«¿Qué hay de nuevo, viejo?»
(Bugs Bunny)
No soy el secreto mejor guardado de ningún negociado editorial. Si
tenía un secreto bien guardado, lo estaba tan bien que ni sé dónde lo guardé.
Guardo secreciones en Word y las paso a PDF: serosidades del cero. Puse puses.
Tengo pensaciones, un pensamiento
sensacionalista orientado a educar a mi público escandalizándolo. Mi público
soy yo; el resto sí es un secreto bien guardado y sin intenciones de salir del
armario. Si hay un posible sujeto escandalizable, ese burgués a epatar se
empata conmigo y cohabita en mi bulín: ¡hola, ego sum! Soy mi propio burgués, aunque más bien es él el que me
escandaliza a mí. Yo, una joven promesa de más de medio siglo, prometo seguir
siéndolo por medio más y los siglos de los siglos amén, pues para cumplir ya
estuvo Perón y lo mío es extender al campo literario y al infinito la farsa
prometeica de la democracia capitalista. Es de cínico escandalizar, en efecto;
pero ya no hay clientela y hoy escandalizan los burgueses (hola Trump, qué tal
Milei), aunque, a mejor ver, siempre fue así desde que dicha plebe enriquecida
capitanea el planeta, una vez pateado el Antiguo Régimen y finiquitado el
Imperio español. Los poetas del siglo XIX apenas epataban a la petite bourgeoisie, ese proletariado de
cuello duro. Alborotar a los ñoños de la facultad y del mercadito literario no
da chapa alguna, hipótesis que he logrado verificar científicamente, así que me
queda aquel único consuelo: escandalizarme solito, ser mi propio burgués de
bolsillo. A él escandalizo y él me la devuelve multiplicada y siempre sale
ganando. De eso no paso. Diógenes sería un cínico jubiloso; yo, jubilado. Y de
entrecasa. Convierto al tribón en robe de
chambre. Agujereada, eso sí.
La filosofía es griega; la
que no, un kitsch (ese invento
alemán, o sea del pueblo cleptometafísico). Y esta última me suena como cuando
escucho tango finlandés. Como argentino, máxime como rosarino, forma exagerada
de serlo (Valdano dixit), y cuenta
habida de que acá no sólo nació el rock castellano sino probablemente el tango
(Borges lo concedió con toda justicia), ningún problema tendría en admitir que
lo que hago es eso, tango, y no filosofía, que, a fin de cuentas eso es lo
único que no les copiamos a los europeos, como descubrió Macedonio. De hecho,
un mamerto posjipi de la facultad una vez me dijo que lo que yo hacía era
“postango”. El tango, obvio, está tan muerto como la metafísica: insuperable y
obsoleto como la misma, me consagré a deconstruirlo, no sin que mi
deconstrucción dejara de ser un pensamiento triste y bailable. Si hasta el
mismo Piazzolla, el último Dios del tango, resultó bailable, y yo soy un Dios
bailado –y con la canasta llena de goles.
La primera persona tiene
una gran ventaja: es cómica. El yo da risa. Al ponerme en el medio de todo a mí
–no heme e y sino eme e i– ya empiezo a matarme de risa íntimamente. Quisiera
cromar de obscenidades confesionales baratas mi rigurosa ciencia primera. Me
presento: soy mi personaje conceptual, tan mal conceptuado con el boludo de su
mismo autor. Qué tal, mucho gusto. Nietzsche ambicionaba divertir a la venidera
eternidad con chistes malos y yo quisiera hacer lo mismo con una ya vencida y
arrojada entre los trastos del fondo. Ponele que no… pero ponele que sí.
Como rosarino, no pude más
que consagrarme al culto provinciano estricto de lo recientemente pasado de
moda, mientras veía cómo el provincianismo periférico capitalino rendía culto a
las modas en auge en el centro metropolitano mundial. En eso estoy todavía.
Pero corresponde al verdadero filósofo (ese soy yo, el único) llegar tarde a
todo, incluso a las modas filosóficas del día –y en esto aventajo a Hegel en la
carrera de la tardanza. Hay que ser la lechuza de las lechuzas. No porque
aspire a reír último (que ni Demócrito quería llegar tan lejos), lo que no
dejaría de comportar un tipo de superación. Además, de Hegel yo no me río (bataille perdida): más bien, cuando se
me abalanza uno de sus tomos lloro, a lo Heráclito (colega en vida oscura) o
como el quemado con leche que ve una vaca sin Viñole. Es así que me entero del
“nuevo realismo” cuando ya se lo saben hasta los péndex del bachillerato más
pedorro de Casilda o Villa María.
Lo mismo en lata nueva, así son las
novedades filosóficas, calculo, fiándome de aquella ya vieja frase que fungía
de subtitulo en el best seller de
William James. ¿Será así? Qué sé yo. La cosa es que el ya no tan nuevo siglo se
trae entre manos una nueva reliquia como primicia: se renuevan las generaciones
en el vientre de la Universidad y hay que seguir ofreciendo productos renovados
al usuario. Ha vuelto el Realismo y trae nuevos trucos en la manga.
¿Estamos ante un repentino y prodigioso cimbronazo del progreso? ¿Es eso
posible en filosofía? ¿O se trata de otra esperable reacción generacional, un
nuevo golpe de la moda? Ignoramos las razones por las cuales alguien de pronto
irrumpe en el escenario como un reluciente portento filosófico, as o paladín.
¿Mérito? ¿Meritocracia pura y dura? ¿Carambolas del destino? ¿Necesidad de
mercado y suerte? ¿Una nueva tesis sobre la realidad, en caso de ser posible,
precisa un genio por detrás que la coloque en las bateas e incluso que la
invente o desempolve? Misterio. Igual, sospechemos que es gratis. La filosofía es un negocio, y no en el sentido
existencial y naíf de Wittgenstein (ese no negociaba nada), sino un negociado
que incluye a la industria editorial, a las corporaciones académicas y a esos
señores que fabrican el dinero y la realidad colectiva por razones de Estado y
otras aun superiores y más abarcativas.
Esta nueva correntada me agarra ya sin
fuerzas, porque todas las preguntas y todas las respuestas filosóficas ya me
las di hace unos 30 años, a condición de perecer si no lo lograba. Ahora,
devanarse los sesos para tratar de entender lo que dice un nuevo filósofo, y
encima después ver si lo que dice vale la pena y se condice con la realidad o
su sucedáneo, me suele parecer una causa perdida. Si no me sirve para vivir
–sobrevivir, al menos–: al tacho, a la basura de la esquina. Ya estoy viejo
para novedades, y eso que algunos de sus oferentes son más veteranos que yo;
pero algo queda en claro: hoy se puede ser tranquilamente posmoderno y
reaccionario, así como todavía perseveran algunas FM que no hacen más que pasar
el rancio pop de los 80 para eternizar la juventud de los juventones de
entonces o atenazar en el retro a sus escasos y dóciles hijos. Hoy el
posmoderno es un retrógrado y Darío Z es su Bernardo Neustadt. Nuevaoleros de
la Guardia Vieja. Las guarradas de Sade y Artaud quedaron archivadas junto a las
de los tangos picarones de Villoldo y los Gobbi. La vuelta a la Ontología es la
nueva moda academiera. Y a todo lo que toca la Academia, es sabido, lo vuelve
falso. Veamos, iremos a ver, mas no sin advertir que un cínico –juego ese
papel, parece– sólo puede allegarse a husmear, olfatear alguna mierda, echarse
un meo, pegar unos ladridos y cagarse de risa mientras tanto. No esperen más
que no hay.
Y esta es a la fecha mi pregunta: ¿nos
cagaron los posmodernos? Ese cabeza de turco del que nadie nunca se hizo cargo,
el posmoderno, parece que nos embarulló. Todavía en los 80 o 90 era un piola
bárbaro; ahora es un viejo meado. Y el mundo sigue andando y los viejos meados
pasean por los vergeles de los geriátricos en sillas de ruedas tipo Charly. Los
nuevos valores ya sembraron sucursales, repetidoras y fanáticos en nuestro pago
y nuestra lengua, de este lado rebelde del charco, felices los muy felices de
glosarlos en tren de festejo. Todo bien. No crean que por mis modales me quejo.
