El póker como escuela de vida o la utopía del juego como parodia final


(Mehdi Belhaj Kacem, Transgression and the Inexistent: A Philosophical Vocabulary. Clase que sigue a la introductoria.)


El juego es la forma suprema en la que el arte está destinado a realizarse. Lo decreta Mehdi y punto. Frente a las balas de fogueo que dispara la izquierda académica, quiere soñar todavía con un poco de utopía política –todo textual hasta acá– y descubre, entre sábanas, su objetivo en la parodia de la política y catarsis de la guerra y la verdad, o sea: el juego; como todo arte, catarsis otrosí de la crueldad. La forma suprema del arte para los griegos no era la tragedia, eran los Juegos Olímpicos. El juego, como catarsis de la crueldad depredadora, es la única forma de arte que parece ser conocida por otras especies animales… El Juego, concluyo, es la Solución (¿No-Final?) de Mehdi. Por ejemplo el masoquismo, juego erótico que es catarsis y parodia del sufrimiento y por lo tanto un arte.

     Donde la política representa el reinado de la regla obedecida, el juego representa el reinado de la regla libremente consentida. Una humanidad que ya no haga nada más que jugar, dice, será una humanidad que se ha alejado por completo de la política y, por lo tanto, de la Historia. Aspira a “una nueva era de inmanencia lúdica y compartida”, luego de que la humanidad se dé a sí misma los medios para limitar los daños. La política es una parodia de la crueldad natural y el juego una parodia de la política, es decir, de la guerra. El juego es la catarsis de la guerra. Es la única forma en que la humanidad goza la regla. La forma de arte suprema, la única sin fraude; no como en las artes plásticas, la música, la literatura y la filosofía, reinos en los cuales, como en el amor, lo mediocre se consolida y lo mejor muere de hambre o locura. En el deporte, decía Godard, no se puede hacer pasar, como sí en el cine, lo malo por bueno. El juego tiene el mayor índice de verdad, siendo el único nicho en el que no puede hacerse trampa.

     Hasta acá Mehdi.

     Sin embargo, la idea menottista de un fútbol sin trampa es un utopismo propio de la izquierda emocional con cola de paja y que haya sido promocionada en Rosario por Yorlano, prueba su falsía. Cuando un inglés dice fair play, es porque va a ganar un Mundial con un goal inexistente, no sin antes hacer echar a Rattín con un subterfugio babélico y acomodar los árbitros para la ocasión. Fair play es juego rubio, además. Todo el mundo, durante toda la historia, ha pateado vejigas infladas; pero el fútbol es un invento británico heredado no de los griegos sino del circo romano, un invento genialmente perverso para contrarrestar a más no poder lo que este juego tiene, en efecto, de juego. La pelota no se mancha, pero no es sinécdoque de fútbol, sino metonimia de infancia, juego y –llegado el caso– Parménides. En este orden, jugador es el que juega a la pelota, pero quien practica el fútbol –antes que cualquier burócrata desclasado de nombre futbolista– debe llamarse árbitro, dirigente, ingeniero social, estadista geopolítico, administradores de las dosis exactas de catarsis programáticas inoculadas a las tribunas globales con estudiados fines ad hoc de pastoreo selectivo y control social. El maquiavélico truco imperial consiste, ciertamente, en introducir la trampa como eje regulador en una entidad que, como bien dice Mehdi, contra toda apariencia, se caracteriza por ser la menos pasible de trampa. He ahí el genio platónico del último Imperio, que, de manera parcial, es un orden sin centro, una pelota parmenídica, pero hasta ahí nomás, ojo. El progreso es, por sobre todas las cosas y casi exclusivamente, progreso de las formas de dominación, si no pa’ qué sirve. Y como es lo que reclama el 99,99 % del parque automotor de los 8.000 millones de espectadores, evitar la guerra con catarsis desde la hora 0 a la 24, el truco funciona de perlas al interior del sistema de esclavitud voluntaria informal que ha perfeccionado y expandido a sus rústicos, rupestres sistemas predecesores caídos en la obsolescencia. El esclavo moderno no sabe que lo que quiere y lo quiere ya, a riesgo de incendiar el mundo si no se le cumple con la promesa, es seguir viviendo, tanto como se pueda, como brutal esteta aristotélico cotidiano (perdón por las tes, pero me gusta), para zafar de una guerra no catarsizada. Aunque pueda agradecérsele al tipo el gesto de desenmascarar las convenciones pueriles del otrora marxismo de cotillón, el poder no está repartido como los peses y panes de Foucault, cuyo gnosticismo haría necesario el gobierno universal ontológico de un He-Man para contrarrestarlo (como bien observó Keki), y que la dominación acaezca a pedido del dominado –como lo prueba cualquier histérica, que son la primera minoría electoral y triunfalista– no quita que el domo y el domador existan. Al pretender demostrar, en Las Palabras y las Cosas, que He-Man era un fake y murió, Foucault se ofrece como su relevo pasivo para contrapesar y resistir a las fuerzas de Skeletor, y en ese nivel de análisis no vamos muy lejos y la CIA lo sabía.

     Dicen mis amigos que mi caso es la prueba fehaciente de que el hambre y la locura pueden ser merecidas y de que no todo fracaso será mañana desempolvado y recompensado con un 10 % a los herederos. Que soy excepcional por ser la que confirma la regla.

     Parra imaginaba un más allá con igualdad y fraternidad pero jamás con libertad (porque somos esclavos por natura); el ángel caído del Cielo de Badiou propone una política emancipatoria sin igualdad (apenas, acaso, con equidad). Parece que encuentra la salvación en el juego: no una sociedad sin clases; una dada al juego. También Nietzsche imaginó la transición del camello al león y de este al niño, pero sin intenciones universales y colectivas. Bastaría Freud nomás para explicar por qué esa regresión no puede ir muy lejos ni ser muy duradera. O Schopenhauer, el que avisó que si no es el sufrimiento, es el aburrimiento, y es este último afecto el que se impondría en una vida adulta consagrada al juego como sublimación del derramamiento de sangre del prójimo o el lejano. Los niños juegan porque, sin saberlo, son jugados por la especie –que diría dicho Arturo–, que los hace jugar para prepararlos para ser víctimas de sus violentos y vitales fines. Minimizar el no-juego, ese sería el minarquismo que promueve Mehdi como ideal ilustrado, pero lo hace en un mundo en el que las exiguas minorías quieren mandar a como dé lugar (a sangre y fuego para algunos y a entretenimiento político-cinematográfico-musical y deportes de masa para otros) y las amplísimas mayorías exigen ser mandadas o de lo contrario pondrán fuego a todo. El 99,999 % de la gente quiere, a nivel general y global, ser espectador, y comparte ese gusto con el 99,999 % de la fauna filosófica (que, salvo unos poquísimos lobos solitarios, tiene por hábitat los claustros académicos), que es básicamente aristotélica y también desea, aunque en otro plano, ser espectador de lo general y global –lo que se conoce pretenciosamente como “contemplación”. Mehdi, que cae en chiquilinadas de pelotudón izquierdista (no sea que no le den prensa), suspira por abolir al espectador y convertir a la humanidad en una comunidad de jugadores de póker (esa parodia y catarsis del capitalismo). Un paraíso terrestre más simpático, pero no menos pavote y chantún. Veremos cómo quedan las cosas cuando instalen planetariamente la renta básica universal para los que vayan sobreviviendo a las nuevas pestes planificadas. No creo que un PAMI para todo el mundo nos convierta precisamente en niños traviesos y creativos sino prematuramente en aquello en lo que hay que convertirse para cobrar de una caja jubilatoria. Veremos. ¿Serán el júbilo, la diversión, el juego los que triunfen o la enfermedad y el deterioro tempranos?

