(Mehdi Belhaj Kacem, Transgression
and the Inexistent: A Philosophical Vocabulary. Clase que sigue a la que sigue a la que sigue a la introductoria,
o clase final.)
Maniobra de combate contra el neodogmatismo
universitario apodado en casa “realismo especulativo”. Sus principales rivales,
los del autor, son Badiou (pasión: la purificación) y Meillanssoux (pasión: la
redención). Si Platón no escribía lo que pensaba, Badiou, dice Mehdi, no dice
lo que piensa. Su mentalidad cuadrada esconde al sofista platónico y a la
ilusión del fiduciarismo. Las filosofías de la diferencia, dice, son la gran
conquista conceptual del s. XX y de los franceses, y su legado, que debería ser
obligatorio, hoy está siendo avasallado: que la diferencia es el trascendental
de los trascendentales, el trascendental absoluto; que el ser es diferencia –lo
que Heidegger y Wittgenstein habían intuido, dice–, con lo que completaron el
proyecto crítico. Badiou no entendió ni medio de “la conmoción metafísica de la
diferencia en el siglo XX”, ni siquiera con su “Múltiple”, que no es más que
una forma de identificar la diferencia, razón por la que pretende mantener la
hegemonía identitaria después de explosión del Todo y el Uno. Trae la Solución
Final a la diferencia, porfiando en que no la hay, lo mismo que tiempo y
espacio –los trascendentales kantianos que antecedieron a la diferencia–,
provisto por la apropiación trascendental e ilusoria de la identidad (la
igualdad matemática), con el propósito de recuperar de sus cenizas al fénix
metafísico. La doctrina de los indiscernibles sólo es aplicable en el aparecer
tecnológico: todo es superficial y el en-sí nunca existió –ser/aparecer es una
distinción inútil. El placer matemático no es epistémico sino estético: la
felicidad infantil que siente el metafísico que todos llevamos dentro al
simplificar y dominar noéticamente con una equivalencia que no tiene lugar en
la realidad. El destino político de la matemática no es el comunismo sino el
capitalismo, encargado de administrar la equivalencia general. La naturaleza
escrita en lenguaje matemático, el veredicto de Galileo, es la ilusión
instrumental-trascendental de la noesis
antropológica; y el noúmeno es producido, no existe. La esencia de las
matemáticas, que permanece en la superficie de las cosas más severamente que la
lógica, es tecnológica, y sus pretensiones de profundidad son la calamidad
misma de la metafísica ancestral plumereada por Badiou cuatro décadas atrás.
Como arte de la vinculación entre las cosas según grados asintóticos de
semejanza y disimilitud, identidades y diferencias ambas relativas, la lógica
es más profunda.
Pero el sesentismo francés glorioso quiso afirmar la plena positividad
de la diferencia con demasiada prisa: Deleuze quiso liberar a la diferencia
convirtiéndola en ontología (ontología de la diferencia) y Derrida produjo la
sensación de indiferenciarlo todo con su diferencia architrascendental, razón
por la que Mehdi procede a deconstruir su deconstrucción con este sistema suyo
con el que se aprende más que faltando a la ENS, la Sorbona y la Universidad de
la Californicación los días que se presentaba el mentado gramatólogo con sus
archivos en la sobaquera.
Todo lo que cuenta desde la Revolución Francesa es la superación, lo que
Hegel, el primero de los filósofos modernos, bautizó Aufhebung. A partir de Kant, todos los filósofos se presentan a su
público como los superadores del anterior, habilitando esa lógica que para
algunos corresponde que sea denominada como antifilosofía (y en este sentido la
tal no sería sino la modernización a cabalidad de la filosofía). Fichte supera
a Kant, Schelling a ambos, Hegel al último, Marx a Hegel, Heidegger a la
metafísica, y la deconstrucción como nickname
de Derrida supera a dicha superación global. Los que se quedan en el molde son
los desaparecidos de la historia, los videlizados por la filosofía, ese club de
superados.
El hallazgo del autor, que nos salvará a todos, es el descubrimiento de
la identidad no como ser sino como acontecimiento (el de la tecnomimética),
ocurrido luego de 300.000 años de cerrazón sapiens, sin contar el larguísimo y
macedoniano océano de preámbulos por el que lo antecedieron los homos y
homínidos previos, que cuentan también entre los presocráticos. La astucia
metafísica no se conforma con oprimir la diferencia a fuerza de subsunción en
la identidad, pues por igual produjo la diferencia misma, si se me permite el
oxímoron. La singularidad, el Mal para toda la tradición de la metafísica, sin
excepciones (y la negatividad absoluta para Hegel, “el filósofo más grande de
todos los tiempos”, el Diego ontológico), no es diferencia tal como la define
el isomorfismo científico sino producción sin precedentes de diferencias: hay
más diferencia después del Big Bang que antes, y luego de la aparición de la
vida la hay más aún en la Bolita Cerúlea que en cualquier otro paradero de la
inconmensurabilidad del cosmos. Y en unos pocos milenios de Civilización abunda
más que en los 3.500 millones y chirola de vida biológica terrestremente
precursora. Mehdi llama a lo suyo hegelianismo de la diferencia. Ningún Todo
destinal, dice, reabsorberá de una vez todas las superaciones: la diferencia
seguirá pedaleando impávida, y no menos desesperada.
Toda la vida sexual humana es una transgresión a las Leyes de la
Naturaleza y tiene una estructura paródica ritualista y religiosa: la orgía, el
libertinaje, la depravación, la pornografía son buenos, no malos, y las
religiones nihilistas como deportes, juegos y lujuria tecnificada son más
religiosas que la misma religión, quien un día tendrá que admitirlo y
desaparecer, si el mundo no desaparece antes. El juego, como mímesis de lo
inexistente, es esencialmente religioso; mas la religión no es lúdica y por eso
va a desvanecerse en favor de la globalización del susodicho. Nunca dejamos de
ser imitadores de la Nada, y jugar es saberlo. El juego: el arte no
representacional soñado por todas las vanguardias sigloveintistas, o por lo
menos el menos representacional posible, ya que la pretensión política o
estética de abolir la Representación llevó a todos los desastres. La mímesis, o
sea la misma (la Representación), no es abrogable.
El acontecimiento y la filosofía sí tienen que ver con el goce, con la economía
libidinal sobredeterminada por el impulso tecnomimético: estamos sexuados por
la apropiación. El ser-para-el-acontecimiento es proporcional al
ser-para-el-goce. La jouissance es el
afecto acontecimental por excelencia, y la superioridad histórica de la
religión sobre la filosofía se mide en virtud de su capacidad de producir un
discurso crítico, singular y descentrado sobre el nudo entre lo libidinal y lo
político. El archiacontecimiento antropológico, la apropiación tecnomimética,
tiene todo que ver con el goce sexual, y la religión lo entendió con el pecado
original.