Más allá de una nueva marejada de la moda, o sea, de lo mismo, más allá del
almidón de un vocabulario a despuntar, de otra jerga de punta, ¿tendrán entre
manos estos quías algo inédito que se me pasó de largo, a mí que lo pensé todo
y no llegué a gran cosa? Con el giro ontológico
(a.k.a. “realista” o “especulativo”)
se avecina “un nuevo espíritu del tiempo”, nos revela su importador Mario
Teodoro Ramírez, en exclusividad para la empresa editorial Siglo XXI y con los
derechos adquiridos para comercializar el producto en nuestro patrio patio
trasero (“el realismo especulativo tiene toda la intención de convertirse en
uno de los giros más importantes que ha dado la filosofía en su historia”,
sobreimprime otro partícipe del florilegio[1]). Esta
ontología resurrecta tiene, lo gloso a Ramírez, la pretensión descomunal de
eludir los atolladeros de la posmodernidad sin retomar el pensamiento
metafísico-dogmático, el precrítico, ni el realismo ingenuo, el naturalismo o
el fisicalismo, ni subjetivismo ni empirismo, ni antropocentrismo ni
causacionismo, y aspira a ir más allá de la realidad tal como “se da”, peccato común de fenomenólogos y
analíticos; aspira a dejar de ser vicaria de la ciencia, del sujeto, de la
historia o la cultura. Quiere, en definitiva, superar a continentales y
analíticos, si es que no hacerles hacer las paces: un armisticio entre Carnap y
Heidegger, una paz perpetua que implicaría castrarlos a ambos. Ninguno tenía
razón o un poquito cada uno. El nuevito sería un realismo sin atributos, sin
adjetivos: ni realismo metafísico, ni realismo empirista, ni realismo
científico. Pretende escapar a las limitaciones de la experiencia y la epistemología;
pretende despejar el objeto tal como es en sí mismo de tal como se presenta, y
le dice adiós Kant, en vez de endiosarlo, porque lo absoluto puede ser pensado
y afirmado. De este modo, sale a la busca de un criterio de verdad y
racionalidad y sueña con un pensamiento filosófico unificado, sueño más antiguo
que la filosofía misma, y para reinstalarlo en la realidad, determina que la
filosofía debe volver a ser ciencia primera, ciencia de la realidad, para
terminar de una vez por todas con escepticismo, relativismo y nihilismo, esos
cucos que amanfloraron la filosofía y que podrían componer un velado
dogmatismo. ¿Es un hecho que no hay verdades eternas? Pues hay que probarlo,
viejo. La realidad del nuevo realismo, empero, no es en sí y por sí; es apenas
fáctica, movediza: es lo real mismo aquello que es plural, contingente,
relativo, indeterminado, no total, irracional; no es el sujeto –en las formas
que fueren– quien le impone o impone estas condiciones. El neorrealismo se
planta en esto y planta su tesis acá. Y Vd. dirá con la suspicacia del
carbonero: ¿y por qué sería así?... ¿y por qué hay que creerles? ¿Y por qué
estas serían las últimas palabras que de una vez bajarían el telón de milenios
de ignorancia y torpeza? ¿No será mucho, che? ¿No es otra vez sopa?
¿Quiere mi opinión, sr. colega cisquero?
Sí. O sí pero no. O más sí que no.
La impresión que queda es que o la
posmodernidad ha decidido dar un zarpazo fatal, un gran salto afuera
catastrófico, o que la metafísica decidió volver como Pedro por su casa con el
mayor de los descaros, equipada maguer con una gama de artilugios suasorios
para el despiste y tropiezo de los zonzos. Pero no me la creo que quieran dar
por tierra con la posmodernidad. Si ese fuera el proyecto, les aconsejaría
empezar por el guardarropa, auténtica revolución de la academia sesentista.
Para reflejar autoridad indiscutible, seriedad intelectual y distanciamiento
con el alumnado, menester es volver a regirse por un estricto código de
formalidad, sobriedad y tradicionalismo institucional. Un traje de tres piezas
(sacos estructurados con chaleco a juego, confeccionados en telas pesadas como
lana, franela o tweed), ostentando
colores sobrios como el gris marengo, el marrón, el azul marino y el negro;
camisas rígidas (siempre de cuello duro, blancas o de tonos claros sutiles,
perfectamente almidonadas y planchadas); corbatas, corbatines o pajarita (pues dar
clases sin ella se considera una falta de respeto formal); zapatos de vestir
tipo Oxford o Derby de cuero negro o marrón, siempre lustrados. Y en cuanto a
las señoras –que las hay en abundancia en nuestro movimiento–, habrán de seguir
pautas aún más rígidas: conjuntos de dos piezas (trajes de chaqueta
estructurada y falda a juego de un largo institucional que obligatoriamente
cubra las rodillas), y blusas cerradas (diseños discretos de cuello alto o con
lazo, evitando cualquier tipo de escote). La revolución copernicana de la
minifalda será abolida y con ella asimismo el uso de pantalones en el área del
sexo débil. Como complemento para el masculino, los siguientes accesorios
específicos: lentes de marco grueso (gafas de pasta de estilo clásico o
monturas metálicas redondas); pipas de fumar, y maletines de cuero (portafolios
rígidos de piel marrón o negra para cargar textos filosóficos y ensayos de los
estudiantes). Y si el filosofo/a es británico, por cierto, habrá de dictar sus
lecciones vistiendo la toga universitaria negra sobre su traje diario. Si Vd.
ha remplazado las chaquetas de pana con parches en los codos, los cuellos de
tortuga y las barbas largas por remeritas estampadas con motivos de bandas de
rocanrol o consignas de lucha feminista, camperas de cuero o jean, vaqueros rotos o intervenidos,
camisas escocesas abiertas estilo grunge,
polleritas con medias oscuras, zapatillas de lona o borcegos militares, ojos
delineados con negro cargado o labios en tonos oscuros, cresta punk, melenita rolinga o cabellera en
color rosa o púrpura, pañuelitos verdes o violetas atados a la mochila, la
cartera o la muñeca, pins y parches más tatuajes y piercings, téngalo por seguro que Vd. no está en condiciones
mínimas para poder retomar el curso atávico de la metafísica ni empoderarse en
realismo alguno, por más post-esencialista que fuere.
Henos aquí ante una nueva corriente al
gusto de un chetaje de nerds porteñitos o del Barça, el sudor de cuyas frentes
vive de la cuota alimentaria que les pasamos los sobrantes que trabajamos con
el resto del cuerpo, o sea, de neoesclavos. Hay problemas reales en el mundo,
mucho más acuciantes que estas pajas mentales de profesorcitos británicos, e
incluso mucho más divertidos. Sin dejar de tocar de oídas, quisiera estar à la page, aunque con un toscano en la
oreja. Entre las formas de explotación que me aplico habitualmente, la
autoexplotación filosófica gana por media cabeza. Tal abuso introspectivo me
lleva a meterme en los meollos que aquí se tratan; y aunque lo haga nomás de
mirón, la vista se cansa de tanto hurgar a vuelo de pájaro. Quizá el asunto no
me interese; pero la filosofía debe ser desinteresada, según prescribió Platón
(o Sócrates).
Fuera del vocabulario, ¿hay novedad? ¿O se
trata de un impune arrancar de nuevo? De nuevo lo nuevo y de nuevo el realismo.
¿Cuál es, además, el trasfondo político de esta probable revolución de la sesera
académica? ¿O no es todo golpe filosófico la traducción, o un oblicuo efecto,
de un cambio subyacente en un orden más básico? Estos muchachos se embarullan
entre argumentos, oraciones y conceptos como si sacaran aceite de las piedras.
Los posmodernos, con su literatura a medias, crearon una cultura y les dieron
pienso en atados a poetas, periodistas y escritores de chistes; pero esta gente
nueva es algo densa. ¿Vale la pena dejar a los literatos y a los divulgadores
de la ciencia y concederles algo de atención?
Un antihumanismo parecería una pavada de
adolescente, pero hablar de un “ahumanismo” da hoy un halo de importancia y
seriedad trágica entre los jóvenes funcionarios de la filosofía y allegados.
Nada demasiado nuevo en lo sublunar si Vd. toma en cuenta que venimos del
estructuralismo y el posestructuralismo. Desvivirse por tirar abajo el giro
copernicano del paseante de Königsberg ha de ser la meta, molinete que, por lo
demás, siempre se pareció más a un terraplanismo que a ese heliocentrismo que
repuso en Europa y con ligeros retoques al extraviado Aristarco. Un
copernicanismo introvertido que ensimismó al sol o lo embutió en un
antropomórfico sujeto. Cosas de la vida. El nombre, digo, era errático –como
otrora los planetas (su nombre lo indica)–, pero sus admoniciones son harto
duras de erradicar con las mancias de la razón o el lenguaje. Para los
neorrealistas, Kant desató la esquizofrenia. No fue Guattari.
