(Badiou, Lacan,
antifilosofía, etcétera: antepenúltimos reajustes)
Lacan es un personaje algo menos
patético que Nietzsche y Wittgenstein –digo una obviedad, soy chestertoniano–,
así que no extraña que Cassin lo enrole con los astutos sofistas, gente que no
anda contando sus miserias en diarios secretos al público. Al margen de esta
chabacanería, avancemos.
Convengamos en que Lacan, alumnos, ha sido
para nosotros en otras eras algo muy divertido. Un problema entretenido que nos
esclarecía y oscurecía a la vez. En mi caso personal, en realidad, y aunque acá
no hay nada personal sino auténtica pose (pero al menos hay algo auténtico, lo
que ya es mucho pedir), el que me cagó la vida antes fue Freud, al que leí como
un relevo de Poe y Dostoievski pero que me tocaba el culo de forma alarmante.
Me lo tragué entero como una interminable novela que contaba mi vida y la de
los demás a la vez, y a la vez que la verdad de todo. Una novela que subrayaba
y transcribía sinópticamente. Intenté salir de ella primero con Sartre y más
tarde con El Anti-Edipo y Nietzsche,
un Nietzsche muchas veces en bruto y otras toqueteado por Foucault, mientras
matizaba con Borges y Macedonio –entre otros tantísimos adláteres. A diferencia
de los sabelotodo franceses de los 60, en fin, leí a Freud bastante antes que a
Lacan.
Volviendo a este último, digamos que ya
está demodé hace rato. Ahora es sólo el bocadillo de algunos tontos pobres y
rezagados o de gente que cobra por ello. Los chetos que hoy están a la
vanguardia (aunque para mí “hoy” es retrotraerme a una década atrás, habida
cuenta de mi retiro del mundanal ruido a partir del Événement Pandemia/Cuarentena), los chetos estos, digo, los chetos
del saber y la lengua, o más bien de la cultura o coolturra, ya no se pavonean
con dicho galimatías, aunque no cesan de pagar su tributo al analista a los
efectos de formar parte. Algunos, al menos.
Todos estos, como
quedó registrado, se ofendieron cuando lo trajimos a colación (enculage), sin advertir que era
solamente para ver eso del Antifilósofo y ver si se podía vivir con arreglo al
susodicho –que diría Nietzsche.
¿Será el discurso microfascista [sic]
finalmente el metalenguaje tan buscado? Después de haber malgastado la juventud
en una infinita carrera universitaria de obstáculos no epistemológicos llamada
Licenciatura y Profesorado en Filosofía, uno se ha henchido de un odio férvido
por esos energúmenos y pelafustanes, esa morralla informe de profesores y
alumnado, esa burda plebe de exquisitos analfas, y así no extraña que se sienta
cierto alivio y fascinación cuando alguien viene a hablarnos de una “antifilosofía”
al son de un philosophia delenda est.
Dan ganas de abrazarlo.
Badiou no realiza una autopsia de la
filosofía sino que es un nigromante que la devuelve a la vida (¿será el nuevo
Frankenstein?). Un nigroamante, más bien, como el filósofo-búho de Hegel que
Nietzsche quiso abolir un mediodía. No extraña que su resurrección o anastasis
haga pie en san Pablo. Para un cristiano, desde luego, Dios no ha muerto ni
siquiera en el año 33, fecha que marca apenas la resurrección de Dios meramente
en tanto que Hijo; tampoco para Badiou ha muerto la filosofía sino que estaba
de parranda. Estaba muerta de risa, pero ahora debe volver a la seriedad del
ser. La verdad no es ese subterfugio que trajeron los filósofos, un
malentendido al fin. La filosofía sólo puede hacer pie en el Acontecimiento, no
en el Motor Inmóvil ni en el Bien como Idea, y eso es lo que enseñó, dejó a la
vista, el cristianismo, que no hizo otro pie que en el acontecimiento de
Cristo, al cual se supeditaron todos los artefactos teóricos elaborados por
Platón, Aristóteles y demás filósofos reabsorbidos por la Iglesia.
La filosofía estaba periclit(oriz)ada,
pero debe seguir siendo pe(ren)ne. El filósofo contemporáneo, dictamina Badiou,
tiene que tener el coraje de atravesar sin flaquear la antifilosofía de Lacan
como quien atraviesa el fantasma. Diríamos que si la sofística posmoderna
mecanografió su acta de defunción, la pervivencia misma de las antifilosofías
prueba que la occisa estaba aún boqueando, caso contrario su acto de
reemplazarla carecería de lugar, no tendría más propósito que el de desalojarla
de su sarcófago y meterse allí. Convierte, de tal modo, a la antifilosofía en
un fantasma que debe dejar de recorrer a este cadáver postergado.
