Inquieto de
entrada como estaba por la paranoia y la psicosis, Lacan se metió de lleno en
la filosofía, con toda la desconfianza que heredó de Freud, que prefería
gambetearla (Lacan se interesó en la paranoia porque la veía más sistémica,
dice Badiou). Si sometió a clínica al filósofo, empero, no lo hizo bajo el
auspicio de restituirlo a la normalidad neurótica. Tiene ese mérito. No propuso
el adáptate y anda. Badiou, alma
noble, dice que entendía al psicoanálisis como vehículo de emancipación, un vecteur d’émancipation (aunque,
hablando de vehículos, sabemos lo peligroso que era manejando… lo cuenta
Roudinesco en la bío, creo). Sin embargo, les dijo a los del 68 famoso que como
revolucionarios aspiraban a un Amo. Y en tal lo convirtió Badiou, en un maître.
Para el del Pequeño panteón portátil, Lacan era el Hegel de los marxistas
franceses; pero en otros libros Badiou prefiere llamarlo “Maestro”, vocativo
algo irónico y ciertamente comprometedor para quien hizo fama delatando la
maestría. Acaricia bofeteando. Para él sólo es “contemporáneo” como filósofo
“aquel que tiene el valor de atravesar sin flaquear la antifilosofía de Lacan”,
quien de este modo se convierte en el maestro del “inanalizado”, puesto que
Badiou declara –todo esto en el libro Condiciones–
que no es ni jamás será analista, analizante ni analizado (lo invistió de
maestría, ya vimos, espiándolo por la cerradura). No se metió a análisis,
confiesa en otro lado, porque está “feliz con la vida” (heureux dans l’existence) y cree, como Lacan mismo, dice, que si el
sufrimiento se puede soportar, la única razón para hacerlo es querer ser
psicoanalista (en mi barrio le llaman “hacer plata sin laburar” –aunque yo nací
en el centro). Para Lacan, Platón era un maestro –aunque no dijo que fuera el
suyo (lo llamó “un Sade más divertido”, con genio cómico)–: sólo verificó que
“Platón es lacaniano”, y Badiou le da crédito, parece. Arguye, por ejemplo, que
el Bien en Platón es “el lugar del Otro”, ni Idea ni ousía (lo que del ente está expuesto a la Idea) sino lo excentrado
que sitúa la palabra bajo la ley de la Verdad, fórmula equivalente al lacaniano
“no hay Otro del Otro”, y que dice que no hay verdad de la verdad. Para Platón,
revela Badiou, hay lo Uno pero no es –es incompatible con el ser. Ahora bien, Lacan
mantuvo siempre una “disyunción” entre Sócrates y Platón que Badiou rechaza, la
que dice que al primero corresponde el discurso del analista y al segundo el
del amo. Se identificaba con Sócrates. Amén de Freud, era el único analista en
el que se reconocía, “el primer analista histórico”. Veía al Banquete no como una ficción platoniana
sino como un informe de sesiones psicoanalíticas en el que Sócrates oficia de
sujeto supuesto saber que ignora sobre todas las cosas menos sobre el eros, razón por la que fuerza un amor de
transferencia en todos. Sócrates es el que devuelve la verdad al discurso, el
que frente a los sofistas indica que lo que está en juego en la lógica del
significante es la posición de la verdad. Pero para Badiou, detrás de la
máscara de Sócrates está Platón, quien hace tanto de maestro como de analista
porque la filosofía “es siempre diagonal a los cuatro discursos”. El acta
fundacional de la filosofía se encuentra en los diálogos de Platón bajo el
libre juego entre “regímenes dispares del discurso”. Tal plasticidad le permite
enseñar mediante el impase. Para Badiou, es Platón y no Sócrates el de la
aporía y la atopía.
En realidad, y bien en contra de sus
cercanos ancestros gremiales, Lacan es más matematizante que Platón: las
matemáticas para Platón eran una propedéutica a la dialéctica, pero para él
eran meta e ideal, aunque como formalización, potencia de la letra (la apodeixis
no se logra con el órganon ni la dialéctica sino con la fórmula matemática).
Para ambos son la puerta de acceso a lo real, ambos diferencian real de
realidad (“inteligible” y “sensible” para el griego), y Badiou revela que la
discrepancia entre una concepción hipotético-deductiva de las matemáticas y
otra moderna y formalizante es apenas aparente. Platón y Lacan se hallan
ferrosamente unidos en el amor y las matemáticas, en “la a locura de la pasión
y la beatitud de la demostración”, esas dos “condiciones de la filosofía”. Es
curioso, de tal guisa, que Badiou pida que el psicoanálisis siga distanciándose
de ella, siga atravesándola y mellándola, porque en definitiva no encontramos
más que una suerte de fusión pastosa entre “el educador de todo filósofo por
venir” y el fundador, entre el gestor de la clausura antifilosófica y el
iniciador de la filosofía.
