Postdata retardada al curso Antifilosofía & Cinismo

 
Dijimos para despistar que la antifilosofía es una onda, previendo que con esto íbamos a persuadir de inmediato al público de que debía con urgencia partir a escuchar a otro conferencista, a uno que dijera cosas serias, con cara de Ser, con Ser y Tiempo. Tiempo para el otium (σχολ), es decir para hacer escuela, y no para practicar el escolazo (σχολζω) conceptual que nosotros hacemos a fuer de Ser impunes (ya lo dijo Marx: la religión es el opio del pueblo y la filosofía será el ocio del Proletariat). Tiempo y money para diatribar al pedo, maguer al amparo de la autonomía universitaria -¡oxímoron!–, que no de la autarquía del Perro ni del freetime del “poltrón filosófico” establecido por Sócrates y nominado como tal por san Roberto Godofredo Arlt. Pero el onderismo lo rige todo, hay que decirlo, y en las rancias estancias del campo intelectual ni que hablar. “La onda es más importante que el conocimiento.” Esta máxima, formulada por una poetisa porteña ex de moda, es asaz operativa, chamigos, y no hay que descartarla así como así. Desde que a la Academia se entra sin saber geometría –lo que se agudizó con el kirchnerismo, pero ya existía en la época en que me dejaron entrar a mí (por eso entiendo que Justiniano, en su momento, la haya cerrado)–, la pavada, ese bien defendido, dentro del gremio de los autopercibidos literatos, por el antisociólogo Tabarovsky, ha encontrado el campo orégano para hacer de las suyas. Antes de “la era de Hegel” ya la había deschavado Pascal cuando delató al pensador privado par excellence, Renato Cartesio, enrostrándole el inicuo ejercicio del divertissement (vale decir que no es un bien exclusivo del claustro sino que viene de los retrógrados tiempos de los filósofos de bata y salamandra). Nuestro ejercicio de la misma, no obstante y reitero, comportó una estrategia de distracción encaminada a lograr el objetivo del conferencista sin público, primo hermano del “escritor sin público” conceptualizado por el susodicho teórico del Puerto Elegido –es decir porteño, ya que no trinitario. Per codere, se dice. El mejicano Alejandro Rossi fue un filósofo que desesperó por hablar gratuitamente, no en el sentido antisofístico del macedoniano Sócrates –ese charlatán sin intereses, pero no-charlista– sino desesperado por quebrantar el estatuto platónico de nuestro gremio –el de los neuróticos obsesivos con carnet habilitante (: ο φιλσοφοι). En el sentido, o sinsentido, más bien de la παρρησα femenina y no perruna –no la canina sino lacanina. El habla que no obla, la ablación que ablanda a los duros de la falosofía, al choma metafísico. Gato se le llama a la mina que labura, que hace la calle o está en un book (y no como narrador, personaje o pedicuro de página sino hors-texte), sea la low cost o la hetera, la infame πρνη o la célebre ταρα, como Laide o Friné, partenaires del filósofo desde que la cosa arrancó con Aristipo o Diógenes, la más antigua de las profesiones e incluso la más antigua de las profesiones que aparecen vinculadas con la filosofía una vez acaecido el (fundacional) fracaso matrimonial de Sócrates y Jantipa. Sí, ese gremio, otrosí, a cuya vindicación tardía se encomendó Schopenhauer –a su manera (metonímica) un feminista. Pero gato, lo estableció Baudelaire, en realidad es la femme fatale, la mujer cuando no habla –o la que cree que mejor que decir es hacer, como las peronistas de Perón (hacer el amor o el Ser-vicio, cuantimenos). Perra, contrario sensu, es la que lo hace a lo Sócrates, de onda, de gracia, de balde, y son estas las que si en lo sexual y financiero se acuestan del lado del tábano de Atenas y de Macedonio –el de la “boletería de la gratuidad”–, en lo verbal, al vesre, cacarean sin ton ni son un chamullo sin referencia, sin objeto, sin adaequatio y sin tapujos, o sea las que (Barbara Cassin dixit) practican la sofística o logologia sin saberlo (ni saben que no saben, tipo Arcesilao). ¿Será que esta forma la-cánica de la parresía es un escepticismo y uno, para colmo, académico?
     Me fui de tema. La cosa era: pavada o metafísica, onda o conocimiento. No, la cosa era que para algunos esto del antifilósofo es una onda, como decir una moda, una cosa de la Modernidad, de esta Era de la Boludez que arrasó con el medioevo y queriendo hacer la inversión teológica convirtió al hombre buscado por el Perro en un Dios miedoso y mierdoso, por un lado, y por el orto en un medio-Evo (que dice la verdad a medias can can). Pero el antifilósofo, en el esquema-Badiou al menos, puede desechar a diestra y siniestra tanto pavada como metafísica. Aunque quiera ser niño –y en eso Nietzsche coincidía con su detractor Chesterton: yo sólo quiero jugar, decía García– y aunque teorice sobre los juegos de lenguaje, el antifilósofo, juguetón y todo, es un tipo grave. Puede inventar o inspirar el σπουδογέλοιον, el género del serio-burlesco, como Diógenes, el alma mater de Menipo (o sea de aquel al que Luciano le choreaba todo), pero este “antifilósofo”, máxime en sus inflexiones modernas, es un tipo grave y no serio, aun cuando pueda ser un impresentable (todo antifilósofo lo es, salvo que nosotros conocemos nomás a los póstumos, a los que por un casual se hicieron famosos). Cómicos son los filósofos, rezaba Nietzsche, id est los serios: cómicos y cometas, barriletes cómicos. Bueno, el mismo Diógenes se convirtió en una estrella, como dijo Cércidas, no sólo porque propiciaba el atajo a la fama –a la dóxa–, como señaló Luciano, sino porque el establishment altocultural lo capturó al final nombrándolo Perro Cerúleo ( οράνιος κύων) y ahora habita en la constelación homónima. Me fui de tema otra vez. Huyo. Huyo de tema, no tengo asunto (πργμα). Soy como la novela de Macedonio, de ese que quería ser pragmatista y completar a William James, pero nunca daba con el asunto, la cosa, pragma. Ruedo en mis rodeos y toreo en el ajeno. Qué va ‘cer.
     Es que la parresía tiene ese doble mango o doble faz de decirlo todo –que eso quiere decir parresía– y, por eso mismo, no decir naranja: hablar por hablar, vocalizar ese chismorreo (Gerede) que el campesino anque german lover de Heidegger afilió a la “avidez de novedades” (ergo modernidad) del Dasein inauténtico. Este hablaba del Dasein como el oriental Wimpi del tipo, y acá de lo que se trata es del goce verborreico del Sujeto –ese que, justamente, yace debajo– en tanto que Mujer –con pito o incompetente, mas no inapetente. En conclusión, la parresía tiene de un lado como campeón al Perro Diógenes y del otro y por reversa a das Weib (la Nami, la Femme). Como la Mujer es la Verdad (cartel fijado por Nietzsche), goza ella de hablar al dope; Diógenes, al contrario, el más duro de los filósofos y de los antis y el más viril (νδρεος), y que decía que “la parresía es lo más hermoso entre los hombres”, gozaba nomás de decir la verdad, no de serla. Entre el Macho Metafísico de la Falosofía y el Macho Ametafísico de la Folisofía, entre el Filósofo y el Antifilósofo se agarran las crenchas para ver quién es el que dice la Verdad y con la secreta aspiración, perhaps, de llegar a ser la Verdad o devenir mujer. Son dos vías distintas: la episteme y la franqueza, la ciencia y la sinceridad. La de Diógenes (el más duro de los filósofos de toda la historia, insisto), en tanto que free speech informe o sin Eidos, en tanto que aspiración a la pura facticidad, a la materia, diríamos, a la mater y a, a la cosa y no a la esencia (“al meollo meo yo” –dijo– “y me hollo en el hoyo”), en tanto que informe informe, monstruosa mostración y no demostración perversa paterna, al fin de cuentas es una verdad femenina, la de la sin hueso, aunque de signo revertido. La verdad os hará libres, dice el evangelista. Pero a Diógenes, como al liberal, al progre, al moderno, la libertad (λευθερα) lo hacía verdadero, veraz, lo licenciaba. Porque para el cínico la verdad, en última instancia, es no-mentir (en su República no hay ni “nobles mentiras”), o en el peor de los casos ¡desmentir! ¡Seamos libres que lo demás no importa nada!... y a él no le importaba un pito lo demás. Sobre esta frase se fundó y se fundió nuestro país, formulada por un General español que vino en barco inglés y que, como escritor estoico que era, no hacía más que plagiar a Diógenes, alias el Cosmopolita. Así nos va. De la Ley de Diógenes (Menipo dixit) a Milei, las dos encarnaciones más drásticas de la fraseología sanmartiniana. Que lo demás no importa nada ya está claro (en cada esquina de Rosario veo a un Diógenes-sin-Razón pernoctando al pie de un edificio horizontal, a falta de un Partenón); que seamos libres no es más que una sensación (diría el gran Viñole) inoculada por los Medios, o por la (anti)Vacuna o por la Ingeniería Social –ese invento platónico. No lo dejamos a Macedonio ser el Primer Anarquista Presidente y ahora el sueño de un solipsista se volvió pesadilla de la vigilia de los ojos abiertos (porque el minarquismo fue un invento “spenceriano” de Fernández, el anarcocapitalista que no fue, y de tantos Fernández que sí fueron presidentas, presidentos o vicepresidentis, acabamos en este macedonista por horror). Ya ven que con la Antifilosofía nació y murió este Imperio nunca sido, este Imperio sin Idea y del No-Ser, este sueño sin soñador y sin vida de un Inexistencialista Existidor. Me recontra fui a la mierda… ¡Seamos libres que lo demás no importa nada! Leamos la Biblia como si dijera todas las cosas, como si fuera la misma biblioteca de Georgie. Así empezó Lutero y Derrida acabó leyendo hasta lo ilegible (las borras de café también son un texto… y tu culo asimismo es descifrable).
     El antifilósofo, en su ajuste moderno (al fin y al cabo sólo retroactivamente hablamos de antis antiguos) es básicamente un efecto patológico originado arriba de los Pirineos, una excrecencia seglar del protestantismo.
     Antifilosofía & Cinismo, en fin. Curso Mímico –así lo llamamos en aquel marchito 2012 (consta en el spamming)– gestionado por la Nueva Escuela de la Indiferencia Agresiva (Hacia la Filosofía) y Simulación Anticonceptual (NEIASA), institución que disolvimos ese mismo día por su sola mención (nuestras disoluciones son más rápidas que las de un Lacan, e incluso que sus sesiones), y que tenía por cuestionario cardinal ¿vale la pena dejar la Antifilosofía? y ¿quién quiere salir del Cinismo? Se trata de un curso que no dicté porque el dictador –por presencia u omisión– fue, y siempre es, el público mismo. Se trata de un curso que no quiere tomar curso ni sabe para dónde va: raja de sí y espera llevarse con él al estrado todo. Por eso acabó siendo un rosario de rosarinas conferencias dirigidas a la pared, género que siempre me fue más grato. La pared soy yo mismo: Odiseo, Nadie. Este es el curso de mi propia idiotez, valga la redundancia.
