Es demasiado aburrido seguir y seguir la huella de la huella. La ateología del texto cansa –más que nada por lo teológica que suena.
Derrida es una Penélope que teje diferencias y huellas de huellas: o
sea que teje-desteje también. De eso van sus tejemanejes. De lo contrario,
sería penelogocentrista (y no penelopecentrista).
Por Derrida sabemos demasiadas cosas que nos han dado la pauta, el
visto bueno, para hacer cualquiera y cualquier desastre ya desde pibes, con
toda la impunidad de la que gozábamos agónicamente los pibes-chorros de los 90
(chetitos pobres, según el pobre cheto o jipi fake denominado Ariel Liendo).
El posmoderno (verdugueo que se usa para regatearle el precio al
posestructuralista, que sería su versión de cuello duro) es algo así como un
escéptico de izquierda. Esa cruza luce en estos figurines filosóficos como un
oxímoron de luxe, una suerte de
patetismo engalanado, de rebeldismo relamido. Aspavientos de adolescente
indignado y dinamitero, esteticismo de dandi clasemediero, gestualidad de chica
fiestera y dosis de resignación con un toque de oscuridad de derechista
alternativo. Tono de gran señor y grititos de tilingo inocentón, todo junto.
Querían ser ilustrados y poetas malditos a la vez. Para un desabrido
racionalista moderno como Habermas, todos estos filósofos de vida alegre eran
una manga de neoconservadores. Los amigos de la transparencia salieron a
embarrarles la cancha.
Pero para varios de sus hagiógrafos nuestro ejemplar no era un
posmoderno. Marc Goldschmit (el de Jacques
Derrida: una introducción) libera a su santo del clisé de posmoderno y se
lo endosa a Deleuze –porque Derrida, dice, no quiere olvidar la tradición. ¿Es
el deconstructor un tradicionalista irónico? ¿Un rebelde rancio? Ya Sloterdijk
amagó definirlo como un tipo “inquieto por no quedar fijado en una identidad
determinada”, y el proyecto de este introductor, Goldschmit, es convertir a
Derrida en un pez aceitoso: que nadie lo pueda agarrar con ningún boga grip (su
pensamiento y su escritura son sin tesis ni posición –dice o, más bien, glosa).
El trabajo de su héroe es “la deconstrucción del poder en sus principios”
(mientras sea nomás en sus principios, todo bien, ¿no?). Cuando el mundo se
reduce a texto –se lee–, el texto no existe y sólo hay afuera: Derrida, se
corrige, no deconstruye nada (ya nos parecía). Ni afirma la desaparición de lo
Verdadero y lo Falso, ni que la enunciación no tiene sujeto, ni que el discurso
autor (malas noticias: nos engañaron). La deconstrucción –creo que dice– ni es
filosofía de la filosofía, ni crítica, crítica de la crítica, crítica de la
crítica de la crítica, ni teoría, ni análisis, ni el proyecto arbitrario de un
autor. Es un niní a la enésima potencia: un ninininini… Ni método ni sin
método, ni empirismo ni subjetivismo a la sanfasón. Ni literatura ni filosofía.
No es nihilismo porque le dice sí a todo lo que deconstruye (si deconstruye el
edificio de Terrabusi, también le dice sí).
A todo dice que sí y a nada dice que no, para poder deconstruir.
Pero si Derrida le dice sí a la metafísica, ¿es la deconstrucción un
santo decir sí? ¿O es un decir sí non
sacto? Entiendo perfectamente que las personeras actuales de la
deconstrucción se crean santitas (aunque para mí son degeneradas); pero
Derrida… ¿qué se creía? ¿Estas le dicen sí al Patriarcado? ¿En qué sentido me
lo dice? En efecto, estas quieren acabar con algo que está más acabado que el…
de un…, y en ese sentido podríamos decir que le dicen sí a lo que le dicen no:
resucitan a un monstruo para poder matarlo. Y bueno, ¿qué quieren?... ¿no fue
acaso su presunto patrono el gran ghostbuster
finisecular? ¿No es acaso Derrida el gran investigador paranormal del campo filosófico?
Notemos que el sí derridiano podría, en efecto, ser non sacto, toda vez que, conforme a su
introductor, cuanto más santificada es la racionalidad (caso Habermas) menos se
respetan sus reglas, y cuanto más deconstruida o cuestionada es, más se la respeta.
Visto esto desde la lengua originalmente filosófica, se podrá razonar
que la deconstrucción practica una forma de αἰδώς –si es que no de εὐσέβεια–, formas acaso
secularizadas dirigidas a una racionalidad que se supondría ya secularizada. No
la hagiotiza, no la consagra; y si bien el respeto se aproxima a la reverencia,
es más bien lo que queda de la última tras los mantos de la laicidad. Se limita
a correrle los hábitos, con un ademán galante. Una profanación cortesana,
acaso. No hace culto de ella; pero la considera. La aborda con una gentileza
liberal de renovados movimientos. Si Habermas la sacraliza, es porque la viola.
Ciertamente, el niní Derrida amagará
balbucear que ni es racionalista ni irracionalista.
Por un santo decir sí a Terrabusi transgredí el borderline en triglicéridos.
Así como Kacem quiere reducir el Mal, así Derrida, el gran demócrata
de la significación, se nos presentaba como el administrador ejemplar de los
paliativos contra la indeleble violencia de la palabra, la teoría y las
instituciones. La deconstrucción como cortesía.
Al acabar la escuela secundaria decidí hacer un test vocacional para
ver qué carrera seguir. El diagnóstico fue “persona extremadamente violenta,
ideal para la Academia”. Ya me había ido mal con el test que hice al salir de
la primaria y –homo sum– quise
tropezar dos veces con idéntica roca, que para eso están los test, para
pifiarle estrepitosamente como un Higuaín de final mundialista. Pero mi pulsión
de agresión nunca encontró consuelo en el estrecho marco de la superestructura
ideológica, y de ahí que debiera entonces compensar fin de semana por medio con
alguna batahola de borrachos por la cual lograba tocar la base material o
estructura económica en la que anida esa partera de la historia allende las lindes
del discurso (ese mismo año di con un resumen de Foucault que me permitió
advertir que un “discurso” era un ente algo más abarcador que aquel hobby del Dr. Alfonsín, y aproveché para
incorporar el flamante talismán a mi vocabulario siempre susceptible a las
novedades de tiempo de prórroga).
Tanto la violencia académica como la cortesía ídem son dos formas de
hacerle la corte al poder de Grayskull, dos maneras de ser cortesano sin que se
note, rasgo que connota al bufón de la corte. Llevo heridas de arma blanca
(metafísica) propinadas por ambas, junto a las de cada amor que tuve y algún
que otro accidente colateral. Y ahora que no es hora para nada, os digo que
nada corta más que la segunda, que no hace más que afilar el filo filosófico. Entiendan
que acuchillo por cortesía; es mi venganza.
El día que la deconstrucción dejó las
Ciencias Sociales y entró en la Policía Federal.— Si bien la deconstrucción es tortuosa (léase un
textículo de Derrida si no), la Federal deconstruyó la tortura y hoy es posible
ejercer deconstrucción por pistolas Taser y Byrna, a base de descargas
eléctricas de 50.000 voltios suministradas por dardos o lanzadoras accionadas
por cartuchos de CO2 que disparan proyectiles calibre .68 de polímero sólido,
inerte o con polvo químico irritante (efecto similar al gas pimienta).
Cada vez que veamos la portada de un libro que diga Jacques le Sophiste nos deberíamos
preguntar a cuál de los dos se refiere, porque si hubo un Jacobo el Sofista del
s. XX plenamente consolidado como tal, ese fue nuestro hombre: un coro
filarmónico y unánime así lo ha sentenciado con claridad y agudeza de soprano
ligera y gravedad de bajo profundo, entre otras tesituras. No hay carrera de
Ciencias de la Incomunicación (esas disciplinas gorgianas) que pueda prescindir
ni del psicoanalista ni del deconstructor. ¿Pero hay, como pasa con el otro,
neoplatonistas o neohegelianos que reclamen la incorporación del gramatólogo a
su bando? Tenuemente entre los segundos, ¿tal vez Kacem?
¿Ingresa el buenazo de Derrida en las filas del peronismo, siendo que
sostiene que la justicia es indeconstruible? ¿O es esto un dejo finalmente
platonista?
La deconstrucción –se lee– implica la deconstrucción de sí como su
misma posibilidad. Y como bien dijo Stiegler, hay demasiadas cosas construidas
en ella. Con tipos así no te podés dormir ni un segundo porque pasás de
cocodrilo a cartera: en el menor descuido te construyen una como otros te
soplan la billetera en el bondi. El deconstruccionismo pasó y dejó el jardín
regado de nuevos prejuicios, sin privarse de dejar intactos unos cuantos
clichés que o se le pasaron o los adoró como indeconstruibles.
Derrida deconstruye todo menos los nuevos prejuicios del poder mundial
que tendió a consolidar. Es de esa gente que patea al caído. De esos que son
porongas en barra. Yo me especialicé en deconstruir patoteritos a dos manos
toda mi vida. Pregunten a los que me conocen (más allá de que yo sea un Otro
inefable como cualquiera).
La democracia, se dice, da derecho a la deconstrucción, que dice ser
un pensamiento sin tesis ni posiciones –pongamos, al menos, que sin tesis
inamovibles ni posiciones fijas como la de un marmóreo discóbolo con lumbalgia
y dolor radicular por los pinzamientos en los discos invertebrales. Horacio
González reclamaba, al contrario, el derecho a sí tener una tesis, y lo hacía reaccionando
a la mirada ruborizante disparada por un profesor francés ante su rocambolesca
biblioteca de criollo. Qué curioso.
Cuando a los 13 años leí la Teoría de las Ideas de Platón en el Manual
del tío García Morente, me volví crazy.
Mi padre, el dueño del libro (con el que rindió filosofía en Ciencias
Económicas), me dijo que debía aprender a superarlo, como si fuera otra etapa
más en la vida, otro obstáculo que el desgraciado adolescente melancólico debía
aprender a sortear para llegar a hacerse adulto responsable. Fue así que nació
mi hegelianismo, mi tara superacionista, que prosiguió capítulo a capítulo,
tratando de superar al filósofo sucesivo que me iba mostrando aquel gallego
perdido en el tiempo desde sus añejas clases en la Universidad de Tucumán. Al
llegar a Heidegger, ya había que superar a la Metafísica en su conjunto, y así
fue que no encontré alivio hasta el luminoso mediodía en que, ya en la Facultad,
algún lustro más tarde, pude dar con cierta fotocopia de bibliografía adjunta
que me narraba las hazañas de M.
Derrida. ¡La Metafísica es insuperable, pibe! –contábame este señor. Venite
conmigo que la vamos a deconstruir… otra no hay.
—¿La vamos a qué?
Derrida tenía un tic: acusar a todo el mundo del pecado de la
metafísica de la presencia (cayeron en ese pozo ciego Heidegger, Deleuze,
Habermas, Searle, Foucault y cualquier otro no-Derrida).
Hay gente que ve platonismo hasta en la sopa y metafísica sólo en el
ojo ajeno. Ignoro si era el caso de Derrida; pero que los hay, los hay.
Más me asustan las aguavivas que el habla viva (parole vive, y Evita también). Si el lenguaje es fascista, Barthes,
me pongo una camisa negra y toco Adiós
Nonino. La literatura me dejó afásico y no sin fascio, ya que para conseguirme un puto lictor tuve que alistarme
en unos cuantos Cenacoli di Combattimento.
Sólo por la escritura puede conjurarse la escritura, y los dos
campeones de esta mala fe literaria, expuestos para el cachetazo de cortesía
por Derrida, fueron Platón y Rousseau, como bien sabe el respetable ausente
público.
No se puede pensar sin somatizar ni sematizar, revela Derrida. Platón
no era ancho por nada: asociaba la escritura al cuerpo y consecuentemente se
echó una obra escrita que Gredos agolpa en mi biblioteca a razón de 8 o 9 tomos
que redondean un grosor de lomo no menor al del lomo de dicho grosso. Dios le
da pan al que no tiene dientes, y así como se pasó la vida hablando del alma y
deplorando al soma, así se la pasó
escribiendo y hablando pestes de la escritura. No extraña que alguien de
complexión delgada y estatura menos que media como M. Derrida viviera de hacerle la contra. Un resentido. Típico de
nerds.
La vida es postergación de la muerte y la escritura procrastinación
del suicidio. Al definirnos como cadáveres
postergados que procrean, Pessoa introduce en la ecuación al teto, que para
Derrida también es texto. Por Lacan sabemos que la relación sexual no existe y
por Derrida que la relación textual no existe. Podrá sonar curioso dicho
susvinismo en boca del abajo firmante del eslogan no hay afuera del texto (il
n'y a pas de hors-texte); pero así como el motto lacaniano se sigue del pansexualismo del padre del
psicoanálisis, del pantextualismo derridiano se sigue un Il n'y a pas de relation textuelle. Nada mejor que la escritura
para establecer relaciones sin relación. La comunidad (sin comunidad) (des)
organizada –alias “comunidad anacorética de los amigos de la soledad”. El coito
es metafísica de la presencia. La deconstrucción cortocircuita asimismo los
coitocircuitos.
¡Se pasan por el forro del culo la intencionalidad de mis textos! Es
cierto. Pero ignoran que antes lo hice yo mismo. Los primerié. La escritura
automática de Breton y compañía tenía la intención de no tener intención
consciente; pero yo mismo llegué a erigir un Sistema Filosófico Sin Intención,
¡y esto ya son palabras mayores!
Mi obra maestra Estoy Muerto
careció de arranque de todo contexto, otro logro ejemplar salido de mi galera.
No está muerto quien pelea pero sí quien es leído. No se puede leer en
vivo. Escribe il morto che parla. Mi
soledad soberana es una orgía inmunda. Una tele que proyecta la muerte en
diferido.
Para Foucault, el hombre ha muerto. Para Derrida, ha muerto De Man…
Qué curioso… ¿Eran dos fachos estas bajas? Ni Derrida ni Foucault eran
filántropos –al menos en un sentido epistémico–; pero Derrida era amigo de De
Man. Foucault, enemigo de He-Man.
Una cosa son los filósofos jugando a la locura y otra los locos
jugando a la filosofía (puede remplazarse en ambos casos “jugando” por juzgando). Derrida y Foucault se
agarraban las crenchas por ver cuál era el fiel a la locura y cuál el traidor
filosófico. Así eran los académicos top
(models) de los 60. Las consecuencias
de estos boludeos las pagamos ahora en dolosos dólares.
Foucault caía en un lococentrismo. Quiso firmar su Historia de la Locura como Lalo Cura. El
poder filosófico de Foucault consistió en hacer hablar a la locura, hacer la
historia de su silencio, ponerle autor y compositor. Este vocero presidencial
de la locura denunciaba el orden desde el orden, como todo el mundo. Hablar
bien de la locura (lo que no se dice, la ausencia de obra): un nuevo elogio de
la locura, un eufónico elogio del silencio. Todo elogio es de la razón. Esto
dice Derrida, histérico hasta con los anarcas de salón de actos.
Dada la piedra basal de su método, la duda, Descartes no puede dejar
de poner en duda si está o no loco: el cogito
no podría partir de la certeza de no estar loco, de modo que podría nomás ser
el método de un vesánico de entrecasa. Esto quiere decir que el autor del pienso podría ser el mismísimo Genio
Maligno –porque el tercero en discordia, Dios, apenas aparece como garante en
la instancia sucesiva del conocimiento de la res extensa. Como bien dice Derrida, el cogito vale incluso si estoy loco (Razón y Locura tienen una raíz
común). Es más, la condición moderna del pensamiento –en tanto fundado en el cogito– radica en la imposibilidad
propia de certificar que no se está loco, y es lo que diferencia al pensamiento
moderno, me temo, del medieval y del antiguo. Esta es la paranoia que lo
persigue, la sempiterna acechanza del Genio Maligno. Bien nos convendría
enhebrar a la Escolástica con la Escuela de la Sospecha para, desde tal
Escolástica de la Sospecha, sospechar –ya que no aseverar dogmáticamente– que
toda la Modernidad se funda en la Locura.
Si Descartes descarta la locura, la cartesianiza. Está claro.[1]
Y en mi caso: ¿dicen que estoy loco o lo soñé? Algunos dicen incluso
(si es que no lo sueño) que lo de ser escritor o filósofo no es más que un
sueño mío. Si les creo a mis amigos [sic],
podría hasta ser un loco que está soñando. ¿Es el mío un cogito doblemente dormido y débil mental? Y bueno, si lo fuera, más
razones todavía para volverme admirable: otros precisan estar cuerdos y
despiertos para pensar, y yo puedo hacerlo siendo un enfermo mental que está
roncando. ¡Imaginen si me despertara y me curara! ¡Alcanzaría la estatura de un
nuevo Platón, Aristóteles, Goethe, Shakespeare o Víctor Hugo!
¿Y si Descartes no estuviera loco sino que le picara el culo?[2]
A esta Hipótesis, claramente peor que la del Genio Maligno, también me
la introdujeron a mí.
