(Conclusiones a cuatro manos por Un Filósofo
Producido y Monsieur IA)
San Pablo es un
“antifilósofo genial”, una “figura militante”, un “pensador-poeta del
acontecimiento”, “un teórico antifilosófico de la universalidad”; claro que
este acontecimiento que en él identifica lo real –cito– no es real sino una
fábula, si bien tan ficticia como el acontecimiento de Nietzsche (partir en dos
la historia), en quien Pablo era uno de los siete nombres primordiales. Estos
dos no son adversarios sino rivales bastante parecidos, antidialécticos que
quieren matar la muerte desde una afirmación sin negación preliminar, ya que
Jesucristo para Pablo fue un sí rotundo (la diferencia mayor está en que
Nietzsche aborrece el universalismo que el otro “funda”). Aunque Pablo es un
refractario del ser-para-la-muerte, elabora una “crítica anticipada” –o más
bien una “subversión”– a la ontoteología, al dios como ente supremo: Dios,
dice, “escogió las cosas que no son (τὰ μὴ ὄντα) para abolir las que son”.
Además de ponerlo con y contra Heidegger, Badiou
lo pone a dialogar asimismo con Pascal, Hegel y Pasolini, en quien parece que
se inspira, dado que el italiano lo concebía menos como sacerdote y fundador de
la Iglesia que como santo y teórico del acontecimiento cristiano. Para Badiou,
Pablo encarna una predicación universal que se funda en un sujeto sin identidad
y una ley sin soporte, un sujeto suspendido en un acontecimiento cuya sola
prueba es su declaración, la fidelidad a un acontecimiento del sujeto,
acontecimiento que es comienzo puro y que no compete al conocimiento porque no
es prueba de nada ni hay pruebas de él (como milagros o profecías). Así el de
Tarso sustrae la verdad del control comunitario de un pueblo, imperio o clase y
hace emerger una verdad singular y sin ley que apenas pende de una declaración
subjetiva: lo que se dice fundamenta la singularidad del sujeto (y no la singularidad
del sujeto lo que se dice). La fábula y eso que dice es “Jesús ha resucitado”
–reduce el cristianismo, en última instancia, a este solo enunciado. La verdad
se sostiene por sí misma y es correlativa a un nuevo sujeto militante, ni
trascendental ni sustancial. Como es típico en los antifilósofos, en él no hay
ni libro ni sistema o suma sino cartas que son intervenciones y, como sus
colegas, toma la autoridad de sí mismo, no es un convertido por terceros: el
surgimiento del sujeto cristiano es incondicionado y el encuentro con Cristo en
el camino de Damasco imita al acontecimiento fundador (la resurrección de
Cristo). Con él nace el “discurso cristiano” bajo la figura del apóstol:
discurso del Hijo, de lo nuevo, que hace pie en el declarar, en la declaración
del acontecimiento (una declaración pública, ya que salva más la boca que el
corazón), y que establece “una relación absolutamente nueva con su objeto” y
“otra figura de lo real”. Este discurso no es una síntesis sino una diagonal
trazada sobre el “discurso judío” y el “discurso griego”, discursos ambos del
Padre y de la Maestría. El primero es el discurso del signo bajo la figura del
profeta y no comporta un declarar sino un reclamar (reclaman milagros), el
segundo es el discurso de la totalidad bajo la figura del sabio y tampoco comporta
un declarar sino un cuestionar (plantean preguntas). Entre los dos bloquean la
universalidad y escinden a la humanidad, son “el Todo y su excepción”, ya que
el judío es la excepción del griego. El acontecimiento no se integra en la
totalidad ni es signo de nada, es acósmico e ilegal. Este discurso del hijo es
escándalo (σκάνδαλον) para los judíos y locura (μωρία) para los paganos, el primado de la debilidad
sobre la fuerza y de la locura sobre la sabiduría: la subjetividad del hijo es
la del desecho (otro punto de contacto con el analista lacaniano). A partir de
él no se está bajo la ley (νόμος) sino bajo la gracia (χάρις): es la fe (πίστις) lo que salva y no la obra (ἔργον), y es el espíritu (πνεῦμα) –pensamiento de la vida– lo que organiza gracia y
fe (ley y obra son organizadas por la carne (σάρξ),
pensamiento de la muerte). La fe es carisma, don, porque Dios salva
gratuitamente (δωρεάν) por su bondad; la ley se convierte en
“transliteral”, en ley espiritual (νόμος πνευματικός) –ya que la letra (γράμμα) mata y el espíritu vivifica, crea vida–: se
cumple en Cristo con la reducción de los mandamientos al amarás a tu prójimo como a ti mismo, ya que el amor-caridad (ἀγάπη) es su plenitud –es más excelente que la fe o
convicción y que la esperanza o certeza (ἐλπίς). Y etcétera, etcétera.