La autoafectación es una desinstintualización que hace del humano un
animal exhausto. El animal ojeroso por sobre cualquier lémur, mapache o panda,
o la misma lechuza protofilosófica. En el principio fue la masturbación, dice
Mehdi, que es una transapropiación mimética del goce sexual. La manuela (pignole) precede a le langage como la técnica a lo lógico-matemático. El fantasma
matemático de la autopertenencia es la apropiación tecnomimética. La fidelidad
a la estructura de las cosas prohíbe la autopertenencia, lo imposible-real
propio de las matemáticas, para Badiou: su acontecimiento. El principio supremo
de la metafísica, el de identidad, sublima esta autopertenencia imposible en el
último referente del discurso, con lo que sublima el hecho de la apropiación. Toda
metafísica que discrimina entre ser y acontecimiento merece el nombre de
metafísica masculina, y la que no de femenina, porque el lado femenino del
animal tecnomimético desconoce la escisión deseo-goce. La definición kacemiana de
mujer es identidad goce-deseo e indiscernibilidad del ser y el acontecimiento.
Por la inversa, hombre es diferencia en lo primero y cesura entre los segundos.
El acontecimiento hombre (ser humano) es la capacidad, única en el
universo conocido, de repetir la repetición, ficcionalizar la identidad. El
resto de los vivos carecen de la (auto) apropiación de las Leyes de su propia
repetición. Toda apropiación es transgresión (ya el surgimiento de la vida
transgrede las leyes de la materia) y toda la experiencia humana está marcada
por ella, por la transgresión y no por la legislación, ya que todas las leyes
que regulan la convivencia la enmascaran. La Ley es su parodia. La edad del
heroísmo transgresor, inaugurada en el arte por Sade, cayó en saco de la
parodia frustrando los sueños adolescentes de los recién iniciados en
malditismo poético. La transgresión es primaria y se confunde con la
trascendentalización científica como tal, una purificación y vaciamiento en
formas eidéticas de lo material existente. Como se sabe desde Kant hasta
Blanchot, el hombre introduce el vacío, la Nada, en el mundo. Las leyes de la
ciencia son las de un vacío necesario, pero las cívicas son las de uno
arbitrario. La apropiación
transgresora de lo Inexistente se consuma en lo que siempre fue: la monstruosa
expropiación de lo existente (pero para Badiou la ontología sólo puede
considerar existente al vacío). Nada de lo que Nietzsche promueve sobreviviría
a una hipotética prohibición de la nada: el nihilismo Nietzsche-Heidegger es
una psicología de la decadencia que debe rechazarse de una vez por todas.
En los 70, Pasolini se dio cuenta de que el heroísmo de la transgresión
había entonado su réquiem, que la mercantilización de la transgresión como arte
sólo podía continuar en parodias monstruosas. En el campo filosófico, Badiou ni
se entera: se brinda al mundo como la superación absoluta que no conserva nada,
atrapado en la involución paródica de la ideología vanguardista. Mehdi no
pretende condenar la era postrevolucionaria de las superaciones irrestrictas
sino diagnosticar que tal secuencia ha concluido hace media centuria. Hegel
triunfó sobre Deleuze y Badiou, que intentaron una superación radical del
momento hegeliano de superación perpetua, y los conceptos de nihilismo
(Nietzsche-Heidegger) y posmodernismo (Lyotard-Baudrillard) barren con estos
dos filósofos positivo-afirmacionistas. Luego de un siglo y medio, la dinámica
de la superación perpetua, imperativo categórico de la modernidad, demostró ser
paródica: en los 70 la vanguardia se agota y la posmodernidad gobierna
imponiendo su diagnóstico: que la superación fue superada en definitiva. Mehdi
adhiere, pero rechaza la melancolía posmodernista que postula la existencia de
un original (eidetismo del ser o platonismo latente), lo mismo que la inversión
que postula una precedencia del simulacro, y así señala que todo comienza con
lo paródico, el único original. De arranque, paródicos somos y nada de lo
paródico nos es ajeno.
La melancolía posmodernista
sería esa canción para la muerte del hombre que dice hubo un tiempo en que fui
hermoso y fui libre de verdad. No lo hubo nunca, le rebate Mehdi a Nito Mestre.
El posmodernismo es el acta de defunción de las superaciones irreflexivas
que no preservan nada de lo que suprimen y que en general no conducen sino a la
superación final que es la muerte. Es de suponer que allí se ubicaría el Padre
Ubadiou, que quiere levantar hermosas estructuras bien ordenadas luego de no
sólo haber demolido todo sino asimismo los escombros (otro ‘patafísico
cualquiera). Pero también hay que pasar de página del posmodernismo, dice
Mehdi, que no es más que la incorporación depresiva de dichas ideologías
mortales. No hay que proponer una enésima superación sino cambiar la idea de
superación. …¿Pero no está enrulando el rulo con esto? La ideología de la
superación está realmente superada, dice. “Ya no se trata de superar la
superación; nuestra tarea histórica es pensar la superación de otra manera.”
La Aufhebung debe traducirse al complejo mimesis-techne-catharsis. Deriva de la catarsis aristotélica, el goce estético que
suprime los afectos negativos como la compasión y el terror. Aristóteles limitó
tal concepto al arte y Hegel con su aufhebung
lo extendió a todas las dimensiones de la actividad humana (Mehdi hace lo
propio con el suyo de parodia).
La filosofía de Badiou es una mimetología generalizada, una parodia
monstruosa de la filosofía clásico-dogmática, como Wagner fue una parodia gigantesca
del “gran arte”, con las deliciosas consecuencias políticas que todos
conocemos, pone Mehdi, quien no pretende hacer del arte, la política, la
ciencia y el erotismo “condiciones”, falsa modestia, sino someterlas a un
discurso crítico que reafirme su autonomía como filosofía: un proceso de verdad
que extrae de estos otros las verdades que ignoran por completo. Nada de
sostener la vela de verdades ajenas, nada de esa grandiosa y astuta humildad.
