El único que piensa, al final, es Aristóteles


 

En el seminario sobre Lacan, Badiou afirma que el análisis es un pensamiento, que para Lacan el honor del pensamiento es no dejarse llevar por lo uno, que a diferencia de los otros antifilósofos contemporáneos, para él las matemáticas son pensamiento y que para Badiou es la filosofía quien revela el estatus del pensamiento de las matemáticas e intenta desbloquearlo desde Platón. Cuando Badiou le reprocha a Lacan no haber sido el Lenin de Freud por no haber indicado qué hacer, le imputa también que eludió, dado que el pensamiento efectivo es del orden del hacer, el qué pensar, con lo que fue, debemos concluir, un auténtico antifilósofo (o si lo vemos del lado de Groys, más bien volvió a Sócrates, o sea que en eso fue un filósofo: se limitó a criticar). Badiou pregunta si hay pensamiento en Lacan y especula que no haya construido nada nuevo en él. ¿Pero de qué se habla acá al hablar de pensamiento? En la conversación final con Milner apenas despeja un pensamiento impersonal, que sería el valedero, de uno personal.

     La ciencia, que “forcluye” al sujeto, “no piensa”, dice Lacan dándole la mano a Heidegger. A diferencia de la antigua episteme, no da sentido ni significado, no lo tiene lo real del ser material que analiza matemáticamente. No postula, se lee en Adrian Johnston, un cosmos cerrado, fantasiosamente totalizado, como el antiguo, sino uno infinito, destotalizado y desfundamentado, contingente y no trascendente, y es esa ciencia galileana la condición de posibilidad del psicoanálisis freudiano. Al cosmos clásico corresponde el triedro religión-filosofía-sentido, al universo de la ciencia moderna la antifilosofía psicoanalítica. Los matemas de Lacan intentan ser a las estructuras de la subjetividad lo que las fórmulas matemáticas de la ciencia física a dicho universo. Freud era demasiado comprensible para no acabar en malentendidos que Lacan pretendió eludir de tal suerte: con conceptos integralmente transmisibles, aunque no ignoraba que los matemas estaban forzados a transmitirse en virtud de la torre babélica del lenguaje. El psicoanálisis convierte a la singularidad subjetiva en una ley tan necesaria, absoluta y contingente como las leyes de la naturaleza. El error de la filosofía es el de montar una escena metafísica y teológica en un afuera del universo heredado de Galileo, un intento de estabilizar la contingencia irreductible sobre un lecho de sentido y significado, dando razón a la existencia con ordenar las cosas racionalmente. De ahí que el psicoanálisis intente ser una paradójica ciencia de lo singular, como pone Johnston. Pero no puede haber una ciencia de lo real, como advierte Badiou, sino formalización lógica: como no se puede decir ni representar, no hay lenguaje de lo real sino fórmulas.

     La ciencia no piensa, se lee en Soler, no es conocimiento sino que emerge de la manipulación del número (por eso no pueden dar cuenta de ella ni el empirismo ni la fenomenología), y tampoco piensa el matema. El pensamiento es goce para Lacan, dice Soler, y por ende carece de valor epistémico: no conoce, no apunta a lo real, queda pegoteado al goce en la juntura de lo imaginario y lo simbólico, razón por la cual el psicoanálisis aplica la asociación libre, para darle licencia al pensador, al amo de sus pensamientos, y que se desencadenen los pensamientos del inconsciente. El pensamiento no busca escindir al sujeto –impotencia– sino suturarlo –astucia. El ser no piensa: hablando goza. En esta línea, Cassin dice que el pensamiento es goce y del ser, goce fálico, porque la mujer goza de la palabra. El pensamiento no es una categoría sino un afecto, un pathos del logos. Dado que los cuatro discursos son el lazo social y que no hay discurso que no sea del goce, como dice, habrá que suponer que al excluir el goce la ciencia está fuera del lazo social y fuera de discurso. Como ella, la histérica tampoco piensa, pero le enfarda el pensamiento al amo, que lo convierte en goce fálico-idiota. Mientras tanto, la mujer, ese sofista, goza de la palabra. Pero tenemos que la filosofía también forcluye, aunque no al sujeto, como la ciencia, sino a ella, a la mujer (Carlos Gómez dixit), quien se convierte en el resto que retorna como lo real de la antifilosofía en tanto lógica del no-todo (la fe, la angustia, la vida, el silencio, el goce). El platonismo de Lacan, el matema, dice este autor, lo salvó del síntoma misógino. El acto filosófico, insiste Gómez, es hacer algo pensable, y el antifilosófico es no-pensable.

     Se lee que el sujeto cartesiano es el presupuesto del inconsciente, el cual es un pensar sustraído al yo, un pensamiento sin cualidades, y que el saber del inconsciente es un saber que no se sabe: ello piensa y no yo soy donde yo pienso[1]. Pero de acuerdo a Milner, Lacan también termina negando que haya pensamiento alguno en el inconsciente.

