¿Y qué tendrá para decir la Antipoesía
en este embrollo sobre Antifilosofía? ¿Cómo encajaremos estos dos paquetes? Siendo
que tratamos como antifilosofía contemporánea a antiguallas cuya vigencia hoy
rige entre la adolescencia de secundaria y el veinteañerismo –Nietzsche,
Wittgenstein, Lacan (mientras que el primero abarca la perpetuidad de la
pubertad, el segundo dura hasta los 26 y el tercero, a fecha de hoy y en territorios
de provincia, hasta los 34)–, convendrá, pues, contrastar a este conglomerado
con una pieza poética asimismo característica de los acervos del museo de lo
casi casi reciente, otro objeto de colección de similar procedencia
cronológica, otra moneda gastada circulante en parejas condiciones. Parra, ese
poeta sencillito e ingenioso, simple y brillante, escueto y así complejo y
todavía de provecho, no le escatimaba, mi mucho menos, a poner un pensamiento
en escena –o algo por el estilo. Pero para no quedar tan a la vista haciendo el
papel de filósofo intérprete apropiador, hay que andar con cuidado como en
campo minado, no sea que caigamos en destilarle una teoría y clavarlo en un
alfiler con regusto de catálogo. No sea que sea la Filosofía explicando la
Poesía ni, menos que menos, la Antifilosofía haciendo ídem con la Antipoesía,
entuerto si los hubiere.
Convendrá evitarse hablar de yo lírico, voz, personaje o yo poético y
llamar Parra o el Antipoeta al sujeto, total el tipo ya está muerto y no hay seccional
de policía que reciba urnas funerarias de esta guisa. Será por economía de
recursos y efecto retórico y cero mala leche. Nos remitimos a una firma y al
nicho enunciativo que forjó. No desconoceremos la multiplicidad de voces o
personajes; pero acá no corren, no importan. Trataremos de eludir las comillas
y las barras diagonales, además, en la medida en que sea posible, o de ponerlas
cuando nos pinte, en bastardillas o no, evitando el macaneo de la claridad
académica. Y si acá hablara la filosofía, pensaremos, no debería sentir culpa
de andar siguiéndole la huella a aquel que porfió en la confusión entre poesía
y policía (“la poesía te sigue los pasos / a mí también / a todos nosotros”).
Ha de advertirse que nos hallamos ante aquel hacedor de chistes para
desorientarlas a ambas, y debemos admitir, ergo, que en tal sentido nos
ubicamos en un lugarcito casi idéntico. Nuestro confusionismo deliberado
(Macedonio), independientemente de que no siempre sea deliberado, no es tanto
una contribución a la confusión general, como la poemática o ensayería de aquel
surrealista oficial argentino de noble apellido (Pellegrini), no aspira a tanto
ni va tan lejos, sino a aportar apenas un tributo al desconcierto policial en
el seno mismo de la Filosofía y su sombra antifilosófica. Con desorientar con
chistes y rompecabezas de superficie dentro de ese modesto nichito para pocos
oficiales, ya nos daríamos por hechos y satisfechos.
Se correrá el riesgo, quizá, de tratar a un poeta como si fuera un
filósofo; pero yo trato como se me da la gana a quien se me da la gana y asumo
el riesgo con estas dos manos de campeón que Dios me dio. A los que no les
guste el método, les contestaremos como el (Llach dixit) filósofo hegeliano de todos los argentinos: que la sigan mamando. Se pueden ir bien
a la reconcha puta de su madre, que en esa esfera se van a desenvolver un poco
mejor. Pero además, ¿cómo se trata a un Antipoeta? ¿Con otros electrodos que a
un Antifilósofo?... Esloganero, sentencioso, poeta proposicional y
programático, Parra hace todo para captar al asediador conceptual, al acechador
filosófico. El Antipoeta se mete él solito donde no le importa (suponiendo que
no le importara la Filosofía, lo que siempre es falso), y ya nos advirtió de
que el abuso de la filosofía, como el de
los estupefacientes, es uno de los vicios del mundo moderno, esa gran cloaca.
También el prosopoeta Lamborghini Osvaldo cantó el abuso al que se entrega –en
este caso– la metafísica; pero en el caso chileno queda claro que el vicio
cloacal-moderno de la filosofía nos remite a su originario carácter de φάρμακον, maldita y bendecida como remedio que daña y
veneno que cura. Y el abuso moderno de esta sustancia no puede ser otro que la
escritura, su mal necesario denunciado de arranque por toda la amplitud del
mismísimo Platón de Atenas. Todo lo que
se dice es poesía / todo lo que se
escribe es prosa; de modo que el destructivismo parraísta –que ya
someteremos a prueba– (la Antipoesía, si cabe) pocas migas puede hacer con el
deconstruccionismo derridiano, afincado como está ahicito nomás de la Dichtung de Heidegger, en el lecho
grafóbico de Platón y su fonologocentrismo, aunque en ejercicio, típicamente s.
XX, de inversión, sabido que todo lo que
se mueve es poesía / lo que no cambia
de lugar es prosa. Estos versos-dictamen instalan a la Antipoesía (o, para
el caso, a la Poesia) por fuera de la literatura (según la entendería Derrida),
con ganas incluso de parecerse a una Antiliteratura. Poética de lo hablado
contra poética de lo escrito, se dijo por ahí con inútiles intenciones de poner
negro sobre blanco o viceversa.
Nótese, sin embargo, que el que sea prosa lo que no cambia de lugar es,
de hecho, lo que ha obligado a la filosofía a romper con Parménides, ese
contradictorio poeta de la tautología y sus derivados principios
lógico-pleonásticos. Fue Platón quien advirtió que la filosofía “habla en
prosa”, sometida al mismo régimen que el lenguaje ordinario que ejercen los
atados a la rutina televisiva del Antro y que el extraordinario, remunerado y
sofisticado de la retórica protagórea o gorgiástica. Aquello que descubrió dos
milenios más tarde el burgués gentilhombre de Moliere –que ya hablaba en prosa
de toda la vida– comportó un asombro que, ciertamente, le fue transmitido por
su profesor de filosofía, vale decir, por un discípulo remoto del fundador de
la Academia. La necesidad de un lenguaje propicio para lo que no cambia de
lugar –la Idea, la esencia, la sustancia– forzó el rompimiento socrático de la
coalición política entre el sabio y el poeta y disparó al filósofo, disparo que
lo condujo inmediatamente a la esfera de lo que no se mueve: la muerte, a la
vez que obligó a sus sobrevivientes –los socráticos y el mentado Judas del grupo–
a volcar la prosa hablada en el lecho de Procusto o morada inhóspita de la
escritura –estar en casa del lado de afuera, según el Macedonio del Río de la
Plata. Para que la filosofía sobreviviera a la muerte del filósofo, para que no
acabara con el filósofo que había acabado, debió refugiarse en edificaciones
como la Academia y el Liceo o, al menos, acorazarse en grupos más o menos
cerrados, en sectas, panoplias que permitieron a estos hoplitas de la mente
luchar codo a codo en formación cerrada de falange como defensa mutua y columna
de choque para combatir la agresión fatal de la no-filosofía. Este sistema
hoplítico comportó el uso de la escritura en carácter de escudo, casco, greba y
coraza bajo el régimen de prosa dialógica. Después de Sócrates, ya no bastaba
hablar en prosa, por su peligro inminente de ajusticiamiento fatal, y la
filosofía debió ceder a la literatura, aunque de mala manera y a regañadientes.
Entre la resistencia a la escritura, que sólo Sócrates y algún que otro
filósofo más pudieron concretar, y el no
quiero ni verso ni prosa del burgués de Moliere, se explaya la filosofía,
fundada a la vez en un poema y en el principio de identidad, que es lo más
parecido a no decir nada, ya que es la predicación de la no predicación, una
suerte de pleonasmo del silencio. Entre A es A y Segundo, el filósofo
silencioso. El resto, no hace más que bótox de silencio: se inflan la boca
comunicando lo obvio, verbalizando lo que no se mueve, copulando consigo mismo
como la A antedicha. El pensamiento no
nace en la boca / Nace en el corazón
del corazón.
Hablando se ven las cosas, empero.
Poesía poesía todo poesía. Hacemos poesía
hasta cuando vamos a la sala de baño. Cagar, tirarse peos, mear es hacer
poesía.