Las leyes en segundo grado de la política duplican transgrediéndolas a las
leyes de la ciencia y lo hacen por la violencia que estas últimas desatan en
tanto apropiación de las de la naturaleza. El rebelde, el pícaro, el desviado
sexual y el artista transgreden a las de segundo grado y el arte que comienza
con Sade convierte a tales marginados en héroes de la humanidad, mientras que
la filosofía, según Mehdi, debió esperar a
Bataille, Foucault y Schürmann para indagar en qué consistía semejante
heroicidad perturbadora e inesperada. El criminal, el blasfemo y el bribón,
alabados por el artista moderno, revelan con sus transgresiones la esencia
transgresiva y paródica de toda Ley: sus actos arbitrarios son una respuesta a
la arbitrariedad de la Ley cívica misma; en tanto que la Ciencia y el
funcionario metafísico cómplice sublimaron esta apropiación de la Nada en
“ontologías” encargadas de la purga de singularidades. El meta-autismo del
platonismo moderno sostiene que la política es independiente de la ciencia y
que sus ámbitos, tanto como los del arte y el amor, nunca interfieren entre sí.
Por el contrario, Mehdi llama filosofía a la única disciplina del pensamiento
capaz de pensar estas interferencias.
Desde la República platoniana, la filosofía es lo que presenta la
ciencia a la política, mientras erradica al arte, su chivo expiatorio, merced a
una buena compresión de la ciencia, preservándolo como política. El garrafal
error de diagnóstico de esta celestina fatal es que para Platón el arte no es
mala mímesis, sino la mímesis misma como mala. Se tapa los ojos para no ver la
mímesis de la ciencia, la filosofía y la política. La era postrevolucionaria
realiza la República con el evidente platonismo de Rousseau, Saint-Just,
Robespierre, y no por casualidad dio paso a la era de los poetas malditos,
poetas que hasta entonces eran ciudadanos por derecho propio. A partir de la
Revolución Francesa se cumple el testamento de Platón: el destierro del poeta.
Pero el arte jamás fue otra cosa que el jardinero de Baudelaire que cuida las
flores del Mal. Es desde Sade lo que siempre fue: la exposición del Mal, en
forma tan intransigente y sistemática, como complaciente. Lejos está de ser el
reino exclusivo de la mímesis que imaginaron para mal y bien Platón y su hijito
malparido del norte semibárbaro (Macedonia). La agricultura imita la
recolección, la caza imita la depredación, la tragedia imita a la política, la
política imita a la ciencia, que imita a la naturaleza.
Pero no hay que hacer con el Arte lo que Platón hizo con la Ciencia
(onda Nietzsche-Heidegger-Deleuze). Dice Mehdi.
Como observa Mehdi, glosando a otro as del póker como Debord, la
contradicción madre de las vanguardias es que aspiraban a un arte colectivo
mientras no renunciaban a la condición individualista del artista-demiurgo.
Ducasse fue el que famosamente dijo que la poesía debe ser hecha por todos, una
baladronada que Parra encarna en sí mismo sin tampoco querer o poder consumar
tal abdicación.
La cruza entre conceptualización a dos manos y autobiografía a
pinceladas debe de ser una respuesta a este problemita, basculando y
balanceando entre el intento de comprenderse y el de capturar cognoscitivamente
lo fijo de afuera. Platón no necesitaba entenderse a sí mismo porque era griego
y para llegar a su soledad –un puerto inexistente– debía antes pasar y dar
vueltas por todo el cosmos. Encontró el rodeo de la Idea y con ello, dicen, ni
se comprendió a sí mismo ni conoció nada.
El deseo es la propensión del ser a la apropiación, por eso hay más
deseo en los animales que en las plantas y en el hombre que en los animales.
Ese más es un menos que se llama depresión, melancolía, neurosis, psicosis,
resultantes de las ventajas que se propinó a sí mismo gracias a la apropiación
tecnomimética este subanimal cuyo don antinaturalmente natural es la técnica,
genio del ser humano que complementa su falta de instinto. El hombre se impone
con la suplementación de la sobrevivencia, con la vida metafísica, o sea
tecnomimética: la naturaleza parodiada. La risa como exclusiva suya, quizá
catarsis del miedo, es la incongruencia fundamental en la que se encuentra el
animal apresado por el acontecimiento tecnomimético.
La techne es la catharsis de la Naturaleza, mímesis de
los procesos naturales y biológicos como la alimentación. El Sujeto es toda la
humanidad como animal apresado por la tecnomimetología. La humanidad se
convierte en el desecho torturado y atroz de la superación: la única especie
animal que se ha convertido en sujeto, la especie científica, es también la
única que se suicida individualmente por razones antinaturales. La ciencia
tiene la estructura de una psicosis alucinatoria. El Bien es una invención
destinada a compensar la atrocidad expropiadora que resulta del acontecimiento
de la apropiación. Si hubiéramos permanecido como animales o primates,
podríamos haber vivido millones de años. La era tecnológico-histórica,
sublimada por la metafísica en el fantasma normativo de lo eterno e inmortal,
se convierte en lo opuesto a su promesa: una vertiginosa puesta en peligro de
nuestra vida espacio-temporal. No hay otra “vida eterna” que la insustancial y
vacía.
El retorno a la era pretecnomimética comportaría un suicidio colectivo,
el animal tecnomimético es incapaz de regresar al paraíso perdido, a la
inocencia y la desnudez del automatismo animal apropiativo. Los enemigos
unánimes de la Ciencia, tipo Zerzan, invitan a la especie a suicidarse,
asegura; esto es: a consumar aquello para lo cual la antedicha nos viene
entrenando desde lejos. Sus ejercicios antipleonécticos no deben confundirse,
dice, los suyos propios, con ese anarcoprimitivismo que ambiciona la vuelta al
paleolítico: quedan en una reducción de daños; tampoco se dice una
antifilosofia sino una revolución en el seno del narcisismo filosófico. Su
luteranismo metafísico advierte que lo pleonéctico es inextirpable del ser
humano, que las raíces del Mal son mucho más profundas de lo que piensan los
filósofos. Mehdi también denuncia, como ya lo hicimos alguna vez nosotros en un
Tractatus que dictamos en prescolar
(lo dictamos porque todavía éramos vírgenes o ágrafos) que todo filósofo tiene
tendencia a contraer el tic hitleriano de la Solución Final. No hay supresión
definitiva de la apropiación-expropiación. Sólo la piedra es inocente, decía el
luterano filosófico de Jena cancelando a Nietzsche y Deleuze por adelantado, y
Mehdi se hace eco. El conocimiento científico insufla una alienación mental que
te convierte en el opuesto exacto de la piedra. La Singularidad es el ser que
captura la ciencia para convertirlo en particular de un universal, y la
paradoja es que para aparecer como tal ella debe ser victimizada por la
Ciencia.
Hay que tomar distancia crítica de la Ciencia, dice.
