De la venganza de la obviedad a la vendetta de las cosas

 

Volver a la mesa después de Derrida

Soy un homo sapiens sapiens, reclamar un título de filósofo sería redundar una vez más. En esta cuadra, en toda la ciudad de Rosario incluso, son todos colegas, aunque tampoco lo parezca. Con pertenecer a mi raza, a mi especie, ya me siento orgulloso. De hecho, mi tarjeta, siendo que no tengo profesión (como Charly García), dice eso: Nombre de Autor, arriba, y abajo sapiens sapiens. Sapiens, además, es anagrama de piensas, y no de ignorante, como argentino. Lo que quiero decir con esto es que no pertenezco a la horda profesoral. Con ser uno de sus clientes estafados ya tuve bastante. La Internacional de la Desobjetivación no me dio carnet habilitante. Si me sumé a la fiesta, fue nomás de fiestero. Ya hace 20 años que avisamos en un opúsculo opaco y oscuro del “peligro de olvidar lo obvio”, mientras se felicitaban entre ellos por la elegancia de sus trajes invisibles; pero de ahí a adherir a una nueva Internacional Realista el trecho es largo y tedioso. Volver a la mesa después de Derrida, de eso va la recitación que hemos leído y ese merecería ser el título. Un término rebuscado como “inenmendabilidad” puede justificar una carrera tanto como semejante reguero de perogrulladas. Queda claro que dudar de la realidad no te hace automáticamente revolucionario, y que mientras el posmoderno no quiere ceder ante su deseo, la realidad es lo que no cede a su deseo. Ferraris convierte el paso del posmodernismo a la posmodernidad en una tragedia de las buenas intenciones, y sin embargo, el docente posmoderno quería emanciparnos pero a la vez fascinarnos, liberar a la humanidad impresionándola a base de mojigangas, fanfarronadas y boutades, y encima volverse imprescindible, ya que si la realidad depende de los conceptos, el que maneja los conceptos, el catedrático, se vuelve el arquitecto del universo. Su deseo, en realidad, se hizo realidad (lo que confirma parcialmente la eficacia del pensamiento mágico), pero como el sueño trasunta en pesadilla. Ahora bien, Ferraris denuncia los abusos de una camarilla a la que pertenece como recambio generacional, de ahí que perdone la vida a sus colegas conspicuos, ese estrellato de escritores-docentes, dioses tutelares de un Olimpo con los que tomó café y firmó actas, y encaje el fardo a los auxiliares de segunda, a una burocracia difusa de ignotos sin nombre propio. Pobre Derrida, pobre Foucault, pobre Lyotard, pobre Vattimo, no tuvieron la culpa –el “pensamiento débil”, después de todo, no era un pensamiento de vil ni un pensamiento-devil. La culpa es de los lectores que se los tomaron a pecho. Gente crédula, los que lo hicieron pro bono, y vivillos los que lucraron en las sombras de los institutos o en los pedestales ad gloriam. El profesor resultó un libertador presumido y hechicero que por un lado condujo a la gente a la infantilización (pensamiento mágico), si es que él mismo no caía en ella, y por otro a la estupidez sabelotoda, ya que esta cruzada del realismo de Perogrullo contra las vanidades del intelectual pretende demostrar con el cuento de Andersen que los posmodernistas y su grey son todos unos estúpidos. El puer ludens que los posmos defendían, el niño nietzscheano y juguetón, es doblegado por el niño realista e instintivamente parresiasta, el puer veridicus. He aquí una auténtica riña infantil, como esas que solíamos observar en las aulas, tanto en primaria como en quinto de filosofía. ¿Es entonces que la bêtise es el fuerte de estos cabezones áulicos? ¿No era, Deleuze, que la filosofía parisina de los 60 en adelante nos enseñaba a detestarla? Es un hecho que al chocar contra una pared de cemento chocamos contra una construcción social, pero el choque duele lo mismo que chocar un paredón natural como los de Capilla del Monte. Ahora ya sabemos eso y también que el enunciado el agua moja deja de ser un constructo discursivo del hidrocapitalismo y se vuelve una verdad tan pétrea como roquera es la posmodernidad de la movilización total hiperconectada.

