El talento, como
los granos del culo, expresó Viñole, impide sentarse donde uno desea. No hay
por qué ignorar el talento de Alain Badiou, tampoco el picante absceso en el
mismo que le ha brotado en París, cuyo apellido es Kacem y su desmedido grosor no
es menor al de las 400 páginas. Con él
esperamos cerrar de una vez.
Mehdi Belhaj Kacem (ignoro cómo se pronuncia eso) es un ex pupilo suyo
que vivió bajo su ala por casi una década y despachó más luego, año 2011, un
bulto intitulado Après Badiou cuyo
horizonte (orto) parece ser el de dificultar que el antedicho Maître se apoltrone a gusto y placer allí
donde desea ser fotografiado por la Eternidad. El argumentario de este
forúnculo magistral se halla, ponele, en las antípodas de aquel empleado por
los “filósofos de la ciencia” disfrazados de chica-Badiou. El tunecino (viene
de ahí) aporta el necesario testimonio del ex seminarista, del apóstata
enfervorecido, del devoto caído: la decepción del renegado. No es un Bunge que
se calzó la tanga de un travesti en una aleatoria noche de carnaval y mañana
reaparece en la biblioteca disimulando la resaca con el traje gris de siempre. Who is? Qué sé yo. Algo así una especie de Houellebecq progre
o Genet cerebral extrañamente chupado por el maoísmo posmoderno por dos
lustros, un bestseller del malditismo
adolescente con inclinación por el concepto jubiloso, acristianado por el Papa
y luego recuperado por Satán y Santa Claus. Como el
simpático delirante de Salvador Freixedo, Kacem abandonó la orden y el
sacerdocio, aunque no para dedicarse a los platos voladores sino para arrojarle
el plato por la cabeza al Loyola izquierdista. ¿Qué hubo que tener en el coco
para haber hecho un voto semejante? Uno se metió alguna vez en la Facultad
porque era un adolescente ingenuo y un chanta autoengañado… pero el claustro
académico es, al menos, una secta abierta, comandada por un gran Otro
abstracto, neutro y sin rostro fijo. A
diferencia de ciertos ex amigos que cultivan lo que nunca se cosechó en mi
huerto, currícula y cholulaje, jamás se me hubiera ocurrido ni asistir a alguna
de sus conferencias de la lora (una vez hasta osaron invitarme). Yo leo para
matar el ser, porque no tengo tiempo, y si me dedicara a los sociales, nunca
hubiera escrito el Primer Seminario Para Sí Mismo de la historia. Soy una
anémona de cuarto propio, un Diógenes de interiores, un linyera de entrecasa
(como se definía Luciano Fumero[1])
que habita su propiedad horizontal del lado de afuera –como Macedonio. Uno más
del montón que está solo y no espera. Un Carlovich sin pelota.
Kacem ajusticia a su otrora dueño: lo de Badiou, dice, es una caricatura de la filosofía, hecha por la filosofía misma, que da prefabricadas respuestas y soluciones a todo: resuelve todos los problemas de una manera que ni Platón ni Hegel habían soñado. La filosofía perenne, sentencia Kacem, no tiene otro fin que el examen del Bien: desde Platón, es la burocracia espiritual del Bien puro, y como tal, se lava las manos legando la cuestión del Mal a la religión, la moral o la psicología, Mal que acá es definido como un exceso abominable de sufrimiento que la humanidad introduce en el mundo más allá del círculo de la necesidad en el que existen los otros animales. La cantinela de Kacem, parece, es que la filosofía debería hacerse cargo de contemplar el Mal, pensarlo, rumiarlo o paliarlo, un Mal que el arte expone positivamente y en primer plano desde Sade y Goya hasta el rap y el death metal. Badiou, que cree que la filosofía es él (como Francia es De Gaulle o Juana de Arco), no tolera llamar filósofos a aquellos que le cambian el fundamento a la filosofía y por eso los nombra “antifilósofos”. Esta gente que, tal vez amén de Lacan, no tenía ninguna intención de exonerarse de la etiqueta de “filósofo”, lo único que proyectaba, en realidad, era refundar la filosofía lejos de la función profesoral y de la busca del Bien. Los antis, por lo tanto, no son más que los filósofos que rompieron con la tradición académica y lo perennis de la philosophia. Punto. Punto porque la “antifilosofía” no pasa de una pseudonoción, una digresión puramente académica, una construcción escolástica. Kacem prefiere a Lutero antes que al “neobolichevismo paulino-platónico” de Badiou –ese “católico izquierdista empedernido”, ese guardián del “catolicismo metafísico secularizado”–, porque el primero enseñaba que el Mal no se redime con ninguna indulgencia o confesión. Yo me quedo con Chesterton, no con dicho oxímoron. Y para Lutero, ya tengo al de Sils-Maria. Es que es cierto: el catolicismo de izquierda, como el peronismo de ídem es, bien lo enunció el prócer Ricardo Iorio, un helado caliente. Y estos son los que te llaman tibio… habrase visto.
Badiou, leemos, que es seguido por un séquito de loros robóticos que no
entienden nada de lo que escribe pero lo reproducen palabra por palabra, practica un puritanismo filosófico que posa de
incorruptible y da lecciones de fidelidad, cuando no es más que un fanfarrón de
claustro que detenta un materialismo de grimorio y que sólo sabe ser fiel a sí
mismo. Su caso es la megalomanía filosófica más formidable desde Nietzsche,
pero sin la excusa de la soledad, la santidad y la pobreza y con éxito
mediático. Un Schopenhauer de cuarta que cree que el mundo es su voluntad y su representación,
un retórico de la cosa en sí y puritano misántropo. ¿Pero se puede ser puritano
y católico al mismo tiempo o es nomás otra de las jugarretas mánticas del
zurdaje cristiano que controla y fiscaliza el campo cultural de Noruega al Cabo
de Hornos?
