De la ironía sistemática a la parodia enseriada o para acabar de una vez por todas con el juicio autocrítico obligatorio


(Mehdi Belhaj Kacem, Transgression and the Inexistent: A Philosophical Vocabulary. Clase introductoria.)

 

La megalomanía de Mehdi es nomás un truco retórico y bastante bueno. Tiene una extemporaneidad que lo coronará de éxito –en algún momento remoto o próximo. Traduzcanló, putos. Este double bind, la superabundancia obsesiva de conceptos y la insistencia de la marca subjetiva biográfica, no deja de ser un hallazgo que hace hoy de rareza.

     No vamos a resumir sus libros porque se pueden bajar de Z-library y traducir con Google. Se acabaron los privilegiados de la patria importadora. Pero algo vamos a hacer con ellos. Veremos.

     Seguiremos con nuestra lógica de sacar comillas salvo cuando se nos cante y glosar a impunidad. Ya imagino a los obtusos cancerberos del orden literario acusándonos de plagio. Uf… decí que no se toman en serio su discurso (creo). ¿No es plagio (y encima a sueldo) lo que realizan todos los días los pedagogos áulicos de nuestras sacrosantas instituciones? Lo nuestro es por Amor, al texto, a su servidor, a uno mismo, al público ausente… un desinteresado servicio a una desinteresada Humanidad inservible. Ni prestigio aspiramos ganar con esto, esa lástima.

     Esto sí que está bueno. En vez de perder tiempo con pelotudos de la zona, me consagro a tipos brillantes como Kacem y Parra. Y yo les saco brillo (no sé en qué sentido: en ambos). Más leo, menos leo; pero este cuanto mejor, peor, contará con su uso sabio. Esperemos.

     Ha llegado la hora de retirarse de la Historia, y sólo regreso acá, momentáneamente, a cambiar figuritas con la misma, como dos pibes. No cesaré de escribir hasta que no tenga manos ni cabeza, veo. Y el Tiempo corre cada vez más de prisa, mientras ni me inmuto. El ACV interrumpirá mi abecedario, pero no debo darme prisa, porque la prisa ya está dada, como dije. Desaparecer ya desaparecí, y eso me da espacio para ser momentáneamente eterno. Acaso una ventaja; resignación levemente alegre, y no esperanza.

     Se han empeñado en que no sea el más famoso de la cuadra. Pero en esa jurisdicción sé que fui y seguiré siendo el más genial. Y con esa garantía, paso a otra cosa.

     Pretendían que perdiera el tiempo candidateándome a narrador o poeta profesional, cuando la paso bomba con los autorreportajes. La literatura arruina la escritura. Cualquiera escribe mejor que un escritor y los reportajes al uso sólo se asignan a los campeones –futbolistas, premios Clarín, influencers, físicos ceceosos, pendejitas en bolas que cantan con autotune y los mismos periodistas–, por lo que urge el reportaje excepcional, autoasignado a las glorias del anonimato de relieve, a los seres oscuros que brillan por su ausencia, al genio nomás para sí mismo, ya que la nada misma no da entrevistas ni yo tampoco salvo a mí mismo. Y lo más raro del caso es que hago de reportero del personaje para mí mismo, mientras leo libros de otros y los reseño con desatención fluctuante. Este puede ser un nuevo género recontramenor. Quizá descuelle en él y me libre de la tortícolis.

     Enfervorizado por la Crítica, Mehdi odia a los metafísicos. Tiene este hombre de paja, como Lacan tenía al “filósofo”. Deleuze-Foucault no le temían a la palabra; pero el amorodio de Mehdi por Badiou (Platón) y el catolicismo, lo devuelve a este asunto viejo.