El posmodernismo se consagró a provocar
efectos sociales drásticos mientras las ciencias y las matemáticas permanecían
impávidas en lo suyo. Esta relumbrante generación pretende poner a día a una
filosofía que sigue chapoteando en las imposibilidades criticistas, en las
manuelas de don Manolo.
Ya no se puede seguir con el curro
posmoderno, mas hay que seguir pagando sueldos a los doctores en filosofía.
¿Qué inventar? Inventemos el Mediterráneo de nuevo. La caída del gran relato
posmoderno implicaría la caída del correlato en sí mismo (que es bastante más
decano), una caída dura de caer, me temo, ya que al correlacionismo lo espantás
y siempre te vuelve. Tiene terquedad de mosca.
Ya están todos peleados los nuevos
realistas, dicen, y se andan encontrando unos a otros la quinta pata y el pelo
en la sopa. Cada cual porfía en la suya para decir más o menos lo mismo. El
lema “realismo especulativo” fue acuñado por el escocés Ray Brassier, uno que
después reveló que dicho movimiento apenas existe en la imaginación de un hato
de blogueros que promocionan una agenda que aborrece, cuyo proyecto es captar
estudiantes desinformados y cuyo logro fue disparar una orgía de estupidez en
red. La filosofía online de los blogs
sólo promete dosis altas de bêtise y
arruina los “debates filosóficos serios”, asegura este prohombre amparado en la
cansina admonición de Deleuze según la cual la filosofía debe asumir la
responsabilidad de poner coto a la tontería. Pero nosotros, a cubierto de la
definitiva máxima de Gombrowicz (“cuanto más inteligente se es, más estúpido”),
es justamente por eso que hacemos de Internet nuestro reino: para sustraernos
de cualquier debate serio –vale decir: estúpido, inteligente. Francés por
francés, me quedo más con Chamfort, a quien Deleuze debería haber imitado en
falsa humildad: “El hombre es un animal
estúpido, si juzgo por mí”. Con lo que quiero rubricar que, en lo que me
compete, cuanto más estúpido, no más inteligente tampoco.
A la mierda con el correlacionismo: Meillassoux y el porvenir de Dios
El gabacho
Meillassoux, por lo que suena, es la estrella de este incipiente movimiento. Ha
hecho magia en especial con una palabra: correlacionismo.
Esto es lo que está detrás de la filosofía, si me apuran, desde Parménides
mismo; desde antes de nacer, o sea. Si es así, estamos ante un nuevo
Descubrimiento de América: ¡correlacionismo! Anoten. Veníamos hablando de que
no existen ni la relación sexual ni la textual, curioso finiquito desencadenado
en el pensamiento por una época filosófica dominada por la relacionalidad, la
era correlacionista del mundo. Pero una vez consumada la etapa de la caída de
los grandes relatos, ha de seguir la de la caída de los grandes correlatos. El
vicio oculto de todas las filosofías de éxito mundial, su secretito impúdico,
tan a la vista que nos pasó a todos desapercibidos, lleva dicho marbete:
correlacionismo, vale decir, la tesis según la cual sólo hay acceso a la correlación
entre pensamiento y ser (ora bajo los rótulos de sujeto-objeto,
conciencia-mundo o lenguaje-hechos). Este sería el pecado de toda filosofía,
apalancadas ellas desde hace largo rato bien en la conciencia y más luego en el
lenguaje: criticismo kantiano, dialéctica hegeliana, fenomenología de Husserl,
positivismo lógico, Nietzsche, Heidegger… y siguen las firmas. No se salva ni
el loro (y eso que en filosofía somos casi todos loros). Pero veremos que
derrotar a la posmodernidad implicaría conducirla a un triunfalismo absoluto: ni
más ni menos que ontologizarla; o peor: forzarla a decir su verdad, hacerla
mayor de edad y que se decida de una vez.
Aburrámonos un poco, que es divertido. El
realismo pretende pensar lo que hay cuando no hay pensamiento y se para en que
donde hay ser no hay necesariamente pensamiento, porque este último es
contingente. El realismo especulativo pretende dar sin dogmatismo ni
contradicción pragmática con ese afuera no relativo al pensamiento y con esto
despachar a la metafísica y al relativismo epistemológico como dos pájaros con
un mismo tiro. Pero el correlacionismo, señalado como modelo general del
antirrealismo, postula que es imposible acceder por el pensamiento a un ser independiente
del pensamiento, que no se puede conocer un mundo que no sea un correlato de
nuestra relación con el mundo, con lo que decreta la imposibilidad de todo
realismo metafísico. Según el correlacionismo, toda afirmación realista incurre
en una contradicción pragmática o performativa, todo realismo descansa sobre un
círculo vicioso de naturaleza pragmática, debido a que contradice sus tesis por
el hecho mismo de sostenerlas (círculo correlacional). ¡Hasta Deleuze era
“correlacionista”, la puta madre! Este Gilles, que fuera nuestro santón en los
90, también cayó en el dogma moderno (inoculado por Kant) de los límites de la
razón. Los nuevos superados, los bisoños superadores del bisoñé demodé, así lo
han promulgado, y esto viene a ser definitivo hasta próximo aviso (generación
siguiente). Henos aquí descubriendo el tabú que le dio vida a la filosofía
hasta acabado el siglo XX, incluso tanta como para haber decretado su propio
deceso (y se necesita mucha vitalidad para eso, y buenas dosis de vitalismo
residual). El posmodernismo, cuyos culpables siempre son otros (¡yo no fui!),
hubo sido la última máscara de este prohibicionismo descarado que nos condenó a
vivir de relación en relación sin nunca concretar cosa alguna. Y su presunto
rival, me refiero a esos aburridos de chomba Lacoste conocidos de lejos como
analíticos, no fueron sino sus cómplices.
Meillassoux llama metafísica
subjetivista a aquella que afirma como necesaria la correlación
pensamiento-ser, o sea que la convierte en el absoluto y sostiene la
imposibilidad de pensar un ser puramente asubjetivo. Para desbancar por partida
doble a este absolutismo y al viejo colega realista, el correlacionismo, cuyo
anhelo es “la desabsolutización radical del pensamiento”, debió desmontar tal
necesariedad absoluta y, por ende, apalancarse en la mera facticidad de una
correlación que carece de razones. Se plantaría, dice, en la ignorancia, en que
es imposible saber si la correlación es necesaria o contingente (un
indecidible, que diría Derrida), ya que el correlacionismo es, por tara
kantiana, una tesis sobre el saber y no sobre el ser (pura mojigatería
gnoseológica), resignada a postular que la cosa en sí es incognoscible, cuando
no (saltando sobre el propio Kant) impensable. La facticidad resulta así un
índice de las limitaciones o incapacidades del pensamiento; pero el salto al
abismo que propone nuestro autor es el convertirla en una capacidad del
pensamiento para descubrir la absoluta ausencia de razón de toda cosa:
¡absolutizar la contingencia, ontologizar la “i-razón”! Lo que era ignorancia,
advendrá saber: la contingencia es lo absoluto, la contingencia es necesaria.