     Mehdi propone el póker como modelo de profesión para el nuevo proletariado ultramiserable de ociosos y desempleados. Como Deleuze o Sartre, es otro de estos francesitos fascinados por las mancias de la barbarie norteamericana; pero por lo menos este hace explícito su protestantismo filosófico. Yo no veo que la invasión a cuentagotas del evangelismo en estos pagos todavía ligeramente católicos pretenda provocar esa tendencia salvo en un sector privilegiado y restringido, distinguido usualmente como “clase media”. Sólo lo veo convirtiendo a los más pobres en aún más pobres, a los imbéciles en aún más imbéciles y a los miserables en aún más miserables. Será el cristal con que lo contemplo, qué sé yo.

     Sueña con una sociedad que sea como el País de los Juguetes de Pinocho [sic]. Dice: “sólo el juego tiene posibilidades de ser la catarsis exitosa de la política, es decir, el gran arte, el arte total y comunitario con el que todos soñamos, sin que ello conduzca al fascismo, ni de izquierda ni de derecha: un arte democratizado para siempre. Un mundo donde toda la humanidad no haga más que jugar, donde el juego y el trabajo se vuelvan indistinguibles, donde la emulación perpetua no sea sinónimo de crimen La humanidad sólo es plenamente humana cuando juega… Sólo el juego es plenamente la catarsis de la pleonéctica… El juego es simplemente una sumisión incondicionada a la fuerza de la regla, sólo que esta vez, feliz y consentida… El póker es emblemático de lo que debería ser una superación exitosa del capitalismo.

     ¿Jugarían los cínicos? No de otra forma, acaso, que en la forma en la que juegan los perros, que lo hacen entre ellos o con sus amos no de la manera en que los amos lo hacen con otros amos. De hecho, reducían toda la gravedad, la seriedad, la perentoriedad y la formalidad de la vida social que los rodeaba a juego de tabas o dados y a las pelotitas de colores de los pibes, chantándoles en la cara el libelo a los partícipes. Es sabido que sólo asistían a los Juegos Panhelénicos a fin de boicotearlos, burlarse, censurarlos, parodiarlos. Se puede definir precisamente al cinismo como aquella disposición permanentemente contraria a la regla, al nómos. Y el cinismo, como observó de una vez Juliano, es una fuerza universal y no un autoctonismo de la Hélade. Para instalar una sociedad de jugadores –algo acaso no muy distinto de la Alejandría de juerguistas que denunció Dion Crisóstomo bajo investidura cínica–, deberían ir pensando en acabar con nuestra filosofía, tarea algo ímproba o improbable si es que Juliano acertaba. Porque el cinismo –aunque Diógenes no lo quisiera así y sostuviera lo contrario– es menos una filosofía que una pasión, casi un automatismo, una inclinación tan excepcional en lo estadístico como inexorable en los hechos, y no se borrará con ninguna Utopía o República.

     Una sociedad donde los mejores son recompensados según su valía, pero donde incluso los peores, los más estúpidos y los más malvados, tienen derecho a ganar de vez en cuando; a existir, en su plena singularidad… Vamos perfilando la utopía light de Mehdi, una meritrocracia moderada e inclusiva.

     Siendo así, parece una utopía un poco más sensata, aunque suene a extravagante. Y aunque desconocemos cuáles serían sus condiciones factibles de implantación. Mehdi la considera, contra todo idealismo comunista, un realismo anarquista, incomparable con el matematicismo psicótico de los ajedrecistas sociales paranoicos como Badiou.

     Hay que describir las cosas como son y no como deberían ser, porque nunca son como deberían ser. Parece que este es su imperativo realista. Otro husserliano. Y para el cachetazo lacanista.

     Llama a su doctrina anarquista de la verdad “el diferendo ontológico”, que modifica sin superar a la aletheiología de Heidegger y a la doctrina de los indiscernibles de Badiou, y reza que toda verdad es conflictiva, expropiadora, sanguinaria, torturadora. El Mal precede al Bien y la violencia masculina, una violación arcaica e inmemorial, está en la base de toda sublimación amorosa, familia, ciudad y civilización. La ciencia se basa en la violencia y la expropiación. Las formas más avanzadas de la ciencia sólo son sublimaciones de las técnicas más arcaicas: la caza, la guerra, la agricultura, el dibujo, la violación. La aparición del universal en la tierra, sublimación de la astucia tecnomimética, es la fuente de todos los males horripilantes. El Bien es codicioso, omnipotente, perentorio, ultraapropiativo y pleonéctico por partida doble. La resurrección de los muertos prometida por Pablo se concreta en el Zombi como desecho de la Ciencia. La ciencia traumatiza la singularidad que los funcionarios metafísicos subliman. Su sistema de anarquía (singularización generalizada) describe lo que el concepto no puede subsumir. Nuestra época va a presenciar de todos modos el triunfo de la anarquía universal, de la ausencia de principios. Afirma.

     Cualquier programa anarcoide tiene demasiada prensa, demasiado prestigio, demasiada respetabilidad. ¿Y por qué será, che? Aunque no menos que cualquier programa izquierdista de otro tipo, lo cierto es que los tiene. No lo digo en pose canchera, manga de forros.