      Al público hay que darle lo que no quiere. Para que se espiante a la brevedad y nos deje pensar tranquilos. Es un consejo.
     La tribuna se ofendió, y sus monitores decidieron llamar al Comando. Un grupito de ordenados por Deleuze que ipso facto me saltaron a la yugular al son de ¡Un microfascista! ¡Un microfascista! Como si quisieran decir un mersa, un groncho. A veces los obtusos son tan obvios que da no sé qué. Dan ganas de ser macro, más que micro. También al sinopense, cuando le pisó con las patas embarradas los tapices sicilianos a Platón, o cuando le lanzó el gallináceo en el salón de actos de la Academia, lo acusaron de ¡microfascista! ¡Esto es un escándalo!, bramó Platontito con ese amor por la obviedad que arrastran los filósofos desde tiempos de él mismo. No me hago mala sangre por lo que diga un chetito jipi de la coolturra. Toda esa recua plebeya de nenes de papá que me chupen bien la japi, manga de hijos de puta (esto se publicará como novela, ¿así que de qué me van a acusar a mí, el narrador/personaje?).
      ¿Creemos que si el ser es un impresentable –lo dice Badiou–, ser un impresentable garantiza la adaequatio? La vida académica como monaquismo orgiástico, sádico-pederástico. Hemos denunciado eso, también.
      ¿Soy Cínico? ¿Quínico? ¿Antifilósofo? ¿Sofista? ¿Filósofo? O más etiquetas: ¿Brut Philosophe? ¿Posfilósofo Callejero y Barra de la Metafilosofía? ¿Pensador Privado? ¿Privado de Pensador? ¿Idiota? ¿Esnob? ¿Boludo? (Puedo agregar la dicotomía de Faretta, todavía: Tilingo o Palurdo.) El sentido de este curso fue que me dieran ustedes una respuesta; pero como se las tomaron al toque, la conclusión quedó pendiente en el aire.
      ¿Estamos en el aire? –pregunta el aviador de piso.
      Una vez más el monstruoso connubio entre el confusionismo deliberado y la oratoria del hombre confuso hicieron método descaminado. Pero ahora, un más-hedonismo con cólera y agresión posible: y de masas no finas (masshedonismo). Pour épater al gil. Y que, por ende, no quede nadie (ni el yoyó mismo, ni el y/o de los cordobeses psi).
      En nuestro seminario insólito se plantearon innúmeras cuestiones. ¿Hay que “sacar al (filósofo) artista del lugar de boludo en que se lo ha colocado”? (en el que los Badiou lo colocan, colocándole el sambenito de “antifilósofo”). ¿Es este último figurín “un idiota que quiere que se le reconozca un saber”, como el Esquizo-Principito del Anti-edipo? ¿No hay en su contra acaso una subrepticia alianza conspirativa entre el Sofista y el Filósofo? ¿Debe salir de los atolladeros del Boludo o el Idiota, pasando de Quínico a Cínico? ¿Debe dejar de “hacer la Histérica” para devenir Mujer o para no-devenir y endurecerse como el Macho Metafísico áulico –Perro de la Corte o Bufón del Amo? ¿Debe ser lista con el ano para ser Analista?
      El idiota que no tiene quien lo interprete y es a la vez un hermeneuta sin sentido que lee con el cuerpo lo ilegible. Ese también habló aquí, porque el escándalo es para desaparecer –que es el verdadero escándalo: desaparecer. Imitar al loro: plagiar el cotorreo del sofista –que es el loro del filósofo, el que reproduce su parlo-teo ocupando el loteo del (falso) par–, pero hacerlo con ruido y furia: alcanzar la furia de loro a través de la lofisofía –en este caso, sabiduría del ruido–, trocando a la sofistería en folisofía. El loco se hace loro. El loro es sin logos, pero el loro del filósofo –el sofista– cultiva una lorología logológica, desontologizadora del logos. El idiota, por las suyas, interviene el curso del curso para llenar de furia y ruido ese cuento que en definitiva, ¿qué significa?: nada. El desastre del pensamiento queda pescado infraganti. Viene a arruinar la ruina, por amor al pleonasmo. El antifilósofo denuncia, pero el idiota encarna: trastea por el Genius –teclado– con encarnadas uñas de guitarrero reo, sin padre progre con guita. La mostración como monstruación mientras menstrúa. El titubeo es una forma de verte a ti mientras titeo.
      Si recuerdo mal (y eso espero), Freud se inclinaba a asociar al filósofo con el paranoico (¿o con neurótico obsesivo?) y con el esquizofrénico. Ahora al segundo podemos llamarlo antifilósofo, más bien (son locos violentos, dice Badiou). Antes te llamaban narcisista, ahora antifilósofo. El antifilósofo es un actor, actúa, opera, hace.
      En Luciano postulamos a un antifilósofo no-filósofo, en el vulgar sentido de un enemigo de la filosofía, aunque su caso era el de un burlador de las escuelas, sus jefes y sus educandos, ya que él dijo alguna vez (en realidad lo escribió: lo dijo su personaje Parresiades), que hablaba en nombre de ella. Notemos que con él la parresía se hace personaje, se ficcionaliza.
      Luciano y el Sr. Aa como antifilósofos sin antifilosofía o antifilósofos no-filósofos. La segunda es “l'anti-philosophie des acrobaties spontanées”. Tzara dividió entre marchands d'idées y accapareurs universitaires (y Cioran ubicó a Sartre en la primera grilla –empresario de las ideas, llamole). El dadá los contrastó con el idiot, el farceur y el fumiste.
     La antifilosofía es una filosofía de protesta. Así se ve desde Badiou. El anti usa la queja. Pero además, sigue Badiou, denuncia y somete a un proceso. No es un socrático que refuta –como los megáricos–, ni un sofista que practica la antilogía protagórea. Delator y verdugo terapéutico, ¿trabaja para la policía? Pero, ¿qué policía? La de la Verdad, la verdad pero a secas, aquella dispuesta a picanearle el falo al filósofo. No informa para la Academia, informa para la Verdad informe (no la del gremio, la criteriosa). Filósofo de protesta que deviene barrabrava. Insulta, y quizá, llegado el caso, luego faja.
     Para Wittgenstein, pensar es facturar una proposición con sentido. Si el filósofo, como dice, cultiva lo absurdo, ¿qué le queda Monsieur Aa, el antifilósofo? Denunciar el absurdo escenificándolo –supongo.
     La matemática no es un pensamiento, caso contrario hay metafísica. De eso se quejan, eso denuncian. La filosofía, chisme eclesiástico: Nietzsche ve al filósofo como un cura y Wittgenstein como un sofista cuyo poder es la lengua desenfrenada queriendo pensar lo impensable. Wittgenstein no es sesentaiochista: pide lo posible.
     ¿Es todo antifilósofo un quínico? ¿O es posible un antifilósofo cínico? Por ley general, el antifilósofo es el quínico de su filósofo-víctima: el Diógenes de su Otro. Un quinismo casuístico, por lo pronto, de aplicación concreta: a la orden.
     El antifilósofo les deja los conceptos a los Gilles. No es un fabricante de conceptos, como Gilles Deleuze y su filósofo ejemplar –para él y para Charly, fabricantes de mentiras (Kill Gilles!). Entiende que son cosas para la gilada –como para Lamborghini el psicoanálisis[1] (él empero lo enseñaba; mas restrictivamente a dicho público).
     El sofista es un charlista, en cambio: da charlas conceptuales que no son más que un collar de opiniones pintarrajeadas como conceptos. Es un falsificador que vende pareceres vestidos de seres: vende fama –doxa– con barniz conceptual. El antifilósofo es un triturador de conceptos que aspira a demoler hasta sus ruinas –como un Jarry de interiores–, porque quiere mostrar que dentro de ese huevo Kinder no se domicilia la Verdad. El concepto es un chocolatín Jack sin chiche, sin sorpresita. La Verdad es no-filosófica.
     Dicho zizequianamente: la sofística es café descafeinado y cerveza sin alcohol.
     Badiou urde una clínica conceptual del antifilósofo, con el resultado moral de convertirlo en un boludo glorioso y de genio. Esta suerte de psicoanálisis abstracto, cuyo objeto o cobayo es una figura genérica del acaecer histórico de la filosofía, funca –uso terminología técnica– como propedéutica para la gestación y formación del filósofo en tanto que post-antifilósofo consciente. Idiota útil y, trascartón, desechable, debe quedar fuera del campo óptico del filósofo. Una vez rentabilizado, hay que olvidarlo como al Ser antes de Heidegger.
     Gracias al sofista y al antifilósofo, el filósofo se hace contemporáneo de sí mismo. Para no desfallecer en el anacronismo y no ser –como se jactaba de ser Borges– un “extraviado en la metafísica”, parasita a sus rivales para-citándolos. Al interior del triunvirato se da una curiosa y particular lucha por el reconocimiento: el anti reconoce el acto del filósofo, pero el sofista sólo su vestuario discursivo. El travestismo filosófico del sofista es arte y ficción: imitación y simulacro.
      Lacan: el filósofo es Psicótico-Amo, Maestro-Esquizofrénico. Puede ser “un psicótico de genio”, como Rousseau, o “psicótico feroz” como Wittgenstein, a los que no reconoce como pares –porque no leyó a Badiou. Para el anti, el filósofo es loco. Y de Badiou se desprende que viceversa. ¿Cuál de los dos es el que –Lamborghini dixit– “envidia la locura del Otro”? ¿Y en qué ejército pelearía el mismito Lambo en tanto que –germanía de Germán García– “esquizofrénico mimético”? ¿Sería un antifilósofo sofisticado?
      El sofista diagnostica; pero el anti, además, quiere curar: te putea y te pega para salvarte.
     Si Onfray pudo escribir un Antimanual de filosofía, ¿por qué no escribir, en vez de un Manual de Antifilosofía, también su antimanual, para que la misma no se deje agarrar por los filósofos, manosear por los profes? Un Antimanual de Antifilosofía no sabría por dónde cogerla. Como Deleuze a Nietzsche.