La diferencia, la huella, ¿exigen un símil de teología negativa? Siendo
que para Derrida todo discurso es teológico, y Dios es el testigo presupuesto
de todo discurso, la dicotomía de Sartre (escribir para Dios o para los
vecinos) es una alternativa falsa. Somos teólogos, admitanlón.
Igual, los teólogos no escribían teología para Dios sino más bien para
sus vecinos de claustro. Aunque uno no escriba para Dios (alias gran Otro), el
quía está ahí como fiscal de turno. “Creía que Dios era mi secretario”, dijo
Sandro. Aunque tal vez la ecuación sea al revés.
Sin embargo, como registra Goldschmit, todo discurso es teológico pero
la deconstrucción no es teología y ni siquiera teología negativa, de modo que o
no es un discurso o es una noteología teológica. No sólo “la reapropiación
endoteológica” de la deconstrucción es posible, sino inevitable, dice
Goldschmit. La teología negativa –se lee por ahí– no deja de ser
logofonocéntrica porque ubica como referente de su discurso a la
hiperesencialidad de lo divino, en cambio la deconstrucción interrumpe el
discurso predicativo. Admitamos que la deconstrucción en sí misma (suponiendo
piadosamente que le quepa a ella sí una mismidad) no es un discurso, pero aun
así no puede sino organizarse (¿estructurarse?) en un discurso. Cualquier
discurso del método –¿cambiando de tema?– es un método del discurso. ¿Lo dijo
Derrida o Foucault o me se ocurrió a mí?
A mí que ni me sé a mí mismo, como todo hijo de vecino. Mi sistema ni-ni,
en efecto, es una autoteología negativa. Por él puedo ir registrando infinitamente
todo lo que no soy, útil para escapar de las redes con las que quieren
atraparte los carceleros identitarios de la humanidad.
Al no ser el perro de mis ideas, no puedo aceptar mi máxima ni con Dios ni con los vecinos. Mi
ninismo me obliga a tampoco escribir para mí, pues al copyright de dicho destinatario ya lo posee un fabricante de
cartucheras. Me quedo con el comunismo tipo Tebaida del famoso para todos y para nadie –más allá de que
en mi clientela predominen abrumadoramente los nadie.
Notarán, además, que he dejado de fingir inteligencia –por lo demás,
una máscara de la onda.
Dicen que no hago literatura, sino que la literatura me hace a mí. E
incluso que me hace mal. O sea, que no llego ni a personaje bien logrado. ¡Y
qué mejor! ¿No? Confunden mi hamartía con un error de bulto o de ortografía.
Como protagonista de un texto ilegible se vive bastante a gusto. Sentirse leído
es ser paranoico.
Estoy muerto, no hablo español, te estoy mintiendo. ¡Mi reino por una
contradicción performativa! Ni la Metafísica ni la Deconstrucción zafan de ella
(lo enseña Derrida).
La filosofía es intratable, dice Santiago Derrida; de ahí el alpedismo
de los tratados. Pero los tratados trataban de la realidad, y esa sí que es
intratable. La boludeada como “metafísica dogmática” no trataba la filosofía
sino la realidad, o si trataba la filosofía era porque esta señora había
pretendido tratar la realidad. Al final, la cortesía derridiana es un destrato,
largo, tendido y tedioso, aunque parezca ser un tratamiento y tan interminable
como el psicoanalítico. Terminé unos cuantos libros de Derrida, pero nunca
empecé ninguno. Lo mismo que el análisis, me parece más bien inempezable. No
hay origen: no se puede ser aborigen de texto alguno. El textualismo también
vino de los barcos.
Dicen que mi renuncia a la literatura es literaria. Que conjuro la
literatura con la literatura. Mis textos proveen el testimonio más irrecusable
contra mis propias doctrinas. Son doctrinarios en ello hasta el fanatismo.
Dicen que soy el guardabosque de mi propia caza furtiva. Haga lo que haga, van
a toman mi ficción por realidad y mi realidad por ficción, sobre todo aquellos
que niegan que exista diferencia entre ficción y realidad. Mi filosofía se
deconstruye sola y por eso quieren tirarla a la basura. En eso es como
cualquier otra, ¿no ven? Tiren también las demás.
Simulo que combato a todo el mundo, pero soy el compañero ideal de
cualquiera. Soy el gemelo placentario cainita de cualquier postor.
Se es escritor para no estar ni vivo ni muerto, aunque nadie es
escritor del todo ni nadie del todo no lo es. Mejor dicho, para estar vivo y
muerto a la vez… Para Derrida, la vida es el canal donde dan la muerte en
diferido. La muerte difiriendo de sí misma, qué simpático.
El Dasein no respira: es un
existente, no un viviente. Es el único ente que tiene relación con la muerte porque
es el único que habla: por la palabra tiene relación con la no-relación. Este
ente sui generis pretende que ella
prepare una mañana la cama para dos. El ser-para-la-muerte, como existencia con
arreglo a ella, vive queriéndose arreglar para la ocasión, como si ella entrara
con preaviso al tálamo nupcial. Pero para Derrida no se puede saber su nombre,
su lugar, su dirección o su celular.
El ser para la muerte se transforma en Derrida en “la muerte es
dicha”. Nada de Angustia. Dicha. Derrida contrarresta la tanatofilia
existencial de Heidegger con Epicuro. Con Lacan no había relación sexual y con
Derrida no vuelve a haber relación con la muerte: cuando estamos ella no y
cuando ella está nosotros no. Caen los privilegios mortales o mortuorios del
humano (alias Dasein) sobre los
animales.
Como preparación para la muerte que es de arranque, nadie pintó mejor
la escena filosófica primordial que el García adolescente: allí vemos que es la
misma Muerte la que va a preparar la cama para dos, lo que nos revela que ese
Dos cantado también por Badiou, el 2 amoroso, es mortuorio y luctuoso por donde
se lo mire. Así empezó el filósofo, como el adolescente hippie-retroexistencialista, pretendiendo que ella le revele su
nombre, su alias, su avatar, su lugar, dirección, el password de su email y su
PIN, cuando la Misma vendría a ser nomás, como sentenció Levinas, “la
sin-respuesta”.
La vida es un accidente que le sucede al pensamiento del filósofo. Es
lo que le pasa mientras está ocupado haciendo otros planes, y como está siempre
ocupado haciendo otros planes, como ser preocuparse por la muerte, y no planes
para el fin de semana o las vacaciones de invierno, no le pasa nunca nada. Esto
es lo que decía un Heidegger, con su solemnidad teutona peor que pedo sajón,
gracias a la cual escondía bajo la alfombra sus aventuras de latin lover de aula o escolástico del
levante. Puro macaneo que Derrida se tomaba en serio para hacerse el
desestructuralista.
Dado que el contexto en el que se escribe una frase desaparece con la
siguiente, el escritor es más efímero que un mosquito y no le queda otra suerte
que la de ser un lector, el lector de lo que va escribiendo. Ahí está la
gracia: en que se puede ser espectador y sin necesidad de ir a pagarse un
espectáculo ajeno. Al sintagma 2 ya lo escribe el público. Aunque es cierto que
este, mientras escribe con la mano el susodicho, borra con el codo al anterior,
y una vez que terminaste tu novela que te conducirá al estrellato, sólo
alcanzás a atisbar un punto final precedido por 249 páginas en blanco, aunque
un poco sucias con manchas de cenizas y mate. Qué desgracia. Pero es mejor así.
Es por eso que no paro nunca de escribir novelas que nunca empecé.
Toda escritura derrama afuera de su destinatario. No tiene destino ni
natario alguno. Ni notario, ni datario ni notorio ni natal ni nativo. Todo lo
que escribo es sacado de contexto –desde el mismo momento en que lo escribo.
Sólo se puede mear fuera del hoyo, oh yo. El sueño del hoyo en uno es el de
todo golfista y el del escritor golfo. Un golfista promedio tiene una
posibilidad de 12.500 a 1 y uno profesional de 2.500 a 1. La del escritor es 0.
Mis escritos son pruebas de vida que dan siempre negativas. La
literatura es mi secreto mejor guardado. Los laboratorios de fisiología que
analizan mis secreciones no detectan más que figuras retóricas, aunque en
valores alarmantes. Mi abundancia de pobreza retórica ha sido diagnosticada
como una universalidad insingularizable. Ni siquiera el intento de traducirme
al castellano tuvo éxito, y tuve que traducirme a todas las lenguas con el Babylon
y Google. Mi testimonio es ejemplar, un solo ejemplar. Tiraje mínimo que
permiten el print on demand y las
matemáticas. Al carecer de tiraje múltiple y de manuscrito, logro el
original-copia. Antes o después de los árabes no es posible el tiraje 0, siendo
en literatura siempre preferible el tiraje de goma, que facilita una carrera en
el rubro –y además la lectura no lee: borra (Derrida lo confirma). Vd. me dirá
que se puede todavía ser peor, cuenta habida de que hoy en día es posible
gestionar el lanzamiento de un libro, gracias a la impresión bajo demanda, sin
invertir en una tirada inicial: el libro se edita, se maqueta y se ofrece a la
venta en plataformas digitales, con lo que físicamente existen 0 ejemplares
impresos en ese momento, modelo que permite tener el libro “publicado” sin
asumir el riesgo financiero de imprimir ni una centésima parte de cien
ejemplares (100/100 = 1). Siempre hay alguien peor, cierto. Más allá de que el
comprador del ejemplar nº 1 sin numerar fue el autor, quien al darse a conocer
como anónimo, desde luego no ha podido autografiárselo.
No es un chiste.
¿Por qué Platón, siendo un filósofo, un intelectual, un nerd, era tan
ancho? Respuesta: porque tomaba suplementos (supplément). Proteína de suero de leche, creatina monohidrato,
cafeína, aminoácidos, multivitamínicos y Omega-3… lo que venga. Creo que se los
daba Perictione, la mami. Sus críticos en vida ya lo sabían –Derrida no inventó
nada– y de ahí el sobrenombre que le chantaron. Que él lo negara, es otra cosa.
Si a Diego los soretes lo echaron por una efedrina que no cometió (que se la
mandaron por error en el café con leche y al Mundial siguiente la
relegalizaron), Platón debería estar descalificado de la filosofía desde el
mismo Mundial del 30 (tan corrupto como el último, pero a beneficio de la otra
orilla). Esto es lo que nos revela Santiago Derrida: que el quía también jugaba
en la Liga de los Sofistas, aunque en la disidente.
Yo, en cambio, que me batí a duelo contra 3 heavy metals con navajas no de Ockham, 5 sofistas armados con
botellas rotas y amansalocos y contra 8 poetas drogados, nunca tomé nada (salvo
lo que Diego sí a voluntad). Sin contar que casi me doy contra un colectivo
entero de la barra de Midland (¿o eran de Muñiz los polloi?) y los salvó la cana entrando a contramano desde Ayacucho.
Todo por defender los trapos de Central Córdoba y la Filosofía, preparaciones
para el Descenso y la Muerte respectivamente. Believe It or Not![3]
No dudo de que Platón se la bancara, por más bisexual, careta y
comunista de papá que fuera. Pero en la palestra, el árbitro dialéctico
favorece siempre a los chetos. Y la patotita de tinchos de Aristófanes no se
metía con él. Lo de Sócrates, menos groso y todo, sin estar enfierrado y sin un
mango, como peleador callejero era más digno. Laercio cuenta un par.
Porque el Locche griego nunca se puso a escribir sus peleas. Tuvieron
que llegar los socráticos a escribirle la autobiografía. El estalinismo de la
Historia decretó que la única no no-autorizada era la del Ancho, y las otras
pasaron a trituradora, como pasará mi corpus de la Juan Álvarez en no menos de
10 o 15 navidades (estimación optimista). Visto y considerando que mis propios
socráticos mentirán sobre mí con idéntico fervor (pues lo vienen haciendo de
arranque), rayano en la jubilación mínima (otro optimismo desmesurado), me
decido por contarlas yo mismo. No sólo no se puso a escribir el pancracio
dialéctico, que es lo que interesaba al sublime y oblongo biógrafo de marras,
sino las cagadas a palos materialistas con contrincantes que ya pasaban a las
manos. Jenofonte fue el Osvaldo Principi que relató las peleas que el filósofo
príncipe sostuvo de igual a igual contra sí mismo y contra la Naturaleza,
siendo Laercio el último periodista histórico de chimentos doxográficos en
tomar notas de color de las amarillentas hemerotecas de la χρεία que contaban los mano
a mano en serio donde tampoco se comía los mocos. Esos tipos eran filósofos, no
los flancitos que hoy aparecen de relleno en los medios durante las franjas
horarias de menor encendido. Soy helenista también por tal motivo, por la
nostalgia de un tiempo en que hasta los filósofos peleaban. Pero los
deconstruccionistas son como los J según Anzoátegui: no pelean (salvo contra
espectros y fantasmas, haciendo sombra con la Metafísica). Mandan a pelear a
los otros (a un ejército norteamericano lleno de González & García, v.
gr.).
No es que yo sea valiente. Es que aprendí
a huir para adelante. En el gimnasio de Aira pero en serio.
Todo es texto, sí. Pero hacelo, dale.
¿Creía Sócrates, el horadador de los
oradores, que la escritura es violencia, y por eso era ágrafo? No le serviría
de mucho esa creencia, puesto que pelear, peleaba –como vimos (sin contar
Potidea, Anfípolis y Delio, donde hacía de hoplita).
No existen los ágrafos; la gramatología, que es para todos, muy
democrática lo decreta. Derrida, buen sofista, vuelve a acusar a Sócrates de un
crimen que no cometió: la escritura. Atenas cargó con la culpa de haberlo
matado, y los filósofos con la de tener que escribir y escribirlo. El ñato no
aprendió la inútil lección de Fogwill: escribir para no ser escrito. Quién
sabe, realmente, si no buscaba otra cosa que ser escrito. Pero para el filósofo
no hay sagradas escrituras: son grasadas, más bien. Cosa de esa mersa, los
poetas, los sofistas, hasta los abogados. El filósofo escribe, como escribe
Derrida, contra la escritura; como a contrapelo, incluso. En efecto, escribe al
revés que los hebreos (de izquierda a derecha). Al anteponer el centro, afirma
Derrida, arranca por la sílaba del medio: no son sagradas, son grasadas.
Esparcimientos de una chusma doxástica. Por eso se hace el perro boludo, como
demuestra Derrida: quiere olvidar que escribe.
Juzgándola Platón como “hija bastarda del logos”, hizo publicar todos sus diálogos en bastardillas. Después
de todo, su obra se ofreció como un rosario de citas de punta a punta: no era
más que lo que dijeron Sócrates y sus interlocutores. Además, su inclinación
por el pitagorismo reforzó su decisión por las itálicas.[4]
Que no se llame filósofo el que no esté obsesionado con Sócrates. La
historia de la metafísica no es la historia de una obsesión por la presencia,
sino la de una obsesión por un ausente. Hay que estar obsesionado para
convertir a un tipo que trataste de pibe en el personaje permanente de tu obra,
e incluso en el autor.
No hacer otra cosa que agregarle pies de páginas a un autor que decía
no tener obra o se la atribuía a un ágrafo es una actividad extraña.
Para mí, Derrida nos macanea. O si no, ¿qué?: ¿destapó la olla de
2.500 años de metafísica y les cerró el culo a todos?... Vaaamos… Este es otro
que te quiere meter el perro… no jodamos.
La deconstrucción, viejo escándalo rentabilizado por el mercado
editorial y burocratizado por la universidad (de arranque ambas cosas), es un
derecho del ciudadano, se afirma; pero hay ciudadanxs más ciudadanes que otres,
y estas castas con plus de ciudadanía y con no menos castidad que otras monjas
–las de antes–, la quieren hacer obligatoria y a medida (de sus intereses).
Convierten un constructo (¿o qué otra cosa es?) en una orden (una orden de
arresto de varones y con arrestos de varón), y a una orden en un orden. Yo, que
de niño era facho (como todo niño), me deconstruí y me hice progre; pero como
le tomé el gusto a la cosa, luego volví a decontruirme y ahora soy facho de
nuevo. Son los gafes del oficio. ¿De qué 0 indeconstruible arranca la
deconstrucción? Decostruyámosla, desde luego; pero atengámonos a las
consecuencias. Deconstruyendo no se entiende la gente, si no mírenlo a
Sócrates. ¿Quién deconstruyó a quién en su caso? ¿El cicutado, los cicutantes?
No por haber bebido la cancelación hasta la última gota (y sin coro de amigotes
que me rodeara en la mazmorra) pretendo yo cancelar la deconstrucción sino
deconstruirla hasta decir basta; pero la novia del basto, que es del mismo palo
que él, no es de la misma Idea. Nunca digas de esta cicuta nunca he de beber y
nunca digas basta a la deconstrucción, salvo a esta deconstrucción basta y
falluta, que está más construida que la jeta de Luciana Salazar.
La verdad (es un decir) es (es un decir) que la deconstrucción es un
construidero de cosas, un verdadero polo de desarrollo. Más que un derecho de
ciudadanía, la veo como una megápolis fortificada. La cara de arquitecto de
Derrida no es por nada, aunque lo veo tirando hacia el ingeniero social (¿será
ingeniería inversa?).