Poéticamente habita el hombre, dijo el alemanote, y Parra podría haber
dicho que antipoéticamente habita el hambre; mas para la Antipoesía el habitar
es una categoría o existenciario demasiado ceremonioso, pulcro, púdico, porque
cagar, peer y mear, salvo que se lo haga en verso –libre, blanco o rimado
asonante, cosa a la que se habituará el Antipoeta–, no es un hábito ni un habitus, no en última instancia, y sí
sus amaneramientos “culturales” (incluida la forma poética o anti de hacerlo),
sino algo que tiene lugar en el hábitat sobre el que despliega su vitalidad el
animal mucho antes de su escisión como racional o lógico. Hay reglas de juego
que delimitan una forma normal de cagar (nótese que Parra lo hace debidamente
en el toilette), pero la evacuación
de las heces no es lo mismo que la deposición americana o andaluza de las ces,
ni es una pulsión sino una necesidad –y aunque sea una necesidad que se hace, excede la linde de la ποίησις. Para los químicos, todo es química, ejemplo –que
le gustaba poner a Gustavo Bueno– de lo que es incurrir en fundamentalismo –químico,
en este caso–; y sin embargo, vemos que incurrir en fundamentalismo poético es
más bien propio de los antipoetas. Y es verdaderamente un aprieto de este
espécimen el tener que seguir siendo poeta hasta para echarse un garco. No
faltaron los Zappa (o su plagiario local, García) que se hicieron fotografiar
en revistas ejerciendo esta necesidad culturizada sobre el asiento del water closet, con lo que pretendían
demostrar que seguían siendo artistas en las peores instancias o que eran
capaces de un bel defecar, de emitir soretes esféricos o de colores variados o,
freudianamente, probar que el producto desechable y la creación
altocultural-civilizatoria son indistintamente estercoleros. Si es poesía todo
lo que se mueve y lo moderno es gran cloaca, por descarte mover el vientre es
poesía moderna. Dichas tres funciones fisiológicas, naturales y necesarias,
comparten el mismo objetivo de expulsión de residuos, si bien la poesía, que es
más abarcativa –de hecho, queda visto que es totalitaria–, puede impregnarse de
otras metas que aquellas orgánicas resultantes de la digestión y el
metabolismo, y quizá esta sea la franja que divide la antipoesía –como
fisiologismo– de la poesía –como sublimación. En poesía, el verso puede ser
rimado, blanco o suelto, o libre; en antipoesía: sólido, gaseoso, o líquido.
Mi catedral es la sala de baño –insiste Parra dotando a su poesía antipoética de
un relieve sacro.
Prosa,
empero, proviene de provorsus:
moverse adelante.
Veamos que el reduccionismo poeticista o fundamentalismo poético de la
antipoesía comporta un totalismo agujereado en su centro porque todo es poesía menos la poesía. Este
nuevo giro descubre un fundamentalismo sin fundamento, un holismo desesenciado
o como haya que llamarlo. La poesía es lo restado de la poesía y esto da 0. La
Antipoesía es el holismo poético revertido en omnitud del nihilismo.
El procedimiento de la Antipoesía para con la Poesía se parece –más o
menos– al de la Antifilosofía ante la Filosofía en el siguiente sentido: la poesía morirá si no se la ofende: hay que
poseerla y humillarla en público, después se verá lo que se hace. Su
escarnecimiento político –“en público”– es su terapéutica soteriológica, y de
acá se destila que el acto fundacional antipoético –su acontecimiento– es el
ultraje y lo que viene ex post es tan
incierto como aquello que sigue a la revolución y a la dictadura del
proletariado (es decir, el comunismo). La poesía se salva de morir sólo como ofendida
y humillada, e incluso como poseída, término manipulado con la ambigüedad del
caso, el último, que supone doblemente que se la practica como un don o una
habilidad aprendida y, a la vez, que se la somete sexualmente como a una
doncella servil. He aquí una cierta dialéctica Amo-Esclavo en la cual la
Antipoesía ejerce sobre la Poesía un señorío indiscriminado aunque, acaso,
benevolente, en tanto y en cuanto se orienta a garantizar su supervivencia.
No desmerece el platonismo el aserto parraiano que reza que la verdad, como la belleza, no se crea ni se
pierde.[1]
Tampoco lo siguiente: Un
nacimiento no resuelve nada / Sólo la
muerte dice la verdad / La poesía
misma no convence.
De manera ilusoria, ingenua o retórica y declarativa, la antipoesía
demanda ser “una poesía a base de hechos y no de combinaciones o figuras
literarias”. Un delirio realista que roza el positivismo. En la realidad hay sólo acciones y cosas, no hay adjetivos ni
conjunciones ni proposiciones. La interjección la pone el sujeto, el adverbio
lo pone el profesor y el verbo ser es una alucinación del filósofo… Esta
teoría –y si no lo es, que lo sea–, acaso un objetivismo pragmatista, una
metafísica práctica que reniega de la ontología, condena al filósofo al
verbalismo como delirio alucinatorio, como locura, y deja en claro –otra vez
como Lacan– el rol auxiliar o adverbial de la casta profesoral. El sujeto se
vuelve exclamativo y queda fuera de la oración como ente pregramatical no
organizado sintácticamente. Es el sujeto nomás del asombro, la antesala de la
filosofía, una forma de vida entre signos de admiración que cumplen una función
expresiva, conativa o representativa preterproposicional. La Antipoesía
desbarata toda aspiración ontoteológica en la medida en que la palabra Dios es una interjección / da lo mismo que exista o que no exista,
por lo cual atañe al sujeto, pero queda fuera de la competencia del filósofo y
su modificador informativo, el profe –sendos sustitutos del escolasticismo
teológico.
De todos modos, el programa antipoético importa, como el grueso del
filosófico, un retorno a las cosas: la
poesía reside en las cosas o es simplemente un espejismo del espíritu.
Ahora bien, todo poeta que se estime a sí
mismo debe tener su propio diccionario; por eso el antipoeta aclara que voy a cambiar de nombre algunas cosas o
que al propio dios hay que cambiarle de
nombre, que cada cual lo llame como quiera. Es un regreso a la objetividad
por la singularidad subjetiva más pura y a capricho. También todo filósofo (si
se entiende por esto a los que crean, conceptos o lo que fuere que crean que
creen como filósofos) crea su propio mataburros, aunque lo hace más para que lo
entiendan los demás, sobre todo cuando lo explicita en forma de vocabulario,
abecedario o breviario (tipo Kacem). El antipoeta no está pidiendo que se le
construya un glosario o digesto (se entiende, amigos) sino aclarando, por si fuera
menester, que crea un alfabeto propio que, en realidad, es un mundo. Se
entiende hoy que hacen lo mismo los filósofos, aunque se hayan prestado desde
antaño al malentendido de que se remitían nomás al mundo ajeno y a despejar la
estructura oculta de ese orden exterior. La quinta-esencia de su doctrina, como
pone Parra refiriéndose a la suya propia, es que al tomar a una hoja por una
hoja o al confundir un bosque con un bosque nos
estamos comportando frívolamente –dictamen que coloca al Antipoeta en un
lugar de máxima y señera seriedad. La poesía, en efecto, habita en las cosas,
no en el poeta, así se llame Parménides, y hace que no sean una mera
tautología: finalmente ya comienzan a
vislumbrarse los contornos exactos de las cosas y las nubes se ve que no son
nubes… Y nosotros debemos decir misa…
El retorno antipoético a las cosas, con dicho carácter litúrgico y geométrico
inclusive, es un retorno simplemente a las cosas, pero no a las cosas mismas:
un simple retorno a la no simplicidad de las cosas. Desde luego que un
inspector podría preguntarle al Antipoeta si las cosas están afuera o en el
sujeto; pero siendo que la suya es una “poesía que puede perfectamente no
conducir a ninguna parte”, la cuestión es inconducente.
Lo mejor es hacer el indio /
Yo digo una cosa por otra.
Digo las cosas tales como son / O lo sabemos todo de antemano / O no sabremos nunca absolutamente nada. / Lo único que nos está permitido / Es aprender a hablar correctamente.