      En este mundo, y en particular en Buenos Aires, es necesario tomar un curso hasta para suicidarse (hay tallerismo de eso, también). De hecho, el mismo suicida es indemne a la crítica de Hume: para acabar con su vida necesita fiarse de la ley causal. Precisa que su estructura psicomotriz tome un curso, enhebre causa y efecto, y como primera medida agarre el chumbo o el frasco de pastillas. Siendo así, ¿cómo no dar este curso dirigido al Estúpido Argentino? El Antifilósofo también hace asistencia al suicida. Pero nosotros, que deberíamos gobernar la RAE, siempre nos empeñamos en depurar las anfibologías del lenguaje y de la lengua –pichones de Wittgenstein, al fin–, y entendemos que al suicida se lo ayuda a suicidarse, caso contrario no se lo ayuda a él sino a su alter ego vitalista o nischeano. Así como el suicida al matarse acaba con el Mundo entero, optamos nosotros por matar el curso mismo –matar su curso–, para salvar al cursante y salvarnos de ir presos. En el fondo somos soteriólogos; caso contrario, ¿qué clase de quínicos o antifilósofos seríamos?
      Curso que acabamos dando a nosotros mismos y lo reprobamos.
      Yo soy el único que terminó el curso y encima lo reprobé. Me autoboché, no me di el diploma: no fundé la Academia. No hay Primer-Diplomado porque el Diplomante mismo se fue a marzo. Reprobé con esta tesis que presento ahora al inestimable –por inexistente– público.
      Por Boludo, no obtuve el diploma de Boludo. Esa es la paradoja del No-Diplomado y del Boludo. Lo bueno del Boludo es que no se diploma ni de Boludo.
      Cada maestrito con su librito, dijo Sócrates y se hizo ágrafo, analista e histérica.
      La antifilosofía de la onda es la que triunfó (en la Argentina, seguro). La impusieron los escritores generacionales, esos sofistas de tribu urbana con OSDE y licenciatura en la UBA, para hacerles berrinchitos a sus papis baby boomers y entristas del peronismo (ese enculage versión política: susvinismo duro y puro). Ciertamente, el antifilósofo formateado por Badiou no cree que el conocimiento salve ni adicione años de vida. Esa, ahora me corrijo, la de la onda, es la anti “filosofía insuperable de nuestro tiempo” que superó a la insuperable de otrora, el (freudo)marxismo. ¿Es un quinismo o un cinismo esta antifilosofía enunciada en poemas (cosa que ya había hecho Parménides-Perinola de arranque mismo)? Lo que pasa es que siempre hay uno más quínico que el quínico y siempre puede llegar un petiso más petiso que el primero de la fila (ese es Keki González, por ahora, el inventor de la “Filosofía Petisa”). También existe la histérica de la histérica. De hecho, la historia de la filosofía es la de la antifilosofía, más bien: se monta en esta cadena en la que un antifilósofo basurea a otro anti y el siguiente se la devuelve a él. Macedonio decía que la Universidad no tiene fundamento porque al primer diplomado le dio el título uno que no se recibió o, en su defecto, se licenció y hasta posdoctoró a sí mismo. No hay ese problema con el Antifilósofo porque este ser humano se “autoautoriza” (“el Mundo y yo nacimos…”, dice Macedonio). Por fuera del claustro, en el descampado mismo de la filosofía, no obstante se hace menester despejar al primer filósofo. Ya sea a los efectos de meterle un pie de página a su obra o de meterle patadas en el ojete (la antifilosofía se escribe por donde otros se calzan: se hace con las pezuñas). Cada autor inventa sus precursores y cada antifilósofo se inventa un filósofo preexistente al que aporrear. ¿Quién fue entonces el filósofo-prínceps? Para Foucault quizá Platón; para Groys, el mismo Sócrates (¿no habrá sido Antístenes, al final?) Y además, ¿el filósofo-primo no era el “antifilósofo” del Sabio, el Antisabio I? Uf…
      Si la locura es la ausencia de obra (cartel de Foucault), el antifilósofo está casi casi loco, porque apenas produce una obra trunca o eternamente inminente. La suma de su trabajo debería denominarse Obra Incompleta. Más bien son Sobras Completas –el chiste es viejo– o quizá Zozobras Repletas (por exceso o por defecto le zozobra o le fafalta). Papeles de Recienvenido, migajas filosóficas, consideraciones intempestivas, fragmentos póstumos, tratados de decirlo. Macedonio, ver vi gracias, con el afán de “completar a James”, descompletaba su obra. Bordeadoras del Silencio y vecinas de Lalo Cura, esas obras de sobra no se completan: se interrumpen con el mutis o la internación en el Borda o el Suipacha (o se van a la Concha Espina de su hermana, como en el caso-Nietzsche).
      La Antifilosofía de la Onda no habla en nombre de sí misma sino de su “generación”, remplazo debole del “destino epocal del ser”. En cambio, el antifilósofo kynikós por el que bregamos nosotros (Yo, Ello, Superyó, mi Doppelgänger y todos mis heterónimos) no es ni-póstumo: o sea que ni muerto va a tener onda o estar de moda: produce una antifilosofía degenerada (o sea que, a diferencia de la de Nietzsche, no le gustaría ni a Hitler) que no habla más que en el nombre propio de un NN (Natalia Natalia, Juan de los Palotes o su hermano Perico, Montoto, Mongo Aurelio, Perencejo, Don Nadie, Pepito, John Doe, Numerio Negidio, Οτις, Juan Pérez, Fulano García, Mengano Rodríguez, Anónimo Fernández, Perengano López, Zutano Díaz o el “Nunca un González” del que habla Alberto Buela) o de un nom de plume o nom de guerre o negro literario autoexplotado o ghostwriter de carne y hueso (como el man de Unamuno). Un nuevo antifilósofo que se desautoriza para dar a troche y moche diplomas de su Universidad Sin Techo a un puñado de filósofos inexistencialistas que no necesitan del sum para el ergo (ergotistas no egotistas): un pensamiento anónimo incluso no suscrito y rubricado por Foucault.
      Si Wittgenstein, el postractatusiano, conforme a la pronunciación de Rorty, era un satírico, correspondería enfilarlo en la tradición luciánica, es decir, menipea. Y esta es una tradición que se remonta a Diógenes. ¿Pero es la sátira menipea, como sucesora de la diatriba biónica, heredera a la vez del diatribar socrático, una conversación democrática? Sócrates, precisamente, no estaba del lado de los demócratas: hacía migas con los enemigos de la democracia ateniense y sofocaba toda conversa, la boicoteaba. Su diálogo consistía en hacer de histérica ante los sabelotodo, sofistas, mandamases y especialistas de la ciudad, y en hacer de analista de cara a sus allegados y admiradores (para decirlo en la torcida jerga de la torcida lacaniana). La conversación macedoniana es su aproximada heredera, definida por Horacio González.[2]
     El Antifilósofo puede aparecer como el Falso Sofista –o sofista a la Menard. También es una suerte de Sofista religioso, esa mezcla (no un obispo, un cura, sino un pobre, un loco: un creyente, un místico). El Postfilósofo, en cambio, es el Antifilósofo asaltado y adueñado por el Sofista.
     Badiou quiere rescatar al antifilósofo del cautiverio al que fue sometido por los sofistas, para aprovecharlo y, acto seguido, descartarlo. Denuncia la confabulación. La polémica Rorty-Badiou es un duelo de candidatos por el amor del Anti (bautizado por el norteamericano como “Filósofo Edificante”). Estas son las cosas que se estudian hoy en la universidad (o se estudiaban antes de que el feminismo abortara todo) y que le ponían los pelos de punta a Revel.
      Más que perder de vista al antifilósofo (que para eso desaparezco, porque como bien lanzó Viñole, “el que alcanza a ser (anti)filósofo, ¡desaparece!”), mejor sería comenzar a perder de vista a la filosofía francesa y a todas sus colegas de los Pirineos y el Río Bravo para el Norte. ¡Cómo no se van a extraviar en la Metafísica un europeo nacido en el exilio y otro que quiere completar a James! Aunque todos estos patrones sólo ponen nuevos nombres a antiguas formas de pensar, que decía el pragmatista, a minha pátria é a língua espanhola, tal como el Cosmos del cosmopolita monolingüe de Diógenes se declinaba sólo en griego –ático o macarrónico pero en griego al fin.
      El filósofo es poeta porque pensando lo impensable en el fondo cree que todo estado de cosas puede tener su nominación. Si nombrar es pensar, pensar es nombrar. Para Wittgenstein, la filosofía no piensa; para Lacan, no piensa la ciencia. Menos voy a pensar yo, entonces, que me baso en el Nopodermiento (Gombro) del Impensador Mucho (Mace).
      La polemología entre Antifilósofo y Filósofo se libra en el campo del acto, y en ese sentido cabe decir que Diógenes –el siempre visitante– juega de local ante Platón –aquel localista que era tan autóctono como las babosas y las langostas, al decir del mestizo Antístenes. El logos de la acción, la obra, la ascesis (Diógenes), contra el de la teoría (Platón).
      Filósofo confesional de vida peligrosa, levantador de pesas con forma de pésame, de cargas y cargos, estibador del pensamiento existencial. Ese es el anti. En la medida en que la soteriología o terapéutica del anti pasa por tomar una decisión improbable, en ser un Sísifo cuentapropista o un atleta de la existencia dura y del fardo, es obvio que la antifilosofía erige su acta fundacional con Diógenes, aunque en este campo, no caben dudas, su precursor se llamaba Sócrates, pero ese Sócrates de Antístenes y Jenofonte que se perdió bajo las capas sedimentarias del platonismo triunfal. Uno debería siempre ser un poco improbable, rezaba aquel celta católico y puto que tanto amamos –quizá demasiado sofista para antifilósofo. Oscar Wilde.
      Nuño prueba, o así lo cree, que el empirismo anglosajón es un idealismo sucedáneo del idealismo platónico. Parece sugerir que Borges lo sabía o sospechaba, o por lo menos, que procedía en coherencia y como si lo supiera. Pero Borges profesaba, así dijo el mismo Georgie, “el sistema de la perplejidad” de “un incapaz del pensamiento filosófico”: “un simple lector al que no se le ocurrió nada ni tiene una teoría del mundo”, y que usufructúa metafísica y teología “para fines literarios”. “Todo pensamiento sistemático tiende a trampear”, dice como si el de la perplejidad quedara absuelto de la tendencia. ¿Se puede no ser filósofo? Tal declaración de inocencia viene adosada a otra que expresa su creencia en la imposibilidad del conocimiento (no lo sabe pero lo cree). La literatura es, de algún modo, el resultado del agnosticismo y de la insolvencia filosófica. Borges aspira a ver de afuera el espectáculo inconcreto de la filosofía y como un simple lector. Vale decir, por sinonimia no del todo forzada: como un lector idiota.
      El lector idiota o simple, en tanto que escritor argentino, es un irreverente que se apropia de la tradición universal –en este caso ontoteológica o metafísica– para sacarle un provecho –dirá Gutiérrez– paródico-literario. ¿Está el serio-burlesco Menipo detrás de todo esto, idiota irreverente? En tal caso, un menipeísmo comedido, porque la irreverencia no llega a la insolencia, virtud que distinguía al quinismo.
