Filosofía y psicosis: de la paranoia cognoscente a la locura de éxito

 

Por esas causalidades intersecté el otro día este texto en la Red intitulado La Paranoia de la Filosofía, facturado en 2024 bajo nombre de Peter Trawny. Texto medio extraño que cuenta lo siguiente. Gloso y contamino (mino el cuento).

     Arendt declaró que toda la historia de la filosofía está surcada por una guerra civil entre el sentido común y el pensamiento filosófico. Pero como el objetivo primordial del filósofo no es el Otro sino el pensamiento, y el sentido común es un sexto sentido que integra a los otros sentidos en un mundo común, entonces el filósofo emprende la retirada del mundo y se aparta: Parménides se quita de la vía de la Opinión, Sócrates se ve como un átopos u outsider radical. Son los filósofos, en realidad, los que declaran la guerra, los que avistan este asunto como una enemistad medular entre los muchos y los pocos, entre la opinión y la verdad. Se trata de un delirio, de paranoia, un delirio persecutorio fijado por Platón, que espantado por la ejecución de Sócrates, advirtió a su séquito clientelar del peligro de asesinato que corre el filósofo al querer regresar a la Caverna para liberar a la masa enajenada que sólo quiere seguir viendo la tele o el TikTok. La persecuta de Platón fija el patrón del victimismo tipo del filósofo, un tipo que se siente perseguido por el sentido común del tipo común (para decirlo con Wimpi). Con dudosa certeza, Arendt y el autor declaran que no hay nada de histórico o de verídico en esa amenaza (se ve que o nunca fueron filósofos de veras o les falta calle y les sobra claustro y púlpito). También Heidegger, acá visto como el segundo paranoico-filosófico en importancia (o el tercero después de Schreber), expresó que ante el triunfo de Stalin estaría encabezando la fila en las listas negras de gente a pasar a degüello. Además vivía preocupado por el fin del pensamiento o de la filosofía y no sólo del suyo propio. Esta neura no sería más que pura locura o la proyección de un conflicto interno (homosexualidad reprimida, en Freud de bolsillo). Platón expresó también su fobia con la historia de Tales y la criada tracia, para Arendt un absurdo miedo al ridículo ante la mirada del ayuda de cámara, a ser el hazmerreír de la chusma. Como se ve, parece que las filósofas no sufren este tipo de acoso, exclusivo del filósofo propiamente dicho o con picaporte. Trawny asegura que este trastorno corresponde al costado no-filosófico del filósofo (una autotraición): debería importarle un bledo, pero le importa porque quiere salvar al mundo para ser querido, amado por la multitud, ahora redimida como nueva comunidad emergente de la realización de la filosofía.

     A esta historieta empero le faltan datos. Nietzsche no se equivocaba cuando decía que el filósofo es un sujeto peligroso. La filosofía como tal (un invento griego para uso de los griegos, expropiado luego un tiempito por los romanos) desapareció con la Antigüedad y lo que vino después fue el Discurso Universitario, no el del Amo: la filosofía sierva, sierva de la Teología primero y después de la Tecnocracia Académica. La data que le falta al autor y a Arendt es la de que cuando sí existía no fue Sócrates la víctima señera: el listado en realidad es bastante grande y doloroso e incluye sofistas y viejos presocráticos en la nómina. Tal vez le suenen los nombres, amén del esclavizado Platón, de algunos torturados y asesinados (Zenón de Elea, Anaxarco, Hipatia, Boecio), de algunos expulsados y exiliados (Protágoras, Diógenes, Teodoro, los socráticos en bloque, Aristóteles, autoexiliado por las dudas), de procesados por impíos (Anaxágoras), o de Pitágoras (al le quemó su escuela en Crotona una turba enfurecida), y siguen las firmas. El autor concluye que no existió ni existirá un Moisés de la filosofía que sea el conductor de un éxodo del Antro (la Caverna no es Egipto). Los no-filósofos son invencibles (por la filosofía, desde luego). Eso parece cierto.

     La máxima capital no-filosófica del filósofo sería no estoy paranoico, ¡me persiguen! O bien la de Stephen King: perfect paranoia is perfect awareness. O bien enmendaría el verso de Borges y diría no por el amor sino por la paranoia, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad. Así vista, la filosofía es el método de Dalí pero sin caballete (el paranoico-crítico), una teoría conspirativa (autor dixit). Y no caben dudas de que el primer conspiranoico fue Platón (dato que se saltean todos los ñoños que hoy andan frecuentando seccionales policiales con dicha cantinela y ayer adscribían a la distinguida “escuela de la sospecha”).