     En La obra clara, Milner escribe que en la filosofía no hay pensamiento pero sí en Lacan, en quien hay proposiciones en tanto que pensamientos de los objetos. También lo hay en la ciencia, parecería, ya que dice que es Descartes quien da a ver aquello que el nacimiento de la ciencia moderna requiere del pensamiento, y que el pensamiento de la ciencia moderna necesita lo que el cogito testimonia. De acuerdo a Lacan, dice Milner, Descartes inventa el sujeto moderno, el de la ciencia: es el primer filósofo moderno, y lo moderno es aquello que es sincrónico con la ciencia galileana. Pero la física matematizada, sigue, elimina todas las cualidades de los existentes, mientras que al existente que el cogito hace emerger se lo define por un pensamiento cualquiera, por todo tipo de pensamiento, racional o absurdo, verdadero o falso, empírico o no. Si hay pensar, hay algún sujeto, dice Lacan; pero sujeto y pensamiento no exigen la conciencia (este es su “doctrinal de la ciencia”, más que una teoría de la ciencia). El sujeto freudiano y el cartesiano son el mismo, el moderno, el de la ciencia, aquel que el cogito hace salir a flote: un sujeto sin cualidades, sin sí mismo, reflexividad ni conciencia, con un pensamiento sin cualidades (este es un sujeto cartesiano del primer tiempo, porque luego Descartes da una avanzada hacia un segundo tiempo, a la conciencia y a un pensamiento cualificado: una cosa que piensa, duda, imagina, niega, quiere, siente). El sujeto, reza Milner, es lo que emerge en el intervalo de tiempo en que los dados giran (no es el tirador, que no existe, sino los dados mismos): una vez fijada la letra, sólo permanece la necesidad e impone el olvido de la contingencia que la autorizó: la radicalidad de ese olvido es la forclusión. El pensamiento sin cualidades no sólo es necesario para la ciencia moderna sino para la fundación del inconsciente freudiano: si hay pensamiento en el sueño (tesis de Freud), que es la vía regia del inconsciente (e incluso en las agudezas y malogros cotidianos), entonces el pensamiento no es lo que de él dice la tradición filosófica y hay pensamiento en el inconsciente: ello piensa. Lacan elabora una teoría no imaginaria y no cualitativa del pensamiento (hiperbourbakismo), ya que el pensamiento como imaginario-cualitativo es Aristóteles (coherencia, tercero excluido, discursividad, negación, semejanzas, categorías, juicio, duda, dictum de omni et nullo, etcétera); sin embargo, concluye que sólo hay pensamiento imaginarizado y cualificado, con el cual el inconsciente no tiene nada que hacer, porque no es que el ser piense: el hombre piensa con su alma, es decir, con el pensamiento de Aristóteles. Por lo tanto, sólo existe el pensamiento de Aristóteles, y entonces el de las ciencias, el sin cualidades, ya no se llama pensamiento sino, con Marx, trabajo: el inconsciente es un saber que no piensa ni calcula ni juzga pero trabaja: es el trabajo indiferenciado y sin frases cuya teoría se encuentra en el Libro I de El Capital. El trabajo del inconsciente es el trabajo sin cualidades, el trabajo del significante: el sujeto supuesto al saber inconsciente es el sujeto sin cualidades, el trabajador ideal. En el instante en que el psicoanálisis logró establecer la existencia del pensamiento sin cualidades que hace que el inconsciente sea un “ello piensa”, dice Milner, se reveló que ya no debía hablarse de pensamiento. La ecuación de los sujetos señala que es el mismo el de la ciencia, el del psicoanálisis y el del significante: un individuo afectado por un inconsciente –según Freud–, donde el sujeto se convierte en determinación real, el individuo en determinación imaginaria y el significante en determinación simbólica; pero ya no se admite que el significante articule el pensamiento sin cualidades porque el significante es necio y no piensa. El significante no es la letra, es relación de diferencia sin positividad, es sin cualidades, no tiene sí mismo, no tiene identidad consigo ni es reflexivo ni tiene razones para ser como es; no se transmite y no transmite nada: representa al sujeto para otro significante. La letra, en cambio, corresponde a una declaración y depende de un discurso, es efecto de discurso: quien las dice ocupa la posición de maestro mientras las diga; pero no hay maestro de los significantes, su inventor no existe (salvo Dios, si ese género de cosas existiese). Entonces el sujeto sin cualidades es el del significante y no el del pensamiento (individuo imaginario que piensa cualquier cosa: v. gr., “yo soy”), y el cogito deja de ser emergencia y se hace inmersión del sujeto: se sustituye el “ello piensa donde yo no soy” por “ahí donde ello habla, goza, y no sabe nada”: el ello habla y lalengua (en una sola palabra) absorben el ello piensa y Descartes torna inútil e incierto. Descartes es definitivamente descartado y con él el pensamiento.