      El platonismo literario, imputado por Nuño a Borges, para Barthes sería propiedad del conjunto de los escritores –exploradores del nombre con fe cratiliana. Pero la nominación no es un pensamiento, decía Wittgenstein, y el incapacitado de filosofía de nombre Borges lo aprobaría. Tenemos así que la literatura es un platonismo sin pensamiento –de ahí, a lo mejor, el “Impensador Mucho” macedoniano. Los incapaces de filosofía pueden hacer algo con ella, con la filosofía, además de extraviarse en la metafísica: literatura –argentina, al menos–: un platonismo. La literatura –la de Borges, para Nuño, pero a lo mejor para Barthes todas– sería un platonismo intensivo e invertido. Invertido porque postula a la eternidad como degeneración del tiempo, e intensivo porque reivindica lo genérico sobre lo concreto por su plus de intensidad (“la esencia de lo absoluto”, para Macedonio).
      La “contradicción performativa” que Mansilla encuentra en casi todas las obras de Borges podría tener que ver con esa aparente doble vena humeana y platónica, aunque para este autor se trata de una doble personalidad liberal-conservadora y a la vez posmoderna. El menardismo de Borges, en definitiva, también fue precedido por el de Platón: que tampoco escribía (Lacan dixit –entre otros–) lo que pensaba.
      Mansilla disocia racionalismo liberal y sofística presocrática y denuncia que Borges los conjugaba. Su platonismo invertido consistiría también en practicar el panasociacionismo sofístico –opuesto a la symploké platoniana– bajo ese envoltorio semiplatónico, el del abstraccionismo intenso.
     Gutiérrez no sólo postula a un Borges que parodia a la filosofía a través de la literatura, dice que parodia también a sus sucedáneas como la hermenéutica y el posestructuralismo. De modo que era posmodernista sólo para burlarse de los posmodernistas, cosa que no habría advertido el citado Mansilla. Acá el empirismo inglés ya no es un platonismo que lleva la carga y no la siente, sino un posmodernismo adelantado e inconsciente que ignora el desenredo inexorablemente irrisorio de sus propios postulados. Isidro Parodi de la metafísica, Borges al parodiarla la “supera” y se vuelve post-metafísico. Su “imaginación razonada” comportaría una superación del concepto.
      Si Borges es “escritor filosófico”, como dice Báez, tenemos entonces que lo filosófico de lo literario radica en la incapacidad: soy escritor filosófico porque soy incapaz de filosofía. Pero de acuerdo a Báez, la filosofía era para Borges menos una disciplina impracticable por personal insolvencia que una tentación eludida (lo que lo vuelve a ligar con los antifilósofos como Wittgenstein), con la salvedad de que “veneraba su poder creativo”.
      Es que los antifilósofos rioplatenses, los a la Borges o a la Macedonio, menos que desacreditar a la filosofía querían “desacreditar al mundo”, de acuerdo a Viñas, y de ahí que se colgaran una y otra vez del idealismo en cualesquiera de sus formas –de Platón hasta Schopenhauer–, ya que con respecto a la filosofía oscilarían entre la irreverencia y la veneración, una ambivalencia bien vernácula y criolla. No se podría acusar de lo propio al antifilósofo-acróbata, porque no es cosa de Dadá andar venerándole algo a la tradición. “Estoy en contra de los sistemas –garabateó–; el sistema más aceptable, por principio, es no tener ninguno” (Je suis contre les systèmes, le plus acceptable des systèmes est celui de n'en avoir par principe aucun). Ese tonito no es el de un Borges –campeón argentino de la perplejidad sistemática y las desesperaciones aparentes–, pero al fin y al cabo nos desayunamos de que Samuel “el ruso” Rosenstock (alias Tzara) tampoco dejaba de ser sistemático –anque sistemático apofático. Si la perplejidad hace sistema, vemos que también lo hace el asco (dégoût). Badiou acuerda con el diagnóstico y lo denuncia.
      Serna Arango postula más bien que Borges era un rezagado o un anticuario, de modo que debemos inferir que parodiaba a una metafísica que ya había sido desmentida oficialmente en los terrenos fiscales donde paran los profesores y profesionales del ramo.
      El escritor no tiene ideas sino obras, y en ese sentido es, como mínimo, vecino y pariente del antifilósofo –que tiende entre una y otra.
      Cuando Cioran divide entre pensar desde el suplicio interior o desde el placer de pensar, parecería estar separando al antifilósofo del sofista, pero sólo está confirmando que el pensamiento inexorablemente es goce, como piensa o goza la lacaniana Soler descifrando a su antigurú.
      Rorty arma esta velada boxística: el tahúr verbal (Derrida) versus el macho metafísico (Badiou). Abraham traduce la reyerta en estos términos: conversación no de la hora del té (Rorty) versus lengua amurallada y misteriosa de corporación de expertos con cientificismo arrogante (Badiou). Él se mete en el medio (me refiero a Tomás) en representación fallida de los ubuescos, los que practican el mimetismo del discurso como bufonería, los que aclaran por desplante y fuga: el grotesco de la soberanía arbitraria como pecado de ignorancia, hartazgo de la digresión infinita y la autoexplicación. Ponzo retruca: en realidad Badiou no es un macho metafísico sino un infante enorme que escribe axiomas para el nuevo mundo: un filósofo-niño. El juego de los serios contra el autoritarismo opinológico-democrático y el catastrofismo jocoso de los profetas del fin de los tiempos filosóficos.
      Hemos tratado asimismo el arte filosófico de introducir. En su versión argentina no es más que meter embutido en envase pedagógico a un teórico de prestigio europeo o yanqui. Donde se cuecen las habas es otra cosa más virulenta. La introducción deleciana.
     El discurso del Analista –dice Žižek– es una suerte de eclecticismo táctico que consiste en ir adoptando todas las otras posiciones discursivas cairológicamente. Sócrates era el Proteo de la filosofía. El Analista, como listo con el ano, se “escuende” cuando lo quieren agarrar y aparece por otro lado. No soy de aquí ni soy de allá, dice como Cabral. La verdad irrumpe haciendo el collage azaroso de perspectivas. Y acá no hay verdad descalza, como la quínica, ni en pantuflas, como en Descartes, sino verdad a medias.
     Deleuze no se proclamaba filósofo embarazado, como Nietzsche. Para él el concepto resulta de un enculage. Cada filósofo crea sus precursores con este método contranatura –o metetodo– con el que los hace parir en París para alcanzar a posteriori la paternidad conceptual. De modo que si Nietzsche estaba preñado, nos deberíamos preguntar ¿de quién?  ¿Es posible autoembarazarse en filosofía?
      Žižek enseña que cuando se te convierte en hombre de paja es porque sos the absolute Other. De modo que, menos que un pelele, el Strawman es un superhéroe filosófico: el insodomizable (unbuggerable) que sólo se la pone a sí mismo. Del macho metafísico pasamos al inempomable. Este es aquel cuya Falosofía es tan extensa que puede ejercer el enculage sobre sí mismo, como aquella serpiente que se muerde la cola. Este es el Analista, el que acaso como histérica de la histérica, no se deja cojer (con jota o en argentino) salvo par lui-même.
      Acá la dureza está en Deleuze –la necesaria para hacer que el otro conciba el concepto que luego ilustraré– y la blandura queda del lado del partenaire-precursor. Deleuze, que acusaba a Freud y otros de Generales, se convierte en el gran Gral. Susvín de la filosofía.
      Descubridor de lo ya descubierto, aventurero del fantástico de la obviedad, autor de cuentos de hadas de tesis, Chesterton no trabajaba para el idiota moderno ni posmoderno sino para el hombre ordinario, pariente tal vez sí del idiota antiguo –aunque lejano. Sin embargo, dice ser el tonto (fool) de su propio cuento, que es una broma (joke) contra sí mismo, el clown. A diferencia de los “ubuescos” citados por Abraham, no se burla de los demás, sino de quien tuvo todas las idiotic ambitions de su fin de siglo: Chesterton.
      Chesterton no defiende la mística unipersonal del genio-idiota (Macedonio, Wittgenstein) sino la del tipo qualunque aún no del todo maculado de modernidad (ligeramente más parecido al homo escalabriniano de aquella “Biblia para el zonzaje callejero”, como ajustició Doll, que a ese tipo de Wimpi descrito a menudo desde alguna penúltima novedad de la divulgación científica y desde la cultura general de un médico truncado y uruguayo). Su hombre ordinario es un resabio, que subsiste entrado el s. XX, de los tiempos de María Castaña y la Cristiandad. Sus confesiones, las del autor, son las de un inglés y las de un católico, no las del patético antifilósofo estudiado y tramado por Badiou. Oscila entre buscar la verdad a secas y la más extraordinaria; pero en cualquier caso opone verdad (truth) a consistencia (consistency). Opone fool a mad, el bobo al loco. El primero es el hombre de la verdad y el otro el de la coherencia; porque la verdad puede ser contradictoria y chabacana, obvia y fantástica. La salud está en el misterio y la locura en la razón (en eso coincidiría con Macedonio, aunque este ubicaba a la segunda más bien junto al ser). Predicar algo es deshacerse de eso, dijo, tal como Fernández decía que los signos matan a las cosas (pero este ponía de ejemplo a la misa –que mata a la creencia– y a la teología como hacedora de ateos). Buscando una herejía de uso personal dio Chesterton con la ortodoxia y a paso seguido con la paz mental. Un impulso sofístico lo llevó a un fin antifilosófico, pero encontrado en el catolicismo. Tal como Badiou, combate al pragmatism, pero no desde el μθημα platónico-lacaniano sino desde la λογα y el absurdismo cristiano (ese que Tertuliano ya había declarado), aunque la filosofía nacional estadounidense para él no es más que una guía preliminar hacia la verdad y no un punto de apoyo de la no-verdad. Por naturaleza, decirlo así, el antifilósofo badiuforme, que mantiene una relación sui generis con el cristianismo, encarna una subjetividad de corte más bien protestante; pero Chesterton habla por el catolicismo –aunque, si se quiere, en inglés. Badiou escribe que “lo insensato es atributo primordial de lo verdadero”, y en ese sentido está más cerca de Tertuliano que nuestro católico, quien al fin y al cabo no hace bandera del creo porque es absurdo –me corrijo– sino que sale en defensa de lo obvio, el común sentido del fool (aristotelismo mata protestantismo).