     El final, sin embargo, es benévolo. Por empezar, Trawny dice que existe “un conocimiento paranoico-filosófico” (es el que capta de manera única e idiosincrática los elementos patológicos del mundo en tanto que lugar de la falsedad), y por terminar, este académico y profesor de filosofía señala que una filosofía curada de la paranoia dejaría de ser filosofía y se convertiría en filosofía popular –oxímoron– o en cien por ciento académica, en una simple función social o en entretenimiento para cavernícolas.

     Notemos que se dice que al filósofo no le importa en realidad el Otro sino el pensamiento, que merced al psicoanálisis se sabe que no es sino goce y, máxime sin Otro, goce idiota. Pero al filósofo no le basta esta jouissance del Falo o joui-pense, también es no-filósofo y quiere ser amado como un Moisés. Sin embargo, como le falta un pueblo y no tiene más que un pueblo en falta o un manojo de cautivos apegados al Antro, se pone paranoico. El Idiota-Esquizo se pasa al polo Paranoico (¿Paranoico-Fascista?), al que amenazó pasarse Deleuze una volta, y bajo esa condición produce el discurso filosófico genuino, no populista ni funcionarial.

     Lo que Trawny entiende por no-filosofía (el reconocimiento de la turba esclava, el mesianismo lógico, el elemento paranoide) es lo que Groys llama antifilosofía. Cuando se pasa a la antifilosofía, el filósofo pasa a Moisés paranoico y frustrado. El conocimiento paranoico-filosófico es entonces antifilosófico.

     Sócrates va al ágora por el camino de la Verdad, no por el de la Opinión: no va a vender nada sino a comprar verdades para ver si andan. En realidad es un inspector de oficio, más que un consumidor. Más bien es un cuentapropista que asume motu proprio un cargo que ninguna institución oficial le otorgó, y de ahí que sea un átopos, un tipo fuera de lugar.

     Si el método del filósofo, como se leyó, es siempre el paranoico-crítico o crítico-paranoico (afamado desde el pintor catalán), tenemos que es, a ojos vista de Groys, socrático-platónico o viceversa, donde lo crítico corresponde a Sócrates (examen de verdades en oferta) y lo paranoico (tasación del Mundo como Caverna) a Platón. O sea que filósofo y antifilósofo se dan siempre en conjunción. De acuerdo a Groys, hay en general una primacía y una anticipación del factor paranoico: el método antifilosófico nacido con Platón es el paranoico-crítico: primero la paranoia, luego la crítica; primero el acto-orden anti, después lo crítico-contemplativo del filósofo. El método de Sócrates (el filósofo, para Groys, quien tal como Lacan, articula la disyunción Platón-Sócrates) es el de la crítica a secas –aunque habría algunas razones de orden historiográfico para sospechar que a paso siguiente también ejerciera la paranoia del salto anti (si bien nunca se sabrá y el ágrafo seguirá siendo un misterio).

     Siendo que el protréptico es el procedimiento discursivo cuyo fin es exhortar a dar el paso de la doxa a la theoría, la conclusión al respecto es que el filósofo debería haberse dedicado a omitirlos o bien a escribir puros protrépticos esotéricos, lo cual es una paradoja, porque el discurso filosófico esotérico (los textos sobrevivientes de Aristóteles, ejemplo) es siempre para los iniciados, pa’ los de adentro. Pero el filósofo abre la tranca, busca pupilos, se dirige a otro, no es solipsista. Diógenes no escribió un protréptico, como el Estagirita; pero él mismo era un protréptico andante, aunque exhortara a palazos y aunque no propusiera la theoría sino la askesis. El cínico era un paranoico, a lo mejor, pero no se escondía de sus perseguidores fantasmáticos: los enfrentaba ahí mismo en la rúa, como el mismo Sócrates, pero con un poco más de jaleo. ¿Quería ser un Moisés o apenas marcar la diferencia e hincharles las bolas? El tipo no se dedicaba a la vita contemplativa (el pensamiento mero), pero tampoco aspiraba a conducir a un pueblo ni a reformarlo antes: si escribía Repúblicas era más bien para provocarlo (y, en el mejor de los casos, captar algún que otro entusiasta). Además, gozaba del órgano no como Órganon ni Falo: no para tapar el agujero sino para destapar las cañerías.