Badiou adhiere a Lacan en su propósito de
sacar a la verdad del significado y el conocimiento, pero se adhiere a Platón
al establecerla como una idea originaria y esencial, salvo que la despega
–Kenneth Reinhard dixit– de la
correspondencia, la coherencia y el valor pragmático, es decir, de los usos
filosóficos de la verdad aquilatados por la historia de la filosofía, aunque la
mantiene genérica, transmundana, universal, eterna e infinita.[1]
El diagnóstico lacaniano con respecto al apareo entre filosofía y
matemáticas es el inverso al realizado por sus colegas anteriores. ¡Que no
entre en análisis quien no quiera saber del matema! ¡Que no entre en la Escuela
de Lacan quien no esté dispuesto al matema! Para los antifilósofos
contemporáneos anteriores, las matemáticas bloqueaban el paso del acto
filosófico al acto antifilosófico: un bloqueo llamado teoría. Para Lacan la
filosofía está bloqueada a las matemáticas y para Badiou son las matemáticas
las que están bloqueadas: el filósofo debe desbloquearlas para que se asuman
como ontología. El hecho (acto) estético de Borges como inminencia de una
revelación que no se produce se asemeja al fracaso trascendente del acto de
Wittgenstein y Nietzsche, que nunca acabó de consumarse. El análisis, al
contrario, se pretende un acto producido, no inminente. Como antifilósofo
platónico, Lacan parece que consuma la antifilosofía disolviéndola. Se diría
que es el antifilósofo que disolvió a sus dos grandes predecesores inmediatos
–Nietzsche y Wittgenstein– y con eso le dejó la pelota picando al borde de la
línea de gol al nuevo filósofo multiplatónico. Con Lacan, en la antifilosofía
aparece el pase –palabra que tiene el mismo carácter medular que tenía en el
fútbol para Panzeri (el autor de la Dinámica
de lo Impensado)–, y Badiou confunde ese pase con un pase-gol al filósofo,
que al convertir se hace contemporáneo. Así, bajo el homenaje que Badiou brinda
al par anterior de antifilósofos de la contemporaneidad habita el gesto de
destronar su vigencia –tronante entonces en Francia y en la angloesfera– y
aplastarlos con el peso de Lacan, aunque peso muerto. En su conato de partir en
dos el mundo, parecería que Nietzsche siguió pedaleando en el aire junto a los
“alucinados del transmundo”, ya que su acto sería trascendente y no inmanente
como el de Lacan, quien logra la inmanencia transmisible y sin embargo derrapa
en la disolución. Si Aristipo creó –de acuerdo a Ateneo de Náucratis– una
escuela de la disolución en tanto escuela de los disolutos, Lacan, si es que lo
supera, no asciende por encima de la creación de escuelas de la disolución que
implican la autodisolvencia como pronto horizonte, pura coherencia de la
modernidad y el capitalismo, merced a los cuales todo lo sólido se disuelve, se
desvanece en el aire, para gloria no de Heráclito sino más bien de los sofistas
y de su patrono Gorgias, el exterminador final de Parménides. Hay que
desvanecerse en el aire, pues.
1974, este es un abril especial,
bochornoso: renace la Antifilosofía, el Mundo y Yo (re)nacemos cien años
después de Macedonio, muere Perón, sale campeón Newell’s, se inicia el Período
de Ocultamiento del Colegio de ‘Patafísica, fenece la Fase Industrial del
Capitalismo.
Se dijo que la antifilosofía es una suerte
de usufructo de la filosofía para el molino del psicoanálisis o algo que este
pone en lugar de ella (en terminología macedoniana: codearla fuera para meterse
allí; poner el análisis, envés
de la filosofía, en vez de la filosofía). No es un campo autónomo sino
que integra un quadivium con la
lingüística, la topología y las matemáticas, es una disciplina interna al
psicoanálisis que emerge en 1974 en circunstancias en las que el susodicho debe
ponerse en juego dentro de la educación universitaria. Al bosquejarla, Lacan
tiene en miras al discurso universitario, su supuesta función educativa y su
imbecilidad (imbécillité), a la que aspira a recopilar con
paciencia para hacer destacar “su raíz indestructible y su sueño eterno”[2]. Para Lacan es imbécil,
dice Soler, todo lo que renuncia a apuntar a lo real y así sostener el fantasma
colectivo (Kant es el emblema). Con el profesor, el filósofo transita de bouffon a canaille y el canalla se transforma bajo la operación
psicoanalítica en bête, tonto,
estúpido. La antifilosofía, dice Soler, es la interpretación analítica del
único discurso filosófico que queda, que es el universitario, el cual ejerce un
joui-pense que
miente al esconder el fin del goce. La antifilosofía, punto menos, no aplica de forma restrictiva contra el
oficialato filosófico sino, sigue Soler, “contra los filósofos profesionales,
los de la calle, y los filósofos incurables que duermen en cada psicoanalista”
(es decir que le cabe al filósofo versión Groys, el consumista de centro
comercial). Pero ya que los filósofos son desde Kant usualmente
profesores, Lacan asoció a la filosofía con ese discurso vinculado al del amo,
el universitario, reino de la bufonería que baila al son del poder y el statu quo detentando la ciencia al
servicio del capitalismo[3]. Es la Fenomenología
del Espíritu la novela que cuenta la apropiación por el amo del saber del
esclavo; pero el sistema de Hegel, denuncia Lacan, es apenas una variante del
discurso del amo en la cual es el Estado quien encarna al amo: este docente nos
quiere hacer creer que el progreso conduce a la irreversible liberación del esclavo;
pero en realidad lo conduce al sometimiento al discurso universitario. Con la
aparición de la Universidad en el s. XII, el saber adopta la posición de agente
que correspondía al amo, cuyo saber pasa a fungir como verdad: el otro se
convierte en el objeto-causa del deseo y la producción en el sujeto barrado o
de la ciencia[4]. Colette Soler recuerda
que Lacan en el 74 dijo que de la imbecilidad universitaria no hay que despertar
sino participar…
Después de habérsela pasado insultado a
los roedores aúlicos de la Universidad, Lacan decidió ser parte. Hoy el
psicoanálisis lacaniano es un adoctrinamiento académico. Casi no respira fuera
de ese Antro. Es notable, pero se inventó esto de la Antifilosofía a ese
preciso fin: la sacó de su manga al momento de hacerse un lugarcito allí. La
Teología produce Ateos, decía Macedonio, y hoy de la Facultad de Filosofía no
sale más que gente que odia y ridiculiza a la Filosofía, magüer con el carnet
habilitante de Licenciado en ella. Licencia para matarla.
El Amo
debe cambiar de discurso, ¿era eso nomás? Badiou lo niega y propone que sea la
filosofía la que tire una transversal por los cuatro disponibles. No admite que
el discurso filosófico sea una variación del discurso del amo –como dice Lacan
en Encore– sino que la filosofía debe
ser una diagonal entre los cuatro discursos[5].