Queda de manifiesto / Que no hay habitantes en la luna / Que las sillas son mesas / Que las mariposas son flores en movimiento
perpetuo / Que la verdad es un error
colectivo / Que el espíritu muere con
el cuerpo / Queda de manifiesto /
Que las arrugas no son cicatrices.
¿Y qué
habrá querido decir el Antipoeta cuando puso que la poesía terminó conmigo? ¿Quiere
decir que Parra, su yo lírico o como haya que llamarle, es la última estación
de la poesía, su cierre, o que la poesía lo hizo pelota (y no la de Parménides)?
Pero Parra es más modesto que los cantautores del fin y la muerte de la
filosofía (por eso se define como catastrofista
moderado) y agrega que yo no digo que
ponga fin a nada[2].
Él quería seguir poetizando pero se portó horriblemente mal y la poesía bien.
Sabe que yo soy el culpable y está bien
que me pase por imbécil... Es el Bien lo que mata, incluso más que la
humedad (la edad de Hume, que aún no cesa), frases que podría rubricar Kacem, y
la Antipoesía se revela como una práctica culposa e imbécil del Mal –aunque no
sea más que el mal candoroso de un juventón travieso.
Pido perdón a diestra y siniestra / Pero no me declaro culpable.
A diferencia de Gieco, que, al margen de dirigirse a Dios bajo el
presupuesto moderno y no bíblico-agustiniano de que la pobre gente es inocente,
no le reclamaba otra novedad que la de no dejarse abofetear la otra mejilla
(como si los cruzados o Hernán Cortés se hubieran consagrado a ello), Parra le
pide a Dios, en cambio, que nos deje
fornicar tranquilos y no se inmiscuya más, que no piense más en nosotros y deje
de estar sufriendo y con el ceño fruncido como un hombre vulgar y corriente,
porque sabemos que no puede arreglar las cosas. Le pide, es decir, que se
haga un dios epicúreo. Sin embargo, al ser nomás una interjección, es
comprensible que no le conciernan las cosas –más allá de que en sus días
laborales haya creado el mundo (que no ha de ser cósico). Para el Antipoeta no
es Derrida sino el Demonio el que deconstruye todo lo que Dios construye;
pero es él mismo, el Antipoeta, el que destruye
en un momento lo que Dios construyó en una semana. Ciertamente, no se trata
de la Destruktion, oficio que a
Heidegger le insumió la vida entera y cuyo objetivo no era la obra hebdomadaria
del Señor, sino la bimilenaria y medio de sus derechohabientes metafísicos. El
Antipoeta desmonta a instantes; pero su objeto es el mundo como operación
divina, la realidad como teología fáctica y no una tradición que el bípede
implume construyó mirando hacia el cielo. Y es el que calcula, especula o teme
que escribe, además de “por envidia” y “para dejar constancia de todo”, para cumplir con dios y con el diablo (…imaginemos
la befa que soltaría don Ignacio Braulio Anzoátegui ante semejante
equidistancia envuelta en bilateralismo…). Pero Parra (lo dice) se retracta de
todo lo dicho, con la mayor amargura del mundo, luego de que las palabras se
vengaron de él, y solicitando el perdón del lector. Los calamitosos tiempos modernos –se lee– hacen imposible hablar sin incurrir en delito de contradicción e
imposible callar sin hacerse cómplices del Pentágono. He ahí la problemática
tractatusiana de don Nicanor, ese que fue definido alguna vez como “nuestro
Heidegger o nuestro Wittgenstein” (no sé si el de los chilenos, los
hispanoamericanos o de quiénes) y escribió que los mortales que hayan leído el Tractatus “pueden darse con una piedra
en el pecho”.
Parra puede destruir en un
momentito el mundo que Dios creó, pero como buen hispano (vale decir católico,
y no en el sentido atolondrado y perdido que le asigna a esto Kacem), da al
traste y echa por tierra con demasiada cortesía, pidiendo permiso y perdón al
lector. Demasiado amable para dadaísta, el Antipoeta dista en gesto kilómetros
miles del Antifilósofo a cabriolas de Monsieur
Tzara o Rabí Rosenstock. Pidiendo perdón
por la franqueza, me gustaría creer en algo, pero no creo porque creer es creer
en Dios. Ante esto, lo único que hago es encogerme de hombros.
El Antipoeta, de todos modos, no deja de ponerse en el lugar de Dios,
aunque él sea su versión juerguista, porque propone hacer brotar un mundo de la nada por fregar y joder y no por razones de peso. Es una deidad
ácrata y jocunda indiferente a las fuerzas de Trasímaco y Darwin: aquí no se respeta ni la ley de la selva,
bien dice.
Yo también
soy un dios a mi manera / Un creador que no produce nada: / Yo me dedico a bostezar a full.
¿qué te parece
valdrá / la pena matar a dios / a ver
si se arregla el mundo?
Tarde o temprano llegaré sollozando / a los
brazos abiertos de la cruz. / Por
ahora la cruz es un avión / una mujer
con las piernas abiertas… El cristianismo del Antipoeta, distinguimos,
carece de la morbosidad que padecía el del Antifilósofo: se lo admite sin
ningún pesar porque es el simple cristianismo residual del izquierdismo menos o
más liberal o iliberal. Es el del pelotudo
que acepta ser pateado por andar predicando el bien, por sincero, optimista,
compasivo y humilde. El Antipoeta no está más allá del Bien y del Mal,
hincha para ambos. Dandi proletario, publicista ácrata y estelar, sibarita
zurdo, inconformista alimentado a aplausos, conferencista en versos, diletante latinoamericano,
podemos arrojarle esta gama de clichés más o menos ajenos al Antifilósofo
moderno regularizado por Badiou. Amigo de
los que no saben ni siquiera firmar, de los humillados por sus propios hijos,
de los ofendidos por sus propias esposas, los enfermos, los débiles, los pobres
de espíritu, pescadores, niños, ancianos y madres solteras, araucanos y
soñadores e idealistas que entregaron su vida como Él en holocausto por un
mundo mejor, el Antipoeta profesa un cristianismo progre desactualizado en
la era del feminismo tercera o cuarta ola, habida cuenta de que ser amigo de un
padre humillado y ofendido por su hijo y su esposa constituye complicidad con
el patriarcado y con el equivalente al burgués dentro de la esfera de la
familia proletaria. Y sin contar con que aquí también poetiza o anti un poeta o
anti “con una verga de padre y señor mío”.
Me defino como hombre razonable / No como profesor iluminado / Ni como vate que lo sabe todo.
Podría haber interesado a un Badiou, que es de esa gente a la que le
interesa todo y escribirlo sobre todo (mientras ese todo sea importante), el
singular hecho de que Nicanor era fisicomatemático, lo que ubica a este anti en
la línea de filósofos colegas en prefijo como Pascal, Wittgenstein o Lacan y no
en la de los filólogos de bigotes. El
mundo es lo que es, y no lo que un hijo de puta llamado Einstein dice que es,
declara al respecto la Antipoesía del profesor titular de Mecánica Racional con
diploma de Oxford en Cosmología que no
cree ni en la vía violenta ni en la Vía Láctea. Cree, sin embargo, en un
más allá donde se cumplen los ideales de la Revolución Francesa salvo la
libertad, que no se consigue en ninguna parte porque somos esclavos por naturaleza. Además, acá hay que notar que el
mundo sí está regido por Parménides, el que hizo el verso ontológico de la
lógica, pero no las nubes y los bosques, que las cosas son competencia de la
poesía desontologizada –quizá porque uno es uno y las otras múltiples.
La matemática aburre / Pero nos da de comer. / En cambio la poesía / Se escribe para vivir.
Lo que en Lacan es la tradición filosófica, hecha de bufones y canallas,
en Parra es, ni más ni menos, el famoso “paraíso del tonto solemne” (al que
imaginamos que le opondrá el parraíso de la tontería insolemne o algo así). Acá
la relación entre Antipoeta y Poeta es casi calcada a la de Antifilósofo y
Filósofo, pues se combate contra el Gran Pedagogo, que es el “profesor
iluminado” y “el vate que lo sabe todo”. Así como Kierkegaard tenía a Hegel de
diana, Pascal a Descartes, o Nietzsche a Platón (o sea, a todos), el Antipoeta
fijó su punto de impacto con nombre y apellido, aunque en un blanco local de
tres anillos: Huidobro, Neruda, de Rocka. En el campo de la Antipoesía, el mal
personalizado, el némesis visceral no será un filósofo sino un poeta, obviamente.
