero demasiado sólida, algo cabeza dura a los fines de pensar lo radicalmente no-humano. ¿Qué pito toca la aisthesis (un fósil ella misma) ante la extinción cósmica y los tiempos geológicos ancestrales? Así se lo ha acusado en Europa del pecado de restauración de la metafísica, de traficar con un monismo que le da prioridad al mundo mesoscópico y a las cosas del mundo de la vida (alias Lebenswelt) o de infundir a un límite negativo (líneas de resistencia) la transparencia de una cosa en sí. Además se observó que las paces entre el sentido común y el éxito predictivo e instrumental de las ciencias no son tan asequibles. De mayor pertinencia han sido las críticas que el campo alternativo a la Academia le supo atizar en nuestras tierras. Mientras Moria Casán (La irrupción del Síndrome de la Neoverdad) destrozó la primacía ontológica del bidé y la mesa sosteniendo que apelar a la inenmendabilidad de la materia mesoscópica es síntoma de “pobreza de montaje” (“El bidé es tuyo, mi amor, porque no te alcanza para la pileta. La realidad no es lo que te choca en la oscuridad, sino lo que vos lográs construir con luces, plumas y silicona. Si chocás con la mesa en la oscuridad es porque sos un torpe sin glamour, tesoro. La mesa existe si yo la ilumino, si no, es utilería vieja”), y frente a la tesis de que los objetos sociales existen porque están documentados e inscriptos opuso el principio del deconstructivismo mediático argumentando que lo real no resiste de forma pasiva como una piedra, sino que te agrede o te consagra según tu caudal de biodrama (“El papelito, el contrato y la firma son para los inseguros. En la farándula la verdad dura lo que dura un tape, mi amor. ¿Qué documentalidad? ¡Deshojate, desnudate, si no hay registro no hay delito y si no hay delito no hay objeto social! El papel se lo lleva el viento y el tape se borra. Todo es decorado. Cuidado con la neoverdad, mi amor, que la única verdad es el rating”), Ezequiel Keki González, el consagrado fautor de Filosofía Menor y Petisa, propinole una embestida implacable evocando la falacia del realista de departamento amplio: señaló que la ontología de Ferraris es una filosofía de “burgués con parquet” y que la inenmendabilidad del choque contra la mesa supone un sujeto distraído caminado por un departamento de 120 metros cuadrados en Turín (“En el ambiente estrecho –sostuvo–, en la pieza del conventillo o en el departamentito de dos por dos, la cosa no «resiste»: la cosa te come el codo, te acogota, te asfixia. La resistencia no es una propiedad abstracta de la materia; es un problema de metros cuadrados y de presupuesto. Ferraris infla el sentido común hasta convertirlo en ontología de exportación. Si para Ferraris lo real es «lo que está ahí aunque no lo pienses», replicamos que ese es el privilegio del que no tiene que pagar el alquiler. Mientras Ferraris afirma que el objeto social surge de la inscripción (Objeto = Acto Inscrito), la filosofía petisa reivindica la existencia del Objeto Fiado: la libreta del almacenero anotada a lápiz y borrada con el pulgar. La verdadera ontología social de barrio no vive en la inscripción del documento, sino en la maña de la evasión. El posmodernismo era caro; el nuevo realismo es directamente inalcanzable. La libreta del fiado se borra con saliva: la ontología social es elusiva”). Si Ferraris pretendía bajar la filosofía de las nubes del texto a la solidez de la tierra, la embestida combinada del neorrealismo de la farándula y la filosofía menor y petisa le recuerda que abajo de la tierra no hay sólo piedras e inenmendabilidad: hay barro, sainete, deudas y bambalinas.