     El inconsciente, se lee, es la captura del pensamiento del ser hablante por el universo infinito, pero en tanto tal sólo puede ser sexual (la sexualidad es la captura del cuerpo del ser hablante por el universo infinito, pero en tanto tal ella sólo puede ser inconsciente: la sexualidad es el lugar de la contingencia infinita de los cuerpos; la muerte no es nada salvo una marca de infinitud, el objeto de una pulsión). El pensamiento que no hay en la filosofía es, por ende, el proposicional de los objetos: en ella sólo hay el de Aristóteles, el del alma, el del individuo, el del ser, el que es goce del inconsciente, quien desde el infinito lo captura del ser hablante: el pensamiento sexual. En principio Milner dice que hay pensamiento en la ciencia y en Lacan –en el psicoanálisis– como pensamiento de los objetos, descualificado y desimaginarizado, y que hay pensamiento en Aristóteles, el aristotélico y el del segundo tiempo del cogito, imaginario y cualificado, como humano y atributo del alma; pero se llega con Lacan a que ello no piensa, a que no hay pensamiento del inconsciente (de modo que la asociación libre no desencadenaría ningún “pensamiento del inconsciente”, como decía Soler). Sólo hay pensamiento (legítimo) en la literalidad matemática, ya no como atributo del alma sino como operación de la letra: la ciencia piensa a través de la letra, en el despliegue de una cadena literal que opera sobre lo real, pensamiento ciego y puramente formal; la ciencia piensa porque sus fórmulas calculan lo real sin necesidad de que un ser humano las entienda. El inconsciente es un saber sin sujeto, que no se piensa a sí mismo, es una red de significantes que trabajan solos. Sin embargo Milner también dice que sólo hay el pensamiento de Aristóteles, el del individuo, el imaginario, el conciencial, porque el inconsciente y el significante no piensan: el inconsciente trabaja. Por lo tanto se contradice: no hay pensamiento en la ciencia, ya que el sujeto de la ciencia es el mismo que el del inconsciente y el del significante (Lacan ya dijo que la ciencia no piensa). Diríamos que la ciencia trabaja, y que lo que al principio Milner denomina “pensamiento de los objetos” –que sería el de Lacan y el de la ciencia–, el que se ejerce con la letra matemática, más que pensamiento es trabajo (automatismo de la letra). El inconsciente y la ciencia son un saber que no se piensa: ni el significante ni el matema piensan –la letra se computa, es un cálculo: trabaja lo real pero no piensa; así como el hombre piensa (imaginariamente) pero no trabaja lo real. La ciencia opera, trabaja, es proletaria, marxista, igual que el inconsciente. Más bien es esclava: produce un saber, como el esclavo y como el inconsciente. Hay saber del esclavo: de la ciencia, del inconsciente. Pensamiento, estrictamente, apenas hay del amo: el Amo piensa –fala (habla), goza del falo. El pensamiento es el silente parlanchín de interiores, parlante taciturno de la cabeza, rumia incesante, cháchara muda y lógica, rigurosa, rígida, regia. El pensamiento es humano, pero el trabajo no: es propio de la herramienta viviente. El científico es una herramienta viviente que sólo piensa cuando deja de serlo, deja el saber-hacer y se convierte en Aristóteles, en idiota, en amo, amo del sentido. Mientras es efectivo, es cosa; cuando es humano, es impotente. El trabajo es alienación, cosificación, deshumanización, impensamiento; el pensamiento es goce, idiotización, mandamiento insipiente, indocto, impotente, inoperante, nopodermiento. El saber que cambia el mundo (la ciencia) no tiene sujeto que lo piense, y el sujeto que piensa (el humano) no tiene saber que cambie el mundo. Lo que queda es la Letra trabajando sola en la oscuridad y el Amo hablando solo en su cabeza, convencido de que su insipiente mandamiento todavía significa algo. El científico es el proletario del Saber: trabaja para un Amo que sólo sabe gozar del sentido, mientras la letra matemática se encarga de que el mundo siga girando sin necesidad de que nadie lo entienda.

     ¿Podrá decirse entonces que el psicoanálisis es el intento de que el Amo escuche un poco del trabajo del Esclavo, o es simplemente el espacio donde el bufón se ríe de ambos, sabiendo que la única libertad es la intrascendencia de ese nopodermiento?

     ¿Y por qué no definir como pensamiento a todo aquello que esté autorizado por el INADI y la DAIA?

 



[1] Cf. Amorhak Ornelas Vázquez, Lacan, con y a través de la filosofía.

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