Algaradas finiseculares de la “antifilosofía” avant et après Lacan

(De Sciacca y Salazar Bondy a Milner)

 

La antifilosofía, surgida en el s. XVIII, reapareció en el seno de la vanguardia artística en torno a 1920 con Tzara, a quien Lacan acaparó para su negocio en 1980. Sin embargo, hay que notar que el término ya había sido puesto nuevamente en el tapete unos pocos años antes de aquel 1974 en cual el psicoanalista lo rescatara. Si la “antifilosofía” empezó siendo bandera de la reacción católica ante los philosophes de la Ilustración, a fines de los 60 se convirtió en un oprobio denunciado por el mismo catolicismo ultramontano devenido filosofía. El comentarismo universitario, que hoy trata el asunto desde Badiou y compañía, se saltea en su ejercicio de historización al filósofo italiano Michele Federico Sciacca, autor del libro Filosofia e antifilosofia, publicado en Milán en 1968 y traducido al español dos años más tarde. Este eslabón perdido, finado en 1975, ya no es un anti-philosophe sino un filósofo académico que, como Badiou, combate contra una “antifilosofía” dominante en el presente, a la que reduce a “filodoxia” y de la que no extrae ninguna lección valedera. Bajo tal nombre no habría otra cosa que la disminución de la filosofía a mera técnica, sociología, psicología o ideología política, la renuncia a la búsqueda del Ser y la Idea y al “sistema de la verdad” y “la unidad metafísica” para entregarse al relativismo y al pragmatismo o al “sistema del error”. El existencialismo ateo, el marxismo, el estructuralismo y cualquier corriente que intentara liquidar la metafísica tradicional formarán fila dentro de esa antifilosofía filodóxica (si bien la antifilosofía no es sólo externa, también es el momento satánico o la tentación que aparta del Ser al filósofo y lo convierte en un fanático de la vida volcado hacia las apariencias, lo efímero y lo útil). Donde Badiou ve un veneno homeopático o el warning que lo estimula para la refundación y una grieta abierta a la tiranía de la democracia opinológica, Sciacca sólo ve el manantial por el cual la última brota y ahoga al filósofo en la marea del nihilismo. Para el espiritualista cristiano en guerra contra el inmanentismo, cualquier filósofo que no busque a Dios integra el conjunto antifilosófico: acá no hay margen alguno para discriminar a un viajante de comercio del saber de un histrión que se inmola por una verdad no conceptual; antifilósofo y sofista son dos rótulos confusos para una idéntica y abyecta lealtad a la opinión (Diógenes y un publicista de televisión son lo mismo).

     También el filósofo peruano Augusto Salazar Bondy, muerto en el 74, titula “Filosofía y antifilosofía” a un capítulo de su libro Iniciación filosófica, de 1969; pero acá sólo se hace un rastrillaje histórico desde Calicles hasta Revel, pasando por Bacon, Kempis, Marx, Papini, Heidegger y Wittgenstein, prototipos de una “antifilosofía” externa o interna respecto de “la familia filosófica”: el sofista, el religioso, el científico y el artista de un lado (el externo), y del otro aquellos que hacen comulgar la cancelación y la consumación, la supresión y el cumplimiento. La última, “la auto-negación o liquidación de la filosofía por amor a la filosofía”, es la verdadera antifilosofía, vota Salazar. “La antifilosofía verdadera es, entonces, inherente a la filosofía como saber que está en constante transformación, como pensar que perpetuamente busca constituirse y, contra todo dogmatismo, toda idea recibida, toda confianza ingenua en lo convencional y establecido, se renueva incesantemente y se recrea ante el reto de las realidades cambiantes de la historia humana.” Como intestina deja de ser una momentánea captación diabólica por la doxa, convirtiéndose en un ejercicio que emancipa de ella y del nomos. He aquí, además, una antifilosofía ya no subsumida a la sofística sino vasalla de la filosofía, una antiphilosophia ancilla philosophiae. Pero si la antifilosofía es externa o interna, se le está retaceando su condición de éxtima revelada por Badiou. Ya no es una amenaza ni un botín para el pillaje revestido de herencia, sino un mecanismo de auto-preservación, un ejercicio higiénico del progreso. Esta domesticación edípica y familiarista es una vacunación contra lo siniestro que vuelve a Nietzsche y Wittgenstein polemistas tipo cuñado de sobremesa o mucamas contratadas cama adentro.[1]