Empero, como lo de Parra anda siempre de parranda, lo suyo no es un trato
suministrado a fuerza de violencia personificada, y en eso es inocente de toda
antifilosófica cólera u ojeriza por fijación. El Antipoeta, al menos el a lo
Parra, es ajeno a los rasgos psiquiátricos que definen –en el consorcio de
Badiou– a su cuasi contemporáneo y colega en lo anti, el Antifilósofo. Queda
clarito. Los tejemanejes-tipo dentro del espectro literario, relativos a
canonicidad, capillismo o angustia de las influencias, se resuelven y
administran con estrategias y atajos de otra concernencia. Si el Antifilósofo
es un antiescolástico encendido en una cruzada por la Singularidad y contra el
Universal, como piensa Kacem, el Antipoeta es un “poeta individuo” que se toma
por “un hombre del montón” (uno más del montón, que diría esa “manera de ser”
llamada Carlovich[3]), rasgo
que desentona con cualquier aristocratismo de excepción, en el sentido de ese pathos que a veces aquejaba a Federico
Nietzsche, salvo cuando se contentaba con ser un quínico epicúreo dedicado a
escribir chistes para la eternidad por venir. Pero la fuente de Castalia
nicanórica no estaba en Grecia sino en la juglaresca medieval, de ahí que los
bajtinianos lo quieran y que corresponda, más bien, aproximarlo a la raza
antifilosófica del diogenismo menipeo (en él hablan el antihéroe, el Cristo del
Elqui, el poseído por Lucifer, el energúmeno, el anónimo a frases hechas y el
fanfarrón indistintamente, como observan los compiladores de una de sus muchas
antologías).
Podrá decirse que los sudacas nos adelantamos a Badiou, ganándole de
mano en el usufructo del prefijo-adjetivo, aunque parece que, a confesión de
parte, Parra había extraído la idea de Francia (de los apoèmes de Henri Pichette), así que todo va y viene. Además, en
“Latinoamérica” (no puedo sino poner a dicho engendro-bazofia más que entre
comillas) es como que no hay mucho espacio para que el Anti sea Antifilósofo, y
se le hace más fácil asumirse como, verbi
gratia, Antipoeta. Este empaquetamiento vende y exporta transtropical y
transatlánticamente (lo hacía) casi tanto como el novelismo del boom (no se privaron, por las dudas, ni
de usar un anglicismo onomatopéyico estos culiados). Convendremos en que, si
hubo antifilósofos modernos de este lado del charco y de este lado de la lengua
de Nebrija, Góngora o Cervantes, estos casos, por idiolecto o por carencia de
autoctonía, o por lo que fuere, “no viajaban” (como se dice de Macedonio) y no
se dejan registrar por una Iglesia, la filosófica, que sólo concede partidas de
bautismo por encima de los Pirineos, no sea cosa de que los hispanoparlantes
volvamos a dominar los mares, el mundo, la tecnociencia de punta, el saber, e
imponer de nuevo como lengua del intercambio y de las cosas esta misma que más
o menos estoy practicando ahora mismo. En este orden, universalizar un
“antipoeta” en castellano, incluso el primero de ellos, no es tan gravoso,
sobre todo si es tan simpático como para ir a trabajar de profe visitante en
Columbia o Yale y demás American Airlines. No te dan la llave Yale así como
así: hay que ser buen cerrajero.
Esta manía del antismo –anti esto o anti lo otro– sabidamente es
enfermedad moderna, inveterado hegelianismo inervado en los automatismos de la
alias cultura. Revela un espíritu dialéctico, el mito de la superación (Aufhebung), propio de la gente superada.
El Antipoema dialectiza al momento abstracto o Poema y la firma Parra garantiza
también la debida síntesis revolucionario-conservadora, aunque lo suyo es más
bien el collage, la ensalada de gourmet de riesgo.
Badiou llamaba antifilósofos a sujetos que no eludían llamarse a sí
mismos filósofos; pero en el caso de Parra, poeta y antipoeta, poesía y
antipoesía parecen confundirse y perderse unos en otros. El Antipoeta no se
niega a hacer la pregunta pertinente y socrática por el τί ἐστι –¿qué es un antipoeta? y ¿qué
es la antipoesía?–, pero las resuelve poética o antipoéticamente en versos
enumerativos que parodian un test en el que hay que subrayar o marcar con una cruz la frase correcta. Una
innecesaria definición tentativa indicaría que la Antipoesía es ese todo que es
poesía salvo la poesía. En los tiempos de este adanista de las Hojas de Parra, no sería otra que la
poesía ni de capa y espada, ni de gafas
oscuras ni de sombrero alón, sino la
poesía a ojo desnudo, pecho descubierto y cabeza desnuda: una muchacha rodeada de espigas. No esa
que era un artículo de lujo para nuestros
mayores, sino la que es un artículo
de primera necesidad para nosotros, que no podemos vivir sin ella. (Con todo respeto por nuestros mayores, el
poeta no es un alquimista sino un albañil, un hombre como todos, un constructor
de puertas y ventanas.)
Pese a la miseria que impone la historia, el paso del tiempo
irrevocable, que cambia de modas y modos como de bombachas tu hermana, es fe
mía que Parra se deja leer todavía con gusto y gracia, aunque cuando uno lo
recorta como acá se hace, queda el objeto un poco girando en falso y escrachada
su vetustez de tontería ya solemnizada. Nosotros estamos viendo si se puede
hacer algo con el pareo Antifilosofía-Antipoesía para seguir escorchando e
hinchándonos las pelotas con el material de nuestro Curso para Nada, esperando
con eso que se nos licencie la malversación de fondos. La poesía pasa y la antipoesía también –ya lo anotó él mismo.
Se acusará a nuestra presa, este
doctrinario corredizo, de típica pieza coleccionable para la idolatría
posmoderna: me declaro fanático total / eso sí que no me identifico con nada…
El sujeto flotante de la antipoesía (hidropónico, diría Armesilla) es alguien que,
como el ironista democratizado y autocrítico por obligación que denuncia Kacem, exalta su propio punto de vista
vanagloriándose de sus limitaciones, acusado de hacerlo desprestigiando sus propios escritos (no
como Viñole, que desprestigiaba en bloque a la Literatura), y emite
pronunciamientos políticos como los siguientes: el capitalismo está condenado a la pena capital y el socialismo
burrocrático [sic] diríamos que no es
mejor… Yo no soy derechista ni izquierdista.
/ Yo simplemente rompo los moldes…
La izquierda y la derecha unidas jamás
serán vencidas… Y en esta línea
hay, inclusive, un peronismo en ciernes: Capitalistas
y Socialistas / del mundo uníos / antes
que sea demasiado tarde… En la incierta zona de conflicto entre poesía y
antipoesía, corresponde a la segunda señalar, como lo hizo Badiou en territorio
filosófico, el desastre flagrante como estado de cosas a remediar, desastre en
el que se hallan implicados los acaudalados camaradas que capitalizaron los
bienes culturales saldados por el maximalismo. Los pocos que se hicieron comunistas fueron unos reverendos poetas
burgueses, no poetas populares. Se declararon contra la poesía dirigida, del
presente y proletaria. La poesía fue un desastre, surrealismo de segunda mano,
decadentismo de tercera mano, poesía adjetiva, nasal y gutural, arbitraria y
copiada de los libros, poesía basada en la revolución de la palabra y en la de
las ideas, de círculo vicioso y de media docena de elegidos… El trasvasamiento hacia la antipoesía
implica el paso de la poesía del crepúsculo
y la noche a la del amanecer, la de las nubes a la de tierra firme (“somos tierrafirmistas decididos”); contra la del salón, la de la plaza
pública, la de protesta social, la de la naturaleza. La poesía alcanza para
todos. Los poetas bajaron del Olimpo.
Cuando los poetas bajan del Olimpo, están subiendo al Olimpo. Ojo. Hay
que tener cuidado con esa gente, su publicidad engañosa. Su publicidad engañosa
envuelta en un packaging de
franqueza, en efecto, recuerda al artilugio de Platón, tal como fue expuesto
por Boris Groys.