Vemos al final que tanto el anti como el filósofo lo que quieren es seguir
participando. Seguir participando de la imbecilidad universitaria, aunque acaso
bajo un papel no protagónico, no profesoral.
¿En qué van
quedando Heidegger y Sócrates?
Heidegger es la
excepción al “toda la filosofía está recubierta por el significante Amo”, reza
Lacan en el Seminario XVII. No es un
antifilósofo, escribe Bosteels, porque “no ofrece una verdad alternativa a la
filosófica”. Como “lector de las formaciones intelectuales como formaciones
sintomáticas”, es para Alemán “el último filósofo”, en todo caso porque
desenmascaró el olvido del sentido del ser y no el de la diferencia entre los
sexos (la prevalencia de discordancia sobre la armonía, como se lee en Escobar
María, quien agrega que es Heráclito el que le permite a Lacan pensar la
pulsión de muerte)[6].
Nietzsche mandó a curarse de la enfermedad-Platón y Heidegger mostró que no
hizo más que culminar la metafísica. ¿Hay que saber-hacer con el
síntoma-Platón? ¿Es eso lo que dejan de saldo Lacan y Badiou? Un savoir-faire que se debatiría entre una
antifilosofía “clausurada” y una filosofía “contemporánea”. Para Lacan “no hay
Otro del Otro”; para Badiou, el Bien platónico es el lugar del Otro (no hay
verdad de la verdad); Platón es lacaniano (dice Lacan en Ou pire), porque en el Parménides
habría un “hay del Uno”, porque el Uno platónico se encuentra más allá del ser,
pone Badiou.
En Variantes
de la cura tipo, Lacan sentenció que el psicoanálisis es “un
disciplinamiento en la ignorancia”, una docta
ignorantia a lo Cusa. El saber del analista, en fin, es el sólo sé que no sé nada. Como apuntó Žižek,
Sócrates y Freud emprenden un “cuestionamiento del Otro” sin un fundamento
garante[7].
Desde Freud se sabe que gobernar, enseñar y psicoanalizar son oficios
imposibles, y Lacan agrega “hacer desear”; de modo que el amo, el profesor, el
analista y la histérica son las cuatro figuras del inexorable despropósito. De
los cuatro discursos, dice Lacan, el único que no se toma por verdad es el
analítico (no manda ni explica, excluye la dominación, no hay nada de universal
y no enseña nada), de lo cual se infiere que es el único que sabe de su
impotencia y la asume como imposibilidad.
Lacan asegura que Parménides dijo una tontería, “el ser es y el no ser no es”; pero que lo hizo en un poema, donde caben las tonterías. El ser es un efecto del poema y es Platón el que “produce el recubrimiento del ser por el saber” (Trosman dixit). De acuerdo a Heidegger, el pensamiento se dirige hacia su propio fin con la aparición de la filosofía, con Sócrates, y fueron los sofistas quienes provocaron la caída del pensamiento griego en la filosofía. Parménides elabora contra la doxa una ontología poética donde la verdad se revela: lo divino es sabiduría, no filosofía. Gorgias, a paso seguido, trata al poema como si fuera susceptible de prueba, y la revelación sometida a prueba lógica termina en paralogía: si el no-ser es no-ser, entonces es, y si el no-ser es, el ser no es. Desde el camino de la opinión y en el terreno del lenguaje y la argumentación, Gorgias y Protágoras provocan el surgimiento de la filosofía. El pensamiento del ser se vuelve así, en manos de los primeros filósofos propiamente dichos, enredado en el significado y la representación. Según la crítica de Heidegger, se trata de un pensamiento del ser mediado y degradado como representación, el fin del pensamiento griego. Abren camino a la modernidad: representación y subjetividad. Heidegger, ubicado en la ontología poética, ¿menos que el último de los filósofos, aspira a ocupar el lugar del sabio, poeta ontológico? De las tres ramas que han anunciado la muerte de la filosofía (o al menos, de la metafísica), hermenéutica, analítica y posmoderna, las dos últimas son para Badiou propiamente sofísticas, y la primera es la que atañe a Heidegger: las tres reemplazan a la verdad por el sentido o el significado.[8]
¿Parafilósofo-antisofista?
Lejos de la cópula,
la correspondencia, la coherencia y la adecuación, lo real lacaniano es
encuentro fallido y perdido, una contradicción. Lacan no descansa en el rechazo
a la verdad y el saber: da un paso inédito en el campo antifilosófico. La
archi-cientificidad del acto insume una reestructuración de las relaciones
entre conocimiento, realidad y verdad, o entre saber, real y verdad: lo real no
es la realidad, el saber no es el conocimiento. La fusión confusa que la
filosofía hace entre saber, verdad y real, como pone Reinhard, se asemeja al
trípode imaginario que le da una estabilidad efímera y frágil a los delirios
del psicótico. En cuanto a tales delirios, empero, observemos que el
mismo Lacan supo declararse psicótico y fue calificado por Loewenstein, su
analista, de inanalizable (se lee en la bio de Roudinesco), tanto como supo
decir que el inconsciente era un delirio freudiano y tanto como supo decir que
él era freudiano y no lacaniano, o como supo decir que el lacaniano era Platón,
o como supo decir que el psicoanálisis era un delirio científico, un delirio
del que se espera que porte una ciencia, esperanza que ha de haber albergado él
al intentar matematizar sus conceptos. Es Milner, según se lee, el que se
encarga de hacer del psicoanálisis una nueva cosmología[9],
una doctrina –dice el mismo Milner– del universo infinito y contingente que
habla de una sola cosa: la naturaleza.