El joven Meillassoux da vuelta la tortilla y vaticina que es el correlacionista
quien comete una contradicción pragmática cuando pretende desabsolutizar el
pensamiento, porque te vende por debajo a esa desabsolutización como un absoluto
implícito. Absoluto por absoluto, absoluticemos la contingencia, al precio
mismo de que tanto las leyes de la física como las de la lógica se
contingencialicen. De tal modo pretende fundar en la razón la necesidad
absoluta de la contingencia y mostrar que no se puede desabsolutizar la
contingencia misma. Hay una sola cosa no contingente: ¡la contingencia! La
facticidad deja de ser factual y pasa a ser bautizada como “factualidad” y bajo
el rango de principio: “principio de factualidad”. La contingencia no será más
una prenda que impone el sujeto (el tipo, que diría el maestro Wimpi), un
condicionamiento antropológico, sino algo predicable del ser mismo en tanto que
tal: ¡existe en-sí!... aunque más no sea como facticidad necesaria, como
factualidad. El ente es contingente, nada es necesario salvo la misma
contingencia. Vemos, de tal manera, que ha sido abolido el principio de razón
suficiente que nos enchufó aquel Leibniz de las mónadas, esa baratija
metafísica del realismo, pero hay que seguir aferrándose a la antigualla del
principio de no contradicción, pues desde Heráclito hasta Deleuze se creyó
vanamente que el devenir lo revocaba, y sin embargo, un ser contradictorio no
puede devenir otro porque ya lo estaría siendo de manera simultánea, y al ser
incapaz de cambio, sería un ser absolutamente necesario. Hete aquí que, de
acuerdo al principio de factualidad, ser contradictorio resulta imposible. El
devenir es lo único conforme al principio de no contradicción. Toda filosofía
que pretende acceder al absoluto por el principio de razón es metafísica y toda
la que le concede al pensamiento la capacidad de acceder a lo absoluto es
especulativa, de modo que toda metafísica es especulativa pero no toda
filosofía especulativa es metafísica. Las cosas son porque sí, pero son como
son. Hay una verdad absoluta: que nada es necesario en el universo, de modo que
la naturaleza es un efecto contingente del caos. Como la totalidad de todo lo
existente no puede existir porque tendría que contenerse a sí misma (lo cantó
Cantor), el universo no es el Todo y las leyes de la naturaleza y el principio
de causalidad se desinflan de absoluto. Meillassoux declara que los objetos
tienen cualidades primarias independientes de “nosotros” (no sé por qué me
implican en dicho crimen), las matematizables y geometrizables, y otras
secundarias que son subjetivo-objetivas; pero lo que es eterno en lógica y
matemática, dice, extrae su eternidad del caos (que pasa a llamarse
“supercaos”). El principio de factualidad obra, se dice, como prueba ontológica
ateológica: no demuestra el ser necesario de Dios sino de la contingencia. Dios
no existe, porque todo es necesariamente contingente: la inmanencia es absoluta
y la inexistencia de Dios una verdad a
priori. La ontología de la contingencia absoluta indica que todo es
posible, que todo puede ser, que las leyes de la naturaleza pueden cambiar y
que la existencia pasada o actual de Dios es imposible (y no indecidible), pero
no la futura, aunque no podrá ser un dios omnipotente, omnisciente y eterno. No
solamente sería posible, si es que no inexorable, la cancelación de la pelotera
histérica entre cocoritos pajueranos continentales y pajueranos cocoritos
anglosajónicos, se podría incluso poner término a la guerra entre ateos y
religiosos. Deleuze convirtió a lo virtual y al plano de inmanencia en Dios
(existente y actual) y no fue tan lejos como para bañar en un manto de contingencialidad
a las leyes físicas; pero Meillassoux quiere dar con un Dios indeconstruible,
que no pueda caer bajo la garra malévola de escépticos y pragmatistas. La
“justicia indeconstruible” de Derrida tal vez no era más que una persistencia
del ideal trascendental kantiano.
La triple O de Graham Harman o el discreto encanto de los objetos
Hay que
acabarla con el asuntillo pesado del acceso humano al mundo, dice Graham
Harman, con quien el correlacionismo pasa a llamarse “filosofías del acceso”.
El filósofo ha sido siempre, más que un obsesivo, un accesivo: un obseso por la
accesibilidad. Este nuevo valor, Harman, algo menos arrojado que Meillassoux,
establece una suerte de kantismo tímido o prudencial que acepta que la cosa en
sí existe, si bien es inaccesible en forma directa pero accesible
indirectamente. Puede ser conocida, pero de una manera algo misteriosa,
rebuscada: por una vía especulativa como causalidad oblicua. Y como el
correlacionismo poskantiano envejeció de vanguardia a dogma, Harman pretende
volver al sustancialismo estilo Aristóteles o Leibniz, que no hacían la plancha
sobre la correlación sujeto-objeto: sueña con la vuelta de la mónada sin
ventanas, esa monada clásica, y eso no es lo mismo que pensar desde el tonel,
que tampoco las tiene, como hacemos nos. Sin embargo, en vez de hablar de
sustancias, habla de objetos, que no necesitan ser ni naturales ni simples e
indestructibles, pero son autónomos, relacional y sustancialmente, porque
existen más allá de la suma de sus partes y de la relación con otros objetos. Su
producto, la novelería filosófica de Harman, lleva el nombre severo de
“ontología orientada a los objetos” y el seudónimo de “ooo”, que suena a
cántico de hinchada o a interjección de asombro prefilosófico, y su asunto,
queda visto, no es el de Meillassoux, la matematización del mundo, sino una
presunta realidad de lo real más concreta, la de los objetos individuales,
porque el universo está hecho de objetos, no de quarks, átomos o cuerdas,
sucedáneos de los elementos primordiales que rastreaban los presocráticos, y
estos objetos pueden ser despejados independientemente de cualquier impresión,
diferencia o voluntad de poder que estuviera oficiando de estofa última o
primera de organización de los entes. Su desvelo son las relaciones entre los
objetos, imaginándose acaso él mismo como un fisgón de vidrio, como un espía
desinteresado, como un dios sin existencia, como otro objeto más, sin arte ni
parte, ya que los objetos se relacionan y afectan entre sí al margen del humano
o el sujeto, de lo cual se infiere, como es obvio, que pueden ser pensados (si
no nunca hubiera podido decirlo), de manera que pueden ser pensados en sí
mismos y no en relación al sujeto. La cosa no es atreverse a saber, sino
atreverse a conocer un mundo sin humanos, porque este bicho no posee prioridad
ontológica de ente ejemplar, es sólo una instancia metodológica: un objeto más
del montón. Pero el resto de los objetos no participa de la fiesta
antropomorfa, ellos son extraños impávidos que resisten por fuera de la cacería
cognoscente. La correlación en la que participa el humano es una entre
cualquier otra correlación objética, sin sombra del menor privilegio de sangre,
heráldica o representatividad divina y popular, y tal es la nueva democracia
que estos filósofos norteamericanos ubican en las góndolas del mall: una inconmovible democracia de
objetos (eslogan del sr. Levi Bryant).
Notemos que la línea de partida de este
otro colegiado del nuevo realismo especulante no es el postfinitismo de Badiou
sino el entresijo fenomenológico entre Husserl y Heidegger: el objeto de Harman
parece ser un híbrido entre el fenómeno de Husserl y el útil de Heidegger, industria
alemana de pura cepa, como Telefunken –que significa televisores que funcan.
Pero con él la intencionalidad de don Edmundo Husserl se libra de la mente y se
torna ontológico-general. Este viejo, como queriendo volver al útero o a la
piedra o lo inorgánico, tipo regresivo freudiano, pretendió el retorno a las
cosas mismas; pero, pillo, lo hizo sin salir del correlacionismo idealista.
Para cualquier solipsista de barrio, verbigracia, las proyecciones
cinematográficas de su mente asumen un coprotagónico de cosas mismas, una mera
extensión de su absoluta ipseidad. Estos quieren la cosa misma sin el
solipsista, en cambio. Se toman el asunto a pecho. Llama la atención que
hayamos vuelto a los manuales de los 50, esos con los que empecé mi cansada
carrera de la edad como retrasado en filosofía a velocidad aquileo-zenoniana. Y
pensar que los vivillos de los 90, esos posmodernos de bolsillo que andaban
haciendo turismo cultural por mi zona de influencia, me boludeaban por andar
leyendo antigüedades fenomenológicas con tufillos a tercera edad y ácidos
grasos oxidados. Vuelve lo rancio; pero el perfume debe ser fuerte, cosa de que
el olor a viejo pase desapercibido. Lo cierto es que la fenomenología no podía
decir ni medio sobre las interacciones de los objetos allende la conciencia, y
sin embargo, Husserl era “un idealista orientado a los objetos”, toda una
curiosidad. ¿Y qué otra cosa es un platonista, amigos, más allá de que a Platón
y a Sócrates le interesaran sobremanera objetos demasiado abstractos y
generales y bastante poco los utensilios, que el viejo dejó de lado cuando
prematuramente se jubiló como picapedrero? Platón no agarró la pala nunca (como
dicen los liberotarios); pero Sócrates sí que sabía de martillos sanos y
martillos rotos. Platonismo puro y duro: para Harman los rasgos eidéticos del
objeto pertenecen al plano de lo real.