     Una cosa es una deriva teórica y otra una estrategia de poder gremial: si el mundo es una construcción discursiva, el especialista en discurso deja de ser un mero observador para convertirse en el taumaturgo que sostiene la bóveda celeste; si no hay hechos sino interpretaciones, el que tiene el monopolio de la hermenéutica en el aula manda sobre la realidad. El sueño del hechicero de la tribu: magnetizar a la parroquia con salidas extravagantes para volverse ontológicamente indispensable. El problema es que ese pensamiento mágico tuvo un éxito siniestro: liberó el mundo de la pesadez de los hechos, sí, pero sólo para entregárselo a la “movilización total hiperconectada”, donde las noticias falsas, la postverdad mediática y el algoritmo se mueven con la misma soltura fluida que prometía la teoría en los seminarios de los 80. Si la gran promesa del pensamiento francés estelar era inmunizarnos contra la bêtise (esa estupidez docta de la que la burguesía y la academia son centinelas), la paradoja es que la propia corte posmoderna terminó incubando su propia versión hipertrofiada de la estupidez: la de no poder reconocer el choque contra el muro. Ese dolor del impacto (sea la loza del bidet en la penumbra, el cemento del aula o los paredones de Capilla) es la frontera donde se acaba el verso. La pared de cemento tiene trazabilidad social e institucional –hubo un contratista, ladrillos, ordenanzas municipales y mano de obra–, pero la resistencia física del impacto no pide permiso al código edilicio ni a la teoría del discurso: te rompe la cabeza exactamente igual que la roca madre de las sierras. Confundir la génesis social de la pared con la blandura de su materia fue la gran tontería de la horda profesoral.

Realismo ablucionario inenmendable o excurso ontológico-sanitario

La venganza de la mesa consiste en que ahora necesitamos un manifiesto filosófico para descubrirla. Se puede reivindicar el mundo ordinario frente las extravagancias teóricas, pero hacer de la obviedad una filosofía puede producir otra extravagancia: tocar en escala metafísica una que sepamos todos, hacer de la obviedad doctrina. Ferraris, el descubridor de la realidad, presenta como descubrimiento filosófico la evidencia de que la realidad no desapareció durante el siglo XX. La mesa está ahí, derridiotas. Pero aceptado que la realidad es independiente de nosotros, nuestro acceso a ella quizá esté mediado por construcciones que pueden ser verdaderas, falsas, aproximadas, parciales, inconmensurables o reemplazadas.