     No se anda con chiquitas nuestro filósofo: asegura que su obra monumental (El Espíritu del Nihilismo) viene a derrocar todos los prejuicios comunes de la filosofía. A partir del mismo la metafísica vuelve a ser una mala palabra, pasado el ratito, y así todo el léxico tradicional del repertorio filosófico, que Badiou contrabandeó en los 90 en un empaque de bultos con etiquetado fraudulento. Nuestro inspector aduanero antiplatónico, peritaje mediante, desenmascara cada lote engañoso del malogrado desembarco. Y pensar que hace un siglo nuestro Fernández, de sólo querer fundar una localmente con todo empeño, no hizo más que imposibilitar cualquier metafísica para siempre. Es el amor lo que mata, y máxime en climas húmedos (de Hume). Hay que preservar lo que la metafísica considera irrecuperable, dice Mehdi.

     A la biblioteca obligatoria y obvia del pensamiento francés y europeo retrocontemporáneos, Mehdi le agrega un par de personalidades laterales poco y nada conocidas en estos pagos (Schürmann, Lacoue-Labarthe…); pero nosotros debemos confesar que sentimos un poco de hartazgo de volver a oír a esos nombres de siempre a los que el nuevo siglo nacido en 2020 les produce irreparables y alarmantes filtraciones por todas sus cañerías.

     Hay muchísimo más “pensamiento” hoy en la hispanoesfera reaccionario-revolucionaria de YouTube que en cualquier antro paraacadémico izquierdista posmoafrancesado o cualquier otro hipogeo o albergue transitorio de momias idiótico-utilitarias engordadas a subsidios locales o transnacionales. No estoy en tu bando, lector; no lo quiero estar. Y vete a cagar.

     Mehdi hace propios los conceptos de Reiner Schürmann y de Deleuze sobre la filosofía. El del primero es que la filosofía es el único género literario que no debe sorprender, porque debe aclarar un conocimiento que todos poseen. El del otro es conocido: la medida del talento filosófico reside en el número de conceptos creados. Por eso no soy filósofo, salvo filósofo cínico, que podría ser tanto un oxímoron como un pleonasmo y es las dos cosas simultáneamente, como diría Corona. Yo me sorprendo hasta a mí mismo y boicoteo mis conceptos. En cuanto a lo de Schürmann, eso ya se conoce desde que esto empezó con Jekyll and Hyde (Platón-Sócrates), con el asunto ese del esclavo de Menón. ¿Pero el filósofo debe enrarecer lo obvio, desfamiliarizarlo o, por la inversa, reestablecer un marco de obviedad que todo el mundo pasa de largo?

     A estos amarrocadores y capitalistas del concepto hay que dejarlos que hablen, que hablan solos con un orfeón de aduladores. No molestan, igual. Les damos uso y les sacamos punta. Y mano.

     Los cínicos filosofaban en situación de calle y Kacem tiene el tupé de quejarse. Hay que ser francés…

     Si querés filosofar sin Teoría, ya sabés: esperalo a Milei un añito más y te sumás al ingente consorcio indie de los que están del lado de afuera de casa sin estar en casa. Llevate el colchón Canon vencido y un bolsito Adidas trucho.

     Denuncia de una época de ironía sistemática y sarcasmo como segunda naturaleza. Veamos esto en Mehdi, que lo enuncia como tal.

     La ironía, que era un privilegio aristocrático de los filósofos, se democratizó como el nihilismo y ahora el imperativo categórico es que está prohibido tomarse nada en serio. Esto dice Mehdi, pasado el tiempo de Aira. Así son los filósofos, esos comediantes que nos quieren dejar sin trabajo a los humoristas y suponen que humoristas somos todos y lo hacemos por obligación. La pose-Rousseau de Mehdi se vuelve demasiado impostada a veces. Los humoristas también somos trágicos, pero sobre todo somos los más serios de todos. Más raro que un filósofo que no escribe es un humorista que no lo hace, y eso era Sócrates, como observó Hadot. La filosofía no comienza con él sino con los que se lo tomaron en serio y le quisieron escribir los libretos cuando ya era tarde.

     Por cada concepto obvio, el filósofo conceptómano deberá acumular otro descabezado. Si quiere tener obra, tendrá que abundar en lo incontestable y el bolaceo más arbitrario. Ahí su dialéctica.