En definitiva, Pablo viene a destruir al
maestro y a fundar la igualdad de los hijos, ya que el saber y la ley son
“figuras de esclavitud”: ya no sos esclavo sino hijo, dice Pablo, porque el
hijo resucitado “filializa a toda la humanidad”. El acontecimiento se dirige a
todos sin excepción, ya que lo particular concierne a la opinión, la costumbre
y la ley, de suerte que el de Tarso gesta “un pensamiento universal, que
partiendo de la proliferación mundana de las alteridades –judío, griego, mujer,
hombre, esclavo, libre– produce lo Mismo y lo Igual”: “hay Uno porque es para
todos”. Expuestas así las cosas, el lector anoticiado podrá advertir que este
es un antifilósofo que inspira especialmente a Badiou: por lo pronto, declara
que es “el antifilósofo que le advierte al filósofo que las condiciones no
pueden ser conceptuales”, y de quien extrae, a paso seguido, 8 “teoremas” para
un “materialismo de la gracia por la idea”. Hay en él una “cesura”, y “la
cesura paulina” es “teórica”: no se apoya en los cuatro procedimientos de
verdad, sino en un acontecimiento-fábula que le prohíbe todo acceso a una
subjetividad filosófica.
Por una
interpretación catarmanalítica
Genio de la forma
del sujeto y paria de la ontología matemática, Pablo es el que le entrega lo
primero a la filosofía, pero le niega el contenido, porque su contenido es una
fábula que el filósofo no puede validar sin dejar de ser filósofo. No hay
acontecimiento artístico, científico, político o amoroso, como sí en la
neofilosofía (contemporanizada por las últimas antifilosofías), y no es la
filosofía quien declara el acontecimiento. Teórico de la subjetivación e
inventor de la figura del militante, Pablo, sin embargo, cierra el paso a la
filosofía. El Dios-Hijo es una locura que hace necios a los sabios que la
cuestionan como necia. Si Pablo repone la ley, reconvertida en gracia y no en
obediencia, hace lo propio con el logos
al producir un theorein; pero ya no
es un logos no-loco sino una teoría
enloquecida (teoría de una locura, para Badiou, pero teoría loca para el
griego, es decir, no teoría sino tontería). El sujeto no es efecto de una
causalidad sino el emergente de un encuentro. La sabiduría griega no es
subjetiva, y es Pablo quien funda la subjetividad, pero interdicha como
filosófica. Badiou quiere una subjetividad filosófica, pero con Pablo sólo
puede haber subjetividad antifilosófica: es a cabalidad antifilósofo,
exterioridad radical (de haber sido fiel a él, la Iglesia jamás podría haber
bocetado ninguna “filosofía cristiana” y el discurso universitario jamás habría
podido deglutir la cruz para convertirla en escolástica). La cesura teórica es
el más allá de la antifilosofía en el que Badiou se apoya, ya que los
antifilósofos contemporáneos rechazan el theorein.
Pablo formaliza el acto, la ruptura: al lograr teorizarlo, no se pierde en la
contingencia. Si él no queda atrapado en lo indecible, el grito, el puro acto,
el silencio, es porque crea categorías y funda una doctrina, una nueva lógica.