     La verdadera crítica se hace con las manos, no con las palabras. El filósofo posta se para de manos, así como Diógenes se perfumaba las patas. Si Tales se caía en los pozos, es porque todavía no lo era. Se quedaba en cosmólogo. De pasear haciendo la vertical, no hubiera resultado tan decadente. Sócrates peleaba; Platón no era ancho al pedo –como no lo era Rubén Peucelle, que por algo fue nuestro campeón argentino, como Martín del mundo (no Heidegger, que sólo era en él). El cínico ni te cuento. No consiste en ser amanuense, ni en la manuela trascendental. Ahora bien, creer que se está tocando el en-sí con la punta del dedo, ya es otra cosa. Ferraris puede echarse a dormir en esas verdades de Perogrullo esteticista adornadas con sofisticaciones historiográficas, pero el caso del francés más de moda hoy es distinto. La filosofía, Meillassoux dixit, es la invención de argumentaciones extrañas en el límite de la sofística, ya que su modelo ni es una ciencia positiva ni un arte del buen razonar ya dado, y por eso (“por necesidad”) queda vecina de “su doble oscuro y estructural”. Esto no es lo mismo, aunque se parece, que sostener, como hace Jesús G. Maestro, que el filósofo es un sofista extravagante. Ser el vecino contiguo de un sofista que encima es tu doble no te hace extravagante, aunque sí sospechoso de suplantación de identidad barrial. Podría ser, incluso, que el doble sea el filósofo, al que podríamos configurar como un auténtico doble de riesgo. Y esto no sólo porque se arriesgue a ser rebajado a la condición sofística (en razón de ese mimetismo sobre el que no se sabe quién es el imitador y quién el imitado), sino porque pretende arriesgar sus proposiciones, posturas o sistema a una confrontación genuina con la realidad –siendo que su vecino mellizo considera que ese tipo de careo nunca es viable. Este inocente sospechado de sofista por su envoltura, aspecto de extraño y atuendo haciendo juego, es apenas un extravagante “por necesidad”, una suerte de proletario de la extravagancia, y no un sofista raro que por su estilo sofístico estrafalario y a contrapelo es percibido como un freak de la sofística. Para Meillassoux es freak, de hecho, solamente el correlacionista, no tanto por enrolarse como conscripto en la voluntad de ilusión o por practicar con impunidad el negacionismo de la verdad, sino por haberse convertido en el vecino de al lado, socio y sosias del creacionista que predica en la plaza virtual el “diseño inteligente”. Como estilista sofístico este Meillassoux es tan denso y pesado como para resultarte un extravagante o filósofo en serio; pero no nos podemos dejar llevar por las apariencias o por la forma de vestir los enunciados. No le escatima, además, a la cosmetología literaria del estilo filosófico francés, aunque es un tratadista denso al mejor estilo clásico-metafísico. Se hace difícil seguirlo (en el sentido de entenderlo), pero luego puede que se siga haciendo difícil de seguirlo ya entendido. Veremos. De lo falso se sigue cualquier cosa y seguimos escribiendo –para matar el tiempo. Como cínico, soy un falso sofista (aunque no sé si padezco el síndrome del impostor o el del falso impostor). El sofista siempre se amparó en el principio de no-corta-dicción (macrología) y en eso nos parecemos. ¿O acaso esa promoción de la braquilogía en la que se empeñaba Platón, acérrimo del “discurso breve”, no merece ser acusada de protoposmodernista, o sea de refractaria de “los grandes relatos”? Nuestra palabrería es una máquina de hacer silencio. Mi discurso franco comienza a continuación de este punto y aparte.

     La[3] ventaja de la afirmación de que las leyes de la naturaleza son contingentes, dice Meillassoux, es que no es una estupidez que ya haya sido afirmada por algún filósofo. Prueba la falsedad del enunciado que dice que no hay estupidez que no haya sido afirmada alguna vez por alguno de este gremio, porque era inédita hasta la llegada de él, aunque a partir de ahora la máxima quedaría confirmada. Afirmada la última estupidez que quedaba por afirmar por un filósofo, quizá nos encontremos, esta vez sí, ante el fin de la filosofía o de la historia o de la estupidez misma (fin, este último, que importa su coronación, ya que se realiza por agotamiento de existencias –o sea, en este caso, de stock). ¿A confesión de parte, relevo de pruebas? ¿Es el Realismo Especulativo –al menos en su versión “materialista”– tan sólo la única estupidez que faltaba, la última que quedaba por ser trocada en filosofía?

     Debemos ser optimistas: tienen que quedar muchas estupideces aún por afirmar. No puede ser que los filósofos en dos milenios y medio las hayan dicho todas (¿qué es ese magro período frente a los 13.800 millones de antes?). Hagamos un último esfuerzo: busquemos por los rincones más remotos, como jugando al tesoro escondido: hagamos trabajo de campo en las redes, en la costanera, debajo de la cama de tu amante, en hemerotecas, en los resumideros, en el inconsciente, donde corresponda. De la multiplicidad de estupideces de las que yo doy cuenta y soy prueba viviente, alguna que otra quizá sea de avant première, más allá de que la tribuna de renuentes y desleales me señale con ojeriza que las mías son nomás bêtises de no-filósofo. Ok: ¿y no hizo Laruelle una carrera filosófica exitosa con las de este último paño?