Lacan,
se lee, no quiere una visión del mundo suplente –el uso soez, o sea filosófico,
de sus términos–[10], no
quiere crear una cosmovisión alternativa a una ontología como teoría del todo
sin fisuras, a la que ve como risueña y en bancarrota, y por eso dice que le
rehúye a la filosofía como a la peste. Sin embargo, en Le sinthome pretendió izar una foliesophie como primera filosofía que se apoya a sí misma y llegó
a afirmar (en Le moment de conclure)
que sus nudos borromeos eran también filosofía y surgida de la filosofía de
Freud[11].
Se advertirá que tiritó al respecto, fue algo oscilante y no un exterminador
siempre ecuánime. A confesión de parte, relevo de prueba: la risueña
expectativa de Lacan de erigir la primera filosofía que pueda sostenerse,
repite con ingenuidad el gesto de todo filósofo, cuyo proyecto más íntimo es no
caer en el ridículo en el que cayó el primero en el gremio (predecesor del que
se diplomó a sí mismo), un ridículo, para colmo, que se ofrece ante la más
rastrera y vil de las miradas: la de una esclava. Ya los cínicos, con Diógenes
y Bión a la cabeza, apuntaban sólo a saber dónde se tienen los pies y a eludir
la concreción de una cosmología que lleva al filósofo a andar mirando siempre
para arriba y lo conduce a los más irrisorios y chabacanos tropiezos day by day. Lo que Lacan pretendió con
los nudos, los cínicos lo hicieron cortándolos, cortando de un saque el nudo
gordiano del lazo social. Pero el cínico lo hacía como un mendigo de mercado
que intercambiaba limosna por acto; era propiamente un desecho como el sujeto
de la ciencia y el mismo analista. Tampoco educaba ni enseñaba –era un
ignorante que disolvía escuelas sin llegar a fundarlas–: mostraba con el
perverso rigor de una demostración, de una demostración silente. Lo suyo no era
un sistema, como no lo era lo del Lacan del Seminario
XVIII –aunque para Badiou, hoy todo antisistematismo es sistemático.
Según se
cuenta, Badiou se apropia de la antifilosofía lacaniana para sus fines
filosóficos (como advirtió Milner, en fin, el psicoanálisis habla de lo mismo
que la filosofía porque tiene sus mismos objetos, aunque efectos opuestos). En
un principio (Teoría del sujeto, Panteón de bolsillo) Badiou consideró a
Lacan como “nuestro Hegel” o el Hegel de los marxistas franceses, y más tarde
lo llamó “mi maestro” (Condiciones).
Lo concibió, por lo pronto, como una condición del renacimiento de la
filosofía, particularmente en el punto del amor, con lo que parece haber
querido cumplir la profecía que Lacan anunció en el Seminario XIX, cuando comentó que seguramente alguien haría en el
futuro una ontología con lo que él decía. Badiou –se lee en Adrian Johnston– luego parece haber oscilado, viéndolo a
la vez como filósofo y antifilósofo, o como un filósofo de lo que en psicoanálisis
es antifilosófico y que no da razones para el triunfo de la antifilosofía. Así
Lacan, para el citado Johnston, resulta ser más bien un “parafilósofo” (paraphilosopher), un mediador
evanescente entre filosofía y antifilosofía, o un antiantifilósofo cuya
antifilosofía no sería sino una negación de la negación.
En el esquema de los cuatro discursos que
organizan el lazo social, la verdad siempre es uno de sus lugares (en el del
amo, la encarna la histérica; en el universitario, el amo; en el histérico, el
objeto-causa; en el analítico, el saber). Para salvar la verdad, el filósofo le
cierra la puerta, dice Lacan (en Respuesta
a unos estudiantes de filosofía sobre el objeto del psicoanálisis). Como el
personaje del tango de Discépolo (nombre bien filosófico), el tango Confesión, en el que el tipo echa a la
mina para salvarla, el filósofo hace ídem con la verdad: “fue a conciencia pura
que perdí tu amor”, dice el tanguero fenomenológico. Vivirás mejor lejos de mí, agrega el “fracasao”, que la ve por la
calle pasar de la mano de un psicoanalista o analizante que la tiene “hecha una
reina”. El discepoliano opta por la renuncia, como buen discepolo filosófico, aunque como un acto de amor dirigido a la
amada. El filósofo, en cambio, ignora que para salvar a la verdad la está
echando: cree que la tiene atada en su cotorro, en su bulincito mistongo y
fulero. La pasión por la ignorancia le impide verse como un fracasao. Lacan sí salva a la verdad –al menos a medias–, aunque no deja en pie
su criterio: en este punto es el menos sofista de los antifilósofos. Ese es el
ateísmo que Badiou dice heredar de él y de Althusser: que las verdades no tienen
significado. Para Badiou no hay
verdad filosófica, pero es necesario que haya verdad para que haya filosofía:
hay verdades no filosóficas sobre las que opera la filosofía
(composibilitando). Que no hay verdad filosófica es una concesión que hace a la
antifilosofía y la sofística.
De acuerdo a algunas interpretaciones
–Regnault, Žižek–, la filosofía contra la cual Lacan dispara su
antifilosofía no es otra que la de la dupla antiedípica Deleuze-Guattari, por
aquel entonces en boga plena. Cualquier lector del El Anti-Edipo sabe que no era para menos, aunque hay que decir que
este enemigo aparece escondido en general en los nombres clásicos de la odisea
milenaria de la filosofía. Tal vez el dueto aludido constituya el adversario
que inspiró el bautizo de su nueva disciplina; pero el mismo Žižek hace
un ligero viraje para puntualizar al enemigo de esta nominal antifilosofía que
escondería debajo una última filosofía como antisofística. Žižek estableció
dos rupturas decisivas en la historia de la filosofía: Platón respecto de los
sofistas que socavaron los fundamentos míticos de las costumbres tradicionales,
y Kant respecto de Hume, quien socavó los fundamentos de la metafísica
tradicional de Leibniz y Wolff. Ni uno ni otro retornan a la tradición sino que
superan a los sofistas en su propio juego, su relativismo mediante una
radicalización. Lacan haría algo similar con la teoría posmoderna
–neopragmatismo y deconstrucción, Rorty y Lyotard–: como Platón con los
sofistas, acepta su lógica de argumentación discursiva, pero para afirmar un
compromiso con la Verdad, y de ahí que lo acusen de conservar un remanente de
esencialismo bajo la forma o el rótulo de falogocentrismo. Lacan sería más bien
un enemigo de los nuevos sofistas posmodernos –antifilósofo en la medida en que
estos serían los “filósofos”[12].