     No es que un objeto natural como el electrón sea un objeto epistemológico sin ser uno ontológico como un árbol o un bidet. Como porción de la materia independiente de la mente, con una carga eléctrica y una masa que ejerce su resistencia inenmendable en el universo con o sin humanos, es ontológico, por más que definido por el modelo de la física caiga en ser una construcción epistemológica. Para Ferraris, el realismo científico clásico para el cual los electrones son reales y el bidet[1]una ilusión macroscópica, se revela como un idealismo científico encubierto. Ambos componentes de cualquier excusado, electrón y bidet, ni son un mito ni un discurso; pero el bidet no es solamente real sino acaso ontológicamente primario respecto del electrón, no porque sea más real sino porque merced a su entidad de objeto de la experiencia ordinaria se puede chocar con él en la oscuridad sin conocer la constante de Planck y sin siquiera haber aprobado Física I en primero de la ENET n.º 7. Nadie se asea la zona perianal con una ecuación de ondas de Schrödinger; se la asea con el chorro inenmendable de agua que brota de la grifería. El físico promedio se lava el ojete en dicho vacío lleno de electrones y no deja de hacerlo, quiero suponer, por más que crea que la teoría subatómica describe la realidad real y el limpiaculos constituye una fantasmagoría con apariencia de solidez. Yo tuve amigos provenientes de las ciencias duras y puedo dar fe que nunca les sentí olor a culo, aunque quizá no fueran un dechado de pulcritud como otros amigos peluqueros. Ambos, entonces, electrón y bidet, son cosas en sí, ya que el primero es asimismo perceptible aunque indirectamente, infiriendo su comportamiento a través de instrumentos técnicos y teorías matemáticas. Si el físico se aprovecha de la realidad del electrón para desmentir la del bidet, es un kantiano irredento que confunde el ser con el saber. Para Kant, empero, el electrón es un fenómeno, algo que aparece una vez que la información sensible fue filtrada y organizada por las formas a priori de la sensibilidad y las categorías del entendimiento, y por lo tanto, una entidad dependiente en su constitución de la estructura de la mente humana. Esto es falso para Ferraris, que hace del mismo un noúmeno al descubierto o cosa en sí porque interactúa, tiene carga y masa y produce efectos en la materia independientemente de cualquier aparato perceptivo o conceptual humano. Por más que uno no pueda tropezar con tal ente y caerse, y que se necesite de la mediación epistemológica para dar con él –como ser aceleradores de partículas, detectores, modelos matemáticos–, el electrón es cosa y no fenómeno. Pero si este fuera la verdadera realidad inteligible y el limpiaculos un fenómeno, se recaería en la falacia trascendental. Ambos son dados, no constructos, y lo mismo aplica al protón y al hidrojet, más allá de la diferencia escalar de resistencia. A despecho de que enfatizara que la sensibilidad no es espontánea sino receptiva y de que sus intuiciones sensibles demandan un reverso de la autoafección, Kant se limpiaba el orto más con su mente que con una cosa, en última instancia. Notemos la importancia de la cultura del bidet, que tanta pregnancia ha tenido en esta región higiénica y no abstracta del mundo. Sabemos que el gigante de Rabelais, tiempos ha del giro trascendental, llegó a restregarse los fundamentos con un antifaz de terciopelo, con un sombrero de señora, con unas orejas de satén carmesí, con un bonete de paje emplumado a la suiza, con un cachorro de marta, con los guantes de su madre perfumados de benjuí, con hierba mercurial, trozos de ladrillo, espinacas, borras de lana, estopa et alii, razonando al final que lo mejor era hacerlo con un pollo de oca con muchas plumas y la cabeza agarrada entre sus patas; pero el torchecul del paseante de Königsberg superaría con creces tal proeza gala. Enjuagarse las posaderas con la red de las categorías a priori supera con amplitud el imaginario posmedieval rabelaisiano.

     Ahora bien: ¿puede afirmar Ferraris a la vez que el electrón es una cosa en sí y que las teorías físicas son revocables? ¿No podría dar la física un vuelco paradigmático o una avanzada tales que el electrón ya no sería mejor descrito sino, incluso, cancelado con toda rotundidad como entidad física y realmente existente? Si una física del futuro remplazara por completo la noción de electrón, esa cosa en sí que existe independientemente del sujeto sería otro algo y no un electrón. Si el electrón es el nombre que una teoría científicamente exitosa da a cierta estructura real del mundo, no es una cosa en sí y podría llegar a formar fila en el museo de los errores científicos junto con el flogisto, el éter y los humores. Entonces no se sabe si lo es, se sabe que algo independiente de nosotros resiste nuestras prácticas y que la teoría electrónica constituye en este momento la mejor descripción disponible de esa región de la realidad. Caso contrario, la ontología queda encadenada al estado actual de la física, y si en 50 años la teoría de cuerdas, la gravedad cuántica de bucles o un paradigma impensado demuestran que las partículas subatómicas son meros epifenómenos de vibraciones geométricas multidimensionales, el electrón pasaría al museo de las ficciones útiles junto con el éter lumínico, el flogisto y los humores galénicos, mientras que Ferraris habría elevado a la categoría de ser inenmendable lo que era apenas un saber provisional. Así parecería cometer distraídamente una variante de la misma falacia trascendental que denuncia: confundir el mapa (el modelo estándar de partículas) con el territorio (la resistencia de la materia). De modo que lo que se sabría (y el verdadero límite del constructivismo) es esto: que hay un X independiente de nuestra mente que ejerce fricción y resistencia inenmendable en la escala subatómica, y que la teoría electrónica es, hoy por hoy, la mejor cartografía disponible de esa resistencia. Si mañana la ciencia jubila al electrón como jubiló al éter, no por ello jubilará la realidad que obligó a construirlo: el X seguirá estando ahí y obligando a los físicos a inventar un nuevo concepto para dar cuenta de la misma e ineludible fricción, de aquello que, bajo el nombre de electrón, hoy se nos resiste.