La apropiación humana, a diferencia de la del animal, es trascendental:
una ingesta de vacío puro. Su voracidad inédita es, a la vez, la de la bestia
anoréxica que se alimenta a fardos o manjares de nada (anorexia por exceso
exponencial de consumo). La apropiación trascendental de las Leyes de la Naturaleza
hace surgir una infinidad de Leyes supernumerarias. El ser como acontecimiento
es la descomunal pleonéctica patológica del ser: la técnica es la patología de
la física, y la biodiversidad planetaria la de la impasibilidad astrofísica
revelada por el telescopio de Galileo. La apropiación-expropiación es un juego
luciferino.
Probablemente el dinero sea un lenguaje más originario que el lenguaje;
de modo que la ciencia sublima el lenguaje, que sublima el dinero, que sublima
las técnicas arcaicas del sílex y la caza. El capitalismo no aparece con la
revolución industrial o con el fin de la monarquía: irrumpe con el mono
frotador de pedernales, el primero de los presocráticos, el archiTales. Más
lejos todavía: con la pleonexia animal. Es ontológico. La ontología, empero, la
ciencia de lo más general y universal, no existe.
El último metafísico, el pariente Alain Babuino, desde la raíz misma del
suicidio planetario vigente, exige la asimilación de todo a la equivalencia
matemática, suspende la excepción acontecimiental que es la vida terrestre
respecto del universalismo matemático que entrega la forma vacía de todo lo que
existe. La equivalencia ontología=matemáticas (fiduciarismo platónico) completa
de manera triunfal la metafísica, lo dice todo como una verdad evidente y eso
es todo y todo el problema. Así el animal humano se (auto) apropia de la
naturaleza como amo, bajo el manto de una inocencia inmaculada.
Mehdi desbarata el antihumanismo con rostro humano de las estrellitas
parisinas sesenteras –Lacan, Lévi-Strauss, Foucault, Althusser, tutti quanti–, que se corona en la fórmula del antedicho primate
ultraplatonizado: “arrebatar el acontecimiento a la vida para devolverlo a las
estrellas” (al firmamento mentado que hoy día él preside sentado en el inodoro
de su Silla Gestatoria).
¿Hay algo nuevo en Mehdi, además de la obsesión con Badiou, o renovación
de jerigonza rebuscada? Les dejo la inquietud a los que saben. Lo nuevo es
siempre casi lo mismo, máxime en los filósofos; pero yo qué sé.
El acontecimiento nunca se repite como tal y su repetición imposible se
convierte en la repetición de la imposibilidad misma. “Los sujetos de mayo del 68 viven con la nostalgia de esas pocas semanas
durante toda su vida. Quien haya estado locamente enamorado daría todo, incluso
los sufrimientos, por volver a estar en ese estado.” El acontecimiento es,
principalmente, repetición, mímesis: la agricultura imita la recolección y
después se repite instituida como segunda naturaleza cotidiana, y ahí comienzan
los problemas. El acontecimiento es originalmente una repetición y nunca se
repite como tal: se transforma de inmediato en una caída en desgracia. La
repetición como decadencia del acontecimiento: el amor se convierte en
compulsión sexual, la política en violencia administrativa o tiránica, la
ciencia en tecnología. “El acontecimiento
que coincide con la repetición, la apropiación tecnomimética, nunca se eterniza
como tal, y es este fracaso el que constituye el entramado de dolorosas
«repeticiones» que organizan nuestra vida cotidiana, desde la higiene hasta el
trabajo, desde la medicina hasta los hábitos y costumbres, desde los impuestos
y las facturas hasta los «deberes cívicos», desde los saludos formales hasta
las actividades de ocio colectivo inconscientemente necesarias.” Desmontar
el acontecimiento de Badiou, milagroso y caído del cielo como una gracia. Un
propósito, y he aquí el resultado.
La lógica del ser, realizada como acontecimiento, produce el oxímoron
del milagro catastrófico que es la Historia (alquimia que convierte la
contingencia en necesidad, en necesidades paródicas –lo que también se llama
libertad). La transgresión precede a la legislación (el pecado original a la
ley mosaica) y la historia es el análisis de las leyes supernumerarias que
cambian a vertiginoso y acelerado ritmo con las generaciones, modas y
tendencias sí y no filosóficas. La cultura es una red infinita de parodias de la necesidad. El resto de los
animales son incapaces de desear la repetición y apropiarse de ella, lo que
hace que se repitan cuasi inmutablemente. Siendo el que desea y es capaz de
hacerlo, el anthropos es el que menos
lo hace y produce lo nuevo. “Repetir la
repetición no es iterarla por enésima vez, como la apertura de una flor o el
nacimiento de un bóvido. Es, precisamente, hacer lo que ningún otro ser hace:
(auto) apropiarse de la repetición.” Siendo el que se apropió de todas las
reglas de la Naturaleza y el Ser, el humano es el único que puede promulgar
nuevas reglas. Ellas son la política; pero asimismo el juego.
Diríamos que la avidez de novedades, categoría de Heidegger, tiene un
alcance mucho mayor. La avidez es lo propio de la vida, y la de novedades es la
que aporta el hombre, a fuerza de repetir y repetir la diferencia.
¿Pretende o no superar la ideología de la superación de la superación,
conocida como posmodernidad? Veamos que sí…
Rousseau, dice, es el fundamento mismo de todo pensamiento
revolucionario; pero el posterior a Hegel consiste en una enorme desviación
izquierdista: un conservadurismo de la supresión, que no conserva nada salvo el
suprimir. La superación, empero, no suprime lo que supera sino que lo preserva
en forma de desecho; de lo contario, el desperdicio sería exponencial, y “el triunfo industrial del isomorfismo
tecnomimético, en la fase de posproducción, genera megatones de residuos no
reciclables”. He aquí el resultado de las sociedades igualitarias. La Cacatarsis, producción descontrolada de
residuos no reciclables (así la llama, con un buen gusto no inferior al
nuestro). Sólo la matemática suprime lo que subsume sin conservar nada de ello.
El Mal, lo propiamente humano y gratuito, es la capacidad humana de
elevar exponencialmente el sufrimiento natural-animal. Los sufrimientos
animales son males necesarios de necesidad contingente en su origen. La
conquista de la vida sobre la materia, el movimiento, la sensación, la
conciencia, paga el precio de la precarización de su ser-ahí: sufrimiento y
muerte en los animales y el plus del Mal en el humano, que carece en absoluto
de necesidad, amén de una paródica. El excremento de los animales no produce un
mal adicional; la mierda técnomimética sí, y es uno no reciclable. El complejo mimesis-catharsis-techne-aufhebung produce la vida misma como
desecho. El Mal es el desperdicio de la Ciencia, lo que la técnica le hace a la
vida parodiando el automatismo natural o ananké.