¿Estábamos mejor con la Metafísica? Con la de Macedonio, seguro. Más
allá de que la Todocomodidad Conciecial se cura y el Inconsciente no tiene cura.
Y en cuanto al platonismo (a la de siempre), que Badiou responda por él.
A la huella, a la huella.
Cuando a nuestro picarón de academia lo acusaron de hacer juegos de
palabras, contestó que hacía “fuegos de palabras”: dijo no e hizo sí. Pero
mientras él fugaba con juegos, el que jugaba con fuego era su cliente naíf.
Carnavalero de Academia, escoliasta dadá, firma Jacobo Derrida sus
juegos de artificio y fuegos de palabras, pero “es el acontecimiento quien
deconstruye”. La música ya está hecha –como dice Charly–; Derrida le pone letra
y firma en SADAIC.
¿Qué queda después de los tediosos retruécanos del porfiado ingenio
derridiano? El quiasmo, el oxímoron, la antítesis, la paradoja, son naipes
retóricos que los filósofos no nos podemos permitir de ninguna manera,
sintiéndonos obligados a instrumentar un genocidio de sofistas a escala no
menos platónica que la del mismo Platón originario. De ninguna manera estamos
dispuestos a aceptar a tibios, contemporizadores y buenazos de la catadura de
un Monsieur Badiou, que los fulmina
de palabra y se va de parranda con ellos todos los viernes a las 22. 30 h,
después de clavarse media botella de cabernet
sauvignon con una picadita de queso
de cabra y baguettes. ¡El que no está
conmigo, está en mi contra! Y a esta frase, como consta, la vertió un
“sofista”, según declaró un semita y tocayo de quien no piensa suscribir ya que
“el sujeto de la escritura no es la soledad soberana del escritor sino un
sistema de relación entre capas psíquicas y sociales del mundo”.
No escribe mi soledad soberana como autor: es la sola edad del mundo
la que sorbe mi ano escribiéndome.
El trabajo del intelectual, del artista, es el del policía. Lo siento
por ustedes, que creen que les debemos la vida y que hay que tenderles una
alfombra roja cuando pasan por el barrio. Lo sepan o no, son servicios,
servilletas, informantes, botones, vigilantes. Nadie está exento de aceptar un
soborno, o autosoborno, y de pronto, subrepticiamente, patear para el otro
equipo como quien no quiere la cosa. Pero su rol social, muchachos, es ese, y
para eso se les paga, así no sea otro el salario que el de ser nombrado al
margen en algún recuadro.
Todos somos escritores para Derrida, independientemente de que merezcamos
o no el Nobel, el Planeta, el Alfaguara, el Príncipe de Asturias o el Segundo
Premio Municipal de Tancacha, del primero al último otorgados a beneficio de
nuestro lameculismo y servicialidad. Este es, para él, el oficio más antiguo de
la humanidad, más arcaico incluso que la prostitución, aunque idéntico en sus
propósitos y rasgos fundamentales. Proustitución, le llamo. Baudelaire dejó en
claro que toda relación social es prostitutiva y Derrida que todo es escritura,
así que saquen sus conclusiones.
Insisto en que yo no hago más de Inteligente. Uno, porque no me salió;
dos, porque para entender de qué van las cosas, menester es correrse de ahí (un
consejo a Maravilla).
Efectivamente, todo lo contrario. Como el Ubaldini de Sapag, Derrida
pasó y dejó todo como estaba: patas para arriba, pero a la vista.
Siendo que todo texto es autobiográfico y que hay que volver a poner
en escena la vida de los filósofos, mandatos que nos infirió este hombre, acá
va mi autobiografía suya:
Derrida era mejor en el fútbol y corriendo carreras que haciendo
carrera en la escuela. Finalmente, después de varios intentos, entró en la ENS
y ahí la cagó (y no paró de cagarla con 13 doctorados honoris causa). Dicen que hacía disertaciones plotinianas (ya me
parecía). Organiza la primera asamblea general en la ENS de calle Ulm, luego de
participar en mayo del 68 (el culo te abrocho). En Praga fue acusado de
narcotraficante y se excusó diciendo que los papeles y las líneas eran,
obviamente, textos. Se le respondió señalándolo de narco textualmente, y al
final, también obviamente, lo salvó Mitterrand. En USA no se lo acusó de narcotraficar la deconstrucción porque era
demasiado blanco para parecer mejicano. Visitó la Argentina para entrevistarse
con Borges y aprender a bailar la huella, mas sólo logró hacerse ver con él y
no que el mismo lo viera. Fue recibido con hospitalidad, ya que un grupo de
husserlianos forajidos que lucían remeras del grupo Vivencia repudió su visita
mediante un escrache y debió ser hospitalizado. Tras salir del nosocomio,
asistió en represalia a un concierto de Nito Mestre y los Deconstruidos de
Siempre, quienes versionaban deconstructivamente Canción para Mi Muerte y otros viejos éxitos del fenomenólogo
humanista del bigotito bicolor.
Como futbolista, aunque eterno suplente que anhela titularidad,
siempre supo desmarcarse bien: acabó con todas las demarcaciones, sembrando un
caos cosmopolita que no se había visto antes desde los tiempos de Diógenes. El
caos que produjo el cínico como ciudadano del mundo, como activista primero del
cosmopolitismo orgánico, encontró eco desde fines de los 60 en este otro
extranjero de la Hélade francesa, este otro marginal de centro, ciudadano de la
democracia aureolar. Para Crates de Tebas, la deconstrucción del platonismo
implicaba asumirse como “ciudadano de Diógenes”, y parejo afán encontramos en
los conversos que regó Derrida: él era ciudadano de la deconstrucción; y sus
secuaces: ciudadanos de él.
Derrida se inscribía en todos los torneos. Rechazaba a los jugadores
socráticos al estilo del ágrafo Carlovich. Es sabido que a este no lo querían
dejar jugar en un partido ante Los Andes por haber viajado a Buenos Aires sin
llevar el documento, por lo que no podía estampar su signatura en la planilla.
Por acclamatio del público local, más
interesado en verlo a él que en alentar a su once, se lo hizo jugar sin firma,
resultando el primer jugador anónimo que registran los archivos de la AFA.
Notemos la différance: Derrida firmó
siempre la planilla y hacía banco.
Hay que alentar, hay que alentar a los escritores ágrafos y dejarles
el pleonasmo a los literatos.
Cada jugador elige sus precursores, como expresó un ñubelista, y que
Platini y Sidan no hayan podido encontrarlo en Jackie, le ha generado un verdadero problema a la historia de la
metafísica occidental, similar al que produjo en la historia político-militar
del s. XX el que no hayan podido encontrar en Hitler el precursor deseado los
mejores acuarelistas austríacos de la segunda mitad de dicha centuria. El arte
aprendió la lección y por eso hoy la carrera de Artes de la UNR no rechaza a
nadie (basta ver la calidad de las cosas que pintan los alumnos de la misma en
las paredes de dicho recinto). El fútbol no escarmentó y sigue siendo una
disciplina altamente elitista.
Recuerden que la Literatura tiene el derecho a decirlo todo y que
ustedes no son quiénes para determinar qué es y qué no es Literatura. Así que
siendo indecidible que esto lo sea, por las dudas digo lo que quiero.
La literatura hace confesiones de circo, no de invierno o
primavera-verano. No son de temporada sino de gira. El escritor, como el
muerto, se fue de gira: tropos, giros idiomáticos, etc. La autobiografía es un
circo que circuncida las confesiones. Al recortarlas (circum-cisio), las saca
de contexto. Rebana la vanidad, mutila en mute,
amputa que la parió. I am puta, ¡ay!
(il y a). Pero Derrida no quiso
cortar el rededor de sus textos –el bíos y el auto–; en ese sentido, el
circunciso era Deleuze, que los tapaba en el concepto y su personaje.
En un cotejo de la liga argelina Camus le atajó un penal, y luego le
regaló uno de sus éxitos filosófico-literarios, tal vez por pura compasión.
Este acontecimiento lo marcó más que el zaguero central que lo había bajado en
el área, y Jackie, influenciado
entonces por el absurdista, se encontró en la disyuntiva de probar de arquero o
de escritor-filósofo. Lo mismo les había pasado a los gemelos Barthes, uno de
los cuales eligió la teoría literaria y el otro optó por las líneas de meta.
Como para Derrida tirar un centro es tirarlo abajo, fue relegado de su
club y dejó el fútbol. Era siempre suplente y aprovechaba el ocio de 90 m para
escribir. Ni para hablarle al árbitro servía, que lo hacía leyendo, como en sus
circonferencias. Todo suplente acaba en escritor y este llegó a exigir la
titularidad de la escritura, una vez que obtuvo su título. Retirado del
balompié, se dispuso a no tomar partido por nada. ¿O no es el
deconstruccionismo un escepticismo o budismo del camino del medio
hermenéutico-académico? Indiferencia y vacuidad, pero profesorales.
Escribir es hacerse máscaras mortuorias en vida, retratos póstumos que
quedan inmediatamente desactualizados. El molde negativo se obtiene
protegiéndose el cabello y el rostro con un desmoldante como la vaselina, y
luego se aplican sobre la cara materiales de moldeo seguros, como alginato o
yeso, dejando siempre las vías respiratorias despejadas para poder respirar
cómodamente. Después sigue el vaciado en positivo: una vez que el molde fragua
y se retira, se vierte yeso líquido, cera o resina en su interior para obtener
la copia exacta del rostro… ¿Pero quién envejece más? ¿La subsiguiente cara de
uno como sobreviviente madurado o esa imberbe careta obsolescente? ¿Quién es
Dorian y quién el picture? Rousseau
advirtió bien que la escritura sólo retrata el cadáver; sin embargo, hay que
tener en cuenta que una máscara fúnebre del corazón también es asequible. A
diferencia del rostro, el corazón es un órgano interno, y para realizar el molde,
el órgano debe ser extraído quirúrgicamente del cuerpo durante una autopsia o
procedimiento patológico. Técnica de vaciado: una vez que el corazón está
expuesto y limpio, se inyectan materiales como resina, silicona líquida o cera
caliente en sus cavidades y ventrículos. Resultado: cuando el material
endurece, se obtiene una réplica exacta del volumen interno (los llamados
moldes cast o vaciados) o se puede
hacer un molde negativo de la superficie externa del órgano. Consideraciones
éticas y legales: a nivel forense o patológico, los moldes o preservaciones de
corazones se han utilizado para estudiar cardiopatías o anomalías congénitas.
Sin embargo, la extracción y fundición de órganos internos está sujeta a
normativas éticas muy estrictas, requiriendo la autorización explícita de la
familia o el fallecido para fines científicos o educativos. En el ámbito
funerario o artístico, esta práctica no es tradicional ni comercial debido a su
naturaleza invasiva.
Derrida entiende que la filosofía es el gran campo de concentración
del sentido. El discurso dominante de la cultura occidental, la mayor
pretensión de hegemonía del discurso en la historia de Occidente, bla bla. Sin
embargo, la que “está en todas partes” es la deconstrucción. Él mismito lo
dice. Parece que fuera Dios mismo, y también atiende en la Capital –en la de
Francia y en nuestra sucursal porteña. Aunque también el filosofema “está en
todas partes” y no se contenta con porfiar en el nicho filosófico (discursos
políticos, ciencias sociales y humanas, evaluación del arte… y siguen las
firmas). Vista así la cosa, el universo mismo se presenta como una guerra de
las galaxias entre deconstrucción y filosofema: ¿es esta la famosa Tercera
Guerra Mundial en la que estamos?
¿La historia de la metafísica es la de la determinación del ser como
presencia, la del logocentrismo, o este reduccionismo es una paranoia de
Derrida?
Antes de que me deconstruyeran a falos las minitas estas, yo tuve un
amigo derridiano (años 90) que creía que yo era la Metafísica y él mi Derrida a
domicilio. Veía en mí todos los males de aquella, los señalados por el
mencionado, y procedía a deconstruirme a textos más o menos semanales. Toda su
propia Metafísica caía de mi lado. Él y sus otros amigotes me llamaban El Filósofo, apelativo literario con el
que se ahorraban tocarme el culo literalmente. Aunque hoy son todos Licenciados
en Filosofía y yo no, ellos eran la Literatura y yo la Filosofía. Esta
experiencia personal me lleva a pensar si Derrida no habrá hecho con la
Metafísica (o la Filosofía) lo que estos sujetos conmigo… ¿Qué quiero decir con
esto? Ni idea, nunca tuve la menor Idea. Pero sigo.
No salgo mucho de casa, no leo más los suplementos de cultura, no voy
más a la facu, tengo alergia a los intelectuales, artistas y escritores. Dicho
esto, y a sabiendas de que no soy fiable en nada, se me hace, igualmente, que
ya no son los 90 y que, hoy por hoy, comida de zonzos, Derrida debe de haber
pasado de moda. ¿Qué ruinas quedan después de semejante devastación?
Derrida triunfó (Roudinesco) y con él el capitalismo (Luc Ferry).
Ahora el mundo se le parece, dice la primera. Pasó Derrida y el mundo quedó
decontruido. Hoy le toca a la Argentina (un constructo sin cimiento alguno),
empezando por la Patagonia –arrasada por fuegos de palabras con media sanción
en el Senado que borran huellas con cenizas.
Es en la lectura donde la ilegibilidad aparece como legible. Claro que
si el texto es textamento, se trata asimismo de legar lo ilegable. Resistencia:
un texto no se deja apropiar. Es un foco de resistencia que se separa de su
origen y no pertenece ni al autor ni al lector. Ok.
Si la escritura es mujer, ¿debe o no debe casarse el escritor? Es la
vieja pregunta que le hicieron al ágrafo y sufrido bígamo, aunque acerca del
filósofo. Hagas lo que hagas –o lo que hiciereis– te arrepentirás, fue su
respuesta.
No les prometo un sentido. De entrada os advierto: háganse cargo Vds.
¿Cuál es la relación entre mi misión y mis misivas? ¿Hago mesianismo sin
remitente? Sí, sé que mi autoheterología cansa, pero no tengo tema. Buscaba lo
inaudito, y ahora tengo tinnitus. Como sirvientita del sentido debo dejar que
el discurso me sobe el ano: si él es el soberano, yo no. Y que te recontra o
viceversa. El deseo de sentido es servilismo (en el sentido [sic] de Bataille) y yo, aunque inútil
para tu tesis o tu carrera, servus
soy, aunque trabajo de filósofo ad
honorem o deshonórem o ad ignominiam,
no sé, mientras mi existencia-no-discursiva se caga de risa de mí. Como lo que
no es servil es inconfesable, no puedo revelar mi parte no-filosófica.
Alejo de mí a los que quieren mantener a distancia mi seducción a
distancia. Si no estoy en posesión de la verdad, por lo menos quiero estar en
pose (pose de ausente). La verdad no se deja conquistar, pero escribe: el
estilo es el hombre y la escritura la mujer. Mejor: el estilo es el hambre y la
escritura la hembra.
Badiou es dogmático y a la vez pretende entender a las mujeres… Lo que
en el barrio llamamos un imposible
nietzscheano.
Para Nietzsche, una sola vieja es más escéptica que todo el
escepticismo de Pirrón para adelante y para atrás. Mi escepticismo peronista
(el famoso peronismo de Pirrón) ni se le acerca.
¿Cómo es que la deconstrucción fue tomada por una jauría de féminas
castradas con aspiracionismo de filósofo dogmático? El resultado de la
deconstrucción fue peor de lo previsto: a más de convertir todo en indiferente,
prorrateó la castración a todo el mundo, pesadilla húmeda de la Democracia (el
totalitarismo de la democastra).
No quieren ser el bello sexo y se afeitan el vello del sexo. Las
mujeres son un juego de palabras.
El día en que los filósofos sean el bello sexo, será el fin de la
Historia.
Feminismo: opciones: 1) terrorismo machista de las mujeres (meter
miedo); 2) nuevo adorno, nuevo rulo; 3) esclarecimiento, aclaración,
ilustración de la mujer (suicidio de su secreto, abolicionismo de la
femineidad). ¿Quieren dejar de ser interesantes o ser más interesantes todavía?
¿Quieren dejar el histerismo y el histrionismo por el hitlerismo?
La mujer con fundamento no es mujer. Es el abismo del abismo.
Cuando una mujer se recibe en Filosofía, se convierte en un
especialista, no en un filósofo: en un judío con polleras.
El psicoanálisis, que quiso arrancar hipnotizando histéricas, acabó
hipnotizado por las histéricas. En represalia, hipnotizó a los filósofos.
Si hoy vivimos en un mundo dominado por especialistas que hacen
asociación libre, ya sabemos quiénes son los responsables. ¡La deconstrucción
está en todas partes!
Del imperio de una lengua sin masculino ni femenino, ¿qué otra cosa se
podía esperar?
Cuando se habla de French Theory
sabemos que estamos comiendo filosofía francesa de McDonald’s:
posestructuralismo pochoclizado –ni siquiera pasteurizado, ya que Pasteur era
galo.