     Inspirado en Rousseau o Lutero, Mehdi no puede depararnos más que unas cuantas pavadas otras (autres), más sonseras transpirenaicas que debemos barajar por lo que son, según de donde llueven. Le damos vueltas por gusto, no por obligación, y eso nos aleja de la Academia; pero nuestras Vueltas de (no) Obligado no comportarán un mero atrincherarse para defender la Patria Chica, porque estamos preparando una Reconquista que habrá de romper culos indiscriminadamente, aunque con Onda. Será un susvinismo dado vuelta, efectivamente. Pero queremos a todos los rebelde-way de la primogénita de la Iglesia, como se quiere a un primo segundo que ha ganado un concurso y salió en televisión. No los respetamos; los queremos. Que a lo familiar, por más lejano, no se lo respeta: se lo quiere. Les perdonamos todas las que estos hijos de puta nos hicieron porque nadie tiene más derecho que un familiar a cagarte la vida, así sea un tío político.

     En cuanto al anarquismo… ¿quién no lo es? ¿No era Viñole anarquista agustiniano y Macedonio espenceriano ídem? ¿No lo es, más que cualquier pichi con cédula de identidad, el Capitalismo mismo, sea lo que esto fuere? Anarquistas somos todos, ¿o no lo dijo Mijaíl Pierre-Joseph Perón, acaso?

     ¿Queremos la comunidad anarquizada? ¿Pero la flagrante o su imaginada depuración futura?

     Las sociedades igualitarias sólo lograron igualar el horror, dice. El igualitarismo paródico de la sociedad presente, sigue, el nihilismo democrático, recompensa a los peores y castiga a los mejores según la fórmula de que lo más nulo es lo mejor y viceversa, un modelo no viable a largo plazo pero mejor que el de las sociedades de igualitarismo literalizado. Ideal estalinista: igualdad sin libertad; ideal capitalista: libertad sin igualdad. Prevaleció la segunda porque la libertad es esencial para el animal tecnomimético.

     El comunismo da por sentado que cuanto más cosas hay en común y son compartidas, más nos acercamos al Bien, dice: sólo es la palabra preferida para vender el ideal más dudoso de toda la tradición metafísica. La soledad es el estado normal de la mayoría de los mamíferos, pero el hombre es el animal que insensatamente se ubica en una futura comunidad global.

     Acá aparece la astucia secreta del filósofo, que no es otro que el que vuelve a la normalidad subrepticiamente. El mortal común se arroja a una vida social gregaria y agotadora, de sonrisa forzada, restricción supernumeraria que se hace pasar por normalidad; mientras que el metafísico, responsable a menudo de haber precipitado a sus congéneres a tal plebeyización voluntaria, se retira con astucia del juego para retornar a la armoniosa normalidad de la soledad. Engaña a los demás haciéndoles creer que su ideal ascético es árido y sufrido, cuando es el camino más seguro al quietismo y la inmaculada felicidad. Su castidad excepcional asimismo es una vuelta a la norma, al estado cuasi permanente del resto de los mamíferos, que sólo salen de él en breves períodos de celo… De ser así, vemos que el normie –incluso su versión aún más degradada, conocida hoy en el pago como el termo– pasaría a constituir el más auténtico “animal metafísico”, habida cuenta de que el sabio –o su relevo presente y tanto más decadente, el nerd (ora profe o falangista del CONICET)– demuestra ser el más zoológico de la tribu. Sin dudas, la vida retirada fue siempre un lujo, hoy al alcance de prácticamente nadie, salvo un puñado exiguo de ovejas obreras sumamente disciplinadas y sumisas que aportan en la caja jubilatoria de la UNR –en particular los destacados maracas que se dan el gusto del livin’ la vida loca en el exterior y entre beca y beca.

     Por la astucia tecnomimética el hombre convierte al coito y al celo, acontecimientos excepcionales, en cotidiana necesidad de tener sexo. El sabio pervierte la perversión cortocircuitando el impulso sexual, que al fin y al cabo no es más que una restricción autoimpuesta, y obtiene la beatitud, placer que desconocen los compulsivos sexuales y que no dista de un retorno al tipo regular de vida mamífera… El diagnóstico de Mehdi es acertado, si bien nos consta que entre la fauna universitaria prospera poco este ancestral modelo del sabio, siendo sustituido por un sibaritismo aguachento y desabrido que consiste en vivir de caravana entre ñoños, tragas y cerebritas, modus vivendi cuya única ventaja es haber reducido a la mínima expresión el inaguantable y abusivo contacto diario de jornada laboral de 14 h con el resto indocto de sus coetáneos. El sabelotodo institucional vigente y promedio no se escuda en su corporación para regresar arteramente a la madre naturaleza con el subterfugio de la apropiación de la alta cultura o del saber, para practicar un robinsonismo urbano de pipa y biblioteca casera, sino para emprender un gregarismo minoritario de selección. Practican una soledad de corrillo que los blinda en comunidad y nomás los aísla del ejército industrial de reserva o porción molar y no doctorizada del vulgo. Nadie más lejos del vivir quiero conmigo que esta troupe de irrefutables. Sólo hay comunismo de campus, y como cree el ladrón que todos son de su condición, proyectan su arraigado sesgo profesional con intenciones de universalizar su visión de túnel como si le hubieran visto la cara a Dios, cuando es nomás un ritual de expiación para privilegiados pseudoculposos. Una hipótesis según estadísticas.

     Con todo, Mehdi dice que el comunismo es nuestra condición originaria, aunque a la fecha alza la cabeza como comunión sarcástica.

     Gracias a su archifascismo, Heidegger supo sin pruritos lo que disimula la ignorancia izquierdista (que siempre se hace la boluda): que la esencia pleonéctica del humano es inextirpable. La desigualdad es ontológica: es un hecho que nada es igual a nada. Propone renunciar a la igualdad nihilista a cambio de equidad, justicia y abolición progresiva de la propiedad privada, haciendo catarsis de la desigualdad fundamental introducida por el animal tecnomimético en la tierra, por única salida.

     Ni el tirano marxista-leninista ni “la estrella izquierdista del campus, que toca los violines de la igualdad mientras se regodea continuamente en sus éxitos mundanos y redes de influencia, prevalece en dignidad sobre el obeso director ejecutivo o el emir saudí”. Badiou tocado. Mehdi prefiere encontrar figuras de santidad política en los actores, poetas y pícaros cuyo ideal político es el juego: “la catarsis de nuestro monstruoso régimen de apropiación-expropiación” (sus ejemplos al paso: Benjamin o Debord). Los pequeños tiranos de la metafísica envidian babeando a los tiranos políticos, chantajeado con el Bien, la verdad eterna y la igualdad, sórdido desvarío que el trabajo filosófico quizá erradique en uno o dos siglos si todavía estamos presentes en la Tierra.