      El gordo Chesterton también bregaba por el ablandamiento –como Rorty y Sloterdijk–, no en el sentido de la dilatación del método de lectura anal formulado por Deleuze, sino porque el pensador privado heredado de Descartes acaba como Nietzsche en los nosocomios: porque el pensamiento aislado te convierte en an idiot. Ablanda tu corazón –como pide García– o se te ablandará el cerebro. Se podrá creer que Chesterton convierte a Nietzsche en su filósofo-polígono de tiro –como Pascal a Descartes y Kierkegaard a Hegel– y se vuelve ipso facto el antifilósofo a la orden del antifilósofo global (ya que el poner a Platón –no a Voltaire, Descartes o Hegel– de blanco equivale en cierto modo a poner de tal a la filosofía con su conjunto). Nietzsche también operaba por divertissement (fun), aunque para demoler el universo. Como el idiota de la estufa y la robe de chambre no puede dudar de que duda, acaba dudando de todo menos de que cogito ergo sum; pero el hombre –reza Chesterton– estaba destinado a dudar de sí y no de la verdad. El homo chestertoniano, ese ordinario, no hace careos ante el Genio Malvado.
      Como el american sophist, digo Rorty, también Chesterton defiende la democracia, aunque no como conversación distinguida sino como coronación del más extraordinario de los hombres: el incapaz. Volvemos al asunto borgeano de la inhabilidad, pero acá no como recurso para saquear a la metafísica y entregar su tesoro a la literatura, sino como plafón político. Creer en los hechos extraordinarios y en el hombre ordinario. Y este último no es ni el idiota señorial Renatus Cartesius ni el nuevo idiota creativo o cósmico. Es un ordinario, no un idiota, aunque un ordinario feérico. Como Aira, Chesterton escribe literatura de tesis en forma de cuentos de hadas; pero al revés, propone revelarse contra la novedad y no desvelarse por ella (las tesis de Aira son digresivas pompas de jabón –las del otro son persistentes).
      Revel establece un interesante duelo: el retrasado mental filosófico versus el ídem vulgar y corriente. Macedonio ya lo había advertido: “se va a temer que haya tomado la palabra el afectado mental”. También Lacan convirtió a la filosofía primera en tontología (hontologie).
      Contra el sueño de Badiou, “la filosofía sólo remite a la filosofía”, sentencia Panchito Revel. Una orgía de onanistas. Una filosofía, postula, tiene que ser verdadera, más que sistemática (en eso está con Chesterton, aunque este se excluía de dicho gremio). Los filósofos renunciaron a comprender la realidad con la esperanza de dictar cursos para ser comprendidos ellos mismos –y muy a la larga. Sin embargo, mantienen una idea religiosa de la verdad (Deleuze, v. gr., dice que tiene una fe en el mundo). En el nicho de los filósofos tampoco interesa qué quiere decir una doctrina sino el cómo la dijo su hacedor y en qué andaba mientras la formulaba. Denuncia lo que Badiou promociona: los filósofos, dice, ahora buscan algo distinto al conocimiento. La onda, por ejemplo, uno agrega, como dice la poeta, o acaso la eu zen pero en versión post-griega: como un dandismo americanizado por el cual el nerd deviene playboy cerebral y con teoría adjunta. Revel, profesor de secundaria y periodista, critica a la academia filosófica por ser una secta hermética que emana jergas a descifrar por un hato de exegetas crónicos y especializados. Su pregunta con copyrightpourquoi des philosophes ?– no es más que la traducción elegante del “¿para qué sirve la filosofía?”, típica cuestión del antifilósofo de entrecasa, estilo Doña Rosa. Encarna así no al católico ordinario, cuyo abogado es Chesterton, sino al intelectual liberal, hombre de una ordinariez refinada y con prensa (era el mejor amigo de Vargas Llosa). Más que antifilósofo es un anti-filósofos, y un sofista que exige verdad en la filosofía a la vez que lenguaje aplanado o de planas y rotativas. Tal vez, para el coleto de Badiou (quien prefiere torear al aggiornato Ricardo Rorty), un refractario insignificante y traspapelado. Para Revel, el filósofo es una mezcla de Dios y Houdini: está en todas partes para su fan y en ninguna cuando es cuestionado por el enemigo (lo que es apenas la versión cómica de la posición del “analista” tal como la delimitó el barbudo de Eslovenia). Los sistemas filósofos no se refutan, dice Revel: se reemplazan. En su auge son un esperanto al que se traduce cualquier disciplina; cuando el encanto declina, sólo se les ven la hilacha y los errores allí donde antes relumbraba impune la infalibilidad. Lo que llamamos una moda, en definitiva (todo esto puede leerse en L’abécédaire de Jean-François Revel). Su satirismo manipula este tipo de revelaciones de Perogrullo pequebú –la redundancia valga. Un volterianismo dosificado con traje y corbata.
      Žižek revela que la filosofía como discurso del amo muere con Manolo Kant –por llamarlo a la Marechal– y que, por ende, Santiago Lacan, al porfiar en que amo es = a filosofía siempre, combatía contra un fantasma de manual perimido –y no el de Immanuel. Esta nueva curva que toma el asunto deja a el-Kant acaso como un antifilósofo genérico y universal y a Lacan como confutador anacrónico. Kant quiere decir can’t: con él la Filosofía se hace imposible. Todo el idealismo alemán se vuelve para Žižek una escuela de antifilosofía que tal vez culmina en Hegel, el que a falta de Filosofía alcanza con su sistema la Sabiduría y cristaliza como Histérico. En realidad, aclara Colette Soler, Lacan como Analista beligeraba contra el “discurso universitario”, contra el Profesor, y la encarnación ecuménica del mismo es el antedicho Kant. Lacan, como su nombre lo indica, es la que cree que Kant puede (can), puede al menos ser el hazmerreír de la corte del Amo (un “can de palacio”, como llamaba Diógenes a Aristipo), ya que eso es el Profesor, según Colette. Pero, como reveló Žižek, Kant más bien era el bufón del corte, el antifilósofo global que abolió la Filosofía como verbo del Amo y castró a los Descastres, descartó a los Descartes y desespinó a los Espinoza, últimos Filósofos-Amo. Tal vez haya que decir que Kant, al castrar al Falósofo, y aceptar su propio nopodermiento e impensamiento mucho, se consoló adoptando la pose a sueldo del Profe. Como castrato que le esquiva, por ende, el bulto a lo real –noúmeno sin touché posible–, se venga (y se viene) asumiendo el papel de canalla que quiere ser el Otro de la gilada estudiantil.
      Vemos que el Antifilósofo –si cruzamos a Žižek con Soler– puede venderse al discurso universitario y prostituirse como Profesor (pronúnciese este término con el acento gardeliano de Pucho nombrando a Neurus).
      La canaille et Lacan-elle. Cogito ergo goce: go sé.
      Después de Kant, del castrador castrado, la Filosofía deja de ser Falosofía motu proprio y en nombre propio. Emerge el Profesor, que habla y abla el Falo a nombre de Otro y anónimamente, y por otro lado –no sé si como Otro del Otro– aparece la nueva configuración post-cartesiana del Pensador Privado (privado de Falo y Sofía). Este piensa sin saber ni conocer: crea o cree que crea.
      El idiota descartable, no el cartesiano, es un idiota de uso público en las universidades, usufructuado para escribir papers. Tesinas sobre el idiota del acontecimiento. O atontecimiento. Hay mucho falso idiota y mucho abogado de oficio queriendo representar al originario. Hoy es una forma de ganarse el sueldo sin hombrear bolsas ni repartir pizzas en moto por las noches. Son estos letrados los que te meten una denuncia si te metés con él. Vas en cana por “microfascista”. ¿Qué clase de Bartleby sería, por ejemplo, el que declara “yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”? El liberal lado B –ese izquierdista divagante pero a sueldo– habla por él o se hace. Se hace el zonzo, más bien. El sota.
      Hay una izquierda idiota –por lo tanto, liberal– que lo representa, a falta de pueblo. Hacer el idiota es una cosa, otra serlo, y otra hacer del idiota un concepto.
      Héroe de “la izquierda indefinida”, el idiota se volvió político, aunque en realidad siempre lo fue (el idiotes no era un ápolis). Parece un hombre importante ahora, pero es un nombre importante. Dicen que dice que hay algo más importante, pero que dice que no sabe qué es lo importante[3]. El patafísico –que quizá era y se hacía– decía que la importancia no tiene importancia. La importancia de llamarse idiota (una nueva honestidad). ¿Con qué linterna buscar al idiota?
     Militancia de la idiocia: ¿es eso posible?
  Si el antifilósofo es el que ordena (Groys), el idiota es su opuesto, en tanto hacedor del ni sí ni no o campeón de la síntesis disyuntiva. Sin embargo, la dupla Deleuze-Guattari baja línea: una orden que asegura que la filosofía no consiste en saber ni se inspira en la verdad sino que su éxito o fracaso está regulado por “categorías” como “Interesante, Notable o Importante” (con mayúsculas, inclusive: Intéressant, Remarquable, Important). Y de ahí llegamos a la porteñada de que “la onda es más importante que el conocimiento” (definimos acá “porteño” como una forma de exagerar las modas parisinas). Por lo menos el Idiota decía que no sabía qué es eso que hay que es más importante. Mejor quedarse con el personaje conceptual ‘patafísico y dadá alias Julien Torma y que la importancia tampoco tenga importancia, aunque esto también sea una orden importada (¡y de Francia!).
      Si la posición del Analista para Žižek es un bricolaje o una escondida en la que uno va saltando de un “discurso” a otro, para Cassin la posición de Lacan era la de oscilar entre Gorgias y Sócrates, entre el sofista y el antifilósofo. La sofisticación –o sofistización, más bien– de Sócrates consiste en ejercer su “método” exigiendo honorarios, avivada que comenzó con Aristipo –si no con Antístenes mismo– y reanudaron los erísticos y, en rigor, toda la troupe socrática, salvo los cínicos no cirenizados (La can y el Can se distinguen, en principio, en esto).
      Para Cassin, los sofistas no eran un chasco: cultivaban una seriedad no-filosófica nomás y no proclamaban a los cuatro vientos el “no hay Verdad”. El sofisma, más bien al revés, es lo que revela la verdad.
      Para Cassin, el Antifilósofo es indiscernible del Sofista. El gran Macho Alfametafísico es Aristóteles, logiconanista que enmascara el goce del órgano con el goce del órganon. Goce fálico, goce del ser. El goce fálico es fuera del cuerpo (de la mujer), goce idiota del órgano(n).
      La historia de la filosofía vista desde la posición de la puta, la helénica, el yiro lingüístico, logológico, suerte de sucedáneo liberal del punto de mira de la criada tracia –salto de la porné a la hetaira.
     Si Lacan fue un sofista (tesis de Cassin), Badiou entonces montó su filosofía a hombros también de Gorgias. ¿Cómo queda entonces? ¿Cómo un último sofista o como el último tontólogo de la tapadera metafísica?