Los proyectiles ad hominem cunden: a su fin, Kacem no se priva de ventilar
conversaciones íntimas con el Amo derrocado, ese machirulo inquebrantable que
no se deja engañar por las apariencias femeninas y trata de pobres tipos lo
mismo a un Nietzsche que a un Deleuze, o a un Blanchot que a un Wittgenstein,
creyendo que el que tuvo una vida maravillosa es él, un señorito high class que hace chistes groseros
para sentirse próximo a los proletarios que desfilan como níveas momias en su
concepto. En la volteada del tunecino también caen Onfray y el “Coronel” Žižek, pintado
el último como un típico académico de teatralidad irrelevante, recalentador de
sobras en un campus pseudoactivista,
un brillante recitador que, a diferencia de Badiou, nunca produjo un concepto
propio (por lo visto, Kacem cree en el copyright
y en el empresariado conceptual).
Aunque Platón era el antitrágico por antonomasia, cabe en el cuadro de
Kacem el eslogan marxiano: la historia del platonismo ocurre con él primero
como tragedia y vuelve con “el Gran Mono en peligro de extinción de la
filosofía” (Badiou) como farsa, repetida y remendada como parodia. Este regreso
a todas luces, esta repatriación a la francesa del filósofo prínceps lo repone
en máscara de corso, parece. Y hay algo de eso, ¿no? Algo de chapuza finamente
hilvanada, de payasada para el zonzaje chantún de la facu. Porque ese es el
oxímoron que le cabe a esa fauna occipital y clitoriana: bobos vivos.
No hay “antifilósofo”, en conclusión. Ese
membrete te lo pone un forro de pupitre, un sorete del buró del Saber. Es un
logotipo ex cathedra. No te dejes
platonizar, basta ya de llorar, quedan tantas mañanas por andar. Y sin embargo,
si bien no se ha de aceptar la marca a fuego que el matarife universitario imprime
a los bovinos del cuentapropismo filosofante, el ex becario rechaza el fin del
fin promocionado por Badiou y se pliega al coro de los que entonan que la
filosofía ha palmado para siempre. La historia es que Badiou, con la impunidad
que el Amo y el Profe tienen para el ejercicio indiscriminado de la obviedad, clasificó
a Kacem en un prólogo como antifilósofo generacional: lo cercó y lo embutió en
su harén junto al resto de las doncellas y eunucos consagrados. La reacción
histérica finalmente llegó y cuenta eso: que dejarse poner el sello, la marca
de estos bestias, es como redactar uno mismo su legajo para la SIDE o la CIA. Un
“antifilósofo” no es más que un rebelde que se deja vender servilmente, que
acepta feliz ser catalogado por el Jefe de Cátedra en la sala de profesores. La
categoría es espuria: refleja la emasculación que la institución aplica a los sublevados
del pensamiento. Y todo ok; pero ¿cuál
es la alternativa para los innominables del ramo? O la Inexistencia Pública o
convertirse en una estrellita punk de la feria de novedades del mercadito
literario, en un anarca del espectáculo intelectual bancado por el trabajo
esclavo del tercermundismo proletario-zombi. Y allí subsiste Kacem, con buena
prensa y suerte (y encima le canta loas a Adorno, el Quinto Beatle que
ornamentó al Tavistock Institute)… Tudo
bom. Pero como dijo el primer mediático autóctono, el luchador más famoso
del diario más sensacionalista y de mayor tiraje de la historia patria: ¡el que alcanza a ser filósofo desaparece! Y
desaparecer en escena es un trabajo de todos los días, salobre aunque insalubre.
En definitiva, Badiou aparece como una
especie de Pentacampeón Mundial de la Humildad que hace ostentación permanente
de sus títulos con todo desprendimiento y generosidad. Ya se sabe, no hay gran
hombre para su ayuda de cámara ni gran Amo para su Histérica. No hacía falta
tomar trato íntimo con el quía, y menos como monaguillo, para despejar los
rasgos personales y señas particulares que Kacem repasa desamoradamente. Era
posible deducirlo de sus textos, incluso. Sin embargo, el juventón travieso acierta
las mil maneras de golpearlo verbalmente, sin capitular capítulo a capítulo a capítulo.
Un libro sutil y divertido, pero redundante en su objetivo hasta la náusea,
porque un libelo de la envergadura (o blanda) de una Suma Teológica tiene algo de disco rayado. Hay que haber amado
mucho al Amo. Y cierto que a nosotros también se nos fue la mano, pero
epitomizamos los textículos de Badiou pensando en que le hacemos el favor a
nuestro amigo imaginario el Lector (ahorrándole el malestar de leerlos, creemos
redimirnos). En fin, en las antípodas de nuestro embajador de la UNC y el
Monserrat, del deslumbrado hagiógrafo local García Ponzo, este lumpen de
profesión o explosivo pequebú (cae bien) muestra el lado B de Monsieur AB… B ≠A, qué va ’cer.
Cuatrocientas carillas de despecho a la orden, de chimento con concepto adjunto
y prosa fresca son mucho y demasiado. Hago el comentario (total estoy al pedo),
pero dejo el tocho en la página 130 y ya.
¡Pasemos a otro
tema!
[1] A.k.a. X³, el Menor Matemático No-Vivo [q.e.p.d.] y mi mejor o peor amigo, autor
estelar de Ediciones del trinche (consultar catálogo).
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