     En fin, Mehdi es un muchacho que promete, y promete demasiado. Viciosamente filósofo en eso. Mi promesa quínica es que la filosofía como profesión (importa poco que seas un escritor y no un profe) tiene poco y nada que hacerle al mundo ni en materia de Bien ni en materia de reducción de daños (eufemismo de Bien), y quizá sí haga algo la misma como obra, como chasco pedagógico, pero nunca lo suficiente para erradicar a los platontitos ni a sus empleadores de Siracusa. Peter Thiel va a empeorar las cosas, pero es una anécdota que sea filósofo. Trump es otro millonario tarambana que no leyó ni el manual de García Morente ni el Derrida para Principiantes y no afecta menos que el otro ni para peor. La filosofía está tan vapuleada por la deformación profesional (y esto empeoró después de Kant, pero debe de venir de más lejos), que convendría más bien echar del proscenio o de las bambalinas a esta apuntadora tarta y proclive a los furcios e inmiscuirse como se pueda en la improbable Realidad. La filosofía sólo sirve a la filosofía y de refilón sacan provecho los tiranos, salvo que te hagas cínico y en ese caso no sirvas para nada, amén de como un parásito que lastra de arriba en los banquetes mientras les tira mala onda a los borrachos o alguna que otra pálida contra el orden del mundo o la penúltima ordenanza sancionada por el Concejo Municipal. Qué sé yo… se dan demasiada manija estos teoreutas de martingala filosófica. El Conocimiento es más importante que la Filosofía y la Prudencia más importante que el Conocimiento, aun cuando lo más importante sea la Onda, lo que está probado científicamente.

     Resulta que los nietitos milenialistas de la Escuela de la Sospecha se doctoraron en Conspirafobia ahora, bancaditos como siempre por la famiglia unita. Conservemos de Platón, el primero de los Escolarcas, sin dudas, apenas su gesto básico: la Conspiranoia fundamental. Al fin y al cabo, ni Nietzsche se liberó de esa orden, ya que era un fraile más de la orden de los filósofos. La tara del filósofo es esa y es la que le salva la vida, a riesgo de que los demás se la quiten o se la dejen hecha una piltrafa. Si querés dejar de ser un filósofo yuto, un trucho funcionario de la Caverna, dedicate simplemente a detectar todas las cosas que en los Medios y en la Academia (o demás instituciones intermedias, formales o informales) no se pueden decir ni pensar: barajalas, armá listas, masticalas y acumulalas en un baúl o decíselas en la cara a algún empleado del mes de la Izquierda o del Liberalismo realmente operantes, que a brocha gorda y vista de pájaro son lo mismísimo. Fijate dónde están el Tabú y el Tótem, que siempre están pero se escuenden, y ahí comenzará a abrirse una sutil rendija por la que se filtrará un hilo de Luz o acaso de Oscuridad, tipo la linterna de sombra aquella, que te permita remover momentáneamente el deslumbramiento en el que se domicilian y prosperan los intelectualoides y su ordinaria, abultada y muchas veces insospechada cartera de clientes. De lo contrario, seguí cultivando el aplauso de los giles, que para eso te pagan. Es simple, y sueno como un boludo al decirlo (es que lo soy). Tomalo como un hábito. Igual, quedate tranquilo que te vas a seguir engañando y te van a seguir embaucando. Pero no importa. Esto es un sacerdocio, una lucha, y le vas a tomar el gustito, incluso. Vas a ver. Y, si no, acá tenés una que te va a gustar más, forrazo.

     No hay imitación posible de nuestro Cristo, Sócrates, que no sea a pie de página de Platón. Fue Diógenes el que enseñó que el verdadero filósofo (él y no Tales o cuales) es el que se fija dónde pone los pies y no el que da el batacazo arrobándose de cara al cielo estrellado (que para eso están los nerds de la ciencia, gente de espaldas escuetas que sólo sirve de consultor óntico). Y mal que le pese al Perro, no podemos poner los pies más que en las páginas memorables del quía, pese a que confesara que no ponía en ellas lo que pensaba. Cuando Diógenes pisaba los tapices de su claustro con las pezuñas embadurnadas en lodo, no hacía otra cosa.

     La Onda es más importante, obvio; pero la Importancia no tiene importancia, Gilles.

     Por la Onda viajan los fotones de la coolturra, los figurettis, y uno preferiría interactuar como partícula de polvo. La Onda colapsó, boludos.

     Si miento, coño; esa es una ley, seguro. En realidad, sólo se es Filósofo en el momento particular en el que el Conocimiento Paranoico (como perfect awareness) pasa a ser más importante que la Onda; un acontecimiento, por lo demás, bastante económico: escaso y raro. La mala onda con los vecinos o congéneres no garantiza nada, ni basta con esto para llamarse Schopenhauer. Pero no deja de ser un aliciente, estimado alumno… Sabemos que Tales caía, ciertamente; pero no si caía bien. Caía como un boludo, incluso prediciendo eclipses, que en esa época la comunidad científica estaba muy desperdigada y no alcanzó a formar corporación ni pegaba becas para ir a estudiar a EE. UU. Es un hecho, consignado por Aristóteles, que se tuvo que hacer Millonario para empezar a caer bien. Ahí Quiroga lo empezó a invitar a El Efugio de la Cultura. Igual que a Fogwill, ese neblinoso voluntario.[1]

     Sí, prefiero escribir pelotudeces antes que arruinar la escritura suplementándola con Literaturra o andar vomitando con cadencia chorradas de conceptos obviobtusos. Qué va ‘cer. Yo acá; vos ahí.

     Está bien: el Filósofo es un chanta como cualquier otro. Después de todo, yo soy nomás el Personaje Niconceptual de un Autor que ha muerto de Ausencia de Obra. Métanle a la Onda, che me ne frega. La estufita de la Caverna es más calientita que el tiro balanceado de Descartes. No future, no hay Salida; pudransén, putos.