     Badiou trata este asunto cuando habla de la maladresse del filósofo, su torpeza social o “mala dirección”, y propone, para salvar las papas, que la filosofía no se debe a su público ni está dirigida a nadie en particular porque ningún texto nos ha sido enviado. Dice que como pensamiento –más acá de la voz y el escrito– su transmisión está ligada al discípulo (definido como el que soporta una transmisión), y que se escribe sólo desde el punto de vista del discípulo, incluso cuando es el maestro el que lo hace. Y es la institución, agrega, la escuela, la que debe hacer proliferar a los discípulos, y hay que limitarse a publicar como en una imprenta clandestina, para no caer, justamente hablando de Arendt, en el liberalismo, “que quiere soltar todo, y al hacerlo encierra todo en la dispersión, la competencia, la opinión, y el despotismo del público y la publicidad”.

     Tratando, como se está, del vínculo entre filosofía y paranoia, corresponderá volver al psicoanálisis, que desde Freud lo convirtió en acaso inexorable. Y para volver a hacerlo una vez más con Badiou en papel de Virgilio o cicerone, se leerá su artículo “Lacan, la filosofía, la locura”, sito en El balcón del presente.

     Con Lacan, se lee allí, la psicosis paranoica es la forclusión del Nombre del Padre (vale decir, un significante no reprimido sino ausentado del orden simbólico) y posee una similitud estructural con la filosofía, que es, a su vez, la forclusión de la cosa, ya que la filosofía no quiere saber nada del goce, pretende fundarse en ella misma y se imagina como un pensamiento pleno y autosuficiente. Es así que anda siempre queriendo regresar a la cosa misma (Husserl expuesto), lo que para Lacan no es más que una compulsión capitaneada por la falta. Lo forcluido en lo simbólico es lo que retorna en lo real bajo el aspecto de alucinaciones, persecuciones, voces; y en el caso de la filosofía, el goce y la Cosa que ella excluye del discurso le vuelven por lo real bajo la faz del ser en tanto ser. Desde Parménides, el pensamiento se convierte en atributo del ser mismo, y tal es el instante en el que pone primera y arranca la locura filosófica como alucinación del ser como sujeto, coronándose con Hegel en Absoluto-Sujeto-Sustancia. Este es el primer síntoma de la locura filosófica para Lacan según Badiou; y el segundo es aquel en cual la filosofía imagina que el ser no sólo piensa sino que goza de su pensamiento. La filosofía, por ende, es la psicosis del pensamiento; esto concluye Badiou interpretando partitura lacaniana, y trascartón ejecuta la pregunta del millón: “¿estoy loco?”. O bien, y dejando la autobiografía de lado: “¿Debemos aceptar los filósofos (habla por él, no por mí) ser una enfermedad del pensamiento?”.

     En principio, descubrimos en este opúsculo cómo quedaron las cosas con los tres antifilósofos cabecera del siglo ido: en una importante victoria lacaniana sobre los otros dos, sobre la cual Badiou se monta para vencer él (me refiero al pensamiento que porta su rúbrica; eludamos la cuestión-egos). Lacan, que atendió un tanto más a Wittgenstein que a Nietzsche (creo que conservó algo del pánico que le tenía Freud al terrible bigotudo), le concedió al primero un mérito parcial, porque entendió que el susodicho había reconocido la estructura del síntoma, aunque sin poder zafarse de él. Lo vio como un colega antifilósofo que acertó con el diagnóstico, que eludió la teoría filosófica y que propuso curar a la filosofía en tanto enfermedad (psicosis) no con una crítica sino con una terapéutica (de la exactitud del lenguaje, en este caso); pero que lo hizo sin salir de la estructura filosófico-psicótica, porque si bien supo que no hay metalenguaje y que la verdad no puede decirse toda, quiso salvar la verdad tódica con el elemento místico, o sea con un sentido total y filosófico montado en una certeza paranoica (con el silencio místico, explica Badiou, Wittgenstein restableció la idea de un goce pensante del ser). En aquiescencia a Lacan, y así las cosas, el campo propiamente filosófico acogería en su seno una división fundamental: filósofos-filósofos y filósofo-antifilósofos. Los primeros son los paranoicos dogmáticos del metalenguaje que creen ser el objeto privilegiado del goce del ser (Hegel por emblema); los segundos –sigue Badiou– los melancólico-críticos que denuncian todo esto en el plano teórico, pero lo restauran en otro forcluyendo el goce (y acá entran Wittgenstein y Nietzsche con Kant infiltrado). Con los últimos también vuelve en lo real un significante amo o supremo que nombra el goce y hace posible la todoverdad (para decirlo un poco a la Macedonio), porque la Vida de Nietzsche y lo místico de Wittgenstein se empalman con la Idea de Bien de Platón, la libertad moral de Kant, el Absoluto de Hegel e incluso el Ser de Heidegger. Según este esquema, antifilósofo, lo que se dice antifilósofo, sólo Lacan. El resto juega para el contrario, aunque le haga goles en contra. O en su defecto, sirve a dos amos –para decirlo con el evangelista (o más bien, al señor y al analista a la vez).