La deconstrucción no es un método ni un empirismo ni un subjetivismo
sin método: no es método ni sin método. Pero reírse de la filosofía (del
hegelianismo) demanda una disciplina y requiere un método. ¿Necesitó uno
Crisipo para crepar de risa? ¿Es posible morirse de la risa que da Hegel? ¿Cómo
queda en el ranking: arriba o abajo
del burro comedor de higos y el higo comedor de burros? ¿No es un Cronos que se
come a sus higos?
En filosofía no piensan lo mismo un kilo de pluma (Nietzsche) y un
kilo de plomo (Hegel). El segundo es más pesado y el primero malpensado. Al
primero hay que leerlo con la mano, al otro con manuales a mano.
Yo que no soy ni siquiera superficial, quisiera terminar mis días como
una solterona. Mi confusionismo estetizante y heztetizante, con su estilo
heroico-fanfa de pequebú, ciego al arte como a la filosofía, huele al
filósofo-artista por puro pachuli new age,
dice cualquiera y milita la nopertenencia para afirmar el orden al que se opone
y contar de cabo a rabo cada uno de sus crímenes y los del resto en la
comisaría amiga. ¿O se pensaban que yo vengo a partir en dos la historia?...
¿Desde Rosario?
Pasaron las langostas deconstructivas y ya no hay literatura ni
noliteratura, ni diferencia alguna entre ciencia, arte y filosofía. Eso dicen
las malas lenguas: que todo se hizo indiferente. Y es el corolario obvio cuando
se decreta que cualquier cosa es diferente a sí misma.
La deconstrucción está en todas partes –como bien observó su
“creador”– y ha alcanzado a las fuerzas del orden. De hecho, son ellas las que
hoy te deconstruyen, tal como ayer practicaban –con Heidegger– la mera Destruktion. El pensamiento de la huella
–u ellas– sale a marcar gente y seguirnos los pasos a todos, como a cualquier
delincuente metafísico. Fue así que debí forrar toda la colección de Gredos de
mi biblioteca del living y presentarla como los 30 tomos de La Cuba Electrolítica, remarcando en
rojo incluso lo de “trolítica”.
Después de lo que le pasó a Sócrates, ¿cómo no hacer filosofía en
ausencia?... Si me aprietan, les digo que quiero llevar este ausentismo más
allá de cualquier límite: ausencia de interlocutores, ausencia de lectores,
ausencia de método, de tema, ausencia de filosofía… ¿Se le ocurre a alguien hoy
que es posible una conversación socrática sin que la cicuta llegue entre la
segunda y la tercera pregunta? ¿Fue él, Sócrates, el que hizo imposible toda
conversa, como tiró por ahí Deleuze para su hinchada? ¿O son estos ocho mil
millones de hijos de putas insocráticos los que entorpecen y obstruyen a
cualquier Sócrates habido o por haber?
Soñamos con un usuario que no nos manosee, con un cliente que nos dé
la razón. Seguí soñando.
Patria o Muerte.— A Sócrates lo sacaron de contexto. ¿Pero cuál
era su contexto: Atenas o la Muerte?
Soy la voz en off de un
folioscopio de páginas en blanco. No sé si es autoayuda, pero es animación.
La ventaja de mis OC en blanco sobre blanco (XXXIII tomos) es que garantizan
la proyección de mi mensaje, pudiéndose leer como un folioscopio en capítulos
tipo serie de Netflix: un cine de pulgar que narre las aventuras de mi pared a
lo largo de un día. Si una novela es una ilusión óptica, serán la primera
antinovela como desilusión óptica. Como escritor de flipbooks le garantizo la menor pérdida de tiempo a mi lector, aun
con XXXIII tomos, y sin ninguna bajada de línea por la que se me acuse de
Maestro. En vez de dar ánimo, ser un animador de páginas en blanco, que además
pueden ser leídas como flujo de conciencia de un dormido o comatoso.
Hoy ya estoy más cerca de que me pongan entre rejas a de que me pongan
entre comillas. Me provocaba demasiada excitación el ser citado, y ahora que ya
no ocurre, cuando mis 15 minutos de citas ya pasaron, puedo aún considerarme
excitado. Ser citado o no ser necesitado, ya me quedo con lo segundo. Las
citaciones son horribles, la más espeluznante de las cartas. Citación como
testigo (convocatoria a declarar en un proceso judicial); notificación de
demanda (aviso formal sobre un proceso civil en mi contra); citación a
mediación (instancia previa obligatoria antes de iniciar un juicio para
intentar resolver un conflicto); citación penal o policial (notificación para
comparecer a una comisaría o fiscalía)… Como venidero filósofo en situación de
calle ya no tendré dirección de correo, ¿podrá entonces la ley considerarme
legalmente notificado, podrá declararme en rebeldía? Sí, aun sin paradero
conocido (como si un escritor lo tuviera…) se me considerará notificado por
ficción legal (publicaciones oficiales –edictos– en diarios y boletines)… Ser
cínico es aspirar a la irreferencia postal, a la irrecepcionalidad de
correspondencia formal. Ignoro si el Boletín Oficial habla de mí, como ignoro
si soy el personaje de tu última novela.
Ser citado, es siempre por la justicia; ser puesto entre comillas, es
ser puesto entre rejas. Se te saca de contexto (tu domicilio) y se te convierte
en reo, recluso, prisionero de un injerto.
¿Qué sentido tendría para un filósofo en riesgo de situación de calle
leer a Hegel? Colegas, búsquense un Antístenes, y bánquense los palazos, que
más dura va a ser la puta calle y más sufrido leer al ilegible idealista
alemán.
Mi jerga de la autenticidad se halla profundamente integrada al
mercado, pero al de saldos. Aproveche esta oferta. Hoy hay 2 x 1 en aforismos.
Vd. no la pagará en bitcoins ni en dólares, sino con pérdida de tiempo, leyendo
estas verdades ilegibles de una filosofía intratable sin valor de cambio y que
no le garantiza ningún sentido estable, ni siquiera un chiste de probada
eficacia, y mucho menos el motivo para que Vd. realice una ponencia novedosa.
Como consumidor adicto al referido Jargon
der Eigentlichkeit (¿lo qué?), puede vuesarced despuntar aquí el vicio;
pero sepa que se lo está estafando de todo corazón. Siendo que no genero
identidades de mercado, como consumidor de mí Vd. puede sentirse un exclusivo,
un consumista-hápax, una excepción que no confirma regla alguna. Hasta agotar stock, Vd. puede disfrutarlo, aunque yo
agoto existencias muy rápidamente, como buen posmoderno y deconstructor. Así
como una abundante ensalada de germanismos y galicismos no garantiza la adaequatio ni el levante
fonologofalocentrista o no-fascista fuera de la facu, ni declinar en griego garantiza
la eudaimonía, mucho menos esta
liquidación por cierre (más relámpago que categorial, cognitivo o
epistemológico) es garantista en lo más mínimo, y es esa la única certeza que
le garanto como filósofo rosarino-pelotudo. Quisiera terminar mi vida
escribiendo cualquier gilada.
La jerga de la autenticidad es de Adorno, pura cosmética. Pura, al
fin.
Le doy otro concepto, amigo: no pierda el tiempo siendo el consumista
contestatario de un consumista contestatario. Déjeme tranquilo. Que yo no lo
necesito.
Los expertos en mi obra se rascan todo el día el higo. Soy higo de
rigor.
Si hay antifilosofía y nofilosofía, también hubo esta
niliteraturanifilosofía alias deconstrucción. Después todos estos son los que
dicen que son serios. Búsquense una profesión decente, docentes (obvio que no
la hay).
Entre la literatura como consolador o como terapia de grupo, me quedo
con la primera. En literatura, no obstante, yo hago lo que se me da la gana,
razón por la cual es de prever y entendible que los demás no consideren a eso
que hago como literatura. Si la literatura es algo, de algún modo ya está hecha,
de manera que en ese distrito no hay otro destino que el de facturar un kitsch o un pastiche, o bien un readymade: disponer de algo ya listo
para usar y recolocarlo en otro contexto, en el museo de la propia
bibliografía. También podría pensarse que uno saca ese ready-to-wear de los acervos del mundo para incrustarlo en su
propia biografía. Previendo los demás, el enemigo, que yo pueda salirme por
esta tangente, optan por decir no que no hago literatura sino que la hago mala.
Pero aun así, yo podría seguir saliéndome por tangente similar, de modo que
optan por argumentar que soy un loco, un fascista, un blanco heteronormativo,
un boludo o un simple rosarino, y entonces el problema está en que la gana se
me da loca, fascista, blancoheteronormativa, boluda o rosarinamente.
Sobre las jitanjáforas del poeta Parménides se asentó la ciencia, y
está bien: en necesario fingir un mundo para poder convivir. Yo escribo lo que
se me ocurre, no lo que pienso, porque no sé lo que pienso, y cuando intento
saberlo, sólo logro que se me ocurra.
Los estudios culturales, dice Jesús Maestro, amén, expulsan a la
literatura de la Universidad, como Platón de su República. Desde remotos
tiempos de Diógenes, Crates o Menipo, los cínicos preferimos la autoayuda y las
ocurrencias a la ciencia y la literatura, que no ayudan más que a los nerds de
la burguesía burocratizada a los que se les ocurren dos ideas por década y de ello
viven los 30 años de carrera y los 20 de jubilados. Si a Maestro le diéramos el
mando del mundo, o la administración de la lengua que acompañe al Imperio,
marcharíamos a paso firme de la literatura a la ciencia y de la ciencia a la
literatura del mismo modo en que Perón proponía como vida ejemplar
justicialista ir de la casa al trabajo y viceversa. A su teoría de la
literatura ya se la llevó el viento como a los 70 tratados de Antístenes, aquel
protoplasma de cínico que todavía trataba de tratar a Sócrates a fuerza de
tratados. Nuestro Jesús Maestro es tan cínico como su galileo homónimo, aunque
con teología prefabricada por él mismo, y por más que despotrique contra
autoayuda y ocurrencias, no incurre en otro género que el de la diatriba
–género cínico por excelencia y por origen–, sin contar que, además, perpetra
la autoayuda filosófica y gana con ella lo que perdió con sus infinitos
mamotretos dogmáticos que algunos compraron y ningunos leyeron. Alguien tenía
que ser el Santiago Cúneo del posmodernismo, y por eso nos gusta. Pero,
¿necesita la lengua del ultraje, el arte de la injuria, el respaldo de 20 tomos
de teoricismo maníaco?
El filósofo como textaferro de la realidad. Todo filósofo es un cabeza
de hierro, como un Stalin lo fue en cuerpo completo. El signo representa a la
cosa en su ausencia. El filósofo vende como onomatopeyas lo que son
onanomatopeyas.
Menester es ya ni gravitar como espectro, ser un fantasma de
Canterville a gusto. Quise tocar una diferencia como tal. Y me electrocuté sin
meter los dedos en el enchufe.
El nazideconstructivismo también es cómplice de la metafísica, de
aquellos babosos del significado/inteligible.
¿Es la deconstrucción, esa alcahuetería, coautora de la metafísica?
¿Secuaz, compinche, encubridora? ¿La delata o la encubre? ¿No contrabandea
metafísica la muy turra?
¡La Metafísica también es mujer! Pregúntenle a Macedonio si no.
Monumentalidad de la momentalidad.— Entre el momento monumental y el monumento
momentáneo. Los 50 años de trabajo autoesclavo no valen los 15 minutos de fama
sino el resto de los 50 años de anonimato.
Escribo para ausentarme, porque la presencia es insoportable. Me
siento a escribir y me siento ausente. Me siento escribir y me siento. Escribo
para ausentarme y para sentarme, para sentirme sentado y ausente. Es imposible
escribir muerto, pero es muy raro escribir parado. Si Vd. se pusiera a pensar
un minuto en que las innumerables bravatas que los escritores por milenios lanzaron
al mundo fueron ejecutadas por un tipo que estaba sentado, solo y en silencio,
se le caerían unos cuantos estantes de ídolos. Nada menos acojonante que un
sujeto que está solo, sentado, en silencio y escribiendo. ¿Por qué así Vd. hizo
depender su vida de las amenazas de una parva de personas de lo más
inofensivas, aunque fueran apenas amenazas de sentido? Toda la historia de la
Metafísica tiene menos que ver con el sentido que con el sentado, y me parece
que en esto no reparó Derrida. Es cierto que hay escritores burgueses con
secretarias que, más que escribir, dictan caminando por un escritorio como
tigres de zoo, o escritores no-célibes con concubina que oficia de partenaire, o escritores que no son más
que un profesor vertical impartiendo improvisaciones mientras un Arriano toma
notas en un pupitre; pero son siempre minoría (lo mismo que los
horizontalistas, cuyo patrono es Onetti). No sé si me gusta cuando escribo
porque estoy como ausente o si es que lo de escritor es un subterfugio para
estar sentado.
Escritores parados:
Hemingway, Kierkegaard, Dickens, Woolf, Nabocov. Escritores acostados: Proust, Onetti, Capote, Orwell, Twain,
Valle-Inclán, Aleixandre. En el área del bestsellerismo han sido aún más
sofisticados: Agatha Christie lo hacía acostada en la bañera; Dan Brown
colgándose boca abajo.
Yo por lo general no escribo cuando estoy en plena posesión de mis
facultades. Llego siempre tarde o demasiado temprano. Mis mejores obras fueron
puro texto psíquico. Acostado soy más creativo y parado más inteligente.
Prácticamente todo lo que escribí en mi vida lo escribí en mi
dormitorio, y que lo haya hecho rompiendo la cuarta pared de mi cuarto no
quita, por más virulencia, que lo haya hecho siempre bajo cierta somnolencia,
un poco adormecido. Medio siglo de postales de mi pieza enviadas a cualquier
viajero del mundo, posteos a un extranjero posteológico. Como viajante sin
movilidad propia (oficio que me da de comer) o visitante de local que habita su
habitación del lado de afuera, se puede ser un trotamundos del sedentarismo. De
ahí mi lenguaje de trotamudos o tartamundos.
Puede haber un Hemingway que escriba parado y un Proust que lo haga
acostado; pero la deconstrucción de la metafísica es oficio de escriba sentado:
no se tipea De la Gramatología
arrellanado en el sofá con las patas en una mesa ratona, o de dorapa en el
bondi.
Cuando uno toma nota de que está ausente en todos lados menos en uno
solo, da un pequeño paso para la humanidad pero un gran paso para la escritura.
Yo me percaté de esto a eso de los 12 años e intenté remediarlo con esta
actividad que estoy ejerciendo en este preciso instante.
De nada le hubiese servido un teclado Genius a Cervantes, pero a mí
sí. Él tenía una mano y genio, yo dos y ninguno, porque a la genialidad me la
aporta dicho suplemento (… y si falla, la IA).
No contentos con ser tergiversados a diario durante más de medio
siglo, aspiramos a seguir siéndolo por tres milenios (tomando como modelo el
longevismo máximo en este aspecto, que es Homero). Como si no nos bastara el
infierno en vida, soñamos con uno en ausencia. No basta ser un malentendido de
por vida, se aspira a serlo por los siglos de los siglos y el resto de la
eternidad. Si no pude remediar por esta media centuria las estupideces más
disparatadas que vienen diciendo sobre quien suscribe, no quisiera ni
imaginarme el calibre de las impunidades que vendrán cuando ya carezca de medio
alguno de reparación y venganza. Si el infierno son los demás, llegar a ser un
clásico es expandirlo a su máxima expresión. No me tergiversen por lo menos en
esta y dense cuenta de que acabo de enunciar los motivos por los cuales sólo
escribo esta poronga. No sólo quiero estar solo ahora sino in saecula saeculorum: trabajo para que la posteridad pase cuanto
antes. Por suerte la posteridad se parece a la juventud y también es una
enfermedad que se cura con el tiempo –aunque en este caso el enfermo (no l'enfer) son los demás. Yo aspiro a
curarme de ambas.
Vanos son los intentos de liderar tu propia obra, por eso no pierdo el
tiempo ni en liderar mi propia escritura. El entorno ha tomado el control de mi
propia narrativa, así que que firmen ellos. Si compartiera mi visión con
claridad y asertividad, me volvería ciego, oscuro y desasertivo. Y siendo
argentino, ya de fábrica vengo cegado por Borges.
Se dijo que deconstruir es serruchar la rama en la que uno está
sentado (Jonathan Culler). Derrida, sin embargo, siempre se va por las ramas (y
con la herramienta en la mano).
Irse por las ramas es una vuelta a los orígenes. Es necesario no
perder de vista que soy un mono. Y, aunque judío, Derrida también lo era –por
más raro que suene.
Derrida hace posible el sueño de su compatriota Jourdain: una
escritura ni en prosa ni en verso. ¡La archiescritura! Además, como yapa, él logró
escribir ni filosofía ni literatura.