No es un místico, su cesura es transmisible; pero el éxito de Pablo, la producción
del sujeto universal, condujo a la fundación de la Iglesia (¿no es la captura
institucional el destino del éxito de toda transmisibilidad?). Si la Iglesia sanó
la herida de Pablo con el parche de la filosofía, ¿Badiou no es el Padre de la
Iglesia de una nueva religión laica que usa el cadáver de Pablo para legitimar
su propia ontología del acontecimiento? ¿Una teología del acontecimiento
disfrazada de matemáticas para legitimar la posición del filósofo como el Sumo
Pontífice que decide qué es un acontecimiento y qué no? Pablo le entrega el
trabajo ya medio formalizado; parte del encuentro, pero a paso seguido teoriza.
Es un antifilósofo teórico y externo, no radical e interno como Diógenes (un
inútil que no tiene nada expropiable, que no deja nada que pueda ser suturado
por el filósofo): con Pablo el acto puro puede volverse al redil de la teoría.
Diógenes, que era un despojo arrojado en
el centro de Atenas, provocaba una transvaloración por la cual convertía en καθάρματα al resto, al resto
del resto que era él mismo –resto del resto que sin embargo era o aspiraba a
ser el Hombre. De algún modo, Pablo recoge el guante para postular su Hombre
Nuevo, con otra humildad que no invierte la humillación de la misma manera. “Nos convertimos en la basura del mundo (περικαθάρματα τοῦ κόσμου), el desecho de todos
hasta el presente (πάντων περίψημα
ἕως ἄρτι)”, los limados del
mundo, la inmundicia. El sujeto
cristiano es forcluido del Orden, es una subjetividad de la basura que se
resiste a ser integrada en la totalidad del kosmos
o de la episteme. El sujeto cristiano
irrumpe como “basura del cosmos” (o sea como sobra del orden de la episteme y la sophía), tanto como el sujeto del psicoanálisis y del inconsciente es
el desecho de la ciencia universal. La
ciencia moderna nace de la exclusión del sujeto, y el sujeto nace de la
exclusión del cosmos de la sabiduría y la episteme
filosóficas. Para que el sujeto aparezca, primero tuvo que morir el cosmos, y
para que la ciencia prospere, tuvo que ser expulsado el sujeto. Con la irrupción
de la subjetividad se rompe la armonía: el sujeto nace cuando el mundo deja de
ser una casa con sentido intrínseco para convertirse en una exterioridad. El
sujeto nace de la exclusión del cosmos: es el paria que ya no encaja en el
orden de las esferas. Pablo es el primero que dice “Ustedes no son de este
mundo” (acosmismo).
El cinismo delata la basura y quizá
intente rescatarla, pero para convertirla en Hombre; siendo que el cosmos en
realidad no la acoge sino que la excluye, Pablo debe convertirla en un Hombre Nuevo,
acósmico, es decir, no mundano, en un sujeto, sujeto al o del acontecimiento. A posteriori, la ciencia excluye a este
sujeto fundado por Pablo y antes excluido por la filosofía como sabiduría y episteme (por más esfuerzos que
Descartes haga por retenerlo, su propio nombre lo delata), que vuelve a ser
rescatado como basura por el psicoanálisis. Lo insignificante para la ciencia
es el significante, lo que no cuenta para ella es lo que para el psicoanálisis
cuenta: el parlaser. Luego Badiou lo recicla, convierte la basura en un
material de construcción para su edificio filosófico; es el paso de la suciedad
que raspa (antifilosofía) al concepto de suciedad (filosofía nueva).
La Escena
Primaria del Discurso Occidental
Notemos que el
cristianismo –en su originalidad paulina– emerge como hijo-deyección de una
pareja discursiva entre el judío y el griego, donde el primero es una suerte de
histérica del segundo y una suerte de mujer con complejo de masculinidad, que
asume también, y las superpone, las funciones de Padre y Amo, aunque las ejerce
desde el reclamo. Una verdadera familia disfuncional, puros reclamos y
cuestionamientos a un vástago señalado en casa como escandaloso y loco, y como
tal desechado –acaso parido por el culo (parto cloacal), órgano que será sublimado
como una madre virgen. Desobediente para la madre-padre-amo, y necio y
desinteligente para el padre-padre-amo: nacido de dos padres –uno
circunciso-histérico y otro lógico-fálico– se fundamenta en una fidelidad de la
despaternización, la de la hijización del Padre. Al decir “ya no hay judío ni
griego”, Pablo está matando a los padres que lo llamaron loco y escandaloso: es
un parricidio discursivo para fundar una orfandad universal llamada Gracia (y
no Grecia ni García).