     ¿Es lo mismo decir que el electrón es independiente de la mente, o que existe con independencia de la teoría que lo describe, que decir que es una cosa en sí? Porque Kant, al menos, tenía una ventaja: no confundía aquello que debe existir con independencia de nuestras representaciones con ninguna determinación positiva particular de ese algo. El noúmeno es justamente un límite, no un catálogo de partículas. Ferraris tendrá razón en que el electrón no es una mera construcción epistemológica; pero de ahí no se sigue que sea una cosa en sí. Hay algo que existe independientemente de nosotros y que ejerce una resistencia inenmendable sobre nuestras teorías, lo que no está garantizado es que una entidad teórica determinada –el electrón, el átomo, el campo, la cuerda– sea idéntica a ese algo en sí. La independencia ontológica de la realidad no garantiza la identidad ontológica entre realidad y descripción científica… Me parece, no sé. Y si no es así, que Dios y la Patria me lo demanden.

Del irrealismo mágico de cátedra al animismo del objeto general

No extraña que la versión latina del movimiento sea la mundana. El realismo de Turín es un realismo con mundo, no como el de Markus Gabriel, aunque el mundo que hay no es lo que engloba todo lo existente o el conjunto de todos los conjuntos, no es el todo o el campo de los campos sino todo lo independiente del sujeto, lo que ofrece resistencia al pensamiento. Lo de Markus Gabriel es ontología ontológica, casi una prestidigitación conceptual para que quepan los unicornios y las leyes de tránsito sin tocarse; lo de Turín es ontología con chichón, un realismo que no se demuestra con axiomas sino con el codo contra el marco de la puerta. El mundo del nuevo realismo a la italiana no existe metafísicamente, existe a la fuerza, por contundencia, por shock. Resiste un antepecho, resiste una deuda, resiste un teorema, una ley, una costumbre, un cadáver, un electrón: la resistencia se convierte en la propiedad fundamental de todo lo real. Los posmos nos arengaban a resistir mágicamente al mismo capitalismo al que le escribían la partitura: se llenaron las aulas de consignas contra la totalidad mientras la liquidez discursiva que pregonaban se convertía en el aceite perfecto para la flexibilidad laboral, la desregulación financiera y la red. Este manifiesto es, por el contrario, además de una deconstrucción del posmodernismo, un llamamiento a que resistan las cosas mismas. Ese es su público objetivo: la mesa y compañía. Ferraris pasa de sindicalista de la interpretación a armar un petitorio de derechos para el mobiliario: convocar a las cosas a la huelga contra la hermenéutica. Si el público de Derrida era la comunidad de intérpretes que necesitaban que la realidad no cerrara para seguir teniendo trabajo de exégetas, el público de Ferraris son los objetos inanimados que pedían a gritos que los dejen en paz, que no los disuelvan en efectos de texto. Ese llamado a que resistan las cosas mismas cierra el círculo de la farsa áulica: la cruzada teórica que nació para emancipar al sujeto termina convocando a una asamblea de muebles para defenderse de los profesores. Para salvar a la materia de las garras del deconstruccionismo, la filosofía termina rozando un animismo de la resistencia. Si el posmodernismo fue una forma sofisticada de irrealismo mágico –donde bastaba nombrar o deconstruir para que las cosas aparecieran, mutaran o se disolvieran en el éter del discurso–, la respuesta de Ferraris consiste en dotar a las cosas de una voluntad casi obstinada, un animus terco que les permite plantarse y decir acá estoy yo y de acá no me muevo. El catedrático como un chamán hiperculto que cree que levantando la mano en el aula o cambiando la jerga epistemológica puede volatilizar un paredón, borrar la deuda o relativizar la loza del baño encarna la omnipotencia del pensamiento mágico universitario, donde el texto crea al mundo. Enfrente la mesa, el antepecho, el electrón y el lavabo de la zona baja cobrando una suerte de agencia colectiva, un espíritu de gremio material que se rebela contra el hechicero, porque las cosas ya no son objetos pasivos a la espera de que el sujeto las constituya: tienen la capacidad de agredir, de chocar, de doler, de resistir. En esa riña, el animismo materialista le gana por cansancio al irrealismo mágico porque la magia del discurso se acaba apenas el chamán apaga las luces de la facultad y se tropieza en la oscuridad con la esquina del mueble. El mueble no leyó a Derrida, pero ejerce su veto ontológico con una eficacia inapelable. Es, en el fondo, la venganza de los fetiches de la naturaleza contra los fetiches del lenguaje.