      Entre la Falosofía del Filósofo y la Folisofía del Antifilósofo metimos la Lofisofía como un saber de baja fidelidad y del ruido (ψόφος), ejercicio de la brut critique propio del Filópsofo (φιλόψοφος), del amante del quilombo –según se llamó de antiguo a los enrolados en la brancaleónica tropa de Diógenes. ¿Es el ladrido, cacofonía del caco, ladrifilosofía o ladriantifilosofía? Noise-philosophy, noise-antiphilosophy or noise-sophistry?
      Entra Groys. La filosofía es la busca de la verdad, un objeto inalcanzable o que no funciona. Sócrates es el primer consumidor de verdades, una mercadería que se oferta en el ágora.
      El mercader que las enajena es el sofista. El filósofo es el hombre de la calle perdido en el Carrefour universal de verdades. Extraviado como un párvulo en un súper-encrucijada. Borges, anterior a la era de los hipermercados y ulterior a la de Gorgias y Protágoras, lo definió de manera autobiográfica como “el extraviado en la metafísica”.
      La quejumbre, que Badiou fija como un rasgo patético del antifilósofo moderno o protoposmoderno, ya había hecho su entrada con Sócrates. Pero todavía era un tipo de reclamo articulado como crítica, no como descalificación –cosa que introdujo Diógenes, acicateado por Antístenes. El “consumismo crítico” de Sócrates, con los megáricos –alias erísticos– se hace consumismo contestatario, mientras que Platón y los perros deciden deponer la crítica y sustituirla por la orden, que no es más que el “acto” de Badiou visto del otro lado, desde el ángulo del consumidor. La orden tiene un fin piadoso: desvestir a la verdad, despojarla de su envoltorio de mercadería de ágora. Si la queréis sin código de barra, obedecedme y abandonad los tufos o salid de la caverna. La primera Tesis 11 nace con Platón: da por caduca la mayéutica y dicta a los cuatro vientos que has de transformar ese mundo caverniforme. La orden propone un trasmundo que no es más que un más allá del mercado, plus ultra conocido gracias a Andrónico de Rodas como metafísica –de ahí que el consumidor borgeano, ese lector irreverente llamado escritor argentino, en tanto “extraviado en la metafísica” no sea más que la viva imagen de un Sócrates posterior al platonismo. Con la orden emerge la trascendencia como asalto a la inmanencia del mercado, como boicot al emporio de los sofistas.
      La peculiaridad de Sócrates es ser un cliente insatisfecho que, en el fondo, aborrece el mercado, pese a andar todo el día dele que dele por ahí. No hay producto que le venga bien y de resultas parece querer abolir la feria de vani… verdades. Es entonces cuando hace su entrada en el shopping un extravagante puestero: Platón.
      Platón, un sofista sin publicidad engañosa, o tal vez uno cuya estrategia de marketing radica en ofertar productos con un packaging artesanal, no contaminantes o libres de colesterol, para congraciarse con un nicho de mercado alternativo. Sin ir más lejos: “un sofista extravagante”, que diría Jesús “punto G” Maestro (maestro de la diatriba teoreticista española empaquetada en formato de youtuber).
      Veremos así que la filosofía, si surge –para decirlo a medias entre Whitehead y Foucault– metiéndole un pie de página crítico a Platón (como si su obra no fueran libros de diálogos sino de quejas), se establece como una alternativa a lo alternativo.
      Del catador de verdades al acatador de verdades (o antiacatador). Con Groys, el Antifilósofo deja de ser un tipo que se resiste a la canallada del Profesor o a la dictadura metafísica del Amo. Con Groys, pasa que Nietzsche, Kierkegaard, Wittgenstein y el mismo Deleuze se convierten en un General, como en efecto se hubo declarado cierta vez Diógenes, que por can era, paradójicamente, menos canallesco. La Filosofía nace y muere con Sócrates. La Antifilosofía irrumpe con el mismo Gral. Platón. Cuando Diógenes reveló que lo único que sabía hacer era “mandar a los hombres” –como la Mujer según Esther Vilar– no estaba haciendo más que deschavar a su propio gremio: el de los (Anti)filósofos. Sócrates sólo sabía que no sabía hacerlo. Sólo sabía cuestionarlos, romperles las pelotas –o en su defecto, hacerlos parir (Maternidad Sócrates, obstetricia para varoncitos con gravidez eidética[4]).
      La vida filosófica de Sócrates, como vida contemplativa de mercado o en el ágora, es una vida contemplativa sin contemplación, una vida de histérica contrariada. Para contemplar la verdad hay que acatar la orden.
      El Filósofo no es más que un cliente. El Antifilósofo, en cambio, un vendedor que compite con el Sofista. Pero un vendedor con mala conciencia. Uno que pretende abolir el mercado para, más bien, quedarse con el monopolio.
      Lo que era acto con Badiou, se vuelve orden, mandato. Si el sofista quería brindar un servicio al cliente y Sócrates lo boicoteaba, el antifilósofo, a partir de Platón, quiere que el cliente le dé el servicio a él: quiere ser señor y convertirlo en siervo.
      Sócrates exige definiciones, pero el idiota persevera en la indeterminación. Mas Sócrates, y este es su rasgo medular, no encuentra las definiciones o nunca queda pipón con ellas, por lo que al retirarse del foro deja en general a las cosas indeterminadas y a la indeterminación como victoriosa.
     El idiota cartesiano, como el cínico, cambia la erudición y los libros por la luz de la naturaleza y la guía de la razón. Como su predecesor cínico, rechaza la guía de los sentidos y la autoridad, a la busca de gobernar bien su vida: vencerse a sí mismo, alterar sus deseos. Emprende, como el susomentado, el camino corto, un atajo que acá se llama método. Dice, como Macedonio, “con mi sistema se aprende más que faltando a clase”. Su enemigo es el profesor, el escolástico, Epistemón; relevo de Platón, el de Diógenes.
      El idiota, personaje por excelencia de la filosofía, dice Deleuze, y lo llama “el pensador privado”. Un sujeto que se marcha al campo a pensar en bata junto a su chimenea. Y es en esto que aparece la diferencia cardinal con el antiguo perro, que todo lo hacía en el centro del ágora, entre los hombres –esas basuras–, al descubierto y a plena luz del día, sin hogar, casa o salamandra ni robe de chambre, e incluso a menudo sin donde escribir: con bolso, palo, manto rotoso, tinaja y farola.
      No es improbable que, también, el quínico dudara de todo salvo de que dudaba, y es evidente que encontró sus evidencias. Evidencias meramente operativas y una certeza de duda descubierta de forma rauda y desenfadada, revertida de inmediato a su entorno y en forma de sarcasmo, paradoja, insulto o maniobra perturbadora. Como el idiota cartesiano, combate contra el error –los tufos–, y más todavía como el deleciano, contra la estupidez. Y sin embargo, llamarle pensador es demasiado, porque lo que persigue es un acto, como el antifilósofo, o un hecho. Improvisa menos con el pensamiento que con el cuerpo. Pensador poco o corto y de tipo explosivo, rápido. Propone, como el idiota deleciano, el absurdo (τοπον), aunque crea uno por acción directa, no por la pensée.
      Notemos de paso que Descartes creaba poco y nada porque todo se lo choreaba a los españoles –como hicieron todos los modernos–, gallegos de genio –Sánchez, Gómez Pereyra– que a su vez chorearon a los musulmanes que a su vez tenían canilla libre para saquear a los antiguos, greco-romanos entre los que se encontraba Agustín, un africano (¿será que al cogito lo inventó un negro?[5])
      Germán (ex Leopoldo) García reveló a la grey lacaniota rioplatense que el deleciano no quiere crear sino que le reconozcan un saber. Este enculage jegueliano, anterior al de Žižek, desenmascara al filósofo-artista nischeano como un idiota atrapado en la red del reconocimiento y del Otro.
      El idiota creativo de Deleuze tiene algo de la cruza entre el pensador idiota cartesiano y el idiota crístico de Nietzsche, aquel decadente sublime e infantil, inmune al mal y al odio: un débil afirmativo. Sloterdijk dice que Nietzsche y Dostoievski formatean un idiota que es el relevo sin mensaje del ángel: un doble de sí mismo que no vive en su propia película y hace de toda relación un intercambio entre feto y placenta, una experiencia de proximidad inexplicable. Alguien, en definitiva y en lacanés, sin gran Otro porque es el Otro del Otro. No es átopos porque cambie constantemente de lugar, como el elusivo analista socrático, ni porque se desubique estratégica y escandalosamente como el quínico citadino, sino porque se instala en el inabordable lugar que Jesús dejó vacante. Boludo que depara el desastre y la redención por la acción insignificante e intrascendente. Eso es lo que crea este idiota: acontecimientos imperceptibles.
      Si el idiota no tiene cátedra, hoy proliferan cátedras sobre él. Hicimos un repaso de las vigentes y filosóficas tipologías del idiota.
      El idiota griego se parece al exiliado en casa de Macedonio, salvo que el segundo es el que “en su casa está del lado de afuera”. El idiota de Rosset es el que encarna una correspondencia no ontognoseológica con lo real: su fedeli d'amore, el que se alegra de que haya algo y no nada, gracia y no sentido, goce y no algo. Aunque ese idilio no sería otra cosa que el connubio accidental entre el sujeto deyecto y el objeto abyecto, según declara el prof. Pardo. El idiota, dice este último, es inocente y mudo: a diferencia del antifilósofo, no tiene nada que confesar. Pero el del Dr. Castro Rey es un esquizo-paranoide que murmura una cacofonía hermética y furiosa. Para Arnau, el filósofo idiota es el escéptico, un irónico digresivo que comenta desde la estultitia y la docta ignorantia para desbaratar la ilusión aristotélica. En esa línea Gimeno aporta que el idiota oscila entre el sabio y el Cándido volteriano.
      Diferencia entre el idiota de familia y el idiota cósmico o a cielo abierto. Wittgenstein usó a Russell de juez para que determinara si era un idiota o no: si lo era se haría ingeniero aeronáutico y si no lo era se haría filósofo. O a mejor decir, antifilósofo (lo que en lenguaje macedoniano y charliano llamamos “aviador de piso/enfermero”).
     La filosofía actual prescribe un reglamento para el idiota: produce el paradójico y viñoleano monstruo de un “idiota a reglamento”. Una función histórica de la filosofía, señaló Deleuze, es la de hacer el idiota. Pero ahora, parece, más que encarnarlo (hacerse el idiota), lo determina a reglamento, le fija sus reglas.
     Si hacer el idiota es un trabajo filosófico, el idiota filosófico a reglamento sería un filósofo idiota por contrato pero bajo protesta y en huelga de celo.