La familia normal no es menos una perversión del orden natural que la
zoofilia y la coprofagia, ya que la normalidad misma es la primera de las
perversiones instituidas por la expropiación postapropiativa. Dice Mehdi.
Desde el Colectivo Orgullo Autocoprófago, que presido como conductor sin
pasajeros, expondré mi doctrina del cecótrofo literario, adaptación evolutiva
extranatura que practico sin pruritos ni lectores a la vista. Porque me cansé
de ser un hétero de la coprofagia –sólo en ello me influyó el neofeminismo
globalista-policial de Estado-Imperio.
En Política mi sueño es crear el Frente Trotskista Nacionalista
Católico: si sumamos las indetenibles subdivisiones al infinito de ambos bandos
multiplicaríamos al zoón politikón a
la manera de los unicelulares. Qué más político que eso. Otra que el maridaje
del Capital y el Trabajo que soñó Perón. Esto sería la familia política más
numerosa por la inversa, la más disfuncional de todas, logrando con esta
coalición de los polos familiarizar la disfuncionalidad y multiplicar la
política por divisionismo: todo y nada quedaría en familia y allí triunfaríamos
todos: los reaccionarios de Patria, Dios y Familia y el ultraizquierdismo que
quiere correr permanentemente por siniestra a Engels.
El acontecimiento es repetición entendida como mímesis. La tecnomímesis
es el archiacontecimiento. Todo acontecimiento es un accidente máximo, una
anomalía monstruosa. La Aufhebung es
mímesis. La identidad es un evento singular de la historia del ser, una
operación mimética que identifica lo que supera, preserva y suprime cada vez de
una forma singular. No es ontológica sino operativa: un acontecimiento tardío
en el cosmos. El drama de Hegel y Schelling fue la voluntad de salvar, por
última vez, el proyecto originario de la metafísica: la explicación del ser
como identidad. Y el Ubú Filósofo-Rey resucitó esta empresa con anacronismo
insólito. Las matemáticas no son la historia de la eternidad sino un banco de
apropiaciones fenoménicas.
La cesura de physis/techne (Bien/Mal) no puede ser superada
porque el concepto histórico de superación es esta cesura misma. La ciencia es
el conjunto de leyes apropiadas de la naturaleza, y la política el de las leyes
resultantes de esa apropiación, ninguna de las cuales coincide con las
científicas. También parodian a la ciencia los filósofos, aunque de forma no
consciente, al querer administrar las reglas de la buena política como si fuera
cuestión de ciencia. Toda connivencia de la política con la ciencia lleva al
desastre y la filosofía es la que suele asalariarse de secretaria del complot.
La astucia del platonismo es que sabe que todas sus prescripciones están
destinadas a quedar en letra muerta. Es Hegel el que lo derribó al someter a la
Idea ante el tribunal de la eficacia.
Contra los agravios recurrentes de Badiou, Mehdi sale en defensa de
Aristóteles, el filósofo sin embargo cabecera de 1.000 años de
catolicismo-mundo. Cosas raras de estos franceses.
¿Cuántas de estas 8.000 millones de herramientas vivientes son todavía
necesarias?
Como filósofo solipsista sólo me hegelianizo a mí mismo (el autoempome
de Žižek), no
puedo superar a ningún otro (por posmoderno y por rosarino o por inepto motu proprio) y de ahí esta autoparodia
que un boludo le efectúa a otro boludo y viceversa. No sé si esto es salir de la
pesadilla de la historia o vivir la historia propia como pesadilla.
Soy vanguardista y posmoderno por defecto, dos defectos que colisionan
entre sí. Tardofiestero posmo o vanguardero provincial de saldo, siempre me
adelanté a todos en llegar tarde, que el retraso no sabe esperar.
Tengo nostalgia de todas las eras que no viví: de los 60, de los 40, de
los 20, del siglo XIX, del Siglo de Oro, del Imperio español, del Medioevo, del
Imperio de Roma, del helenismo y los diádocos, del s. IV a. C. y del siguiente,
y en momentos de mayor debilidad, de los tiempos en que fui cazador recolector
y protozoario. En una caja de seguridad dejo mis OC: el permafrost.
¿Qué es la noautobiografía?
Yo dejé las Letras por la Filosofía y después la Filosofía por las
Letras y después las Letras por la Filosofía. Pero antes de todo, abandoné la
Ciencia cuando me abandonó la Infancia: quería irme a La Plata a ser zoólogo y en
el medio intenté ser técnico químico dejando de lado mi inquietud por ingresar
a la Escuela Provincial de Artes Visuales. Aquella dialéctica suprascrita
sucedió en mis ratos libres, libres de la escuela, del inglés, del fútbol, el
básquet, las pesas, el dibujo, la batería y la guitarra. Y acá estoy, y este es
mi largo rato libre. No soy ni escritor ni filósofo sino más bien abandónico
(como los primos de Newell’s, pero en un plano más metafísico).
Cuanto más conozco, menos me comprendo a mí mismo. Experto en todo lo de
afuera, el filósofo no sabe ni dónde está parado. Y así le va en la vida, a
menos que la Academia le acomode el babero, le racionalice el chupete, organice
sus dosis de mamadera y asigne sus cuotas de Nestum. Aquello
capaz de comprender al máximo otras cosas sería lo más incapaz de comprenderse
a sí mismo, dice Mehdi: el platónico, por falta de comprensión de las cosas, se
refugia en las formas.
La Idea de Platón, además, no es más que un avatar mimético, un
artefacto, una construcción. Dice.
Podríamos decir que para Mehdi la guerra continúa por todos los medios,
y esta perogrullada irrefutable –y que, por lo tanto, vale más que cualquier falsable
ciencia infusa– amplía la limitada observación de Foucault cuando dijo que
continuaba por la política: continúa por todos los wines de las “condiciones”
de Badiou-Rey: el amor, el arte, la ciencia son algunas de sus condiciones de
continuación. No descubre el Santo Grial el pibe de Túnez: descubre que Badiou
es un macanero de manual. Una que ya sabíamos todos, pero pasó que estaba de
onda y le seguimos la corriente para ver si sacábamos alguna ganancia de
pescadores.
Estamos tan esgunfios de la solemnidad teoréutica que salimos con esta
solemnidad barrialista, una impostación por la inversa. Niní: ni soy un
Filósofo ni soy un Pibe-de-Barrio. Soy un Escritor Malo Rosarino (oh no, no me
confunda, señor: soy su Personaje Desconceptualizador). Cierto, tenés razón.