     Como filósofo de la generación X, Mehdi sostiene que x=x es la colosal aberración que legitima las 24 h desde Parménides la furibunda pleonexia del mono apalabrado. El himeneo de las matemáticas y la metafísica, lo mismo la lógica y la ontología, exacerban a la enésima potencia el saqueo y la violencia que irrumpieron al frotar los pedernales para exponencializar la avidez innata de la vida en bruto de la que da cuentas la biología, que con la incorporación de lo humano debería más bien denominarse viología. Como parte de una generación de paso, presionada por las circunstancias y por los mafiosos de la camada de Badiou para que no aporte nada de peso en el campo filosófico, Mehdi protesta y se planta: dice su palabra a todo riesgo de rotura autoinfligida (o eso parece). Se trata (aunque no habla de generación, a Dios gracias) de una generación que debe descubrirlo todo por cuenta propia, cosa de la que nada quiere saber la mayoría de esta prole adicta a pasar de largo asegurándose titulación y emolumento. Tener que encontrar lo interesante de una época sin interés ni interés en hacerlo implica doble esfuerzo, mas estímulo extra. El filósofo veinteañero de los 60, dice, lo tenía todo servido en bandeja como el tilingo malcriado que era: no había entonces tema que no fuera interesante –claro que lo de Julien Torma puede aplicar también acá y que tampoco lo interesante tenga interés (¿sería ello un síntoma de retrovanguardismo o de posmodernidad persistente y residual?).

     El animal metafísico convirtió a las imitaciones con las que se apropia de las cosas y que hace pasar como arquetipos, el lenguaje con el que acecha a las cosas, en las cosas mismas, y a los originales singulares subsumidos por el impulso tecnomimético en pálidas copias. Por esto mismo se tomó demasiado en serio desde hace mucho, cuando lo único digno de tomarse como tal es la parodia, que poco tiene que ver con el burlesco por obligación del último hombre, aunque sí con el autor, que, en efecto, pide ser tomado no en solfa. Sabido que esta es nuestra condición originaria, dice, ¿por qué no dedicarnos a vivir y a jugar de una vez por todas?

     Juguemos en el bosque mientras el lobo no está.

     Lobo ludo: ¿cómo pasar al lupus ludens?

     A los 25 años me ofrecieron ser Modelo y no quise. Por las mismas razones (relativas al rosquete) me resisto asimismo a ser Influencer. No soy modelo de nada ni influyo mayormente en nadie. Un poco en mí, tal vez. Menor pentatónica… Manejo otras escalas, mas prefiero el fluxus o la improvisación libre. Si al final toco para mí mismo, como Diógenes su zona pélvica.

     Siempre triunfa lo mediocre, asegura, y ni te cuento en los reinos del amor y la política, especializados en ese tipo de triunfalismo. Un consejo por experiencia propia: eviten a cualquiera que pretenda servir a estos dos reinos, cosa que no por nada los Evangelios prohibieron. Aunque parezca lo contrario, los políticos lo hacen todo por amor, y de ahí el desastre que vivimos. Vean a Badiou, si no. El único domino antropológico donde un creador es reconocido por su auténtico valor es el científico, cree Mehdi… ¿Será?

     A esos hace mucho que tampoco los veo, así que no sé a quién consultar.

     No sé por qué me guardan una antigua bronca pareja a la que me guardan desde mismas fechas mis ex amigos psicoanalistas. Pero los nerds son más llevaderos, más inofensivos en el día a día (aunque fatales para la Humanidad), así que si un día me los cruzo otra vez por calle San Juan, les voy a formular la pregunta. Andan siempre becados por el Mundo, por lo que la oportunidad será harto improbable.

     ¿Qué es esto de ser Un Filósofo Producido? Es que nadie es filósofo las 24 h, salvo Diógenes, el mayor de todos (por carga horaria, al menos). Hay que producirse para serlo, producirse de filósofo. Se lo ve en cualquier Facultad: el adecuado look, la pose estudiada, la pilcha a tono. Con las generaciones, varían las formas, no el fondo. El campo filosófico es el más sujeto a la moda y de la forma más rastrera. Cuenta con modas propias, que cuando salís del portón del aposento, vuélvense ipso facto obsoletas o asaz desubicadas. Por eso estos, si pudieran, dormirían ahí adentro. Como la puta de Baudelaire, meterían al Universo entero en su callejuela. Y eso es lo que hacen los muy turros, y de ahí esta garcha.

     Mehdi, que es tanto más optimista e indulgente cuanto más afamado y aplaudido que este servidor, razona que como los medios sólo acogen la falsificación, los grandes creadores de este gremio se revuelcan en el gueto académico, y los que quedan fuera del salvavidas profesional mueren prematuramente, locos e incógnitos hasta que la posteridad los redime… Ja, ja… La Historia no salva a nadie, vamos… es tan engañosa como el Presente. Quien lucra con esta pobre gente es un nuevo Presente que ha menester de estos mendigos extinguidos para acaparar la atención del renovado público y hacer sus negocitos fabricando novedades con estos readymades de baúl pessoano que si no los hallan por un casual, se los fabrican a medida, y todo mientras perseveran en la misma lógica que sus colegas de la generación precedente a la que quieren codear fuera para ocupar sus bóvidos cargos vacantes, o sea borrando a los miserables locos incógnitos en plena vigencia congénere. Mucha fe en la infalibilidad justiciera de la Historia, una mina tan descocada como su archienemiga la Actualidad, la Madre del Espectáculo y la del Borrego. La Historia es un periodismo anticuario regido por mismas reglas que el presentista, aunque de estilismo más pausado. Pone de moda cosas viejas, pero eso no prueba nada ni es suficiente prueba de control de calidad sino nuevas y renovadísimas pruebas de humo (smoke testing). Si los mejores pasan de largo del presente y son recompensados por la posteridad (esa imprenta de pósteres con patinado por laqueado), aplicando la misma lógica habrá que confirmar que los más mejores, los todavía mejores, los excelentes, pasan de largo del presente y del futuro y revientan lo mismo en el primero que en el consecutivo. Profetizándome para mí mismo un destino idéntico, quisiera ser la excepción que confirma la regla; que la confirma no porque vaya a saltar a la fama en tiempo record o venidero sino porque pasaré, en efecto, tan desapercibido en el porvenir como ahora, empero con la debida justicia histórica.

     De la Facultad no rescato a los ayos que me ponían 10 sino a los que me bocharon (no conozco otro que haya sido tan genial ahí como para reprobar una materia, y eso que tuve de compañeros barrabravas de Central que habían truchado el diploma de la Primaria y otros que se presentaban a las mesas examinatorias como el Cid a su postrera batalla). Y rescato a ese personal docente (hembras o facsímiles, siempre) porque son los que me hicieron ver la realidad; no la mía sino la de ellos y su casa matriz.