     Badiou, de más está decir, en su desesperación imperturbable por emerger del naufragio lacaniano con el palio de la filosofía aún puesto, saca su sistema de la manga (su manto es con mangas porque es moderno) y lo salva junto a él. Propone no esclarecer la filosofía por la psicosis sino al revés y explorar las posibilidades de una terapéutica filosófica de la psicosis, no una psicoanalítica. Observa en este sentido que si los enunciados de los filósofos son insensatos y sus sistemas locuras, son al menos locuras exitosas. El no-sentido del psicótico puro y duro es solipsista, dice, mas el del psicótico-filósofo es colectivo y con forma de obra (entendemos que se habla de un solipsismo patológico y no, v. gr., de Berkeley). Acá, por cierto, resuena, aunque no lo dice, la máxima de Foucault (“la locura es la ausencia de obra”), pero también el refrán vocalizado por Unamuno, ese que reza que la diferencia entre un loco (ponele Schreber) y un genio (ponele Platón, o Descartes o Hegel) es que el primero no logró conseguir quiénes le creyeran o lo siguieran y el otro sí. Lacan, por supuesto, que de entrada, y lejos de Freud, se fascinó por la paranoia e incluso se postuló a psicótico y juró que este gremio de la patología era analizable, ciertamente admitió –para el caso, en Rousseau–, aunque Badiou no hace mención, la existencia de psicóticos de genio. Badiou, que no se anda con chiquitas, niega la entidad del filósofo-sin-obra, o sea que, modernito como es, no acepta lo que sí consentían los antiguos, que llamaban filósofo al que vivía como tal (cosa que explica Hadot), o al menos, podemos corregir, al que lograba mostrar o demostrar o hacer creer que como tal vivía y actuaba. Vale decir que en la Antigüedad el filósofo también era un hombre de éxito, pero sin necesidad de que ese triunfo comportara la concreción personal de un sistema u obra escrita originales. Incluso deberíamos someter a escrutinio si no era, para menos inri, un exitoso-no-loco (queda abierta al público la cuestión). El punto, para volver al acusado, es que nuestro comunista, tan consagrado que está a denunciar las miserias del ego capitalista, establece al éxito como piedra de toque para diferenciar al loco hecho y derecho del loco filosófico: al Psicótico-Anónimo de Platón y Cía. Y trascartón, se ubica en el podio. Su filosofía del acontecimiento, del azar, de lo innombrable, de la democracia de las verdades y de lo múltiple, como se supone que deshace la ligadura entre Necesidad y Verdad, propone verdades atadas al azar, múltiples en su ser y contingentes en su surgimiento, admite una cosa innombrable (lo que no se deja forzar por una verdad) y tanto más tanto menos, sobreviviría sana y salva luego de la pandemia-Lacan. Con esto Badiou (así lo cuenta) aspira a rajar de la estructura psicótica, reconociendo los derechos de la Cosa y haciendo de la filosofía una obra abierta a todos. Y bue…

     El Éxito, conclusión, lo hizo zafar de la psicosis e ingresar al régimen de la locura meramente filosófica. Soy loco –sería su respuesta–; pero ¡loco exitoso! Éxito, luego pienso.

 

Comentarios