Milner: antifilosofía, filosofía, ciencia

En La obra clara Milner llega a decir que la antifilosofía de Lacan “es solamente otro nombre del matema”, ya que la tesis lacaniana es que hay exclusión mutua entre el matema del psicoanálisis y la filosofía. La antifilosofía nace en el 75 –contextualiza– con la reorganización del departamento de psicoanálisis de la Universidad de París VIII y resurge en el 80 con la polémica con Althusser, y si pudo ser aceptado un departamento universitario como lugar apropiado para la enseñanza de Lacan, dice Milner, es porque estaba completa la doctrina del matema, es decir, acerca del problema de la transmisibilidad integral del psicoanálisis. Lacan, dice, usa la filosofía, en tanto que la considera “Otra que la ciencia”, como un arma para sublevarse contra el cientificismo de la Internacional, contra su ciencia ideal; pero opera sobre la filosofía con indiferencia porque no comporta un pensamiento sino “una constelación de textos fulgurantes” (no era indiferente a la filosofía, agrega, sino indiferente en filosofía). Si en ella no hay pensamiento, lo hay en el psicoanálisis, o por lo pronto en Lacan, ya que tal es la tesis que Milner pretende demostrar: que en Lacan existen proposiciones, “pensamiento de los objetos”. Filosofía y psicoanálisis, sigue, tienen los mismos objetos, es decir que hablan de lo mismo (el psicoanálisis tiene el derecho y el deber de hacerlo); pero “apuntan a un efecto opuesto” porque la filosofía en general “toma las vías del fuera-de-universo”: anudada a la filosofía griega –episteme, theoría, sophía– no es lo suficientemente sincrónica respecto de la ciencia moderna, como sí lo es el psicoanálisis; filosofía y psicoanálisis se hallan en otro tiempo lógico o cronológico, y la prueba está en que son los mismos filósofos quienes afirman su propia dependencia de la filosofía antigua, de la episteme. El psicoanálisis sólo habla de una cosa: la conversión de cada singularidad subjetiva en una ley tan necesaria como las leyes de la naturaleza, tan contingente como ellas e igualmente absoluta.” Vemos, ergo, que si tienen idénticos objetos y hablan de lo mismo, esos objetos y esto mismo se hallan en otra temporalidad lógica o cronológica.