Después de Foucault, ya nadie quería pronunciar eso de “el hombre” nunca
más (un nunca más sin Sabato), quedando como una zoncería de teenagers con bibliografía de
compraventa. Pero Mehdi podría escribirle el epílogo-dinamita a la innecesaria
última edición s. XXI del manual de nuestro respetable profesor Vasconi,
detestado por todos mis compañeritos iluminados de entonces: Perspectivas: Una introducción a la
Antropología Filosófica, otro hito en nuestra temprana formación non sancta. Me temo que deberíamos
desilusionarnos ante este exacerbado antropologismo antropofóbico: el humano es
tan pocas veces “el único animal que”, que desde un punto de vista no humano
pasaría más bien desapercibido. De ser cierta la hipótesis astrofísica del
zoológico, que sugiere que somos parte de una reserva extraterrestre de
propósitos científicos y por eso seguimos zafando de los meteoritos, es
bastante probable que los marcianitos verdes de guardapolvo no hagan un gran
distingo entre nosotros y nuestros primos chimpancés e incluso que el resto de
la parentela más lejana, fueren insectos o bacterias, más propensos estos dos últimos
a quedarse a mediano plazo con el dominio humanamente póstumo del Balón Azul,
como Pelé se quedó con la Copa Jules Rimet por los tres Mundiales. Que se quede
con lo que quiera, porque ni el Carnaval de Río sobrevivirá a la pleonexia
microbiótica, a la que le quedan un par de miles de millones de años de
gobernanza hasta que el sol también los abrase, como hizo con el fugitivo
antrofóbico de Atenas y sin el menor cariño paterno hace cosa de 2.300 años
solares.
¿Por qué llamarle sociedad a lo que es un zoológico? La hipótesis del
zoo humano liberada por cierto sector especulativo del nerdaje de la física,
sublima el más factible hecho de que ese parque ya existe como simple fenómeno
terráqueo e intraantropológico. Usted, boludo Lector, es un colega fehaciente
del mandril masturbador y exhibicionista que hacía las galas de los niños en su
jaula del Parque Independencia en aquellas eras doradas en que el resto de las
bestias también gozaban del derecho constitucional de formar parte de un
zoológico. Y usted lo sabe, aunque se haga el pelotudo. Como cuchillero que
soy, aplico la navaja de Ockham y opto por esta hipótesis más sencillita, sin
tener por qué descartar la otra. Estos guardianes más verosímiles leyeron bien,
en realidad, al masón Voltaire, cuyo mensaje les llegó como debemos cultivar nuestro jardín… zoológico.
¡Hasta Moris y Chico Novarro se dieron cuenta y tú no, mamerto!
¿Por qué son tan opas los profesionales de cualquier cosa? ¿De puro
caradurismo?... ¿Se hacen o los hace ella?... ¿Podremos con nuestra opacidad
manifiesta superarlos emancipatoriamente… o deberemos darle la derecha a este
zonzaje que vaticina que el infeliz es uno?
Mi caso prueba que se puede ser un recontraparanoico
recontraautoirónico. Y lo creo un caso virtuoso.
A esta mersa le doy todos los motivos habidos y por haber para que me
sigan boludeando, porque de ellos es el reino de los boludos y de él yo
extraigo las commodities con las que
mato el hambre de mis músculos vigorosos.
La vida filosófica suele volverse insoportable por su constante
intercambio de palabras vacías, dice Mehdi: dos siglos atrás había que
declararse idealista y ahora es obligatorio portar la credencial de
materialista, ese es su ejemplo. Ok, yo parodio esa mierda con este regadero de
fraseología ilegible del que ni mi superyó se goza.
Hay algo tan decepcionante en la brillante filosofía de Mehdi como en la
ídem de su enemigo íntimo: que los dos se regodean enroscándose como áspides en
la monotonía golosa de su monólogo con menú a la carta de conceptos. Los de
Platón tenían la deferencia de presentarse como diálogos incluso bastante
azarosos e irresolutos. Y Aristóteles no rompió el molde: se los incendió la
Historia dejando de saldo las porfías que apuntaba para su masa clientelar
privada (si hasta dijeron que escribía teatro de ideas mejor que su ex tutor).
Los manuales salvaron a la filosofía de su solipsismo victorhuguista, del
soliloquio geometrizado de sus autores –si lo sabría un Borges, que lo afanaba
todo de Mauthner, dicen. Qué simple la hacen en las Ciencias Duras, que se las
saben todas a base de Libros de Texto, al fin y al cabo extensiones
sofisticadas de Martín y Yo y Mi Amigo Gregorio, se doctoran sin saber
si “hecho” es con hache o sin y marchan a París becados Dios mediante hasta
jubilación. Nosotros los filósofos, en cambio, nos volvemos los Gargantúa y
Pantagruel del tragalibrismo más indigerible de la historia del Mundo y no
sacás con eso ni para dejar de alquilar toneles, que no balcones (con o sin
ninguna flor). Dura es la vida del filósofo, máxime los de mi tipo: ninguno. A
este mal lo comenzó Crisipo y se murió de risa: 750 obras del más riguroso
conceptualismo estoico se echó el tipo (nada de novelitas airanas) y tan
atragantado estaba de filosofemas que los hechos más silvestres de la vida
cotidiana le provocaban perplejidad carcajeante y así espichó de risa sólo
porque un jumento le manducó un higo seco. A lo mejor es por esto mismo que nos
reímos de todo, como Olmedo pero al revés: por saturación
lectoescritural-teorética. El metraje de los pies de páginas a Platón que llevo
leídos en medio siglo supera el largo de la Bandera Más Larga del Mundo, otro
hito rosarino no menos supernumerario y redundante (más de 20.000 m). Este tipo
de proezas lugareñas tendientes a la ultraexageración del argentinismo de souvenir es el de las que han estimulado
de manera colateral mi proeza no menor de convertir mi vida en un
acontecimiento filosófico (aunque sea uno tan minúsculo como irremediablemente
anónimo y no menos absurdo que la oblonga enseña antedicha).
¿Si no fuera por los Billiken del ramo, hubiéramos entendido más de 10
palabras de Hegel? Porque en las clases del Prof. Pirulo, designado como
abogado de oficio de la Filosofía por el Estado, lo inentendíamos todavía el
doble. Dignifiquemos al manual en nombre de Epicteto, que salvó al estoicismo
de su propio fuego y de los quichicientos rollos del intragable y buen Crisipo.