El perezoso objetivismo epistemológico de
la metafísica moderna, sin embargo, descansaba en un objeto revestido de
presencia permanente; el de este nuevo realista posposmoderno tampoco es un
mero estar-ahí ni estar a la mano sino uno cuádruple y fracturado que asume las
siguientes polarizaciones: objeto sensual-cualidades sensuales, objeto
sensual-cualidades reales, objeto real-cualidades reales y objeto real-cualidades
sensuales, donde las relaciones objeto real-cualidades ocurren de manera
indirecta (fusión y fisión) y las relaciones con otros objetos reales
oblicuamente por la capa sensual de la experiencia y con ayuda de un tercer
objeto en calidad de mediador, mientras que los objetos sensuales son contiguos
en la experiencia a través de un tercer objeto real que hace de puente. Llama allure (encanto) a esta suerte de fuerza
gravitacional o interacción alusiva que permite que un objeto afecte a otro.
Dentro de la ladronera del
realismo nuevo o especulativo tanto Meillassoux como Harman han sufrido la
crítica de intramuros. El mataburros que comentamos pone, verbigracia, el caso
de Iain Hamilton Grant, que impugna la sustancia del primero (un quietista que
no explica el devenir) y el absoluto lógico de Meillassoux (porque el absoluto
es pensable pero no aprehensible desde los objetos del mundo). Este otro
candidato descubre que la naturaleza tiene una historia previa al surgimiento
de la conciencia (que no es ningún milagro de la materia, agrega la camarada
Malabou, sino pura epigénesis sin sentido), y asegura que Aristóteles separó
arbitrariamente física y metafísica y la ciencia moderna le dio el ok, por lo
que hay que volver a un platonismo que dé cuenta de la naturaleza no desde sus
productos sino desde sus fuerzas productivas, ya que la productividad natural
no es fenoménica (es una natura naturans previa a su natura naturata) y se llega a ella por
vía especulativa: la naturaleza se pensaría a sí misma a través de sus
productos pensantes (especulativamente sabemos, defiende Grant, que la fuerza
productora de la naturaleza es una fuerza racional, ya que tenemos el hecho de
que la pensamos como absolutamente real).
Maurizio Ferraris: el nuevo realismo comeconchas
Existe algo más que texto o pura significación, tal cosa declara
Maurizio Ferraris, quien traería entre manos la reformulación realista de una
hermenéutica que cometía la falacia de confundir la relevancia axiológica con
la ontológica. Las cuatro advertencias impuestas por el pasado siglo con las
que decidió romper, y en virtud de las cuales “los onomaturgos se hicieron
demiurgos”, son las siguientes: la de que “no hay nada afuera del texto”, de
Derrida; la de que “el ser que puede comprenderse es el lenguaje”, de Gadamer;
la de que “el lenguaje es la casa del ser”, de Heidegger; y el “no hay hechos
sino interpretaciones”, de Nietzsche. El posmoderno sería un idealista
encubierto, reciclado por el siglo XX, cuya tesis, heredada de Kant, aseveraría
que no hay sujeto ni objeto sino relación sujeto-objeto, “el peor argumento del
mundo”, según despotricó David Stove, puesto que implicaría que al comer ostras
no las comemos como tales: comemos sus relaciones con nosotros, una parcial
autofagia que en la Argentina aplica incluso en la polenta. Como sabemos, las
refutaciones gastronómicas, como las que tocan el bolsillo, tienen el peso de
aquello que es de primera necesidad: Cioran ya advirtió que se refuta de igual
manera una idea que una salsa, y que las modas filosóficas se imponen por
idénticos motivos que las culinarias. Contra el tirarle el fardo de la realidad
a la ciencia y contra las comodidades de la filosofía edificante, este tano se
planta en el “compromiso ontológico” (aunque apenas se pueda conocer de manera
negativa o indirecta, existe una realidad previa al pensamiento) y en declarar
a los vientos la “falacia trascendental”, la confusión entre ontología y
epistemología, entre lo que hay y lo que sabemos, o creemos saber, a propósito
de lo que hay. Reconoce tres tipos de objetos: los físicos (que existen con
independencia en el espacio y el tiempo), los lógicos (que existen con pareja
independencia no en tiempo y espacio) y los sociales, que no pueden ser
concebidos sin un soporte material mínimo al que llama “documentalidad”, pues
si bien no sabemos, dice, si hay algo real fuera de los que refieren las
significaciones, hay certeza de que hay algo real donde las susodichas se
inscriben o registran. Maurizio insiste en que las leyes de Newton ya eran
verdaderas antes de que Newton naciera, lo que no significa, advierte, adherir
a que la mente refleje la realidad: pensamiento, lenguaje e historia cuentan
pero no son constituyentes de la realidad (y la realidad humana no es un ámbito
autónomo o autosuficiente). Si sólo existiera la relación sujeto-objeto no se
explica por qué los objetos perseveran tanto en resistirse. A esta objeción la
bautiza “realismo negativo”; pero el “giro realista” debe ir a por más, a uno
positivo: a concluir que lo real está dotado de una positividad autónoma, de la
cual abundan pruebas. La realidad es la condición de posibilidad del
conocimiento, hipótesis que yergue su “realismo trascendental”, no menos
ambicioso, asegura, que el idealismo trascendental. Más bien, parece bastante
más.
Markus Gabriel: un realismo de unicornios sin mundo
El
correlacionismo en Ferraris se llama “falacia trascendental” y en Gabriel
“constructivismo”: la confusión de aquello que es –ontología– con aquello que
sabemos –epistemología. De acuerdo a la confesión del comentarista, este último
filósofo pretende devolverle a la filosofía su dignidad de forma fundamental
del pensamiento humano, de ciencia racional (¿valga el pleonasmo?) de la
realidad. Para ello, sale con los botines de punta directo hacia el naturalismo
analítico y la metafísica ontológico-matemática continental (hola Badiou), y lo
hace revisitando al idealismo absoluto, que le brindaría el empujón necesario
para dar con una ontología realista trascendental y no acrítica, ya que dicho
idealismo no habría perpetrado correlacionismo. Tal ontología trascendental no
investiga sobre las condiciones subjetivas del conocimiento sino sobre las
ontológicas de lo que existe: cómo es que un ser puede darse a un pensador
finito. Gabriel le da la vuelta a Meillassoux: argumenta que es imposible
afirmar la necesidad de la contingencia y se planta, al revés, en la
contingencia de la necesidad. La afirmación de la necesidad del principio de no
contradicción, dice, no es ella misma necesaria. Sujeto y pensamiento existen,
mas el pensamiento es contingente, y dada la facticidad del sujeto, no se puede
afirmar que el mundo exista.
Detrás del cuco de la posmodernidad y del
cuco de los analíticos yace el deforme monstruo llamado Kant. El desvelo de esta
gente, entonces, no deja de ser el mismo que conocemos de antaño por Macedonio:
¡codear fuera a Kant! ¡Lo primero no ya en metafísica sino en realismo
especulativo! Codear fuera, por lo pronto, a la gnoseología, la teoría del
conocimiento. Y sin ir más lejos, Markus Gabriel también porfía en que el mundo
no existe, con la salvedad de que dicha inexistencia mundana se deriva de que
la existencia es una propiedad del sentido, de los campos de sentido: el objeto
aparece en un campo de sentido y lo que existe es una pluralidad indefinida de
dichos campos. Campo y objeto, así las cosas, delimitan la condición ontológica
fundamental: no puede existir una única y sola cosa porque toda determinación
es negación: cualquier cosa se define como existente en relación a otras. Todo
esto explicaría el porqué del chiste fuerte del autor, gracias al cual podemos
aceptar que Macedonio y Silvio Rodríguez parcialmente tenían razón: no existe el mundo, pero sí los unicornios.