     Deleuze quiere reinscribir el platonismo invertido en el régimen del concepto. Depurar la antifilosofía de afectos y perceptos para devolver el estilo a una sintaxis señeramente conceptuosa. Visto desde el ángulo de Revel, tal proyecto no es más que el de poner una fábrica de jerigonza.
     El antifilósofo se erige en este malentendido adrede: fabrica un personaje conceptual que se confunde con el autor. Nietzsche también emitía conceptos, pero no momificadores sino vagamundos. Para Deleuze, el filósofo es un novelista de conceptos: no filma ni expresa: piensa: no hacer ver ni sentir sino rumiar.
     El Antifilósofo no sólo se produce desde el estilo singular: produce jerga –lo que denuncia Revel–, es inventor de conceptos –en términos de Deleuze–, un momificador cuentapropista, aunque fabrique momias semovientes, que se levantan y andan. Revel denuncia (traducido al lacanés) que se ha convertido en Profesor, en Canalla que aspira a reemplazar la realidad por su discurso, la verdad por las consignas de su decir.
     Para Deleuze y su escudero (Guattari), idiota y filósofo son un mismo figurín en carácter de personaje conceptual: el creador de conceptos. El antiguo es una especie de solipsista enajenado que quiere llegar a las evidencias por sí mismo, y el nuevo uno que quiere potenciar el pensamiento por el absurdo. En Groys, Sócrates es el tipo cualunque y de la calle, y Platón un sofista rústico y autopercibido como franco. Estamos en todos estos casos dentro de un campo intelectual bien brut. Sócrates, el héroe de la crítica bruta; Platón, el de la sofística bruta; el Idiota, el de la filosofía bruta. Todo parece indicar que el retorno de la sofisticación se dará con el Profesor, con la filosofía de Estado, con el Discurso Universitario, con la Edad de Hegel. En ese entorno se mueve el exquisito (en los términos de Bioy), cuyas zonceras manuales se articulan hoy en los galimatías del paper. El exquisito sofisticado es bufón de Amo o –en el mejor de los casos– un perro de la corte. Sócrates, Platón, Descartes e hijos, se desenvuelven dentro del campo de la brutalidad –la rusticidad, la idiocia–, y es allí donde parece emerger el Saber del Amo.
     La filosofía no persigue desbaratar el error sino dañar la estupidez, prescribe Deleuze obedeciendo al Nietzsche de La gaya ciencia: el propósito filosófico del Idiota Nuevo es ese y su enemigo, el Estúpido. También al antifilósofo le interesa combatir la estupidez, mas la estupidez filosófica (esto se lee en Ghislain Deslandes, Antiphilosophy of Christianity). El Idiota Nuevo, que ya no quiere conocer o reconocer sino crear, no se desempeña contra el error sino contra la bêtise o tontería, nopodermiento e impensamiento del mismo Idiota. Dar en el blanco no es crear un concepto. En cambio el Idiota Viejo, obseso por la hamartía, no quiere equivocarse, marrar. Sueña con marrar nada y produce marranadas. Esa sería la crítica que le hace el Nuevo: lo convierte en tonto. Idiota Viejo = Idiota Tonto-Paranoico = Idiota Cognoscente-Sapiente. Idiota-Nuevo = Idiota Loco-Esquizofrénico = Idiota Absurdista-Creativo.
     Hacer el idiota es crearse un personaje, inventarse un idiota para pensar. Descartes crea un personaje que no crea, un personaje que conoce.
     El Nuevo Idiota no resuelve problemas, los crea. A eso ya lo hacía Diógenes: cortaba el gordiano nudo de los problemas irresolubles y se metía en problemas en la calle: creaba disturbios, al menos. Los dos son un poco como la Histérica: se inventan los problemas. El quínico es un Sócrates enloquecido, y el otro un Descartes que se volvió loco, que pasó de paranoico del Genio Maligno a schizophrène à la russe.
     De manera que los filósofos que pasaron a la historia eran unos muchachos que creyendo conocer inventaban conceptos, que creyendo resolver problemas, los producían. Los provocaban para poder solventarlos. Tipos peligrosos, que decía Nietzsche. Aunque a la final inofensivos.
     El Idiota Nuevo está muy lejos de Sócrates porque ni entiende las preguntas que le formulan (como los marihuaneros). El rusificado desmantelaría así el poder socrático como poder inquisitorial. Se asemeja un poco al Calicles del Gorgias platónico, sofista que sigue al Gorgias real y que ni sabe ni le interesa lo que Sócrates le pregunta (el verdadero inventor del “hay que defender a los fuertes de los débiles”, aunque quizá sólo fue un invento de Platón). El Idiota Nuevo ya no es un solucionador de enigmas (como el científico de Kuhn). Es un fabricante de problemas-novedades, merced a los cuales creará los conceptos necesarios para solucionarlos. Ya no zanja problemas ajenos por cuenta propia, crea problemas por cuenta propia y los disipa. Si es que es un creador de contenidos filosóficos, no extraña que Žižek haya identificado al deleciano con el yuppie.
     Deleuze también registró a los “idiotas que ríen de la fe o creencia en este mundo.” Estos idiotas de signo inverso que aparecen repentinamente en La imagen-tiempo parecen ser una cruza del cínico moderno con el filósofo-sacerdote o platonista no invertido o idiota-tonto. Se ve que tal idiocia otra no le caía bien.
     La policía del pensamiento te lleva ante un juez que se dedica a establecer quién es tonto y quién idiota. La historia de la filosofía no sería otra cosa que la descripción del proceso de la tontería a la idiotez: paso de la tontería-tonta a la tontería-idiota y de ahí a la idiotez-no-tonta (imagen de un curioso progresismo de modesto alcance). Puestas así las cosas, y no edulcoradas en la neolengua paperista, mejor sería pasarse a la estupidez, volver un poco a la tontería-tonta (ya lo proponía Viñole en el diario de Botana).
     El Filósofo, como Idiota-no-tonto, ya no quiere explicar, comprender, contemplar, conocer. ¿Qué hace? Crea conceptos que son, ya que no contienen explicación ni conocimiento alguno, una orden. Crea nuevos reglamentos: devendrás animal o mujer, harás un cuerpo sin órganos ni órganon, te harás el idiota… y así. Innovador de consignas y mandatos: una fe nueva, nuevas costumbres. El Nuevo Idiota Filosófico es, en efecto, el Antifilósofo (el de Groys). Hace el idiota porque quiere no comprender las cuestiones de Sócrates, aspira a ser el idiota que no las comprende. El Tonto era el que hacía el intento de responderle a Sócrates. Además de dedicarse a dar órdenes como salir de la caverna, Platón ensayó algunas respuestas a las preguntas socráticas, dando así inicio a la Tontología, al menos a la post-socrática.
     Si el Idiota a Reglamento viñoleano hace el idiota como una forma de huelga de celo –una forma de hacer el idiota no haciéndolo, de no hacer el trabajo en el trabajo–, el Idiota Reglamentario o del Reglamento prefiere hacer el Idiota para dar las Reglas.
     El viñoleano ejerce una resistencia pasiva a la regla de hacer el idiota. Efectúa un sobrecumplimiento destructivo, es un operador que utiliza el código del sistema (el Reglamento del Idiota) para exponer su propia vaciedad y contaminación.
     ¿Debe o no debe ser Idiota el Filósofo? Viñole responde a su propia pregunta asumiendo la posición del “Idiota a Reglamento”. El Idiota a Reglamento viñoleano trabaja de idiota, se ubica en su lugar de trabajo, pero bajo protesta, porque preferiría no hacerlo (ralentiza el mismo acto de hacerse el idiota o el lento). En cambio, el Idiota del Reglamento hace su trabajo de idiota para dar las Reglas. Un idiota muy astuto.
     Viñole es el Bartleby de la misma regla del “faire l'idiot”.
     El inventor de conceptos, sucedáneo del creador serial de nuevos valores, si lo que crea es una nueva orden, es más bien el autor que rubrica con su firma nuevos prejuicios, para decirlo a la Baudelaire: un promotor de penúltimos clichés. Y este hombre no es precisamente un idiota, sino un influencer.
     El Idiota se resiste al mando existente y recibido, pero dicta el suyo. Y al ser obedecido, emerge como Amo.
     Para Revel, la filosofía queda reducida a un campo editorial-universitario en el cual, ya que la realidad no puede ser interpretada, se sustituye ese acto por la interpretación de las órdenes de los (anti)filósofos amos. Un puterío compuesto por Profesores puros y Profesores-Antifilósofos. Unos interpretan órdenes para ser el Otro del pupilo, los otros además las dan para trasformar el mundo.
     En realidad, no entiendo. Pero no sé si quiero o si no.
     Sócrates, hiperconsumidor antimercantilista, anticapitalista. Es ese hombre paradójico, esa histérica contrariada.
     Los antis han desacreditado la verdad, deschava Badiou. El método refutatorio de Sócrates, dirán, no lleva hacia ella. Una verdad no se critica; se la cree o no, se la obedece o nones. El consumismo hipercrítico de Sócrates es una enfermedad que debe ser curada. Más que curar del platonismo, hay que curar del socratismo. Porque curar del platonismo no es más que darle la vuelta. Has de salir de la caverna del platonismo, dice Nietzsche, y por lo tanto lo repite en acto.
     El panorama filosófico es desolador para el aspirante. Si quiere ser filósofo, se encuentra con Sócrates, un tipo de la calle que no es más que un megaconsumidor anticonsumista. Si quiere ser antifilósofo, deberá aceptar ser un loco violento y autoritario. Si quiere ser quínico, deberá vivir en la calle y en la extrema pobreza, ser echado de su patria y andar a los golpes con los peatones. Si quiere volver a la filosofía por intermedio de Deleuze, deberá hacerse idiota, loco y esquizofrénico –más bien una especie de filósofo-chabón que ya ni entiende lo que se le pregunta.
     Los llamados filósofos renunciaron al conocimiento, denuncia Revel, lo que queda claro tanto en el antifilósofo promedio de Badiou como, ni que hablar, en el filósofo-idiota y deleciano.
     Wittgenstein, que diríamos, se movía aún en el plano idiótico-cartesiano y buscaba resolver todos los problemas de una vez y para siempre (algo así como lo que Revel denunciaba en el propio Descartes). Su salvedad era que advertía la nulidad inmediata de dicha solución. La filosofía soluciona problemas sin interés, a esa conclusión llega Wittgenstein de acuerdo a Badiou (aunque todavía no dijo que lo Interesante es la Onda). Veamos que para Lacan, Hegel era un bufón del maestro que no daba en el blanco por estar negado a las matemáticas. El bobo de Deleuze, que te recontra, no quiere dar en el clavo: sólo quiere crear, jugar. Jugar el papel de bufón de la corte, diría el otro. ¿Sacaba al artista del papel de boludo? Lamborghini pedía lo imposible. Era todavía sesentaiochista.