Y dignifiquemos el cartesiano quedate en
casa a leerlos, contra el no lo hagan
en sus casas del estalinismo académico, que prescribe siempre un dieta
obligatoria y exclusiva de espartana bibliografía adjunta curricular a punta de
pistola. Todos tenemos tonel (dice la canción de La Máquina) y cuando ya ni
eso, y cuando ya ni importe un πίθος o ni haya importe para ello… en esa fecha
próxima nos consumaremos como cínicos full
time cumpliendo el único no lo hagan
en sus casas filosófico que vale la pena (πόνος): el del antifilósofo
en situación de calle. Dejemos al Profe y al Pupilo en situación de cállense,
contentos con sus mutis por el ágora (forum).
Si hasta con 40º de fiebre seguimos siendo un Sistema, ¿para qué un
apéndice? Sale solo, hasta en el ñoba. Mi fumismo de pichi litoraleño lo es –y
el de un decimonónico inglesito opiómano, ni más ni menos asimismo. La
recitación de mantras axiomatizados a razón de 4.000 carillas por temporada es
el pleonasmo de una pleonexia al palo. Pero igual se agradece: aplaudamos todo
escribir y como se festeja el arribo de un mosco.
En filosofía hay que estar al día, pero eso demanda dos milenios y medio
de escaso poder de síntesis (y demasiado de análisis), por más maltusianismo
que la Madre de la Verdad aplique cruelmente en pro del reduccionismo
poblacional del blanco texto metafísico. Si pudiera reducirla toda a un único Manual de Sonseras –escolares y
privatistas– limitado a 10 páginas (cuasi) en blanco (pues no pueden evitarse
la de legales, la del pie de imprenta, las de cortesía, la portada, la
portadilla y su contraportadilla), tenganlón por seguro que lo haría encantado.
Ni siquiera se puede decir nada en menos de 10 páginas (como se ve), así de
burocrático es el sistema en que vivimos. Macedonio vislumbró “la sola página
que lo dijera todo”, cuando ese era otro sueño de la vigilia más botona.
No tenemos la erudición teoricista de la que dice gozar un Mehdi, porque
hace dos décadas y media que dejamos de esperar leer Kant-Hegel (en eso
estuvimos durante el decenio en que poblamos las aulas: en no poder leer ni
pensar ni vivir con tal de volvemos expertos en aprobar 45 materias anuales) y
nos fugamos con la esperanza de por fin poder pensar, leer, escribir y vivir
una vida, lanzados a la puta calle de la ley selvática del Mercado. Con
entender un poco por qué (o más bien cómo) las cosas caen para abajo y no para
arriba, nos satisficimos lo mismo que con ponerla mejor y más seguido. Como la
vida está en otra parte y la verdad no reconoce fronteras, nuestro conocimiento
del Idealismo Alemán se reduce a sospechar que no pegaban una ni valían mucho
más que la Teoría del Flogisto, la Frenología o la de la Generación Espontánea
o Baby Boomers… No podemos jactarnos,
como Tomás Abraham, de no haber pisado ni diez carillas de Hegel porque
mentiríamos; sólo decimos que de no ser por la Larousse o Ferrater Mora no
hubiésemos empezado a entender un poco de lo que leíamos a escondidas del
teleologismo del llegar a que nos llamen Licenciado (que diría el mejor de los
dos Bolaños). ¿A cuántos tabaquistas de los 70 que se lo sabían bilingüe de
memoria, la Realidad (exista o no) los dejó en pampa y la vía y girando en
falso con sus bigotitos amarillados y esa sputza que ni te cuento? Por eso…
Lo importante para toda esta gente de la Onda es deletrear la moda, la
última novedad que les tocó en suerte e imponerse con ella como su promotor
exclusivo y custodio de su secreto más íntimo, inescrutable para el público del
interior del país, salvo que tome cursos con ellos por un período no menor a 14
años. Era más fácil cursar en la Academia de Platón… La Geometría es más
accesible que la Onda. Con ella puede que garchés menos, pero por ahí te
contrata una Multinacional y ahí te va a estar esperando una groupie incluso linda para que casarte
con ese y zeta y listo el pollo y la polla a salvo. Soy malo para ambas, Onda y
Geometría, y tuve que valerme de mis propios medios para lograr dichos
propósitos, qué va ’cer.
Mi Escuela está abierta al público, sí, y tiene un solo alumno: yo
mismo, que también hago de celador, portero, maestranza, empleada de la
limpieza, cafetero (¡saludos a Marcelo!) y, en dosis menores, de cuerpo docente
y autoridades. Y ya somos demasiados, ¿para qué más? Si empezara a meter
forasteros demandantes, empezaría a trampear por inercia, arrancarían la
histeria, los malentendidos y, a la larga, las denuncias policiales y el acoso
sexual, toda esa mierda que caracteriza a las instituciones además del rasgo
esencial de no servir para nada, inutilidad que en el campo filosófico se
trueca en jactancia y soberbia. Yo necesito un cacho de libertad para hacer lo
que se me canta con esto y no encuentro otras condiciones que las antedichas
para que mi proyecto prospere. No puedo perder el tiempo en complacer estúpidos
ni en practicar lobotomías perforando cráneos de gente sin redención ninguna.
Acá no vas a entrar ni con Geometría III aprobada ni ninguna otra orden de allanamiento
expedida por un magistrado del Tribunal kantiano o la ganzúa de un matasanos
del lacanismo o cualquier otro cerrajero paradójicamente especializado en
aperturas. El estado-de-abierto de la misma es para que miren desde arafue. El
Lector no huele; el Alumno es un adolescente con olor a patas. Al primero no le
debo nada, ni él a mí, y con ese empate en 0 me contento. Que exista o no el
noúmeno (a dicho energúmeno me refiero) ni me va ni me viene y es
incomprobable. Como ente hipotético no tiene que rendirme cuentas –ni examen
alguno– ni yo a él, así que que aproveche y lo disfrute o pase y siga. Mi
Universidad Sin Existencia tiene Techo y hasta me lo impermeabilizaron; pero
carece de todo el resto: maestro, alumnos y demás personal supernumerario o ñoquis.
Tiene la ventaja de que no tengo a los salames de los troskos copándome aulas,
patios y reblandecidos cerebros posinfantiles y la desventaja de que, en su
relevo, tengo que sufrir otro tipo de tribu urbana no menos imbécil que la
sociología registra como “vecinos”, nombre que también luce algún que otro
escritorzuelo igual de innecesario. A ver si me entienden: se pueden ir bien a
la mierda.
En la próxima entrega, no vamos a hablar de filosofía; eso no sirve para
nada (y que se jacten como clase parasitaria): vamos a hablar de algo serio:
mis vecinos; esos putos.
Sí, soy el Schopenhauer del barrio Lourdes, ¿y qué?