Lacan no se compromete en la vía de
Antístenes, dice Badiou –mientras lo ningunea como “ese cínico”–, porque lo
suyo no es el motete de veo el caballo y
no la caballeidad. Acá el protocínico, el más fiel de los socráticos para
la tradición antigua, más bien funge como el iniciador del antiplatonismo,
“sombría novedad” del siglo XX, por lo visto no muy novedosa. Pero la
antifilosofía, la lacaniana, es, dice Badiou, lo que “pone en estado lastimoso”
al antiplatonismo triunfal del siglo pasado. Así, cualquier coyunda entre
antifilosofía y cinismo quedaría desbaratada por la clausura lacaniana. El
psicoanalista galo vino a bajarle el telón al siglo antisteniano en el que
todavía reposaban sus colegas conspicuos, Nietzsche y Wittgenstein llamados. El
libro VI de La República, indica
Badiou, expone que filósofo es un
anormal que brota en circunstancias excéntricas: “el exilio, el nacimiento
en una pequeña ciudad desconocida, venir de un oficio común y pasar a la
filosofía mediante un movimiento propio inexplicable, ser enfermo, o de una
salud precaria, o disponer de un signo demoniaco interior”. A juzgar por tal retrato,
uno se inclinaría por ver a Diógenes como el filósofo par excellence. Sin embargo, para Badiou no es ni Sócrates, sino el Divino. Siempre Platón, Platón. ¡Qué
grande sos! ¡SOS!
Al final, casi nos cuesta distinguir entre el rostro de Platón y la jeta
de Lacan. El psicoanalista le puso el cartel de “clausurado” al boliche
antifilosófico y le abrió la tranquera a los bisoños platonistas del siglo en
curso. La filosofía arranca en Platón tirando diagonales por los cuatro
costados. Para ser Filósofo hay que ser Analista, Histérico, Amo y Profesor,
todo mezclado, todo mezcludo. A Sócrates, que diríamos, le fallaron los dos
últimos oficios: se quedó en perfecto Histérico y en príncipe de los Analistas
(no de los filósofos, como creía Cicerón). Se contentó con ser
psicoanalista-histérica y le faltó la dosis de loco bufo y canalla ganso (falta
que, según el Platón anecdótico, rellenó el chiflado radiante y canino riente
de Diógenes). Se equivoca Groys al ver en él al Filósofo y a Platón,
solapadamente, como el Antifilósofo-prínceps. Empero, como con Badiou parece
darse una fundición entre Lacan y Platón, entre un Anti y un Filo, no estaría
tan equivocado.
Lacan no se dejaba engañar por los que no
se engañan, dice Badiou: Lacan n’est pas
dupe de ces non-dupes. No se dejaba engañar por los no-tontos, digamos.
Badiou, llevando agua para su molino, identifica a estos que no se dejan
engatusar como los típicos negadores del comunismo (que para él “no es una
utopía sino el verdadero nombre de lo real como imposible”). Se los podría
identificar también con los cínicos modernos, los no quínicos, los que llevan
la Z del zorro; pero también los antiguos, los con Q o K, construyeron un
monumento de obsesión contra el engaño, los tufos, humos, la vanitas, lo cual puede asociarse con la
soberbia, el narcisismo, la petulancia, pero también con la doxa, la fama, la opinión común, esos
dos monstruos, en definitiva, que combatieron los filósofos –en particular, el
segundo– y los cristianos –sobre todo el primero, en el que recaían los
filósofos, a su criterio. En el caso de Lacan, es el pelele del filósofo aquel
que se caracteriza por creer no dejarse engañar, puntualmente, por el
inconsciente. Quien no se deja engañar se equivoca, les non-dupes errent: aforismo conocido como “los no incautos
yerran”. ¿Lacan no se dejaba engañar por los filósofos? Según Badiou, no se
dejaba embaucar por los non-dupes,
que podrían ser los no-tontos. Y si los filósofos eran tontos, quizá no lo
engañaran o quizá sí se dejaba engañar por ellos. Pero si el que no se deja
engañar, el cauto, marra o vaga, mejor es dejarse engañar, un poco, al menos.
En la charla publicada como Jacques Lacan, Passé présent, en
conversación con Roudinesco, Badiou confiesa que Lacan no sólo fue violento con
los filósofos sino que estuvo enamorado de muchos de ellos; por eso, quizá, los
“lacanizó retroactivamente”, como dice (el enculage
lacaniano, acaso, y merced al cual “casi se podría escribir una historia de la
filosofía según Lacan”). Notemos que acá un Badiou ya descontracturado llega a
despachar que el quía “sentía un gran respeto por el discurso universitario”...
Aunque la lacanización de la filosofía oficial se volvió insoportable en la
Argentina, concedamos que Badiou tiene algo de razón: los filósofos que nunca
quisieron saber nada del psicoanálisis, y menos del suyo (el de Lacan), siempre parecieron un
té aguado. Una tía lésbica, solemne y soporífera. Un plomo. Un chupetín light… Como sea, así y a la final, descubrimos
que Lacan decidió participar de la imbecillité
universitaria, o sea ser Profesor (pronúnciese de vuelta con la entonación de
Pucho), y que no se contentó con ser Profesor de Antifilosofía sino que se hizo
Parafilósofo, Antiantifilósofo e, inclusive y después de todo, Filósofo. Lacan
fue para mí –Badiou confiesa a los postres– un
héroe filosófico.[1]
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