     Concluimos pues que el filósofo para Lacan es un trasnochado y la filosofía una antigualla, la curaduría de una reliquia griega pulida y presentada como novedad reluciente. Diremos que es otra escalera descartable por la que hay que trepar para desbaratar el cientificismo o ciencia ideal del falso psicoanálisis y luego arrojarla al arcón de los recuerdos encubridores. El filósofo es un outsider del universo, un excluido de la ciencia, acaso aquella paloma de Kant que imagina volar en el vacío, un reaccionario recalcitrante y bruto que sueña pensar y no piensa. La filosofía es apenas un arma rupestre de circunstancia, útil nomás para desenmascarar el narcisismo cientificista del freudismo mal entendido, atávico y precario artefacto que debe ser manipulado con un método sin embargo filosófico, la adiaforía de los cínicos y en particular de los escépticos: la indiferencia (¿o no eran ya estos dos no indiferentes a la filosofía sino indiferentes en filosofía?). El antifilósofo psicoanalítico, moderno a carta cabal, no sólo denuncia el cumplimiento de la fecha de caducidad de la filosofía –eso es lo de menos–; también aggiorna al psicoanálisis y acicatea a la misma ciencia. Veamos que de acuerdo a Milner, Freud aspiró a un psicoanálisis ancilar respecto de la ciencia, pero parece que Lacan fue más lejos y pretendió correrla por izquierda. Si Freud, dice, quiso ubicar al psicoanálisis en el ideal de la ciencia, cuando no en la ciencia ideal, Lacan forjó una teoría de la ciencia o más bien un doctrinal de la ciencia, e incluso quiso prescribirle a la susodicha un ideal de análisis, siendo que la tenía por la forma más consistente de dicha actividad. Lacan hace base en Kojève y Koyré: el primero sostiene que hay un corte producido por el cristianismo entre el mundo antiguo y el universo moderno, y el segundo que lo hay entre la episteme antigua y la ciencia moderna, la galileana, una física matematizada cuyo objeto carece de cualidades sensibles. Para Lacan, dice Milner, la ciencia moderna se constituye por el cristianismo, por lo judío del cristianismo. El universo, objeto de la ciencia, es contingente e infinito (el infinito de los matemáticos, el de Cantor, el literalizable) y el psicoanálisis es una doctrina del universo infinito y contingente: sólo puede desplegarse en el universo infinito de la ciencia y sólo hay ciencia de lo contingente. También es prueba y efecto del sujeto moderno, que puede y debe ser distinto del universo, pero que no es un fuera-de-universo, porque todo existe en el universo y por lo tanto la finitud, al no existir en él, no existe (lo infinito es primero y positivo). Es el inconsciente el concepto que dice que hay universo y que nada queda exceptuado de él; pero Dios, Hombre, Alma y Yo son figuras con propiedades específicas que los exceptúan de él constituyéndolo en un Todo. La hipótesis del inconsciente es la afirmación del universo de la ciencia y de la inexistencia de dichas excepciones, y el triunfo del universo moderno sobre los mundos antiguos equivale a que el inconsciente haya triunfado incluso sobre Dios (Rabelais había dicho en el Pantagruel: ciencia sin conciencia y, por esta sola razón, ruina del alma). La ciencia galileana carece de jerarquías del Ser: es empiricidad más matematización, es experimental-instrumental: la matemática interviene en lo empírico (en lo que tiene de pasajero lo empírico) por lo que tiene ella de literal, el cálculo. Los números son letras que captan lo diverso, lo incesantemente Otro y no las claves de oro de lo Mismo, como los Números antiguos. La ciencia griega, en cambio, es matemática (el número no es lo que permite la cuenta sino el acceso a lo Mismo en sí, logos como demostración necesaria): es ciencia de lo eterno y necesario (en el hombre, el alma), no de lo que puede ser de otra manera. Así análisis y episteme se excluyen mutuamente: la ciencia no esclarece las conciencias, no tiene nada que ver con la ética, y el Yo es una pervivencia imaginaria de la episteme, a la cual la ciencia disuelve en lo literal. La letra es lo que capta lo contingente en tanto que contingente (es una tirada de dados que nunca abolirá el azar): no hay razón para que sea como es ni para que sea diferente a como es, posee una inmutabilidad apenas homomorfa a la idea eterna (los rasgos imaginarios de la necesidad de las leyes de la ciencia), en cambio la necesidad del Ser supremo no es una tirada de dados. La matemática, en tanto no-griega, expurgada de demostración y lazo, depurada de lo en ella quedaba de Euclides y del more geometrico, es definida como ciencia de lo real, en la medida en que lo real nombra la función de lo imposible (lo imposible es el núcleo real de la contingencia). Según Milner, Lacan esclarece la esencia de la matematicidad, que es cálculo literal, cálculo y letra, coherencia literal y no coherencia racional o deducción (la consistencia literal, en cambio, es imaginaria, porque toda consistencia es una variante del lazo). Esta hipótesis, agrega, “es una nada de matemática” para la mayoría de los matemáticos y para la tradición filosófica. Lacan toma la doctrina del matema de las letras matemáticas: el matema (átomo de saber, como el fonema es átomo de fonía) es el pivote del “segundo clasicismo de Lacan”, comenzado en 1970 en El Atolondradicho y el Seminario XX, y la matemática es una teoría de las condiciones generales de la correcta formación de un matema. Dicha doctrina implica la destitución, digámoslo así, del Maestro, “un dispositivo vinculado a la episteme antigua”. En los antiguos la transmisión integral de un saber suponía a este sujeto insustituible que con su Palabra y Presencia –o silencio y ausencia– inspiraba una forma de amor y dispensaba a sus alumnos un plus-de-saber llamado sabiduría. Se seguía siendo Maestro, dice Milner, fuera de toda posición en el lazo social; en cambio los matemas no hacen lazo entre ellos, y la doctrina del matema implica una doctrina del maestro como pura determinación posicional (“Yo no soy un maestro, ocupo su posición”, dice Lacan), tal como sucede en la ciencia, que no requiere maestros (sino, como mucho, profesores) salvo como posición (lo que apenas supone propiedades negativas, inesenciales y sustituibles), ya que se confía en los funcionamientos literales de la matemática (“Olores marchitos, colores grisáceos, modales anodinos, esto es lo que se espera cuando todo es asunto de posición, no de sujeto.” (…) Cuando, bajo la forma del matema, la letra devino necesaria y suficiente para la transmisión, la pareja maestro-discípulo, con su cortejo de infidelidades y traiciones, deja de existir”). Es de esta manera, dice Milner, que se articula el estatuto de la Escuela (sin Maestro, salvo el posicional, y con matema al hombro). Pero hete aquí que de la antifilosofía, que exhibe “el segundo clasicismo” de Lacan, de la antilingüística y la antipolítica, posiciones que Lacan habría adoptado entonces, se pasa a “la anacoresis discursiva”. Irrumpe entonces el nudo borromeo, antimatemática, desvío de la letra, antinómico de letra y matema, ya que la letra no encuentra en sí con qué literalizarse suficientemente (no hay Otro del Otro ni metalenguaje, matema del matema ni letra de la letra): sólo permanece el nudo, rebelde a la literalización integral, que funciona por no estar matematizado y dice algo de la letra por exceptuarse de ella. Lacan se dirige ahora hacia Joyce, hacia las Letras, el poema, hacia los calambures homonímicos, átomo del cálculo poemático, matemas dados por lalengua: después del Seminario XX, se calla y muestra en silencio aquello que garantiza la transmisión integral del psicoanálisis. Disuelta la Escuela, el matema fue abolido (y si es recompuesta, no vuelve siendo el mismo). La Naturaleza tiene horror al nudo, dice Lacan, el discurso del psicoanálisis ahora se distingue del científico. Milner plantea la posibilidad de que el Wittgenstein del Tractatus en este punto se haya vuelto el Amo-Maestro absoluto, o que Gorgias haya triunfado sobre Sócrates, o bien que haya triunfado el escepticismo antiguo. Pero Wittgenstein tendría razón si aquello de lo que no se puede hablar consintiera en callarse: ¿cómo aceptar no hablar de aquello que no se calla, el inconsciente? Hablar y no hablar, dos imposibles. Surge así la ética del bien decir: el deber no es callar sino el bien decir. Si el deber es callar y el silencio es posible, si Wittgenstein triunfa y triunfa el nudo sobre lo escrito, no sólo Lacan es destruido: la verdad no habla, el inconsciente no existe y no hay cosa freudiana. Milner concluye La obra clara argumentando que la de Lacan es una obra inacabada como todas las grandes obras materialistas (el De natura rerum, verbigracia, sea por silencio, extravío, sinrazón o muerte) y que este segundo clasicismo estaba terminado y no era la última palabra.