Note el lector, en principio, que el
sujeto existe porque es parte del mundo, es intramundano; Kant, en cambio, hizo
de él una forma lógica vacía, vale decir, una nulidad y, por lo tanto, fundó el
nihilismo, producto genuino del idealismo trascendental. La epistemología, reza
Markus (Marcos, para los amigos), todavía hace pie en el dualismo cartesiano
que excluye del mundo al sujeto. El universo como todo de los objetos de la
física no es la única forma de existencia, y así este nuevo filósofo dispara
por igual contra naturalismo y antirrealismo, dos monismos: el primero es el
realismo metafísico disfrazado de fisicalismo, mientras que el segundo, ora
bajo los formatos de relativismo o solipsismo, es un realismo encubierto, dado
que siempre hace la plancha sobre alguna forma de hecho absoluto. El realismo,
por lo tanto, es inevitable; y el metafísico, deplorable. Ajeno a los pases de
mano de nuestro irresponsable Macedonio, que anhelaba una metafísica sin mundo,
Gabriel arroja a la alcantarilla metafísica y mundo, lo que en su criterio no
comporta tirar al lactante con el agua sucia: arrojar al bebé junto a los
residuos no sería sino abandonar la distinción entre realidad y apariencia,
abandonar el concepto de verdad, infanticidio que cometió aquel célibe de
amplios bigotes acristianado como Federico, pese a que nos exhortaba a volvernos
críos juguetones e inocentes. El asunto no está en que no podemos acceder al
mundo (escepticismo epistemológico) sino que no existe (escepticismo
ontológico). Metafísica y mundo, querido Macedonio, son almas gemelas: la metafísica
sería la teoría de la totalidad irrestricta y del mundo como mundo, o sea, como
totalidad irrestricta de absolutamente todo (conocido con alias sin referente
alguno como “naturaleza”, “cosmos”, “absoluto”, “ser”, “universo”, “realidad”).
Como bien evoca Harman, “metafísico” comporta un insulto tanto entre los
continentales como entre los anglosajones; pero nosotros, macedonianos devocionales
de barrio, siempre soñamos con ser metafísicos (no sólo por meterle al físico
en el gimnasio, que ese es nuestro costado greco-viñoleano), sueño que poco
tiene que ver, en nuestra descabellada tradición, con la petulancia de
postularse a realista. La cuestión es que este alemán a estrenar nos revela que
vivimos, por más contraintuitivo que parezca, en una era de auge metafísico, ya
que el mundo se convirtió en una suposición incuestionada. Pero el
resurgimiento de la filosofía, cuya nueva empresa pretende dar cuenta de cómo
llegar a ser realistas posmetafísicos, asegura, delata el retroceso de esta
época (“la época de la imagen del mundo”, según Heidegger), que sin embargo no
renace con un nuevo dios (salvo que sea el venidero y contingente que promete
Meillassoux): renace con el “nihilismo metafísico”, cuya máxima de cabecera es
que “el mundo no existe”. Cuando Jameson dijo que era más fácil imaginar el fin
del mundo que el fin del capitalismo, la pegó: Markus Gabriel proclama el
primero de esos fines sin que veamos que necesariamente ocurra el otro –ni que
tampoco advenga el nacionalsocialismo que entusiasmó a Heidegger. Para Gabriel,
la abolición del mundo garantiza la libertad y la autonomía. En esto quizá
acuerde con nuestro ídolo Fernández, aunque el anarquismo gabrieliano es
realista, un “realismo anárquico” que rechaza todo arché como principio general que mantenga unido todo, denominado
asimismo “realismo neutral” (sin capa de realidad privilegiada o algún tipo de
objeto que fundamente todos los demás objetos), un “pluralismo ontológico” que mantiene
que hay muchas realidades, de las cuales algunas intersectan entre sí y otras
no (todo no tiene que ver con todo, como sostendría el monismo holista de los
sofistas y de Pancho Ibáñez, esa metafísica solapada). Con esto pretende evitar
la incoherencia del constructivismo y el relativismo y el aplanamiento de los
objetos del plano de inmanencia de Deleuze, capitalizando “todos los elementos
emancipatorios deseables de la filosofía poskantiana” (pluralismo,
perspectivismo, argumentos antimetafísicos, antinaturalismo, etcétera). Inspirado
en el idealismo postkantiano y anticartesiano de Schelling, Fichte y Hegel,
Markus ofrece una ontología trascendental, entendiendo que la ontología es una
investigación sistemática respecto de la existencia o de su significado. No hay
mundo objetivo del cual el pensamiento pueda ser excluido: es el mundo el que
tiene la capacidad de volverse inteligible a sí mismo en la reflexión como
autorreferencia. La barrera mente-mundo sólo se corta cuando se mete a la mente
en el mundo, ya que la intencionalidad es un objeto dentro del mundo. Sin
embargo, hete aquí que el mundo no existe porque la existencia no es una
propiedad propia de los objetos en el mundo, ni es cuantificabilidad, sino un
predicado de orden superior, con lo que desmonta la equivalencia
ontología-teoría de conjuntos que hace (desde Russell y Frege) Badiou, para
quien existir es aparecer en el mundo con un grado de intensidad fenomenal
mayor a 0. No hay una lógica trascendental universal para todos los campos de
sentido, como cree Badiou: el aparecer es tan múltiple como el Ser, que no es
una entidad metafísica detrás de las apariencias sino la fuente de la
contingencia y un efecto colateral de los campos de sentido como pluralidad
transfinita no totalizable ni cuantificable. No hay un único y homogéneo dominio de
objetos, y la existencia es una propiedad de estos dominios de objetos. La
teoría de conjuntos es un dominio más como cualquier otro. Reemplazada la
noción de conjunto por la de dominio, que es lo que hace este señor, es posible,
sostiene, una lógica del sentido sin compromiso con la cuantificabilidad de la
existencia: la lógica, un campo de sentido entre otros, es una mera región del
Ser, y las formas puras no son la matriz trascendental para todo lo que existe,
como berreaba Platón. Nada existe fuera de algún dominio (la existencia es una
propiedad de los dominios), contingencia y necesidad tienen lugar a condición
de que haya dominios. Esta ontología del dominio se define como una teoría
incompleta de la incompletud. Así nosotros, que anhelamos, como todo el mundo,
una filosofía de la dominación (aunque más no fuere, de la dominación de
nosotros mismos, alias ascetismo), tenemos por lo pronto que consolarnos con
esta abstracta e inofensiva ontología de los dominios.
Nuestro manual nos informa,
para ir cerrando la persiana, que habría incluso una segunda oleada de realismo
especulativo (quizá hoy ya haya una cuarta) y que esta renovación de lo nuevo
se postula a legataria de Deleuze y se divide en dos: un “nuevo materialismo”
(cabecillas: Manuel de Landa, Catherine Malabou, Elizabeth Grosz, Jane Bennett)
y una “filosofía del proceso” (generales y brigadieres de esta junta: Bruno
Latour, Steven Shaviro, Levi R. Bryant, Jane Bennett y Adrian Johnston). Bennett,
por ejemplo, defiende que existe una única sustancia inmanente, la materia
vibrante, que todo lo que existe es materia, pero viva y creativa: no sólo son
actores los sujetos humanos sino los discursos, las leyes, los entes
materiales, etcétera. El agenciamiento se vuelve ontológico y abraza a toda la
materia. La “onticología” de Levi Bryant, por su parte, dice que el fundamento
de la ontología es el ente, que el único tipo de ente que hay son los objetos,
que los objetos no son sustancias, que ser es producir diferencias, que ser
ente es diferenciarse, que toda diferencia hace diferencia, que las diferencias
que hacen diferencias no se restringen al dominio humano y sus sucedáneos, que
las diferencias no se reducen a las categorías del conocimiento, que no hay
jerarquía ontológica entre entes. Otro curioso exponente de la nueva pasión por
los objetos es Timothy Morton, un filósofo que extrae el famoso ser-con de
Heidegger, el mitsein, y lo enchufa
en los aludidos, ya que existir como objeto es estar en relación con otros
pares, y además y por el contrario, les atribuye vida íntima, o sea inalienable
a cualquier relación, inventado con esto los “hiperobjetos”, aquellos objetos
cuya objetualidad no se define en referencia a un sujeto del conocimiento. Como
Markus Gabriel, también se hace eco del fin del mundo, entendido en este caso
como el fin del concepto de naturaleza como mundo, su reificación.