     Mehdi rechaza el imperativo categórico de la autocrítica sistemática, que según él está en plena vigencia y acaba en una risa falsa e implacable. ¿Cuál sería ese imperativo: el mandato de pensar contra uno mismo disparado antaño por Madame Foucault? Baudrillard, ese platónico inconsciente, dice, tenía razón cuando en los 90 causó revuelo diciendo que la nueva función del arte era la conspiración y el tráfico de influencias y que el mensaje de los artistas contemporáneos era ¡soy nulo! ¡soy nulo! El sujeto contemporáneo de la ironía, dice, no cree realmente ser tan nulo como dice ser, y se las sabe todas al no tomar nada en serio, con lo que incrementa su estatus y socializa.

     ¿Debemos sentirnos interpelados nosotros que somos una cruza de vanguardista atrasado e inofensivo y retrógrado partisano de provincia? Es, dice, la era de la parodia obligatoria y el chantaje con la nulidad y la mediocridad; la era de lo patético-paródico. ¿Pero debemos rendirnos a este nuevo amo adolescente (pendeviejo, decía Portal) y obedecerlo enalteciéndolo?

     Contrarresta dicho estado de cosas con un afán autopublicitario en pose tormentosa y paranoide que hace que su reguero incontenible de conceptos no sólo sea una novela sino que lo parezca, incluso una novela psicológica, de esas de antes. Una especie de deleuzismo egotista, imagínelo así.

     Nosotros mercantilizamos nuestra insignificancia por dos pesos. Y ahora ya la enajenamos sin cargo. No tenemos de artista contemporáneo más que el saber cruzar las piernas.

     Nosotros sólo podemos desconfiar de cualquier estrellita del mercado cultural o intelectual, aunque debemos apoyar a cualquiera de ellos que haya roto el cordón umbilical luego del Siniestro Máximo del 2020.

     El sujeto irónico finge fingir –como el poeta doloroso de Pessoa. Tiene algo, dice, de la política del resentimiento del último hombre de Nietzsche. El sujeto contemporáneo de la autocrítica obligatoria y el artista contemporáneo nihilista –chantajista de la insignificancia– pretende ser lo que es: nulo, mediocre, patético; y lo es pese a pretenderlo.

     Desde los años 80, revela, todo se convirtió en simulacro: simulacro de radicalidad, parodia de transgresión, ktl. Dos conceptos, o equivalencias: nihilismo democrático = posmodernismo; kantismo = platonismo introvertido-protestante. Acusa a la célula Tiqqun y su “metafísica crítica” de platonismo degradado que postula que toda subjetividad es falsa y exangüe; de practicar violencia metafísica, pese a todo.

     ¿Pero soy un genio o un simple genio de la mediocritas y la incompetencia? ¿Uno disfrazado del otro? ¿Pero cuál de cuál?

     No hay fin de la experiencia directa (que llore Piglia): la experiencia es, la singularidad es. El original con el que sueña la filosofía, el llamado arquetipo, en realidad es la imitación eidética y vacía, instrumental y apropiativa del ser singular (dice).

     No me consta ser más insignificante aún que Victor Hugo, Goethe o Aristóteles. Un superdotado para la incompetencia, no deja de ser un superdotado. Compito conmigo, en lucha desigual y con pito. Soy David, soy Goliat, pacto el empate.

     Lo único que merece ser tomado en serio es lo único que nunca fue tomado en serio, la parodia. Dice Mehdi (o sostiene Pereira).

     ¿Deberíamos vender nuestras deposiciones escriturales como artículos de primera necesidad probada y autenticada para el consorcio de los hombres, como hace dramatúrgicamente este hombre? Habida cuenta de que se nos va a acusar de fanfarrones y creídos hagamos lo que hagamos, quizá sería viable. La autoparodia no es humildad pero sí un poco de vergüenza. Que uno se la crea de vuelta y reforzadamente no creyéndosela, no la hace nula de toda nulidad. Pero nosotros, los antiartistas del nihilismo regular y estándar, somos excepciones del montón a las que Mehdi quiere superar, como todo psicópata hegeliano, como todo el mundo que no quiere ser como todo el mundo.