     Quiero llegar a tal grado de libertad [sic] que pueda soltar cualquier gansada estrafalaria a la vez que las verdades que estos putos no pueden ni oír. Ellos sólo escucharán lo primero, incluso sin llegar tampoco a entenderlo, ni a entender que no hay nada que entender. Que no quede ni el más mínimo respeto que alguno de estos todavía pretende concederme, como confesor que concede el perdón. No voy a rezar sus tres Ave Marías así no sea un rosario sino la UNC. El Pensamiento Oficial está en penitencia; mi impensamiento-mucho, no.

     Para ponerse a (im)pensar, hay que ponerse del lado de los más repugnantes, porque del otro lado ya está todo empaquetado y listo para usar (el pensamiento prêt-à-porter de la izquierdización obligatoria, o el ready-to-wear idénticamente por viceversa).

     Espero que no me lea nadie; y si no, mejor (bajo la lógica de cuanto mejor, peor). Este es mi trotskismo impolítico, que yo también siento pánico de sólo imaginarme ganar una elección –y en mi caso, de sólo ganarme un señero elector. Soy peor que la Bregman, y eso que no tengo a un Soros de espaldero y segurata.

     Un manifiesto por la intrascendencia debe ser intrascendente y en eso estamos. Lograré mi cometido, denlo por seguro.

     Jamás en mi vida jugué al ajedrez ni al póker, ni tengo la menor idea de qué tratan. No estando todavía ni en la primaria, participaba de reuniones familiares numerosas en las que se jugaba al culo sucio y siempre perdía. De ahí el trauma. Los reemplacé por los deportes de riesgo tendientes al suicidio, particularmente la lucha callejera del tipo solo contra todos (de ahí el nombre del blog que me arrojó a la infamia), juego que sí aconsejo a los que quieran ser filósofos de en serio y no de encierro curricular. ¿Qué ventaja tiene este pasatiempo que me consiguió la única respetabilidad que obtuve en vida? Que es el único en el que sabés que nunca vas a perder aunque perdás la vida en ello, porque el solo hecho de pararse de manos uno solo ante 8 tipos es ya ganar, independientemente de cuántas piezas dentarias vayas a perder en el intento o pantalones nuevos acaben rajados por una cuchillada o porrón partido usufructuado de arma contusa. Un filósofo debe ser un tipo peligroso, como dijo ese otro heavy rejodido alias Nietzsche. En ese sentido sigo el patrón de la Universidad Sin Techo de mi gurú Omar Viñole, quien, no obstante, se presentaba en sociedad como “un elefante de trapo” luego de haberle bajado los dientes a un coro entero de entusiastas. Yo sigo jugando a los muñequitos y por eso escribo, otro juego con seguro contra todo riesgo salvo la muerte y la locura, en el que todo marcha bien mientras no lleguen los lectores, y de ahí que escriba también sólo contra todos, bajo esa única condición explicitada en la tilde que ostenta dicho adverbio. Me acusará un Bolaño (el chileno, no el bueno) de intenciones de trasplantar la pesada del campo literario al filosófico, pero lo mío es puro espíritu de ligereza, pues el púgil es bailarín o acaba en nada. Dejémosle al ludópata de Mehdi el esprit de sérieux con el que pretende ser tratado. Yo me hago respetar por otros miedos.

     Cambiaría el Sistema por una Autobiografía; pero, la verdad, carezco de ambos. O, cuantimenos, de sendos desconfío. La segunda no trampea menos que el primero (lo sabe todo el mundo), y a Mehdi le gustan ambas defraudaciones al fisco. Hay que defraudar al fiasco, no al físico. Porque nadie sabe lo que puede un físico, amén de destruir Hiroshima y Nagasaki. Mirá cuánto pueden, Benedicto. Yo pude hasta contra 8, y no tengo mucho más que contar. Lo demás es mucho menos relevante, de lo que dan fe mis Obras Completas (antes de comprarme como esclavo, consúltelas). Tampoco yo pongo en ellas lo que pienso.

     Como en las matemáticas, en el ajedrez la verdad se eterniza y el azar queda abolido, lo que no pasa en el póker, donde la verdad no se construye constantemente, porque cada nueva mano revela algo nuevo de los jugadores. Con este dualismo entre manos, Mehdi se arriesga a aplicarlo a la dupla fundacional: Platón, como sedimentador de Sócrates, es el ajedrecista; en tanto que el príncipe de los ironistas y filósofos sería el primer jugador de póker. Platón transcribe el método del otro de acuerdo a una estrategia congelada y planificada, una burocratización clasificatoria que convierte a la filosofía en capitalización del conocimiento adquirido, abandonando el aventurerismo. No es Aristóteles, chivo expiatorio de Badiou, el escolástico prínceps; sí su otrora padrino. Para Mehdi, el cliché está en lo cierto: el póker es la mejor escuela de vida, pues allí se aprende a perder, accidente que tolera mal el ancestral triunfalismo metafísico. La protociudadanía de la “comunidad del póker” –nombre estatuido en ese mismo campo– conjuga virtuosamente la comunidad como obra y el derecho a la individuación del désœuvrement. Y, curiosamente, nadie habla de “comunidad” en guetos como el del cine, las artes plásticas, el teatro o la filosofía, compuesto el último por multitud de serpientes venenosas, de acuerdo a Mehdi. Y en cuanto a la “comunidad literaria” (Blanchot), nomás designa a una exigua minoría dentro de la sociedad de las letras y ya sabemos cómo terminan, y más bien a corto plazo (a esto lo agrego yo). Nuestro autor repara en que no se habla de comunidad del fútbol ni del ajedrez y, sin embargo hay, como en el póker, “comunidad científica”. No sé qué conclusiones saca de esto. Yo ninguna.

     Como el póker es una profesión por derecho propio y el trabajo es más divertido que el juego (según una frase de John Cale que hace suya), será entonces la única profesión redentora para el proletariado global presente, el de los desempleados. La utopía de Mehdi es un mundo en el cual el juego y el trabajo devendrán indistinguibles, y la emulación perpetua dejará de ser un crimen. El juego, sumisión incondicionada pero feliz y consentida a la fuerza de la regla.

     Lo que le faltó a Aristóteles fue vincular catharsis y techne. La última es la parodia transgresora de la physis. Todo acontecimiento es de estructura paródica. La matemática es parodia del ser; la lógica, de la apariencia. La mímesis es el acontecimiento que pervierte todo y todo acontecimiento es una catarsis de identidad que produce una singularización monstruosa. La Ciencia es el acontecimiento de la apropiación de las Leyes, del que deriva un alud de leyes, a cual más arbitraria, superpuestas a las de la naturaleza. En la apariencia –cuyo trascendental es la lógica– hay identidades diferenciales, no diferencias e identidades absolutas. Las matemáticas, siguiendo a Poe, ciencia y lógica de la cantidad y la forma, no producen axiomas de verdad general sino de relación, ya que suelen ser groseramente falsos en moral. El signo de la igualdad es la raíz de la ilusión trascendental matemática.