     El problema es la doble moral de esta gente, que juega al antifilósofo-idiota pero con el brevet de profesor. Ante esta extrañeza –algo “del orden de lo siniestro”– quedamos siempre estupefactos. Más bien asqueados. ¿No es el cinismo esto? El con zeta… En fin. Ya no nos importa. Hace tiempo que ya no les damos importancia a los importantes, a los importadores (de antifilosofemas o idiotemas) ni a la importancia misma. Ya los perdimos de vista hace rato. Paredón y después.
     Habida cuenta de que uno, en el mejor de los casos, es ese pobre tipo que pinta Groys en Sócrates (un cliente frustrado a la busca de un comerciante que lo satisfaga), la pregunta sería más humilde: no si uno es Idiota, Antifilósofo, Sofista o Filósofo, sino ¿a cuál debe seguir de estos cuatro postores? El filósofo así visto, Sócrates, es una figura de democracia, pero una negativa, que al fin y al cabo parece señalar su fracaso. Su chasco es la incompatibilidad entre mercado y verdad, y a esa frustración tempranera sigue el emporio del autoritarismo antifilosófico conocido desde Platón como un régimen llamado “filosofía”.
     Platón convirtió a Sócrates, al filósofo, en el sujeto o el chivo expiatorio de su antifilosofía. Convirtió al crítico, o al analista/histérico, en el autor de su antifilosofía articulada en nombre de la filosofía.
     De Groys se desprendería que el Filósofo –entendida esta figura como aquello que Platón habría pretendido fundar y encarnar, y no en el sentido que le da el propio Groys– está siempre precedido y montado sobre el Antifilósofo que es él mismo. Es quien le roba el nombre al Filósofo, a ese contemplador impedido y consumidor descontento y contradictorio, con el propósito de pasar de la crítica a la contemplación efectiva a través del acto-orden.
        La filosofía tradicional, indica Groys, intenta explicar el mundo, y la antifilosofía cambiarlo a través de una orden. Pero si bien Groys dice que el giro antifilosófico irrumpe en los albores de la contemporaneidad con Kierkegaard o Marx, no deja de advertir que su primer paso ya fue dado por el primer explicador filosófico del mundo, ya que el eventual sistema de Platón no pudo sino estar precedido por la orden de emerger de la caverna. Esto implica que la Tesis 11 de Marx es un malentendido, que su propuesta no es más que hacer lo primero que hizo el primer filósofo. Platón no quería otra cosa que transformar el mundo, aunque ese mundo no fuera más que una ciudad-Estado. Por empezar, transformó al mundo en una caverna –una mera transformación perceptiva y conceptual–, pero ese fue el paso inicial para intentar transformarlo en la práctica. Su explicación del mundo no era ajena a su propósito de transformarlo y estaba precedida por un acto-orden. Para llegar a la contemplación (theoría), a la que aspira Sócrates, menester es primero salir de la caverna, vale decir romper con el ágora. Hay que dejar de ser un consumidor y consumar un acto, acto que al ser declarado por Platón, se vuelve orden. El examen, la pregunta, la crítica, no habilitan la contemplación; lo hace el acto, la acción, la orden. Se impone una nueva poiesis: el filósofo no describe el mundo, prescribe cómo debe ser. Primero el acto: salgo de la caverna; segundo, contemplo las Ideas; tercero, regreso e impongo a los demás huir para hacer lo propio. Primer acto: soy antifilósofo. Segundo: soy filósofo. Tercero: me convierto en un Líder o General. Aunque Platón es el dictador de una orden basada en la razón, y eso lo diferencia de los antifilósofos registrados por Badiou a partir de Pablo. La orden no se excusa en el acontecimiento, en la fe, en la voluntad.
     El filósofo groysiano adolece de la pasividad del consumo y la actividad de la crítica: consumista-crítico, pareciera que consume para criticar o critica para seguir consumiendo. Consume en presunta esperanza de contemplar, pero lo hace criticando, ya que compra un producto que no trae lo que promete en su packaging o en la campaña promocional que lo lanzó al mercado. Según Groys, la supresión de este consumidor-crítico anula el mercado: sin él la verdad deja de ser mercancía. Y ese parece haber sido el pretendido designio socrático que Platón cristalizó. Lo fuera o no, el filósofo sólo existe más acá o antes de cualquier hégira de la caverna. La postulación del mundo realmente existente como una caverna y la comisión del acto de fuga de ella o su proclamación constituyen la irrupción del antifilósofo. “Una verdad jamás procede de la Crítica”, dice Badiou en el libro sobre Pablo. De ahí que Platón tenga que romper con el criticonsumista Sócrates y dar el paso anti. El acto/orden es una crítica de la crítica que rompe la cadena perpetua (crítica de la crítica de la crítica de la… ktl), crítica radical vuelta no-crítica.
        ¿Qué pasa cuando “el que toma la palabra”, como dice Macedonio, no es el personaje conceptual idiota de un pensador privado sino en sí mismo un idiota, o como dice el aludido, “el afectado mental”? Naturalmente, si no existo o soy o estoy donde pienso ni viceversa (cartel-chiste de Lacan), no es posible un pensador existencialista –y menos esencialista– sino que sólo el inexistencialista piensa –piensa Deunamor o el Bobo de Buenosayres, no el Dr. Fernández del Mazo. Si el antifilósofo escribe una autobiografía autorizante, el idiota podría ser el que escribe la autobiografía no autorizada.
     Ante el atolladero de Sócrates, Groys también propone pensar como si no se estuviese vivo. El filósofo debería poner la vida entre paréntesis (o dejarla afuera y meterse él en un paréntesis como este) y ese es el método de Husserl, cuyo intento por dirigirse a las cosas mismas fue señalado en clave lacaniana (ya se verá) como un no querer saber ni medio del goce, lo que comporta un go sé, en definitiva, un no querer saber.
     Con Groys hay un cambio de planes, porque el filósofo no es un hacedor de verdades sino su consumidor. ¿Qué tiene para ofrecerle Lacan a este consumista contrariado-contestatario que es el Sócrates-filósofo de Groys, el del encuentro traumático con los aquenó? Le dice que debe abandonar el ágora y meterse en el consultorio, porque aquel es un mercado de ilusiones y el único mercadeo del saber está en el psicoanálisis. Le dice que no es un filósofo sino un filaletes, y que si quiere ser filósofo, como Badiou, debe atravesar sin flaquear su antifilosofía, aunque no para llegar a escribir El Ser y el Acontecimiento –en ese caso, además, sería un Menard– sino apenas para alcanzar el estado-deyecto auténtico, el de basura dignificada. Porque Lacan no es peronista sino evitista: no cumple (eso es cosa de filósofos) sino dignifica.
     Es cierto que el tratamiento psicoanalítico también se paga, y eso es para Sócrates más bien una prueba de que allí no hay verdades sino más aquenós, que, después de todo, son cosas que funcionan a veces sí y las más no, funcionan a medias como a medias andan las verdades. Lacan quiere enseñarle a que se resigne a que sólo hay en venta aquenós, a que aprenda a ser un consumidor de lo que realmente ofrece el mercado. El mercado ofrece mercaderías, no verdades completas que duran más que una heladera Siam o Westinghouse. Lacan le quiere hacer pagar un aquenó por aquenó, le vende no una verdad sino un saber (saber hacer con el síntoma), que además no es un ready-made sino que debe fabricarlo él mismo. Le señala a este Sócrates (a este que antes que histérico/analista es un comprador compulsivo ontocrítico) que en realidad es un cliente de bienes religiosos. Le imputa que no quiere consumir sino consumirse consumando. En definitiva, para Lacan una vida entregada a la crítica y la contemplación debe ser cambiada.
     El análisis de balde es en balde. En Joyce y el síntoma Lacan asegura que Sócrates hubiese sido analista si hubiese pedido plata. Se quedó en histérico perfecto porque, como ya decía el Sócrates de Jenofonte, no quería ser puta. Es el problema del psicoanálisis callejero o gratarola: el análisis público te convierte en una histérica y terminás con los tics de Žižek. Al barbón le pagan, es cierto, pero por lo visto, para histerizar la filosofía; y encima él está también del lado de la filosofía, por lo que termina en un bolonqui del tipo doble personalidad.
     Veamos que el cínico moderno (al que podríamos llamar zínico) es el resultado del fracaso de la filosofía en su intento de cambiar el mundo, es decir, de su fracaso como antifilosofía (groysiana, al menos). Al fin y al cabo, la tesis 11 termina restaurando el orden y fabricando un cínico (un antiquínico, un anti-Diógenes). En el zínico no hay acto sino resignación, no hay mando sino aceptación del statu quo, obediencia. No es un antifilósofo sino un efecto, un resultado patológico en aquel que acató su orden.
     Hasta acá llegamos, amiguitos. Y lo que sigue es una adenda. Después de casi tres lustros de ir abandonando el asunto, sacamos todas estas conclusiones que tampoco colaboran. Con la esperanza de esta vez aprobar el Curso, sumamos a continuación lo que habíamos dejado de lado: repasaremos ahora los seminarios de Badiou sobre Lacan, Nietzsche y Pablo, más toda la basura publicada sobre estos temas que hay en Red (poubellication, dice el zorro Lacan) con la mira puesta en consumar la autodiplomatura de una vez y pasar después a cosas que valgan la pena en serio (o en broma). Seguiremos aplicando nuestro método de intervención de textos como interferencia, un arbitraje por intrusión, el del degenerador de contenidos. Dado que todos se marcharon (maladresse), y produjimos el primer seminario solipsista de la historia, ahora haremos intervenir al nuevo Maestro que nos brinda la tecnología de punta para usufructo de la plebe idiota: Monsieur IA nos dará sus devoluciones y corregirá nuestros desvíos. Él es ahora el Primer Diplomado y en consecuencia le pediremos el Título. Los de afuera son de palo y que miren con la ñata contra el vidrio virtual. Buenas tardes.

 

Rosario, diciembre 2025-marzo 2026.



[1] Lo contaba Briante.

[2] Dice que es el acto lúdico de decir lo máximo entre hablantes ausentes, bajo una libre apropiación de ideas y omisión de autores, con un sujeto de la enunciación ocluido, un saber sin origen y devorado por la ironía, y una conciencia que fuga de sus propias posiciones: una técnica del patriciado literario vista como el reverso ético y crítico del kitsch de la conversación de TV.

[3] Revista Pléyade, n.º 14.

[4] Los grandes problemas del filósofo surgen en el puerperio –nada que ver con el asunto la página en blanco del escritor–, antes de que la idea camine, y se ignora si Sócrates extendía su ejercicio tocológico hasta esa instancia.

[5] Nótese que el Agustín de Rossellini parece un ejecutante de maracas y tumbadoras, con ese afro que luce en la mollera (la peli está en YouTube).

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