Ray Brassier o el especulativo es el nihilismo
La
vertiente nihilista del difuso movimiento encuentra su rara exacerbación en el
díscolo y mentado Ray Brassier, inventor del “nihilismo especulativo” que acusa
a la comitiva de haber descarrilado en “una teoría del actor-red aderezada con
un poco de metafísica pampsiquista y migajas de filosofía del proceso”. Para
él, el problema es el posmodernismo como poskantismo y no el nihilismo;
Nietzsche puede salir indemne tras el crepúsculo de los lenguajeros. Acá ya no es el gurú de esa nefasta tendencia que
subrogó el criterio de verdad y la división realidad-apariencia; este comodín
ahora puede fungir de aval de un realismo incipiente. Brassier quiere una
metafísica que le pueda seguir los pasos a la ciencia de punta, ya que la
metafísica antimetafísica calentada en los fragores de los 60 permanece cerrada
en sus insalvables impedimentos epistemofílicos. Así orientado, plantea una guerra sin cuartel entre “la imagen
manifiesta” y la “imagen científica”. Como se ve, y contra toda apariencia, en
filosofía todo es cuestión de imagen. En este orden, establece que la verdad es la
imagen científica del mundo y del humano y que sólo el nihilismo se adecúa a
ella. El realismo de Brassier es un nihilismo adecuacionista… Mientras la
ciencia emite enunciados verdaderos y libres de todo antropocentrismo, de los
que la filosofía debe hacerse cargo, la imagen manifiesta del mundo, al revés,
se basa en la mistificación del sujeto facturada por la Ilustración. La imagen manifiesta, se lee en Nihil desencadenado, su opus magnum, no es inmediatez preteórica
sino un constructo teórico cuya importancia es más normativa que ontológica: da
la fuente para la norma de la intencionalidad racional, tiene una prioridad
práctica, y dio el marco fundamental para las filosofías continentales y las
analíticas del sentido común y el uso ordinario. Los partidarios de dicha
imagen, afectados ora por Heidegger o Wittgenstein, creen que todas las
entidades postuladas por la imagen científica del mundo son herramientas
simbólicas para orientarnos en el mundo, pero que no describen objetos o
procesos reales: creen que son resultados del estar-en-el-mundo o de juegos de
lenguaje. Para Brassier, un reduccionismo filosófico que hace una
instrumentalización de la imagen científica, imagen científica que, sin
embargo, socava la autoconcepción manifiesta del hombre como persona o agente
intencional. Ningún
naturalismo o cientificismo empirista ya está a la altura de las atrevidas
operaciones científicas, que parece que requieren de un “realismo
trascendental” que corte por lo sano con “el mito de lo dado”. Ni empirismo y pragmatismo dan el piné para hacer una
metafísica digna de las ciencias. La entronización de la experiencia y la
hipostización [sic] de la naturaleza,
leemos, son ajenas al modus operandi
sustractivo de la ciencia, la cual lleva a cabo un proceso de demolición de la
imagen manifiesta, y acelerarlo es para Brassier la consumación filosófica de
la Ilustración. Los más acérrimos defensores de la legitimidad de la imagen
manifiesta, sin embargo, fueron los filósofos que dicen que la tarea principal
de la filosofía es la crítica. ¿Quién tiene la autoridad última para determinar
lo que entendemos por “significado”: la ciencia o la autocomprensión
precientífica? El significado lingüístico-formal se genera a través de procesos
no lingüísticos y las intuiciones fenomenológicas están condicionadas por
mecanismos a los que no se puede tener acceso intuitivo, porque la realidad de
la conciencia es independiente del sujeto de la conciencia. El sujeto fenomenológico
de la apariencia sería una apariencia generada por procesos neurobiológicos
inaparentes. ¿Qué estatuto darle a lo inaparente? ¿Trascendencia inobjetivable
(como porfió Heidegger) u objetividad inmanente? Brassier, que acusa a Badiou
de “idealismo de la inscripción”, ordena salir del idealismo de la correlación
y también del de la intuición matemática. Meillassoux, a su juicio, con su isomorfismo
ser-idealidad matemática está al borde del pitagorismo (ese correlacionismo antediluviano),
habida cuenta de que el ser no depende de la existencia de las matemáticas: la
fuente Castalia no está en la matemática ni en la lógica sino en la
neurobiología, pues el pensamiento es hijo de procesos químicos. Como es de
público conocimiento, no obstante, la ciencia avanza o retrocede sin el aval ni
el asistencialismo de los profesores de filosofía: agarra de muletilla la
metafísica abusiva y profana que chapurrean sus mismos operarios, recibidos
siempre con mayor entusiasmo por los periodistas y su público, con quienes
consolidan un triunvirato ideal para el más impune ejercicio ontológico
espontáneo y de oído. Y en esta fiesta de todos ponen mala cara cuando les cae
como peludo de regalo un aguafiestas filosófico, aun si viene con ánimos de
corroborar a pie juntillas los triunfos del físico más pintado o toda la paleta
de novedades del penúltimo número del magacín Nature. Pues los nuevos filósofos se niegan a dar el brazo a torcer
y amenazan con sacar el puntero si no se acepta que la filosofía asuma la
ínclita jefatura en el arte de ordenar y pulimentar los fundamentos de la
ciencia, un reclamo de idoneidad que pide reabrir la causa de la división del
trabajo.
A las filosofías hay que vivirlas, lo que implica un día parar de
estudiar y ponerlas a prueba en carne propia. Tómelo Vd. como la orden de un
autoritario desvalido, como el consejo de un extraño o como la confesión de un
energúmeno poco creíble. Es así como se gastan y alcanzan el estado de
chapucería machacona. Las agarra el vulgo como uno y las troca en cliché o
grosera caricatura. Así triunfan, consiguiendo el ridículo y el hastío fácil de
la gente distinguida y de ocio elegante y pudiente, quienes son los primeros en
abandonarlas a cambio de otras nuevas de atajo aún vedado al gran público
pelotudo. Pero mantengo, por gusto, que es preferible sacarlas a la calle o
experimentarlas en el excusado propio un poco todos los días, que insistir en
predicarlas en una tribuna solemne o examinarlas de por vida deteriorando por
el uso las reglas del raciocinio o del lenguaje. Con esto no pretendo sino
excusar mis tardanzas para estar al día en la materia o los buracos ostentosos
de mi erudición, rasgos que los malpensados de mierda querrían atribuir a la
pereza, pasión que suelen ejercitar ellos con denodada diligencia.
“El pensamiento tiene intereses que no coinciden con la vida”, impone
Brassier sin embargo. D’acord. Así
arrancamos con los presocráticos, de hecho. Cuando Vd. sale de la Caverna no
siempre lo hace porque allí no se puede vivir, ya que uno es capaz de hacerlo
incluso el día en que proyectan su programa favorito. Tomárselas por
sofocamiento o incompatibilidad, no comporta una renuncia. Y el filósofo que no
renuncia no es filósofo, así renuncie a la renuncia y/o a la filosofía.
Un nihilismo especulativo es una provocación que toca el cuore de las almas bellas y de los
malditos espontáneos. El rótulo, repulsivo por donde se lo mire, suena como un
oxímoron o como una etiqueta para describir al capitalismo en su fase terminal
actual, que podría durar hasta el Big
Crunch. Aclaro que no me opongo a la especulación, la no bursátil, que
puede ser asaz divertida, sino a los aburrimientos a sueldo del
especulacionismo burocrático (“burrocrático” dijo Parra). Para el oportunismo
especulativo el nihilismo es una fiesta, boutade
cabecera de Brassier: no es un dilema existencial sino una oportunidad
especulativa, dice. El desencantamiento del mundo, aborrecido por el
revisionismo antiilustrado, es una estimulante potencia de la razón, no una
catástrofe. Madurez intelectual. Eso dice. No es una patología subjetivista que
guía la anulación del mundo sino, agrega, el efecto de la convicción de que
existe una realidad independiente de la mente y que no se ajusta a los valores
y significados de nuestro narcisismo humano. Los filósofos, que ya no se
dediquen más a buscarle un sentido a la vida ni a llorar por la rotura del lazo
con la naturaleza. Si tienen cojones, que especulen con el nihilismo a cuestas,
a ver si se la bancan. Es un mensaje de Ray Brassier.
Como consuelo, el matematicismo de Badiou hace un llamamiento a vivir
como inmortales; pero Brassier se planta en la irrevocabilidad de la muerte
térmica del universo que nos asegura la desaparición definitiva del mundo en
que vivimos, sin que He-Man Badiou pueda hacer nada para remediarlo. Estamos
ante un personaje más cercano a los mad
doctors de departamento filosófico, estilo Nick Land, aunque en versión más
académica, formal y aparentemente cuerda. ¿Qué importa un giro copernicano si
nos encontramos ya a mitad de camino en el transcurso hacia la desaparición del
sol, dios que mucho antes de izarse como gigante roja (después de 1.000
millones de vueltitas terrestres) ya habrá evaporado los océanos y arrasado con
la vida local (incluyendo a extremófilos, platonistas parisinos y Mirtha
Legrand)?