El nacionalismo católico puso este año en la esquina, al lado de la
iglesia, una librería de su gremio, así que ya presiento de cerca la crítica
chestertoniana, y por eso me la haré yo mismo, también.
Teníamos, con Lacan, que el profe es un canalla y el filósofo un bufón
de la corte o loco del rey. Reducir estos nobles oficios –la canallería y la
bufonería– a la docencia filosófica y a la filosofía comporta, como es obvio,
un reduccionismo, dado que le caben por igual al grueso de los profesionales o
menestrales asalariados del saber y la cultura. Mucho más justa es la
revelación de Perogrullo prodigada en estos días por Jesús G. Maestro, la que
reza que “los intelectuales son colaboracionistas del poder”. Siendo que Mehdi
B. Kacem opera fuera del campo de acción del funcionario académico y se reclama
como un escritor que filosofa o filósofo que escribe, como un creador de conceptos
y hacedor de libros filosóficos, no quedaría otra que asignarle la grilla
lacaniana del bufón, del loco del poder. ¿O qué clase de carrera puede hacer,
fuera de este estrecho espacio de maniobras, un escritor, un intelectual que
aspira a dar un batacazo a mediano plazo en el seno del mercado filosófico?
Para ello está la autobiografía, la elaboración, paciente o intempestiva, de
una figura literaria de autor, de un mito personal: para gozar (sea
disfrutando, lucrando o sufriendo) del papel institucional (mas no académico o
universitario) del bufón o del colaboracionista –siquiera a la fuerza. Esta es
una que sabemos todos, clara como el agua y tan obvia como la más evidente y
obvia de las verdades al uso o en desuso. Siempre hay gambetas que uno puede
hacer para trampear al poder de Grayskull, bien que el desenlace manido de
dichas fintas suele ser el destierro, interior o no, el oprobio, el desprecio,
la cargadita, el boludeo, o cualquier forma de la desaparición, física o no.
Son las reglas del juego, en efecto, y de uno asaz frustrante y lamentable,
tanto que valdría más la pena arrojar las cartas por los aires y dar el
portazo. Por eso, si usted no tiene talento, aproveche: dese por bendecido, que
el anonimato puede ser más liberador que la prostitución plausible o que hacer
de loco lindo para el solaz de los guardianes. La filosofía puede ser una forma
de vida bajo reglas propias, robadas de donde se pueda, y no las del entorno,
las del coro de los giles o la de una tribu urbana de rebelditos finolis con
licenciatura en Puan. ¿No preferiría usted, tipo el padre de Borges, un
invisibilismo aunque más no fuera del tipo licenciado Vidriera?
¿A qué se dedica (cosa que es tan evidente hogaño en la Argentina) el
intelectual, el docente, el escritor, el alias artista? A llamar a la policía.
Tiene las huellas de Vucetich gastadas de discar [sic] al 911. El resto es tiempo extra. Después llena el free time con un oficio aprendido
gracias a la renta simbólica (o real) de papá. Jesús Maestro se queda corto con
lo de “colaboracionista”, porque esto supondría que hemos aquí a un traidor, a
un quinta columna, a un vendido. Eso fue antes, en todo caso, o en el mejor de
ellos: un vaporoso imaginario, con cierto trasfondo real, que llegó a su
acabamiento tal vez en los 90. Hoy no hay un escritor que no tenga una
Licenciatura UBA en Letras (Sociología, Psicología, Filo…), o sea que vienen de
chiquititos preparaditos para servir, por más que ellos vivan todo el año
evaporados en el sueño dulce de la ideología, que los exculpa de todo cargo y
yerro. Sincerensé, pechofríos. Tengan el minúsculo y transitorio gesto heroico
de reconocerse por un segundo como antihéroes a dieta y gastos de
representación. Cuentensenlá a su tía, chantas. Ni siquiera les estoy pidiendo
que den un paso al costado, si tienen alguna boca que alimentar. Pero cortenlá.
Cuenten su cuentito de las buenas noches ad
referendum, y vayansé a dormir.
Como la de Bernard Shaw, mi educación también fue interrumpida por mis
años escolares. Ingresé a Guardería a los dos años y me retiré de Humanidades y
Artes a los 28. El tamaño de mi ignorancia, queda visto, sobrepasa al de la
esperanza del joven Borges. Mi autodidactismo es un ramillete de flores robadas
de los jardines de Academo. Es de tiempo de descuento, de horas sustraídas a la
escolarización, a los sociales, a la socialización misma y al sueño. En los
ratos libres, busqué la Sabiduría, y bordeando los 30 tuve que empezar de 0.
Solo como un 0 solo. Cuando escuché que Macedonio regalaba un método con el que
se aprendía más que haciéndose la chupina, empecé a desertar de las mesas de
examen (que infamaban el legado de Sócrates) y me consagré al Asombro y la
Pavada, siempre más rayanos con la Importancia –esa que no se tiene ni a sí
misma.
Después de la superación no superadora de Mehdi nos dedicaremos todos a
jugar. Bueno… no me burlo. No me burlo ni me lo tomo en serio… ¡Tengo que hacer
de mala conciencia, che! ¿Qué quieren?... Pero es con cariño, aunque no sé si
el del cariño soy Yo y el de la conciencia mala el Personaje, o al vesre.
Si la poesía debe ser hecha por todos, vaya preparándose y autoedítese. Do it yourself, que la edición también
debe ser hecha por todos. Que mueran juntos el Poeta-Rey y el Editor-Rey, luego
de haber sido depuesto el Filósofo desde los tiempos de Emanuel y Maricastaña.
Y prepárese porque el Lector se habrá hecho Nadie: do it yourself, too. Porque ese siempre quiere comprar una
mercadería que lo prestigie y lo distinga del resto o, al menos, que lo integre
en una cofradía de la flor solar o en una bandita de separata y excepción. La
poesía se hace en manada, más bien. Se quedó largo Isidorito. Y además, ¿desde
qué solio o reposera papal mandaba semejante orden totalitaria? ¿Por qué Vd.,
un mero mótorman de Rappi, debería obedecerlo? Yo, por ejemplo, un estibador de
sangre azul, le hice caso, y así me pagaron. Esto no quita que a la poesía, en
efecto, la hagan todos y sin ninguna ordenanza municipal o disposición del
Ejecutivo, incluso, sin que nadie se los pida, más allá de que en la primera
minoría de los casos sea una de mierda o, en cualquier otro, una que pasa de
mano en mano como esa chica de la esquina que tampoco tiene dueño ni autoría.
Dale, mandame al INADI. Dale que estás tentado.
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