El lenguaje, la lengua, el idioma, están llenos de microbios y
bacterias como cualquier pasamano. Soy un escritor alcohólico en el sentido en
que, más que nada después del COVID, les paso alcohol siempre y aun así termino
apestado. En los colectivos te agarrás siempre las peores mierdas. Yo acá estoy
en calidad de usuario, y de usado. Por más que escriba en los ratos de ocio,
como esclavo del sistema de la lengua, es en ellos cuando más rubrico mi
servidumbre.
En este mundo de zombis, minga hay habla viva. Vivo escribiendo para
no morir viviendo.
Para el fonofalocentrista vale más un escroto que un escrito. Lo más
profundo es el escroto, no el tejido o la piel.
Necesito un objeto para fundar una ciencia, pero no tengo la menor
idea de dónde sacarlo. ¿Digo algo pero no pretendo decir nada o no digo nada
pero pretendo decir algo? Nuca lo supe.
El lector no puede probar que yo esté vivo, ni tampoco puede oler este
insoportable olor a patas. Puede pretender probar, acaso ya como escritor, que
no sé nada, pero no puede probar cómo me sabe por ejemplo… un órgano
cualquiera.
La verdad es una fricción, no una ficción. Surgió al frotar dos
pedernales (la archiverdad).
Una minita que salía conmigo (años 90) me decía que yo era
reestructurado y así fue que me hice reposmoderno.
Centro, significado trascendental: Origen, Verdad, Ideal, Forma,
Sujeto Trascendental, Dios, Esencia. De centrofilia pecan realismos y
empirismos, idealismos y racionalismos. Como pibe de barrio –como me dijo un
ignorante una vez– tengo todo el derecho a atacar a los centrólatras.
La escuela deja secuelas y se cuela en todo lo que sé. El tanguero con
veinte abriles se iba para el centro, y nosotros con la misma edad viajábamos
al centro en el 200 para poner el orto en un pupitre de la Facultad de
Humanidades y Artes. Con veinticinco abandonamos el centro, el logocentrismo, y
pasamos al posestructuralismo. Yo era de barrio, pero de barrio de macrocentro,
y además centralista –canalla, lo que para Lacan predispone a ser profesor de
filosofía.
Como el tango, Derrida rechazó “las luces malas del centro”, esas que
le hicieron meter la pata a la metafísica, la ingrata que engrupió a los
gilósofos, incluso a los que la chamullaban en francés… ¿No es Derrida
marginocéntrico? ¿Es la deconstrucción sólo un centrifugado? ¿Quiere dejar seca
a la Metafísica? ¿La presencia constante en congresos no forma parte de la
Metafísica de la Presencia?
Derrida odiaba a Central, máxime cuando se enteró de que Borges era
ñubelista (recordemos que eran tiempos anteriores a la presidencia de López y
este seguía siendo el exclusivo club del chetaje rosarino). Su difamación del
centralismo, debo confesarlo, hizo que en los 90 prefiriera leer más a Foucault
o Deleuze –incluso a Lyotard. Esto explica por qué en una revista fui acusado a
la sazón de “barrabrava de la metafísica” (luego de que Sarlo denunciara ante
la Federal que Viñas era un homónimo pero de “la crítica”). En este ras de
imbecilidad quisiera performar mi análisis.
En las Fuerzas Policiales se aprueba Filosofía con el Derrida para Principiantes de manual.
Malas palabras (caca): occidental, opuestos binarios, centro.
Para el cachetazo: Platón, Rousseau, Hegel, Saussure, Husserl, Heidegger,
Lévi-Strauss, Searle, Habermas...
Siendo que cada palabra de los XXXIII tomos de mis necesarias e
inadecuadas OC fue sometida, ora por mí o por los demás, a la técnica-Heidegger
del sous rature (under erasure o bajo borrado), y que tachar casi dos millones es
trabajo esclavo, aposté al blanco sobre blanco.
Dijeron que mi tejido de diferencias era muy parecido a todo.
Juguemos a la diferencia, dale.
Al partir a Córdoba, logré reunirme con el jefe de redacción de La Voz del Interior y le ofrecí que
editáramos en fascículos un suplemento tipo revista bajo el nombre “Suplemento
del Habla”. La prensa husserliano-cordobesa, desde luego, dijo que era
peligroso, me marginó y tuve que seguir haciendo equilibrio en los márgenes de
la filosofía.
Publiqué mis suplementos por mi cuenta, pero como la gente en general
se halla completa y pipona con el habla, no toleraban que yo les agregara nada,
por miedo a rebalsar, ni que quisiera suplir su completud, por más súplicas
para que se llevaran un ejemplar. Hacen bien en tener miedo porque los
escritores queremos suplantarlos (la conspiración del Gran Reemplazo en este
caso también es cierta).
Siendo la escritura el suplente del habla, yo también preferí jugar
siempre con suplentes. Con los titulares perdía todos los domingos porque me
hacían jugar de visitante y con un árbitro comprado. Así se fue al Descenso
(Hades) el mismo Sócrates.
Secreto el vicio de la escritura y debería seguir siendo un vicio
secreto siempre. Como sustituta del habla, es tan prostituta como ella.
¡Diseminación!, dice mi Nación. No, no soy antidisemita.
Sócrates y la escritura, los chivos expiatorios de Platón. Escritura:
diseminación; habla: inseminación. El falogocentrismo, el goce del entre del
falo en el texto. Como un raro trosko reaccionario, yo ejerzo este entrismo en
el seno mismo de la deconstrucción… Shhh, no lo cuenten.
De cierto os digo que Quevedo se dejaba fecundar en la paz de esos
desiertos, ¿pero no hay que dejarse inseminar por el texto? ¿Es Derrida
responsable del colapso demográfico de Europa, de una tasa de natalidad muy por
debajo del nivel de reemplazo generacional?
Ni sí ni no, lo indecidible suplanta al fundamento en Derrida. Ok. Pero
hay que tener demasiada fe para creer que este señor no afirma ni niega nada.
La escritura no es ni buena ni mala, es incorregible. Es para Derrida lo que
para Borges el peronismo. Se puede corregir a un escritor (de eso viven los
editores), pero no a la escritura misma. Sócrates era un escritor, aunque haya
sido un escritor loco, que brillaba por la ausencia de su obra, y hubo que
esperar hasta el argelino para probarlo. Derrida revela que todo se apoya en la
aporía y la circularidad, nada que ningún griego no haya dado por descontado
hace ya un tiempito largo.
No dudó de todo Descartes, esa víctima del lenguaje, ni tampoco
Derrida lo deconstruyó todo. Los dos son dudosos y deconstruibles, hétero y
autodeconstruibles… Toda la filosofía, la metafísica, viene autodeconstruida
desde Platón y también la deconstrucción de Derrida se deconstruye por sí sola.
Sólo un boludo se devana los sesos para despejar y, acto continuo,
revelar a la prensa y el público, las intenciones de un autor. Las intenciones
de José Constructo vienen condicionadas o determinadas de afuera de su
conciencia, y en otro plano no son más que ganarle a los demás, fama, dinero,
minas, tener razón, no tener que salir a hombrear bolsas de carbón, aparecer en
la televisión y las revistas (que antes las había), poner carita en las fotos
(tipo Derrida)…
Gente que se dedicó no a explicar qué significan las palabras sino
cómo. Pero si no como, todas las palabras significan hambre, y por eso sus conferencias se cobraban en dólares, no en
dolores. Preocuparse por cómo significan las palabras, y no por qué significan,
implica apartarse del mundo salvo en calidad de espectador, porque es evidente
que si significan es porque otros creen que significan algo, así que se vive de
los réditos que dejan los usuarios naïves
del sistema. El problema de estos cómicos
(graciosos de la ciencia) es que no viven en el reino impoluto del cómo, sino que se acomodan en el del qué, desde el cual cobran su
mensualidad.
¿Decía obviedades, tonterías, o cosas incomprensibles? Se dijo que las
tres.
Condenado a operar por el lenguaje, un flujo de contradicciones y
ambigüedades, un derrame de equivocidades, mentises y rodeos, el buen filósofo
nunca llegaría a buen puerto, al Eldorado de la Presencia. Acá no hay error que
subsanar sino errar como espíritu en pena o en pene (espectrología o
falogocentrismo). En semejantes condiciones, un monje tipo Wittgenstein te
manda a callar y freír churros, y un bromista pesado como Derrida (pesado por
lo soporífero, se entiende) te manda a que te mandes y le des al viva la pepa.
Total, de cualquier texto se puede interpretar cualquier cosa. Para un mismo
atolladero, la solución final contraria, como dice (o quizá no) Strathern, el
que te enseña Derrida a contrarreloj. Hola, soy Derrida y soy el primer
filósofo que habla al pedo a plena conciencia. Frangollo y biri-biri no ocultan
la cosa, la verdad, la realidad (ponedle a todas estas chicas las comillas que
queráis): las exponen. Ojo, yo no sé lo que digo, pero por lo menos lo aclaro y
lo sé, aunque en realidad no sé si lo sé ni si hay realidad ni en.
El autor sin intenciones más bien no existe, siempre es un infierno
tapizado de malas intenciones y algunas buenas. Lo que pasa es que las miras
del autor son con gafas prestadas, sea que se las suministre el inconsciente,
la clase, el género sexual, un campo social y tales.
Yo, que soy un sedicioso de la filosofía, no puedo ser más que un
filósofo sedicente, aunque quisiera ser uno sin intenciones; pero tengo que
consolarme con cargar como camello y rugir como león.
Derrida fundó una orden de monjas de clausura de la metafísica.
Las travesuras académicas son ñoñerías de nerds, diabluras controladas
como las que habilitan las esterilizadoras mamis progres en los días de
permitido. Derrida le dio visa a toda una generación de tontuelas de Filosofía
y Letras para que se hicieran las atrevidas en los simposios, mientras dentro
del aula andaban con tijeras de podar y tenías que acomodarte con el pánico
escénico cintura para abajo de quien se para en la barrera ante un tiro libre
de Pasarella o Batistuta (como ex estudiante de Letras y Filosofía y ex
defensor del baby de Central Córdoba, en este caso sí sé lo que digo).
Las paredes de mi depto están casi todas recubiertas de varones
blancos muertos, y esto que a primera vista podría constituir el sueño húmedo
del feminismo más acérrimo, una ingente colección de trofeos de caza
antimachista, no es más que la vulgar realidad de un living tapizado de libros.
¿O es que una biblioteca personal normalita, o sea heteronormativizada, no se
parece a un salón de trofeos o museo de caza de una amazona aburguesada? Tener
la casa llena de varones blancos muertos colgados en las paredes y que te
acusen de machirulo no tiene el menor sentido. ¡Es un macabro paraíso
feminista! Cada volumen es un trofeo de caza, y no una cabeza de jabalí o
búfalo o cornamenta de alce sino el pene de un castrado, la ablación de un falo
hablante. Quevedo los imaginó como muertos despiertos que le hablan al sueño de
la vida, difuntos de viva conversación escuchada con los ojos que fecundaban o
enmendaban sus asuntos; pero yo los veo así. La de don Francisco era de pocos y
doctos libros; pero la biblioteca de un decostruccionista sólo puede serlo de
muchos y, al fin y al cabo, desdoctorizados, menos subrayados que enmendados
con tachaduras, y menos fecundantes o inseminadores que diseminadores o
infecundos.
Me acusan de no firmar mis textos, pero tampoco firmo mis remitos, y
en ambos casos se trata de mercadería de contrabando. Siendo el lector
regularmente anónimo, el escritor, cobayo de su nombre propio y su firma, corre
con desventaja. Si bien hoy se emparejó, porque ya casi nadie paga un libro en
efectivo sino con IQ, ni entra a una página de Internet sin quedar su IP
escrachado, el escritor debe ser, encima, retratado en la solapa, y a cambio de
que su jeta se repita en Google imágenes, entrega asimismo el rosquete. Pero el
escritor anónimo es el que quiere el empate técnico con el lector.
El escritor o es un epistológrafo solipsista cuyas cartas están
condenadas a rebotar en el remitente o es un agente de guardia en la seccional.
Todo filósofo creará una jerga para, finalmente, poder hablar solo. New names, en definitiva, decía James
(no el colombiano). Es la condición para crearse nuevos problemas. Se complica
la vida, o más bien, le encaja el fardo a su público. No está mal este
divertimento para aburridos. Los que sufren, que se arreglen solos. Hay gente a
la que le gusta volver a ver el mundo con otras lentillas, con anteojos del
reluciente catálogo de temporada y ver qué se siente. Esta es la clientela
“espontánea” del aludido de marras (el filósofo), y después están los
funcionarios de turno que se lucran colocando o descolocando su producto. El
filósofo jerigoza, sí. Incluso,
jerigoza a los demás. Si hace escuela, se cuela y deja secuelas. Se planta,
busca un plantel, una planta permanente, y camino a la implantación. Si lo que
dice es cualquier verdura, es cuestión de gustos; pero si lo antedicho ocurre,
es filósofo. Si nomás se dedicara a pensar en contra, este contrera sería un
crítico. Si se contenta con contragolpear en la misma lengua que su rival, no
pasa de comentarista ni pasa a la historia. No refuta nada: contesta con un
nuevo idioma. Y como el adversario no lo entiende, cada cual sigue en lo suyo
hablándole a su yo, sus fans. La algarabía a estrenar no se entiende casi nada,
pero ya están brotando los traductores por varios recovecos y esto es señal de
que estamos ante una nueva filosofía. Estos filósofos se ponen a hablar de
cualquier cosa –cine clase B, autos y cigarrillos, teoría de cuerdas, el frío
que hace, la sexualidad de la Pantera Rosa, el Holocausto, su mamá–, pero de lo
que se trata es de traducirla a su idiolecto de lanzamiento… Qué aburrido es
entrar a la Historia. Se parece a no salir nunca de sí.
Derrida no refuta a nadie: pretende (de)mostrar que te refutás a vos
mismo. La deconstrucción no se vende como refutación (método
socrático-megárico) o crítica (método kantiano); de hecho, para él toda crítica
es constructiva, e incluso constructivista… Derrida hacía ingeniería inversa
(tal vez palindromía), del tipo de la que demandan los ingenieros sociales. Si
bien otros decían que sólo rompía los chiches jugando a la diferencia.
La abundancia de profesionales discapacitados legitima al autodidacta
capaz; pero nuestra empresa se especializa en capacitar en amateurismo e
insolvencia. No por autodidacta uno se aprueba todas las materias, y por eso
gestionamos la deserción escolar de tu autodidactismo. Desde esta preceptiva,
escribo mi Derrida por un Principiante.
Lo hago para hacer pendant
con el libro de Jim Powell, el contratado para la colección For Beginners, manteniéndome en la
postura de preferir lo que Ezequiel González denomina “filosofía menor”, o sea
la que se publica en catálogos de filosofía por y no para (principiantes). Para
Derrida, además, no hay principio o no existe el origen, y esto dificulta la
tarea del principiante, que incluso nunca podría empezar a serlo. A sabiendas
de esta imposibilidad de ser un inexperto o aprendiz en tal autor, escribiré
desde mi experiencia como veterano en no entenderlo, y para asemejarme al
neófito que anhelaba lo voy a hacer a toda velocidad, ventilando lo primero que
se me ocurra, como para adelantarme a Paul Strathern, el que firmó el Derrida en 90 Minutos. Uno en 90
segundos para mí es suficiente. Fue el mismo argelino el que enseñó que ahora
en filosofía lo secundario es lo que hay que poner en primer plano. Cada uno de
estos fragmentitos no tardó más. El tic-tac del minutero es lento y mueve la
pesadilla (dijo Le Pera), así que voy por el segundero. Es mi método de hemerobio,
que deja al “pensamiento rápido” de un Tomás Abraham como tortuga en slow motion.
Las intenciones del autor son pavadas de los paparazzi; pero Derrida
tenía demasiadas buenas intenciones. Será por eso que escribía horrible
(razonamiento de Gide). Perpetró todas las solemnidades que hoy la progresía te
impone por donde ingresan los supositorios (y sabemos que un saber sin
supositorios es imposible y que al falogocentrista le entran por un solo lado,
por el que se lo deconstruye).
Sin De Gaulle –el hecho maldito del país de los filósofos–, los
filósofos franceses son rebeldes sin causa (las poses tipo James Dean de
Derrida dan el giño). Con él, con De Gaulle, tampoco pasaba nada, ya que su
frase cabecera era “no se arresta a un Voltaire”, y por eso Sartre hacía sus
desastres con franquicia –junto a la señora, esa de trajes sastre. Y hablando
desastres (yo los ablando nomás), no se puede negar que Jackie era un filósofo de alta costura, habida cuenta de lo bien
que empilcha en las fotos (de todo ello y de bueyes y prepucios perdidos habla
en su autobiografía conocida como Corte y
Confesión).
El viva la diferencia es un canto a la indiferencia, y al final todo
da igual o todo es lo mismo, resultado siniestro de la metafísica con el
cartelito rojo de “clausurada” adherido a la puerta. A = A, B, C… Z. Divide y
multiplica todo por 0.