     Consumada la etapa del platonismo para el pueblo, en conclusión, se asiste a la de la democratización del nihilismo: Nietzsche arriba a las masas, mas no en la forma soñada por Hitler. La posmodernidad reviste también un populismo socrático: la ironía sistemática –lo suyo– se masifica, un elitismo al alcance de cualquiera, y así estamos. Parecerá una victoria de la filosofía, que se habría universalizado de una vez, alcanzando al proletariado por sujeto señero, como imaginó Marx; pero es una V de victoria pírrica, según Mehdi… o acaso pirrónica. La filosofía extracurricular (difamada el pasado lunes por la metafísica neoclásico-dogmática como “antifilosofía”), la no mercenaria de Estado, no debe caer en cederle la exclusiva o la prerrogativa de la seriedad a la escolastizada. Mientras nosotros, que nos prometimos antes pisar un calabozo que volver a hollar las aulas, nos malgastamos en la de las cabriolas y el chapucerismo autoinducido más cerril, el profesorato se adueña, con su formalidad disfrazada de prudencia y su típico autoritarismo de buenos modales, del no-ironismo impostado, de la seriedad a la fuerza. Tal vez Mehdi piense que los filósofos de la joda –como bautiza Keki– le hacemos el caldo gordo a los responsables de esta rapiña oficialista, que estarán contentos de verificar que con nuestros aspavientos no hacemos otra cosa que resultar inofensivos y contribuir, con nuestra insignificancia a reglamento, a la incrementación del monopolio que ellos perpetran aduciendo buenas intenciones y un plan siempre latente de salvación global. Pero nosotros, por lo menos, no vamos allí a pedir asilo, a reclamar el otorgamiento de algún cursito libre o el habilitamiento ad honorem para montar un kiosquito a la vera del salón más derruido y descascarado. Lanzamos nuestra autobiografía del anonimato de casa a la calle y viceversa, saltando entre severos conceptos prestados como si fueran charcos o tablitas flojas del parquet. Donde otros denunciaron un cambio de carátula y de inicial en el cinismo (de K a Z o Q a C), una reversión y normalización subrepticia del gadget diogénico, Mehdi descubre que más bien estamos ante una malversación estandarizada o vulgar del fundacional artificio socrático. Al final, nuestro Sistema automatizado era el de todo el mundo, pero en la ilegible versión del filósofo-sin-público (nombre que Tabarovsky podría enchufarle al antifilósofo-para-sí-mismo): ironía sistemática, autocrítica sistemática… somos más “sistemáticos” que el mismo Mehdi. Ven…Ven que no tiro cualquiera… Mi filosofía es de la calle pero no es mía (me distingo en ello de Calamaro)… es un préstamo otorgado por el Fondo Monetario de la Era. Quiero decirlo con todas las letras: yo tomo todo más de’nserio que todos estos reverendos hijos de puta. Y no gano ni para status ni para salir en los sociales del volante de Cablehogar.

     Mehdi pretende destituir la era del patetismo paródico a fuerza de parodismo: viendo parodia en todo y en el origen mismo, convirtiendo a la parodia en lo único digno de ser pensado seriamente y en la seriedad en sí misma. No desparodización sino despatetización. Hacer de la parodia virtud, no necesidad. Volverla excelencia (aretizarla), ya que es por excelencia lo humano.

     Notemos que, por un lado, Mehdi vuelve a Kant sin pruritos defendiendo el valor de la crítica (cosa que hacía Groys, empero volviendo a Sócrates, como quedó registrado), y por otro deplora su introyección como autocrítica. El nihilismo democratizado no habilita la autocrítica como libre albedrío, la obligatoriza. Y ahí está el drama. Nos creíamos libres y cheroncas y no somos más que ovejitas numeradas por el sistema que andan chantajeando con su estudiada poquedad de cuadrúpedo ungulado doméstico.


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