     Pasamos entonces del desagravio a la obviedad, que no comporta necesariamente animismo, al desquite de la mesa; del dogmatismo del electrón a la agencia de las cosas. En el excurso ontológico-sanitario “se demostró” que Ferraris comete un exceso cuando bautiza al electrón (que es un modelo físico revocable) como una cosa en sí positiva. Para no caer en el idealismo científico, la ontología no puede tomar prestadas las etiquetas de la física del momento. ¿Qué es lo único que le queda a Ferraris si le sacamos el modelo del electrón? Le queda la pura fuerza muda del “decir que no”. Al despojar a la materia de las categorías que la ciencia o el lenguaje le imponen, la cosa en sí ya no es una estructura inteligible o transparente; es una mera fuerza de choque. Y atribuirle a la materia la propiedad intrínseca de resistir, de negarse, de sublevarse ante el pensamiento, es dotar a los objetos de una intencionalidad negativa. Eso es, en términos estrictos, un animismo invertido: la cosa no tiene alma para comunicarse con nosotros, pero tiene agencia para ponernos el pie y hacernos tropezar. La dialéctica entre las dos magias: el contraste entre irrealismo mágico y animismo es la descripción exacta de dos desviaciones metafísicas opuestas. El irrealismo mágico de la cátedra opera bajo el principio del pensamiento mágico omnipotente, sostiene que la estructura del lenguaje o de la institución determina la estructura de lo real: si cambiamos el texto, cambia el mundo. Para combatir la omnipotencia del sujeto, el realista se ve obligado a traspasarle la iniciativa al objeto. Como la mesa no habla ni piensa, la única forma que tiene de expresarse en la teoría es mediante la agresión física (aisthesis, dolor, inenmendabilidad). El objeto se convierte en un actor político que se venga. Al final, Ferraris, queriendo ser el más secular y científico de los filósofos, termina construyendo una mitología de la resistencia de la materia. El profesor posmo creyó que el mundo era una plastilina discursiva (irrealismo mágico); Ferraris, para frenar al profesor, le atribuyó al vecino del inodoro y al del neutrón un veto ontológico casi consciente. Pero el mundo no es una ilusión del lenguaje ni un gremio de objetos furiosos; es simplemente esa realidad bruta con la que hay que lidiar para no romperse la tibia en la penumbra. La guerrilla entre el sujeto y el objeto se convirtió en una comedia donde ambos lados terminaron apelando a la magia.