Para enseñarnos a leer lo ilegible, Derrida escribía sus libros: se
parecen a tragar lo intragable. No extraña que lo lean sobre todo los
tragasables. Te hacés faquir sí o sí (de to
fuck), no en el sentido de un asceta hindú o santón musulmán, sino en el de
un pasivo artista de circumfe(la)ciones. “Cómo reprimir el reflejo nauseoso y relajar
los músculos del tracto digestivo”, de eso va y eso enseñan todos sus
comentaristas-hagiógrafos (o agiófagos: tragas de especulaciones abusivas[5]).
El resultado es siempre otra hemorragia.
Dos años después de que Serrat cantara sobre los pobres que no se
habían enterado de que Carlos Marx está muerto y enterrado, Derrida sacó a
pasear los Espectros de Marx. Pasó de
despotricar contra el espiritualismo de Heidegger a airear los fantasmas
marxianos. Uno sería represivo y el otro reprimido. Sus escritos de “hantología”
son antológicos –obvio. Oferta fantasmas en ramilletes, espectros en flor, una
selección de aparecidos que lo tiene como DT. Sigue la joda entre los modistos
del pensamiento francés: hantologie
suena como ontologie, o sea que el
ser suena como aparición, así como a Lacan le sonaba a vergüenza (hontologie). Derridar la metafísica no
es derribarla. Jacques, el destripador de la metafísica, nunca fue más que un
espiritista. Aunque no sé si espiritista de la seriedad o de la ligereza. ¿Somete
a la filosofía a una suerte de estudio bromatológico o son sólo bromas a la
ontología? Como sea, este gusto por cazar manes y sombras o pegarle a un caído
encontró herederes por todes lades.
La deconstrucción no es un μέθοδος, un camino hacia
algo, trascendente. Como descamino es un despiste, un desatino, un desbarro, un
disparate, una distracción, un desacierto, un Derrida: un dislate docto o
distracción de erudito. No llegás a ningún lado, quedás a medio camino, o al
costado del camino (como un Fito Páez, un rosarino, un fitoplancton, una planta
a los tumbos), borroneando garabatos en los márgenes de la filosofía. ¡Qué
seremos nosotros si Derrida es un marginal filosófico! Pero el tipo jugaba de
lateral y se las siguió jugando de marginal. Perder el rato perdiendo el rastro
y despistar al espectador. Machado lo dijo: “derridiano, no hay método”. Se
pueden dar cursos de metodología de la investigación, pero darlos de
deconstrucción, que es nomás un transcurso, es como dar seminarios sobre la
diseminación. Así de siniestra es nuestra academia posmoderna.
Si la deconstrucción no es un método sino “una estrategia sin
finalidad”, Derrida es un general (στρατηγός) del despropósito, un comandante a paseo, un
conductor inconducente, un estratega sin intención, sin sentido, sin objeto: un
militar de la paz perpetua. No escapó a las generales de la ley, ni a las
generalas del feminismo de ley, y así como Freud fue un general (Deleuze dixit), el castrense de la castración,
Derrida fue asimismo un generalista: un filósofo, aunque especializado en
deconstruirla, en destruirla y que siga de pie.
Al fin y al cabo, deconstruido el falo, se inventó el viagra. Esa es
la industria farmacéutica a la que aportó Derrida luego de hacer cerrar la
farmacia de la esquina de Platón, atendida por sus propios sueños (de la razón).
Pero se puede deconstruir de todo, como en botica. Y si todo es texto, desde
luego, se puede comprar Rivotril sin receta. ¿Debe ser la filosofía como
escritura un fármaco de venta libre o con receta del CONICET?
¿A qué le llaman académico
los académicos como para decir que “la deconstucción rechaza cualquier
apropiación o domesticación por parte de las instituciones académicas”?[6]
¿Nos toman de pelotudos o lo son?
La deconstrucción saca a la luz que toda edificación metafísica
pretende hacer pie en una presencia pero lo hace sobre una aporía. Todo
fundamento entraña una decisión sobre lo que es indecidible. Si esto aplicara a
la arquitectura stricto sensu, las
casas se caerían. Siendo el lenguaje la casa del ser (Heidegger), lo que es
decir que no hay otra ontología que la del homeless,
la metafísica no es más que un plan de vivienda malogrado o falluto regenteado
por Schoklender y Hebe de Bonafini, soluciones habitacionales del tipo “Sueños
Compartidos”. De ahí que Borges definiera a la realidad como tal.
El sueño compartido de todos los filósofos –o sea, de todos– es el de
ligar el nombre propio que nos cayó de regalo con un significante trascendental
que inventamos que descubrimos.
Se puede estudiar arquitectura y convertirse en inspector de obras al
servicio de la Dirección de Fiscalización y Control de Obras. Los Peritos en
Construcción realizan dictámenes sobre el estado de conservación de un edificio
antiguo, los Restauradores evalúan el deterioro del patrimonio histórico, los
Inspectores de Obras Particulares son funcionarios de gobierno que verifican
que las estructuras cumplan con los códigos de edificación, la seguridad
estructural y las normas de habitabilidad. Derrida se negó a ser un arquitecto
proyectista, nunca quiso ser un profesional encargado de materializar una idea
en un proyecto constructivo real para convertir un concepto en una obra
ejecutable. Menos que menos, un calculista o director de obra. En él se inspiró
la arquitectura decontructivista, un paradojismo que surgió en los 80. Esta
corriente demostró que el decontructivismo puede ser arquitectónico y le faltó
demostrar que siempre lo es.
La deconstrucción no es filosofía ni técnica ni disciplina. Su ni-ni
aspira a ser asimismo “ni neutro”. No es volver a lo neutro, dice (y menos que
menos a lo nuestro). No es posible un manual de instrucciones para estas
intrusiones de amanuense. La deconstrucción no es una misión divina. Es una
remisión remisa. El universo no es un mensaje consciente enviado por alguien:
vivimos en un mundo sin remitente ni destinatario. ¿Será un rito de paso de la
filosofía a la literatura y viceversa?
Otro niní posible: ni presencia ni ausencia. La presencia del otro se
vuelve una ausencia diferida, dice Morey. Y adiciona que la gesta derridiana es
liberar las diferencias de su sumisión a los antagonismos… Y estos son los que
después van a dar las “oposiciones” en la Facultad para agarrarse un puestito.
¿Quién los entiende? Además, ¿para que querría liberar mis diferencias si no es
para enrostrárselas a un antagonista? La vida sería más aburrida que seguir
leyéndolo.
Derrida propuso bajar las persianas con una última palabra: différance. ¡Touché! Dios visto. El Fundamento dado vuelta como un guante.
Comodín-significante-Amo. El gato se dio vuelta en el aire una vez más. ¿Dios
hace la diferencia o la diferencia hace a Dios? Dicha la verdad del lenguaje o
del ser después de dos milenios y medio, pasemos al livin’ la vida loca. Dios
no puede ser una presencia ausente ni una ausencia presente, como cualesquiera
otras: ¡es la ausencia ausente!
¿Lo inefable en otro lunfardo? ¿Será que nos quiere vender nomás un
Dios diferente? La différance, se
cuenta, no es absoluta, no es pura, no es una fuerza, no es un ser supremo.
Parece general pero es singular… Si la Diferencia no es Dios, ¿será Diosa?
¿Dixs? ¿Dies? ¿D10s?
Si la deconstrucción puede ser deconstruida es porque construía o
estaba construida. No puede ser definida, dice, porque los términos de su
definición, los conceptos, ya están sometidos a ella. Toda voluntad ideal de
sistema –leemos– supone una imposibilidad y un error radical, ya que hay un
principio de ruina inscripto en todo texto. Toda filosofía construida –la
redundancia te valga– sería un decisionismo. El filósofo, un estadista de su
obra o de la realidad –ese alias de la presencia. Se atribuye la suma del saber
público.
A la diferencia tampoco se la puede definir, pero se la define como
pretendiendo ser la condición de posibilidad o imposibilidad de todo concepto y
palabra. No teniendo definición, Derrida fracasó asimismo como delantero centro.
Derridadaísmo fonoaudiológico.— Los acúfenos epistemológicos fomentados por
Derrida hoy son el ruido fantasma de fondo de la vida civil, el soudtrack de los intelectualudos y su
manada de clientes potenciales, la banda sonora de tu mente, cato. Llevo en mis
oídos su más espantosa música y es por eso que sufro tinnitus, además de por el
5G o sin coger. Hoy no puedo leer un puto diálogo de Platón sin padecer un
zumbido. Borges le llamó “el ruido” al rock, pero se quedó corto: el
aturdimiento debía entrar en las universidades y en la (ex) alta cultura como
elefante en Casa Tía.
Como crítico literario y baterista profesional (aunque jubilado de
ambos ejércitos) sé lo que dice Derrida con tympaniser
(criticar, anunciar con bombos y platillos). La filosofía fue siempre un
diálogo y de sordos, pero preferiría esta tradición occidental que el quilombo
en que vivimos por culpa de esta chusma. ¿Debemos consolarnos con enmascarar el
pitido (terapia de sonido) o ir a por una cognitivo-conductual (TCC)?
Que un judío quiera accidentar Occidente no suena raro. Si orientás tu
prepucio hacia él, pensá en qué sentido –por más que te diga que no hay
quididad ni sentido. Ni me interesa como reliquia el sanctum præputium de nuestro
apóstol Santiago Derrida conservado en una jarra de alabastro llena de nardos,
ni le pido a Isabel que lo expulse: yo también ni-ní.
Bautizar a un continente todo con el nombre de un cosmógrafo llamado
Américo Prepucio prueba, como expresa Derrida, el falogocentrismo inveterado de
Occidente. El hecho de que Colón fuera marrano y el colon un órgano indigno del
Órganon aristotélico, indujo al varón goy heteronormativo a estatuir dicha
asignación hoy por suerte deconstruida bajo la denominación de Yala Lala.
Como tierra prometida, Trulalá está bien.
Mi sentido pésame al sentido estable. El texto metafísico se
deconstruye dentro del mismo texto metafísico. Derrida no está ni adentro ni
afuera, anda por la maroma, fileteando por la cuerda floja. Atrapados en una
metafísica sin fundamentos, ¿qué hacemos?
—¡Mamaaaá!… ¡No me dejan ejercer un dominio sin reservas del sentido y
la significación!
— ¡Te dije que no estudiaras Filosofía, Pirulo!
Son otros significantes los que colocan a un significante en el papel
de significado. Pura democracia representativa. El filósofo, en última
instancia, sería un mamerto ancestral que no se da cuenta de que trata con
signos y no con cosas. Por esta misma razón, Derrida no podría ser nunca un
referente. ¡Es todo un gran malentendido!
Signos, tu parte insegura. Bajo una luna hostil, signos, oh.
No hay transmisión en vivo, toda es en diferido. Contexto de
producción y de recepción se diferencian –¿hasta en la telepatía?
Estamos repodridos de que todo sea repetición y diferencia. ¿No hay
otra cosa?
¿No hay experiencia pura de lo no iterable, de lo irrepetible, lo
singular? ¿La hay impura? Le voy a preguntar a mi mamá.
La deconstrucción nunca ocurre sin amor: homenajea a aquellos que toma
de puntos, dice Derrida. Hay amores que matan y amores que deconstruyen. Son,
dice, ejercicios de admiración. Derrida tiene este tic femenino por estrategia:
no te puede amar sin deconstruirte. No lo hace de mala, de malo. Love happens y la deconstrucción too. Ni uno ni otra dejan títere con
cabeza. Conocemos perfectamente a esta clase de muchachas que no pueden amarte
sin deconstruirte. Deconstruite o te mato, de onda.
La deconstrucción es amor… (no va sin él, dice). Antes lo era Dios;
pero con la deconstrucción estamos mejor. Me tiene hecha una reina. Dice sí,
sí, oh yeah, y mantiene indeconstruibles
a la justicia y al otro. ¡Afirmatividad, llamada, responsabilidad desmesurada!
Vd. no se ha percatado de que “todo texto derridiano es un texto sobre el amor”,
de que “su escritura es un constante hacer el amor”. Otra vez el asunto del enculage de Deleuze…
Las profesoras hablan de amor, de amor en jerga, con bibliografía en
francés a pie de página. Quizá las Jornadas
de Amor a Derrida ya no vendan, ni prestigio, novedades o ejemplares. Ya
hace un par de décadas que la UBA se la gastó toda a esta retórica. El ascenso
de Badiou en el mercado de valores académico no se explica por ninguna
nostalgia por comunismo o marxismo duro algunos, sino por el desgaste por repetición
de Deleuze y Derrida. El puestito de filósofo vivo más grande y leído, Badiou
se lo ganó desde que este señor estiró la pata. Hubo que inventarse otro
francés con buena nueva.
Me paso por el forro papel araña a la napoleónica École Normale
Supérieure. Sólo les concedo la libre navegación de mi risa. Si hay un filósofo
francés al que oigo, ese es Charles Romuald Gardes (no menos uruguayo que un
Ducasse, un Supervielle o un Laforgue o Caraco; pero filósofo filósofo).
Me excitan fuera de contexto. Son las histéricas.
Son estas las que dicen que soy yo el que está fuera de contexto.
Siendo que escribo (vivo) fuera de contexto, no debería apenarme de
que me lean también fuera. Pero en realidad me meten en contexto como en
cintura, y en uno de mierda (y no de avispa). Nunca me dejaron entrar en uno
bueno y por eso vivo (escribo) afuera. Yo arranco sacado de contexto; pero
ellos me enchufan uno, siempre el peorcito –por las dudas… He escrito un texto
irrepetible, ¿qué podría esperar de los demás? Creen que mi texto no renovable
es puro anacronismo.
Carezco de cátedra, título, tribu urbana, fans y hasta de carencia:
¿en qué contexto van a ubicarme? Ojo, hablo como texto, ya que soy un don nadie
sin don alguno. Como texto de nadie no hay a quién tergiversar, salvo a esta
máquina de escribir “yo soy” que nada sufrirá por ser desnaturalizada, porque
ya lo es.
No hay fuera de contexto, dice Derrida. Arrancás siempre en uno: las
reglas de la lengua, la episteme… Así no hay outsider que resista.
Este tipo convirtió al exégeta en un performer y al hermeneuta en un interventor. ¿Hay que leer fuera de
programa y contra todo riesgo de no arbitrariedad? Ok. Lo pidieron, y acá lo
tienen.
Ni me expreso ni doy señales de vida. Posible es que esté muerto o que
sea un bot. Téngalo en cuenta.
Toda corriente de moda crea robots discursivos (en los 50, v. gr., el
robot existencialista). Todo enunciado, sin ir más lejos, es un robo y un
robot. Como bien apunta Derrida, el cogito
sería válido si estoy loco, muerto o soy una máquina. O sea que hay
cartesianismo vesánico, zombi y maquínico.
Profesores, fenómenos de feria de las vanidades. Los profesores de
filosofía escriben lo que escriben, pero viven de prejuicios. Escriben
conceptos; pero a los preconceptos los viven, y los viven como nadie.
No aspiro a entrar al staff
de una revista indexada; preferiría figurar en el Index Librorum Prohibitorum de la progresía hija de puta. Un
solipsista evaluado por pares sería el colmo. Que me evalúen los parias, mejor.
Para ser mi par hay que ser un genio, y por eso sólo me dejo evaluar por el
Genio Maligno –colega en lo sustancial y en lo adjetivo. Hablan de la
diferencia y se hacen evaluar por pares… Vengo de un óvulo sin cohabitación y
desde entonces no acepto a ningún colega monocigótico. Yo evalúo a mi doble de
riesgo y punto. Con el tallerismo literario entre mi Ello y mi Superyó (noten
mi anticuarismo) ya tengo bastante. ¿Pares? Si tuvieran hombría de bien, estos
pigmeos bien harían en subirse a mis hombros, que sólo así quizá verían tierra
algún día e incluso un nuevo mundo, como aquel Anónimo de Triana. Por de pronto
los mando al carajo, a ver si ven algo.
Echado de la Facultad por la puerta, no pretendo entrar por la ventana
sino derramar por sus inodoros y mingitorios, autografiándolos. Mi pensamiento
es sanitario y por ello estoy excusado. Una Licenciatura en Letrina me sienta
mejor y allí me siento y me siento un rey, un Rey-Filósofo. Decían que era
servicio… Sí, lo soy.
Al final se supo que yo era un bot. Bueno. Peor es ser un bot ludo.
Perdería el tiempo un deconstruccionista en detectar las contradicciones
de mis textos: no se necesita ni séptimo grado aprobado para eso. Laburo
tendría, más bien, un lector construccionista, que por ahí aúpa algo. O al
menos algún filósofo edificante, de los que dan clases en Arquitectura. En mis
textos hay levante, más que en la Facultad. Está todo por erigirse. Mi
facilismo facilita el falicismo. Aprovechen. ¿Necesitan una filosofía para
superar? Esta es ideal y está en oferta. Hasta la vieja de abajo es capaz de
superarla. Le bastaría con apagar Telefé, y ya arrancaría.
No hallé mejor descentramiento que rajar de la ex Santa Unión (hogaño
HyA), ese falansterio embutido en el macrocentro de la Capital que no fue del
Imperio que tampoco. Ahí hay que preespecializarse en agachadas y murmullos y
hacerse empresario de sí (siendo sí un currículum), ni siquiera de las ideas, y
menos que menos en escándalos, como mi maestro Viñole, prefiriendo convertirme,
así las cosas, en el mediático menos famoso del mundo (ni en mi casa saben que
soy mediático).