Poesía es todo lo que se dice y lo que se mueve, y prosa lo que se
escribe y no se mueve. El inmovilismo prosaico y la semoviencia de la oralidad
constituyen una problemática socrática bien conocida: el texto escrito está
fijo y no responde a lo que se le pregunta, incluso sigue murmurando solo
cuando el lector se va, como se evidenció sobremanera en la novelería de Victor
Hugo mucho tiempo después. La invención del diálogo escrito intentó suplir esta
desgracia del soliloquio, aportando un simulacro suplente que, después de todo,
resultó en parodia. La antipoesía también es un monólogo escrito, lo quiera o
no Parra Sandoval, quien de hecho, en carácter de antipoeta debería atentar
contra lo que se mueve y se dice y, en efecto, ha propiciado una poesía escrita
y prosaica o prosaísta… ¿No es Platón mismo el inventor del Antipoema?... La
Antipoesía parriana se mueve en la misma cinta de Moebius que la antifilosofía:
la extimidad. Está como dentro y fuera de la Poesía. El Matema, Filosofema, o
lo que sea que haya inventado Platón, en tal caso era un Antipoema exógeno,
anti hecho y derecho.
Obvio que una cosa es el coloquialismo y otra el diálogo, y ni que
hablar la dialéctica. Pero en principio serían tres móviles, tres cosas que se
mueven. La poesía conversacional y el diálogo socrático de Platón cumplen un
mismo ritual: monologan a partitura.
Me gusta que no me entiendan / y que
tampoco me entiendan.
Y como quiero que nadie / sepa lo que
me interesa
no creo lo que es verdad / voy a creer lo que es falso.
Quizá el mismo Platón tampoco quería que el lector supiera lo que le
interesaba (salvo el metalector de la Carta
VII).
Sólo podemos vivir / De pensamientos prestados. / El arte me degenera / La ciencia me degenera / El sexo me degenera. / Convénzanse que no hay dios.
Las “condiciones” de la Antipoesía son condiciones degeneradoras.
Analizar es renunciar a sí mismo / Sólo se puede razonar en
círculo / Sólo se ve lo que se quiere
ver / Un nacimiento no resuelve nada /
Reconozco que se me caen las lágrimas.
Acá tenemos un poco de Antipoesía Antifilosófica.
No hay gran disociación de origen entre
poeta y filósofo en Parra, ya que ambos integran una misma y traumática Liga
Ateniense contra el espartanismo deportivo:
Carta al Director
Esparta contra Atenas
En el INBA mandaban los deportistas / Así de simple / Mens sana in
corpore sano / Los atenienses eran muy mal vistos / A los pelotudos / nos
decían filósofos / & poeta era sinónimo de mariposón: / Antipoesía Sr
Director / O Buenas Noches los Pastores.
La idea kacemiana de que los Juegos Olímpicos eran el Gran Arte de los
griegos choca un poco contra este esquema (o quizá lo elucida). Quién sabe si
la Antipoesía no es un revulsivo para contrarrestar semejante afrenta atlética
del período escolar: el Antimariposón y el Antipelotudo mancomunados en un
proceso de desatenización.
Los que nos quemamos en el infierno del
tonto solemne, nos seguimos quemando en el de la tontería tonta o en el de la
informalidad más frívola.
Infructuosas son las cruzadas contra la
solemnidad. Invencible es la mina. Vuelve siempre, vestida de civil, de trola o
de gorila.
Hoy se mira de lejos una gesta así; otras son las empresas, otros los
endriagos. La onda es incluso más importante que la antipoesía, que es
demasiado importante por obsoleta y está archivada en las bibliotecas de una
ONG de Soros. Tengo por editar una antología de Antipoesía Solemne y otra de tres o cuatro camadas después que se
llama La Onda es más Solemne que el
Conocimiento. …¿Y qué tal una intitulada Todo, Absolutamente Todo se vuelve Solemne?
Igual, no hay Paraíso del Tonto Solemne porque no hay Paraíso. Lo que
hay es Tontos y Solemnes por todos lados (y en Filosofía y Letras ni te
cuento). Que hayamos introducido el corrosivo fake de la Pavada para contrarrestar la Metafísica Rosa, no nos
salva de nada, y menos que menos del vale por un Solemne.
Más zonzo que decir que el Antipoema es Archipoema hace mucho, no hay,
ni sé por qué me expongo a escribir esto. Hay que competir en pelotudez y
obviedad con la industria del Paper y
rellenar la pantalla en blanco del Word con una mierda que huela igual y suene
distinta. Si Badiou se pone a escribir novedades obsolescentes sobre poetas
contemporáneos de adolescentes de hace 100 años, debemos seguirlo en el gesto,
¿no?
En cuanto al spielraum en el
que se debaten Filosofía y Antifilosofía, ese es un campo propicio para el
Tonto Solemne. Digamos que fueron esos, grosso
modo, antifilósofos llamados cínicos (hoy quínicos) los que propusieron
desde tempranas horas una guerra de guerrillas contra tal rival difuso en el
seno mismo de la Filosofía o en sus riberas –y también afuera. Ahí están los
pedos de Crates, las promiscuidades de prosa y verso en Menipo, los chistes del
Demonacte de Luciano y coso... A los lacanianos, por ejemplo, no les preocupa
la solemnidad sino la Tontería de Aristóteles, y en cuanto a la Secta de los
Filósofos Idiotas… a esos les da lo mismo serlo o no, con tal de repantigarse
en su Idiotez reglamentaria. En la Pitman (concepto de Keki González que quiere
decir la Academia), en el seno del normalismo filosófico, lo que preocupa a los
sarmientitos lleva el nombre de Seriedad. Y no es que uno, que en el fondo es
grave, porque ser un Pelotudo –por más Filósofo que se pueda ser (con suerte)–
amerita ese diagnóstico… no es que uno, repito, tenga nada contra esa señora.
Nomás es que nos parece que es menos irrisorio pontificar sobre un
discontinuismo entre Ideología y Ciencia o Doxa y Episteme que pretender, en
tal bóveda, separar las aguas entre lo Serio y lo No.
Se nos enseña que el espacio no existe / Se nos
enseña que el tiempo no existe / Pero
de todos modos / La vejez es un hecho
consumado. / Sea lo que la ciencia
determine.
La muerte no respeta ni a los humoristas de buena ley / para ella
todos los chistes son malos / a pesar
de ser ella en persona / quien nos
enseña el arte de reír.
El saber y la risa se confunden.
Llore si le parece. Yo por mi
parte me muero de risa –dice uno de los poemas en bandejas de empanadas.
Que yo sepa, la historia de la poesía no registra inscripto alguno que
haya palmado en serio a carcajadas; pero la de la filosofía sí. No fue un
antipoeta sino un archifilósofo el caso: fue aquel grafómano impar de nombre
Crisipo, el más robusto teórico que haya dado el estoicismo jamás, fallecido
tras una crisis de hilaridad al ver a un burro comiendo un higo. Curiosamente,
fue un mártir de la poesía más anti del momento –tan anti que fue póstuma– el
que emprendió su tardío ajusticiamiento poético, declarando su propia
incapacidad de reír incluso ante un higo engulléndose a un asno. ¿De qué lado
queda la solemnidad en esta instancia? ¿Queda Nicanor más cerca del arcaico
estoico que del poète maudit por antonomasia
y sudamericano por casualidad? Se notará que Isidoro Ducasse, como Conde de
Lautreámont, habilitó una problemática nada usual en el campo del saber: la del
saber reír, enrostrando él la posición antifilosófica del ignorante en la
materia. Pero si el predecesor de la vanguardia fijó la posición del no saber
reír como principio poético, también deberá constar como evidente que el quizá
más grande de los filósofos de la Estoa no vendría a representar, precisamente,
la investidura de un dominio filosófico del saber respectivo, a menos que haya
que creer que murió de risa a sabiendas, o sea que emprendió una forma inédita
del virtuoso suicido estoico o suicidio par
excellence (por ἀρετή).