Así las cosas, se desploma la hipótesis-Cassin. Pero hay más. Y ese más es que
los sofistas se volvieron religiosos y allí reaparece Lacan para reforzar el
antisofismo parafilosófico o, acaso, parailustrado.
La antifilosofía (Kenneth Reinhard dixit) sospecha de la verdad y del
conocimiento, pero elude la revelación, la persuasión e incluso la hermenéutica
y la deconstrucción: pende de un acto que es un salto sin fundamento hacia lo
nuevo, una ruptura incondicionada y una transformación sin determinación. La tesis de Badiou reza que Nietzsche con su
acto quiso restablecer el sentido contra la verdad, pero que el acto analítico
demuestra lo real contra el sentido. La
antifilosofía comparte parcialmente algunos rasgos de la sofística y la
religión. Hallward llegó a decir que es una religión disfrazada de filosofía o
argumentada en el terreno filosófico, a lo que Bosteels responde que eso puede
ser verdad en Wittgenstein o Pascal, pero que con Lacan es el antifilósofo el
que denuncia la tendencia religiosa del filósofo, su busca religiosa y estúpida
de sentido. La antifilosofía psicoanalítica, en la medida en que desenmascaró
la religión del sentido que la filosofía escondía y que la antifilosofía
anterior no extinguió, sirve al propósito de evitar “el giro religioso” del
pensamiento débil y la deconstrucción (hacia la piedad y el mesianismo
respectivamente). Así lo revela Jorge Alemán, que quiere convertir a la antifilosofía en una “aventura
intelectual argentina” y que ubica al psicoanálisis dentro del proyecto
iluminista de salir de la minoría de edad, aunque en versión moderada (“moderar
las luces”): una ilustración a velas, intimista acaso, crepuscular, de luz
mortecina, con bombitas de luz cálida, sin “metafísica de la emancipación”
(como ficha Roca Jusmet, Freud fue un “ilustrado pesimista”). Ya que la
filosofía no quiere saber (esquiva el sapere
aude del goce), sufriría una ceguera por exceso de iluminación, por querer
toda la aletheia. Hay que aminorar
las luces para deponer el infantilismo teorético-sexual: toda theoría es sexual infantil porque quiere
contemplar toda la verdad, en vez de atisbarla a media luz. ¿Badiou querrá
llegar al “a media luz los dos” del tango? En conversación con Elisabeth Roudinesco, quien define a Lacan como “un pensador
de la ilustración oscura” (un penseur des
Lumières sombres), un conservateur
éclairé (conservador ilustrado, ni reaccionario ni progre, aunque barroco y
libertino), Badiou lo tacha de conserva y radical extremo a la vez, de ilustrado
y trágico.
Lacan, que como pone Alemán, intentó
despejar el acto que funda la filosofía, advierte que la amenaza del
significante Amo del discurso universitario es la disolución del acto
antifilosófico (punto de encuentro con lo real), porque tiene la capacidad de
tragar la excepción, digamos, y convertirla en bibliografía. Lacan se aúpa en
la ciencia y las matemáticas contra la filosofía, como en la filosofía contra el cientificismo de la
IPA. Un doble juego. Badiou sugiere a
Lacan como un “antítodo”, pongámoslo así, obligatorio contra la religiosidad y
el cientificismo (la religión ontoteológica y, en el campo psicoanalítico, el
reduccionismo físico como fantasía de totalidad corpórea, biologismo). Entre la
caída en el cientificismo y la caída en la hermenéutica –dos tentaciones
psicoanalíticas–, se quiere poner al matema como izamiento tanto de la
antifilosofía del psicoanálisis como de la filosofía a la Badiou. Se diría que
el psicoanálisis freudiano hizo de la ciencia y la literatura (el poema, el
arte) sus condiciones: según colige Clemens, Freud parece prekantiano y
sostiene una ontología psicoanalítica que es parasitaria de la de la ciencia de
su tiempo; pero aun así procedió al revés que la filosofía, interrumpiendo la
ciencia con la literatura y no, como Platón, el poema con el matema (aunque este
autor no se priva de advertir que tanto la filosofía como el psicoanálisis
cayeron por igual en el cientificismo y en el esteticismo hermenéutico).[13]
El
antifilósofo de Badiou: ¿Histérica o Esclavo?
Badiou dice que el
anti confunde la fidelidad al acontecimiento con su anuncio: es un extasiado pregón
de lo que no realiza. Su acto se vuelve actuación histriónica: ejerce el
discurso del histérico que está barrado por el acontecimiento. En cambio el
filósofo ocupa el lugar del significante amo para llevar al acontecimiento
hasta sus últimas consecuencias[14].
Los tres antifilósofos contemporáneos se sacrificaron por la filosofía, dice
Badiou, le impusieron un nuevo deber y una nueva posibilidad[15].
Se sacrificaron, por lo pronto, por él, por su filosofía, más bien (me tiré por vos, como diría García
Moreno). Tal vez porque sólo para el antifilósofo, que diría Kacem,
la filosofía puede ser un acontecimiento. Dejan un
legado, pone Badiou, legan algo que está más allá de su o la antifilosofía. Tal
vez, quién sabe, he aquí un acto de amor: dar lo que no se tiene. Y darlo a
quien no es, a quien no es antifilósofo.