Yo sobrevivo por la filosofía; pero ¿podrá la filosofía sobrevivirme a
mí? Cada palote que garrapateo, cada mierdita que borroneo “es de esencia
testamentaria”. Si mi lector pudiera hacer negro sobre blanco sobre mis XXXIII
tomos de OC, necesitaría consagrar un par de años a solamente leer mi
testamento, que, dada su formidable envergadura (no siempre falocéntrica, de
toda suerte), llevaría a suponer que el autor es un hombre rico. Si la autopsia
no chequeara mi prepucio, podrían creer que es el de Eduardo Elsztain. Pero no,
apenas soy dueño de la Argentina que cabe en un departamento de 65 m² (y
veremos por cuánto tiempo).[7]
Únicamente un muerto puede firmar una obra. Son gente atrevida. Si
firmo una obra, no puedo afirmarla.
Todo lo que circula con mi nombre son falsificaciones. Mi nombre,
además, es un manoseo que no me incumbe, otra falsificación. Que firme mis
obras con una cruz, da cuentas de que en ellas me crucifico.
Todos los testatarios que designé, resultaron contestatarios.
Nocturnos albaceas, valedores que signaron mi invalidez con certificado de.
Mecenas que me comieron crudo.
Es posible que no escriba, sino que me cite; e incluso, que me cite y
nunca me presente. “Escribo”. Sólo entre comillas se puede decir que escribo.
Como cada vez que me citan es para boludearme, me cito yo; pero al hacerlo
caigo en el quintacolumnismo de los demás y es también siempre fuera de
contexto.
Mis abusos de autoridad han resultado malogrados, y se ríen de ellos. No
te debo nada, lector. Ni vos a mí. La luz de un fósforo fue, nada más, nuestro
idilio.
Pero ciertamente, soy inimitable: ni yo puedo hacerlo; por lo que me
veo obligado a firmar cada vez como AA. VV.: Auctores Varii, o acaso Asociación de Vecinos, un consorcio de
gentuza que se odia –como el de este edificio de mierda en el que sobrevivo
como puedo.
El deseo de escribir como ningún otro, además de una engañapichanga,
es poca cosa frente al deseo de escribir como demasiados otros. Mi lengua y mi
nombre pelean por un botín que me es ajeno, tanto como dicha pelea. Hablo todos
los idiomas en una sola lengua y soy todos los nombres de la histeria. Y como
lo que dona un don nadie se agradece por compromiso, lo dono a todos los don
nadie, aunque ya no doy más.
No podría firmar ningún libro, debería firmarlos todos.
Menos probable es que esté escribiendo a que esté siendo escrito. En
este preciso momento, escribiendo este texto, estoy siendo operado: ¿será un
agente del MOSSAD? Si declarase mi Independencia, es que ya estaría siendo
independiente. ¿Pero cómo saber si lo soy?
Me gusta titular obras. Me resisto a hacerlas. Mis títulos son
prometedores; mi nombre no promete mucho. Compensamos. Nombres de autor y
títulos de obras deberían asignarse por sorteo.
Casi todo sucede en mi ausencia. Es terrible.
La metafísica está arruinada pero es indestructible. La tarea de
deconstruir aquello que está en ruinas no deja de ser curiosa. ¿Deconstruye
reliquias o escombros?
Los que quieren hacer un Reino de la Diferencia se cuelgan de las
tetas que Derrida no tiene.
No tengo ganas de pensar o escribir como un profesor universitario. Y
espero que esa falta de voluntad se transforme en imposibilidad. Gracias al
efecto Dunning-Kruger he logrado mis mejores aforismos. ¿Sobreestimaré mis
habilidades o mis inhabilidades? Lo importante es la incompetencia y no la
competitividad curricular. Menester es estupidizar la idiocia. Mis protocolos
de lectura son protolocos o proctológicos. Lo serio y lo no serio son
idénticamente estériles, dice Derrida. Mis payasadas acompañan en el
sentimiento a las ñoñerías vasectomizadas de la Academia.
Mi monólogo interior fue desalojado. Es el monologuismo filosófico de
un croto que duerme en la esquina. Yo todavía duermo adentro; él no.
Con la ordinariez de mi lenguaje filosófico yo también pruebo que no
hay una escisión fundamental entre lenguaje ordinario y lenguaje filosófico. Mi
metalenguaje-chabón es la prueba (escrita) viviente.
Sócrates (¡era ágrafo!) no llevaba la lista cuando iba a comprar al
súper del ágora. Yo tampoco; pero por miedo a que las incluyan en mis OC.
Los derroteros de la metafísica, obvio, exigen una fracasología más
que una deconstrucción. Derrida es el Roca Barea de la metafísica. Preferiría
seguir fracasando con ella que irla de prócer de la posmodernidad, ese
independentismo de pacotilla que nos acaba entregando en cuatro al enemigo. ¿Quedan
todavía tilingos que creen superada la metafísica? La metafísica se supera a sí
misma, es un ejemplo cabal de sarmientita neurótica. No sé por qué la critican.
Habría que felicitarla.
Cuando era posmoderno yo me sentía un metafísico superado. Y, en
efecto, resulté un metafísico superado: seguía siendo metafísico y fui
aplastantemente superado. El deconstructor no es un burrito de San Vicente que
lleva la carga metafísica y no la siente. Sin embargo, podemos llamarlo
“metafísico superado” porque supone haber superado a los metafísicos ordinarios
y a los creídos superadores de la metafísica, ya que considera haber
descubierto que la metafísica es insuperable y que viene deconstruída de
fábrica.
Yo, por ejemplo, convirtiéndome en técnico deconstructor, creía haber
superado a mi abuelo, que era técnico constructor. Él construía viviendas y
fábricas. Yo quedé afuera hasta de la morada del Ser y convertido en epígono
del filósofo en situación de calle.
Aunque Derrida porfiaba en que la deconstrucción no es un
psicoanálisis de la filosofía, Maurizio Ferraris escribe que es una actividad
terapéutica que hace con el texto lo que el analista con el neurótico: lo hace
hablar en un análisis interminable que no promete la cura del mal pero lo hace
tolerable. ¿Es un tratado sobre la tolerancia de la metafísica? ¿A la
metafísica? ¿Hay que ser con ella tolerante o bien hospitalario? ¿Se trata de
una destrucción sin hostilidades? ¿Es su hospital de campaña? ¿La envenena o la
cura? ¿Ya que hay que dormir bajo techo de la metafísica, conviene saber que no
tiene pisos? La metafísica, pone Ferraris, es un trauma al que no hay que darle
la espalda sino someterlo al trabajo de un análisis interminable. Mientras los
mozuelos creían tirar por la borda a la tradición, Derrida nos sofocaba con
este freudismo inducido al texto metafísico. El logocentrismo, sigue Ferraris,
es una enfermedad moral de la cual debemos procurar recuperarnos. La metafísica
sería el policía conceptual que reprime a la archiescritura en nombre de una
presencia plena. El deseo de presencia reprime y las represiones emprendidas
por el logocentrismo son el malestar en la cultura, de acuerdo a Ferraris.
No es que la metafísica esté mal sino que hay malestar en la
metafísica. Sin ella, es cierto, no se puede estar (o no se puede ser sin la
ontología), ni bien ni mal. La deconstrucción es la fracasología del welfare state metafísico. Si hay
bienestar en la metafísica (el mito eudaimonista), que no se note. A Derrida,
en realidad, no le importa mucho la ventura en la metafísica sino su aventura
fundacionalista, su aventurerismo del fundamento. De la felicidad pedorra de
los filósofos, que se encarguen los psicoanalistas. Él te dirá que funciona
como un aquenó, que funciona fundida y no fundada. Dirá que toda implantación
es hidropónica.
La metafísica es una máquina estropeada, pero por más vetusta que sea,
no deja de ser tecnología de punta. Por más vueltas que le busques, no se la
puede superar, y hay que superar ese trauma (el de que no se la puede superar).
Él te explica cómo funciona, explicándote cómo no funciona. Este es el rol del
deconstructivista como funcionario. La metafísica funciona para el orto, pero
nunca deja a pata al bípedo implume que, en realidad, siempre anda a máquina y
es plúmeo: escritor y metafísico a la fuerza. Ni hay ágrafos ni hay
posmetafísicos: ni Sócrates lo era ni los posmos lo son.
Para Derrida, Heidegger no superó a Nietzsche. Más bien, el bigotudo le
hizo a su candidato a superarlo lo que a Deleuze, salvo que Heidegger no se dio
cuenta y Deleuze lo asumía. La voluntad de poder no sería una presencia sino
una diferencia de fuerzas (Ferraris dixit).
¿Pero cómo queda la relación sexual o textual entre Derrida y Nietzsche?
¿Somete nuestro sefardí al semipolaco al mismo vapuleo que a Husserl,
Heidegger, Saussure, Lévi-Strauss, Foucault, Searle, Hegel, Rousseau, Platón,
Lévinas, Habermas y demás comitiva?
Azúcares y dogmas.— La intolerancia a la metafísica no es como la
intolerancia a la lactosa. Con la segunda se puede vivir; la primera es un
aspaviento histérico y autoindulgente que nuclea a personajes tan dispares como
Hume, Carnap o el pelotudo de mi vecino de al lado. Con un intestino incapaz de
digerir los azúcares de los lácteos se puede sobrevivir; pero la intolerancia
real a la metafísica sólo puede llevarse a cabo como interfecto y occiso. La
metafísica produce malestar –son por todos conocidos: gases, diarrea,
hinchazón…–, pero peor es ya no estar ni siquiera mal. ¿Vivimos mejor desde que
tomamos el fármaco recetado por Jacky?
Derrida: ¿visitador médico? ¿dealer?
Murphy como autor.— Una novela o una teoría pueden salir mal. Por
eso conviene no empezar a escribirlas con un escritor o filósofo. Conviene
empezar probando con un muñeco humanoide, más tarde con un perro, luego con un
chimpancé. En literatura y en filosofía, más tarde o más temprano, todo lo que
pueda salir mal, saldrá mal. Por eso yo decido no exponerme y sigo escribiendo
con mis conejillos de indias.
Las verdades de mi corazón no son las de mis manos. Unas palpitan y
otras teclean. A esto lo digo a pulso sin que me puedan tomar el pulso.
Debo hacer literatura testimonial de la filosofía. Pero mi
interlocutor es un desaparecido que no podemos imputar a Videla.
Aunque los otros existan, es imposible saber de quiénes se trata. Si
no se es solipsista, se anda a tientas en el mundo. Por más sondeos que hagas,
vas al tanteo entre fantasmas.
Derrida pretendió parasitar la filosofía con literatura y viceversa.
El parasitismo en este sentido viene de lejos y se hizo con mejor gusto: no fue
sino una empresa original de los filósofos cínicos de la Antigüedad, quienes,
además, supieron ejercer de parásitos en un sentido estricto (iban a morfar de
arriba en todas las comilonas). A Derrida, hablando de lastrar, le encanta la
contaminación cruzada: toca la literatura con los dedos sucios de filosofía y
la filosofía con los cubiertos enchastrados por literatura, todo sin lavarse
las manos. No lava la tabla y los microbios y alérgenos de una pasan a la otra.
Resultados: salmonella, reacciones alérgicas, diarrea severa y daño en los
riñones por infección por escherichia
coli, gastroenteritis viral, listeriosis:
náuseas, vómitos, calambres en el abdomen, fiebre, dolor de cabeza, diarrea con
sangre y, sobre todas las cosas: sopor, aburrimiento: ni fu ni fa. Además, Derrida
te la baja: su gesta contra la “erección del logos paterno”, si bien no le
impidió procrear, ejercer como padre ni como profesor universitario de
filosofía y multiventas en el ramo, multiplicó la disfunción eréctil y la
impotencia sexual-textual en un campo filosófico aquejado de hipogonadismo.
Resultado: los niveles promedio de testosterona en los hombres han sufrido una
caída global estimada del 54% entre 1972 y 2019, con un descenso superior al 1%
anual que se acelera desde el año 2000. Se trata, desde luego, de un fenómeno
multifactorial ligado a cambios en el estilo de vida filosófica y en el entorno
académico moderno. La ciencia apunta como los motores de esta disminución
hormonal a una combinación de factores conductuales y ambientales: obesidad y
sobrepeso (el tejido graso convierte la testosterona en estrógenos mediante la
enzima aromatasa), sedentarismo (la falta de actividad física reduce los
estímulos metabólicos y endócrinos necesarios para mantener la producción
hormonal), estrés crónico (los niveles elevados de cortisol inhiben de forma
directa la función testicular), sueño insuficiente (se alteran los ciclos
circadianos y se frena la síntesis nocturna de la hormona), disruptores
endócrinos (la exposición constante a químicos industriales, plásticos,
nanoplásticos y pesticidas interfiere con el sistema hormonal), y finalmente la
deconstrucción como programa trasnacional orientado a provocar la flacidez del
filosofema. Dentro de nuestro campo son alarmantes los índices de: 1) pérdida
de masa muscular, fuerza y densidad ósea, 2) aumento de la grasa corporal y
riesgo metabólico (diabetes), 3) problemas de fertilidad y disminución de la
calidad seminal, 4) mayor predisposición a cuadros de fatiga crónica, ansiedad
y depresión, 5) deterioro cognitivo acelerado a largo plazo. Los estudios
interdisciplinarios que han logrado cruzar la sociología de la recepción del
posestructuralismo con la endocrinología médica dan cuenta de tales efectos
resultantes de la estrogenización de la metafísica. Como todo es texto, lo es
asimismo la hormona del falogocentrismo, y estas son las consecuencias de
concebir la testosterona como textosterona.
Vuela una mosca por encima de un ángel. El mono que pregunta por el
Ser y la mona vestida de seda que lo seda miran la escena. Recrudece el TOC
existencial del primate. La mona se evapora al desvestirse. La mosca atrapa al
ángel. El mono muere de un ataque de seriedad. En vez de perecer de risa.
La mía es una filosofía sin garantías, se los puedo garantizar. No
necesita rehenes, carece de arras, marchamo, cauciones y precauciones, satisdaciones
y satisfacciones. Incluso de prenda, como Fierro. No hay nada en fianza, ni se
le puede tener confianza alguna. Mi veracidad es la de Discepolín (verás que
todo es mentira): una parresia sin cartera de clientes. Desde luego, no puedo
certificar esto que escribo y me deconstruyo antes de construir el más mínimo
castillito de naipes o escarbadientes. Si con este currículum yo (un texto, un
pasamanos) no tengo autoridad para desbancar a Derrida, entonces no la tiene
nadie.
Siendo el último alumno de una institución que enseñaba a ser
sirviente y un cero absoluto, decidí, desde el postrer pupitre, autoconvocarme
como el elegido: me otorgué el premio vitalicio y emprendí esta misión sagrada.
¿Superar la Metafísica? Debería empezar por superar el TOC existencial
(pregunta por el Ser). Si el TOC existencial no se cura con un diploma de
Licenciado en Filosofía, la carrera no sirve para nada. Antes de recibirte, la
bestialidad era tu fuerte; ahora, tu debilidad.
El azar y la necedad. No hay otro Abbau
que el Guau guau.
Aunque leo y escribo todos los días, quisiera ser un filósofo
dominguero. Un filósofo dominguero de todos los días. Y aunque con este
dominguear a la filosofía aspiro a la intrascendencia, quienes por un casual se
cruzan con mi cruzada, porfían en que se trata de un escándalo o de una locura.
Sí, yo topo siempre con mis propios judíos y mis propios griegos, como un
Pablito cualquiera, como aquel que nos clavó a los clavitos de la Cruz. Soy un
loco escandaloso de domingo. ¡Qué mejor!
La literatura tiene el derecho a decirlo todo mientras ese todo no
afecte la eutaxia del poder vigente. El mismo Derrida se dedicó a firmar
peticiones de censura a escritores (caso Renaud Camus, autor de la teoría del
Gran Reemplazo). ¡Como si la Gramatología y la Deconstrucción no fueran un Gran
Reemplazo!
También la Academia quiere decirlo todo… todo con protocolo, todo lo
que no comprometa su compromiso, su compromiso consigo misma, con su esquivar
el bulto (feminismo), su compromiso con ocultar hasta lo más burdamente obvio.
No sólo son ojos duros: es puro caradurismo, ciencia dura de la jetocracia
(jetones que llevan la máscara debajo, y la mascarada a flor de piel marchita).
Carezco de las suficientes normas de urbanidad para pertenecer a una tribu
urbana normalista como es la de los archiveros o cualesquiera otras urbanas
tribus de claustro.
Después de que los tenderos entráramos a saco a la Universidad,
Derrida se puso el saco y te sacó el pongo.
Acá sí
que no se copula.— Derrida le tomó el gusto al no
hay relación sexual, aquel eslogan lacaniano más drástico que el SIDA y
cuyos efectos hoy son moneda de cambio en toda la Tribu del Alfabeto, y tanto
así que lo expandió hacia los confines del multiverso o hipertexto. Si algo lo
inspiraba y estimulaba, eso era el desacoplar.