Si morir de risa en serio es patrimonio de la filosofía (porque la
antipoesía lo hace nomás de palabra), ¿qué parte de este patrimonio constituye
lo más propiamente filosófico? No será el morir, que hasta mueren los
no-filósofos; ni el reír, que lo hace todo el mundo. Como “búho serio por toda
la eternidad” –según la expresión ducassiana– el filósofo logra hasta que el
morir de risa sea en serio: expande la seriedad no sólo fatalmente, sino hasta
el punto más extremo de la irrisión, hasta el momento en que la misma risa
vence a la vida. Diógenes de Sínope, maestro de los maestros de la filosofía de
vida de los estoicos, fue capaz de morir a voluntad conteniendo la respiración,
¿y no es posible que Crisipo haya querido emularlo proponiendo un suicidio
alternativo, e inédito al menos en el campo filosófico, capaz de competir de
algún modo con semejante proeza?
No es la hipótesis de Laercio, que cuenta que se dijo que murió presa de un ataque de risa (γέλωτι συσχεθέντα αὐτὸν τελευτῆσαι), es decir,
arrebatado o dominado por la risa, y no a voluntad –noticia que comportaría una
anécdota hostil extraída del campo antiestoico. Estrictamente, la carcajada no
fue provocada sólo por el hecho de que el burro le comiera el higo, sino por el
chiste que le hizo a continuación a la vieja que lo acompañaba (su fámula o ayudanta),
a la que le dijo que le diera ahora al irracional un trago de su vino puro de
postre. El chiste sonso de un filósofo alcohólico que alardeaba de ascetismo y
autocontrol. El chisme laerciano postula que el filósofo no se mató de risa, se
murió de risa traicionando el estilo de vida que formateaba y defendía.
El
absurdo más insignificante podía hacer matar de risa al filósofo antiguo, pero
ni el absurdo más absurdo podría hacer reír al fundador de la poesía moderna.
De modo que la antipoesía de Parra, actuando en este caso como antítesis de la
vanguardia y no del clasicismo, aspira a devolver a la poesía la capacidad de
reír por banalidades –el galicismo concédaseme. El grotesco puede dejar de ser
metafísico y volver a ser popular. La antipoesía rescata la risa estúpida del
acervo más remoto de la filosofía (o de la chismografía antifilosófica antigua)
y reinstala el derecho a reír de boludeces en el seno de una modernidad poética
cuya vanguardia se asentó sobre frigidez de la burla a la risa tonta y vulgar. ¿Maldoror
como tonto solemne? La antipoesía denuncia al maldororismo como un programa
sublime, aunque ya el mismo Lautreámont había sido su propio antipoeta, más
bien su propio antiantipoeta, al desmontar los Cantos con las Poesías, que
jugaban a proponer un retorno a la claridad y las matemáticas, a Parménides y
Platón.
Cuando yo era chico, por ejemplo, me vi forzado a escribir
Antiantipoemas, o hacer el intento, y vestir textos con saco y corbata que
nunca tuve o hasta con calzas, jubón, capa y chambergo. Un intento de rebeldía
inversa en el que sólo tuvo suerte el rótulo. Luego me modernicé y envejecí
peor. Tampoco me salió, por suerte. Que la antipoesía de Parra sea una
antigüedad nos obligaría a revisar las estructuras y convenciones de la güedad,
que ya hubo sido lo anti de una pregüedad. Siempre hay una reciente poesía
elevada o convencional a la que chucear en calidad de anti, no hace falta que
la vaya de solipsista, hermética, tradicional o vanguardera. El tiempo convierte
a los antipoetas en bustos y mobiliario de canon, nadie puede apropiarse de esa
función, no a perpetuidad, y nuestro amigo trasandino pudo contentarse con
haber encontrado una etiqueta que funcionó simpáticamente bien en su momento
(máxime si se trataba de captar al “grueso público” o a esa refinada clase de
tenderos sesentistas con carrera universitaria trunca). Parra es un clásico y
su producto se cuadra en los estantes cimeros del parnaso de anteayer. Cada
nueva montonera de poetas y cada uno de ellos serán los antipoetas tácitos de
anteriores bandadas de poetas ya premiados y otrora antipoetas de otros
premiados antes. Pasa ídem en el seno adusto de la filosofía: cada nuevo
campeón es el antifilósofo de un exantifilósofo (o bien de unos cuantos) al que
desea condenar a los ficheros de los subsuelos tenebrosos de las bibliotecas
nacionales (aunque acaben en las norteamericanas, más que nada). No es la idea
–más específica– que tiene un Badiou, ni la que tiene un Kacem, de lo que viene
a ser un antifilósofo; pero podría ser aplicable. Nicanor registró el nombre,
lo patentó, pero sólo pudo adueñarse de unas comillas, porque la evidente
historia secreta de la antipoesía sigue su curso cruel al servicio de las taras
de la historia, esa asesora de vestuario de la vida y de la muerte. Otra cosa
es que, si es que fue un Wittgenstein provincial o un Heidegger de cabotaje,
haya que también inscribirlo en el registro de los antifilósofos o en el de la
práctica antifilosófica de los poetas. Y el dueño de la marca “antipoema” es de
esos llamados poetas que no se privan, quedó visto, de intervenir en filosofía,
o intervenirla a la pobre, con los desparpajos y virulencias característicos de
esta gente, los antifilósofos, con similares golpes bajos, aunque con la
prudencia poética de evitar sumarle escolios a sus lapidarias y efímeras tesis
de bolsillo, y la impunidad de su gremio en materia de coherentismo
sistematicista. Pero como nosotros tampoco queremos llegar a ningún puerto, ni
queremos seguir disimilando obviedades que otros exponen con desfachatez
funcionarial, deberíamos ir cortándola. No fue buena idea incluir a Parra y su
tema, pero lo bueno es que no lo fuera. Quien sienta que no hemos defeccionado,
que se haga cargo por sí solo de sus sentimientos. Los nuestros son asunto
nuestro.
Después del portazo de Kacem, quedó revelado que el Antifilósofo
solamente es el Filósofo ajeno a la corporación universitaria, el Pensador
Privado de Deleuze, acaso, un monotributista outsider o un escritor de conceptos dispuesto al estrellato en el
Mercado o a estrellarse contra la pantalla de la notebook. En cambio el
Antipoeta era un tipo que hace medio siglo o casi uno, emprendió una campaña
por el nombre propio que hizo pie en el combate ante un probable modelo de
Poeta o de Poema con un valor de cambio entonces más o menos estandarizado.
Antipoesía Filosófica, Antifilosofía Poética, Poesía Antipoética, Filosofía
Antifilosófica, Antiantipoemas Antiantifilosóficos, podría haber cualquier
cosa. Nihil novum sub Sole
Pastorutti. Cuando empezamos a “trabajar” sobre el coso este de la
“Antifilosofia”, nos parecía un nombre chistoso y hasta un asunto digno de
perder el tiempo pensando. Pero ya está, porque pasó de moda y lo prueban los
4.328 papers al vicio y al respecto
que Internet dispone al interés del usuario. Y cuando esta gente, estos
lechuzos, se consagran a algo, es que es de noche hace un rato lungo. Mientras
andábamos con esto estalló la Tercera Guerra Mundial, pero no sé si la estaban
dando en otro canal o es que ya no tengo tele. Entre la expansiva Importancia
de la Onda y la Inimportancia de la Importancia deberíamos meter un día el.[4]
Difícil, en efecto, que después de la Antipoesía quede otra cosa que la
Policía. El chiste zonzo (u hoy zonzo) de Parra se volvió siniestro. La Policía
también es “Generacional”.
Un joven
de escasos recursos no se da cuenta de las cosas / Él vive en
una campana de vidrio que se llama Arte / que se llama Lujuria, que se llama Ciencia / tratando de establecer contacto con un mundo de relaciones / que sólo existen para él y para un pequeño
grupo de amigos.
Jóvenes / Escriban lo
que quieran / En el estilo que les
parezca mejor / Ha pasado demasiada
sangre bajo los puentes / Para seguir
creyendo –creo yo / Que sólo se puede
seguir un camino: / En poesía se
permite todo.
Se escribe contra uno mismo /
Por culpa de los demás.
El deber
del poeta / Consiste en superar la página en blanco / Dudo que eso sea posible.
No tenemos más nada que decir. Ya fue demasiado, por ahora. Y también
nosotros nos arrepentimos de todo lo dicho –dicho y/o escrito. Dicha y escroto.
Que el
Antipoeta, al fin y al cabo, es un Poeta todavía genial.
Soltándole de a poco la mano a Badiou, dimos un coletazo de Kacem a Parra.