     Sí, al final medio que estamos resumiendo el libro. Pero disimulémoslo… No hay resumen de nada: hay provecho: apropiación-expropiación –sin más vueltas.

     Desde luego, Mehdi es un cínico por derivación, por derivación de Jean-Jacques, el Diógenes con peluca que nos quería hacer volver a caminar en cuatro patas, Voltaire dixit –ese Menipo granburgués. Su antropologismo, consecuentemente, es filo y misantrópico en una misma tirada. Tampoco el veterocinismo más avispado pretendía el retorno triunfal a la edad de piedra o a la de antes. Rechazaban los juegos de los normies por serios y los no-juegos de los mismos por no-serios, ya que para no caer en los pozos hay que ubicarlos arriba, dando vuelta la torta. Estos se ponían sus propias reglas, y si no se les ocurría una propia, tenían la Regla de Oro de Diógenes por modelo –aunque nunca se sabía cuál era… Pero el cínico, principal actor de reparto en el intrascendente arco de la vida cotidiana, dédicabase a perturbar a los hombres uno por uno o siempre a un puñadito ad hoc, mientras que Mehdi codifica toda una cosmología antropológica desplegada en un glíglico filosofador que modula al infinito. Ama a los hombres y odia lo humano. El viejo perro también, pero sin tanta alharaca sofisticada y rebusquismo porfiado. No lo culpo, porque quiere hacer lo de siempre: algo nuevo. Yo tengo tantas teorías, que no las puedo contar (y una novia muy hermosa que se llama Ilibertad).

     El cinismo abrió de entrada, en el mismo s. IV a. C. (o I d. S.) un espacio al margen del Pensador Privado y del Funcionario Metafísico: un espacio público de marginalidad pura, que al fin y al cabo no era otro que el de la filosofía misma hoy archivada como archifilosofía. Los archivados por el Presente mismo nos colocamos ahí mismito, para que no nos encuentre nunca el Archivo de la Historia, ni siquiera el General de la Nación (a la que no le doy 20 años de sobrevivencia del 26 para adelante –ni siquiera de descarada sobrevida formalista, que es la que siempre tuvo desde el 16 del antepasado y susviniano saeculum).

     ¿Cuál será el resultado buscado de esta combinación vomitiva entre reseñismo rincón del vago y autobiografía inverosímil a puchitos? El que uno y otra se anulen mutuamente como si se tratara de un pareja cualquiera. Es corolario de mi novela familiar disfuncional.

     Dijimos que el veterocinismo (suena lindo, ¿no?) presentó una parodia del juego griego: cada vez que asistía a los Juegos, Diógenes creaba en las inmediaciones unos juegos paralelos, los primeros Juegos Paralímpicos, destinados a los discapacitados por el sistema, los Juegos Cínicos. El viejo se hacía coronar como vencedor en Virtud, y cosas así. Se apropió de los fundamentos del atletismo para “transvalorarlo” en ascetismo, para socratizarlos, a la vez que atletizar el ascetismo socrático, que ya de por sí tenía ciertos visos atléticos nada desestimables –destacados por Platón y, sobre todo, por el General (stricto sensu) Jenofonte. De arranque nomás el cinismo ya parodió el juego griego (el sport helénico), que, a fiar de Mehdi, era el solapado Gran Arte de dicha constelación de comunidades. A la vez, redujo al conjunto de prácticas y valores de la cultura y civilización griegas a entretenimiento infantil (tabas, pelotitas Pulpito). No es que la gravedad del cinismo –lo más grave y lo más impresentable y dicharachero de la Antigüedad a la vez– condenara per se el juego, ya que, de hecho, el cinismo era eso: un permanente juego paralelo en el seno de la sociedad antigua. En realidad, la República de Diógenes, parodia de la de Platón, no debe de haber sido muy distinta de la República pinochista (antipinochetista) que bosqueja Mehdi, que no cesa de ser, como el propio Can, un utopista ácrata-paródico, el grueso de cuya labor se concentra en parodiar el utopismo comunista pulimentado por el Sr. Badiou, su propio Platón y el oficial de nuestra era. Si la República Canina surtió algún efecto, ha de haber sido porque se tomaban ni más ni menos en serio, al pie de la letra –él, su público, su cohorte, su clientela general potencial– a la República original, la platoniana, cosa que es probable que el mismo Platón (es lo que amagaron revelar Lacan y Badiou) no haya hecho nunca, habida cuenta de que imaginarse que un cerebrito como ese llegara por puerto seguro a semejante sarta de soluciones definitivas y comprobadas científicamente, parecería subestimar a quien su época y las subsiguientes no dudaron en tomar por un genio del intelecto (si no el uno, el dos). ¿Fue ingenuo, bruto, Diógenes al pretender burlarse de lo que por sí mismo era ya una burla, acaso un juego, un juego especulativo, un experimento mental tendiente a probar, acaso, lo contrario de lo que mostraba cual solución viable y definitiva?

     No creo que Platón se tomara no sé cuántas décadas para facturar semejante monumento, semejante ladrillo, al solo efecto de desarrollar una minuciosa aporía. Sería mucho pedir. Peeero… si algo no era este improvisador permanente, es ese algo llamado dogmático, dogmático puro y duro y sin dobleces… viniendo de donde venía, del aporólogo despampanante aquel, y viendo en qué acabó más bien pronto la Academia al tomar las riendas Arcesilao, quien, con su vuelta a Sócrates, extremó el socratismo a la vez que lo burocratizó regulándolo como un escepticismo institucionalizado y puramente metodológico. El experimentalismo platónico quizá querría someter a pruebas varias un Modelo, realizable nomás sobre las nubes de Úbeda, útil para medir los desastrosos experimentos políticos fácticos y contingentes, con el cual esta gente, que habitaba aún la infancia de la filosofía, juguete nuevo que ellos mismos construían y deconstruían entretenidos, se imaginaba, algo piadosamente, que podían llegar a corregir las trazas concretas de los ordenamientos sociales que les iban tocando en suerte… Un suponer… ¿Es posible tomar en serio esta broma pesada llamada Platón? Eso es tan peligroso como nomás tomarse el joda aquella otra broma pesada (aunque siempre ligera a la vista) que conocemos como Diógenes o cinismo… En cuanto a Mehdi, si bien tiene regustos de tipo epicúreo (lo que lo convierte en un Onfray de tirajes minoritarios), hay que consignar que sin embargo continúa la línea del teoricismo utopista anarco de los estoicos, esos que le daban suelta rienda al conceptualismo constructivista a partir de un chiste perruno (¿el chiste de un chiste?).[2]