Una ex amiga, profesora de letras, se me reía de que yo tuviera
conocimientos generales de astrofísica (gusto que despunté ya de chiquito, allá
en los primeros 80, cuando no me perdía ningún capítulo del Cosmos de Sagan aunque tuviese que ir a
la escuela mal dormido). Para ella, entiendo, esta inquietud o este capital era
tan precioso o irrelevante como dominar el tarot e incluso tan superfluo o
grasa como mi notable erudición en materia de estadísticas históricas del
fútbol argentino de la era preprofesional. Un sentimiento normal, me temo,
entre literatos y poscientistas del ramo salidos de la universidad de los 90
(que son más o menos la misma gente). Sin yo tener ningún proyecto de secundar
a la ciencia con una nueva metafísica idónea que acabe de una buena vez con las
veleidades idealistas de la epistemología, semejante desinterés, tamaño
democratismo, para colmo presuntuoso y risueño, no cesa de dejarme pasmado. Me
imagino que es contra este rasero de indiferencia y certeza pseudoescéptica que
luchan tipos como Brassier. ¿Por qué perdería el tiempo y el crédito inter pares un egresado de Humanidades y
Artes en curiosear en banalidades como teoría de cuerdas, agujeros de gusano o
hipótesis de la panspermia, puras afectaciones berretas de diletantes
clasemedieros que consumen la mala literatura del cientificismo divulgativo?
¿Qué relevancia puede tener un relato chato y de autoría incierta como la
aceleración de la expansión del universo ante la última novela inteligente de
Cabezón Cámara? Si todo es texto o lenguaje, metáfora o perspectiva, ¿cómo caer
en esa momentánea suspensión de la incredulidad y darle crédito a una
literatura tan plana e involuntaria? ¿No debería preocuparme más por chequear
los últimos reportajes del suplemento Revista
Ñ? Ese día caí en la cuenta de que
era un posmoderno insuficiente, aficionado e incluso ficticio, acaso un
infiltrado, y entendí por qué cambié en primer año Letras por Filosofía. Por
esta breve anécdota aleccionadora quizá me perdone esta gente realista
especulativa mis groserías de bufón (sin cargo) del pueblo. La aristocrática
indiferencia, pone Brassier como comentando mi chisme, es negación infantil.
¿Sos correlacionista? Ya no estás in.
Por más que te vistas así. La Onda podrá ser más importante que el Conocimiento
pero no que la Realidad-en-sí. Porque ¿con qué derecho la vida y el pensamiento
le imponen condiciones a la realidad, siendo que brotaron pasados más de 10.000
millones de años del Big Bang y tienen los días contados por la física, mientras
que la materia inorgánica y la oscura seguirán su curso impávido de eón en eón?
Para Kant, repara Brassier, el archifósil sólo puede ser representado no
como si existiera en sí sino en tanto que conectado a una experiencia posible.
Existe acá y ahora para el correlacionista, que ve al tiempo ancestral como
alucinación cognitiva. Pero ni a Manolito ni a ningún deudo correlacionista se
le pasa por alto que la ciencia, o las ciencias, emiten “enunciados
ancestrales”. Meillassoux, convengamos, no descubrió América imponiendo su
neologismo de repertorio francés. El fenómeno no percibido no se inventó ayer.
Para el correlacionista tenaz, dice Brassier sin embargo, ese enunciado es
inteligible sólo a costa de negarle la realidad al fenómeno ancestral, que pasa
a ser la huella de un falso recuerdo. Por otra parte, darle semejante
importancia al archifósil –la acreción de la Tierra, por ejemplo– es concederle
al surgimiento de la conciencia un imperio que no tiene: procesos
contemporáneos a su existencia como la tectónica de placas, la energía
termonuclear o las reservas de petróleo o especies de insectos no descubiertos
son realidades tan autónomas e independientes de la realidad humana como la de
marras. Meillassoux se quedó corto. Para Brassier, como para Meillassoux, el
correlacionista es primo hermano del creacionista: le falta poco para anclarse
en que el Creador nos metió los archifósiles para probar nuestra fe. Con
idéntico propósito, la Conciencia Trascendental se inventó la Cosmología. Esta
controversia, en definitiva, que si no es una pavada lo parece, alcanza en
Brassier, por abundancia y vocabulario, un grado de complejidad tedioso y una
extensión de casi 500 carillas. Y yo me pregunto por qué estoy acá…
Hay que decirlo, no obstante: los científicos hacen su laburo, y después
se van a casa con su esposa. Creen cualquier cosa: tanto en la existencia en sí
de Alfa Centauri como en la validez de la existencia de ciertas estrellas de
rock. El otro día le oí a Maldacena decirle que creía en Dios al dueño de Perfil y anoche volví a ver los
rapapolvos que un cura jesuita y cosmólogo, el padre Carreira, le propinaba en
la tele gallega al materialismo de entrecasa de un destacado jurista, el
venerable don García Trevijano. Cualquier obrero VIP de la física siente
escozor ante el antropocentrismo de los sociólogos que no saben dividir sin
calculadora y ello no les impide mear de parado, tener sueños de neurótico
estándar ni derrapar sin que las papas quemen en las más variopintas maniobras
del teocentrismo anticuario. Ignorantes de toda escolástica, tal vez manoseen
un teocentrismo inconsciente y dominguero, tan irresponsable como el del más
cabeza dura de los empleados bancarios del BBVA. Jamás ningún científico le
pidió permiso a Kant ni para ir al toilette;
pero ven películas de Disney y nadie les quita la matrícula. A mi criterio no
podés ver a Pergolini y ver por el telescopio espacial James Webb sin que ello
degrade tu interpretación sobre nuevos cúmulos de galaxias; pero quizá es sólo
un prejuicio mío.
No hay ciencia –“natural”, al menos–, ni persona incluso, que no viva y
accione como si la realidad no-correlacional existiese. Si esta es un hecho, un
dato, un axioma, una sustancia, Dios mismo, una hipótesis o un sueño
compartido… en fin… después vemos. Tal vez no nos pongamos de acuerdo nunca
(sería fatal quizá), que ni siquiera lo hay dentro de la pseudosecta
especulacionista. Nosotros, nihilistas menefrego, y no especuladores, damos
vuelta de página para seguir saltando de un tema a otro. El artista hace eso,
decía Jasper Johns: caza al vuelo una cosa y le hace algo, después otro algo,
después otro y así, y nosotros somos filósofos-artistas (de ahí el bigote).
La cosa es que Brassier, como Meillassoux, no acepta ningún compromiso
posible entre los asertos del correlacionismo engreído y los clarividentes
enunciados ancestrales de la ciencia. O tiene razón uno o el otro. El
correlacionista es un cuñado de sobremesa que así como les corta la digestión a
sus familiares haciendo alardes de todos los trucos que aprendió del programa
de Darío Z, pretende por igual relativizar los avances de la ciencia haciéndose
el Sócrates o el Gorgias o imaginándose un paladín del catejón (κατέχον). Pues hay que juntar a todos los afectados de
kantismo y mandarlos al Gulag de una. No queda otra. Si los seguimos dejando
que chapoteen en redes o en la tele, o en la Universidad Johns Hopkins, la
reputación de la realidad continuará siendo sospechosa. Si la idea de una
realidad en sí se volvió ininteligible para la filosofía es porque los
criterios poskantianos de inteligibilidad son pelotudos. No es problema de la
realidad sino de los pelotudos. Brassier no lo dice así, pero yo traduzco (soy
traductor de inglés a fascismo –no al castellano sino al lenguaje mismo,
Barthes dixit). La ciencia reveló una
realidad a la cual la vida y el pensamiento le chupan un huevo, pero la gila de
la filosofía se sigue haciendo la boluda. Como árbitro trascendental, le cobra
penales digitados por FIFA. Kant rompió con dos mil años de preguntismo socrático:
abolió el ¿qué es X? por el ¿bajo qué condiciones podemos llegar a
relacionarnos experiencialmente con dicha letra? De la naturaleza de las
cosas a la experiencia de las mismas. X es Twitter, y esa no es la única
comprobación que puede hacer la ciencia sin que Kant se entrometa como coautor.
Rebautizada como “archifósil”, la cosa es que la cosa-en-sí se nos mete de
nuevo en casa con la credencial del FBI británico.
Otro día estudiaremos todo
esto más en serio, o quizá aún menos.
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