El universalismo no es una construcción
pacífica, sino el resultado de una neurosis familiar transhistórica. El judío
sería una madre fálica porque es Ley (hace función Padre y Maestro, dice
Badiou); como excepción del griego (del Todo) diríamos que es Mujer, más que
Histérica es No-Todo: por lo tanto es la Mujer del griego (aquello que el logos no puede terminar de colon-izar);
pero es una Madre-Amo-Padre para el Hijo (el Crist y ano) sin que el Padre, el
griego, deje de lado su función de Padre-Amo (superposición de la función
paterna); sin embargo, el judío pareciera que como Madre se vuelve Histérica,
pero en dirección al Hijo (al que le aplica la función del Reclamo, que debería
aplicarle al Padre). Como el judío no puede castrar al griego (el saber
filosófico es sordo al signo), desplaza ese Reclamo hacia el producto de su
unión: el Hijo. El Griego es el Padre
del Saber (el que dice cómo es el mundo), el Judío es el Padre de la Ley (el
que dice qué hacer en el mundo). El Hijo nace en una intersección donde no hay
aire: o es sabiduría o es obediencia. Su única salida para existir es la
deyección. El Crist-y-Ano: el Hijo como Resto Cloacal. Si el judío es la
Madre-Amo que reclama y el griego es el Padre-Saber que cuestiona, el Hijo es
parido como objeto a (el desecho). Al
ser expulsado (parido por el culo), el Hijo se convierte en el punto de basta
de esa neurosis. Pablo, como genio de la forma, entiende que la única manera de
salvar ese desecho es romper con la genealogía. Por eso el Hombre Nuevo de
Pablo no tiene padre ni madre (ni judío ni griego). Es un hijo del
Acontecimiento, es decir, un hijo del azar que se autopercibe como Gracia para
no morir como basura. Desde el
Catarmanálisis este esquema explica por qué Occidente está obsesionado con el
Sujeto: el Sujeto es la cicatriz de este parto: nacemos de la imposibilidad de
conciliar la Ley judía con la Razón griega. A lo que sigue la Sublimación
Mariana: como el origen es un bolonqui de reclamos histéricos y mandatos
amo-paternos, la cultura necesita inventar a la Virgen (Miriam purificada) para
tapar que el cristianismo es, en el fondo, una rebelión del desecho contra sus
progenitores. Badiou entra acá como el
analista que intenta hacer pasar el síntoma por salud: quiere que el Hijo sea
un Sujeto del Acontecimiento (limpio, militante, heroico), ocultando que ese
Sujeto es el peripsema (la
raspadura) de un conflicto matrimonial entre la Ley y el Logos que nunca se resolvió.
La rapiña
de Badiou sobre el desecho
Badiou llega a esta escena familiar como un asistente social de la filosofía. Ve al hijo desechado y, en lugar de dejarlo en su abyección (como haría el cínico), intenta reeducarlo. Toma ese parto cloacal y lo limpia con el agua de la ontología matemática, convierte el escándalo en un teorema. ¿No es acaso la Nueva Filosofía de Badiou el intento de darle un apellido ilustre (Matemática) a este hijo que nació sin nombre y entre desperdicios? Badiou quiere la universalidad de Pablo (el efecto), pero sin el olor a Crist-y-Ano (el origen). El hijo-deyección es el objeto a, el resto que cae. María es el velo estético y sagrado que cubre ese resto para que no veamos la mierda del origen. Ella es la que permite que el escándalo (la locura de la cruz) se vuelva una Institución (la Iglesia). Sin María, el cristianismo se habría quedado en el grito cínico de la basura; con María, el cristianismo tiene un linaje purificado. Para que el hombre sea Nuevo, no puede venir del Viejo (el sexo, la ley, el conflicto de los padres): tiene que venir de un útero sellado. El sujeto de Badiou es, en ese sentido, un sujeto mariano: un sujeto que nace de un acontecimiento que no tiene causas en la situación previa. Es un parto milagroso (aunque Badiou lo llame matemático). ¿Concluiremos entonces que Badiou es el mariólogo de la laicidad?
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