     Dijimos también que el cinismo consistía en cargar contra todas las reglas (νομοί), contra todas las establecidas por la fuerza de la fuerza o del consenso elitista. Reglas de Estado, civiles, o usanzas, modas, costumbres, tradición. Epicteto porfiaba en que en la Comunidad de los Sabios –el Cielo Cínico de los estoicos– el cinismo en dicho sentido, el cinismo realmente existente en la tierra o en la ex Hélade concreta, desaparecería ipso facto, y el Perro se disolvería en uno más del montón, en un Sabio-Ciudadano-Cualquiera… También mucho pedir… Y lo decía por el espanto que le daba advertir (pero no lo decía) que el Cinismo es tan desarraigable así en la tierra como en los cielos, vale decir una voluntad de joder (de jugar en ese sentido) que hallaría a su víctima donde fuere que estuvieren él y ella, porque seguiría encontrado la imperfección hasta en el marxiano Reino de la Libertad, ya que la perfección (la Virtud) no es más que una idea reguladora que sólo puede intentar poner en práctica un Diógenes (con las consecuencias por todos conocidas) y jamás de los jamases una ingente masa humana. Ya un solo Diógenes es harto improbable, así que imaginamos el hartazgo de improbabilidad de un Todo de Diógenes.

     Por más que Platón no se creyera a pie juntillas sus propios versos (hipótesis de optimismo), era un espíritu ajedrecístico, de ahí su empeño en contaminar a Sócrates con Pitágoras y andar siempre rodeado de matemáticos pura cepa tipo Eudoxo, o hacerse pagar fianzas por el tano Arquitas Tarantino. Por más capo que fuera, poeta autodesterrado de la poesía y prosista de brillo, era afectado por dicho tic paranoide. El que porfió en la escuela del póker filosófico fue Diógenes (aunque tenía lo suyo de fanático principista, según su versión más acérrima), como que era el filósofo de la suerte y las circunstancias, el sempiterno casuista a la intemperie. Quisiéramos cortarla acá… porque ya la autopedagogización me tiene los huevos inflados.

     Suponiendo que definiéramos al cínico como aquel que va a ir siempre contra las reglas, contra un νόμος de cualquier especie, así sean las reglas del pase inglés o de la canasta, tendríamos que en el reino del homo ludens perseverarían, acaso no con manto y báculo, los aguafiestas, trampeadores, protestones o abolicionistas del juego, reformistas o gente empeñada en inventarse reglas propias o un juego de la vida sin reglas. En la Jauja de Mehdi habría todavía cínicos, pero de lo más inofensivos acaso. Un cinismo despolitizado, medio en la onda del actual, alias Zynismus. Pero a la larga, estos neocínicos armarían tal bolonqui que lo más probable es que volviéramos al estado-mundo anterior, por efectos del conspiracionismo nocivo de esta gente esencialmente inconformista. En ese sentido el cinismo es un viñolismo: un disconformismo filosófico, uno irredento y a priori

     Qué sé yo. No sé qué quiero probar. Obviamente, nada. Estoy tratando de retener a un Lector mórbido que insiste en leer nomás porque no puede creer que alguien siga escribiendo esto. Y no es un mal propósito, ni el suyo ni el mío.

     No ha de ser fácil diseñar una meritocracia con suerte. En el reino platónico de la meritocracia ajedrecística moriríamos de aburrimiento de ver siempre ganar al más inteligente. Y ya sabemos que hoy gana Deep Blue por sobre cualquier Kasparov. No se puede erradicar el afán de injusticia, que casi todos llevamos dentro, sin pagar el precio de una muerte en vida. Ese sí que sería el reino puro de la preparación para la muerte. Ni siquiera habría que irse preparando porque ya la tendríamos aquí a jornada completa. Quién sabe si no sería peor que el reino actual de todos los días, el del triunfalismo de los paupérrimos y mediopelos. Y el platonismo de la IA se acerca. Va a jugar con nosotros saliendo siempre invicta, como un Sol romano. En esto Mehdi es aristotélico: busca un punto medio entre el Mal del populismo capitalista y el Mal del comunismo platónico, entre la caquistocracia y la aristocracia igualitarista. La comunidad ultramatematizada, que partiría siempre del empate ontológico, que iniciaría toda partida desde el 0 a 0 ecualizador, se cansaría de ver todos los días el mismo espectáculo de un sol que nace por el este y se pone por el oeste y de un mejor ganándole a un peor. El comunismo libertario-tíquico de Mehdi no aboliría la opción de premiar de vez en cuando a algún afortunado casual y no sólo a aquel que goza (padece) de la fortuna de haber nacido o haberse hecho mejor.

     En el reino actual, el inclusivismo sólo pretende movilidad social o asistencialismo, integrar o mantener a los pobres (pobres de economía o pobres de algo: de falo, por ejemplo) dentro del sistema o en sus orillas. Al reino actual no le importa si ese excluido es Einstein, Messi o Arquímedes, sino su condición social. Pero el inclusivismo de reino utópico deberá tener que lidiar con una desigualdad más ontológica y menos óntica, con la que va a subsistir a como dé lugar y no con esta desigualdad artificiosa e inflacionada con anabólicos. El modelo evangélico de Marx (Crítica del Programa de Gotha) buscaba una igualación compensatoria dentro de la desigualdad subsistente del comunismo (desigualdad entre capacidades y necesidades), pero el modelo ludista de Mehdi no hace pie en este justicialismo ajedrecístico o, al menos, presenta una solución agregada para sus ratos extra… Qué sé yo. No sé dónde estoy.

 



[1] Lo cito porque este decía que primero hay que hacerse Millonario y después recién Filósofo. La moraleja antigua (la contó el Estagirita) aseguraba que el Filósofo puede hacerse Millonario cuando quiera (y Tales lo puso en práctica para probarlo); pero que le importa un bledo y prefiere seguir Filósofo.

[2] Sobre Onfray: “un filósofo terriblemente mediocre, pero que goza en Francia de un éxito público digno de una estrella de rock. Este autor, respaldado por un «nietzscheanismo» y un «epicureísmo» de pacotilla, practica en realidad una especie de demagogia resentida al enfrentarse a oponentes siempre más fuertes que él en nombre de vagos valores libertarios-democráticos y «hedonistas»”.


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