Pero como la
histérica es la que fuerza al amo al saber, así la antifilosofía debe obrar
sobre la filosofía heredera. Si el antifilósofo
se precipita hacia la muerte o el silencio, ¿es la antifilosofía una
preparación para la muerte o más bien lo es su heredera, la filosofía
actualizada? La histerización perpetua de su amo filosófico conduce al
antifilósofo hacia el Amo Absoluto (la parca). La filosofía heredera le extrae
a la antifilosofía un saber. Si el desenlace del antifilósofo es la muerte (o
su emisario, el mutis) es porque en la lucha contra su rival, este último, como
filósofo amo, ha vencido. O, en todo caso, es la filosofía quien ganó. El
antifilósofo se sacrificó para que su
filosofía (Nietzsche), pensamiento (Wittgenstein) o discurso (Lacan) venciera;
pero, según Badiou, lo hizo en realidad por la filosofía, quien finalmente los
venció. El antifilósofo sería el que derrotado acepta morir, en vez de
convertirse en esclavo. Pero el producto de su lucha a muerte es capitalizado
en el porvenir por el nuevo filósofo. ¿La filosofía contemporanizada hereda o
roba? ¿Le llama herencia a un latrocinio? “El
psicoanálisis –dice Lacan– no tiene que rendir cuentas a la filosofía
del error filosófico, como si la filosofía, a partir de ahí, debiera ‘darse cuenta
de él’. No puede haber nada semejante, puesto que en imaginárselo está
precisamente el error filosófico mismo.”
Acá la pregunta es si el antifilósofo es
la histérica del filósofo o el esclavo del filósofo. Veamos estas dialécticas.
El amo roba el saber al esclavo (Hegel); la filosofía roba el saber al esclavo
(Lacan). ¿Por qué lo harían? Porque son forzados por la histérica a hacerse de
un saber (Lacan). Deben producir un saber, y sin embargo, lo roban al que lo
produce. Para Badiou, el antifilósofo sería la histérica del filósofo
(Kierkegaard de Hegel, Pascal de Descartes, Nietzsche de Platón, Rousseau de
Voltaire…): reprochan, se quejan, histrionizan, delatan la castración. Sin
embargo, ese filósofo amo no va a producir ningún saber porque está muerto. Acá
parecería, más bien, que los antis acaban identificándose con el amo muerto;
ergo, pasan de histérica a neurótico obsesivo y se ponen a producir ellos un
saber. ¿Se convierten así en el esclavo al que Badiou, nuevo amo, les va a
robar (“heredar”) el saber?
Badiou dice como filósofo que “hereda” del
antifilósofo; pero el último nunca heredaría su riqueza, fruto de un trabajo
antifilosófico, precisamente a un filósofo. De modo que si no hay herencia, hay
hurto. Badiou no extrae verdad de la antifilosofía sino de la poesía, el amor,
la ciencia y la política: ¿qué es lo que “hereda” entonces? Si el acto
filosófico es una rapiña de saber y Badiou es filósofo, debemos inferir que lo
que dice heredar de la antifilosofía es menos una sucesión que una sustracción,
y que esos activos constituyen saber. Badiou ubica a los antifilósofos de los
que “hereda” en el lugar de la histérica por dos razones: uno porque gesticulan
como tal ante los filósofos precedentes a quienes dirigen sus reproches, y dos,
porque son quienes lo compelen a él mismo como amo a producir su novedad o
renovación filosófica. Pero si el amo filosófico no produce, no trabaja, sino
roba, entonces descubriremos que sus antifilósofos no están en la posición de
la histérica sino del esclavo cuya téchne
es convertida por él en theoría o episteme. Nietzsche escribe para
dinamitar la tradición, no para que un profesor de la Escuela Normal Superior
de París ordene sus restos; Wittgenstein manda a callar a la filosofía, no a
darle un nuevo deber; Lacan disuelve su propia Escuela precisamente para evitar
que se convierta en una herencia burocrática o religiosa. Por lo tanto, el
gesto de Badiou de recoger el guante no es un acto de respeto filial, sino una
apropiación indebida de bienes. Lacan suelda nudos, Nietzsche martillea,
Wittgenstein construye muros de silencio: es un trabajo manual, sudoroso, pegado
al síntoma. Si son histéricos, sus gritos son sólo síntomas que necesitan un
Amo que los interprete y los ordene. Al situarlos como histéricos, Badiou se
reserva el derecho de ser el único que sabe lo que ellos realmente dijeron.
Pero Badiou no los escucha como histéricos; los utiliza como esclavos: se queda
con su saber-hacer (el matema) pero les niega el reconocimiento del trabajo
(“hay que perderlos de vista”). El filósofo no es forzado a la novedad, sino a
la actualización de sus activos. La novedad de Badiou es la forma en que el Amo
actualiza su dominio apropiándose de la última tecnología producida por el
esclavo-antifilósofo. No hay producción de saber en el Amo; hay recaudación.
Badiou es el que extrae la plusvalía filosófica del trabajo del anti.
Bosteels
y la actualidad en antifilosofía
Bruno Bosteels
parece ser un académico especializado en este asunto, si bien dice ser apenas
un lector ni-ní –ni filósofo ni anti– que se posiciona ante la cosa como quien
ve por la tele un partido de algún deporte menor que desconoce casi por
completo. No llega, vemos, al extremismo que practicamos acá los que no sabemos
si encarnamos al estúpido, al idiota, al loco, al boludo, al antiboludo, al
antifilósofo o al mismo filósofo (incluso al más grande de todos los tiempos).