El desmontar. Desensamblar, desmantelar. Después de Derrida ya no hay cópula ni siquiera en metafísica. Lo
derridó todo. Todo lo que sea, será deconstruido. Ser es ser deconstruido. ¡Y
dale! Deconstruyamos lo que sea. Deconstruyamos de lo que sea, deconstruyamos
lo que de-sea.
No hay más justo protector y patrono para la “izquierda indefinida”
que Derrida, izquierdista por descontado e indefinicionista por antonomasia,
ideal para estampar su retrato en un púchimbol y regalárselo a Gustavo Bueno y
sus deudos. Para él (y para cualquier enterado), “la pregunta que domina toda
la historia de la filosofía” es ¿qué es?,
vale decir, la arcaica muletilla con la que matraqueaba Sócrates, dueño del copyright de la marca trasnacional
patentada en el Ática como τί ἐστι.
Se dirá lo que se quiera, pero a la deconstrucción la inventó
Sócrates. ¡Sí, el mismo inventor de la definición! ¿O a qué otra cosa llegaba
con su soniquete y su preguntita que a la “indecidibilidad” misma una y otra
vez y la mar de veces?
Hizo bien Derrida en desenmascarar a la
fenomenología, que pretendía ser un “pensar sin presupuestos”, ya que sólo un
cínico piensa sin presupuestos, porque no tiene un mango (no tiene asidero), no
cobra un peso del Estado, salvo del estado de indigencia, gracias al que recibe
alguna que otra limosna, y no tiene cuenta en banco alguno ni libreta del
almacenero de la esquina (cosa que todavía existía en los 80, en plena
moda-Derrida, al menos en la empírica República de la Sexta). La fenomenología
pensaba con presupuestos, empezando por el presupuesto universitario que
alimentaba a la familia Husserl. Y dicho presupuesto es un texto, o al menos,
está o estuvo asentado en uno.
Nadie piensa sin presupuestos; pero algunos elegidos del pueblo no
elegido pensamos también con prepucio. Supongo que este es otro derecho de la
democracia (demos gracia, sí) y no un bien exclusivo del pueblo metafísico, el
de Heidegger, Hitler y Beckenbahuer. No por ser un pueblo que falta, lo tiene
de sobra.
En el famoso dibujo de La
Tarjeta Postal, originario del s. XIII, Sócrates es el escriba que anota lo
que le dicta Platón. Si vamos al caso, el filósofo resulta ser desde siempre un
escriba que copia textos para el poder de turno bajo el malentendido o creencia
ideológica de que los copia de la Realidad misma –salvo que esa realidad no es
más que la quididad del Rey que lo emplea de amanuense. Eso es el filósofo, un
copista (un fabricante de simulacros, de mentiras), un escribano, un calígrafo,
un mecanógrafo, un escribiente que preferiría no serlo y no hacerlo (no hacerlo
por escrito, al menos).
Por paradójico que parezca, Derrida demolió el “oírse-hablar” a base
de conferencias (según Morey, “un orador espectacular”). Se nos dirá que su
campaña contra el “querer-decir” no fue patrocinada con las arcas (o arcadas)
de Macbeth. Ponele que la vida no, ¿pero no será entonces la metafísica ese
cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia y que no significa nada?
Ya viene descuajeringada y descangayada por cuenta propia: sola, fané
(o foné) y descangayada. Y pensar que
hace diez años fue mi locura, miren si no es pa’ suicidarse que por este
cachivache sea lo que soy (licenciado en filosofía). Yo también, al verla así,
rajé pa’ no llorar.
Luego de su cruzada ante el mito de la escritura por añaduría, se
invierten los roles entre escritura y metafísica: quien era cabeza de turco
pasa a macartista y el cazabrujas se hace paganini y víctima propiciatoria. Y
si bien Derrida nunca promociona ningún sistema de inversiones ni dar vuelta
las jerarquías y binarismos, tampoco deja de hacerlo, ya que él mismo es el
maestro del ni sí ni no o el no pero sí. Y esto sin contar que una práctica
cortés y cortesana como la suya acabó en la caricatura de una mesnada de
fanáticas del tijeretazo, y lo que ayer era descentramiento se fue volviendo
cancelación. De la clausura de la metafísica a cancelar a Platón hay apenas un
salto de página. Y el salto siguiente es cancelarlo a Nietzsche, por más
invertido que fuera (como platonista, al menos).
Derrida no será un logoclasta, pero sus monos sí. Convertida la
deconstrucción en monería y con navajas, merece esta venganza de idéntico
calibre.
Cómodo en la aporía, Derrida no indica, se dice, una puerta de salida:
ni es existencialista ni exitista. El
filósofo indeciso, se nos dice, no es un nihilista, sino y sin ir más lejos,
casi casi el primer filósofo “responsable”, lo que siempre sonará a la mayoría
de edad que reclamaba Kant para los adictos a la Ilustración. Para que no lo
acusen de relativismo y escepticismo, Derrida se hace hombre responsable. ¿Ante
quién y de qué?
La deconstrucción no consiste en tomar un texto filosófico o no
filosófico, clásico o no, y someterlo a un escudriñamiento minucioso para
revelar sus apoyaturas silenciosas, sus contradicciones, pifies o presupuestos.
A esto lo puede hacer mucha gente, desde el punto de arranque que fuere y de
diversas maneras; pero la deconstrucción es, básicamente, lo que hacía o decía
hacer Derrida haciendo algo así. Si tal cosa es cierta, para deconstruir hay
que aplicar los lineamientos reglados por él, poner en práctica su aparataje
protocolar y operar desde un horizonte de sentido similar, bajo un parejo
esquema del mundo. Deconstruir acaba siendo, ergo, aplicar Derrida a la lectura
de un texto, siendo la “lectura de un texto” una suerte de problema filosófico.
No por entender que la actividad filosófica pueda ser precisada a grandes
rasgos como un ejercicio de tipo filosófico de lectura de textos alguien pasa a
ser derridiano o deconstruccionista. Al haber patentado con su nombre la marca
“Deconstrucción”, uno ya no puede llamarle con tal alias, así como así, a su propio
ejercicio filosófico de lectura de un texto, y no por creer que tratamos con
textos y no con obras, pensamientos, sistemas, personas públicas o lo que
fuere, somos de por sí derridianos o deconstructores. Así parece que hay que pedirles
permiso a los albaceas de ese señor para “deconstruir”, tanto como a los
herederos o delegados de Foucault para hacer genealogías o arqueologías. Hay
gente que se apropia de algunas palabras, como otros de terrenos, y los
llamados filósofos son muy dados a la primera de tales apropiaciones: okupas
verbales. ¿Qué nos queda por hacer con los legados de la historia y la
tradición luego de que un generoso puñado de prohombres de esta laya parece
haber monopolizado con semejante astucia semántica el campo de la crítica o la
sospecha? En realidad (es un decir, ya que… ¿hay o no hay realidad?), con
Derrida nunca queda en claro si deconstrucción es lo que él le hace a sus
objetos –su sistema, sus “protocolos de lectura”– o bien algo que le ocurre a
los “textos”, a la “metafísica”, más bien desde el comienzo y con cabal
indiferencia a la existencia del propio Derrida, sea una condición intrínseca o
ineludible o bien una operación proveniente de un afuera tanto de tales textos
o tal metafísica como afuera del mismo Derrida. En definitiva, la
deconstrucción derridiana está tan saturada de conceptos y preconceptos, de
juicios y prejuicios, de tomas de posición y puntos de vista, de
condicionamientos y determinaciones, sean de estilo, de clase, de época, de lo
que venga, que dan ganas de ponerle cualquier otro nombre: reconstruccionismo,
por ejemplo. Dicho esto, que conste que mi fuerte, por cierto, es la burrada (bêtise), como el de cualquier otro; e
incluso la inteligencia, como en el caso de estos ocho mil millones de vecinos molestos
que me rodean y circunscriben mis textos en esta bolita de tinte índigo que
sigue a febo en sus vueltitas por el agujero Sagitario A*. O sea, puede que mi
observación no tenga onda, pero me asiste el mismo derecho democrático que
asiste a los derridiotas para deconstruir o decir que lo hacen. Que Vds. me
tomen de pelotudo por escribir lo que escribo, constituye un texto tan
deconstruible como aquellas antiguallas que Vds. alegremente toman de rata de
laboratorio.
La deconstrucción vestida de etiqueta no nos interesa. Una de sport puede ser igual de irrelevante.
Para ceremoniales, hay cultos más consistentes; y para hacer trámites, uno pide
un turno en Aguas Santafecinas. Yo quiero deconstruir como se me canta, y no
sacar un registro. Y aunque preferiría no hacerlo (en el mejor de los mundos
posibles), en este me veo forzado a deconstruir todo lo que Derrida considere
indeconstruible.
Todo filósofo francés de moda (constituyen un género, aunque la moda
ya haya pasado) es un militante, tiene ese tic histérico, y a un militante –así
militen algo como ser una filosofía– no le podés tocar sus “indeconstruibles”,
que los tiene en abundancia, porque salta y chilla, y arremete llamando al 911.
Sócrates era otra cosa. Deleuze dice que con él no se podía hablar; pero ¿con
quiénes hablaba Deleuze? Con sus amigotes de siempre, ora los del barrio o los
de la facu (los de la foto: Lyotard, Klossovski, Derrida…). Siempre con los de
su grupito. Que empiecen por deconstruir a su tribu.
El quía no quiere resolver antinomias sino, más bien, coleccionarlas. En
realidad (un suponer), Derrida da demasiadas soluciones. Y muy bien
empaquetadas. Un sistema histérico es tan sistema como mujer una mujer
histérica (e incluso, como mujer un hombre histérico). Pesquemos las aporías de
este pescador de aporías; pero que parezca un accidente. Que ni se note.
Coleccionar antinomias aburre. Mejor un compilado de huevadas.
He llegado a la siguiente determinación: negar que toda determinación
sea una negación. Derrida se toma a pecho el omnis determinatio negatio est. Así las cosas, todo o casi todo en
este mundo es negacionismo. Hoy, verbigracia, está de moda (dentro del
contubernio entre medios masivos y academia) el negacionismo conspirafóbico,
esos que juran por su madre que el mundo no es una trama de conspiraciones (se
divide en dos, obviamente: los que están en el tongo conspirativo a conciencia,
y los opas que les creen).
Diferir diferimos, e incluso procrastinamos; pero a aplazar,
preferimos ser aplazados. Cualquier filosofía en serio, y no los pastiches
solemnes a los que nos tienen acostumbrados acá, sería inmediatamente bochada
en el más irrelevante examen cuatrimestral de primer año de la facu. Hay que
aspirar a una capaz de lograr el 0 incluso en el más pedorro bachillerato de
provincia. En eso estamos. En una absolutamente irreconocible. Que parezca de
Salita Verde, si es posible; pero con un tufillo a Correccional de Menores. Con
la inocencia del párvulo nietzscheano más la agramaticalidad y la ortografía
delincuencial de un Petiso Orejudo (si de otobiografías se trata).
Flaubert apuntó en una carta que
la bêtise consiste en querer concluir, o sea que es la estupidez más propia
y prototípica de ese bestia llamado filósofo. Con dicha caución en los
bolsillos, Derrida sale a escena como no queriendo sellar nada. Sin embargo…
sin embargo. Su chamullo misterioso y plúmbeo esconde detrás de los tules un
andamiaje demasiado consistente y férreo. El coso este no buscará “una
estructura originaria”, pero explica la realidad a su manera. ¿Por qué lo de
Derrida no sería un gran relato? ¿O no hay grandes relatos miniaturísticos?
¿Por qué lo suyo no sería una teoría general de la diferencia y la huella?
En suma (en resta, más bien), nos chamulla que hay que decirle chau a
las cosas mismas y a la alteridad radical. La cosa misma, que siempre está
envuelta en mediaciones (porque no hay nada fuera de contexto), es un signo,
aunque tampoco habría signo. En realidad, el ninismo derridiano es un ninihilismo. Ni siquiera eso nos queda…
Al triple ni de no hay ni cosa ni signo
ni principio, que parecería un nihilismo, le adosamos dicho cuarto ni.
Estamos muy por debajo incluso de la línea de flotación en la que
oscilaría el “lector malo” que Derrida intentó vaticinar. El abajo firmante, o
el arriba firmante, siempre extremistas, orondos se anteponen o dan el cierre.
El remitente, lejos de ello, se reserva el derecho de autoadmisión: una vida
entera despilfarrada en intentar seducirme con escasa fortuna (no tengo un
sope, además) se extiende como un certificado de errónea conducta. Me suicidé
sin esperar nada a cambio.
¿A dónde van los autómatas? A Derrida le importó más a quién se
escribe que lo que se escribe. Como lector, un cartero frustrado. Él hacía sus
repartos a gente acorazada en esos nichos menores del poder llamados instituciones
del saber. Balbucero de estrados. En nuestro caso, en cambio, sí que no hay
explicación: ¿hacia quién destinamos estas poluciones gramaticales? Al inodoro,
lo más probable: a lo que no hiede. Me río derecho al río.
Pongo a Dios como testigo de que me dirijo al Malentendido mismo. Sin
embargo, es norma que los que suelen interceptar mis envíos aducen entenderme
bien clarito. Son la envidia de Descartes. Entendieron que soy un pobre tipo,
pretencioso y desdichado, errático. Uno más del montón que se cree un jugador
distinto. Dicen que mis 15 minutos extra de Inmortalidad serán inmerecidos. Un
regalito del árbitro. Me quieren retacear hasta unos míseros 15 m (siendo que
los de la Fama ya vencieron, según certifica el prospecto de la que estoy
tomando hoy).
Jugando a la Metafísica, a construir una en las noches frías de una
pieza de pensión, incluso la primera y definitiva metafísica argentina en
serio, Macedonio, al contrario, fabricó a Derrida antes de tiempo, lo leyó como
autor nonato y nos ahorró a nosotros el engorro de tener que hacerlo cuando ya
este cuñado era peso plomo. Que eso es el tipo: un plumífero de lo más
plomífero. Si algo le importaba un pepino al Dr. Fernández, ese algo era la
insuperabilidad o no de la metafísica: se contentaba con querer armar una y con
boicotear ese armado una y otra vez. Gente como Derrida, lejos de esto, nos
anda escamoteando con pases de mano sus fundamentos más íntimos, mientras
traviste a la doña susomentada con terminología rapiñada en otras tiendas.
Cuando leí que Derrida había decretado “la muerte de habla”, dejé de
intervenir con mi vozarrón impertinente en el salón las clases de mis
maestritas y me sumergí en la más profunda clandestinidad que se conozca: la
escritura. Rompí el último hilo que me sujetaba a la Academia y entré como
Pedro por su casa en un malditismo vocacional, no obstante cargosamente autoirónico.
Entré donde ya estaba, que ni matrícula ni elección necesité.
La gesta de este hombre (texto, autor o como se lo conozca en su
barrio) fue un gran ajuste de cuentas con Platón y compañía, o sea con la
filosofía, arrancando por el estructuralismo, la lingüística, la fenomenología
(con una especial saña puesta en Husserl), el inefable Heidegger y el
psicoanálisis (desde el cual llevó a cabo una vuelta a Freud bastante más
cierta y explícita que la que tarareaba Lacan). Pero la Metafísica del
Acontecimiento ya fue, muchachos. Pensar el Acontecimiento de Fábrica es lo que
toca. Monotonía, Derrida, monotonía, Derrida…
Si argentino es anagrama de ignorante (Sarmiento), argelino lo es de
ignórale.
Nada de lo que escriben los académicos, incluso de lo que escribieron
los filósofos, se escribió para mí. Soy metiche, asaltante de correos. Pero
habiendo llegado al destino equivocado, gracias a ese afán de mujer pública que
tienen, por haber querido exceder sus borroneos esotéricos, por haber querido
ir más allá de la clientela cautiva y táctil, se tendrán que bancar que exprese
estas palabras definitivas e irrefutables que por fin le pondrán fin y moñito a
la Historia. Los dejaré sin palabras a todos. Soy un sujeto por entero presente
para sí mismo que asiste a la presencia total del mundo. ¡Y que la chupen los
envidiosos!
[1] Y
distinto.
[2] ¿No es
la hipótesis de Lamborghini, acaso?
[3] Cuando
la gente se encuentra con alguien increíble, no cree ni en lo que ve. Esa era
la verdadera desgracia de Hulk, que lo ponía verde.
[4] ¿Usaría
también cursivas para los apuntes de sus cursos?
[5] Agio: beneficio
que se obtiene del cambio de la moneda o de descontar letras (RAE).
[6] Zenia Yébenes,
Breve introducción al pensamiento de Derrida, Universidad Autónoma
Metropolitana, México, 2008.
[7] Decí que
mecho mi humor depresivo con bastante humor eufórico, porque si no serían
capaces de creer que pertenezco a la cole –siendo que mi situación patrimonial
lo desmiente punto por punto.
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