Vaya, vaya. Lo que es ser libre de la Universidad –y eso que no es mi caso. Según los doctores de la ley este posteo
no debiera subirse, pero el autor no responde a las molestias
que puedan ocasionar sus escritos.
Si la
Antipoesía consistiera, sin muchas más vueltas, en meter el chiste en el centro
mismo de la Poesía, desbancando sus presuntas y curtidas infatuaciones de
sublimidad, y si aplicara el anti a
idéntico propósito en territorios de la Filosofía, tenga por cierto que nuestro
ídolo Macedonio sería el Antifilósofo-Rey por derecho propio –nuestro rey de la
Antifilosofía, digo. Ambos distritos quedarían circunscriptos… ¿a qué? ¿A la
puesta en vigencia de un saber reír
por todo proyecto? ¿Y para qué saber reír? ¿Para no morir de risa? ¿Para vivir
de joda? ¿Para no reír sin saber o reír por ignorancia, tipo esclava tracia?
Siendo que desde Pascal, al menos, reírse de la filosofía ya es filosofía y,
mucho más de antiguo, desde Aristóteles mismo no filosofar o resistirse a
hacerlo tampoco deja de ser filosofía, no estamos yendo mucho más lejos que a
dónde íbamos desde un principio, partiendo del propio Demócrito. Es posible
reírse –incluso de todo– sin saber reír, y es posible ejercer la práctica
sistemática y asidua del chiste malo sin acariciar ningún horizonte dominado
por la risotada y el carcajeo. Tal vez Aira se imaginó que su “risa seria”
comportaba un humorismo flemático que rendía honores a su maestro mayor de
obras en el rubro poético (Lautreámont); pero acá somos salvos de semejantes pretensiones.
La risa del chiste malo ni es seria ni es risa, como ni era cielo ni azul el
cielo azul de Argensola y Lord Rayleigh. Que el saber y la risa se confundan,
no significa que se fundan. La muerte no sólo enseña desde el minuto 1 la
práctica filosófica; también el arte de reír, a juicio de Parra, y bocha, no
obstante, a todos sus aprendices, faltándoles incluso el respeto (como es común
entre docentes de cualquier institución). La filosofía prepara para la muerte,
pero la muerte prepara a los humoristas entrenándolos para hacerlos fracasar y
morir reprobados. Este sí que es un camino tortuoso (que diría Blake) y no una
hilera de miguitas que orientan pacientemente hacia la eudaimonía garantida. El humorista sí que es héroe. Y además:
Médico, el ataúd lo cura todo. Todo hombre es un héroe / Por el
sencillo hecho de morir.
El Antipoeta, Parra, cambió el cisne y el balbuceo metafísico, se dice,
por el habla del Nadie de la calle, el chiste de almacén y la frase de diario. Pero
disponer materiales de la vanguardia al servicio de un autoproclamado individuo
del montón –del montón chileno o hispano, e incluso un individualista del
montón (de ahí la insistencia en el “pequeño burgués” como autoacusación
exorcizante)– para poner en ejercicio una espontaneidad calibrada, estudiada, que
pretende conjurar el artificio y la oscuridad del surrealismo, no podría
alcanzar otra realización que la de ocupar un vacío con otro vacío, por citar a
Fernández por enésima. Nada menos simple y claro que atravesar una hilada de
textos de Parra, en los que familiaridad y llaneza convergen en la
multiplicación de la incertidumbre, en un desconcierto afable y proyectado con
conocimiento de causa (una kafkicidad de sobremesa y tertulia, un
enrarecimiento chacotero, caravanero, sin sequedad, pueblerino, de guaso clase
media). Ser el “único poeta popular chileno hiperculto” (dictum de Lihn) te deja afuera de cualquier montonera. Y como es
obvio, el destino histórico de cualquier antipoesía consagrada es jubilarse
como agente de adulteración y cristalizar en poesía pura. Pero el tipo aún hoy,
desde los camposantos que tanto lo inquietaban, sigue logrando hacer magia y
gracias con las peligrosas materias primas de las pavadas de la lengua de todos
los días y la artera zoncería popular de aquel entonces. Ya hace largo rato que
las causas del llamado Antipoeta se volvieron académicas, oficiales,
mediáticas: poéticas, pues, y por lo tanto, policiales. Empero aun así consigue
seguir saliendo airoso, y quizá lo siga logrando por un par de decenios. El
antismo parriano, ya hay que decirlo, se juega en otras ligas y no tiene mucho
que ofrecer de cara al pseudoproblema de la antifilosofía, entelequia que el
kacemiano vocacional dará por saldada, perimida y archivada en los armarios de
los errores de bulto pasados de moda. Nos vamos un poco con las manos vacías, y
era lo que se temía, y mejor así.
No sé qué es antipoesía y ni siquiera poesía, pero juro que no soy yo y
ni siquiera mi pupila (Kacem, el ex pupilo de Badiou, sí lo parraíza:
¡antifilosofía eres tú!).
A ver un esfuercito más.
¿Incorporaría
el Sr. Badiou al Sr. Parra en su biblioteca selecta de poetas liberados de la “sutura
a la filosofía”? Dada su campaña contra el Heidegger que eleva el poema a la
categoría de templo de la verdad del Ser, Badiou podría haberse dispuesto a
aplaudir a un Parra desuturizante, ser empeñado tal vez en romper el vínculo
con el poema como sustituto de la metafísica. Peeero… cuesta imaginar al
trasandino reposando en algún anaquel perdido en los varios departamentos
parisinos de este señor. Las razones pueden ojearse aquí passim. Badiou pide una poesía que no reemplace a la filosofía,
pero que la abastezca de verdades, y es de temer que este don Nicanor no se
prestaría de buen gesto a tomar dicho cargo de proveedor (o peor, repositor),
reacio que parece a cualquier noción de verdad poética cerrada como upite
virgen. Más factible es que el normadien
lo tenga en reserva dentro de sus listas negras de sofistas, escépticos y
nihilistas democráticos. Forzado a asignarle un lugarcito en los estantes, más
bien lo apilaría detrás de la larga hilera de lomos acumulados por la
antifilosofía, en una sección difusa en la que yacieran los conatos
antifilosóficos emprendidos por los forasteros de la filosofía, si es que no en
la de los compinches en verso de la sofística más norteamericanizada, allí
donde se agolpan relativistas de todo pelaje o los abracadabrantes de la ironía.
El antipoeta no querría ocupar el sitial del filósofo, ni el del poeta que
quiere remplazarlo, y ni siquiera el del poeta, dado que este trío de
personalidades conspicuas son licitadores que compiten por ver quién va primero
en el podio tripartito del tonto solemne. Aunque disculpándose en tono cortés,
Nicanor profesa un ninismo enormemente pretencioso, porque aspira a quedar
exento de cualquier categoría jerárquica y prestigiosa, reservándose el
contradictorio lugar del anónimo de nombradía, el de un consagrado nombre
propio que traduce a prosa y papel una silva de voces populares e irrelevantes.
Pero si Badiou lo colocara en el escondido estante donde van a parar los
autores cuya ironía erosiona las condiciones mismas bajo las cuales una verdad
puede ser reconocida como tal, debería dar por inválidos esos amagues parrianos
que acercan su antipoesía a la mismísima antipoesía de Platón, siendo que Parra
escribe que la poesía (que es movimiento y habla) no convence y que la verdad y
la belleza son increados e imperecederos (no se crean ni se pierden). Y acá
parece que estamos, lo repito, ante la mismísima Antipoesía de Platón. ¡Qué
retroceso!
No se dejaría Parra manosear por las taxonomías de Badiou, y quizá lo
esté logrando todavía. Parece bastante obvio que los bríos nicanóricos no van
encaminados hacia la solemne tontería paradójica de negar la verdad, sino que
apuntan a fustigar a los cuerpos especializados que se encargan de
administrarla, llámense poetas, filósofos, críticos o cualquier otro sacerdote
de la cultura. Platón ya había bajado del Olimpo a los poetas dos milenios y
medio antes de que se empezaran a bajar solitos. Parra quiere bajar a todo el
mundo, síntoma de la modernidad que algunos cotizan como posmoderno. La verdad
no desaparece: se vulgariza, circula por la Caverna como habla en movimiento y
es tomada por el antipoeta para ser reinstalada en la prosa, en la escritura,
en el libro, aunque luego de haberla hecho colapsar o, al menos,
desestabilizar. La antipoesía pretende ser una práctica sistemática de sabotaje
a cualquier identidad establecida, incluida la del antipoeta. ¿Es Parra a la
poesía lo que Nietzsche a la filosofía? ¿Cuál es el acontecimiento para él?