     Cuando se habla de la venganza de la obviedad, nos mantenemos en un plano fenomenológico y epistemológico: es el hecho bruto, la constatación previa, el sentido común de que el agua moja y la pared es dura desarticulando la vanidad del profesorado. La obviedad no es un sujeto; es la estructura misma de la experiencia que vuelve por sus fueros cuando se le pasa la borrachera a la teoría. Pero en el momento en que Ferraris –y el Nuevo Realismo en su afán de cruzada– necesita convertir esa constatación en un programa de combate, comete el desliz antropomórfico: pasa de la obviedad a la mesa y compañía. Al hacer de la resistencia no una condición pasiva del ser sino una suerte de activismo ontológico, le otorga a los objetos inanimados una intencionalidad de trinchera. La mesa ya no es simplemente lo que está ahí antes de que lleguemos; es la que se rebela, veta y dicta la ley al seminario. La obviedad es incontestable: nadie en su sano juicio (salvo el profesor en horario de cátedra) duda de que la piedra es dura. La venganza de las cosas es la ficción de Ferraris: es la maniobra por la cual el filósofo turinés inventa un nuevo sujeto político –el gremio de los objetos inanimados– para tener un ejército con el cual marchar contra Derrida y Foucault. De la soberanía de lo obvio al sindicalismo de los muebles, el Nuevo Realismo, para ganarle la pulseada al irrealismo mágico de la deconstrucción, necesita inventar su propio mito: la agencia de las cosas.

     El posmoderno exagera el poder del discurso, ok. ¿Exagera el novorrealista el poder de la resistencia? Una cosa es que las cosas sean independientes de Vd. y un servidor, y otra es que sean protagonistas de una contraofensiva filosófica. Vd. dirá que atribuir resistencia no es atribuir agencia: el iceberg resiste al Titanic pero no hace nada; una pared resiste mi cabeza pero no lo decide; la piedra no necesita intencionalidad para romperme el dedo anular. Me dirá que Ferraris no anima las cosas: convierte una propiedad negativa como la resistencia en el principio explicativo universal de la ontología. Que eso de que las cosas “dicen no” es metáfora. Me dirá que el cuestionamiento sensato es preguntarse si alcanza con la resistencia para describir el ser o que ontologizar lo que nos frustra las construcciones es un poco demasiado, que se le va la mano haciendo de resistencia esencia o existencia, que convierte a la ontología en una metafísica del obstáculo o que semejante empoderamiento del objeto es tan excesivo como la hipertrofia que el idealista posmo suministraba al sujeto. Que el que se venga es Ferraris y no se apellida Mesa, aunque suene a una multiplicidad automovilística; que una cosa es convertir al ser en una capacidad de frustración y otra insuflarle un ánima y que lo cuerdo es retrucarle que la realidad se manifiesta como resistencia pero de ello no se sigue que se esté ante un an sich… Bien, amigo, tiene razón con su obviedad; pero yo no dije que quería tenerla. Uno puede querer hinchar los huevos y no por eso deja de ser filósofo. Mírelo a Diógenes si no. ¿No estábamos mejor con los fashionables nonsenses y la gama más variopinta de bolazos? Pero si vamos al caso, a ese salto sí lo da otro promotor del realismo neosecular en curso. Si el italiano no alcanza el animismo secularizado, sí le deja la puerta abierta a la señora Juana Bennett para que, materialismo vibrante de por medio, transforme la resistencia en agencia y la inenmendabilidad en actancia, para convertir a la materia de limitante del sujeto a coproductora de acontecimientos. Pero a eso lo dejamos para otra clase que estaremos dando en el año 2054, en las inmediaciones de las hamacas de la placita Bélgica. Fin de sesión.

 



[1] No coloco la palabra bidet en cursivas, como susurra la RAE, porque en la Argentina le solemos pronunciar la T (aunque cuasi inadvertidamente). Comparto los pruritos de esta noble Academia; pero acá mandar “bidé” hedería peor que mi baño.

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