Es un espectador desinteresado y lego que se mimetiza en profesor especialista
y que propone eludir por igual el discipulado filosófico y la contestación
histérica del rebelde way anti. No es
exactamente nuestro caso. Ya dijimos una vez, al comienzo de nuestra carrera
(por la noria), que apenas buscábamos “ser parte del desastre”[16].
Teatralizamos sin decorado, a falta de otra cosa y de falta. La hacemos fácil,
difícil: oscilamos entre la histérica impresentable y el pupilo del Otro, y
vamos de acá a allá adoptando por trinchera cualquier hoyo que nos venga al
paso. Si con esto captamos la mirada de algún Pelotudo, no es nuestra culpa ni
nos incumbe (Diógenes payaseaba en el ágora del centro del mundo para estar
solo; pero nosotros vivimos en el Interior, allí donde se boludea sin efecto).
Bosteels delata que la actitud dominante actual es completamente
antifilosófica: constructivismo, nominalismo, misticismo, sofística y
radicalismo de todo tipo (político, religioso, artístico, científico, amoroso)
son los rasgos salientes del gesto anti que domina, donde el ser y la verdad
son reducidos al lenguaje, y permanecen la busca de un más allá del lenguaje no
al alcance de la verdad filosófica y un acto radical, intensivo y antiteórico.
Pero si la antifilosofía fue clausurada o superada a partir de Lacan, ¿qué
queda para todo este malón antifilosófico sobreviviente, salvo permanecer
extraviado en ella como un Borges en la metafísica? Badiou nos convierte en
anacrónicos no deliberados, y por más que Žižek apele, como renovación de formato de la no-obra
o sub-obra anti, a teatralizarse en videos de Internet y TV, no haría otro
papel que el de la histérica (sin antifilosofía) de Badiou (conversar con los
filósofos, decreta Badiou, sería para el anti ipso facto volverse filósofo, por eso prefieren tratar con
individuos qua individuos, y dado que
a Žižek se
lo observa por YouTube hablando a menudo con él, no se ve por qué habría que
llamarlo antifilósofo, como hace Bosteels). ¿Quedará el kitsch antifilosófico?
Filosofía del acontecimiento o la certeza sin alcohol. ¿Qué pasará
cuando hay “huelga de acontecimientos”, como dicen Baudrillard y su maestro
Macedonio? Es decir, cuando los filósofos del acontecimiento, por la sobreinformación
y la superconexión, en el pasmo de la aceleración y la indiferencia de la
celeridad, se convierten en periodistas de espectáculos, cronistas del
simulacro o de encuentros del tercer tipo. Un espectador de acontecimientos en
huelga (¿de celo?). Habrá que estudiar al Sócrates consumista de
acontecimientos. Tarea para el fin de semana. El acontecimiento-aquenó. ¿El
detector de acontecimientos es una tecnología sofista cuya lucecita nomás se
enciende ante los simulacros?
Bosteels, para finalizar, le marca la
cancha también a Badiou. Lo hace con el siguiente razonamiento. El antifilósofo
no tiene condiciones, como tiene la filosofía. Su acto es de algún modo el
nombre antifilosófico del acontecimiento, aunque no es un acontecimiento
efectivo –salvo en Lacan (habrá que creerlo). Lo que en el filósofo son
condiciones, en el anti son modelos a imitar, asimilar o superar, con lo que
hace de la filosofía, la de la anti, el gran acontecimiento o aquello que puede
producirlo (el acto archipolítico de Nietzsche, v. gr., implica mímesis y
rivalidad en relación a las revoluciones). En la filosofía hay sutura cuando se
cancela a sí misma y delega su poder a una de sus condiciones (la ciencia en el
positivismo, la política en el marxismo-leninismo, la poesía en Heidegger, el
amor-amistad en Levinas y Derrida): le cede el pensamiento al proceso genérico
y se presenta como un arte (Nietzsche), una política (el filósofo-rey de
Platón), una ciencia (Husserl) o una pasión (Pascal, Kierkegaard). He aquí el
desastre. Bosteels conjetura una tendencia en Badiou hacia el desastre
antifilosófico: el peligro de su filosofía es el radicalismo del puro
acontecimiento como comienzo absoluto, ruptura completa (herejía marcionista) o
archievento (la fusión acto-acontecimiento, la desviación antifilosófica del
acontecimiento en tanto acto).
Mientras los gustavobuenistas despachan al esloveno como un sofista, Bosteels
declara que los tics nerviosos y la actuación histérica de Žižek
resultan de su deseo frustrado de alcanzar prestigio como filósofo. Si la
filosofía es discurso del Amo, el psicoanálisis es el agente de su permanente
histerización, dice Žižek. El psicoanálisis no es una mera clínica como
disciplina óntica: forma la misma cinta de Moebius con la filosofía. Es un no interno a la filosofía, explica Žižek, con
lo cual ubica a Lacan en el mismo plano de extimidad en el que se encontraban
Nietzsche y Wittgenstein. Esa es la “dimensión subversiva” que lo rescata de
ser una práctica óntica más. El escándalo de Freud, dice Soler por otro lado,
no fue el sexo sino el derrocamiento del ego trascendental a partir del
descubrimiento del inconsciente, por lo cual el analítico es el único de los
cuatro discursos que se despega de la filosofía, ya que invita a renunciar al
pensamiento-yo. Con esto Soler se niega a ubicar al psicoanálisis como
histerización, ya que el discurso histérico no se despega de la filosofía y
sitúa el pensamiento del lado del Otro. Casar a la Histérica y el Amo es
realizar el matrimonio ideal, una pareja en perpetuo conflicto cuyo
hijo-víctima es Žižek. Lacan usó a Tzara para sacarse de encima la
aprobación de Althusser: del Sr. Aa, al Sr. A y de él el Sr. AB. El matrimonio
que imagina Badiou es menos el de la filosofía y la antifilosofía que el de
Althusser y Lacan; pero este es, a diferencia del matrimonio con problemas de Žižek, un
matrimonio a la antigua, bajo la paz del patriarcado, en el cual él ya no es un
nene de mamá histérico sino un nene de papá que ha tomado las riendas de la
familia y hoy administra el oikos.