     Vemos que lo real se rebela ante la letra y no parece estar escrito a pleno en lenguaje matemático. Si el matema se abolió, se cae en el territorio de la sofística (Gorgias) o del silencio místico (Wittgenstein). Si no hay matema, sólo queda el decir, el efecto del decir sobre el cuerpo, la persuasión del calambur: el analista abandona el ábaco del matema por la lira del poema, parece que deja de ser un contable del síntoma para ser su poeta. El Tractatus es el fantasma que recorre el último Lacan: “de lo que no se puede hablar, hay que callar”; pero el síntoma sigue gritando aunque la letra no lo alcance. La respuesta no es el silencio del místico sino el bien decir, que asume su condición de poema: el analista ya no es el científico del matema, sino el trapero que opera con los calambures de lalengua. Lacan no termina porque lo Real es precisamente aquello que impide que cualquier obra sea clara o final. Si el segundo clasicismo fue la última palabra, es una palabra que se muerde la cola: un nudo de silencio. El psicoanálisis es una estafa si pretende ser ciencia, pero sería una ética si se mantiene como ese decir que no calla ante lo imposible. Wittgenstein tendría razón si el dolor fuera mudo, pero el síntoma es el único que no respeta el tratado de paz del silencio. ¿Esta “anacoresis discursiva” (este retiro al silencio y al nudo) es la última antifilosofía posible, o es simplemente el momento en que el psicoanálisis admite que es, en el fondo, una mística que no cree en Dios? ¿Queda Lacan concediéndole un triunfo a medias a Gorgias, es decir a la sofística, y a Wittgenstein, es decir a la antifilosofía? ¿Puede decirse así que “clausura” la antifilosofía, como sostiene Badiou? Sofística y antifilosofía parecen subsistir en alianza luego del paso de Lacan por el mundo. Lacan no es un sofista puro porque, a diferencia de Gorgias, él cree que hay algo Real que no puede estar sujeto a persuasión (el analista es un poeta cuya rima no busca la belleza, sino el tropiezo con el vacío). Badiou sostiene que Lacan clausura la antifilosofía porque la lleva a su punto más alto (el matema) y la agota; pero si Lacan termina en el nudo y el silencio, no clausura la antifilosofía, sino que la deja en carne viva. Al final, Lacan no le da la razón a Wittgenstein (el silencio) ni a Gorgias (el palabrerío), sino que los hace chocar. Lo que subsiste no es una síntesis, sino una alianza de imposibles: la Sofística aporta el instrumento (el bien decir), la Antifilosofía aporta el límite (el no-todo, el silencio ante lo real). Si Badiou cree que Lacan es el último antifilósofo, es porque él necesita que lo sea para poder ser el Primer Filósofo de la nueva era. Pero Lacan, al escaparse por la tangente del nudo, le arruina la clausura: la antifilosofía y la sofística no son etapas superadas, son las dos muletas con las que el psicoanálisis camina por el borde del abismo. Lacan no cierra la puerta; simplemente muestra que la cerradura (el matema) está rota, y que lo único que queda es el arte de girar la llave en el vacío. ¿Esta alianza de Sofística y Antifilosofía es lo que permite que el analista siga operando sin ser un idiota universitario ni un místico mudo?



[1] Algunas otras apariciones del término, antes y después de Lacan y Badiou, se pueden observar acá: Alexandre Losev, Antiphilosophy, Historiography and Alain Badiou: An Historical Sketch.

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