¿Ninguno? ¿Cualquiera, varios? ¿Una charla de verdulería, un pasacalle? ¿El
lenguaje no como casa del Ser o acontecimiento del poema sino como circulación
anónima, chiste, frase hecha, grafiti, refrán, conversación? ¿La caída misma de
los acontecimientos? ¿O (como les sucede con la filosofía a los antifilósofos
como Nietzsche) la misma poesía? La verdad habla por cualquier lado, no
necesita de un procedimiento identificable, aunque lo haga como error
colectivo, confundiendo bosques y nubes con bosques y nubes. Sin embargo, el
antipoeta, con una astucia pareja a la de aquellos tres del podio susodicho, no
podría dejar de ser el heraldo que señala la verdad-error y el núcleo último de
las cosas como diferentes de sí mismas. Nadie posee un monopolio legítimo de la
verdad (ni siquiera un tetrapolio), si bien este decreto final es expedido por
la antipoesía (voz que asume la poesía que está en todos lados menos en la
poesía) luego de haber codeado fuera a sus rivales y desde el mismo podio que
ellos. El acontecimiento podría ser la poesía como todo salvo la poesía.
En su tesis para acceder al Posdoctorado en Metarrecontradiscursividades
Paraantifilosóficas expedido por la Universidad de Fray Luis Beltrán, el ex
antipoeta y actual numerario Dr. Rolando Parullo, observa (pp. 13.637-13.639):
¿Es la antipoesía una antifilosofía de la
poesía, o es algo más radical, una práctica que vuelve antifilosófica a la
propia poesía y simultáneamente antipoética a la propia antifilosofía? El
acontecimiento no sería la verdad que el poema revela, sino el acto mediante el
cual la poesía pierde sus garantías. Eso explicaría por qué Parra sigue obsesionado
con la poesía incluso cuando parece burlarse de ella. No deja de hablar del
poeta, no deja de hablar del poema, no deja de hablar de la verdad poética; pero
lo hace para someter esas categorías a una especie de prueba destructiva
permanente. En ese sentido, el famoso “los poetas bajaron del Olimpo” podría
leerse menos como una tesis sociológica que como un gesto antifilosófico en el
sentido badiouano. No está diciendo simplemente que los poetas eran unos farsantes;
está produciendo una escena en la que la poesía se ve obligada a renunciar a su
autoridad trascendente para continuar existiendo.
En Badiou, la antifilosofía no consiste simplemente
en atacar la filosofía desde afuera. El antifilósofo instala un acontecimiento
cuya escena privilegiada es precisamente la filosofía misma. Lo que denuncia es
la pretensión filosófica de transformar ese acontecimiento en saber. La
filosofía es simultáneamente el terreno de la operación y aquello que debe ser
desbordado. Eso es muy visible en Nietzsche según la lectura badiouana.
Nietzsche no declara que la filosofía carezca de importancia. Todo lo
contrario: la toma tan en serio que la convierte en el lugar donde se juega una
decisión absoluta. Lo que rechaza es la filosofía como disciplina
argumentativa, académica o conceptual. La filosofía es acontecimiento, estilo,
gesto, destino, selección de fuerzas. Si trasladamos esa estructura a Parra,
entonces la hipótesis interesante sería: el acontecimiento del antipoeta no
sería la verdad que circula por la calle, sino la poesía misma. Pero
entendiendo “poesía” exactamente como Nietzsche entiende “filosofía”: no como
institución, no como género, no como conjunto de obras consagradas, sino como
lugar de una decisión. En ese caso, Parra no diría: la poesía es una mentira.
Ni siquiera: la poesía está en todas partes. Diría más bien: lo que los poetas
llaman poesía no es poesía. Y toda la antipoesía aparecería como una tentativa
de arrancar la poesía de sus administradores legítimos. Algo muy parecido a lo
que Nietzsche intenta hacer con los filósofos. Por eso se podría incluso
radicalizar la comparación: para Nietzsche, los filósofos traicionaron la
filosofía y la filosofía debe recomenzar desde otro lugar: el acontecimiento
ocurre en la filosofía misma y el filósofo profesional es el enemigo; para
Parra, los poetas han traicionado la poesía y la poesía debe recomenzar en otro
lugar: el acontecimiento ocurre en la poesía misma y el poeta profesional es el
enemigo. Visto así, Parra se acercaría mucho más a una figura antifilosófica
que a una figura escéptica. Incluso su obsesión por desmontar la autoridad del
poeta recuerda bastante la obsesión antifilosófica por desmontar la autoridad
del filósofo. El antipoeta sería a la poesía lo que el antifilósofo es a la
filosofía: alguien que reclama para sí una experiencia más originaria del acto
que la institución correspondiente ha fosilizado. Sin embargo, ahí reaparece
una diferencia importante con Nietzsche tal como lo lee Badiou. La
antifilosofía nietzscheana termina afirmando algo muy fuerte: la Vida, la
Voluntad de Poder, el Gran Mediodía, el Superhombre, etc. Hay una instancia
afirmativa que organiza la demolición. Parra parece mucho más reticente a
instalar ese punto de afirmación. Cuando escribe: “Los poetas bajaron del
Olimpo” o “La poesía terminó conmigo” o “Los cuatro grandes poetas de Chile /
son tres”, el gesto parece menos profético que el de Nietzsche. Hay una ironía
que vuelve inestable incluso el lugar desde el cual habla el antipoeta. Por eso
sospecho que Badiou podría aceptar la analogía formal —Parra como una suerte de
antifilósofo de la poesía— y aun así desconfiar profundamente de él. Porque en
Nietzsche el acontecimiento filosófico termina siendo identificable. En Parra,
en cambio, la ironía amenaza constantemente con tragarse el acontecimiento
mismo. Dicho de otra manera: Nietzsche quiere destruir la filosofía para salvar
la filosofía. Parra parece querer destruir la poesía para salvar la poesía,
pero también para reírse un poco de la idea misma de salvarla. Y quizás sea
precisamente ahí donde la antipoesía se vuelve difícil de incorporar a las
taxonomías badiouanas. No porque no tenga acontecimiento, sino porque nunca
termina de decidir si el acontecimiento merece ser venerado o puesto en ridículo.
Parra podría ser el caso de una antifilosofía poética
que no se funda en la excepción, el éxtasis, la conversión o la singularidad
radical, sino en la vulgarización sistemática de toda pretensión de autoridad. Badiou:
hay verdades universales, aunque no pertenezcan a nadie. Parra: la verdad habla
por cualquier lado, pero apenas alguien pretende representarla ya empieza el
espectáculo del tonto solemne.
¿Qué ocurre con la noción badiouana de verdad cuando
se la obliga a atravesar el dispositivo antipoético? ¿Qué le hace Parra a la
categoría de antifilosofía? Si Nietzsche convierte a la filosofía en el lugar
de una experiencia que la excede, quizás Parra convierte a la poesía en el
lugar donde la poesía misma pierde sus privilegios. Eso explicaría por qué su
antipoesía puede parecer simultáneamente platónica y sofística. Platónica,
porque no abandona del todo palabras como verdad, belleza o realidad. Sofística,
porque destruye los mecanismos que permitirían fijar definitivamente su
significado. ¿La antipoesía puede realmente escapar a la función sacerdotal o
termina instituyendo un sacerdocio nuevo: el del hombre común? ¿Destrona a los
sacerdotes o canoniza al hombre común?
La respuesta parece ser que Parra introduce una dosis
de comicidad, vulgaridad y habla ordinaria que vuelve muy difícil sostener las
grandes oposiciones badiouanas entre verdad y opinión, acontecimiento y
situación, fidelidad y saber. No las refuta. Las vuelve incómodas. Las hace
tartamudear. Y eso, sospecho, es bastante más parriano que cualquier
clasificación definitiva.
Gracias Dr. Parullo; pero
rechazamos cualquier conclusión de las buenas noches. ¡A dormir!
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