¿Patafísica
o cosmología?
El psicoanálisis intentó construir una ciencia con
la mierda que la ciencia lanzó al inodoro: no una ciencia cartesiana sino más
bien de los descartes de la ciencia. Sale Descartes y entra descarte$. Se
asemeja a la ‘patafísica, entre otras cosas, en que es la ciencia que se dedica
a las leyes que regulan las excepciones (donde la regla es la anomalía, la
excepción de la excepción y todo es anormalidad) y en que opera en el más allá
de la metafísica que es el infinito, en un universo suplementario (respecto,
acaso, del cosmos-Todo de la episteme
filosófica), y donde no cuentan las excepciones no excepcionales del
cientificismo y sí la identidad de las
oposiciones. Ciencia de lo que se
sobreañade a la metafísica de lo uno (la hache de la hontología
“sobreañadida” a la ontología se suma a la hache de la ethernidad correspondiente al ἐπί del campo ‘patafísico, el ἐπὶ τὰ μετὰ τὰ φυσικά). Se diría que también es “una ciencia que ni
siquiera necesita existir para existir”. Y que Badiou diga que Lacan era un
tirano anarquista se condice con el hecho de que los integrantes del Colegio de
Patafísica fueran llamados sátrapas. Lacan en El momento de concluir llegó a considerar a la ciencia como una
fantasía que, como ideología de la supresión del sujeto, rechaza el saber y
excluye lo real. Donde la
ciencia excluye, pone Trosman, la religión prohíbe y la filosofía entra en
pánico: las tres sustituyen al goce, “la única sustancia real e imposible”. La
‘patafísica es ciencia por excelencia porque es la ciencia de las soluciones
imaginarias, lo que comporta un pleonasmo para el psicoanálisis. ¿La
‘patafísica es parodia-histeriqueo o muerde en serio con los dientes?
Consciente o involuntaria, da lo mismo, ¿será ofensiva o inofensiva? ¿Y
respecto de qué/quién? “La patafísica
–escribe Thomas M. Scheerer– es
un pensar totalitario que adopta todo, y lo que no quiere aclarar lo aniquila,
y lo que no aniquila, lo somete.” Cogido de la mano de Sartre, dicho autor sostiene
que esta es la postura común a todos los ismos, entre los que cabe el fascismo
junto al expresionismo y el surrealismo. “La
patafísica coincide con estas ideologías en su pretensión de aclarar el mundo
en su totalidad. Sólo que ella la formula según su procedimiento de inversión,
al asegurar que no hay descripción ni aclaración del ser humano como tampoco
las hay del universo. El hecho de delimitarse con ello del existencialismo,
muestra en qué grado se lo considera como un adversario en la pretensión de la
aclaración total del mundo. Aquí se manifiesta claramente un
posible significado de la séptima tesis: sostiene que la patafísica es capaz de
competir con todas las maneras de pensar contemporáneas, pero evitando a la vez
toda posible comparación para que no pueda ser utilizada para fines
no-patafísicos. Como lo describe Sartre, a través del solo sueño con un
"punto sublime"
no se logra la síntesis entre la realidad y la imaginación; queda una suma de
contradicciones, que son ocultadas por la magia y el secreto.[17]” El psicoanálisis no es literalmente
un ismo, ¿pero no se podría predicar idéntica cosa de él? Pruebe con poner psicoanálisis donde la cita dice
“patafísica” y vea si no encaja.
[1] Kenneth Reinhard, “Introduction to the Seminar on Lacan”, en A. Badiou, Lacan, Anti-Philosophy 3.
[2] Cf. Alejandro Cavallazzi Sánchez, ¿Qué es antifilosofía? Una consideración
según Lacan, Badiou y la filosofía edificante de Rorty.
[3] Colette Soler, “Lacan antifilósofo”, en ¿Qué se espera del psicoanálisis y del
psicoanalista?
[4] Cf. Jerry Espinoza Rivera, El estatuto y la crítica de la filosofía en
la teoría lacaniana de los cuatro discursos.
[5] V. Lacan
et Platon: le mathème estil une idée?
[6] Bruno Bosteels, Radical
Antiphilosophy; Jorge Alemán Lavigne, Introducción
a la antifilosofía; C. E. Escobar María, De la filosofía al psicoanálisis. Itinerario del concepto de repetición
en la obra de Jacques Lacan.
[7] Luis Roca Jusmet, Filosofía
y psicoanálisis: de Freud, Lacan y Zizek; Slavoi Zizek, Las
metástasis del goce: Seis ensayos sobre la mujer y la causalidad.
[8] Cf. Matthew R. McLennan, Philosophy, Sophistry, Antiphilosophy:
Badiou’s Dispute with Lyotard.
[9] Rodrigo
Tenorio Ambrossi, Psicoanálisis,
Filosofía y Ciencias Sociales.
[10] Cf. Kaira Vanessa Gámez, De la ficción bélica a la distinción como
destino: lo Real de la antifilosofía entre Jacques Lacan y Alain Badiou.
[11] Cf. Adrian Johnston, This
Philosophy Which Is Not One: Jean-Claude Milner, Alain Badiou, and Lacanian
Antiphilosophy.
[12] Cf. Adrian Johnston, op. cit.
[13] Justin Clemens, Psychoanalysis
is an Antiphilosophy.
[14] V. Carlos Gómez, La antifilosofía y la transmisión del
saber: producciones de un concepto lacaniano en Alemán y Badiou.
[15] Badiou, Conferencias en Brasil .
[16] Magazine
Esquizia, nº (-) 2.
[17] Thomas
M. Scheerer, Introducción a la patafísica.
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