     No sé si las estupideces se inventan o se descubren, pero estimo que haber formulado filosóficamente la última que quedaba no es prueba suficiente ni argumento por completo convincente como para justificar el provisorio triunfo occidental del Realismo Especulativo, y menos como para decretarlo definitivo. Puede que las mías no alcancen el nivel de filosóficas, pero ¿no es más saludable para la sociedad que las tonterías prevalezcan soterradas y dentro del campo del lenguaje ordinario, antes que dejarlas emerger al discurso último sobre las cosas que es el propiamente filosófico?

     Cerrado por el nuevo Justiniano realista el establecimiento en el que se matricularan los posmodernos, clausurada la Escuela de la Sospecha por Incumplimiento de las Normas de Seguridad y Edificación (sea que no garantiza la integridad física de estudiantado y personal por carecer de salidas de emergencia despejadas o un plan de evacuación aprobado, por peligro de derrumbe detectado mediante informes técnicos, un cableado eléctrico expuesto, fugas de gas o un sistema de calefacción defectuoso), o acaso por Razones Sanitarias y de Salud Pública (brotes de enfermedades contagiosas, falta de higiene y plagas o mal estado del comedor), o por Irregularidades Legales o Administrativas (falta de habilitación oficial, impedir inspecciones, falta de personal calificado) o por Quiebra e Inviabilidad Financiera (insolvencia económica, baja matrícula constante o revocación de subsidios), lo que queda como sobrevivencia es el ejercicio voluntarista de la Sospecha Random, siendo que una Escuela de la Boludez sería de ingreso y matriculación irrestricta y automática pero caería por su propio peso (por boluda). El sospechista autogestivo señala así, con la ortodoxia del dedo índice o la provocación del mayor, los límites difusos que amenazan al nuevo campo realista: perogrullada, sofística y estupidez. El realista deberá sortearlos con la perseverancia con que Susana Giménez sorteara 0 Kilómetros en los 90 o con la misma audacia que empuña un Meillassoux al momento de reducir a nada el Principio de Razón y convertir a las leyes de la física en una lotería no de Babel.

     El affaire-Sokal parece haberles tocado el culo a los filósofos a la vista de todo el mundo. Y no se vuelve del ridículo, diría Perón, sin un realismo especulativo. Yo, filósofo pero cínico, no me doy por aludido, no estoy para huevadas, y me puedo reír de la vida sosa de los nerds como de las tilinguearías docentes de los deconstruccionistas; pero los profesionales se sintieron tocados (¡touché!) y ofendida la grandeur de la France tuvo que reinventarse sacando de la manga a un Meillassoux para volver a ubicarse en la vanguardia. La Primogénita de la Iglesia te metió en la posmodernidad y ella misma te saca.

     En la segunda tanda de los 90 dicho affaire expuso cómo parte de la intelectualidad francesa (y sus sucursales globales) tragaba cualquier indigerible con tal de que sonara a jerga deconstruccionista o psicoanalítica. El golpe al ego fue total. La respuesta tardó una década, pero llegó a través del Realismo Especulativo lanzado en el Goldsmiths College en 2007, con Quentin Meillassoux como el ariete del pensamiento francés para recuperar el trono. Francia vio su grandeur filosófica caricaturizada como un mero truco de magia posmoderno donde el mundo real no existía y todo era texto. Para salir del ridículo, la jugada no fue retroceder al positivismo anglosajón (lo que habría sido una rendición), sino redoblar la apuesta: matar al correlacionismo. Meillassoux atacó el dogma kantiano clásico que dice que no podemos conocer el mundo en sí, sino sólo nuestra relación con él; propuso que la filosofía puede y debe pensar el absoluto, el mundo ancestral que existía antes de que hubiera un ser humano para registrarlo. Al abrazar el realismo pero desde un ángulo hiperabstracto, especulativo y matemático, Francia le arrebató la bandera de la novedad a los estudios culturales norteamericanos. La academia francesa entendió que la única forma de limpiar la mancha de Sokal era inventando un realismo tan complejo y fascinante que hiciera ver a los científicos duros como tipos con falta de imaginación metafísica. Te metieron en el laberinto de la posmodernidad donde nada era real, y cuando el juego se agotó y Sokal les pateó el tablero, te sacaron de ahí decretando que la realidad existe, pero que es mucho más extraña de lo que la ciencia puede medir. Cambian las modas culteranas, pero el monopolio de la vanguardia se queda en París.

     Mientras tanto, Diógenes no puede más que ciscarse entre las chicanas mutuas entre Platón y Aristóteles. Les come las aceitunas a los dos (que le gustaban más que a Clemente) y se va a abrazase a la estatua de la placita. Que ellos tengan la última palabra; yo sigo actuando en consecuencia. Y no es que a mí me dé para ser Diógenes; pero sé a quién tener de ídolo.

     Podría pasar que Meillassoux haya resuelto por fin el problema de la filosofía; es decir, que después de Después de la finitud y textos accesorios, no haya más que discutir, salvo menudencias, pero no sobre la realidad en general. Sería una buena noticia para los que queremos cuanto antes pasar a otra cosa, sea vivir, culear, escribir poemas, ganar otro Mundial, pagar expensas, acabar con el Imperialismo Anglosajón o seguir explorando en teoría de cuerdas o en el paradigma holográfico. Sin embargo, vemos que ya andan pululando los aguafiestas que le señalan filtraciones por todos los recovecos, más allá de que esas máquinas de engordar novedades fascinantes, la industria editorial y la académica, sigan incrementando su imagen triunfal como un acontecimiento determinante de la historia por venir. A los pichoncitos de la incógnita Generación X la Posmodernidad ya nos había convencido, hace al menos dos décadas y media, de que lo adecuado era dejar de quemarse las pestañas escudriñando sistemas abstrusos ofertados en la feria como portales infalibles a la dimensión desconocida de la Verdad y la Realidad. ¿Nos embaucó esa Circe o lo hace la renovada?

     Terminar de leer y entender a Deleuze y Derrida nos llevó 30 años y ahora nos dicen que estaban equivocados de remate y que integraban una fundación mafiosa de degenerados, un Círculo Vicioso de Correlacionistas.

     A la degradación por hastío y repleción de la escolástica posmodernista, a la saturación hasta la vergüenza de su repertorio de tesis desfiguradas en dogmas de necedad prêt-a-porter disponibles para usuarios de cualquier ralea, le seguirá una reacción generacional realista que cuando no derrapa en perogrullada y truismos (caso Ferraris), resbala vertiginosamente hacia una paleta de delirios intelectuales, entelequias algorítmicas y ensueños de corteza prefrontal de lo más pasmosos y admirables. Todo es lindo, mientras la novedad dura. La filosofía entretiene y hasta asombra; luego cansa, aburre y pasa, y en el entreacto consuma sus abusos necesarios a manos de JTP de dedicación semiexclusiva, auxiliares de segunda y público espontáneo o cautivo. Veremos cómo sigue. La ñata contra el vidrio, los cínicos los vemos hacer de afuera, aunque por el rabillo del ojo, sin poder ofrendar al espectador otro recurso que algún que otro gallo esputado a la Academia preventivamente despatillado. Todos los filósofos son admirables, pero es preferible tocarlos de lejos, porque con el desembarco de la filosofía suele venir indexada la viruela. Del truismo aventura italiano a las quimeras del patrón oro especulativo hay un salto de fe ora matemática, ya nihilocientificista o, sin más rodeos, retrometafísica (casos Meillassoux, Brassier y Harman, respectivamente). Dejarles el monopolio del testimonio a los portavoces de la tribu claustral, asentir la legitimidad de esa concesión otorgada oficialmente a dicho ramillete seleccionado de happy few, equivale a consentir que el rebaño de simplones y ñoños que los reclutados por el Ejército del Perro debemos proteger con reflejos de madre, quede ovejunamente a merced del lobo administrativo, vivíparo carnicero de la burocracia dícese-pensante. No podemos permitirlo. El pelotudo serioburlesco no vino al mundo para hacerte reír en prime time ni en hora valle o de mínima audiencia, marmota, sino para ensuciar a los emasculadores de turno rotativo, a los anestesistas de serpientes o encantadores de momias y egiptólogos. Dejamos la vida en ello, aunque ni valga la pena. Sálvese quien pueda (seguirme). Y seguirme leyendo.



[1] Es evidente que Meillassoux tiene un raro metejón con los ancestros: de la ancestralidad del archifósil a su obsesión por resucitar a los occisos podemos trazar un arco cuyos cabos son dos parafilias familiares: la geronto y la necro. A veces las matemáticas se usufructúan para disimular perversiones que no pueden ser contadas.

[2] Adviértase que acá ya cedí a la RAE.

[3] Nótese que a partir de la consonante del artículo al que le hemos colocado esta llamada, nuestro discurso franco insonorizado y taciturno ha vuelto a ser prorrogado, iniciando una vez más y por tiempo indeterminado su huelga de silencios caídos.

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